REZO AL ALBA | xanne
NC – 17
Slash
Angst
Drama
Lemon (sexo explícito)
Lime (erotismo)
Disfrutad leyéndola tanto como yo he hecho escribiéndola.
Va dedicada a toda la gente que soporta mis neuras, mi persona y mi presencia.
CAPÍTULO SEGUNDO | TU CARCOMIDA ALMA
El tañido de las campanas del edificio anunciaba la hora de levantarse, dieron las ocho de la mañana. Yo yacía despierto hace rato. Desde mi lugar, observaba la penetrante luz que bañaba parte de la sala, los rayos casi alcanzaban mis pies. Hacía largos minutos que había amanecido y supe que ese anaranjado sol sería lo único que embellecería la oscura miseria de mi existencia.
De un cálido murmullo aquella enorme habitación se inundó, entre bostezos y crujidos metálicos emitidos por las frías camas de hierro. Lejos de mí, cerca del umbral de la entrada al dormitorio, deambulaba el rector. Intentaba poner algo de orden, acallando todos los cuchicheos.
Como todos los sacerdotes del colegio, vestía una sotana. Ésta, de un profundo color negro, le daba un aire mucho más siniestro que al resto de ellos, puesto que contrastaba con su cerosa piel. Color azabache tenía el cabello, tan ennegrecido era que los reflejos provocados por el sol se veían azulados. El flequillo se desdibujaba por su frente, tapando con gracia su mirada, y el resto del pelo le rozaba ligeramente la nuca, los hombros.
Al mismo tiempo, en el otro extremo, se encontraba el Padre Rafael, el secretario del rector. Pese a sus treinta y ocho años poseía menos estudios y conocimientos que el director de este lugar. Contaba con él para todo, se podría afirmar que eran como uña y carne. Ahora, se encargaba de despertar a todo aquel que aún dormía.
- ¡Presten atención! – Exclamó el rector. – Hoy viene una pareja y es posible que elijan a uno de ustedes… ¡Quiero verles aseados y con el uniforme limpio a las diez en punto en el patio! -
Continuó explicando quienes eran los visitantes, cómo nos debíamos comportar ante ellos y sobre todo, que recordáramos cada una de las normas de conducta si nos escogían. Nunca volvió un niño a este desdichado lugar. Yo me imaginaba que si no querrían al chico, éste acababa huyendo de su nuevo seno familiar. Es lo que yo, seguramente haría tanto si me cuidaban como si no. Cuando te acostumbras a vivir solo, ansias la soledad, se crea como esa necesidad, como el comer, el beber o el dormir.
Cuando acabó su charla y después de espabilarme un poco, caminé hasta los armarios, situados en el lado contrario al que se encontraban los ventanales. Si algo resultaba habitual era el hecho de compartirlo absolutamente todo. De aquellos muebles cada hoja era para un alumno. No destacaban por su tamaño, pero tampoco se podía afirmar que poseyéramos un gran surtido de ropa. Más bien al contrario.
El pesado que conocí a penas hacía un par de días, todavía bostezaba, sentado en el borde de su cama. Me dió tiempo a coger una muda limpia, mis zapatos y mi uniforme hasta que cerré la puerta del armario y él apareció detrás de ésta. No me sorprendió, ya me había acostumbrado a que fuera más cargante que un grano en el culo.
-¡Eh!- Dijo a modo de saludo.- ¿Tu nunca has deseado conocer a tus padres?... Quiero decir, ¿A tus padres verdaderos?... A tu madre real, a tu padre real… Saber qué hacen, si viven o no…- Cada una de aquellas palabras se clavaba en mi conciencia provocándome un agudo dolor.
- Para mí, están muertos… Como yo para ellos. – Solté sin pensar. Logré que finalizara su interrogatorio.
Pocas veces me paré a meditar sobre mi pasado. Conservaba un vago recuerdo de mi asquerosa infancia. En mi mente, sólo se formaba la figura de una mujer, gritaba… Puede que mi nombre… Puede que para recuperar la libertad y la vida que le estaban arrebatando. Le arrastraban de la cintura, alejándola de mi lado. En ese momento, se me encogió el estómago, sentía unas ganas enormes de vomitar, pero tan solo fue un amago.
Salimos todos los alumnos del dormitorio en dirección al cuarto de aseos. Una vez allí, nos colocamos cerca de la entrada y en fila. Cada uno de nosotros llevaba su ropa limpia en la mano, esperando a que le dieran paso para entrar y asearse. Frank iba detrás de mí, pero desde que le corté tan secamente, no osó dirigirme la palabra.
