REZO AL ALBA | xanne
NC – 17
Slash
Angst
Drama
Lemon (sexo explícito)
Lime (erotismo)
Disfrutad leyéndola tanto como yo he hecho escribiéndola.
Va dedicada a toda la gente que soporta mis neuras, mi persona y mi presencia.
CAPÍTULO QUINTO | LA MUJER SIN ROSTRO
Antes de darme cuenta, Frank ya se había marchado. Nunca podría llegar a decirle lo que siento en lo más profundo de mi ser, me carcomía por dentro el dolor. Ni me entendería, pensaría que soy un amargado y que le infravaloro. Pero miro por el bien de los dos, y de eso no se da ni cuenta, es demasiado impulsivo e inconsciente como para deducirlo.
Algo me molestaba en el zapato, al sacarlo me acordé que se trataba del pequeño dibujo del Padre Arthur. Antes de proseguir, me cercioré de que él no estuviera cerca. Habría salido del refectorio porque no le veía. Inspeccioné los arrugados y descoloridos papeles, me costó alisarlos para ver qué era. Sentía una curiosidad enorme, en el despacho no me dio tiempo a examinarlo detenidamente, tampoco pude ver alguna lámina suya y, aunque conservaba agrios recuerdos de lo que sucedió, quise indagar sobre él.
Resultaron ser dos fotografías. La primera, no es que estuviera descolorida sino que era en blanco y negro. Por lo poco que pude observar, salía una chica sin medio rostro, por que estaba rota la esquina de la fotografía, sus manos sujetaban una bicicleta y ella caminaba por una ancha calle de adoquines con casas adosadas unas a otras, y al fondo había tres niños jugando a pelota en una plaza. Puede que fuera una hermana suya, el largo pelo se le veía oscuro como el del Padre Arthur aunque tampoco podía sacar muchas conclusiones, estaba demasiado deteriorada por la humedad. La otra no era una fotografía, más bien una nota, seguramente estaría pegada a la fotografía.
Necesito verte esta tarde, te espero en la plaza central.
m.
Nada más. Los delicados trazos de las letras decían claramente que pertenecía a una mujer. A parte, la nota parecía muy vieja, el amarillento papel no conservaba su firmeza y la tinta perdió tanto cuerpo por el paso del tiempo que a penas contrastaba con el fondo. Pensé en lo que me había comentado minutos antes Frank, que el rector, había tenido un encuentro amoroso con una mujer, me imaginé que podría tratarse de la de la fotografía pero luego me quité eso de la cabeza. No me gusta sugestionarme por lo que me dicen los demás, prefiero averiguarlo por mis medios, la verdad siempre llega distorsionada. Además, si es verdad y esa mujer aún sigue viva creo que será la pieza clave para mi ansiada venganza. Me lo volví a guardar todo, esta vez en el bolsillo y doblándolo cuidadosamente, más tarde lo metería bajo mi colchón liado con un calcetín.
Nuevamente me quedé el último de todos. Y cuando me vine a dar cuenta el rector se había hecho con el sitio vacío que había frente a mí. Nunca imaginé cuan irritante puede llegar a ser una persona. Ahora ¿Qué querría? No había hecho nada malo o tal vez sí, inconscientemente.
- Señor Way –
- ¿Si? –
- Quisiera saber si usted estaría dispuesto a formar parte del profesorado de este orfanato. Bien sabe que es nuestro alumno más veterano y el que mejor expediente académico posee. – A penas dejó que saliera de mi asombro, prosiguió con su palabrería. – No hace falta que me dé su respuesta ahora mismo, pero medítelo. Y retome las clases, la limpieza de los pasillos realícela después de la misa de la tarde.-
¿Cómo actuar ante semejante proposición? Me faltaba lucidez en ese instante, el cansancio que antes ni notaba se manifestó, y me sentí agobiado. Es cierto que debía pensármelo bien, no era una decisión a tomar a la ligera, podía llegar a ser una oportunidad de oro. ¿Y Por qué no jugármela ya y apostarlo todo? Bien mirado no perdía nada. Al contrario, todo eran ventajas, pensé en como escapar más de una vez de este condenado lugar pero jamás tuve la brillante idea de hacerme pasar por uno de ellos. No sé qué precio tendría que pagar por mi libertad, tampoco me importó, ahora casi podía saborearla.
