REZO AL ALBA | xanne

NC – 17

Slash

Angst

Drama

Lemon (sexo explícito)

Lime (erotismo)

Disfrutad leyéndola tanto como yo he hecho escribiéndola.

Va dedicada a toda la gente que soporta mis neuras, mi persona y mi presencia.

CAPÍTULO CUARTO | MÚLTIPLES CARENCIAS

Alguien me tocaba el brazo, consiguió romper mi sueño. Al despertar me di cuenta que quién se encargaba de espabilarme era el secretario del rector, el Padre Rafael. Me hacía señas para que me apresurara, para que me dirigiera al refectorio a desayunar. ¡Oh, sí! Qué maravilloso desayuno me esperaba, el mejor de todos. En menos de un segundo recordé que lo que me sucedió la tarde anterior no me lo había imaginado: La pelea que tuve con Frank… La satisfacción que sentí… El arrepentimiento… Y como colofón, mi precioso castigo… Fue rememorar todo aquello y arderme las heridas de la espalda.

Tampoco me había remitido el horrible dolor de cabeza, en cambio, los nudillos los tenía algo curados.

-Levántese muchacho… - Otra vez me golpeó. – Levántese muchacho, ¿¡Qué no me oye!? -

Le había escuchado perfectamente, solo que aún vagaba por mis pensamientos y actuaba con lentitud. Hasta que no le gesticulé con la mano para que se marchara no paró de repetírmelo. La cama de mi compañero estaba vacía, de hecho, casi todo el alumnado se había ido.

Al mirarme, me fijé en que llevaba puesto todavía el uniforme, me faltaba la camisa, la corbata y los zapatos así que empecé a buscarlos por los sitos más cercanos a mi cama. A los pies de ésta, en el suelo yacía la chaqueta, llena de tierra seca. Nada más, sólo la camisa y la corbata, entre las sábanas. ¿Y mis zapatos? No debían estar muy lejos. Después de un rato mirando aquí y allá, nada, ni rastro de ellos.

Antes de que el secretario regresara de nuevo a mi lado para meterme prisa, me terminé de vestir. Salí disparado del dormitorio, descalzo, pero con los sucios calcetines puestos. Quise saber qué había sido de Frank, así que una vez cogí mi vaso de agua y el pan, recorrí toda la sala en su busca. Jamás me había visto en una situación similar, por primera vez me interesaba por alguien más que no fuera yo mismo.

Cuando le divisé me coloqué justo frente a él. Permanecía con la cabeza gacha todo el tiempo. Me dio un vuelco el corazón al sentir tanta pena por él, sentía odio de mi mismo. Justo en ese instante, el discurso de disculpa que había pensado se esfumó de mi cabeza. No pude articular palabra.

- Te quedarás en los huesos. – Dijo.

- ¿Qué? – No supe a qué se refería.

- Eso – señaló mi desayuno – Te dejará como un fideo.-

De manera automática esbocé una sonrisa, pensé que me guardaría algo de rencor o rabia por lo sucedido el día anterior pero, para mi sorpresa, se comportaba igual que siempre, como si nada malo hubiera pasado entre nosotros dos. Visto así, me ahorraría las disculpas, se me ha dado mal toda la vida y hoy no iba a ser una excepción. Lo que sí me prometí a mi mismo es ser menos agresivo con él, no se lo merecía, por muy bocazas que fuera.

- Me lo he ganado a pulso. – Le contesté.

Paré de comer, me dediqué a mirarle, a observarle. Daba cucharadas al tazón de la leche, alzaba la vista y cuando se encontraba con la mía, volvía a clavar sus pupilas en la mesa. Quise verle bien la cara y no me dejaba, estaba demasiado cabizbajo. Antes de que diera una nueva cucharada, le subí del mentón con suavidad, le acaricié la mejilla, la parte que se había salvado de mis puñetazos, noté que le ardía. No me dirigió la mirada, se sonrojó. Le estaba poniendo nervioso y, en breve me lo contagió, se aceleró también mi pulso.

