REZO AL ALBA | xanne
NC – 17
Slash
Angst
Drama
Lemon (sexo explícito)
Lime (erotismo)
Disfrutad leyéndola tanto como yo he hecho escribiéndola.
Va dedicada a toda la gente que soporta mis neuras, mi persona y mi presencia.
Epílogo | dies irae
El anaranjado cielo expresaba al pueblo que faltaban escasos minutos para que anocheciera. La brisa primaveral agitaba con gracia las copas de los árboles, y algunas hojas y flores de almendros se desprendían de las ramas dibujando espirales al compás del aire. En una de las calles céntricas del pequeño pueblo, en el que no habitaban más de dos mil personas, un hombre enfundado en un traje negro esperaba inquieto la llegada de una mujer. Miró el reloj, observó como se movía la manecilla del segundero; dirigió la vista al frente, donde se podía ver reflejado a sí mismo en el escaparate de la sobrerería; volvió a gesticular la muñeca para descubrir el reloj de pulsera y lograr nuevamente, ver qué hora era; cada segundo, le consumía, como el fuego a la cera de una vela; resultaba incómodo hasta para las pocas personas que por su lado deambulaban aquella desmesurada inquietud. No la podía esconder, tampoco el pavor que sentía.
No supo exactamente el porqué la había llamado por teléfono, dudaba de si había sido una buena idea. Concluyó pensando en que ya no le daría más vueltas y que fuera lo que Dios quisiera. Se maldijo a sí mismo por ser tan cobarde e impaciente, no se reconocía. Había cambiado demasiado rápido y brusco su vida y todavía no lo había asimilado del todo.
Cada vez que veía una oscura silueta de mujer en la lejanía, se hacía más notable su nerviosismo y pensaba "¿Será ella?" Cuando, por fin, una muchacha se le acercó, se le iluminó el rostro a la vez que le comenzó a invadir una amarga incertidumbre; tenía un mal presagio, no le gustaba esa sensación.
- ¿Padre? ¿Eres tú el Padre Arthur? –
- Si – Le extendió la palma a modo de saludo. Saludo que ella correspondió.
- ¿Qué quienes de mi?… –
- Quería dársela en mano – Buscó en el bolsillo el sobre que le tenía que entregar y se lo acercó con suavidad.
- ¿El qué? –
En el sobre figuraba el nombre y apellido de la muchacha: Clarice Iero. No tardó en arrebatárselo de las manos de un manotazo, le miró de reojo, desafiante e incrédula. Al abrirlo, repasó varias veces cada una de las palabras, pero era una completa analfabeta y no lograba descifrar un solo término. Él delicadamente le cogió la mano con la que agarraba la carta, y la colocó de forma que pudiera leérsela.
- Es la primera ocasión que me dejan escribirte. Me he portado bien… He sido bueno. Aun estamos en deuda con él y lo estaremos toda nuestra vida. Sé que es un buen hombre... Me ha dicho que si sigo así, saldré antes de lo previsto y podremos estar juntos. No te preocupes por mí, estoy bien. Te quiero y te extraño. Firmado: Frank –
Cuando la leyó, a Arthur, le remitió directamente al pasado, justo a la antesala del enorme revuelo. Recordó el edificio del orfanato, muchos años atrás, cuando lo fundó junto al Padre Rafael con tanto esmero, con tanta dedicación e ilusión. Desde el primer día, el Padre Rafael le confió a Arthur ser el director del centro y, así, quedarse él como secretario.
Curiosamente, antes de autodenominarse secretario, había hecho de las de padre, había cuidado de Arthur más que cualquier otra persona de la faz de la tierra. Arthur, por su parte, nunca supo el paradero de sus padres biológicos, jamás recibió noticias de su madre ni tampoco de su padre, por lo que se sentía hueco por dentro, vacío; como si se hubieran podrido todos los sentimientos que podía albergar su corazón. Le enseñaron disciplina, le explicaron la base de la religión católica, le dieron un sin fin de pautas de conducta, unos valores, unos ideales, un atuendo y unos horarios. Sin embargo, se olvidaron de la parte menos racional; de lo que simboliza un tono de voz u otro, una caricia concreta, una mirada, un gesto determinado. Nadie le dio lecciones de cómo amar o ser amado. Tan solo se dedicaban a obviarlo, a juntar todo aquello que les resultaba nefasto, encerrarlo en un cofre y lanzarlo al olvido; como si no existiera; como si lo que nos hiciera más humanos fuera despreciado.
