- ¿A las siete no? Faltan dos horas para ello… - se dijo Ciel Phantomhive observando el viejo reloj que estaba en aquella pequeña biblioteca en donde solía pasar horas y horas encerrado. En todos esos años había aumentado su colección a tal punto que pensaba seriamente que era hora de mudarse y conseguir una mansión grande para sus aficiones, aunque Sebastián no estaba de acuerdo con ello, ya que no podían llamar mucho la atención y por ello debían verse obligados a vivir en esa "lata de sardinas" como Ciel solía nombrarlo a cada instante. Sin embargo, aquella casa no era tan pequeña como el jovencito siempre decía, contaba con dos habitaciones grandes y otras dos medianas, un estudio, una biblioteca, un comedor y una hermosa sala, también poseía jardines en donde solo habían rosas rojas y un pequeño patio para comer fuera en los días de sol, pero como Ciel siempre había vivido entre lujos desde que nació, aquella casa no era nada para el y no perdía las esperanzas de conseguir la mansión de sus sueños… o mejor dicho otra copia de la mansión Phantomhive que tanto adoraba. Ciel se encontraba recostado en el suelo, sobre una bonita alfombra que estaba en frente de una pequeña chimenea, aquello le daba un aspecto cálido a la biblioteca aunque muchas veces había lanzado ciertos libros ahí mismo en un ataque de mal humor, Sebastián siempre pensaba que el día menos esperado, a su joven amo le iba a agarrar la locura por no tener nada más productivo que hacer y terminaría quemando toda la biblioteca entera. Ciel empezaba a aburrirse por la espera, no sabía como entretenerse en esas dos largas horas que faltaban para la extraña cita, había separado algunos libros para leer pero ya sabía el contenido de todos, necesitaba encargar libros nuevos, mientras tanto contemplaba el fuego de la chimenea y daba vueltas y vueltas sobre la alfombra como un gato. Hace media hora que había pedido a Sebastián que le llevase algo de comer, pero parecía que su mayordomo había vuelto a recibir la visita de aquel pelirojo insoportable y eso hacía que se descuidara en sus obligaciones, el jovencito se sentía celoso… no le gustaba que Sebastián le diese atenciones a alguien que no fuese el, por otro lado… sin tan solo tuviera con quien charlar de ves en cuando fuera de su mayordomo, quizás las cosas serían diferentes, pero en aquel punto desolado del mundo parecía ser el único de su especie, siendo un humano transformado en demonio parecía solo atraer la atención de espíritus que vagaban por ahí o de otros demonios que deseaban aprovecharse de el, ya muchas veces Sebastián lo había salvado de sus continuos acosos pero últimamente las cosas marchaban mejor.

En esos momentos Ciel recordó que la invitación le había sido devuelta por su mayordomo al no poder encontrar nada interesante o fuera de lo común, la sacó de su bolsillo y volvió a leerla esperando hallar alguna señal del remitente, pero lo único que tenía eran aquellas iniciales "Y.H" que no podía comprender. El joven Phantomhive había repasado mentalmente todos los nombres conocidos, junto a Sebastián buscaron muchas combinaciones de sus enemigos, rivales, amigos y otros del pasado, pero no podían encontrar alguno cuyas iniciales tuvieran una "Y" o una "H". Ciel ya no soportó aquel silencio, en esos momentos se puso de pie con la intención de ir a la cocina para ver en que tanto se entretenía su mayordomo, pero cuando llegó a la puerta escuchó la voz melosa de Grell, quiso espiar por la ventanilla que había… pero era demasiado alta y detestaba seguir teniendo el tamaño de un niño de doce años, solo le quedó escuchar detrás de la puerta.

- ¡Pero Sebas-chan! ¡Dame más tiempo y te conseguiré lo que me pediste!, ¡no es fácil escaparme de Will y más ahora con tanto trabajo! – chilló Grell mientras lo perseguía por toda la cocina.

