REZO AL ALBA | xanne

NC – 17

Slash

Angst

Drama

Lemon (sexo explícito)

Lime (erotismo)

Disfrutad leyéndola tanto como yo he hecho escribiéndola.

Va dedicada a toda la gente que soporta mis neuras, mi persona y mi presencia.

CAPÍTULO SÉPTIMO | REVIVIR LAS CENIZAS

Al ponerme nuevamente en pie mi entorno había reaparecido y una desmesurada luz me iluminaba. Sostenía un cuaderno en la mano derecha y, al mirar hacia el suelo me di cuenta de que mis zapatos habían cambiado. De hecho, mi indumentaria también resultó ser distinta, vestía andrajosos ropajes.

A los lados aún yacían los ventanales, afirmaría que eran mucho más grandes y que aumentaron en número. A través de ellos se podía observar perfectamente el exterior, éste bañado de una atmósfera que emborronaba los colores de los secos árboles, del descuidado jardín, los hacía más pálidos. Me aproximé a uno de los ventanales y observé mi reflejo, seguía teniendo la apariencia de un chico adolescente: llevaba puesto el uniforme de siempre, con el mismo corte de pelo, facciones casi adultas, pero… ¡Mis ojos estaban vacíos! No de sentimientos, sino literalmente… Las cuencas: huecas, dos negros agujeros, nada más.

Me horrorizó tanto que grité mientras echaba a correr por el largo pasillo, el grito fue mudo, sin sonido, sin voz… La angustia se apoderó de todo mi cuerpo y continuaba chillando con más energía, quise oírlo para aliviarme escuchándolo, pero tan solo sonó un estruendo chirrido, y las puertas de los despachos se cerraron todas a la vez provocando un duro portazo que retumbó por todo el edificio.

Paré en seco, me quedé inmóvil y temblando ¿¡Cómo demonios!?... ¿¡Me los arrancaron!?… Toqué mis mejillas y temí palpar mis párpados, cuando me armé de valor y lo hice, los sentía, así como las pestañas, suspiré aliviado. Al parecer aquel reflejo fue una mera ilusión, aunque no quise volver a mirarme en uno de los ventanales para comprobarlo.

Resultaba extraño, nadie deambulaba cerca, ni si quiera el rector. En breve, recordé que había venido a auxiliarme y ¿Había desaparecido? Arranqué a correr de nuevo, en busca de las escaleras para bajar al piso inferior, quise salir al exterior o dirigirme al refectorio. Llegué donde supuestamente deberían estar, sin embargo no existían. Recorrí todos los interminables pasillos, desesperado y cada vez más exhausto, sudando demasiado, hinchaba los pulmones y expulsaba el aire torpemente. No encontré ningunas escaleras, a nadie, a ninguna persona, ningún indicio de vida a parte de la mía, tan solo un largo corredor que rodeaba las salas del interior del edificio.

Intenté calmarme, recuperar el aliento, no dejarme llevar por los nervios. "Alguna puerta de las que se cerraron comunicaría con el piso de abajo" Pensé. A la primera que me acerqué tenía una cerradura, aun así deseé que estuviera abierta. No tuve esa suerte: Cerrada con llave; La siguiente: También; La de al lado: Tampoco abría; La otra: Nada… Y así hasta que me harté y exploté a llorar.

Acto seguido reparé en que todavía llevaba aquel cuaderno en la mano, me recordó al diario que yo escribía de pequeño, las tapas eran duras, rojas, tan solo un título en él: "Mi querido diario". Muy original no sonaba, pero me invitó a abrirlo. Sequé mis lágrimas y tomé aire. Comencé por la primera página, tan solo el blanco papel sin nada escrito en él. Así hasta que llegué aproximadamente a la mitad del diario, encontré un par de hojas rotas y una escrita, pero sin fecha:

Mi mamá cuida de mí, me ha enseñado a escribir, a leer, me regaló este diario para que escribiera. Dice que nosotros dos somos la mejor familia. Hoy ha pasado algo raro, muy raro. Está muy nerviosa y no me mira a los ojos, dice que nos cambiaremos de casa, no estamos seguros aquí. ¡Jo! No me gusta cambiar de ciudad. Esta ya es la segunda vez…

Pasé unas cuantas páginas, decenas, y de nuevo encontré mi letra sobre el papel, con trazos temblorosos y algunas partes del texto parecían ilegibles, borrosas. Éste tampoco estaba datado:

Me prometiste que seguiríamos juntos, que todo volvería a ser tranquilo, que no irías a más "bautizos" de tus compañeros. Nos han cogido, alguien se ha chivado. ¿Quién ha sido mamá? ¿Qué ha pasado? ¿Qué hemos hecho mal? […]

Han venido y se han aprovechado de ti […] He tenido que verlo, me han forzado […] No he podido hacer nada, soy un inútil, un tonto que no sabe ni defender a su madre, siento odio, ira, rabia por ser incapaz de actuar ¿Por qué lloras? ¿Por qué no dices nada? ¿Por qué no escucho los latidos de tu corazón?