- Padre Arthur, ¡siempre quise ser profesor! – Enfaticé tanto que sonó un poco forzado.
Ni se esperaba una contestación tan repentina, pestañeó varia veces incrédulo y después se le iluminó la cara, se llevó las manos a la cabeza echándose el pelo hacia atrás. Me miró nuevamente y dio una leve palmada.
- Pero, nada de hacerme sacerdote… - Le aclaré.
- Por supuesto, descuide. – Hizo una pequeña pausa – Como la asignatura que más domina es arte, se especializará en ella. Debo prepararme el temario, sepa que será mucho más denso que el de las clases habituales. Apuesto que no le supondrá inconveniente alguno. –
- De acuerdo. –
- En un par de días lo tendré listo y le avisaré – Se levantó del sitio pero volvió a dirigirse a mí –Respecto al castigo: sigue en pie.-
Ciertamente tenía razón, el arte y su historia me interesaba mucho más que el resto de asignaturas, tanto la música, la literatura, la escultura, la pintura o la arquitectura. Cualquiera de sus variantes me cautivaba tanto que sería capaz de soportar al ser más despreciable de la faz de la tierra dándome aquellas lecciones, como era el caso.
El rector ya había desaparecido de mi entorno, y el secretario venía hacia mí, le vi con ganas de darme prisa. Hoy todo el mundo se mostraba demasiado pesado, nadie me dejaba en paz, nadie era comprensivo conmigo. Sin más dilación salí del refectorio en dirección al aula donde se impartía la primera clase de la tarde: Lengua. Ya llegaba tarde.
Interrumpí la clase y cuando escogí asiento el profesor continuó con su labor. Ahora el que seguía a todas partes era yo a Frank, le había añorado durante mi cansada limpieza de los pasillos y me coloqué a su lado. Poco pude atender a las explicaciones del sacerdote de lo hambriento que me encontraba. Pero todo transcurrió con normalidad, cuando me vine a dar cuenta habían finalizado las clases. Ahora tocaba la misa de la tarde, como cada día.
La misa era la parte más relajante del día, porque en realidad no tienes que aportar nada a ese acto. Aunque se hace aburrido intentan cambiar el discurso para evitarlo. Se aferran a La Biblia como si les fuera la vida en ello, no es que desprecie sus creencias, al contrario, las respeto. Pero es que detesto el fanatismo. Esa religión monoteísta es pobre en muchos sentidos y se contradice en más de una ocasión, por eso hay diferentes maneras de concebir la fe cristiana. No hace falta confesarse cada día, ni orar cada día, ni ser bueno las veinticuatro horas del día. Si Dios existiera, debería aceptarnos aún con nuestros defectos. Recordémoslo, somos humanos y como tales, erramos incontables veces... Nadie conserva el alma pura y limpia hasta el fin de su existencia, todos tenemos secretos, malas experiencias y malos actos. A parte, los fallos que cometemos nos abren los ojos, nos hace ser mucho más humanos y, por así decirlo, más animales, y consigue unirnos más a la naturaleza que nos rodea. Pocos entenderían mi postura, casi nadie. Era una reflexión que rondaba por mi cabeza que nunca vería el mundo exterior.
Durante el resto de la tarde me dediqué a la tarea que se me había encomendado, el cepillo y la pastilla de jabón fueron mis únicos acompañantes. A los demás alumnos les tocaba limpiar y planchar la ropa, cada uno sus respectivas prendas. Me comunicaron que de las mías debía encargarme después de la cena. Hoy el día no quería acabar para mí, se alargaron sus minutos, las horas se eternizaron y también mi agotamiento.
A última hora me encontraba yo solo aclarando mi uniforme, las incrustadas manchas de barro se resistían a irse. El frío lavadero estaba medio iluminado por dos amarillentas bombillas, pendían del techo y una centellaba. Escuché un ruido no muy lejos. No me sobresalté, seguramente correteaba una rata por allí, no sería ni la primera ni la última vez que veo una en este lugar. Cada vez que respiraba, de mi boca y nariz salía ese característico humo blanco que se manifiesta cuando el notable frío se presenta. Estaba tremendamente agotado de tanto trabajar, tenía hambre a horrores y el sueño me impedía actuar con rapidez. Me hallaba prácticamente desnudo, tan solo vestía los calzoncillos, ya no me molestaba el helor del invierno y toda la ropa sucia la había dejado en jabón mientras yo limpiaba concienzudamente prenda por prenda. Podría haberme colocado el pijama limpio y seco que dejé sobre una pica, pero tampoco me importó.
