REZO AL ALBA | xanne
NC – 17
Slash
Angst
Drama
Lemon (sexo explícito)
Lime (erotismo)
Disfrutad leyéndola tanto como yo he hecho escribiéndola.
Va dedicada a toda la gente que soporta mis neuras, mi persona y mi presencia.
CAPÍTULO TERCERO | UN OSCURO BOCETO
Durante uno de los frescos días de octubre nos dedicamos al cuidado los árboles, arbustos y plantas del jardín. Algunos chicos barrían las hojas, las ramas y los frutos que habían caído al suelo. Otros podaban lo mejor posible las voluminosas copas de los alcornoques y los castaños.
Después de la última clase teórica y de hacer unas oraciones en la capilla, era el turno de los trabajos manuales. En este caso, no nos enseñaron los cuidados del jardín, sencillamente nos ordenaban a hacerlo. Sospeché que nadie en ese condenado lugar tenía una mínima noción sobre la tierra, la vegetación y sus atenciones.
Lloviznaba muy levemente y el sol entre las nubes en ocasiones, se asomaba. Pese al frío y el escaso abrigo que llevábamos continuábamos con la labor. La ropa se nos pegaba al cuerpo, calándonos más. Aunque ya estábamos acostumbrados a ese trato, a trabajar en unas condiciones lamentables, pocos nos resfriábamos. Pronto anochecería y nos mandarían al refectorio a cenar.
Un par de sacerdotes deambulaban de un lado para otro vigilándonos, pues el alumnado estaba dispersado por toda la superficie del jardín, en pequeños grupos. Unos compuestos de dos chicos, otros de tres. Cada cual con quién tenía más confianza o amistad.
Mi compañero podaba uno de los castaños mientras yo descansaba un poco sujetándole la escalera. Íbamos turnándonos a cada rato. Se nos prohibía interrumpir la tarea, pero nosotros dos encontramos el modo de hacerlo sin llamar demasiado la atención.
Los dos sacerdotes, el secretario - el Padre Rafael - y el Padre Gabriel, se detuvieron un poco lejos de nosotros, sin quitarnos el ojo de encima. A los pocos minutos se les acercó el rector y se sumó a su conversación.
- ¿Sabes? – Frank paró la poda por un momento para dirigirse a mi desde lo alto de la escalera – Todo el mundo comenta que os parecéis mucho, sobre todo desde que has dado el último estirón… El mismo color de ojos y pelo, la forma de la boca, algunos gestos… Yo incluso diría más, diría que sois casi como hermanos.-
Apreté mis labios con rabia, supe que se refería al Padre Arthur. Estos últimos días el rector se comportaba de manera extraña conmigo, me prestaba más atención de lo habitual, me hacía colaborar más en sus clases de arte e incluso se ponía nervioso ante mi presencia… De pronto, la ira que contuve el día de la visita la desaté en ese preciso instante, reviví todo aquello con demasiada claridad y quise arrancar esa ruda experiencia de mi vida ¿Por qué demonios tenía que compararme con la persona a quien más odio le guardaba? ¿Por qué no se calló ese estúpido comentario?
De lo mal que me lo tomé, golpeé la escalera consiguiendo que se tambaleara y que Frank cayera al lodo aplastado por ella. Sin pensarlo me abalancé sobre él para pegarle puñetazos por toda la cara, repetidas e incontables veces. Compararme a mí con ese sacerdote degenerado ¿cómo se atrevió si quiera a pensarlo?
Cuando volví en mí, noté que alguien me apresaba entre sus brazos, me inmovilizaba. Mi compañero yacía atontado en el suelo con el rostro amoratado, ensangrentado. Aquel espeso líquido rojo se fusionaba con el agua de la lluvia, y le regalaba con ello un aspecto aún más terrorífico.
El secretario y el Padre Gabriel le atendían, procuraban que no perdiera la conciencia y entre los dos lo cargaron hasta el dispensario sanitario. No tuvo suerte, pues hoy el médico que nos visitaba dos veces por semana no vino. Así que, seguramente le darían unas friegas lavándole las heridas e intentando desinfectárselas.
