Bueno, una muy rápida actualización para mis lectores. Que dejaron review o no. Un paso más cerca del nivel que mi linda maestra me exige. No me culpen por el final, lo escribí en 10 minutos bajo influencias malignas.

...Un Lugar Seguro...

Hogwarts. La gran escuela de Magia y Hechicería siempre sería igual y la vez tan misteriosa. Éste era el último año que cruzarían sus puertas al entrar, -porque nadie podía asegurar que salieran por las mismas- no por su propio pié. No con la situación que envolvía al mundo.

Cuando todos los alumnos estuvieron dentro, la orden se retiró por completo, dejando solamente a los aurores que vigilarían durante todo el año. El trío vio como uno a uno, aquellos del pasado se retiraban con largas miradas al gran comedor. Seguramente pensando en lo vivo que lo recordaban, y como ahora hasta el entusiasmo de los estudiantes parecía verse opacado por lo que pasaba.

No era para menos, pero era importante. Una escuela como esa, llena de jóvenes magos, sería la única arma contra Voldemort, aunque les costara admitirlo. Todos aquellos que estaban sentados, aprendiendo apenas a usar la magia, eran la clave para triunfar o ser derrotados completamente. Y Dumbledore se los dijo:

-Este año, el reto no serán los exámenes…ni los partidos de Quidditch. El reto que todos ustedes tienen, es sobrevivir un año más. Y convertirse en grandes magos, fuertes y sagaces que puedan defender lo que más quieren-

Quizás ese había sido el discurso más atemorizante que había dado el director en los últimos años, o eso pensaban algunos. Aquellos más jóvenes temían por sus vidas. Eran principiantes, no sabían mucho ¿Y se tenían que defender? Claro, era el deber de cada uno, pero seguían pensando que no tenían la edad, el valor y la experiencia para ello. No tenían la fuerza para poder hacerlo, aún.

Y cada día desde el día del banquete de bienvenida, despertaban y asistían a sus clases con ese mismo pensamiento. El ser más fuertes, el aprender lo necesario para poder defenderse si la situación lo requería.

Algunos días sentían que las barreras de Hogwarts solo eran una frágil burbuja que de un momento a otro podía reventar. Que con el toque del que no debía ser nombrado, podían desaparecer, dejándolos a merced de sus despiadados seguidores.

Todos y cada uno de los maestros se los advirtieron en sus clases correspondientes. Esto había dejado de ser un juego, para desgracia de todos. Y la única manera de ganar era estando juntos. Ser valientes. Pero el valor flaquea ante las nubes negras que se ciernen sobre sus futuros, matando día a día las esperanzas de que el ambiente mejore. De que el clima deje de ayudar a la tensión que se palpa en el aire. Que por lo menos un día, El Profeta no tenga una sola noticia desagradable sobre desapariciones o muertos.

-Somos más- había asegurado el director. Pero eso no significaba que tuvieran el nivel suficiente. Que querían pelear.

Eran demasiado jóvenes.

La situación los requería y todos se encontraban indecisos, buscando un argumento que los ayudara a salir de la mira de todo el mundo. Y la había, había una salvación que se hablaba de boca en boca por todos. Que estaba en ese mismo colegio y que se le había nombrado como El elegido.

Al paso de los días grises, más miradas se unían a las que ya seguían sus movimientos. En espera, de que hiciera algo.

En espera de que el mundo regresara a ser como antes, libre de tinieblas.


Creer que las cosas serían diferentes ese año fue un error. Por lo menos diferentes para bien, porque si en algo había cambiado era para hacer las cosas más difíciles. Cuando entró al comedor, acompañado de Ron y Hermione especialmente, las pláticas que se llevaban en susurros cesaron de inmediato y cada par de ojos presentes se posaron en él. No en sus dos mejores amigos, solo en él. Y podía distinguir algunos de los pensamientos que pasaban por sus mentes pues no escondían lo que en realidad creían.

La mayoría tenía miedo, no parecían sentirse tan seguros en Hogwarts como en años anteriores. Lo peor de todo podía ser que lo veían a él como un tipo de escudo o de protección, algo que en realidad no era. Los demás, eran una mezcla entre escepticismo y miradas valorativas, como si fueran a ponerlo a prueba. ¿A prueba de qué? ¿Qué les debía demostrar a ellos, al mundo? Habiendo pasado por tanto y todavía ser mirado de esa forma. Ellos no sabían, nadie se acercaba a la verdadera verdad, ni siquiera Ron y Hermione. Aquello que pasaba por su mente era algo sumamente privado y que nadie podría entender, porque nadie estaba en su lugar. Aún así las miradas acusatorias de otros no lo dejarían de seguir, aquellos que creían a estas alturas en las falsas palabras del profeta, que lo culpaban de que esta nueva era de sombras no hubiera terminado ya. Solo faltaba que reunieran firmas para capturarlo y entregarlo a Voldemort. Si les daba unas semanas más, quizás ese sería el titular.

