REZO AL ALBA | xanne
NC – 17
Slash
Angst
Drama
Lemon (sexo explícito)
Lime (erotismo)
Disfrutad leyéndola tanto como yo he hecho escribiéndola.
Va dedicada a toda la gente que soporta mis neuras, mi persona y mi presencia.
CAPÍTULO SEXTO | VERDADES INCOMPLETAS
A la mañana siguiente me sobresaltó Frank, yacía a los pies de mi cama, en pijama. Todavía faltaba una hora para que el secretario y el rector irrumpieran en la sala para despertarnos a todos. Parecía meditar y no se percató que me había desvelado, ya que me limité a abrir los ojos únicamente. Su cama estaba totalmente desecha, como si hubiera estado peleando con las sábanas aquella noche. Ahora, a pesar de que compartíamos un secreto inconfesable me mostré mudo, sin saber qué obrar o decir, en realidad, nada había pasado entre nosotros dos, nadie debía saberlo por nuestro bien.
Volvió la vista hacia mí e intercambiamos miradas, me sonrió preocupado, me petrificó, sentí un vértigo enorme, un dolor desmesurado, la misma sensación que una mujer experimenta cuando acaba de dar a luz y le arrebatan la criatura, igual que cuando a una flor le privan de los rayos del sol, idéntica a aquella que sufre el preso carente de libertad. Sí, me vino la misma crispación y congoja que cuando me apartaron de mi madre. Él tenía el mismo gesto, la misma expresión en la cara. No conseguí mantenerle más tiempo la mirada, le di la espalda e intenté retomar el sueño. No lo logré.
Durante el desayuno, nos comportábamos de manera un tanto inusual: evitábamos a toda costa cualquier tema de conversación, ninguno de los dos osaba abrir la boca para articular palabra. Él es un bocazas experto y seguramente estaría más nervioso de lo habitual, así que, supuse que se mantendría mudo por temor a hablar más de la cuenta. Ningún roce, ninguna caricia, tan solo un frío muro entre los dos, le tenía tan cerca y tan lejos al mismo tiempo…
Mientras esperábamos a que el Padre Gabriel viniera a darnos la lección de matemáticas la sala se llenó de murmullos, de conversaciones absurdas, de bostezos, de cuchicheos sobre la ausencia de Frank en el dormitorio, que duró la mayor parte de la noche. Sí, ya todo el mundo sabía que Frank esa noche no había dormido y especulaban sobre ello. Yo tampoco abrí la boca para opinar, y Frank se limitaba a sonreír como un tonto, le gustaba ser el centro de atención.
Me saqué del bolsillo la fotografía de la mujer sin rostro, quería cerciorarme de que no conocía nada de la imagen. Me quedé varios segundos fijándome en la bicicleta, la asocié a mi infancia aunque no recordaba que yo supiera montarla.
- ¿Es tuya? – Dijo Frank dirigiendo su mirada a la fotografía.
- ¿La conoces? – Quise evadir su pregunta.
- Uhmm… ¡Espera! – Se la enseñé para que la viera mejor – Esa chica… no – Suspiró desganado – Pero la bicicleta es de las más baratas – Dio leves golpes con los puños al pupitre – Yo quiero una, es de chica pero yo se la cogía y le daba un buen paseo… Si supiera ir en bici claro… - Al cabo de un rato se percató de que faltaba un trozo de fotografía - Está rota –
- Estaba así –
Pronto enmudeció la sala, el Padre Gabriel entraba por la puerta disculpándose por el retraso. Se sumergió en su explicación sobre fórmulas matemáticas nuevas. Para mi, retomar las clases era como tomarse la vida con más clama, el limpiar pasillos lo detestaba, pero las asignaturas me resultaban de lo más llevaderas. Muchos se sorprendían de mi aguante y mis excelentes notas pues pocos eran los que mínimamente aprobaban, sobre todo cuando intervenían los números, a pocos alumnos se les daban bien.
El resto de la mañana y la tarde se me pasó volando, lo único que me llamó la atención fue que el secretario, entre clase y clase quiso hablar un momento con mi compañero. Cuando Frank regresó a mi lado le había cambiado el rostro y ya no parecía tan contento de ser el centro de atención. Mantuvo la boca cerrada durante el resto de clases y ni me dirigía la mirada, como había hecho al principio del día.
Una vez salimos de la capilla, me separé del grupo y vi que él también, se dirigía al segundo piso, aceleró el paso delante de mi y lo perdí en el trayecto. Yo recogí los utensilios y me encaminé hacia el pozo. Cuando tenía todo listo subí al piso superior, me apetecía observar por los ventanales el exterior, el enorme jardín colmado de árboles e intentar imaginar qué escondían las altas murallas que rodeaban el edificio.