De mis nudillos brotaba sangre, la piel se me había levantado y me escocía una barbaridad pero gracias a la lluvia, el dolor se me hizo más llevadero. No sentí pena alguna por el pesado de mi compañero, al contrario, me sentía satisfecho, asquerosamente libre de mis ataduras, aunque fuera por un instante.
Casi arrastrándome, el rector tiraba de mí. Conseguí con torpeza incorporarme para seguir sus pasos y ritmo. La última persona con la quien deseaba estar ahora, se encargaría de mi castigo. Intenté en más de una ocasión liberarme de sus garras sin éxito.
Una vez en el interior del edificio me soltó las muñecas y me miró fijamente a los ojos, amenazante, con el pulso acelerado, con la respiración agitada. Su mojado flequillo dejó entrever su mirada, fruncía el ceño. El asco que me tenía en ese momento se reflejaba en sus pupilas.
- ¡Vamos! ¡Andando!... Por el amor de Dios… - exclamó.
Con el dedo índice me señaló las escaleras en dirección a su despacho a la vez que me propinaba un empujón. Opté por obedecerle aunque deseaba con todas mis fuerzas descargar mi rabia contra él.
Caminé apresuradamente delante de él, sacándole un buen trecho de ventaja, perdiéndole en el trayecto. La luz del atardecer que se colaba por los ventanales del pasillo iba menguando, en breve se quedaría a oscuras. Llegué a su despacho, resultó ser la primera vez que estaba en aquella lúgubre sala. Imperaba el orden y la pulcritud, como en el resto del edificio, solo que a penas podía distinguir un par de sillas, un escritorio, un sillón dispuesto detrás de éste, unas estanterías repletas de libros a mi izquierda y un gran ventanal al fondo, el resto se fundía con la negrura.
Aún permanecía de pie justo en la entrada, hasta que caí en la cuenta de que sobre el escritorio había una pequeña lámpara. Pulsé el botón para encenderla y me dio un calambrazo. De repente, cayó al suelo del respingo que dí, con ello también tiré varias láminas de dibujo… Deduje que todas eran del rector, aunque en ningún momento le había visto dibujar, tampoco nos enseñó ninguna de sus creaciones, de echo ni si quiera comentó que tenía.
La situación me saturó de pensamientos, de nerviosismo, de impaciencia. Debía dejar todo en su sitio antes de que él apareciera. La lámpara la cogí con cuidado, la coloqué sobre el escritorio, aún funcionaba correctamente por suerte. En cambio, las láminas se habían dispersado por el suelo, las junté todas y las puse sobre la pila de documentos que había en la mesa.
De nuevo, miré al suelo, revisándolo por si me había dejado algo… Sí, faltaban un par de dibujos, de un tamaño mucho menor que los otros. Unos pasos se aproximaban por el pasillo, a lo lejos los oía. Como no disponía de demasiado tiempo las recogí y me las guardé en el interior del zapato, procurando no empaparlas.
Justo me arrodillé y acabé de esconderlas cuando vi su impecable calzado delante de mí, a escasos centímetros. Como buenamente pude disimulé, me arreglé los bajos del pantalón y me até bien fuerte los sucios cordones del zapato. Antes de terminar con la lazada, sentí como me presionaba el hombro, me agarró con energía para incorporarme.
Cara a cara observé que ya no llevaba puesta la sotana, seguramente la tendría empapada por la lluvia. El resto de su ropa se había secado, tampoco pasó demasiado tiempo en el jardín como para calarse igual que cualquiera de los alumnos. Por el contrario su pelo que aún estaba húmedo, se pegaba a su frente, sienes y nuca. Parecía más relajado que antes. Le vi dispuesto a regalarme un largo, extenso y cansado discurso.