Aunque teníamos espacio y utensilios suficientes para cada uno de nosotros, nos hacían entrar de uno en uno. El secretario, situado justo en el umbral de la entrada, cedía el paso al siguiente. En el interior del aseo estaría el Padre Ángel, profesor de latín y castellano, para vigilar que ningún chico se escabullera. Obraban así seguramente, para dar una imagen más pulcra de lo que en realidad éramos. A parte de recrearse mirando el cuerpo desnudo de algún que otro atractivo alumno.
Este rito resultaba ser muy poco frecuente. Aún así, lo odiaba, sobre todo detestaba que alguien me observase mientras me desnudaba y me limpiaba. Conseguí, de algún modo, acostumbrarme a aquello. Lo lograba cerrando los ojos e intentando anular la presencia de las personas que me rodearan. Cuando nos aseábamos normalmente, no ponían tantas normas ni eran tan estrictos. Pero así se volvían, cuando venían visitas.
Llegó mi turno, crucé el umbral de la puerta y deposité mi ropa limpia en una silla. Para mi sorpresa, quien me esperaba allí, no era el sacerdote de siempre. Esta vez en su lugar, yacía el rector. Parece que aquella visita era de vital importancia, pues no logré adivinar el por qué ahora se implicaba tanto en nosotros, o la imagen que debíamos dar.
Permanecía sentado en un taburete de madera, con los brazos y las piernas cruzados, y clavándome su verde mirada sin a penas pestañear. No vestía la sotana, sino camisa y pantalón negros. Iba bien arremangado, mostrando así la mayor parte de sus brazos. También, pude observar que sus dedos estaban ligeramente húmedos.
Verdaderamente, me causaba mayor dificultad mostrar mi cuerpo a aquel extraño. Casi como el escalar una montaña totalmente vertical y que, para colmo, estaba helada. Con torpeza me quité el pijama, me costó hasta dejarlo a un lado, en el suelo. A escasos metros de él había un cubo provisto de agua limpia y jabón. Me acerqué al recipiente de metal, lo empujé hacia la pared, lo más lejos posible de aquella presencia. Acto seguido, recorrí su trayectoria y me quedé pegado a éste.
Todavía no me había deshecho de mi ropa interior. Cerré mis ojos. La oscuridad vino a mí, ese instante se convirtió en algo mucho menos violento, mucho más llevadero. Contra mi voluntad, por la pequeña línea que separaban mis párpados comenzaron a brotar lágrimas, empapando mis pestañas. Logré quedarme desnudo, pero la fuerza me abandonó en ese mismo momento. Se me doblaron las piernas, me temblaban, no cesaban de darme pequeños espasmos. Antes de perder totalmente el equilibrio, apoyé mi mano contra la pared y la otra en el suelo.
Un frío sudor recorría mi frente, los latidos de mi corazón empezaron a descontrolarse y de mi boca brotaron pequeños sollozos de lamento. Ni si quiera conseguí hacerme con el paño para asearme. Me quedé petrificado en esa incómoda postura.
De repente, unos pasos oí que se acercaban. Detuvieron su camino justo detrás de mí. Intenté autocontrolarme, habría gritado nada más escuchar la primera de sus pisadas, pero logré, sin mucho éxito, evitarlo.
- Alma de Dios, déjeme ayudarle. – Musitó.
Aquella voz rozó mi nuca, me llenó de mayor inestabilidad. El pulso se me aceleró, lo sentía sobre todo en las sienes. Cuando llegué a darme cuenta, algo empapado cayó en mi hombro izquierdo. Se desplazaba muy lentamente a lado y lado de mi espalda. Me percaté de cómo se agitaba su respiración. Ésta acariciaba sin cesar la parte posterior de mi cuello. Hasta que sentí el tacto de sus yemas en mi antebrazo.
Estallé en gritos, fue un acto reflejo. Le empujé, probé a esconderme en la pared. Quise camuflarme entre los azulejos, quise empequeñecer, desaparecer de ese maldito lugar. Mi estómago empezó a removerse, me entraron unas enormes ganas de vomitar pero algo interrumpió ese acto. Obligándome a levantarme del suelo, me sujetó del brazo y me lanzó contra la fría pared, de espaldas a él.
- No me haga perder el tiempo con idioteces. –
En breve la angustia me ahogó al sentir como él recorría mi espalda, empapándome. Con su otra mano sujetaba mi hombro derecho, clavaba sus dedos en mi desnuda piel cual alfileres, provocándome un dolor extremadamente agudo.
Cada una de las friegas limpiaba una parte de mi exterior, de mi fachada, pero manchaba mi cordura. A veces me tambaleaba, me mareaba. La sala de baño me daba vueltas y me sentía demasiado indefenso. En ningún momento osé abrir mis ojos, los tapié y ningún rallo de luz penetraba.