- Lo siento, te di un tiempo de veinticuatro horas para cumplir con lo que te mande – respondió Sebastián mientras terminaba de preparar los bocadillos del joven Phantomhive.

- ¿¡Veinticuatro horas! ¡Jamás me dijiste cuanto tiempo tenía!

- Lástima… tú no preguntaste.

- ¡Eso es trampa!, ¡he hecho todo lo que podía! ¡Merezco un premio!

- Lo siento, se acabaron las motivaciones – dijo Sebastián sacando del horno unos pastelillos para ponerlos sobre la mesa.

- ¡Si me das más tiempo prometo traerte lo que quieres! ¡Solo un día más!

- Si digo que si… ¿te irás?

- ¡Si!

- ¿Y no regresarás hasta que traigas lo que pedí?

- ¡Si!

- Esta bien… es tu última oportunidad, si no cumples con ello jamás volverás a poner un pie en la mansión.

- ¡Que cruel eres Sebas-chan!

- Puedes irte entonces… mnmnn… ¿Qué esperas? – dijo Sebastián con cierto tono irritado al ver que Grell no se movía de su espacio personal.

- Quiero… ¡otro beso!

- Ni hablar.

- ¡Otro!, ¡otro!

Sebastián vio en el reloj y se dio cuenta que había pasado casi veinte minutos desde que Grell llegó y como no deseaba prolongar más aquella molesta escena, se llevó una mano a los cabellos con resignación y se acercó al shinigami sin encontrar otra manera de deshacerse de una vez de el, pero en esos momentos Ciel abrió la puerta de un golpe y se quedó mirándolos asesinamente con aquellos ojos brillantes y enfurecidos. Sebastián sonrió y a propósito se acercó más a Grell, llegando a acariciar su rostro y a coquetearle solo para ponerle más leña al fuego de la ira que Ciel sentía al verlo de esa manera.

- ¡Sebastián te ordeno que te alejes de ese shinigami odioso! – gritó sin contener sus celos el joven Phantomhive.

- ¿¡Como te atreves mocoso engreído! – protestó Grell al escuchar como lo llamaba.

- Si vas a coquetearle a alguien… ¿Por qué no te consigues un mejor prospecto? – dijo Ciel con un tono despectivo que fastidió totalmente al shinigami.

- ¿¡Que quisiste decir con eso!, ¡por si no lo recuerdas casi tuve tu vida en mis manos!, ¡pude haber acabado contigo cuando tuve la oportunidad!

- Es una lástima, ahora me tendrás que soportar por el resto de la eternidad – dijo tranquilamente Ciel con una sonrisa burlona.

- Lo siento Grell, tendrás que irte… yo quise cumplir contigo pero ordenes son ordenes, así que nos vemos cuando lleves a cabo tu misión – dijo Sebastián con la voz más cortes que tenía, divirtiéndose mucho por dentro y alegre de que Ciel hubiera interrumpido la escena, aunque no había podido evitar darle celos, realmente quería saber hasta cuando negaría sus sentimientos por el, sabía muy bien lo que sentía su joven amo.

Grell se fue con una expresión de decepción total y la cocina volvió a quedar en silencio, pero la mirada asesina de Ciel no había desaparecido, se sentía irritado y molesto por lo que había escuchado. - ¿Así que te ofreces como premio cuando alguien hace algo que ordenas?, siempre supe que eras un manipulador – dijo Ciel con un tono de voz ahogado, intentando controlar la ira que sentía, pero sin poder bajar aquella mirada de su mayordomo. Sebastián no respondió y en esos momentos le mostró la bandeja con los pastelitos que acababa de decorar, esperando que aquello aliviara la ira de su señor, Ciel los contempló resentido y luego se los llevó con bandeja y todo hasta la sala, en donde se sentó en un sofá que daba a la ventana. Sebastián salió detrás de el, empezaba a preocuparse por aquella cita que asistiría Ciel en menos de una hora y media, pero ya tenía planeado no quitarle los ojos de encima ya que era obvio que se trataba de una trampa, apenas descubriera quien estaba detrás de todo aquello se encargaría de eliminarlo, fuese lo que fuese, nadie alteraría la poca paz que había conseguido Ciel en aquellos años.