Pero ninguno lo entendería.

Ese día no era su preferido de todos los de Hogwarts. Sentía algo extraño en el ambiente y no le daba buena espina -¿Por qué tenía que ser un 30 de Octubre?- ¿Acaso no había otra fecha? Mañana sería 31 y aquellos magos del pasado, escondidos en algún lugar del mapa, no sabían lo que significaba y lo que todo el mundo recordaría. Lo que lo golpearía a él más fuerte que nunca.

Ron y Hermione parecían estar al tanto de lo que significaba el próximo día, más no habían hecho comentario alguno. Ambos sabían que Harry no lo hablaría a menos de que fuera de vida o muerte e incluso así, sería muy difícil.

Esa cena en el comedor de Hogwarts, había sido una de las más duras de todo el año.

El silencio reinaba, las miradas traspasaban y los pensamientos parecían unirse en un solo coro:

"Harry Potter, mañana es el día en el que murieron tus padres y tú sobreviviste, ¿Qué esperas para hacer algo? ¿Qué esperas para detener estos acontecimientos que no traen nada bueno a las familias del mundo mágico? ¿Qué esperas para cumplir con tu destino?..."

Y nadie hacía nada en protesta a eso, aunque todos lo supieran.


31 de Octubre

De nada serviría mentir y decir que había sido una estupenda noche de sueño. No. El mundo de nuevo se estaba poniendo en su contra –como siempre- y a partir de que el reloj marcó las doce, su sueño corrió espantado por el inicio temprano de un mal día y de la llegada de recuerdos, voces y memorias nada agradables. Resignado solo se mantuvo inmóvil en su cama, observando a sus compañeros dormir y a la vez no. Sus ojos apuntando en una dirección y su mente en el infinito, en un mar de nostalgia.

Galleta había saltado sobre su cama y se había acurrucado a su lado, pero incluso el gato terminó siendo vencido por el sueño y la única forma en la que lo estaba acompañando, era en presencia.

Las horas en las que ya se consideraba normal estar despierto, se dirigió al baño, tomando un juego de ropa limpio. Aunque trató de tardar lo más que pudo, el simple silencio que lo envolvía en el lugar lo obligó a salir, para poder callar sus pensamientos con las quejas o ronquidos de sus compañeros. Algo más que pudiera escuchar que no fuera su propia mente acusatoria.

Ron se talló los ojos con pereza cuando sintió que alguien lo zarandeaba por el hombro. Al principio trató de alejar al que osaba interrumpir su sueño, pero la voz de su mejor amigo lo hizo girarse.

-Vamos Ron, se hará tarde-

A pesar de saber que era Harry, no sonaba a él. No había sido rudo para despertarlo o tenía algún tinte de broma en su voz. Para nada. Tenía el presentimiento de que el ojiverde ni siquiera notaba que su voz lo estaba traicionando, sonando vacía y distante. El pelirrojo no tuvo que buscar mucho en su mente para encontrar la causa de eso, cuando el número 31 flotó a su mente, terminó de despertarse en menos de lo que lo había hecho en toda su vida, ni siquiera aquél día que entraría a Hogwarts. Se giró sobre su costado y le sonrió a su amigo en una muestra de apoyo. Harry al parecer quiso devolver el gesto pero su sonrisa ni siquiera pudo comenzar cuando una sombra atravesó sus ojos, antes de desaparecer rápidamente y que él se retirara.

El Weasley se sentó en la cama rápidamente como si hubiera habido una araña, esperaba no haber sido un poco brusco pero la distancia de su amigo lo estaba preocupando. Necesitaría a Hermione en esto, sería un día infernal. Buscaba sus zapatos para poder ir al baño, cuando notó que su amigo ya estaba vestido.

-¿Ya estás listo?- preguntó bobamente y no se dio cuenta de lo tonto que sonó hasta después. Harry sentando en su cama, dio un leve asentimiento, pero el pelirrojo esperaba otra explicación.

-Me levanté temprano- contestó como si nada, restándole toda la importancia del mundo y por obvias razones, Ron no se tragó ese cuento. Podía ver en Harry el cansancio de una noche en vela, pero últimamente habían pasado tantas cosas, que siempre parecía estar cansado. Aún así, sabía que el ojiverde no había dormido.

Debía unírsele lo más pronto posible. Tomó algo de ropa y se levantó de la cama.

-¿Me esperarás, Harry?- Sonaba más a una orden que a una pregunta, porque quería que su amigo se quedara ahí y no tuviera tiempo de irse a vagar o entrara solo al comedor en esas circunstancias. Esperó unos minutos antes de que Harry volviera a asentir. No, ese sin duda no era Harry.

Hermione se había levantado un poco más temprano de lo normal, sintiéndose nerviosa. ¿Cómo podría olvidar qué día era hoy? Ella nunca lo pasaría por alto pues era muy importante para Harry. Los necesitaría a Ron y a ella para atravesar el día. Aunque cuando los dos Gryffindor bajaron del dormitorio de los hombres, un simple gesto de Ron bastó para decirle que las cosas no habían empezado bien.

