REZO AL ALBA | xanne

NC – 17

Slash

Angst

Drama

Lemon (sexo explícito)

Lime (erotismo)

Disfrutad leyéndola tanto como yo he hecho escribiéndola.

Va dedicada a toda la gente que soporta mis neuras, mi persona y mi presencia.

CAPÍTULO NOVENO | A ESCONDIDAS

Casualmente por ese mismo pasillo deambulaba el secretario, iluminado vagamente por el candil que sostenía en su diestra mano. Quise escabullirme, que no me viera, lograr dirigirme a mi dormitorio y, a parte de dejar mis bártulos, aprovechar que el rector no yacía en su despacho para registrárselo concienzudamente a fondo. Primero, debía acallar todas mis dudas y después ejecutar mi anhelada venganza. Venganza que llevaría a cabo bien entrada la noche, cuando todo el edificio se hallara quieto y dormido.

- ¿Qué hace aquí muchacho?, pronto servirán la cena… Vayamos – Me hablaba a mí, me había visto.

- Disculpe Padre Rafael, tengo que dejar esto en mi dormitorio. – Contesté mostrándole el cuaderno y mis lápices, comencé a caminar antes de que estuviera lo suficientemente cerca para impedírmelo.

- Ya lo llevará cuando… ¿Qué hace? ¡Oiga! –

- ¡El rector me ha dado permiso! – Dije alzando la voz, me estaba alejando.

Por fin me había desecho de aquel inoportuno sacerdote perdiéndome en la oscuridad. Aligeré la marcha, subí al segundo piso y busqué el despacho de Padre Arthur, no me resultó difícil, había ido centenares de veces y más con la excusa de realizar las clases particulares para hacerme profesor. Incluso un día me hizo pasar para enseñarme su extensa colección de discos de vinilo. Cuando él se iba a dormir, sabía que siempre echaba la llave a esa puerta, el resto del día permanecía, por lo general, abierta. Como ahora.

Sin pensarlo dos veces, bajé la manecilla de la puerta y empujé hacia dentro. Con sigilo la volví tras de mí, y cerré. Desde mi sitio pude observar por el ventanal que algunas salas habían recuperado la luz, de modo que a tientas inspeccioné el escritorio con el fin de encontrar la lámpara. Fue relativamente fácil. Pulsé el botón y después de debilitarse un par de veces, la luz permaneció encendida.

No disponía de todo el tiempo del mundo, me movía por impulsos y de forma muy mecánica. Comencé por el escritorio, era lo que más cerca tenía. Primer, segundo, tercer cajón… Sólo había papeles y más papeles, alguna que otra fotografía de cuando crearon este centro, ilustraciones de Jesucristo y de Santos, una agenda, un reloj de pulsera, una carpeta llena de documentos y facturas, nada relevante para mí. Pero justo cuando ya me había desilusionado del todo, medio escondida y aprisionada entre el escritorio y la pared, vi una gran carpeta.

Así no podía sacarla, debía retirar un poco la mesa. La curiosidad me invadía y lo hice, sin más. Me palpitaba el corazón, casi se me iba a salir por la boca. Tan solo era una carpeta de dibujo, pero no por lo que representaba el objeto en sí, más bien lo que me impacientaba era su significado. Algo poco accesible como esto no daba muy buena espina. La abrí y se me desfiguró la cara del pavor que sentí. Allí dentro había muchas láminas, esbozos inacabados, hechos a carboncillo, pero lo que no alcanzaba a entender era ¿Por qué salía yo en ellas durmiendo? ¡Me había estado dibujando días atrás, sin darme ni cuenta! Mi rostro lo había trazado a la perfección, relajado y despreocupado y se había recreado en cada centímetro de mi cuerpo.

Noté un escalofrío por la nuca, se me erizó todo el vello, me ruboricé, la rabia una vez más sobresalió del resto de mis sentimientos en aquel instante. Él había quebrantado toda norma. Evidente era que sentía algo demasiado fuerte, demasiado descontrolado hacia mi. Bajo esa falsa máscara, afloraban sus verdaderas pasiones, éstas luchaban por alcanzar el exterior pero siempre se imponía su duro escudo. Aunque, supe que cuanto más me acercaba a él, más se debilitaba.

Rompió con mi ensimismamiento algo nuevo que hallé tras la última lámina: Un sobre que contenía una carta en su interior. Iba dirigida a una mujer, con el mismo apellido que Frank… ¿Su hermana? Posiblemente, pero ¿Qué hacía una carta de mi compañero en el despacho del rector? Jamás se nos permitía comunicarnos con familiares nuestros, otra norma que se incumplía.