Y cuando Ciel terminó de comer se dispuso a cambiarse de ropa para aquella cita… o mejor dicho, subió con Sebastián a la habitación y el lo vistió como solía hacer siempre, parecía tener una eterna muñeca de porcelana a la que podía vestir a su gusto, con modelos infantiles y toques oscuros al mismo tiempo, Ciel nunca se había quejado… al menos hasta el momento de su armario y la colección de trajes que tenía, simplemente le gustaba que Sebastián se encargara de ello ya que así podía asegurarse que se ponía la ropa que su mayordomo consideraba bonita para el, claro que esto jamás se lo diría a Sebastián por lo orgulloso y egocéntrico que era. Ciel estuvo listo faltando quince minutos para la hora acordada, Sebastián lo acompañaría obviamente, conforme pasaban los minutos se sentía algo nervioso ya que después de cincuenta años de soledad junto a su mayordomo alguien parecía no haberse olvidado de el… pero sentía un poco de temor, ya habían intentado deshacerse de el antes, pero a pesar del peligro no rechazaría la invitación y menos se quedaría con las ganas de descifrar aquel misterio, Ciel jamás había sido cobarde y en esta ocasión mucho menos, así que esperó hasta las siete para ver que sucedía.

Exactamente a las siete de la noche, llegó un carruaje y alguien tocó la puerta en breves segundos. Ciel y Sebastián se miraron mutuamente y el mayordomo fue a abrir. Ambos se quedaron sorprendidos al ver a un demonio de apariencia atractiva en la puerta, tenía el cabello castaño y unos ojos que brillaban cuando los movía rápidamente, analizando la mansión y asegurándose que había llegado a la correcta, tan solo parecía ser un jovencito de unos quince años de edad pero sabían que aquello solo era apariencia y su verdadera edad solo el lo sabía. No dijo absolutamente nada, pero se inclinó y haciendo un gesto característico de los mayordomos lo invitó a subir al carruaje que esperaba fuera, Ciel salió mostrando seguridad y Sebastián lo siguió, sin quitarle los ojos de encima a aquel demonio, esperando cualquier reacción violenta o sospechosa. El viajecito fue un poco largo, como estaba oscuro no sabían por donde estaban yendo y solo podían sentir el coche saltando con algunas piedras en el camino, Ciel empezaba a aburrirse ante tanto misterio y espera, pero cuando quiso asomarse por la ventana el coche se detuvo. La puerta del carruaje se abrió en esos momentos y se encontraron con el mismo jovencito que los ayudó a bajar por las escaleritas, Sebastián y Ciel se quedaron admirando aquella enorme y majestuosa mansión, tenía en el exterior un sorprendente jardín que se perdía a la vista, con una entrada decorada con rosas blancas que parecía la puerta hacía un confuso y maravilloso laberinto. Ciel sintió una extraña sensación, de repente era como si alguien lo llamase a entrar por aquel portal… una voz suave que se perdía con el sonido del viento, unas manos invisibles que parecían jalarlo de las ropas y hacer que diera algunos pasos hacia aquella dirección.

- ¿Sucede algo joven amo? – dijo Sebastián dándose cuenta de su extraña actitud y su constante mirar hacia aquella parte del jardín.

- Mmnn… no.

- ¿Esta seguro?, si se siente mal es mejor regresar a casa…

- Ya te dije que no pasa nada – respondió secamente Ciel, llevándose una mano a la cabeza, de repente se sentía un poco confundido.