-¿Vamos a desayunar?- interrumpió ella con una sonrisa, tratando de animar un poco el lúgubre ambiente. Ron respondió igual de animado, por el bien de todos.

-¡Claro, hasta la pregunta ofende!-

El ojiverde dio un pequeño asentimiento y se adelantó a los dos. Esbozando una pequeña sonrisa por sus intentos, que había vuelto a desaparecer rápidamente. Debía controlar esa actitud taciturna que había adquirido, no quería arrastrarlos con él en el camino.


El comedor de Hogwarts lucía radiante por ser una celebración tan importante para todos los magos. A pesar de que la verdadera decoración festiva se ponía hasta en la cena, las mesas lucían la deliciosa comida que los elfos habían preparado especialmente para ese día. Los alumnos iban y venían, las pláticas eran más libres que las de la noche anterior y un poco de la tensión del inicio del año se había dispersado al fin.

-Buenos días, chicos- saludó Neville al llegar a la mesa de los leones. Hermione y Ron asintieron levemente con una sonrisa, pero el Potter no pareció siquiera haberlo notado hasta después. Salió de algún tipo de trance, sacudiendo la cabeza y devolvió el saludo.

-Buenos días, Neville- intentó sonreír de nuevo.

Ahora Neville era la tercera persona que notaba el cambio que ese día había traído en Harry. Se sentó frente al trío, con una mueca preocupada. Hermione le empezó a hacer señas para que quitara ese gesto.

Fueron llegando al paso de los minutos más y más leones o jóvenes magos de otras casas, en el caso de Luna. Que Ron y Hermione se encargaban de alejar lo más disimuladamente posible, cuando estos notaban la ausencia mental de Harry. Intentaban saludarlo o bromear con él, pero al no lograrlo se alejaban a continuar su día.

No era que todo ese movimiento fuera pasado por alto por los miembros del profesorado. Minerva McGonagall tenía especial preocupación por sus leones, la actitud de Harry parecía estar teniendo efecto en los demás aunque él no lo notara. Teniendo en cuenta el año difícil que había tenido, no esperaba menos. Pero el joven Potter debía estar muy confundido respecto a su futuro, como para mostrar lo que en realidad pasaba por su mente.

Remus por su parte, se sentía mal por esa escena. Era muy difícil para él y para Sirius llevar esa situación, siendo ellos adultos un poco más experimentados y habiendo vivido tantas cosas. Pero en ese punto recordaba que Harry no era un muchacho que no entendiera lo que pasaba a su alrededor y por lo tanto se podía encontrar en las mismas circunstancias, aunque no del todo similares. Sirius también lo había notado, hubiera sido extraño del animago pasar por alto algo tan importante, sobre todo cuando no le quitaba de encima su canina vista a su ahijado. Deseaba tanto volver a su forma humana y acompañarlo todo el día, no dejarlo ni un solo segundo solo.


Las clases del día transcurrieron a un paso que la mayoría podía considerar normal. Horas largas y ocupadas aprendiendo lo que sus profesores querían. Pero algunos de ellos, los adultos que estaban al tanto de la difícil situación que atravesaban, se veían distraídos de sus usuales labores. Aunque no tenían un lazo directo con los eventos que se recordaban ese día, se sentían en parte responsables.

Por decirlo así, eran parte del complot del silencio, donde todos dejarían que las cosas regresaran a su cauce en cuanto se pudiera. Y eso los hacía culpables.

Cuando tenían en sus manos la posibilidad de cambiar ese 31 de Octubre, para que solo fuera recordado como una fiesta, estaban dejando que para el próximo año las cosas siguieran igual. Era algo difícil de ignorar. Pero lo que algunos tenían más en mente no era futuro, no. Era un muchacho de ojos esmeralda que se había tratado de enfocar lo más que podía en su trabajo para no pensar en las cosas que los demás creían que pensaba, y que tenían la razón. Harry había puesto un empeño muy grande en cada una de las cosas que realizó a lo largo del día, sorprendiendo a más de uno.

No sabían si considerarlo algo, o muy bueno, o muy malo.

Severus Snape se encontraba en un gran dilema a la hora de pensarlo.

El famoso niño-que-vivió se encontraba aparentemente más tranquilo que de costumbre en esa fecha. Había limitado su charla con sus compañeros y las únicas veces donde se atrevía a decir algo era cuando buscaba apoyo de Granger. Podía acostumbrarse a una actitud así todos los días en su clase, pero ahora que sabía de dónde venía eso, solo lo hacía sentirse más culpable.

