Arthur's POV:

Desenvainé mi espada y la alcé mientras corría a por ellos. La furia me cegaba y apenas podía contenerla, necesitaba destruirles, matarles. Por todo lo que nos habían hecho, por todo lo que le habían hecho a ella. Entonces me di cuenta de lo que sentía, de lo que ella significaba para mí.

Mi razón de combatir y de luchar. Durante toda mi vida sólo luché para mí mismo. Ahora ya no era así, ahora tenía a alguien a quien proteger, alguien a quien hacer sonreír. A partir de ahora lucharía por que esa sonrisa durase lo máximo posible. Y les ataqué con todas mis fuerzas. Ellos impedían que sonriese y yo les eliminaría para que pudiera hacerlo libremente. Me daba igual si era su padre, para mí sólo era un demonio que tan sólo busca su propia satisfacción. Y eso me enferma.

Eran varios, unos 6 o 7, pero conseguía al menos detener su avance. Aun así no podía quitarle ojo a Mei, que estaba abrazada a Lovi en una esquina. No confiaba en Antonio en absoluto, es más, sentía odio hacia él por habernos traicionado.

Y mientras en mi cabeza volaban esas ideas uno de los enemigos consiguió pasar hacia ellos, mientras los demás me atacaban para impedir que les ayudase. Pero por suerte Antonio entró en razón y se interpuso entre el enemigo y los jóvenes, para protegerles.

- ¿Qué estás haciendo, acaso has cambiado de opinión? - preguntó el padre, sorprendido.

- Simplemente recordé una cosa. -dijo mientras desenvainaba su propia espada. - Tú dijiste que me dejarías irme con Lovi. Y tienes razón, no me importa que seas un demonio ni el poder que puedas conseguir. Pero tras varios años perdido en esta isla, olvidé lo más importante para mí. Soy un pirata, un orgulloso pirata español. Y a mi NADIE, ni siquiera tú, puede decirme lo que debo hacer. - explicó el español, con una sonrisa orgullosa en los labios. - No sólo quiero irme de aquí con Lovi, sino también con Arthur y Mei.

- Sólo te daré una oportunidad, no puedes tenerlo todo. ¿Es esta tu última palabra? - preguntó aquel hombre, intimidante.

- Lo sé, pero soy un pirata. Y los piratas queremos poseer absolutamente todo. - concluyó Antonio, aumentando su sonrisa.

- ¡Así se habla! - le apoyé, con admiración.

- ¡Matadlos! - ordenó el padre, alzando la voz.

Antonio atacó al enemigo que yo había perdido de vista, mientras los demás me atacaban con insistencia. Conseguí abatir a unos cuantos, pero estaba demasiado cansado. En cuanto vi que Antonio mató a su contrincante le grité, señalándole que se fuese con los niños por una de las entradas por las que habían llegado aquellos bastardos.

Yo les entretendría, mientras les daba tiempo de alejarse lo suficiente y escapar hacia la costa norte. Antonio no dudó, a pesar de saber que era un acto suicida por mi parte. Cogió a Mei y a Lovi y los sacó rápidamente de allí. Mei no dejaba de mirarme, con un rostro de inmensa preocupación.

Le sonreí y asentí, como queriendo decir: "Nos vemos al otro lado". Su padre, furioso, gritó en alguna especie de lengua antigua y toda la estancia empezó a temblar.

- ¡¿Intentas enterrarnos vivos? - pregunté confuso, sin entender que ocurría.

- Nunca os permitiré abandonar la isla, necesito su poder. Y dos asquerosos piratas no me lo impedirán.

- ¿Y para qué quieres su poder, qué es lo que merece tanto la pena como para matar por ello? - dije mientras bloqueaba y combatía a sus súbditos.

- Esta isla es especial, no todos pueden entrar a ella. Y mucho menos, salir. En este templo vivían los dioses de nuestros antepasados. Dioses que acabaron matándose unos a otros, por estar a favor o en contra de la raza humana. - el hombre relataba aquella historia con una sonrisa en los labios, ansioso de poder. - Quiero su poder, el poder de un dios, para alzarme sobre el resto de mortales y traer la armonía que el mundo necesita. Sin piratas ni guerras santas.