Por un segundo recordé una de las clases que nos dio el rector. Al contrario que en el resto, ésta me parecía de lo más curiosa. Resulta especialmente gracioso ver como la belleza para unos no siempre lo es para todos, en el arte y en la vida. En realidad, lo único que me atraía de aquella materia artística era el timbre, el tono y la voz del profesor. Su nombre de hecho, es Arthur, el Parde Arthur, aunque los alumnos sólo le llamábamos así cuando nos dirigíamos directamente a él.
Escurrió el paño y la mano que antes me agarraba por el hombro, ahora se colocó en mi cadera. De nuevo me hincó los dedos, de nuevo me abrasaba su tacto. Incluso llegué a sentir su acelerado pulso en ellos. Se entretenía en mis nalgas con las friegas. Dibujaba círculos y espirales, primero en una y más tarde en la otra. Al mismo tiempo, oí que se le escapaban un par de bocanadas de aire. No sabría decir si de su hastío o algo más. Los emitió muy distorsionados para deducirlo con exactitud.
Más tarde continuó aseando mis piernas, con brío pero con esmero y cuando acabó con mis pies, escuché el chapoteo que creó el agua al recibir el paño en su interior. Con una jarra me mojó toda la cabeza. La tenía especialmente sensible al frío, por ello todo mi vello se erizó y mi cuerpo entró en una leve tiritona.
Las yemas de sus dedos masajearon mi cuero cabelludo, consiguió que el escaso jabón que tenía se hiciera mucho más notable. Gracias a eso, sentí varios escalofríos recorrerme toda la columna vertebral de abajo arriba. Acto seguido me aclaró y aprovechó la humedad de mi rostro para limpiármelo también. Actuó con lentitud, me acariciaba las mejillas, la prominente nariz, siguió el contorno de mis espesas cejas, pasó suavemente sus yemas por mis cerrados párpados y acabó recorriendo despacio mis labios.
A la altura de mi oído notaba su respiración, si antes estaba acelerada ahora casi podría decir lo mismo e incluso que intentaba por todos los medios esconder su excitación. Me molestaba verme metido en este embrollo, y soportar sus constantes jadeos. Si al menos éstos no existieran, posiblemente me resultaría todo mucho más fácil. Así, sólo conseguía que la histeria me embriagara y que pudiera llegar a tomarla con él, ahogándole entre mis garras, quitándole la vida tan estupenda que tenía.
Con todas mis fuerzas me contuve, de tal rabia que cogí me mordí el labio y me empezó a sangrar. En mi paladar el característico sabor de ese líquido rojizo degusté. Mi visión continuaba siendo nula, temía abrir los ojos y que la luz me creara agrias imágenes. No sólo en mi retina, sino también en mi memoria. Supe que si lo hacía viajaría a través del tiempo, recreando experiencias pasadas sumamente repugnantes.
En esos momentos lo que impregnaba mi piel más que agua era temor. Anhelaba que aquella función terminara, a la par que mi sufrimiento desaparecería. Sentía que regresaba a mi niñez, que alguien gritaba mi nombre repetidas veces. Me palpitó la cicatriz del pecho al verme defendiendo a quien debía ser mi madre, de un navajazo.
Cuando me vine a dar cuenta, todo acabó. Yacía tan sumergido en mi propio dolor y persona que no percibía más allá. Sin embargo, mi pulso aún era torpe, mi habla muda y mis acciones bruscas. Me di cuenta que también estaba seco, por lo que sólo me quedaba el vestirme.
Por fin conseguí hacerme con mi ropa limpia, colocándome la ropa interior, abrochándome hasta el último botón de la blanca camisa, ajustándome la corbata y poniéndome los pantalones y zapatos. Cuando aquella tela cubría mi cuerpo simulaba mi coraza, mi segunda piel, y mi preciada muralla.
Antes de salir de allí, me fijé en que el rector se estaba aclarando la cara y humedeciéndose la nuca, sentado en el taburete. El agua que había usado para limpiarme seguramente la cambió porque la que ví en el cubo era cristalina.
Conforme transcurrían los minutos recobraba la compostura, la frialdad y el pasotismo que me caracterizaban. Cada cual tiene sus puntos débiles pero yo nunca mostraba los míos, me dedicaba a enterrarlos junto con mi desdibujada niñez.
Frank esperaba su turno el primero de la fila. Intercambiamos miradas y temí que leyera en mis pupilas el pavor que había sufrido hace escasos momentos. Aceleré el paso, para no darle tiempo a ello.
No tardé en llegar al refectorio. Leche con pan me sirvieron para desayunar. Aquella primera comida, no nos aportaba ni una tercera parte de la energía que necesaria para soportar todas las estupideces del día. Mi lado más malpensado me decía que lo hacían para encarrilarnos por el buen camino, para manipularnos mejor, y si alguno se descarrilaba y se revelaba contra su sistema que no tuviera más fuerza que ellos.