En toda la escuela, aparte de la rata, él era uno de los que ayudaron a que ese día fuera lo que se recordaba. Él inició –por así decirlo- todo, cuando sus antiguos hábitos de rencor y maldad lo llevaron a decir algo que no sabía su significado hasta que fue demasiado tarde. Se preguntaba si Lily sería capaz de perdonarlo por algo así, se lo preguntaba todos los días. Y ahora que literalmente podría hacerlo, era impedido por la culpa y por Dumbledore.

El solo hecho de pensar en ese viejo hombre le daba dolor de cabeza. Podía ser el mago más dotado e inteligente del mundo en esos momentos, pero para cosas tan sencillas como una decisión, él ponía todas las cartas sobre la mesa. Pros y contras. Nunca dejaba nada al azar y sus planes estaban hechos desde hacía varios años atrás. Albus era el que hacía todo más difícil, porque él y la orden ya se hubieran ido por el camino fácil sin importar nada. Porque eso era lo que haría cualquiera ¿O no?

¿Cuántos magos en el mundo desaprovecharían una oportunidad como esa? Dudaba que alguno lo hiciera, y menos que uno tan joven como lo era el muchacho Potter, dejara ir tan valiosa oportunidad.

Y sin embargo lo estaba haciendo…

Al parecer, tantos años a lado del director lo estaban haciendo –de algún modo- calculador. Aunque cualquiera tendría que pensar dos veces si Voldemort estaba detrás de tu cabeza, y eso no restaba el hecho de que Harry era un adolescente, y uno muy maduro para su edad.

¿Cualidad o perdición?


La noche cubrió el cielo una vez más con su velo oscuro. La luna ese día brillaba esplendorosamente, sin ninguna nube que osara ocultar su hermosa figura. El viento se mecía entre los árboles con más fuerza de la usual. Era la noche de Halloween.

La cena era algarabía, en su mayoría. Aquellos ignorantes que pasaban por alto hechos históricos o que simplemente no eran de su incumbencia, celebraban con sus amigos y grandes sonrisas. Sin embargo había otros pocos que parecían haber sido contagiados por la seriedad del momento.

Empezando por la respetuosa mesa de Gryffindor. Quizás ni ellos sabían el por qué, pero lo que atinaban a hacer era mostrar respeto ese día, por uno de sus miembros. Algunos recordaban que no siempre había sido así, llevaban seis años de conocerse, pero tampoco conocían el motivo real y aún así lo respetaban. Pero la ausencia –aunque fuera mental- de uno de sus miembros más sobresalientes, era algo que se esparcía al paso de los segundos, la siempre alegre y llena de júbilo mea de los leones, era rodeaba por un aura de tensión y silencio.

-Diablos… Harry- pensaba Sirius desde la mesa de maestros. Aún en su forma canina emitía gemidos lastimeros que hacían que Remus lo regañara a cada rato. Pero no podía evitarlo, el sufrimiento de su ahijado, era también el suyo.


Sabía que había fallado estrepitosamente en sus intentos de esconder lo que en realidad pensaba y lo que sentía. Pero había resultado completamente imposible ahora que conocía mejor la situación. Sabía quiénes eran sus padres. Sabía cómo eran, la vida que llevaban y la gran amistada que Sirius y Remus habían mantenido con ellos. Las historias no eran lo mismo que a vivirlo, y todos ellos eran una gran familia.

Aparte de saber lo que estaba dejando ir, hacía una pequeña aproximación a lo que su padrino había sentido aquella noche que lo encontró en la oscuridad de su hogar. La traición de Peter, a quien trataban como a un hermano. Y los injustos 12 años en Azkaban, pagando un crimen no cometido mientras el culpable vivía una vida placentera con una bondadosa familia. El vivir tras los barrotes de una celda, siendo acusado de la muerte de tus dos mejores amigos, por haberlos delatado ante Voldemort.

-Sirius nunca lo haría… nunca- eso lo tenía más que claro y no necesitaban decírselo.

Un escalofrío lo recorrió. Eran muchas cosas malas en tan poco tiempo.

Otro leve temblor ¿Qué le estaba pasando? ¿Al final del día ya estaba sucumbiendo a sus pensamientos? Las palmas de sus manos comenzaron a sudar un poco sobre la mesa, eso ya estaba fuera de los límites normales. Y eso que sus límites ya eran bastante diferentes.

Las tenues velas que alumbraban el comedor fueron extinguidas por una ráfaga de viento helado. Luego las antorchas las siguieron una a una. Hasta que el lugar quedó en casi la total penumbra, pero aún así todos estaban demasiado sorprendidos como para reaccionar o hacer comentario alguno. Por lo menos hasta que las copas de vidrio comenzaron a cristalizarse debido al frío y comenzaron a agrietarse. Algunas explotaron, dando bienvenida a lo peor.

Las puertas del comedor se azotaron y cerraron completamente por sí solas. Los escudos de alrededor de la escuela vibraron pero ya era muy tarde, habían caído. Y en medio del aterrorizado comedor lleno de jóvenes magos, detrás de una cortina de tinieblas negras, apareció una figura viperina que solo tuvo ojos para mirar a la mesa de maestros, donde muchos ahogaron un grito de sorpresa y terror.