De nuevo el mismo ruido, aún más próximo y no parecía de un roedor, más bien de una pedrada contra la pared. Di media vuelta, no había nadie, aunque la luz no iluminaba todos los recovecos del lavadero comunitario. Me sentía intranquilo, me puse en pose defensiva.
Estalló una bombilla a pedazos, alguien le había dado una pedrada. Los cristales cayeron sobre una de las picas. Ahora quedaba únicamente la que centellaba, su repetitiva intermitencia me ponía aún más nervioso. Temí quedarme totalmente a oscuras, ese alguien no quería ser visto.
- ¡Qué quieres! – Grité.
El eco retumbó por la habitación, no hubo contestación, ni quise moverme del lugar… La puerta de salida estaba en el otro extremo, en la oscuridad. Otra vez, otra pedrada, vi como casi rozaba la bombilla. Cogí una de las prendas del agua, la escurrí un poco e hice un ovillo. Intenté lanzarla energéticamente hacia el sitio donde originó el recorrido la piedra. Nada, ningún quejido.
Finalmente a oscuras se quedó todo. Ese alguien se encargó de romper la luz que faltaba. ¿Quién demonios se tomaba tantas molestias? Me vino a la mente el rector ¿Sería él? ¿Sería capaz de aprovecharse de mi estado actual? ¿Esto también formaría parte de la penitencia? Quise creer que no, se mostró muy agradable en el refectorio, además ya me había endosado el castigo oportuno y me estaba portando bien, aunque tampoco le conocía tan bien como para saberlo con certeza.
- Tranquilízate Mikey – Me susurró alguien al oído.
No reconocí la voz, estaba tan cansado que me costaba prestar atención, me limitaba a sentir escalofríos y a recular, me topé con la pared. Ni si quiera guardaba energías suficientes para salir corriendo así que, extendí los brazos hacia delante quise palpar a esa persona para propinarle algún puñetazo. Daba manotazos al aire, a mi alrededor, rocé una tela, volví a pasar mi mano por el mismo sitio y así la prenda.
Comencé a dar débiles puñetazos, la mayoría a la nada, otros a ese individuo. Logró hacerse con mis muñecas y que detuviera la lucha. Ese tacto me resultó tan sumamente familiar, cálido, ardiente. Ya si que ni podía mantenerme en pie, me derrumbé pero no quise desmayarme sin saber de quién se trataba. Palpé el aire, sentí como aquel individuo se sentaba a mi lado. Le toqué el pelo, sedoso y abundante, corto. No era el rector, suspiré aliviado, ese individuo era Frank.
- Nos van a matar… - Afirmé.
Sus dedos se posaron en mis labios en señal de que me callara. Cambió sus yemas por sus labios, me devoró la boca por completo. Por fin podíamos disfrutar el uno del otro, el mañana no me preocupaba sólo ansiaba despojarle de sus ropas. Él también parecía desear con locura ese instante. Nuestras respiraciones se solapaban, enmudecían y explotaban intermitentemente.
- Siempre he deseado esto… – Me confió al oído – Ni sabía donde estabas, he tenido que sonsacárselo a uno… El rector está en su despacho estudiando… estudiando para no se qué… y los otros sacerdotes ya se han acostado… Tenía que verte…- Me besaba una y otra vez y volvía a hablar – Tenía que tocarte… - Supe que me miraba a los ojos, me cogió el rostro entre sus cálidas manos.
- Qué pésima puntería tienes tío… –
- Qué pésimo revés tienes tío –
Estallemos los dos a carcajadas, el lavadero se encontraba en la misma planta que el dormitorio pero estábamos lo suficientemente lejos como para que no nos oyeran, a parte todos los sacerdotes dormían en el piso de arriba y sus respectivos despachos también estaban en la misma plata. Algunas noches uno de ellos hacía guardia pero Frank me confió que aquella noche, precisamente, no. Por suerte para nosotros dos.
Sentí una brusca brisa, después me sujetó la mano e hizo que la pasara por su pecho desnudo, provocó que se me acelerara el pulso aún más. Noté sus pezones tiesos por el frío y la excitación, noté la suavidad de su piel, bajé hasta su vientre y me entretuve jugueteando con el vello de su ingle, bajo su pantalón. Cada milímetro de aquella zona ardía, le agarré su grueso sexo y empecé a agitárselo.