El joven quiso seguir adelante ya que el otro mayordomo los estaba esperando en la puerta de la mansión, pero un viento muy frío empezó a correr y al dar algunos pasos se sintió mareado, esta vez su reacción fue más obvia ya que cerró los ojos fuertemente… pero a pesar de ello, sentía que su cabeza le daba vueltas y aquella débil voz inundó sus oídos nuevamente…

Ciel Phantomhive… ven conmigo… olvida todo… olvídalo… ven pronto… te estoy esperando en el laberinto…

- El laberinto… - dijo de repente Ciel – tengo que ir al laberinto…

- Joven amo, es mejor que nos vallamos… esto no me gusta nada – dijo Sebastián acercándose a el e intentando hacerlo reaccionar, Ciel estaba en un estado de trance, sus ojos brillaban y parecía que su voz no llegaba hasta el.

- Debo ir… el me esta llamando…

- ¿Quién es el?, ¿¡quien!

- Tengo que ir…

- ¡Oye tu! ¿¡Que esta sucediendo! – le gritó al demonio que seguía tranquilamente en la puerta - ¿¡que tipo de juego desagradable es este! - El joven mayordomo solo lo miró fijamente como si no comprendiese a que se refería, Sebastián iba a llevarse a Ciel lo más pronto posible pero… cuando volteó a verlo no lo encontró, Ciel había desaparecido. Sebastián no sabía que hacer, sabía que aquello era una trampa pero debía encontrar a Ciel primero, en esos momentos recordó los jardines y la entrada a aquel extraño laberinto que empezaba a parecerle demasiado familiar, sin pensarlos dos veces se fue corriendo a buscarlo, no debía haberse ido muy lejos, aunque al entrar al laberinto de altos muros hechos con plantas que se enredaban entre sí se dio con la terrible sorpresa que mostraba cinco caminos diferentes, Sebastián frunció el ceño, el aroma a demonio se sentía en todos lados y no podía distinguir bien cual de todas pertenecía a Ciel, pero después de algunos segundos tomó uno de los caminos de la derecha, apresurándose para encontrar al joven Phantomhive antes que sucediera algo malo. Mientras tanto… al reaccionar Ciel se encontró en medio de plantas y arbustos enormes, no comprendía que hacía en ese lugar y al caminar todo se iba volviendo más oscuro, las luces que inicialmente vio a la entrada de la mansión parecían no poder llegar hasta ese lugar y por momentos sus pies tropezaban con algunas ramas o raíces que estaban en el suelo. – Sebastián… ¿Dónde estás? – preguntó mirando el cielo de la noche, que era lo único que podía distinguir en aquel horrible laberinto, Ciel intentó usar sus habilidades de demonio para escapar pero apenas lo pensó, un agudo e insoportable dolor de cabeza lo invadió por completo. Lo único que le quedó fue seguir caminando hasta encontrar una salida, pero en esos momentos sintió la presencia de alguien, volteando rápidamente y llegando a ver una sombra pasar por los arbustos, Ciel sintió escalofríos… pero el temor era algo que nunca lo había dominado y se dispuso seguir aquella sombra, debía haber una explicación para todo y quería descubrir quien se encontraba detrás de toda esa supuesta broma.

- ¡Espera!, ¿¡quien eres? ¡Muéstrate ante mí! – gritó con todas sus fuerzas pero nadie le respondió.