Detrás de Lord Voldemort había aparecido su séquito de mortífagos, cuyas caras demostraban el más puro deseo de causar dolor y desgracias.


Cuando comenzaron a ocurrir esas cosas, Albus Dumbledore supo que algo malo se acercaba. Después de todo, casi tres meses de inactividad del mago oscuro era demasiado. Esos trucos tenían su nombre por todos lados, y cuando su mirada se conectó con la de Harry, las dudas se disiparon.

El joven tampoco lo vio venir, pero sabía exactamente lo que era. Con un leve movimiento metió la mano a su túnica, buscando su varita.

Pero entonces había aparecido Voldemort, y su cabeza gritaba por ayuda en todas las formas posibles. Tenerlo tan cerca siempre había sido un impedimento a la hora de enfrentarlo. Sentía que las ideas se nublaban al igual que su capacidad de pensar y de supervivencia. Eso era malo.

A pesar de que el peligro estaba a la vista de todos, nadie hizo ningún movimiento.

El mago oscuro miró admiró con su malvada sonrisa, el gran efecto que había provocado. Miró un poco de reojo a la mesa de Gryffindor, la mirada esmeralda fiera como siempre se mostró sorprendida, mas no aterrorizada. Les daría algo de lo que pudieran temer.

-¿Interrumpimos la celebración?- siseó malévolamente, dando un rápido vistazo a todo el comedor. Tenía la atención de todos, y la mayoría temía a su varita. ¿Quién no?

La mesa de profesores volvió primero de la sorpresa inicial y se pararon en sus lugares cuidadosamente, varitas en ristre, preparados para lo que venía. Lord Voldemort no se aparecía en medio del gran comedor –de casualidad un 31 de Octubre- solo a saludar. De hecho ya muchos pensaban en la forma de sacar a los alumnos de lo que sería el fuego cruzado.

-Nadie tiene la cortesía de contestar- comentó falsamente decepcionado. Los mortífagos que lo rodeaban sonrieron. –Yo pensaba mostrar mi respeto…- el brillo de la maldad en sus ojos se intensificó mientras acariciaba su varita entre sus huesudos dedos -con fuegos artificiales-

Y de inmediato hechizos volaron detrás de Voldemort en todas direcciones. No eran para asesinar a alguien –todavía- pero sí para causar el desastre y revuelo que se estaba dando.

Explosiones en las paredes, chorros de fuego, rayos multicolores causaron que el movimiento regresara a los impactados alumnos que comenzaron a correr dentro del limitado espacio. Esta vez, los colores y nombres de las casas quedaron olvidados, no para un bien mayor. Los jóvenes magos se estaban enfrentando por primera vez a lo que sería una batalla real, y a pesar de las enseñanzas de sus maestros y las reglas básicas que les habían hecho aprender, nada era igual a ponerlas en práctica.

Los más grandes estaban mejor controlados, pero los más jóvenes buscaban protegerse a sí mismos sin importar mucho lo demás. Amigos, conocidos. El ardiente calor y los escombros volando por todas partes hacían que la integridad individual fuera la mayor prioridad del momento. Sin importar por encima de quién se pasaba.

En definitiva esas no eran las enseñanzas del colegio, pero…

Voldemort rió deleitado por la escena. Sus mortífagos aterrorizando a todos los estudiantes era un buen comienzo, solo que no duró mucho hasta que los profesores del colegio decidieron intervenir, esfumando la mayor parte de su diversión, pero no la más importante.

Ellos tenían órdenes, y era matar a todo aquel que se cruzara en su camino.


Después de la lluvia multicolor, Harry solo se sintió empujado en todas direcciones y a la vez en ninguna. Estudiantes pasaban a su lado con velocidad, empujando a los que se encontraban cerca, y por consecuencia aquellos más pequeños –de edad y estatura- se veían en desventaja a la hora de ponerse a salvo.

Sabía que se escuchaban gritos, explosiones. Lo estaba viendo. Pero su sentido se encontraba bloqueado, completamente concentrado en el desastre frente a él. Hogwarts nunca había cedido a las desgracias, el castillo y sus alumnos. Mas ahora se estaban desmoronando juntos, ambos.

Era su culpa… ¿Cierto?

Un fuerte empujón que lo tomó completamente desprevenido lo tiró al suelo, haciéndolo un blanco fácil para los pies de los demás. Tres veces pasaron por encima de su mano derecha, 4 veces se sintió pateado y alguien desconocido había pisado su tobillo. Aún entre el ruido, pudo escuchar como un hueso tronaba, más no sintió nada. Se encontraba perdido en el infinito de su mente.