Transcurrieron varios minutos cuando me di cuenta de un débil cuchicheo que provenía de uno de los despachos, sentí curiosidad y al aproximarme a la puerta reparé en seguida que precisamente ese, era el del rector. Reconocí al momento aquella sala, la lámpara sobre el escritorio, las láminas de dibujo, el ostentoso sillón… No emití ningún ruido, y permanecí tras la escasa apertura de la puerta, quieto. Desde mi posición no veía a nadie, tenía un pésimo ángulo de visión.
- No me engañe… – Aquella voz pertenecía al Padre Arthur. – ¡Conteste! –
- Na-nada – tartamudeó Frank.
- Nunca pensé que usted me fallaría ¡usted! –
Se hizo un amargo silencio, dudaba en si tragar saliva por si me escuchaban. Temí por lo que pudiera sucederle a mi compañero ¿Porqué a mi no me llamó a diálogo? Tenía tanta culpa como él, aunque ciertamente él vino a mí y me incitó... Por un breve instante pude ver al Padre Arthur, iba sin sotana y arremangado. Se masajeó los párpados con las yemas de los dedos, suspiró y perdí nuevamente su imagen. Frank emitió un agudo grito, casi ensordecedor.
- Ti-tiene una foto vieja… Sale una chica con una bici… Dijo que me reuniera con él para ver si sabía algo –
- Monike… - bisbiseo el rector.
Aquel nombre se quedó grabado en mi mente, sería el de la muchacha que aparece en la dichosa fotografía. Coincidía también con la inicial de la firma, la de la nota. El caso es que me resultaba tan sumamente familiar aquel nombre… ¿Por qué tan cercano? Si no la reconocí, ni aun habiéndola mirado repetidas veces.
Más de una vez se me pasó por la cabeza intervenir, sacar a mi compañero de su despacho y huir. Acto seguido pensaba que sería una estupidez, ¿A dónde ir? ¿Dónde esconderse? Acabarían encontrándonos, conocen mejor que nosotros todos y cada uno de los rincones de este enorme edificio. La venganza siempre se sirve en plato frío, sólo debemos ser pacientes, y un día este sádico sacerdote pagará por todas las calamidades que nos ha hecho pasar. Y sé que no puedo confiar a Frank mi plan, acabaría contándoselo al rector. Una parte de mi se sentía terriblemente traicionada y la otra, compartía la postura de mi compañero y se apiadaba de él.
- Desnúdese ¡Vamos! -
Tan solo escuchaba rezar a Frank, lloriquear. Después, un ruido metálico, resultó ser el mismo que el que anunció mi castigo hacía escasos días. Supe en seguida que le estaba fustigando, los sonidos de la correa contra su desnuda piel me lo confirmaron. El despacho estaba atestado de afónicos sollozos, de respiraciones exaltadas, que se prolongaron durante un buen rato y me recordaron el agrio dolor de las heridas.
Ya no escuchaba nada, me cambié de posición y conseguí verles a ambos. Estaban situados frente al ventanal, de cara a éste. Frank yacía despojado de sus ropas y extendía los brazos torpemente, su espalda a penas guardaba un trozo de piel intacto por la zurra, y la sangre llegaba a manchar el suelo de caprichosas gotas. El rector dejó a un lado el cinturón, sobre una de las sillas, se giró hacia donde yo estaba y poco faltó para que me viera. Me escondí tras la puerta, conté hasta diez y me volví a situar en el sitio anterior. La lámpara había sido encendida, estaba anocheciendo y ese tono anaranjado dotaba a la sala de un ambiente todavía más tétrico. Ahora el Padre Arthur yacía sentado en la silla donde minutos antes había dejado el cinturón, encarado hacia Frank, quién continuaba en la misma postura.
- Frank, venga aquí – susurró.
Observé que al darse la vuelta, el rostro lo tenía desencajado, me llenó de tristeza al verle tan indefenso. El rector no paraba de hacerle señas con la mano, desde mi ángulo no supe adivinar qué le estaría ordenando. Acto seguido Frank se arrodilló ante él… ¿Pero qué demonios? Por poco pierdo el equilibrio y me apoyo en la puerta abriéndola del todo y descubriéndome. Le estaba… No podría decirlo… Ni pude continuar mirando…
Me cercioré de que no hubiera nadie a mi alrededor, en el pasillo. Miré a un lado y al otro, todo estaba en penumbra, silencioso y aparentemente tranquilo, aquella negrura ayudaba a camuflarme mejor. Mis pupilas se clavaron en ellos, de nuevo. Un escalofrío sentí en mi nuca, un impulso me obligó a seguir deleitándome observándoles, una punzada sentí en mi entrepierna de forma involuntaria, unas palpitaciones repentinas en mi corazón.