Un repentino golpe en la mesa hizo que nos sobresaltáramos los dos al mismo tiempo. Guardé mi mano bajo la mesa, ambas. Frank hizo exactamente lo mismo que yo. Temíamos que nos dieran un reglazo.

- Cállense – Nos gritó el rector a la vez que nos daba una colleja a cada uno. – Señor Way, tenga. Vaya a coger agua al pozo y no se demore. –

Sus manos descansaban sobre la mesa de madera, apretaba los puños. También entrecerró los ojos y por poco no me fulmina con la mirada. Entre puño y puño estaban los bártulos para realizar mi tarea: un cubo y dentro un cepillo, un paño y una pastilla de jabón. Se quedó clavado en esa postura hasta que decidimos seguir desayunando callados.

Cuando se hubo alejado de nuestro sitio y terminé de masticar un trozo de pan, arranqué a hablar yo, por primera vez. Solo que ahora en un tono mucho más bajo, no quería toparme de nuevo con la odiosa presencia del Padre Arthur.

– Mis zapatos ¿Los has visto? –

- ¿Qué? – a veces me imitaba adrede y eso, lo detestaba.

- Que si los has visto… –

- No – Sorbió la leche, luego paró en seco – Pero, cuando me desperté Cristian estaba merodeando por tu cama… Al

verme se asustó y se fue… sí, lo recuerdo… qué raro ¿No? -

Volvió el silencio a la sala. Era muy probable que ese chico me los hubiera robado, además la fama de ladrón que tenía jugaba en su contra. Tenía que encontrar el modo de recuperar lo mío sin armar demasiado revuelo. Lo que menos deseaba ahora era que me volvieran a castigar, y menos por semejante estupidez.

Una vez finalicé mi desayuno, recogí todos los bártulos y me dirigí hacia el pozo, al patio interior. El notable frío hizo que me despejara por completo, notaba la helada hierba y las piedras bajo mis pies, húmedas por la lluvia del día anterior. Una niebla espesa dificultaba la visibilidad, como venía siendo habitual por las mañanas.

Dejé a un lado del pozo en el suelo, los utensilios. Tiré el cubo de metal al fondo del hueco sujetando la cuerda. Hasta ésta estaba mojada, pero su tacto áspero me ayudaba a que no se me escurriera. Cuando conseguí el agua suficiente para llenar el barreño, caminé apresuradamente en dirección al interior del edificio.

En realidad no había nada que limpiar, los pasillos estaban relucientes, casi parecían espejos. De todas formas, con los sacerdotes de aquel lugar poco se podía dialogar y aunque fuera algo absurdo, si lo imponían, se hacía sin rechistar, sin pensar. La verdad es que prefería lavar algo ya limpio, que no algo sucio, si lo piensas bien, requiere mucho menos esfuerzo, dedicación y tiempo. Empecé a pensar que el Padre Arthur tampoco quería ponerme un castigo demasiado duro. Al final resultaría tener corazón y todo.

Sin más dilación, me arrodillé y comencé a cepillar el suelo, primero con jabón y luego aclarándolo con agua. No obraba con demasiada energía y menos, con prisa. Nadie me vigilaba. Desde mi sitio rompían el silencio las cepilladas, los chapoteos del agua. Cada vez que el agua se oscurecía tenía que cambiarla, volver al pozo y retomar la limpieza por donde la había dejado. Resultaba una tarea más monótona que otra cosa.

El cansancio se hizo más notable cuando llevaba más de tres horas. Faltaba poco para que finalizara la última clase de la mañana y yo limpiaba cerca de aquella aula, a conciencia. No me hacía gracia ir descalzo de un lado a otro, recuperaría mis zapatos a toda costa, aunque ahora mi aspecto imponía poco, y para colmo, las fuerzas tampoco me acompañaban.