Momentos después Hermione apareció frente a él y se inclinó, tomándolo del brazo, incitándolo a levantarse. Ron se puso protectoramente frente a los dos para que nadie más se atreviese a pasar lo suficientemente cerca para lastimarlos. El ojiverde veía la boca de su mejor amigo moverse, gritando cosas a los que pasaban sin piedad, lanzando uno que otro hechizo a los mortífagos que estaban cerca, y que ya estaban peleando con los maestros.

Solo eran ellos, ¿Quiénes habían conservado la calma? Estaban perdidos.

Giró su cabeza admirando el comedor en desastre. La vajilla explotaba, las copas se hacían añicos. Hechizos hacían que las mesas del comedor se fueran reduciendo a astillas poco a poco. Pero entre la trágica escena, pudo ver a un niño de primero de Gryffindor, siendo ayudado a levantarse por una joven de Hufflepuff de un grado mayor.

¿Entonces sí podían luchar?

No solo era esa joven. Pudo ver a los miembros del ED, lanzando hechizos que habían aprendido en las lecciones de su 5to año. Haciendo escudos, protegiendo a aquellos que no podían hacerlo. Dando el ejemplo a aquellos que habían olvidado el por qué pertenecían a Hogwarts.

Pero, ¿Por qué tenía que ser el día que su valor dudaba?

A pesar de que los mortífagos se encontraban bastante entretenidos en sus duelos personales con los profesores, buscaban la manera de dirigir un hechizo a algún alumno inocente y con la guardia baja. Los miembros del ED hacían lo mismo siempre que podían, atinando a los enmascarados o protegiendo al objetivo.

¿Por qué ahora que su mente podía concentrarse en todo menos en las palabras correctas? Ese nudo en su garganta que lo había seguido desde la mañana seguía presente. Impidiendo que los hechizos salieran de su boca.

Voldemort se estaban batiendo en un impresionante duelo con Dumbledore, de nuevo. Como el de aquél día en el ministerio, a diferencia de que aquél había sido un poco más privado y en un lugar donde solo había 4 personas a salir lastimadas. No en el comedor de una escuela lleno de atemorizados alumnos que solo estaban haciendo que la situación se complicara más. El director trataba de cuidar cada uno de sus hechizos y los que el mago oscuro le dirigía, pero Voldemort estaba dando total libertad a su malvado repertorio sin remordimiento alguno.

Es por eso por lo que tenía que luchar.

La onda expansiva formada por un choque de hechizos hizo al menos que 10 alumnos cayeran al suelo aturdidos. La furia en el rostro del pacífico director se intensificó, haciendo al mago cara de serpiente sonreír aún más. Si a eso se le podía llamar una sonrisa.

Voldemort no se detendría ante nadie.

Los jóvenes se volvieron a levantar un poco inseguros, alejándose lo más que podían. Harry vio a otro niño de primero, un Slytherin.

Voldemort no respeta límites.

Este era un juego de dos, y él era muy bueno arruinando los planes del mago tenebroso. Eso le habían dicho, eso creía Voldemort.

-A la puerta- le susurró a Ron y Hermione.


Draco se levantó del suelo realmente asustado. Él era el hijo de un mortífago, no había nada de nuevo en eso. Él era el hijo de uno de los mejores mortífagos de Voldemort, tampoco había una novedad. Pero el hecho de que se viera envuelto en medio del ataque del cual no estaba enterado… era una falla muy importante a lo que se consideraría una relación semi-normal de la familia Malfoy.

No les hubiera costado nada decirle que habría un ataque, que no se presentara al comedor para que no quedar envuelto en eso. Y no fuera tocado por las maldiciones que estaban pasando muy cerca de él.

¡¿Qué diablos hacían?

Aún en esas circunstancias, esperaba que la casa de Slytherin no fuera un blanco de los ataques al igual que lo estaban haciendo las demás casas. Entre ellos habían hijos de mortífagos –como su caso- y estaban siendo tan cruelmente atacados como cualquiera ¿No se suponía que estaban del mismo lado? ¿O que por lo menos gozaban del privilegio de la protección?

Al él no le gustaba ser lo que era, la función que había cumplido el año anterior. A pesar de que la desgracia casi acababa con el colegio, nadie había notado que él había tenido que ver. Si acaso lo sospechaban, y más el viejo director, pero nadie había dicho nada y le habían permitido regresar. Aún sabiendo que era hijo de Lucius Malfoy…

Podía considerar eso como una debilidad. Albus Dumbledore era tan confiado, o en realidad sabía lo que hacía.

Lo que sí era una verdad era que él no había decidido seguir el camino de su padre, a pesar de lo que muchos creyeran. Como si estuviera destinado para él. Tampoco era un partidario para derrotar a Voldemort. No, eso sería muy tonto si en cualquier momento su padre lo podía entregar como traidor en menos de dos segundos. Lo creía muy capaz de traiciónalo, no muy diferente a lo que estaba pasando ahora.

A lo lejos lo veía a su padre pelear con el licántropo, quien había vuelto a enseñarles DCAO. En ningún momento había volteado a asegurarse que estuviera bien y que no lo hubieran matado ya en el fuego cruzado. No le importaba en lo absoluto.