Es la primera ocasión que me dejan escribirte. Me he portado bien… He sido bueno. Aun estamos en deuda con él y lo estaremos toda nuestra vida. Sé que es un buen hombre […] Me ha dicho que si sigo así, saldré antes de lo previsto y podremos estar juntos. No te preocupes por mí, estoy bien. Te quiero y te extraño.

Frank

Leí y releí esa estúpida carta, y no entendí absolutamente nada. La letra se correspondía con la de Frank. Y una frase estaba tachada adrede. Le dediqué unos largos minutos para poder descifrarla… No lo logré. ¿A qué se refería con que estaban en deuda? ¿Por qué? Justo en ese momento me vino a la cabeza un comentario que me dijo con respecto a su familia, que fue fusilada. Era más que obvio que me había mentido y utilizado sólo para reencontrarse con ella. ¡Genial! En la única persona en la que confiaba un poco, y me la había estado jugando de esa manera.

No quise seguir registrando el despacho. Las dudas me colapsaban, discurría con mucha torpeza, no deseaba aceptar la realidad que acababa de destapar. El tiempo iba en mi contra, parecía transcurrir más deprisa. De modo que actué con más rapidez, dejé la carpeta de dibujo en su sitio, me guardé la carta en el bolsillo, coloqué el escritorio como lo había encontrado y apagué la luz. Huí de aquella sala, haciendo el menor ruido posible. Después caminé a paso ligero hasta mi dormitorio y cuando encendí la luz y deposité mis bártulos sobre la mesa, alguien irrumpió en mi habitación.

- Así que es verdad… ¡Vaya dormitorio! Y no me dijiste nada… -

- ¡No tengo porqué contarte nada! – Me volví para dirigirme directamente a mi interlocutor. – Además, ¡Apestas! – Le tiré la carta a la cara mostrándole con ello, mi gran decepción.

- No… No es lo que piensas… - La recogió rápidamente del suelo – Creerás que lo he hecho por ella… Esa deuda existe... Estoy en deuda con él… Pero no quería que sospechara nada de lo nuestro… ¿Sabes? – Empezaron a ponérsele vidriosos los ojos – Me amenazó con que si te tocaba…. Me… Me… -

- Y se supone que tengo que creerte ¿Ahora? – Le corté secamente. – Lo llevas claro… -

- Mikey… - Balbuceó.

- No, déjalo. – Extendí el brazo para señalarle con el dedo – No sé porque estúpido motivo volví a confiar en alguien, alguien como tú… Debí habérmelo imaginado ¡Dios, qué idiota soy! – Exclamé llevándome ambas manos a la cabeza.

- Sé que ella… ¡Ella está muerta! ¿¡Vale!? ¿¡Contento!? – Dio un largo suspiro y sin abrir los ojos continuó. – Lo supe desde el primer día, desde el primer momento en el que me dijo que tuviera fe. Lo que él no sabe es que esa fe la he puesto en otra persona. – Me dirigió la mirada, sus avellanados ojos estaban a punto de derramar las primeras lágrimas. – Alguien muy especial y cercano por quien merece la pena dejarse el pellejo… Por el que sería capaz de hacer cualquier cosa, hasta de sacrificar mi propia vida si gracias a eso consiguiera su felicidad. Ahora despréciame si lo merezco, si es mi condena, si es mi gran error, pero confiaba en que si, te lo contaba, pasaría algo así… Y no te pido que me perdones por que no eres hombre de perdonar, sólo te pido que vuelvas a confiar en mí.-

- Quizá cuando ardas en el infierno, y no abras más esa bocaza. -

Mi respuesta fue demasiado cruel, no pude evitarlo. Tan solo puse al descubierto mi notable enfado, mi rencor se avivaba al recordar cualquiera de los instantes vividos junto a él, y mis sentimientos ya no eran los mismos. ¿Por qué me sentía tan sumamente utilizado? ¿Por qué me sonaba todo a palabrería barata? ¿Cómo pretendía que ahora le creyese sin pensar en que podría estar mintiéndome de nuevo? No se lo iba a poner tan fácil. Aunque fuera la última noche que pasara allí, aunque mi corazón dictara que obrase de un modo diferente, aunque me costara horrores… Debía mantenerme firme.

