Parte III: Sobre los Flash Backs

A veces Peeta sufre de Flash backs, momentos en el que el mundo real desaparece y es sustituido por un conjunto de visiones sobre sus días de tortura en el Capitolio. Cuando eso sucede, Peeta deja de saber quién es y en qué lugar está.

Si las visiones comienzan poco a poco, entonces el chico tiene tiempo de recostarse en el primer lugar medianamente confortable que vea y advertir a quien lo acompaña -normalmente Katniss- que es preferible que no haga caso de sus gritos y se separe de él hasta nuevo aviso. Incluso, si tiene tiempo, a veces sale de la sala en la que se encuentra su amiga para ahorrarle el mal trago de verlo llorar y revolverse sin que ella pueda hacer nada.

Sin embargo, hay veces en que las visiones comienzan de repente, sin previo aviso. Esas situaciones son las que más miedo le dan a Peeta porque teme perder el control de sí mismo hasta el punto de ser capaz de hacerle daño a Katniss. ¿Acaso no intentó estrangularla después de ser liberado por los rebeldes?

Los ataques no ocurren muy a menudo; de dos a cuatro veces por semana, pero son terribles. Apenas duran unos minutos, pero cuando acaban, Peeta se siente débil y mareado. Si está en casa de Katniss o ella está en la suya, entonces no es tan malo, porque la chica se encarga de ayudarlo a tumbarse en la cama una vez todo ha acabado. Se sienta a su lado y se dedica a acariciarle el pelo hasta que los temblores cesan. Muchas veces Peeta se queda dormido cuando está lo bastante tranquilo para hacerlo y, cuando despierta, Katniss siempre sigue ahí, a veces dormitando a su lado y otras sonriendo mientras le acaricia el rostro y las manos.

Pero el de hoy ocurre cuando está solo. Hace justo un mes que encontró a Katniss sollozando en su sofá, culpándose de la muerte de su hermana y sus amigos y había quedado con ella para acompañarla a los restos de la casa donde se crió para visitar la tumba de Prim.

Cuando las visiones comienzan Peeta está en su habitación, preparándose para salir. Los recuerdos acuden a su mente de golpe y antes de que el chico pueda darse cuenta está de nuevo en el Capitolio.

El cadáver de Darius está a sus pies y un par de agentes de la paz lo mira sádicamente. Él está atado en una silla. Tiene cortes por todo el cuerpo y le duelen las articulaciones. La sangre brota de sus heridas abiertas.

Los agentes no dicen nada. Se limitan a mirarlo mientras sonríen. Parece que realmente disfrutan de la imagen del adolescente roto por el dolor tanto físico como mental.

Se rumorea que La chica en llamas está muerta, ¿qué te parece? — dicen, y ríen. Han usado un par de veces el veneno de rastrevíspula, pero no lo suficiente como para que el chico ya haya empezado a odiarla —. Y antes también dijeron que había abortado por culpa de la descarga en el Vasallaje de los Veinticinco. Tu casa está destruída y tu familia muerta. No te queda nada.

Peeta vuelve en sí y cae de rodillas. Llora. La visión no ha sido particularmente larga, pero sí muy dolorosa. Recuerda la rabia que sintió en ese momento y el miedo a que lo que decían los guardias fuese verdad. No lo del bebé, claro. Él sabía que Katniss nunca había estado embarazada -era imposible, porque ellos nunca habían pasado de los abrazos y de algunos besos húmedos-. Pero sí había temido realmente que estuviera muerta. Sabía que era posible. Porque, por muy fuerte y valiente que ella fuera, seguía siendo una persona, al fin y al cabo. Un disparo bien dado podía acabar con su vida tanto como con la de cualquier otro. Pero se había resistido a creerlo.

Claro que, tampoco había tenido mucho tiempo para reflexionar sobre la posibilidad de que Katniss estuviera muerta y sobre lo que haría si era cierto y conseguía salir del Capitolio con vida. Al fin y al cabo, al día siguiente habían vuelto a inyectarle el veneno, esta vez en una dosis mucho más alta que las anteriores. Y a partir de ese momento había empezado ese periodo en que estaba convencido de que ella era un muto, la responsable de todas sus desgracias.