Estaba harto de esa hipocresía, promovían el bien al prójimo, un mínimo de caridad para la gente pobre y el vaticano estaba testado de riquezas. Le gustaba creer que alguien yacía allí arriba, en el cielo; que ese ser no entendía ni de razas, ni de bienes, ni de lenguajes; tan sólo se basaba en la bondad de la persona y nunca la juzgaba. Pero ¿Qué pasaba? Que si el resto de la humanidad se enteraba de sus verdaderos pensamientos, le mandarían directamente a fusilarle por rojo o republicano. Eran pensamientos de un rojo, de un anarquista, de un antisistema. Se cegaban en la política cuando algo no les gustaba, odiaban a aquel que tenía una ideología diferente, no mejor o peor, sino, simplemente diferente.
A pesar de que se había autodespedido del orfanato, puesto que carecía de motivos por los que mantener la filosofía que impartía allí. Su ideal había sido derruido, y además, la mayoría de los alumnos habían escapado con el alboroto que armó Mikey. Tampoco quería colgar los hábitos… Le tacharían de hereje los propios miembros de la iglesia, tendría que cambiar de ciudad, posiblemente de nombre, pero impartiría su propia doctrina aunque fuera en un colegio público. Puede que para otros resultara más fácil olvidarse de la palabra de Dios y seguir adelante como si nada, indiferente ante la opinión del prójimo. Arthur no pensaba así, si Dios desde pequeño le había marcado ese sendero y no otro, debía ceñirse a él o puede que no fuera Dios, sino su madre antes de abandonarle… Por eso quería conservar lo que había logrado, no conocía nada más, no sabía actuar de otro modo…
De pronto, le vino la viva imagen de Monike a su memoria: su rostro jocundo, su largo y oscuro pelo. Cuando se retiraba el cabello de la cara con suma delicadeza, cuando se veían a escondidas y desfloró su inocencia; desde entonces, toda la belleza que les rodeaba se transformó en fealdad y la boca de ella inició un amplio surtido de afiladas acusaciones. Toda aquella alegría se tornó de un gris profundamente oscuro. Al revivirlo le dio un vuelco el corazón.
- ¿No vas a decir nada? – resonó en sus oídos.
- No puedes tenerlo. No lo hagas, ¡te lo pido por favor! O arruinarás mi vida, no puedo dejarlo todo por ti, ¡Entiéndelo! ¡Entiéndelo de una vez, por Dios! –
- ¿Qué demonios dices? – La muchacha le miró sin pestañear, sorprendida – Te decía que donde narices se encuentra Frank y cómo es que tienes una carta suya… Le daba por muerto. – Suspiró –- ¿Otra vez, no vas a decir nada? –
Arthur volvió a su sitio en cuerpo y alma. Se estaba volviendo loco, los monstruos del pasado cada vez ganaban más horas del día para manifestarse. Pronto perdería la conciencia de ello y viviría eternamente enjaulado en su recuerdo, prisionero de sus penas y humillado por sus miedos más profundos. Miedos que no tenían faz, ni sombra y que ni si quiera sabía cuando se iban a presentar hasta dejarle inconsciente y totalmente a la deriva, hasta que consuman la escasa vida que guarda, sin saber porqué… Pero la guarda. Puede que tema a la muerte, puede que crea que hay un rallo de esperanza, que una mínima acción de algún mortal dará luz y razón a su miserable existencia. Con todo, todavía conservaba algo de fe.
- Alégrate por ello. – No quiso darle ninguna explicación más.
- ¿Pero qué…? – Indignada le agarró de las solapas de la chaqueta – ¡Que me lo digas! ¿Quieres que llame la atención de la gente? ¿Es eso no? ¡Eh! –
- No, por favor… Está bien. Le diré donde se encuentra. –
- NO, ¡vienes conmigo! – Dijo ella en tono muy irritado.
- De-de acuerdo, pero tranquilícese –
El Padre Arthur se deshizo de las garras de Clarice, y se colocó la chaqueta bien. Cogió su bufanda y se la lió al cuello holgadamente, quiso tapar parte de su cara para si se ruborizaba, que no se notase. Cuando estuvo listo, la muchacha le agarró con fuerza del brazo tirando de él, caminando hacia la bicicleta que había aparcado al otro lado de la cera.
- Me indicarás, sube. – Le ordenó mientras le señalaba el sillín.
- Esto es de locos, prefiero ir a pie. – Respondió Arthur.