- ¿Y te crees el más indicado para ello? Me das pena. - le respondí, utilizando un tono humillante.

- ¡¿Qué has dicho?

En ese instante acabé con el último de sus camaradas, atravesando su pecho con mi acero. Entonces me dirigí a hablar frente a frente con él.

- Eres como esos humanos que dices querer gobernar y adoctrinar. No sé si los dioses tenían razón en si la raza humana debería perdurar o no. Pero sí sé que con un humano gobernándolos, nada cambiará. Ni aunque seas omnipotente dejarás de ser un simple y egoísta ser humano. - le eché esas cosas en cara, descansando de aquella pelea. - Y además... No puedes aspirar a ello queriendo matar a tu propia hija. No lo permitiré. Esta tumba de dioses, será la tuya también. -dije convencido de mis propias habilidades, mientras alzaba la punta de mi espada señalando su pecho.

- Puede que no sea un dios todavía, pero cuando resucité a ese ser que llamas Lovi conseguí un poco de su poder.

La estancia comenzó a temblar todavía más. Las salidas se venían abajo, mientras un gran aullido resonaba por todo el lugar.

- Te dejo con mi Cerbero, el guardián de esta Isla. Yo tengo asuntos pendientes con tus amigos. - Entonces un rayo de luz le envolvió, y tras un instante desapareció de mi vista.

Sentía furia por haberle dejado escapar, pero no podía entretenerme. Aquella cosa estaba acercándose y para cuando llegase, acabaría enterrado en este lugar. Pero no tenía ninguna vía de escape. ¿Cómo se suponía que iba a sobrevivir?

Me fijé que el techo se estaba derrumbando y dejó pasar una luz que venía del exterior. Era la única salida que había en ese momento, decidí intentar llegar a ella en vez de quedarme esperando a la muerte.

Así que corrí cómo nunca hice y empecé a subir por las escaleras hasta el trono, el punto más alto de la estancia y desde allí escalé por la pared, agarrándome a lo que veía. Podía alcanzar el hueco si me agarraba a las maderas y tablones que estaban resquebrajándose en el techo. Sin embargo, si uno de ellos no aguantaba mi peso, caería y moriría. Pero no tenía tiempo para pensar. Aquella cosa llamada "Cerbero" estaba a punto de llegar. Y con lo inmenso que es, seguramente me mataría al instante.

Y entonces fue cuando lo vi, debajo de mí. El suelo se vino abajo y unos tentáculos negros se agarraban a la pared, para poder ascender desde dondequiera que viniese. Casi me caía debido al gran estruendo y terremoto que provocó, pero logré agarrarme con una mano mientras observaba a la bestia. En el lago solo vimos su cuerpo, amorfo y tétrico, pero visto desde arriba se le podía ver su verdadera forma. Un calamar gigante, tal como nunca había visto. Parecía sacado de las antiguas historias griegas, cuando Poseidón mandaba en los mares y usaba criaturas así para sacrificar a las pobres almas que navegasen por el mar Mediterráneo.

Entonces ese bicho me agarró del cuerpo con su tentáculo y empezó a tirar para arrastrarme al infierno con él. Y se me ocurrió la gran locura de agarrarme con una mano, mientras con la otra cogía y usaba mi espada contra él. Me caí. Y pensé que estaba perdido.

Pero me negué a morir aún y le ataqué en cualquier lugar que viese a mi alcance. Hasta que le hice un buen corte en uno de sus ojos, momento en el cual me golpeó contra el techo de nuevo. Me agarré de nuevo a los salientes y le ataqué en su asqueroso tentáculo para cortárselo. Se escuchó un aullido gutural que casi me deja sordo, pero mi preocupación se centró en la salida que tenía justo al lado, donde me había golpeado antes. El techo se había derrumbado, dejando un hueco con el ancho suficiente para escapar a la superficie. Así que me moví rápido, antes de que el "calamarcito" se recuperase y volviese a por mí.