Sentía que la sombra cada vez estaba más cerca, lo acechaba en la oscuridad… podía escuchar sus pasos difíciles de percibir por oídos humanos, sabía que estaba ahí… y eso empezaba a irritarlo, estaba cansado de ese juego y se preguntaba por que Sebastián demoraba tanto en encontrarlo. Ciel empezó a correr para intentar alcanzar aquella sombra, y en eso llegó hasta el centro del laberinto en donde los cinco caminos se conectaban, al parecer no había salida, tan solo debía regresar pero la niebla hacia posible distinguir cual camino elegir. Ciel empezó a sentir escalofríos, aquella niebla parecía estar quitándole las fuerzas ya que se sentía muy agotado y sus ojos empezaban a cerrársele, fue tanto la debilidad que sintió que en esos momentos cayó de rodillas al piso y se apoyó con las manos, sintiendo la tierra helada debajo de el. En eso… aquellos pasos se hicieron más fuertes, parecían resonar como eco en sus oídos, Ciel pudo distinguir un par de zapatos negros apareciendo por uno de los rincones, al principio pensó que era Sebastián pero al ver que el desconocido llevaba una larga capa oscura y una mascara plateada en el rostro, se dio cuenta que estaba en frente del remitente de la carta, al menos eso parecía…

- Eres… ¿Eres Y.H? – preguntó débilmente.

- Lo soy…

- Que presentación más ridícula… - dijo Ciel sonriendo burlonamente a pesar de sentirse realmente adolorido.

- Como siempre… altanero y orgulloso… en todo este tiempo no has cambiado nada Ciel Phantomhive… sigues con aquel aspecto infantil… tan solo un niño… solamente un mocoso engreído que se convirtió en demonio…

- ¿Quién eres tu?

- Soy… la persona que amarás por el resto de la eternidad.

- ¡No digas tonterías! ¿¡Quien rayos eres tú! ¡Ya quítate esa mascara y muéstrate!

El desconocido se acercó hacia Ciel y se agachó lentamente hasta quedar a su altura, una de sus manos sujetó bruscamente su barbilla y lo obligo a verlo – he regresado del infierno por ti Ciel Phantomhive… el y yo… estamos de regreso para vengarnos… y ahora… somos iguales… ahora… soy yo el que te deseo… y serás mío lo quieras o no… - dijo aquella sombra mientras disfrutaba mucho de la mirada de temor que Ciel le mostraba. Ciel no podía comprender nada, pero en esos momentos alguien llegó jalando a Sebastián a rastras y sintió como su corazón se detuvo para empezar a palpitar con violencia.

- Sebastián… - dijo Ciel débilmente al ver que aquella sombra lo lanzaba contra el piso, cayendo inconsciente.

- Fue fácil deshacerme de el… no comprendo como en el pasado nos dio tantos problemas…

- Ahora… no nos interrumpas… ¿entendido?, no me importa lo que hagas con Sebastián, puedes matarlo si quieres… pero no quiero que toques a Ciel, el es solamente mío ahora…

- Yes… you are highness… - respondió aquella voz haciendo una pequeña reverencia.

En esos momentos Ciel pudo entenderlo todo, Y.H… "you are highness"… nunca se había tratado de un nombre, pero si… una forma de ser llamado, el joven sabía que la única persona en todo el mundo que amaba ser llamado así era cierto rubio insoportable que supuestamente fue asesinado por su propio mayordomo… no podía ser, era imposible… pero en eso el desconocido se quitó la mascara y rebeló su identidad. Aquellos cabellos rubios, esa sonrisa despectiva y mucho más… esos ojos brillantes que ahora mostraban su nueva condición de demonio, Ciel sintió un temor indescriptible… sus manos empezaron a temblar y más al ver que Sebastián no se levantaba, ahora estaba solo y nadie podría ayudarlo. Ciel cerró fuertemente los ojos y los abrió nuevamente rogando por que se tratase de una pesadilla, pero no… el rostro de Alois Trancy estaba en frente suyo y aquella expresión no le agradaba en absoluto. Alois lo sujetó por los cabellos haciendo que un gemido de dolor escapara de su garganta, pero antes de que pudiera decir algo sintió los labios del rubio sobre los suyos, bruscamente… robándole su primer beso, Ciel se quedó paralizado ante aquello, quiso alejarlo pero no lo consiguió, sintió como Alois invadía cada rincón de su boca y aquello fue lo último de lo que se dio cuenta antes de caer inconsciente…

Continuará…