- Vamooooos - Le tiró de la manga y le obligó a sentarse. - ¿Qué dirección? –
Después de varios incómodos minutos, le facilitó todas las indicaciones y se acomodó. Se dirigían a un barrio a las afueras del corazón de la ciudad, rodeado de viñedos y donde también, se encontraba el molino harinero. En total les llevaría quince minutos de trayecto. Ella pedaleaba sin apoyar su trasero, el que iba sentado era él con las piernas ligeramente alzadas para no tocar el suelo adoquinado.
Al llegar, Arthur se dio prisa por levantarse de la bicicleta, dio un par de pasos y se colocó la chaqueta y la bufanda correctamente. Se sentía violento y desprotegido. Era bien cierto que poco había tratado a las mujeres, y digamos que les guardaba cierta distancia.
Cuando recuperó la compostura, examinó a Clarice de arriba abajo: a pesar de los andrajosos ropajes que vestía, se veía despreocupada, una buena persona; el pelo lo llevaba enmarañado y recogido en una coleta; aparentaba tener más de veinte años; poseía los mismos ojos que su hermano y, seguramente, sería igual de maleducada y entrometida que él. Ella se dio cuenta de que le observaba, y se sintió enojada.
- ¿Tengo monos en la cara? -
- Claro que no. -
- ¡Pues no mires! – Asqueada, echó un bufido e insistió en reanudar la búsqueda del paradero de su hermano. - Tú dirás -
Desde luego, era rara. No, más bien, complicada. Él se miró el reloj de muñeca, faltaban menos de cinco minutos para que dieran las seis y media de la tarde. Era un manojo de nervios, ¿Vería a Frank? ¿Estaría aún en el lugar donde lo dejó justo la madrugada del dichoso día que cambió su vida? Después de todo sólo habían pasado tres semanas desde que Mikey desató el caos en el orfanato y unas horas antes, desde que entregó a Frank a los señores Gómez.
Sin más dilación, Arthur empezó a caminar y ella le siguió de cerca, abandonando la bicicleta. Faltaba muy poco para llegar a destino, escasos metros, escasos pasos, escasos segundos. Ahora, frente a una enorme casa, de sopetón se pararon.
- Le pido por Dios que se comporte… -
- Qué pesado… Que siiii –
El sol se despedía, sus últimos rayos arañaban el cielo nublado y las estrellas hacían acto de presencia. No se apreciaba la luna, por unos días permanecería oculta, invisible al ojo humano.
Tocaron al timbre y nadie contestaba, ni un ruido se escuchaba en el interior de aquel caserón. Insistió Clarice, golpeando la puerta con los nudillos. Esperaba impaciente, pegaba su oreja, y trataba de escuchar algún indicio de vida que pudiera haber ahí dentro. De nuevo golpeó con los nudillos, esta vez, más fuertemente. Y cada nueva vez, con más fiereza, con menos esperanzas; con más rabia, con menos sutilezas.
Arthur, por su parte, inspeccionó los alrededores de un vistazo. Puede que algún vecino supiera qué había sido de los dueños del caserón. En la misma calle, un hombre mayor paseaba apoyándose en su bastón, tenía un aspecto tan decadente que su pesar se podía hasta contagiar tan solo dedicándole una mirada; En frente, más allá de donde descansaba la bicicleta, en un descampado, entre la maleza que crecía allí, como escondiéndose del mundo, había un par de chicos jóvenes. A uno de ellos no conseguía verle el rostro, por lo poco que lograba adivinar, era un completo desconocido para Arthur; en cambio, el otro le resultaba familiar… Tremendamente familiar; la negra y descuidada cabellera, la espesura que componía sus cejas, aquella mirada hundida y penetrante, su ancha espalda de la cual pendía aquella chaqueta gris desgastada, prenda que contrastaba con el escuálido porte del sujeto en cuestión. Para Arthur fue como una bocanada de aire fresco que entró por sus vías nasales apresuradamente y que, por un lapso de tiempo, le sometió al estado de trance. Se prometió a sí mismo, grabarse a fuego en su memoria aquel preciso instante.
- Eh - Se volteó para hablarle a ella, quien continuaba aporreando violentamente la puerta - ¡Escúcheme! ¡Pare un segundo! -
La muchacha dejó caer todo su peso hasta llegar a sentarse en el segundo escalón. Había perdido el habla, y toda fuerza. Él la agarró del brazo para incorporarla, y encontrarse directamente con sus pupilas.