Justo cuando di la última cucharada a la leche, el pesado de mi compañero ocupó el sitio que había frente a mí. Ni alcé la mirada para cerciorarme de que era él, lo supe y eso me bastó.
Conforme acabábamos de desayunar nos dirigíamos al patio interior, y nos colocábamos uno al lado de otro. El Padre Gabriel revisaba concienzudamente que fuéramos bien aseados, incluso nos miraba los oídos, el interior de la nariz y las uñas. Hecho que incomodaba bastante. También comprobaba que lleváramos el gris uniforme limpio y planchado.
Al cabo de un rato llegó el último alumno, Isaac, uno de los más jóvenes pues tan sólo tenía diez años. Poseía un tierno rostro, el más atractivo que jamás había visto en un niño. Se podría afirmar que era tan guapo como bobo. Más de uno se aprovechaba de él y no me refiero únicamente a sus compañeros de clase. Algunos sacerdotes se mostraban especialmente atentos con él por si tenía dudas, si necesitaba ayuda… Cualquier cosa.
Dieron las diez de la mañana y se nos exigió que nos mantuviéramos en absoluto silencio. Gracias a eso, se pudo escuchar perfectamente los golpes que provenían de la puerta de la entrada. El chirrido metálico de las bisagras anunció la llegada de los invitados. No tardaron en aparecer en el patio, la pareja acompañada por el rector.
Por sus ropajes deduje que se trataba de gente adinerada, educada, con estudios y con menos preocupaciones y problemas que cualquier persona desamparada. El único de los dos que abrió la boca durante la visita fue él. La mujer se limitaba a asentir con la cabeza y a estudiarnos con la mirada.
Nos presentaban uno a uno, dejándonos unos escasos minutos para hablar y vendernos como mejor pudiéramos. La mayoría de los chicos recurría a las frases "elegidme a mí", "yo soy el mejor, llévenme con ustedes" o alguna similar. Sin embargo, y muy a pesar de algunos, a la hora de tomar la decisión poco tenían en cuenta lo que dijéramos.
Mi turno llegó y el rector se colocó frente a mí, de lado y mirando hacia la pareja. Se había puesto de nuevo la sotana y, sus manos las guardaba entrelazadas tras su espalda. A parte de lavarse la cara, cuando lo hizo en el aseo, seguramente quiso lavar su conciencia y sus pensamientos impuros, porque en ningún momento dirigió su vista hacia mí.
- Michael Way. Diez y nueve años. Excelente en los estudios – Dijo serenamente.
- El Padre Arthur me ha llegado a conocer a fondo. Fíense de su palabra – Deseaba que sólo él supiera a qué me refería en realidad, mostrándole así también mi descontento mediante el sarcasmo.
De refilón, en la esmeralda mirada de aquel siniestro sacerdote, observé un brote de rabia. Pero no me replicó y prosiguió con su tarea. A la mujer le hizo cierta gracia el tono que usé, aunque lo más seguro es que se quedara nadando en la superficie del significado de mis palabras.
- Frank Iero. Diez y ocho años. Bueno en los deportes y los trabajos manuales -
- Me encantaría poder conocerles mejor, señor y señora Sánchez, y que me dieran una oportunidad de vivir con ustedes seguro que son ese tipo de padre y madre que cualquier niño pueda desear ¿Saben a qué me refiero? ¿Lo saben verdad? Claro que sí, apuesto que sí ¡son muy listos! lo sé – Soltó de carrerilla sin a penas coger aire. Se notaba su nerviosismo.
Cuando acabaron de presentarnos a todos, dejaron que nos relajáramos un poco, sin salir del patio pero podíamos obrar con cierta libertad para jugar y charlar. Lo hacían, lo más seguro, para que aquella pareja de alguna manera viera cómo nos comportábamos.
Me aislé en una esquina, apoyé la espalda en la fría pared y crucé los brazos al observar que Frank venía junto a mí. Esta vez se acercaba con ganas de hablar, lo intuí y no me equivoqué.
- Sé a quién elegirán – me confió tristemente – los chicos monos siempre tienen suerte – afirmó mientras miraba de reojo a Isaac que estaba jugando a canicas con un par de amigos suyos.
Tampoco me pareció justo aquello que dijo, pues precisamente él, Frank, no me resultaba feo, más bien todo lo contrario. Sin embargo, opté por responderle con un claro movimiento asintiendo con la cabeza.
No sabría decir si mi compañero se convirtió en brujo o es que simplemente ese hecho era muy previsible, pero acertó. Se les vió dudar entre ese chico y Armand, un alumno tímido que respondía con monosílabos y a cada momento sonríe y ríe. Al final escogieron al más jovencito, y los tres se marcharon satisfechos. A cual de los tres, sonrisa más amplia en el rostro tenía. El rector les acompañó hasta la salida y se despidió de la nueva familia formada.
