REZO AL ALBA | xanne
NC – 17
Slash
Angst
Drama
Lemon (sexo explícito)
Lime (erotismo)
Disfrutad leyéndola tanto como yo he hecho escribiéndola.
Va dedicada a toda la gente que soporta mis neuras, mi persona y mi presencia.
CAPÍTULO OCTAVO | UN ANULETO MÁGICO
A los pocos días de mi recuperación, el rector volvió a encontrarse conmigo, ya había preparado el temario. Me retiró los castigos, mi horario seguiría exactamente igual solo que me suprimió los trabajos manuales y, en su lugar, me puso las lecciones particulares con él. Y como dentro del horario ya estaba la asignatura de arte, en ésta me dedicaba a repasar mis apuntes, él me hacía sitio en su mesa y, en ocasiones, me invitaba a hacer de profesor aunque fuera para explicar una mera definición o hacer un simple apunte. Se mostraba muy atento conmigo, parecía que había soñado siempre ser mi profesor particular, incluso al cabo de un par de meses, me asignó un dormitorio para mi solo provisto de una cómoda cama, una mesita de noche, una lámpara, y un escritorio con su respectiva silla.
Después de todo lo soñado y vivido, de recordar parte de mi infancia, saqué mis propias conclusiones: Era evidente que el Padre Arthur estaba relacionado directa o indirectamente con mi difunta madre, lo que no sabía a qué nivel y en qué circunstancias o incluso si se llegaron a conocer. De ser así, la mayoría de las respuestas seguramente las encontraría en su despacho, no me cabía la menor duda, así que en cuanto se me presentara la oportunidad, se lo registraría de arriba abajo.
Cuando nos quedábamos él y yo solos, le sugerí que me tratara de tú, aún a sabiendas que me lo negaría. A base de insistirle incansables veces, conseguí esa pequeña aproximación, fue flexible. Mi plan era jugar con la ventaja de que sabía que algo especial era yo para él, no conocía con certeza a qué grado, o si esa atracción sería efímera o una ilusión formada en mi atormentada mente, pero lo utilizaría a mi favor. Por el momento, funcionaba.
Habíamos cambiado de mes, de Diciembre a Enero, y también de año. La festividad navideña la realizamos con total normalidad, como cada año. Celebramos la Misa del Gallo después de cenar, el veinticuatro de Diciembre y montaron un pequeño nacimiento con figuras de madera de la Virgen María, el niño Jesús y José, donde siempre, en el vestíbulo.
Después de todo aquello, el edificio y los horarios volvieron a ser los de antes. Y uno de esos días, yo caminaba apresuradamente en dirección al aula en la que el rector me impartía las clases particulares, ya había pasado antes por mi dormitorio a recoger los apuntes y, mientras circulaba por los pasillos, el sol teñía de naranja allá por donde se colaban sus rayos. A pesar de ser invierno, no helaba.
Nada más cruzar la puerta, me senté en uno de los pupitres, dejé mis bártulos sobre él y esperé impaciente a que comenzara su explicación. A penas me di cuenta de su presencia, tan callado, tan ensimismado en el libro que leía, su quietud se asemejaba a la de una estatua.
Paró su lectura para comenzar ya con la lección. Primero explicó los simbolismos y los mitos, y luego se adentró en las obras pictóricas más representativas de esa época. Íbamos por el antiguo Egipto, mi mano anotaba todo en el cuaderno y si algo no entendía, se lo preguntaba sin más, y él me respondía amablemente. Había llegado a tal confianza con él, que jamás pensé que alcanzaría. Ahora lo empezaba a ver distinto, más humano, más próximo y cálido. Eso es lo que dictaba una parte de mí, la otra le guardaba rencor y rabia, nunca olvidaría mis vivencias, ni le perdonaría. Nadie me había enseñado el perdón, en cambio… Sí, el castigo.
- Este insecto tenía un gran valor para los antiguos egipcios, lo consideraban como una representación del renacimiento, la vida longeva, la divinidad solar y el mismo dios Ra. Ya lo has podido ver en las pinturas. – Me señaló en su libro una ilustración en la que aparecía un escarabajo pelotero con las alas desplegadas - Aunque también se hallan en relieves, amuletos y sarcófagos. Se lo representaba tanto con las alas recogidas como extendidas. Otras veces se le ve a bordo de una barca, sosteniendo el sol entre sus antenas, o adorado por otras deidades.-
Se hizo un silencio tan notable que se podía percibir como yo escribía sobre el papel. Alcé la vista nuevamente hacia él, estaba pensativo, con la boca fruncida. Reparé en que le había crecido un par de centímetros el pelo, proporcionándole un aspecto más meloso a su pálido rostro. Me imaginé su tacto, acariciándolo y peinándoselo con mis dedos y me ruboricé ¿Por qué demonios me venían a la cabeza esos pensamientos? A los pocos segundos, el rector dejó el libro sobre su mesa y empezó a registrarse los bolsillos de la sotana hasta que halló lo que buscaba. No supe qué era, no lo veía desde mi posición.