- Si todavía quiere verle, confíe en mí y haga lo siguiente… -
Conocía a pies juntillas todo cuanto se había hecho y deshecho en el orfanato que creó, y no solamente lo que figuraba en los expedientes académicos de su alumnado. También las conexiones más que amistosas que existían entre ellos. Pese a todo, nunca quiso escuchar los susurros que se sembraban y se alimentaban de comentarios estúpidos e infundados; los que peor encajaba eran los que giraban entorno a Frank y su pupilo predilecto. Le atormentaban, le perseguían día y noche… Hasta que aquellos susurros se convirtieron en viva voz y abofetearon y noquearon toda duda que pudiera cosechar la mente del Padre Arthur.
Desde aquel momento, quiso por todos sus medios romper ese enlace afectivo, separarlos; por eso prefirió llevar a una casa de acogida a Frank y no a Mikey. Sin embargo, en quien más confiaba le clavó la estaca por la espalda a modo de traición, se la jugó.
Por eso, tenía una corazonada: los dueños del caserón seguramente, estarían en el teatro y, pese a que cerraban su hogar a cal y canto, a cualquiera con un mínimo de lucidez se le ocurriría colarse por el amurallado patio si quisiera.
Clarice sólo pestañeó y abrió ligeramente los ojos, en señal de que le prestaba atención, ansiosa por saber qué debía hacer ahora. El Padre Arthur prosiguió en voz a penas audible.
- Ante todo, espere a que me marche - Bajó la vista al suelo, ordenó sus pensamientos y continuó - Mire… ¿Ve a ese par de muchachos a lo lejos? El de la chaqueta gris es a quien debe preguntar por su hermano.-
- ¡No! ¡Mientes! -
- No le aseguro que saldrá bien, pero… Tenga fe en mis palabras y le encontrará -
- ¡Genial! –
Una despedida fría y distante para unos auténticos extraños. Sentada en el gélido escalón de piedra, Clarice le maldecía en bisbiseos mientras se quitaba la coleta para atrásela mejor. Ya había empezado a trazar su nuevo camino, el Padre Arthur. Pero antes de adentrarse en las calles se detuvo, ocultándose tras la esquina.
Desde su posición observó que se despedían los dos chicos jóvenes. El chico de la chaqueta gris que se quedó solo, se encontró directamente con los centellantes focos esmeraldas que destacaban del rostro de Arthur y se petrificó. Clarice ni se había movido de su posición, lloraba desconsolada, aterrada por la situación y el pánico. Tal vez, durante todo el rato simulaba querer a su hermano y en realidad, lo detestaba… Lo único que sabía de aquella mujer, es que fue ella misma quién entregó, siendo un crío, a Frank en el orfanato. Ambos, el Padre Arthur y ella, estaban en el mismo punto: el error del pasado les cosía la boca y les mutilaba de piernas y brazos en señal de que ya habían llegado demasiado tarde para arreglar nada.
Continuaba sosteniéndole la mirada, el muchacho ya no… ¡Cuánto le recordaba a ella! ¡Cuan grave había sido su falta! Y no lo había cometido una vez, sino dos. El perdón le había cobrado dos personas sumamente queridas en su vida, y quizás las únicas que haya amado hasta la locura. Habían salido despavoridos al ver que en su interior no latía ningún corazón, no
es que salieran corriendo es que les desterró él mismo de su lado.
Aquel muchacho había significado tanto en su vida, había causado tantos revuelos, tantos cambios, tantos estragos… Que se había descontado. El Padre Arthur no guardaba ningún tipo de rencor hacia él, aunque el dolor de sentirse traicionado todavía le pesaba horrores, no sabía explicarse el porqué le mintió, porqué esa falsa máscara. De hecho, sí que lo sabía y sabía que se merecía esa bofetada o incluso una mucho más fuerte, pero le costaba encajar la derrota, no abandonar la batalla… Más bien, aceptar el camino que había escogido su alumno preferido. A fin de cuentas se había acercado a Arthur únicamente para lograr su libertad, por puro egoísmo… Curiosamente, el mismo sentimiento que años atrás, adoptó Arthur cuando Monike contaba con él. El Señor le estaba pagando con la misma moneda.
Pese a todo, notaba el regusto amargo de felicidad porque al menos, le dejaba libre y en paz. Una persona como él, tan inteligente y luchadora saldrá adelante y Arthur confiaba ciegamente en él.
- Vivo mi muerte en vida, pues es lo único que me merezco hijo mío - Se dijo a sí mismo - mi pequeño Mikey -
Emprendió la marcha, sin pausar el ritmo. La herida debía cicatrizar y, para ello, debía esfumarse de su vida, de su entorno y de su memoria.