Frank se quedó sin habla, totalmente mudo, aguantando la compostura. Miraba a un lado, al otro, después a la mano que sostenía la carta y más tarde al cielo de la sala. Pensé que como yo no le había perdonado, se lo estaría rogando a Dios. Se acercó a mi titubeando. Mi reacción le había desestabilizado del todo, esperaría ¿Qué? ¿Comprensión? ¿Afecto? A estas alturas no me daba ninguna pena, se lo merecía. Tal vez yo tampoco era la persona idónea para estar junto a él, tal vez me ilusioné demasiado pronto, tal vez estaríamos mejor el uno sin el otro aunque incompletos y desdichados.

Acarició mi nuca con miedo, nuestras miradas se encontraron y me recree en el profundo color de sus pupilas. Sí, me dejé llevar, no le detuve, pesaba más acallar mis más bajos instintos aprovechando la última noche con él que lo que me ordenaba la razón. Actuó con más decisión, deslizó su mano por mi espalda hasta que me agarró de la cintura, me apretó contra él y unió sus labios a los míos. Aquel característico sabor, aquel peculiar gesto me volvió totalmente loco. Estos últimos días me había cegado tanto con el rector y en llevar a cabo mi plan de huida, que descuidé por completo mi relación con Frank.

Quise detener el paso del tiempo, olvidar aquel error, cambiar aquel nefasto escenario por otro, ahuyentar el agrio dolor que nos acecha constantemente, desterrar toda esa gente que nos manipula día tras día… Nada, se quedó en un mero e insignificante espejismo, empequeñecido como la inocencia desbordante de un niño que con los años se va consumiendo.

Alguien se dirigía a mi dormitorio, a buen paso. Yo me había percatado pero mi compañero no, continuaba besándome con apetito metiéndome la lengua hasta el fondo, a la vez que enredaba sus dedos entre mi pelo y, con la otra mano, comenzaba a desabrocharme la camisa.

La maldad existe tan solo en los humanos, los animales actúan por instinto, no tienen sentimientos, no entienden de leyes, ni de normas morales, son crueles nada más. Deseé ser una bestia, para así después no tener ningún tipo de remordimiento en mi conciencia… Pues no le avisé del peligro, me limité a disfrutar de ese fugaz instante. Los pasos iban al mismo ritmo que mi corazón, acelerados. Ese alguien, nos había oído o, por lo menos, sospechaba que yo aún me hallaba en el dormitorio puesto que la luz estaba encendida.

Le di un empujón a Frank cuando aquella presencia cruzó el umbral de la puerta. Aquel sacerdote, el Padre Arthur, nos había cogido de lleno, ya no valía ninguna excusa o lamentación. Miró justo al lado del marco de la puerta, donde yo había arrojado a Frank, quién ahora apoyaba su trasero en la pared y se rascaba la cabeza preocupado. El rector, le dedicó dos largos minutos, le inspeccionaba minuciosamente, con el ceño fruncido. No tardó en ver la carta, a pocos centímetros de su zapato pero ni si quiera la recogió.

- Iero, salga inmediatamente. – Con voz áspera, le mandó. Acto seguido, giró la cara para hablarme a mí. – Y usted, despídase de cenar. Mañana en mi despacho a primera hora de la mañana, sin falta. –

Me dejaron solo antes si quiera de darme tiempo a pestañear. ¿Se habría decepcionado el rector al igual que yo, al ver que Frank no cumplía con su cometido? Daría lo que fuera por saberlo, saber qué sentía, si era la primera vez que experimentaba el mal sabor de boca que deja la falsedad, su propia medicina ¡Qué bien me encontraba ahora! Puedo sonar desalmado pero cuando son los demás los que pasan un mal trago, lo gozo. Me hace pensar que, después de todo, no soy el único que padece y sufre desgracias.

Quedaban pocas horas para ejecutar mi huida y venganza, durante semanas lo había estado preparando y tenía todo el material necesario. Paciencia nunca me ha faltado, y el secretismo que he llevado todo este tiempo ha sido un punto a mi favor, siempre que puedas hacer algo por tus propios medios te saldrá mucho mejor que si lo hacen por ti.

No tenía ni hambre, tan solo miraba el reloj que había sobre la mesa deseoso de que pasaran los segundos, los minutos y las horas rápidamente; de salir de este angustioso edificio; de rehacer mi vida allí fuera. También todo ello, me atormentaba, no conocía si estábamos en guerra, si la gente moría de inanición, o cómo se comportaban, de qué viviría o dónde conseguiría comida y techo… Un cúmulo de dudas y miedos, que me mantuvieron en vilo toda la noche o parte de ella.