Cuando respiré el aire fresco, no pude creer que me hubiese salvado por los pelos. La adrenalina comenzaba a bajar y las ideas en mi cabeza a ordenarse de nuevo. El templo debía tener otra salida. Entonces recordé la cueva donde conocí a Mei. Cuando escapamos salimos de allí por un único camino, pero dentro había más pasillos y rutas. Tal vez una de ellas conectaba con este templo y si iba hacia allí, me encontraría con los demás.

Ese pensamiento se difuminó cuando noté algo en mi hombro de repente, un golpe seco. Cuando lo vi tenía una flecha atravesándolo, y fue entonces cuando el dolor apareció a gran escala. Me retorcí en el suelo mientras veía a varias personas, vestidas con harapos y con arcos apuntándome. Uno de ellos disparó de nuevo, esta vez atravesando la pierna. Mientras gritaba de dolor supe que querían inmovilizarme. Sin poder usar armas ni caminar, estaba a su merced. Y seguramente por el dolor, mi vista se nubló hasta que caí inconsciente.

Al despertar de nuevo sentí una gran brisa, fría, golpearme la cara. Además, escuchaba las olas del mar romper en la costa. Cuando miré a mi alrededor, descubrí que me habían atado a lo alto de un mástil de un barco que parecía estar encallado en la isla.

Y abajo del todo, mirándome, estaba ÉL.

- ¿Qué... estás haciendo? - pregunté, todavía aturdido por acabar de abrir los ojos.

- Has despertado, genial. Estás a punto de ver el espectáculo final. - El tipo sonreía, y su sonrisa era terrorífica.

Me señaló que mirase a mi izquierda,y entonces vi a Antonio y a Lovi atados a otro mástil. A nuestro alrededor se dibujaba un atardecer apocalíptico. Una gran tormenta estaba iniciándose en el lugar. Debíamos estar en el barco que se suponía que iba a ser nuestra salida. Entonces miré abajo y vi a los secuaces del padre de Mei, cargándola en una especie de camilla, desnuda.

- Observa a tu alrededor, estamos en comunión con la Isla. - habló el padre, con un tono victorioso. - Y ahora, recuperaré el poder que perdí.

Apenas podía moverme, tan sólo observar. Mirar como ese bastardo iba a hacerle daño de nuevo a su propia hija. Me sentía como si fuese el único al que no le importaban estas historias de los dioses, ni su poder ni sus milagros. ¿De qué sirven si la gente sufre por ellos?

El cielo se oscureció y desde el horizonte se escuchaban truenos. El viento estremecía todo el barco, que no se encontraba precisamente en su mejor estado. Mientras pensaba cómo bajar de allí, no podía evitar mirar lo que estaba pasando allí abajo.

Todos, incluido el padre, rezaban cánticos extraños alrededor de Mei, que gritaba sin consuelo, pidiendo ayuda. En mi corazón se desbordaba la ira, pero no podía más que hacer que hablarle para tranquilizarla.

Entonces la lluvia comenzó a caer sobre nosotros, sobre Mei. ¿Por qué tenía que pasar por todo eso? Ella no tenía la culpa de nada... de nada en absoluto.

Al final me rendí, me dediqué finalmente a observar como su padre alzaba en su mano derecha un puñal extraño, que iría directo al corazón de mi amada. La rabia dejó paso a la tranquilidad en mi corazón, ya que al menos todo terminaría en apenas unos segundos. Su sufrimiento, el mío y el de todos los demás en esa isla. Maldije a Dios por permitir que todo esto ocurriese. Y de repente, cómo si me hubiera escuchado, un relámpago me cegó totalmente.

Cuando mi visión se aclaró ya no estaba allí, en aquella costa. Ahora se trataba de una especie de coliseo, lleno de personas gritándome. ¿Había enloquecido? ¿O todo era un sueño? Sin embargo, era tan real... Cómo las visiones que me hizo tener Mei.

Sobre nuestras cabezas estaba la misma tormenta, el mismo viento y las mismas gotas que caían como cuchillos fríos sobre todos. Delante de mí había una especie de gladiador. Me di cuenta de que yo también estaba vistiendo de la misma manera.

Y miramos al palco, lleno de oro y diamantes, seguramente el lugar donde se sentaba el líder de aquel lugar. El cual se levantó y se dirigió a nosotros.