- Quisiera que encontrase… Que encontrases, lo que Khepri significa para ti –
Acto seguido se aproximó, me ordenó mediante gestos que le extendiera la palma derecha. Así hice y el Padre Arthur depositó aquel pequeño objeto sobre ella. Por un lapso de tiempo, nuestras palmas se rozaron, mi pulso inexplicablemente se aceleró y suspiré tan fuerte que me oyó. Abrió totalmente los ojos, me miró entre sorprendido y excitado. De repente se apartó y con ello calló al suelo el regalo que me había dado.
Sin salir de mi enojo, nervioso, fui a recogerlo. El rector ni se había dado cuenta y cuando lo sujeté entre mis dedos vi que se trataba de un amuleto, la figura de un escarabajo pelotero pintada de azul. Era precioso, a pesar de sus pequeñas dimensiones. Volví a mi sitio sin dejar de observarlo, y pensando en las palabras que me había dicho.
Khepri, Dios egipcio del cambio y la transformación, puede que esos valores para mi fueran los que más pesaran. Me sentía muy identificado con ese bicho, mi vida había dado un cambio considerable en muchos aspectos, desde mi infancia hasta el día de hoy, y la opinión que tenía formada de ciertas personas también. Quizá era el momento de darme cuenta de que siempre me he precipitado al juzgar a la gente, al etiquetarla por la primera impresión que me daban. Supongo que eso, formaba parte de mí.
También significaba el hecho de lograr más conocimientos, más sabiduría. Es como renacer de tus ideas, como forjar la base de tu futuro y por así decirlo, adquirir conciencia del mundo exterior, mundo por el que anhelaba tanto deambular, y descubrir... Khepri, igual que un escarabajo empuja su bola a través de la tierra, empujó el sol a través del cielo para que saliera, y que se presenta todos los días, sin faltar ninguno, tan deslumbrante, tan centelleante, tan cegador… Lo arrastra hasta sumergirlo en el océano… Como esa luz cegadora debía ser perseverante, constante y luchador en mi vida. El oleaje del océano me rodearía cada amanecer, emitiría ondas unas más fuertes y otras más débiles, que afectarían a la gente de mi entorno y que según lo tormentosas que llegaran a ser, esas aguas podrían ahogar a alguien, sobre todo a los más cercanos. Mi madre se hallaba en primer lugar, Frank un poco alejado de ella, después el Doctor Bryar y más tarde, el rector, al final los chicos del colegio, los profesores... Esbocé una sonrisa, era el amuleto idóneo para mí.
Lo que no alcancé a entender era el porqué el rector me lo regaló, no quise darle demasiada importancia, pero me incomodaba pensar que podría ser un mensaje críptico u oculto, y que, después de entenderlo y asimilarlo, debía responderle de alguna manera.
- No sé qué decir… - Musité.
- No tienes que decir nada, tan solo aceptarlo. –
Como un crío de ocho años con un juguete nuevo, me sentí. Lo deposité a un lado del pupitre y el rector, una vez tomó aire prosiguió con la clase. Acabó de describir los símbolos más relevantes, intercalaba sus explicaciones con ejemplos gráficos, enseñándome varias pinturas, sarcófagos, joyas, relieves. Me comentó que durante la última hora haríamos algo distinto, no tan teórico. Me sorprendió gratamente, así se haría mucho más amena la lección. Tubo que encender las luces del aula para que pudiéramos seguir con el temario, ya había anochecido a pesar de ser las siete de la tarde.
Finalizamos con la parte más densa del arte egipcio, pero el rector todavía no me había confiado a qué diantre nos dedicaríamos ahora. Se limitaba a actuar por su cuenta dirigiéndose al fondo del aula, cogió un caballete, un taburete y una tabla de madera y lo colocó todo cerca de mi sitio. Lo preparó para que alguien comenzara a dibujar ¿Se animaría él o querría que lo hiciera yo? Dispuso justo en frente del caballete, en uno de los pupitres, un trapo a modo de mantel con múltiples pliegues. Sobre éste, una jarra de porcelana blanca con detalles de flores azules hechos a mano, más tarde esparció por encima pétalos de rosa secos. Sí, era un bodegón muy simple, pero con cierta hermosura.
- Repasemos lo que te enseñé ayer…- Me indicó que me dispusiera entre él y el caballete - Como bosquejar, como encajar y encuadrar un motivo. En este caso, un bodegón. –
Sus palabras, su aliento, su voz, como una cálida brisa circulaba por mi nuca, me desconcentraba. Agarré el carboncillo, claro que recordaba la lección del día anterior, solo que ahora me había cogido por sorpresa. Mi pulso era torpe y tembloroso, no lograba crear trazos limpios, había perdido la serenidad. Él como vio que obraba tan inútil, sujetó mi mano derecha con firmeza y dibujó sobre el blanco papel las líneas básicas que componían el bodegón.