Ojeé el resto del diario, pero no había nada más escrito. Antes de cerrarlo en la parte interior de la contraportada observé como un saliente, un pequeño relieve, había un papel pegado encima que escondía algo bajo su superficie. Sin darle más vueltas, rasgué aquel papel y logré sacar lo que había en su interior. Al suelo cayó y sonó metálico, lo recogí. Se trataba de una llave de hierro oxidada, de ojo. De todas las cerraduras que había visionado recordé una, oxidada, supuse que alguien quería jugar conmigo a los acertijos, no me olía nada bien todo aquel asunto.

Comencé una vez más a recorrer los interminables pasillos. En el trayecto, mientras examinaba las puertas, surgieron unos sollozos a lo lejos y quise darme prisa, no supe qué hacer, y vacié largos minutos, reparé en aquél llanto, aquel griterío exclamaba ayuda inmediatamente. Dejé lo de la búsqueda para más tarde y aceleré el paso en aquella dirección, tenía el pulso agitado, mi respiración entrecortada era mi única compañía y mi aliento, y mi temor, y mis dudas. A cada paso que daba, más cerca me encontraba… Lamentos… Parecían de mujer, parecía balbucear un nombre, unas roncas palabras, parecía marchitarse, perdía energía su voz, se estaba apagando y yo estaba próximo, aunque supe que me estaba demorando. Me percaté cuando aún estaba a unos metros que sus acallados sollozos provenían de la puerta con la cerradura oxidada.

- ¡Huyeeeee! ¡Sí! ¡Huye lejos de aquí! -

- Ahora le sacaré de ahí ¿Me oye? – Me costó horrores articular palabra, me temblaba el pulso y la voz. - ¿ME OYE?

¿¿¿ESTÁ AHÍ???... -

Repetidos intentos fallidos al procurar dar con el hueco de la cerradura, sentí rabia al obrar como un zopenco. Lo probé una vez más, hasta que lo conseguí, giré la llave y golpeé la puerta. La mujer joven yacía arrodillada en el suelo, despojada, lloriqueando, tapándose el rostro con ambas manos. Su oscuro pelo le ocultaba parte del cuerpo con gracia. Era ella, supe que se trataba de ella, no podía ser nadie más, repentinamente di un par de zancadas y le abracé, al tacto resultaba helada, y ella se limitaba a permanecer en la misma postura. Ya no sollozaba, no gritaba, había enmudecido. La sacudí, su cuerpo estaba inerte, y su cuello al moverse dejó caer su cabeza hacia atrás. De la comisura de sus labios brotaba sangre, había dibujado su trayecto por la barbilla, y el cuello, y pronto me percaté de que su pecho había sido atravesado por un balazo.

La arropé entre mis brazos, la balanceé como queriendo sosegarla. Desaté mi ira chillando su nombre, provocando un eco interminable. Me sentí tan hueco, tan hundido, tan desdichado… Había perdido a la única persona que cuidaba de mí, me la habían arrancado de cuajo, sin piedad alguna. Me sentí como la llave que usé: oxidado por lo vivido, desdentado por lo sufrido y guardado en un cajón del olvido.

De repente todo emanaba una luz cegadora… Abrí los ojos y me incorporé, tenía la garganta seca y no podía hablar. Ya no estaba en aquella habitación, aquella mujer… Mi madre… Se había esfumado… La maldita pesadilla del pasado… Ahora recordaba los hombres uniformados que irrumpieron en nuestra casa, mis intentos desesperados por salvarnos con una triste navaja, como se marchitó la vida de mi madre cuando el acero alcanzó su corazón pero, lo que más me dejó en vilo fue el nombre de mi madre ¿Se trataría de una coincidencia o una mala pasada que me guardaba el destino?…

Se me revolvió el estómago, no conseguí reprimir el vómito y lo eché a un lado. Los deslumbrantes rallos del sol me molestaban y alguien corrió las cortinas al ver que me tapaba medio rostro con la mano. Un agudo dolor provenía de mis dedos, otro más intenso notaba en la cabeza.

- ¡Vaya pesadilla! – Dijo una voz áspera.

Aquel personaje se había dejado crecer un poco de barba y bigote, tenía el flequillo desigual y peinado hacia un lado. Me limpió la boca y me dio un poco de agua. Mas tarde, me inspeccionó las heridas de la mano con su azul mirada. Al rato caí en la cuenta de que me encontraba en el dispensario sanitario, tendido sobre una dura cama y que quien me atendía era el Doctor Bryar. Por lo poco que había llegado a mis oídos de él, era un hombre de un humor muy ácido y negro, que pocos soportaban y menos cuando estás en un estado delicado.

Se acercó a la altura de mi cabeza, comenzó a canturrear, hecho que me ponía de los nervios, quise largarme de allí y en cuanto acabara con la cura de mi frente lo haría. Me quitó los vendajes y al limpiar mis heridas solté un grito ¡Me escocía una barbaridad! Cuando acabó, me puso uno nuevo y limpio.