Opté por descansar un rato. Me senté en el suelo y cuidadosamente apoyé la espalda en la pared, a la espera de que saliera el alumnado. Los sacerdotes, por normal general, tardaban más. Se entretenían en borrar la pizarra, después ordenaban sus libros, sus papeles y los metían en el maletín o se quedaban un rato en el aula leyendo un viejo libro.

Las campanadas anunciaron la una del mediodía, el fin de la ultima clase matinal. Se abrió la puerta y el gentío desfiló en dirección al comedor. Me puse de pie. Entre ellos, conseguí ver a Frank y, a su lado, Cristian. Me dio la sensación de que entablaban una conversación, hecho que me provocó cierta envidia… Sí, a partir del día de la pelea, pasaría mucho menos tiempo junto a mi compañero. Se me hizo extraño, me había acostumbrado a él, a que estuviera adosado a mi a todas horas… Ahora le añoraba, tonto de mí.

El tal Cristian vestía el uniforme de una forma un tanto peculiar: la blanca camisa desabrochada por completo enseñando así la camiseta interior, iba sin corbata y los bajos del gris pantalón los llevaba doblados, le iban largos. Al fijarme en sus pies, observé que a parte de sus zapatos se había calzado también los míos. No recuerdo su edad, pero sí que es más joven que yo y que calza un número inferior al mío. Su rostro, sus facciones aniñadas y redondeadas, sus ojos azulados y su pelo rubio desmesuradamente claro, delataban su inocente picardía. En muchas ocasiones hurtaba objetos, pertenencias de los demás, pero nunca lo hacía con malicia, al final acababa devolviéndole a cada cual lo suyo. Eso sí, debías reclamarlo sino, él entendía que no lo usabas y que no lo necesitabas para nada.

Cuando me decidí a acercarme a ellos, ni se inmutaron, continuaron hablando el uno con el otro como si yo ni existiera. No es que me guste ser el centro de atención pero, creo que como a mucha gente, detesto que me ignoren de modo que les corté el trayecto y me crucé de brazos ante ambos.

- Devuélvemelos – Me dirigí a Cristian, logré que finalizara la charla que llevaban.

- ¿De qué me hablas? – Abrió bien los ojos, sin pestañear. Aquella penetrante mirada celeste me intimidó y tardé en articular palabra.

- Sus zapatos, los que llevas puestos, son suyos… Se los cogiste esta misma mañana – Frank intervino – Yo te vi -

- No hables por mi ¿Quieres? –

- ¡Ah! – Cristian se descalzó, me los acercó y me regaló una amplia sonrisa – Aquí tienes, son muy cómodos –

No quería soportar sus tonterías, ni replicarle, no estaba de humor, así que preferí calzármelos e irme sin más. Tan rápido corrí al refectorio que me coloqué el primero de todos y pude escoger el sitio. Estaba enfadado con todo el mundo ¿Por qué me ignoraban, hablaban por mí y me robaban como si eso fuera algo normal? Sí, sé que no soy un santo, ni me llevo bien con nadie, pero no merezco que me traten como a un necio.

Pan y agua, de nuevo. Cuanto más comía esa basura más crecía mi aversión hacia el rector, maldito hipócrita ¡Qué fácil me resultó encontrarle con la vista! Lo tenía a pocos metros y no me quitaba el ojo de encima. Para colmo tubo el valor de dedicarme una sonrisa.

- No para de mirarte ¿Eh? – Reconocí la susurrada voz de Frank, se sentó a mi derecha. – Es un tipo raro, casi nunca habla con los otros sacerdotes, ni con nadie. ¿Sabes? Dicen que tuvo un lío amoroso –

- No fastidies… –

- No fastidio – Masticaba con la boca abierta y continuó – No sé quién me lo dijo, pero fue cuando se estaba haciendo cura… Seguro que estaba bien dotada, sino no merece la pena pecar - Tragó el trozo de carne, después siguió– En el infierno nos veremos todos las caras, ya lo verás -

Ninguno de los dos giraba la cabeza al hablar, para que no se notase que conversábamos. No me resultaba demasiado interesante el tema, la verdad, me aburría todo lo que tuviera que ver con el Padre Arthur. Más bien, lo que deseaba era hablar de otra cosa, sólo pensar en él de nuevo me producía dolor de cabeza, a parte de la ira contenida que amarraba para que no me dominara. Si no existiera moral o ética en mi conciencia, ya estaría más que muerto ese degenerado sacerdote.