Reparé en el tamaño de su mano, ligeramente mayor que la mía, me la envolvía casi en su totalidad. Me recreé tanto en su peculiar tacto aterciopelado que cuando me vine a dar cuenta, prácticamente lo había esbozado todo: cada pétalo, cada pliegue, cada curva de la jarra. Se notaba que tenía práctica, trazaba con mucha soltura los contornos, y sabía el sitio preciso donde debía dibujarlo.
- Continúa – Me confió al oído.
De pronto, me liberó la mano para que prosiguiera yo y mantuve el brazo en la misma postura, me encontraba como en una nube. Al girar un poco mi cara, vi que le tenía demasiado cerca de mi. Instintivamente entrecerré los ojos, ladeé la cabeza chocando con la suya, apoyándome en su hombro izquierdo y aproximándome peligrosamente a su cuello. Aquel peculiar aroma, me embriagó, antes no le había prestado tanta atención. No sé por qué lo hice, pero mis labios acariciaron su piel.
El tiempo se detuvo ¿Qué estaba pasando por mi mente? Sí, el Padre Arthur ahora era la persona que mejor me cuidaba de todas, se preocupaba por mí, aguantaba mis irónicas críticas hacia el arte… Pero eso no le daba derecho a arrancarme el corazón, a apoderarse de mis sentimientos. Me horrorizaba pensar, solamente pensar, que podría estar sintiendo algún tipo de atracción física hacia él, o no meramente física sino algo más profundo, lo cual sería mucho peor. El juego me estaba costando un precio un tanto caro, aun así no había vuelta de hoja, y supe que debía andarme con mucho ojo, para no acabar en su pegajosa telaraña. Era algo inconcebible, inmoral ¿Qué no te das cuenta Mikey? ¡Menuda aberración! ¡Con ese sacerdote! ¡Mis principios se irían al traste!
- ¿¡Qué se cree que está haciendo!? – Al hablarme de usted supe que algo iba mal.
No dijo nada más, se retiró y cogió la regla de madera larga que se hallaba en su mesa, y esperó. No hizo falta que abriera la boca, yo conocía el procedimiento a la perfección. Dejé a un lado el esbozo, y me acerqué a su mesa, bajé mis pantalones con rapidez quitándomelos al mismo tiempo que los zapatos, no logré hacer lo mismo con mis calzones. Ahora sí que me resultaba embarazoso, más que las otras veces. Él suspiró cansado al veme inmóvil.
- ¡Vamos! – Exclamó.
Tan pronto y deprisa me terminó de despojar que por poco no pierdo el equilibrio y me desnuco allí mismo. No hacía falta que me desnudarse totalmente, tan solo de cintura para abajo, pero siempre preferí los azotes en las palmas u otros castigos menos exhibicionistas. Me incliné sobre la mesa del rector. Comenzaba a tener algo de frío, se demoraba en ejecutar mi penitencia, hasta que noté sus nudillos recorriéndome una de las nalgas. Esbocé una sonrisa, no, no estaba equivocado, aquel vicioso sacerdote le atraía mi cuerpo igual que se atraen los polos opuestos de un imán.
- Ahora manténgase calladito, de lo contrario le propinaré treinta azotes más por cada grito que dé. -
La larga regla descargó firmemente contra mi trasero, fueron múltiples azotes. Yo reprimía los lamentos tapiándome la boca con una mano, encajando la mandíbula y apretando los dientes. El Padre Arthur parecía querer enterrar con mi sufrimiento, sus más profundos sentimientos, como si al mismo tiempo que me golpeaba también sacudiera su atormentada mente, para encarrilarse a sí mismo por el buen camino y enviar los pensamientos obscenos al otro barrio.
En lugar de un nuevo azote, noté un golpe de aire. Me ardía y escocía una barbaridad el trasero. Al presenciar tal quietud repentina, miré extrañado al rector ¿Qué sucedía? Se escurrió de sus dedos la regla, impactó contra el suelo y justo cuando ésta quebrantó el silencio nuestras pupilas se encontraron. Tenía la mirada ida, y la boca entreabierta mostrando su blanca dentadura.
Súbitamente, la luz del aula tembló, y a los pocos segundos perdió toda fuerza, en el resto del edificio también se había esfumado. Venían siendo habituales los apagones, puede que por una tormenta de aire, o a saber por qué, nunca nos lo explicaron. Muy raro sería que nos lo justificaran.