- ¡Legendarios guerreros! Hoy es un día especial para todos nosotros. Los Dioses exigen nuestro sacrificio y tenéis el honor de llevarlo a cabo. Uno debe vivir y otro debe morir. El que muera quedará liberado del campo de batalla, pero el vencedor, aunque deba permanecer en él, también recibirá su recompensa. - el líder alzó los brazos, continuando su discurso. - No con oro, ni mujeres ni ninguna otra cosa material. Se le recompensará con el honor de ver a los propios Dioses, y estos le concederán lo que más desee en el fondo de su corazón. ¡La sangre es la llave! - gritó, dirigiéndose a todos los que estaban presentes, cómo si fuese un ritual.

- ¡La sangre es la llave! - exclamó el público con ansias.

- ¡Que empiece el combate! - saltó el líder, bajando por fin los brazos.

El otro guerrero se abalanzó sobre mí, atacándome sin piedad. Si así estaban las cosas, debía ganar para poder realizar mi "deseo". Me fijé en mi contrincante, que llevaba un casco que le cubría toda la cara, luchaba con técnicas muy parecidas a las mías, cómo si él también hubiese sido un pirata.

Tras varios golpes finalmente logré clavarle mi espada en el estómago, momento en el cual todo el público gritó, lleno de júbilo, felices de ver semejante espectáculo sangriento. Posé lentamente a mi enemigo en el suelo y me intentaba decir algo, agarrándome del brazo. Al quitarle el casco, no pude creer lo que veía.

- ¡¿Tú? ¿Por qué...? - pregunté, abriendo mucho los ojos al ver su verdadero rostro.

- Porque fuimos llamados para ayudarles... Uno debía morir y otro vivir, ¿recuerdas? - susurró Antonio, posando su mano sobre su herida.

- No tenía por qué ser así... - murmuré también, abatido.

- No importa... Teníamos una oportunidad para cambiar nuestro destino, Arthur. Seríamos idiotas si no la aprovecháramos...

- Pero si hubiese sabido quién eras, yo... - cerré los ojos de pura rabia, sintiendo como ardía por dentro.

- En tu corazón, al igual que el mío, reside el mismo deseo. Ahora ve, sálvala... prométeme que lo harás.

- Lo haré, amigo mío. - le contesté mientras sujetaba su mano, hasta que finalmente cerró los ojos. - Descansa en paz, guerrero del Mediterráneo.

A mi alrededor aparecieron varios súbditos del líder, indicándome que les siguiese. Me llevaron al interior del coliseo, siguiendo numerosos pasillos y escaleras hasta que llegamos a una gran puerta, llena de símbolos extraños y ofrendas a ambos lados. Entonces me dejaron a solas y atravesé dicha puerta, sin saber qué tipo de locura me esperaría ahí dentro esta vez.

Esta nueva estancia era totalmente impresionante y muy distinta a todo lo que había visto en mi vida. Era totalmente cristalina, con grandes ventanales por los que pasaba la poca luz que permitía la tormenta entre las nubes.

Al mirar el exterior me di cuenta de que estaba en la misma isla de siempre, pero... Había pequeños poblados con edificios y grandes estatuas, repartidas por todas partes. Sin duda debía tratarse del pasado de la isla, mucho antes de que existiese nuestra civilización.

A ambos lados de la estancia había numerosos tronos, parecidos a aquel que había en el templo subterráneo del lago, pero totalmente hechos de diamante. Escuché pisadas detrás de mí y al girarme observé a un hombre de mi edad, fornido y alto, de piel morena al igual que su cabello, del que salían muchos rizo y con un poco de barba, que dejaba pasar una sonrisa extrañamente pacífica.

- Bienvenido, Arthur. - saludó el desconocido.

- ¿Eres... Dios? - pregunté, incrédulo.

- Llámame César. Nunca me he acostumbrado a que me traten como un ser superior... No es mi estilo. - explicó él, con un tono nada intimidante.

- César pues. He vencido, he realizado el sacrificio. ¿Escucharás mi deseo?

- No hace falta oírlo. Quieres salvar a Mei, la última de los nuestros. - adivinó César, pasando a un tono más serio.