El pesado de mi compañero seguía cuchicheando en voz muy baja, yo ya no prestaba atención a lo que me contaba. Me entretuve en examinar su mano, la que tenía más cerca de mí. Le noté relajado, sus largos dedos laxos se movían de vez en cuando para resaltar las palabras que salían de su boca. Dejé caer sobre su mano, la mía, volviendo la mirada a mi suculenta y exquisita comida. Necesitaba a toda costa sentir su tacto, su calor, me atraía más que nunca y el mero hecho de sentirle bajo mi piel me hizo flotar. Me sumergí, en un mundo nuevo, sin ataduras, sin normas ni horarios. Recorrí campos atestados de flores silvestres rojas, una cálida brisa me envolvía, me azotaba en la cara, y el pelo. El pulso se me aceleraba, y de tanta exaltación me faltaba el aire.

Se hizo el vacío, él había retirado su mano. También su discurso acabó. Sólo deseaba que no me rechazara, que, aunque fuera casi imposible, continuara a mi lado, conmigo. Y seríamos secretamente el uno del otro, sin que nadie más lo supiera. Se me ocurrieron tantas cosas por hacer en un solo instante… Pero me quedé inmóvil, petrificado, esperando a que sucediera algo que diera un mínimo de sentido a mi vida.

Cuando noté cierta calidez en mi muslo, supe que era él. Su mano me acariciaba. No me moví, las mías permanecían sobre la mesa y, supe que debía dejarlas ahí por el bien de los dos, el Padre Arthur seguía vigilándome. Seguramente, no se daba cuenta de lo que pasaba en realidad. No quise ni dirigirle más la mirada, bajé la cabeza.

En breve, ya se había situado en mi entrepierna, me apretaba energéticamente. Alguien nos pillaría seguro pensé en más de una ocasión. Pero nadie, absolutamente nadie alzaba la vista de su plato. No tardó en deslizar su mano dentro de mi pantalón, mi cuerpo ya había reaccionado a sus caricias, y él no vaciló ni un segundo en agarrarme la erección. El placer que me proporcionaba era tremendamente cruel, no podía disfrutarlo en su totalidad, y quise que finalizara aquel juego.

- Frank – balbuceé.

Detuvo el movimiento, hizo una mueca con la cara y sacó la mano del pantalón. Ni si quiera se comportó con naturalidad, se lo detecté en seguida por su forma de comportarse: Comía desganado, mareaba las patatas hervidas y las judías verdes, lo que le quedaba en el plato. ¿Por qué actuaba como un crío? ¿O es que no se daba cuenta de que no era el lugar idóneo para hacer este tipo de cosas? De hecho, no podían existir acercamientos entre nosotros, y él lo sabía tan bien como yo.

La cruda realidad era esa, por desgracia, bajo ningún concepto se nos permitía mostrar lascivia por ningún compañero, o afecto, o cariño… Llamadlo como queráis, pero estaba más que vedado. Querían convertirnos a toda cosa en seres castos y devotos, como ellos, que íntegramente dedican su vida a Dios. Si impones tus ideas, lo único que consigues es que no haya libertad de elección, muchos chicos ni pensaban en ello. Sin embargo, si razonas por tus propios medios, te llegas a dar cuenta de que se equivocan centenares de veces, o miles, o millones. Y que eso que imparten, no lo cumplen ni ellos mismos, era lo que más gracia me hacía, ni si quiera sabían dar un ejemplo correcto de castidad.