Una de las manos del rector sujetaba la cabeza de Frank, hundía sus dedos en el pelo, se enredaban mientras le masajeaba. Frank introdujo el endurecido miembro del sacerdote en el hueco de su boca, no paraba de llorar, de contraer sus facciones, de mostrar repulsión. Mantuvo los ojos cerrados todo el tiempo, si los hubiera abierto, lo más seguro es que se hubiera percatado de mi presencia. Fui muy cruel, pero deseé que permaneciera así hasta el final, no quise perder detalle.
Cuando quise darme cuenta me encontraba manoseándome la entrepierna, mi mano actuaba por su cuenta y por una pequeña fracción de segundo me imaginé yo sentado en aquella silla, que quién gozaba de ese acto era única y exclusivamente yo, que le acariciaba su sedoso pelo, que le limpiaba las lágrimas y que él disfrutaba saboreando, lamiendo, besando y chupando mi sexo, que no importaba si gemíamos o no fuertemente, que compartíamos cada centímetro de nuestra piel…
Resonaron unos pasos por todo el pasillo, me alarmé tanto que di un traspié y caí de culo al suelo. Por suerte no hice demasiado ruido, y conseguí volver a mi tarea sin que la persona que por allí deambulaba se diera cuenta de mi intromisión y falta. Aquel individuo se divisaba a lo lejos, al fondo del pasillo, aunque sus zapatos sonaran, como aquel que dice, a escasos metros de mí. Recorrió prácticamente la mitad del largo pasillo y se metió en uno de los despachos.
Para entonces el calentón se me había pasado de sobras, pero mi compañero todavía no había salido de la sala. No se oía absolutamente nada desde donde estaba yo limpiando y, preferí, quedarme en mi sitio. Empecé a pensar que el rector nos había descubierto o que la noche anterior, algo sucedió después de que yo me durmiera. El Padre Arthur era muy estricto si se lo proponía, y asquerosamente cruel, así que sería capaz de recorrerse todo el edificio en su busca y habría empezado por el lavadero. No sé cómo no caímos en eso, lo tomemos por necio cuando es la persona más meticulosa, observadora y perfeccionista que haya visto jamás. Lo que no llegué a entender es por qué a mi no me citó, tal vez Frank no le contó toda la verdad, me respaldó ante él aunque no alcanzaba a comprender el por qué. En su lugar, yo no sé si le hubiera delatado, lo más seguro es que sí, pensando que él obraría igual en mi lugar, y que, al fin y al cabo, lo principal es uno mismo. A nadie le interesa tu vida o lo que sea de ella, a ninguna persona ante una situación similar le significarías más que un mero nombre en una lista.
Me equivoqué con él, me sentía en deuda y lo detestaba. Odiaba sentirme atado a alguien, era como si pidieras prestada una prenda de vestir y luego, en un momento determinado, tuvieras que devolverle el favor. Si lo hizo, fue por que él es así y no porque espere algo de mí, que, por supuesto, no iba a corresponder. Los pilares de mi independencia y soledad tambaleaban por él, pilares que había forjado con los años, que formaban parte de mi existencia, que me habían ayudado día tras día… Ahora se veían amenazados por mi culpa.
El fuerte portazo rompió con mi ensimismamiento. Mi compañero, un Frank desaliñado, despeinado y con los ojos hundidos apareció de repente en el pasillo, se mantuvo un lapso de tiempo con la cabeza gacha limpiándose el rostro. No se dirigió a mi, se limitó a ignorarme y caminó en dirección al piso inferior, a las escaleras. Desdibujó su trayecto como si anduviera borracho, me contagió su amargura, me vi reflejado en él, supe que se sentía manipulado, sucio y peor que un desecho humano pero, no pude actuar, ni consolarle.
Al perderle de vista se me vino el mundo encima, deseé no haberle conocido, deseé enmendar mi error, todos mis errores, mi vida dejaba de tener sentido a cada día nuevo que transcurría… De la rabia que sentí, me rasqué las manos con el cepillo energéticamente, con tanta saña lo hice que me provoqué varios cortes y que la sangre brotara de ellos, quise detener todos mis sentimientos hacia él, sólo me provocaban quebraderos de cabeza y que él también sufriera.
En breve salió el Padre Arthur y, viendo en el estado en el que me encontraba me socorrió. Continué enfrascado en autolesionarme y, aunque él me aprensaba entre sus brazos para inmovilizarme, le propiné varios cabezazos a la pared perdiendo con ello, la conciencia de todo. Vi un destello, oí una voz ronca, noté un calambrazo… Después: el mundo desapareció de mi alrededor.
