Mei POV:
Desperté, sin saber donde me encontraba. Miraba a todas partes y no podía creer lo que veían mis ojos. Una habitación, con decoración, flores, un par de camas... Y una ventana.
Me levanté, sin creérmelo, y me acerqué a ella. Podía observar enormes campos de avena y trigo, con un sol que golpeaba fuerte en la piel y un calor que me hacía sudar como nunca.
Lo más extraño de todo, era esa aparente "paz" que sentía. Ya no estaba en la isla, eso estaba claro. ¿Había muerto, esto es lo que hay después de la muerte?
Alguien llamó a la puerta y me pidió permiso para entrar.
Era una especie de criada del hogar, que venía a ver como me encontraba y a traerme un poco de comida. Cuando le pregunté dónde me encontraba, me dijo que su "Señor" me lo contaría todo dentro de un momento, cuando volviera del campo.
Hasta entonces, decidí disfrutar de la comida que me prepararon. Desde que tenía memoria, ninguna comida me había sabido tan rica, sobretodo comparada con la de la Isla. Poder comer algo caliente y tener un poco de pan, era suficiente como para llorar de felicidad.
Tras un rato esperando, al fin apareció ese "señor" que me dijo la sirvienta. Era Antonio, que esgrimía una sonrisa en su rostro, contento de que me recuperase.
- Qué bien que hayas despertado al fin, Mei. Estábamos preocupados. - empezó él, mirándome.
- ¿Estabais? - le pregunté, parpadeando.
- Yo y Lovi. El pequeño no tiene amigos de su edad aquí cerca... le vendrá bien que su hermanita se haya recuperado.
- Lovi... ¿Dónde estamos, qué ha pasado? - continué preguntando, confundida.
- En casa. -dijo, sonriendo. - Estamos en casa, concretamente en mi hogar, España.
- ¿Y Arthur...? - susurré con algo de miedo, sospechando.
- Él... -su sonrisa se apagó a la vez que sus ojos apartaron la mirada al suelo, triste. - No está aquí.
- ¡¿Qué? - grité, sintiendo como algo dentro de mí se rompía.
Entonces me contó cómo, sacrificándose, Arthur nos salvó.
Un rayo impactó sobre el mástil que le tenía atado, lo que le permitió desatarse y lanzarse encima de mi padre, que estaba a punto de clavarme el puñal.
En tan solo un segundo Arthur cayó encima de él y el puñal acabó en el estómago de mi padre.
Los cómplices de mi padre, en vez de vengar su muerte nos liberaron de nuestras ataduras y nos dejaron libres. Dijeron que Arthur se había convertido en un arma de los dioses, que la muerte de su líder era prueba de ello.
Por tanto, ahora estaban a nuestras órdenes y nos imploraban nuestro perdón por todo lo que nos hicieron.
Entre todos pusieron a punto el velero, que estaba a punto de hundirse si no lo sacábamos de la costa.
Arthur había quedado herido por la caída, no podía moverse y le dolía si otros le intentaban ayudar. Por mucho que Antonio quisiera, no podía llevarse a Arthur de allí.
Malherido, le pidió un último favor: que me salvase.
Él debía quedarse en la isla para pagar el favor que "los dioses" le ofrecieron. Y así, sin mirar atrás, Antonio y los demás pusieron en marcha el velero, alejándonos de la isla antes de que la tormenta descargase todo su poder.
Dentro de mí sabía que él había llegado a la isla para ayudarme, pero no tenía ni idea de que el destino tenía más planes para él. Cuando le dije a Antonio que quería volver, que deseaba verle, se negó.
- No tengo ni idea de como pasó. Cuando yo desaparecí, estaba navegando por el Atlántico, rumbo al norte. Pero cuando regresamos a España estábamos en el mar Mediterráneo. No tengo ni idea de como volver allí, Mei... - murmuró con pena, seguramente por los recuerdos presentes en su cabeza. - Y no me arriesgaré, no permitiré que su muerte haya sido en vano. Os cuidaré a ti y a Lovi por siempre. No volveremos jamás a ese lugar.
- ¡No te atrevas a decir que ha muerto! - exclamé, sintiendo como la impotencia recorría cada parte de mi cuerpo.
- Tú no viste como quedó tras la caída...
- ¡¿Significa que tenemos que quedarnos aquí de brazos cruzados, sabiendo que puede necesitar ayuda? - gruñí, notando que también la rabia empezaba a aparecer en mí.
- No quisiera decirlo pero... Por mucho que queramos no podemos hacer nada por él, debemos darle por muerto. - finalizó, con un tono serio que camuflaba la pena que sentía.
- ¡No, me niego! ¡Sólo eres un cobarde que no quiere volver allí! - grité de nuevo. Las lágrimas empezaron a asomar por mi rostro.
Antonio, afligido, decidió dejarme a solas. No podía aceptarlo, no iba a pensar en Arthur en pasado, no ha muerto para mí. Él tenía razón en que sería complicado el volver a la isla, pero no era imposible.
Y aunque me costase toda la vida, no me rendiría. Le debía mi vida y mi corazón. Su bondad y sacrificio no sólo ha hecho que le ame, sino que sea capaz de sacrificarme por él. No soy cómo Antonio, si quiere puede quedarse aquí sentado, porque yo voy a ir a por Arthur.
Ahora me toca a mí salvarle.
FIN