En ese mismo instante, me palpitó bruscamente el corazón, me sumergí en un mar de dudas y temores. Puede que le hubiera subestimado demasiado jugando sucio, utilizándole para mi propio beneficio. No obstante, de ser así, el destino se encargaría del resto, de ponerme en mi lugar. Y tampoco debía tenerle tanto miedo, en breve se acabaría todo este inframundo, era lo único por lo que me desvivía y luchaba. Así que en aquella oscuridad me mostré sereno, me incorporé y aguardé junto a la mesa, solamente se oía mi respiración en un susurro, relajada, a penas se apreciaba.
Un par de pisadas, unos centímetros menos nos separaban, se arrimó todavía más. Supe localizarle en seguida, justo detrás mío, expulsaba una excitación contenida por la boca con demasiada torpeza. Aprisionó mi nuca con su garra y me forzó a inclinarme de nuevo, como me encontraba minutos antes del apagón. Clavaba cada uno de sus dedos en mi piel, con su otra mano me acariciaba con brusquedad las nalgas, haciendo que me retorciera de dolor, al pasar por las agrias heridas y cortes.
Sin vacilar un segundo más, introdujo por completo su grueso sexo dentro de mi. Todo mi cuerpo tembló; mis manos quisieron apoderarse de la garra que me sostenía la cabeza, sin lograrlo; mis músculos se tensaron todos a la vez; mis piernas se desplomaron, cayendo mi peso sobre la mesa. Fue agonizante, por poco libero un estridente grito, pero lo acallé a tiempo tapiando mi boca.
Se recreaba recorriéndome la espalda, a la vez que me embestía con saña reiterando el movimiento completo, el cual no parecía saciar su sed carnal. Más tarde acomodó su rostro a la altura de mi nuca, su agitada respiración rozaba mi piel, y me creaba múltiples escalofríos. Caí en la cuenta de que me estaba susurrando algo entre dientes, a penas audible; lo único que capté fue alguna palabra obscena, que justo cuando salió de su boca pudrió la imagen idealizada que tenía de él. Plagó mi cuello de jugosos besos, me propinó varios largos lametones, y algún que otro mordisco en el lóbulo de la oreja.
Descolocó los pensamientos que pasaban por mi cabeza. Nada, se habían marchitado, dejándome despojado de ideas, recibiendo únicamente estímulos físicos: vibraciones, impulsos, quizá hasta pasión o desdén o afecto. Me estaría volviendo loco, pero lo estaba disfrutando, resultaba como una dulce llaga, algo que te crees que es impropio y te frenas, porque aún guardas algo de ética y moral, o porque simplemente te han educado así. Pero que cuando derribas ese sólido muro, lo gozas. Sí, pecaba, y peco y lo más seguro es que en un futuro, continúe actuando igual. Había tenido pensamientos impuros, obré con lascivia repetidas veces, había conseguido corromper todavía más al Padre Arthur.
Ahora comenzaba a aminorar el ritmo, su agotamiento se hizo más notable, y al poco rato se retiró de mi lado. Mi vista se había acostumbrado a aquella peculiar negrura, aunque tampoco me ayudaba demasiado a distinguir el entorno. Me llevé ambas manos a mi trasero cuidadosamente, me ardía y dolía horrores. Al incorporarme noté que parte de mi abdomen yacía húmedo, ni si quiera me había dado cuenta de cuando sucedió.
Su presencia se hallaba cerca, escuché como retiraba una silla, se habría sentado seguramente. Quise abrazarme a él, me veía en la necesidad de hacerlo, de amar y ser correspondido. Como buenamente pude palpé a tientas, hacia donde creía encontrarle. En el trayecto, me choqué contra un pupitre y escuché una sutil risa. Gracias a eso, corrí en aquella dirección y pronto me abalancé sobre él. Busqué desesperadamente sus labios, los toqué primero con las yemas de mis dedos para después cambiarlas por mis labios, quise fundirme con el, encontrarme con su lengua, despeinar su largo y sedoso pelo y zanjar nuestra falta un poco más tarde. Intenté desabrocharle la sotana, y aquel alzacuello a prisa mientras me desvivía dándole grandes besos a su cuello. Como respuesta obtuve la peor: me empujó, me apartó de su lado, y por un lapso de tiempo oí sus secretos sollozos.
El murmullo del alumnado me hizo volver a la cruel realidad. Por hoy, ya había finalizado la clase particular. Una vez vestido, con mis apuntes en la mano y con el amuleto guardado en el bolsillo del pantalón, abandoné aquella aula. El rector tan solo rezaba para sí mismo y supe que debía irme, que bajo ningún concepto él dejaría que yo disfrutara plenamente de lo que a ambos nos carcomía por dentro. Que tal vez en otra vida, o en otras circunstancias hubiera sido posible, pero que él de alguna manera se aferraba a su entorno y no veía más allá, no era capaz de escuchar su corazón o de razonar y ver las cosas desde otro punto de vista menos racional.