- Señor Way, sepa que Dios le va a castigar por la actitud que ha adoptado hacia su compañero. No quiero saber a santo de qué venía ese arrebato de cólera, únicamente ansío que no vuelva a repetirse o me veré obligado a tomar medidas mucho mas drásticas con usted - Con firmeza me levantó del mentón buscando un poco de atención por mi parte. - Así que, tómese esto como un preaviso. Puede que esté acostumbrado a los castigos pero dé por hecho que empezaran a ser cada vez más severos.- Me miró de arriba abajo - Ahora deshágase de la camisa y la camiseta interior. -
Le había enfadado de verdad y pese a que mantenía su cortesía y educación, presentí que pronto se esfumarían de aquella sala. Tan solo oír su quebrada voz, sentí que me ahogaba, otra vez me palpitaba la cicatriz del pecho. Sin embargo conseguí actuar y obedecerle desabrochándome apresuradamente la mojada camisa, la lancé a un lado. La camiseta interior se me había ceñido al cuerpo, me tembló el pulso, él y yo estábamos frente a frente, no como la última vez que me despojé ante él. Después de vaciar un rato, me la quité casi sollozando, cerrando los ojos, apretándolos, resoplando, lleno de nervios.
A la orden del día estaban los maltratos físicos y verbales. Si no atendías en clase, si no hacías correctamente lo que te ordenaban, si no respetabas los horarios, si no tratabas bien al prójimo, y sobre todo, si maldecías el nombre de Dios, la iglesia o el Generalisimo. Un sinfín de normas. Sin embargo, una de las verdades, de esas grandes verdades que cualquiera sabía pero que bajo ninguna circunstancia se comentaba, no es que no se hablara más bien se nos prohibía, era aquella que guardaban secretamente las paredes, que sólo éstas conocían al detalle: Los castigos físicos; si resultabas especialmente atractivo no se limitaban a propinarte zurras, estabas sentenciado también a algo peor. Te desarmaban de tus ropajes manipulando cada rincón de tu cuerpo, aprovechándose asquerosamente del poder que les otorgaba la iglesia sobre el resto de los mortales.
Venía siendo habitual esas practicas, desde que entré en aquel lugar se frecuentaban más de lo que uno pudiera llegarse a imaginar. Y si por un casual, quebrabas aquel silencio implorando justicia o auxilio te tachaban de retrasado mental, y si lo creían oportuno, acallaban pronto tus gritos mandando tu alma a los brazos de la muerte. De modo que, para sobrevivir de alguna manera, la mejor opción era callarse. ¡Qué Ironía!: Odiábamos la vida que llevábamos pero temíamos a la muerte y seguíamos adelante, como cobardes, como condenados, como cuerpos sin voz, sin luz propia y sin rumbo.
Me obligó a arrodillarme dándole la espalda, extendiendo los brazos paralelos al suelo. Temí lo peor, era la primera vez que había llegado tan lejos… Últimamente no lograba dominar la bestia que vivía presa en mi interior. Por una parte deseaba como el que más aquel castigo, guardaba cierto sentimiento de culpa por permitir mostrar mis más primitivos instintos ante aquella situación con Frank.
Un ruido metálico escuché, dictaba el inicio de la tortura. Sin más preámbulos azotó con su correa mi espalda, pausaba entre azote y azote para coger fuerzas, así después cada fustigación que me propinaba era más intensa. Sentí como su respiración iba al compás de la zurra, resoplidos, bocanadas de aire, mudos jadeos. La sangre comenzó a surgir por cada uno de los surcos, dibujaban su trayectoria bajando por toda mi espalda y desaparecían en el borde de mi pantalón. Noté que la piel me escocía, noté que me abrasaban las heridas, noté la correa repetidas veces, parecía afilada, fría, cortante.
Mi garganta no reprimió ni un solo lamento, ni un solo llanto, ni tampoco paró de gritar. El pulso me temblaba, los brazos los mantenía torpemente firmes. Aquel helor que antes ni si quiera reparé en que existía, en esos momentos, me rodeaba causándome frecuentes escalofríos. Pensé en cómo había llegado allí, en que me destrozaría la carne, en este dulce sufrimiento que merecía con creces.