Tan rápido respiraba que me faltaba el aire, no me separé ni un instante de sus jugosos labios, mi lengua entró en el hueco de su boca y se encontró con la suya, luchaban apasionadamente. Sujeté su nuca con la mano que me quedaba libre e intensifiqué el beso. La negrura que nos envolvía anulaba nuestra visión, con ello conseguí mostrarme sin reparos a él, de otro modo me hubiera resultado mucho más violento.
Por su parte, manoseaba cada centímetro de mi piel. Cuando se percató de las heridas de mi espalda, me tocó con mucha más cautela. Sus manos no tardaron en desnudarme del todo. Despegó sus labios de los míos, besuqueó mi cuello y más tarde, trazó un camino de besos hasta que se plantó en mi entrepierna. En breve, noté aquella cálida humedad recorrerme mi erecto falo, obraba con lentitud y, a cada nuevo roce que me regalaba su lengua mi boca desataba un acallado jadeo.
Ambos incrementamos el ritmo, el sudor pronto se presentó en nuestros cuerpos, formó parte de nosotros y los gemidos invadieron el lavadero, entrecortados, acallados, secretos. Estaba a punto de estallar, quise apartarle de mí, pero el continuó… Estaba sumergido en su propio gozo y el que le propinaba mi mano.
Él llegó a su fin y me pringó los dedos, a mi me quedaban escasos segundos, milésimas. Y cuando dejó de saborear mi sexo, y unió de nuevo sus labios a los míos y obró con su mano, por fin exploté. Me dio un espasmo, un escalofrío de arriba abajo por toda la columna. Suspiramos varias veces, le acaricié el rostro, el pelo, supe que nunca jamás podría hacerlo como hoy. Me recreé en el tacto de sus dulces labios, volví a besarle, una y otra vez, no podía dejarle, no quería dejarle, ni perderle.
- Ahora, enciende la luz – Exclamé sarcásticamente. – ¡Tengo que limpiar mi ropa! -
- Mañana dile al secretario que se fundieron las bombillas – Respondió, no parecía molesto por mi tono.
- Le diré que una rata gigante se dedicó a destrozarlas para… -
En la lejanía escuchamos unos pasos, nunca podríamos respirar tranquilos, nos mantuvimos en silencio. Intuí que Frank intentaba vestirse y le ayudé, me acercó mi ropa interior y me la puse. Los pasos se aproximaban a nosotros, estaba a punto de mandarlo todo al traste y salir de aquella sala con él cuando Frank interrumpió mis pensamientos.
- Me esconderé, tienes que gritar… Que parezca un accidente, se han fundido las bombillas, ya sabes – Susurró.
Después de varios segundos me ordenó que chillara, que se había escondido ya. No hizo falta, alguien desde el umbral de la puerta venía hacia mí con un candil en la mano. Alcancé a ver mi pijama y antes de que me alumbrara con la luz, me puse los pantalones y limpié mi mano.
- Se han fundido las bombillas… -
- Ya veo – Dijo el rector dejando a un lado el candil – ¿A qué espera? Váyase a dormir, le acompañaré.-
Se cruzó de brazos. La parte del pijama que restaba me la coloqué, no apartó ni un segundo la vista de mi, maldito degenerado. Salimos del lavadero, primero yo y después él. Me hizo esperarle en la entrada, en la puerta, se quedó un rato inspeccionando la habitación y mi corazón palpitaba apresuradamente, deseaba que no encontrara nada anómalo.
El trayecto al dormitorio fue mudo, para mi intranquilo, y cuando llegamos vi la cama de mi compañero vacía, me preocupaba su estado, por que supieran lo que había sucedido. El rector no parecía sorprendido de la ausencia de Frank, pero su cara no rebosaba simpatía, al contrario fruncía el entrecejo en señal de desaprobación.
- Buenas noches –
- Si, buenas noches – Respondí.
Me acomodé en mi sitio, y recé por que no le pasara nada a Frank, estuve en estado de duermevela interminables minutos, no volvía, no regresó a su cama al menos por lo poco que conseguí aguantar despierto. El sueño me venció, aunque no descansé del todo, tenía cierta carga de culpa en mi conciencia y no me dejaba en paz.