- Si quiere matarse, hay formas menos dolorosas de hacerlo e igualmente eficaces – Intenté incorporarme pero me detuvo - Eh eh eh, ¡Quieto mi querido amigo! Necesita reposo. –

- No es nada. – De nuevo quise levantarme y me lo impidió.

- En nada se convertirá, como me contradiga. –

Si no le obedecía fijo que sería capaz de acabar conmigo, aquel tipo daba auténtico miedo. Opté por ceder a su petición, sin más, tampoco era una mala opción. Me hice con las sábanas y procuré descansar aunque no lograba quitarme la imagen del rector de la mente. A los pocos segundos, el doctor volvió a canturrear, a hablarme.

- Es un nombre bonito… -

- ¿Cómo dice? – Me hice el tonto.

- Oh, ¡vamos! Lo ha gritado afónico mientras dormía… Monike – Quería chismorrear, pues se había sentado cómodamente en una silla no muy lejos de mi, de cara al ventanal. – Es el segundo nombre de mujer que oigo aquí, curioso…

Los sacerdotes son como tumbas… Aburridos… No hablan con nadie… Por mi, como si les arrancan la lengua, no notaría la diferencia. -

- Le puedo asegurar que tienen. – No me di cuenta de la ambigüedad de mis palabras.

- No me cuente lo que ya sé. –

Se hizo un prolongado e incómodo silencio, resultaría extraño para ambos seguir hablando sobre aquel asunto, a parte de que poco podíamos hacer al respecto. El doctor vestía una bata blanca y bajo ésta un traje gris con corbata a rallas, parecía bastante caro. Ahora, jugaba con un lápiz entre sus dedos, lo movía muy rápido, de vez en cuando se daba pequeños golpecitos en los labios o hacía alguna anotación en su cuaderno.

La verdad es que me sentía cómodo a su lado, capaz de confiarle secretos, de entablar una conversación seria, se veía adulto y sabio, una de las pocas personas que inspiraban confianza desde el primer instante.

- ¿Cuánto tiempo lleva usted aquí? – Le pregunté.

- ¿De veras quiere saberlo? – Paró de escribir en el cuaderno y volvió a agitar el lápiz. – ¡Más que las ratas de nuestra despensa! Pero oiga, mi vida es igual de apasionante que la que le pueda contar un macarra sin putas.-

Me quedé en blanco, sin saber qué contestar… Nadie hablaba como él y eso me fascinó, me confiaba lo que pesaba tal cual le pasaba por la cabeza. Como vio que me había quedado mudo, continuó él.

- Le dio una buena paliza a su amigo – dijo en un tono firme.

- No es mi amigo – Contesté.

- Seguro que disfrutó –

- ¿Quiere dejarlo? – Me estaba sacando de quicio.

- Aunque en el fondo le ama… -

- ¡ME COMPARÓ CON EL RECTOR! Y ¡No! ¡Odio al pesado ese! – Exclamé señalándole con el dedo índice.

- Ajá, ¿Y Qué le dijo exactamente? La curiosidad me consume… ¿Cómo pudo atravesar esa dura coraza y llegar a dañar su tierno corazocito? -

¿Qué era esto, un interrogatorio? No le importaba lo más mínimo si con sus preguntas hería mis sentimientos. Parecía disfrutar viéndome sonrojado e irritado, ciertamente se me daba mal disimular, pero tampoco era el momento idóneo para confesarle a nadie lo que realmente pensaba sobre Frank. Debía controlarme, tan solo sentía curiosidad… ¿Porqué me puse tan tenso? Me calmé lo suficiente para poder responderle sereno.

- Dijo que el rector y yo nos parecíamos… No, afirmó que éramos como hermanos. –

- ¿¡Por eso!? Pero si… ¡No hay parentesco! –

Se echo a reír tan exageradamente que por poco pensé que se caería de la silla. Vi que yo había actuado como un crío, pues tenía parte de razón. Quizá estalló mi rabia contra Frank porque no quise que nadie me relacionara con el rector, y más guardándole como le guardaba, aquella especial repulsión. Aquel degenerado sacerdote seguía en el escalón más bajo en mi escalera afectiva, dudaba mucho que consiguiera subir algún peldaño… El concepto que tenía de él se podría equiparar al mismísimo diablo.

La sala enmudeció después de las risotadas del doctor. Prosiguió con sus anotaciones y canturreando, yo por mi parte procuré reposar un poco como me había aconsejado, le di la espalda a él y a los ventanales que, aunque estaban tapados por las cortinas los rayos de luz brillaban y las atravesaban. Con aquel doctor me sentía mucho más tranquilo, relajado, por fin alguien adulto un poco distinto al resto, en quien poder confiarle experiencias… Muy hablador yo no era, pero supe que con aquel personaje, por su forma de ser, llegaría a congeniar, le veía como la figura paterna que nunca había tenido, como aquel amigo que se ríe sin malicia de tus malas acciones o aquella persona que te da un buen consejo.

No quise pensar en nada más, me encontraba demasiado cansado, harto de todo, de la vida y lo que ella me deparaba. Otro día pasaría, uno más y uno menos faltaba para mi huída.