Espontáneas imágenes florecieron en mi mente: Frank, ese chico tan odioso y tan atractivo a la vez; Su cara cubierta de golpes, moratones, los que yo le di. ¿Por qué le trato así? Era el único que me daba conversación aunque yo no aportara nada a ella. El único que permanecía siempre a mi lado, sin yo pedírselo. Por lo poco que me confió de su vida, supe que era muy pequeño cuando le dejaron en este desdichado lugar. Su familia fue fusilada, y la verdad es que no le pregunté el motivo de ello. Temía que arrancara a llorar y tener que consolarle, algo que no se me daba nada bien.
Ya casi el dolor remitía, se hizo tan notable, se prolongó durante tanto tiempo la azotaina que me acostumbré a ella, a aquella atroz tortura. Disminuyó la intensidad de los azotes, jadeaba afónico, entrecortadamente. Súbitamente finalizó la condena, pero me mandó que me mantuviera en la misma postura durante un rato, hasta que él lo creyera oportuno.
Las yemas de sus dedos comenzaron a recorrerme las heridas, agudizándome el daño. Más tarde, una cálida humedad se cuidaba de limpiarlas al mismo tiempo que notaba su aliento circular apresuradamente por mi columna. Cerré mis manos con tanta fuerza que me clave las uñas, ¿Esto formaba parte del castigo? ¿Tenía que soportar también su asquerosa piel pegada a la mía?
No tardé en sentir la misma sensación de ahogo que al quitarme la camiseta, me volvió a vibrar la cicatriz, volví a revivir parte de mi niñez: una mujer con el pelo oscuro gritando mi nombre, se la llevaban de mi lado; la misma mujer cuidándome, preparándome un plato de sopa; la misma mujer orando cada mañana, al sol del alba; la misma mujer, diciéndome que saldríamos adelante, que Dios nos ayudaría.
Estallé a llorar, me llevé las manos a la cara, ya no importaba el castigo, me sentí demasiado apenado para actuar como si nada. Más que el dolor físico, me destrozaba los amargos recuerdos, era una extraña sensación… Como si hubieran saqueado parte de mi ser. Aquella mujer era mi madre, me la arrebataron, nos robaron la poca felicidad que teníamos, no gozábamos de bienes, no conocíamos prácticamente a nadie, no teníamos más familia.
Se me nubló la vista, comencé a tambalearme, sentí un hormigueo horrible por toda la columna y me derrumbé. Dejé caer todo mi peso sobre el suelo, me di un golpe tan fuerte en la frente que retumbó por toda la sala. Me acerqué a la estantería que yacía a mi izquierda, buscando un refugio, un poco de abrigo y calor. Me dolía horrores la cabeza y también las heridas de la espalda y los nudillos.
De repente, la oscuridad bañó toda la sala, supe que había apagado la lamparilla. Ya era prácticamente de noche, pero ni si quiera la luna hizo acto de presencia para mandarme un rayo de esperanza. Si prestabas atención, se escuchaba el murmullo de los chicos dirigiéndose al comedor, también como el aire y la lluvia atizaba los cristales del ventanal.
Estaba en posición fetal, ensimismado, en mi mundo. El Padre Arthur se acercó nuevamente, me manejó hasta conseguir que me asentase sobre mis manos y rodillas. Me separó las piernas ligeramente y supe que él yacía arrodillado entre las mismas, detrás de mí. No tardó en rodearme con sus brazos la cintura, palpó mi pantalón y me lo desabrochó con mucho afán. De un estirón me lo dejó, al mismo tiempo que mi ropa interior, a medio muslo, descubriéndome el trasero.
Varios resoplidos, su excitación casi se podía esnifar, apestaba a sudor, ambos olíamos igual de mal, aquel peculiar hedor se mezclaba con el que emitía la humedad de mis ropajes. Sin más preámbulos empecé a notar como intentaba introducirme su sexo. Obró cuan bestia en celo, de una sola vez me lo metió, desgarrándome por dentro.
Fue algo extraño, una notable erección tuve en contra de mi voluntad. Incluso me atrevería a afirmar que sentí un odioso placer que jamás en la vida había experimentado. Temblaba todo mi cuerpo, los brazos se me doblaron y caí de cabeza contra el suelo. Por poco pierdo la conciencia. Lo poco que alcanzaba a ver se me repetía varias veces, se me desdibujaba: el reflejo del ventanal en el suelo, lo que se veía a través de él, el cielo ennegrecido y sus pomposas nubles de contornos azulados. Todo se volvía borroso, hasta que mis párpados se cerraron por completo.