Sin embargo él no era tan frío como su padre. Se acercó a una joven de Gryffindor que estaba buscando protección de lo que quedaba de una mesa. Era apenas una niña y estaba muy asustada.

Miró a su alrededor y dio un largo suspiro. Bien, no estaba de lado de los mortífagos. Tampoco se quedaría sentado, viendo.

Le tendió su mano a la niña de Gryffindor.


Los tres admiraban la puerta, firmemente cerrada. Seguro los mortífagos se habían encargado de eso, pero sí querían salir del medio del campo de batalla, esa era la única salida. Aunque tampoco nadie los podía ayudar, debidos a los duelos que se estaban llevando a cabo; todo quedaba en sus manos. La única preguntar era si tenían el poder suficiente, para lograr abrir las dos grandes puertas.

Tenían que.

Un rayo pasó por pocos centímetros por encima de sus cabezas, estrellándose justo en la puerta. Observaron como astillas volaron del lugar del impacto. Un plan no muy seguro se comenzó a formar en sus cabezas.

Harry y Hermione se miraron de manera cómplice con una leve sonrisa. Ron creyó entender lo que significaba.

-¿Vamos a derribar las puertas?- preguntó incrédulo el pelirrojo, se pasó una mano por el cabello de manera nerviosa cuando sus dos amigos comenzaron a juntar a los miembros del ED, y hacer un hechizo conjunto.

Se empezaron a formar. Los de menor estatura en frente y los más altos detrás, así todos podrían atinar limpiamente al objetivo. Pero nuevas maldiciones que les pasaban demasiado cerca hacía que perdieran la formación una y otra vez. Ellos eran los mayores, del último grado de Hogwarts. Pero alumnos que pudieran hacer un hechizo lo suficientemente fuerte, también se incluía al grupo.

Estaban listos, pero había algo importante a tratar. Harry detuvo a Ron y Hermione tomándolos del antebrazo.

-No podemos dejar que solo salgan y corran por todo el castillo sin motivo- la castaña ya lo habían pensado, pero no tenía la solución a ese problema. Ron en cambio empezaba a considerar las posibilidades.

-¿Hay que permanecer juntos?- preguntó. Los otros dos asintieron.

-Eso sería lo mejor- apoyó Hermione –Pero ¿En dónde? No podemos simplemente encerrarnos en una sala común, esperando que alguien gane-

Ron apoyó eso.

-Además, encontrar la manera de mandar un mensaje a la orden- urgió el pelirrojo que miró sobre su hombro –Esto se está poniendo feo-

Harry lo sabía, no necesitaba que ellos estuvieran planteando de nuevo el problema, solo que…

-La sala de Menesteres- susurró sorprendido de que no se le hubiera ocurrido antes. Sus dos amigos lo miraron pensando -¡Eso es!- les aseguró Harry –Ahí no nos encontrarán a menos de que busquen primero por todo el castillo y podremos pensar en algo mejor después-

Sonaba bien para la situación. Todos reasumieron posiciones y levantaron sus varitas en dirección a la puerta, esperando la señal de Harry.

El pelinegro miró sobre su hombro. Sirius y Remus peleaban con mortífagos, el primero había vuelto a su forma humana desde que todo había empezado y hasta ahora se había acordado de eso. Como si el hombre hubiera sentido la mirada esmeralda sobre él, miró en dirección de su ahijado y le dirigió una pequeña sonrisa y un asentimiento de cabeza.

Estaba poniendo esa responsabilidad en sus manos.

-¡Ahora!- gritó.

De inmediato siguió un abanico de hechizos multicolores dirigidos a la puerta. Solo medio segundo después vino la gran explosión del impacto, todos se protegieron lanzando sus brazos por encima de sus cabezas y agachándose.

Con el sonido, Voldemort giró con enorme furia para ver lo que habían logrado. Las puertas del comedor no habían sido tiradas pero ahora estaban abiertas por el gran daño que les habían causado. Gruñó y ordenó a sus mortífagos ir tras todos ellos. Pero de inmediato su caminos fue obstruido por el personal de Hogwarts, que con sonrisas de orgullo reasumieron sus duelos.


Al principio todos quisieron correr en cualquier dirección, pero el ED formó una barrera que no dejó que nadie pasara hasta que los escucharan. Harry salió de entre la multitud y apuntó a Neville y a Ginny.

-Deben seguirlos a ellos- ordenó. Nadie podía quedarse solo y ser presa fácil para los mortífagos o Voldemort.

Pero aún así hubo rostros de inconformidad que se negaban a obedecer esa orden.

-¿Por qué?- alguien había preguntado.

Entonces los prefectos de las 4 casas también salieron de la multitud y se plantaron frente a aterrorizado grupo de estudiantes. Con la voz y la mirada firme, el prefecto de Hufflepuff habló primero:

-Es una orden, para todos los de Hufflepuff-

Los alumnos de la casa correspondiente salieron de entre los demás, Neville y Ginny comenzaron a caminar frente a ellos para guiarlos.

