Narrador Omnisciente:
Empezaron a caminar, mientras ambos hombres dudaban sobre contarse las experiencias extrañas que habían tenido en la isla. De repente, en medio del lago se escucharon ruidos extraños. El agua se agitó y además de ella salía un humo extraño, como si se estuviera evaporando el agua. Entonces algo salió de las profundidades, lanzando por los aires increíbles cantidades de agua que al caer sobre ellos, la sintieron caliente.
Cuando miraron, una extraña sombra negra, gigantesca, se alzaba decenas de metros de altura sobre ellos. No tenía forma reconocible, pero de su "cuerpo" salían una especie de tentáculos, que empezó a lanzar contra ellos. Mientras corría, Arthur escuchaba el ruido de los tentáculos golpear el suelo. Le recordaban mucho al sonido de cuando "aquella cosa" les persiguió a través de la selva. Creyó que no podrían escapar de esta vez.
Antonio vio una entrada en las rocas a lo lejos. Pensó que podrían salvarse si se metían allí dentro. Cuando les dijo eso a los demás, Mei se negó rotundamente a ello. Antonio no entendía por qué. Arthur sabía cual era su temor, pero aun así la cogió en brazos y empezó a correr hacia ese lugar. El templo era un lugar peligroso, no sabía que encontraría allí, ni si les estarían esperando para tenderles una trampa, pero tenían que elegir entre eso o una muerte segura.
Consiguieron dejar atrás a ese monstruo y entrar al templo, mientras escuchaban como la entrada quedaba destruida por sus ataques. Mientras recuperaban el aliento, se fueron dando cuenta de que no estaban solos.
- Al fin os tenemos. - susurró la voz seria de un hombre.
- Mierda... - maldijo Arthur.
- ¡Papá! Eres tú quién controla esa cosa, ¡¿verdad?
- Oh, Mei... Desde que te fuiste de mi lado no sabes cuánto poder ha ganado esta isla. Y yo con ella. - dijo con un tono de gran orgullo, mientras sonreía.
- ¡Esto no está bien! ¡No sabes lo que podrías desencadenar! - replicó Mei, mientras se agarraba a uno de los brazos del inglés.
- Lo único que importa es el resultado final. - finalizó el padre. - Y para ello haré lo que sea necesario, incluso sacrificar a mi propia hija...
- ¡¿Sacrificar? - exclamó Antonio.
- Así es. Y en cuanto a ti, cómo te prometí... te dejaré marchar con el pequeño Lovino. Gracias por atraer a mi hija de vuelta con su familia.
En ese momento, aparecieron varias personas vestidas con túnicas de aspecto antiguo y portando lanzas en sus manos. Iban a por Mei.
- ¡Antonio! ¡¿Cómo que un trato, nos has traicionado? - gritó Arthur mientras se ponía entre los desconocidos y Mei, blandiendo su espada.
- Yo... no quería... - murmuró el español, abatido.
- Oh, no le eches la culpa. Es normal que se haya encariñado con el niño, así que le ofrecí un trato: su vida por la de Mei. - continuó explicando el padre, con una sonrisa en los labios.
- No lo permitiré. Me da igual qué tipo de creencias tengáis, y me da igual también vuestro puto dios. ¡No os permitiré hacerle nada! - gruñó el rubio.