El degenerado sacerdote estaba dominado por el gozo. No paraba de darme sacudidas, de embestirme, hacía el movimiento completo. Casi llegaba a sacar el miembro, yo suspiraba, pese a que la nueva arremetida era todavía peor, llegando hasta el fondo de mis entrañas. Al mismo tiempo, me sujetaba la cintura, pegaba su cuerpo al mío, su pecho a mi espalda, clavándome los botones de la camisa en cada una de las heridas. Para agudizar el dolor, me incorporé un poco así resaltaba del resto, algo que prefería. Él lo entendió de otra forma y comenzó a llenarme de besos el cuello y los hombros. No quise ni mirarle, ni saber que cara de idiota tenía en esos momentos, me causaba demasiada repulsión.
Dijo mi nombre, en un susurro. Lo repetía a la vez que jadeaba y me embestía. Otra vez me manoseaba, ahora buscaba debajo del calzón mi erguido miembro. El tacto de su mano resultaba frío, la tenía demasiado sudada, hizo que diera un espasmo debido a ese helor. Apresuró la marcha, a la vez que acariciaba delicadamente mi entrepierna.
Apreté mis dientes fuertemente. No entendí por que mi cuerpo actuaba en contra de lo que dictaba mi cabeza. Era un hipócrita, un estúpido aprovechado ¿Por qué no le detuve? ¿Por qué simplemente dejé que me manipulara como le diera la gana? Quizá porque en el fondo yo me merecía esta humillación. A veces deseaba ser feo o poca cosa, no destacar del resto y lograr pasar desapercibido. La rebeldía tiene un precio alto y la belleza al parecer, más aún. A pesar de que yo no me consideraba tan resultón, sí me percaté de que últimamente los demás alumnos me prestaban más atención de lo normal. Al igual que el rector ¡maldito desgraciado! ¡El director del centro y el más corrompido de todos!
En una de las sacudidas paró, tembló todo su cuerpo. Acto seguido noté que había descargado dentro de mi interior. A pesar de la angustia que me generó, recobré el aliento y parte de la conciencia que estaba a punto de perder. No podía casi respirar, me faltaba el aire, me abandonaron por completo las fuerzas. Sin embargo logré articular alguna palabra.
-Padre Arthur Lee- nunca me dirigí a él así, pero hoy supe que debía hacerlo, mi sarcasmo me lo exigía – seguro que usted sabe que los deseos carnales son pecado –
Ya me importaba un bledo ganarme un bofetón más. En aquellos instantes, deseaba con todas mis fuerzas que me enterraran, así mi angustioso sufrimiento acabaría. Tardó en regresar a mi lado, me estiró del pelo alzándome la cabeza, me mantuvo así hasta que le dirigí la mirada. Eso sí que dolía, por poco me deja medio calvo.
- ¡A pan y agua y limpiando pasillos hasta que yo le levante el castigo! – le costó dictar mi sentencia, se le veía muy cansado, hasta me dio cierta pena por él – Ahora: ¡márchese! –
Literalmente me expulsó del despacho, me dio la húmeda ropa del uniforme y cerró la puerta, tan energético que ni a las bisagras les dio tiempo a chirriar. Ni si quiera pude colocarme el pantalón en condiciones. Me lo subí y lo abroché, me puse la camiseta interior por cubrirme el cuerpo, pese a que estuviera todavía empapada.
Caminé por todo el pasillo en dirección al dormitorio, arrastrando los pies, me costaba horrores, la ropa me incomodaba, las heridas me escocían, y no paraba de tiritar cada dos por tres. Di un par de pasos más y me caí precipitándome contra el frío suelo, ya ni noté el duro golpe, me quedé inmóvil, sumergido en un profundo sueño. Deseaba que todo lo sucedido fuera eso, un mero sueño, me sentía tan sucio... Pero si por el contrario no lo era, no despertar nunca más.