- Ella no merece pasar por todo eso, merece una vida mejor.

- Todo empezó justo aquí, en este instante. Observa. - Señaló al exterior, a una pirámide al otro extremo del valle.

Una gran luz se iluminó en ese instante en lo más alto de la construcción. Entonces un gran terremoto sacudió la isla y una ola de fuego devoró todo lo que había en ella.

Excepto nuestra estancia, que parecía no haberse dañado en absoluto. Miré a César, impaciente por las respuestas que debía darme.

- Uno de los vuestros nos traicionó. La humanidad nunca ha sido ni será capaz de contener dentro de su corazón nuestro poder. - me explicó él, mientras su mirada cambiaba. - Al final, el único desenlace posible es este. Destrucción y caos en el mundo. Lo que acabas de ver, es lo que sucederá si no detienes a tu enemigo.

- Pero estoy completamente inmovilizado, y él a punto de matar a Mei...

- No puedo ayudarte, al menos no directamente.

- ¡¿Cómo que no? ¡¿Entonces me has traído aquí para nada? La muerte de mi tripulación, de mis amigos... ¡¿Ha sido en vano? - exclamé sin entender nada de la situación, preso de la rabia.

- Aunque estemos muertos seguimos obedeciendo nuestra ley, Arthur Kirkland. Aunque no podáis vernos físicamente ni podamos mostrar nuestro poder ya, seguimos existiendo en esta isla, pero atrapados en el tiempo. Revivimos una y otra vez este día, intentando buscar la manera de liberarnos. - se acercó más a mí, sin parar de hablar. - Por supuesto, podríamos salvarnos si usáramos nuestros poderes. Pero eso significaría violar nuestra ley, ya que si hubiésemos evitado esta destrucción, seríamos iguales o peores que el ser humano que nos condenó a este infierno. Debe existir un equilibrio para que los que tienen el poder y los que no, puedan coexistir sin dañarse unos a otros. Y nuestro equilibrio es nuestra ley.

- Entonces... ¿Qué queréis de mí? - pregunté después, terminando de escuchar su explicación.

- No puedo ayudarte a matar a tu enemigo. Pero si puedo liberarte de lo que te impide hacerlo. Pero a cambio debo pedirte algo.

- ¿El qué? - la curiosidad se notaba en mi voz, al igual que el ansia.

- Que te quedes en la isla durante el resto de tu vida. Quiero que nos ayudes, que destruyas la maldición que nos ha hecho cautivos de nuestro propio poder. - explicó él, cerrando los ojos.

- Pero quería ofrecer a Mei una vida mejor... lejos, en mi hogar... - murmuré, empezando a sonar de nuevo abatido.

- El sacrificio de sangre era la prueba que requeríamos no para escuchar los deseos del guerrero, sino para convertirlo en nuestro guardián. Obviamente estás en un sueño, no has matado a Antonio en la vida real.

- ¿Está vivo? - mis ojos se iluminaron, apareciendo una pequeña esperanza en ellos.

- Por ahora. Pero no te aseguro que siga así si Mei muere. Si aceptas ayudarnos haremos lo posible para que cumplas tu deseo: una vida mejor para tu amada.

- Y a cambio debo olvidarme de mi anterior vida... ¿eh? - murmuré, mirando hacia a un lado mientras me lo planteaba.

- Al menos hasta que consigas romper la maldición. - finalizó César.

- Acepto. - dije, con plena convicción en mis palabras.

- ¿Estás seguro? - alzó una ceja, seguramente sin esperarse aquella respuesta.

- No tengo elección, ¿verdad? Al menos Mei vivirá y será feliz al lado de Antonio y Lovino.

- En ese caso, Arthur Kirkland, te nombro nuestro nuevo guardián. Ahora prepárate, te enviaré al momento justo en el que perdiste el conocimiento. Gracias por todo. - concluyó César, esbozando una sonrisa.

Me ofreció su mano y sin pensarlo la tomé, cómo una señal de que nuestro contrato ha sido firmado verbalmente. Una luz nos envolvió y cuando quise darme cuenta, ya no sentía la mano de César.