Los prefectos de Gryffindor no dijeron nada. Ron miró a todos los leones y meneó la cabeza indicándoles que era obvio que ellos también tendrían que seguir las órdenes dadas. Nadie protestó, por lo menos no verbalmente. Poco después siguieron los de Ravenclaw, la primera en poner el ejemplo sin necesidad de palabras fue Luna, que en cuanto los leones habían salido, ella de inmediato los siguió. Los demás de su casa, uno a uno la siguieron en silencio.

Dejando al final a los de Slytherin.

El trío se había quedado esperando que los restantes se movieran, pero se veían inseguros y temerosos. Con una palabra, Harry le dijo a Ron y Hermione que se fueran para apoyar a los demás. El ED también se había retirado. El ojiverde volvió su vista a la casa de las serpientes, no comprendiendo por completo sus motivos.

-También deben seguirlos- afirmó. Pero nadie se movió, solo se miraron entre sí sin decir nada. El Gryffindor se pasó una mano por la cabeza.

-¿Por qué lo haríamos, Potter?- Malfoy salió del grupo, con una mano en el hombro de un joven mago de Slytherin el cual se veía asustado. Pero la pregunta de Draco no era un reto o algo sarcástico. En verdad era lo que quería decir.

-Porque todos somos alumnos en Hogwarts- contestó el ojiverde de inmediato. –Todos somos magos, todos somos iguales- aseguró.

Una joven de primer grado, contradijo temerosa –Pero nosotros somos de Slytherin- varios susurros se esparcieron dándole la razón. En realidad creían que no tenían motivo para ir con los demás, no eran parecidos a las otras 3 casas.

-¿Y eso que significa?- cuestionó Harry -¿Que son seguidores de Voldemort? ¿Qué no pueden salir heridos en esta batalla?- señaló al comedor –Que sean de Slytherin no significa que estén de lado de Voldemort ¿O sí?- de nuevo se miraron entre sí –O ya estuvieran peleando allá dentro y jamás se hubieran envuelto en ese enfrentamiento-

Draco suspiró frustrado, eso era verdad.

-Son de Slytherin, eso no detuvo a Voldemort y a sus mortífagos a la hora de atacar- extendió su brazo indicando el camino a seguir. Un poco de la inseguridad desapareció de los ojos de las serpientes a medida que se atrevían a avanzar uno a uno, hasta que todos continuaron como un grupo.


Harry se quedó atrás, asegurándose de que nadie se hubiera quedado dentro del comedor por algún motivo. Pero se topó con la figura de otro joven mago de Slytherin, que estaba atrapado en una esquina, con ambas rodillas contra su pecho y la cabeza entre los brazos. Sintió que otro hechizo le pasaba demasiado cerca, pero aún así se adentró de nuevo a la zona de batalla para llegar al joven.

-¡Tenemos que salir de aquí!- le urgió una vez que llegó al lado del Slytherin que se encontraba demasiado asustado para moverse. Harry lo reconoció como otro primer año de la casa de las serpientes.

Ese no era el lugar para discutir. Sin mucho remordimiento tomó de ambos brazos al joven de cabellos castaños y lo puso de pié, de inmediato lo comenzó a jalar a través de lugar, lo más rápido posible.

-Potter- el siseo lo detuvo en seco, más no se giró. Su cicatriz comenzó a cosquillear, algo no estaba del todo bien. ¿No se suponía que Dumbledore estaba peleando contra Voldemort? Miró por el rabillo del ojo al director, inconsciente sobre los escalones que subían de nivel la mesa de maestros. No pudo formular palabra alguna, cuando su atención fue recapturada por el mago tenebroso.

Varita en ristre, sonrisa malvada, dos palabras:

-¡Avada Kedavra!- el destello verde dirigiéndose hacia él.

Sintió que el frío se apoderaba de su cuerpo, luego el suelo contra su costado. Su mano entrelazada con la del joven de Slytherin perdió fuerza, mientras los bordes de su visión se oscurecían. Parpadeó un par de veces para enfocar, trató de asegurarse de que quien lo acompañaba estuviera bien. Intentó apretar su mano para llamar su atención, pero la cabeza del joven cayó de lado sin fuerza, con dos ojos sin luz y aterrados que lo miraban.

Después de que alguien gritó su nombre, todo se volvió negro.


Podría acostumbrarme a este tipo de finales. Agradezcan a la técnica enseñada por mi maestra, todo el crédito para ella. Yo solo soy su pupila, ella es la verdadera maestra del mal.

Parte 1 de los capítulos siniestros del 31 de Octubre en What if.

P.d.1. maestra, espero que esto amerite que se me devuelva mi daga.

P.d.2. Próximo capítulo siniestro -lo más rápido posible- en honor a todas aquellas almas en pena que dejen review.

anypotter