Peeta camina tambaleándose hasta su cama y se tumba. Suda y tiene nauseas. Desea en lo más profundo de su ser que Katniss esté allí con él, para abrazarle y susurrarle que no pasa nada hasta que el terror desaparezca, pero por otra parte agradece que ella no esté allí. Si estuviera vería sus lágrimas. No es raro que llore después de las visiones, y normalmente no le importa que ella lo vea, pero, en ese momento, lo que menos desea en el mundo es que Katniss lo vea en ese estado.

No se lo ha dicho a Katniss, pero se siente culpable por haber sido capaz de odiarla, y, sobretodo, por haber tratado de asesinarla. Claro, sabe que no fue su culpa, que estaba enajenado y que ninguna persona en todo Panem hubiera sido capaz de resistirse al veneno de rastrevíspula. Pero le sigue doliendo. A veces incluso tiene pesadillas en las que busca a Katniss en vano, para luego encontrarse con Finnick, Boggs o Gale, que le dicen que él la mató mientras señalan su tumba.

— ¡Riiiiiiing!

Oye el teléfono, que suena en el salón. Debe de ser Katniss. Habían acordado que él pasaría a recogerla y seguramente estará extrañada, porque Peeta suele adelantarse unos minutos a la hora acordada, y una rápida ojeada al reloj que cuelga en la pared le hace saber que llega diez minutos tarde.

Desea levantarse pero en cuanto alza la cabeza las nauseas se incrementan. Además, sigue llorando.

Con un poco de suerte Katniss pensará que se ha dormido e irá sola para no molestarlo. O tal vez piense que le ha dado uno de sus ataques y entonces seguro que se presentará en su casa en pocos minutos y encontrará alguna forma de entrar aunque las puertas estén cerradas, o puede que se quede en la entrada hasta que él mismo esté en condiciones de abrirle.

El teléfono vuelve a sonar minutos más tarde y luego se queda callado. Peeta acaba quedándose dormido, aunque le cuesta mucho más tiempo hacerlo que cuanto Katniss está a su lado.

Despierta una hora después. No puede decir que se sienta como nuevo, pero sí que se ve con fuerzas para moverse, telefonear a Katniss y explicarle por qué la ha dejado plantada. De todas formas, apenas son las cuatro de la tarde, así que siguen teniendo tiempo de sobra para visitar la tumba de Prim. Si ella sigue queriendo, claro.

Baja las escaleras con lentitud y se aproxima al teléfono. Marca el número y su amiga lo coge antes de que comience el segundo tono.

— ¿Katniss? Hola, oye, perdona, es que…

— Te ha vuelto a pasar, ¿verdad? — Peeta se sorprende por la velocidad con la que ella responde y por esa chispa de preocupación en su voz, pero sonríe.

— Sí, pero no te preocupes. Estoy mucho mejor. ¿Cómo lo has sabido?

— Normalmente no me dejas plantada sin un buen motivo. Te he llamado, pero no lo cogías. He intentado entrar en tu casa, pero estaba cerrado.

— ¡No tendrías que haberte tomado esa molestia! — dice, pero la parte egoísta y enamorada del chico se alegra de que Katniss se preocupe de esa forma por él.

— ¿Puedo ir a verte ahora?

— Creí que hoy querías ir a ver a Prim.

Katniss calla unos instantes, como cada vez que oye el nombre de su hermana. Peeta se arrepiente por haberla nombrado. Justo cuando el chico empieza a preguntarse si su interlocutora sigue al otro lado de la línea, oye su voz.

— Podemos ir mañana.

— Ven aquí, entonces.

Katniss está en su casa en menos de cinco minutos. Él ya le había dejado la puerta abierta y espera a que sea ella la que entre y vaya al salón con él.

Sonríe cuando la ve y ella le devuelve la sonrisa. Katniss se acerca a Peeta y se sienta junto a él mientras permite que el chico la abrace por los hombros.

— ¿Ha sido muy fuerte?

— No, Katniss, no te preocupes. En verdad, ha sido uno de los más leves que recuerdo desde que volvimos aquí — ella le mira a la cara unos segundos, separándose de él, pero parece que se cree lo que acaba de decir porque sonríe, complacida.

— Eso es que ya te estás recuperando — dice, y Peeta no puede evitar sentirse un poco mal por mentirle.

Entonces siente una oleada de ternura hacia ella y la empuja de forma que ahora la chica está apoyada en su regazo. Entonces, Peeta se inclina y recuesta la cabeza en su hombro. Katniss se tensa unos segundos, pero no tarda en suspirar y comenzar a acariciarle los cabellos.

El chico cierra los ojos y se deja hacer mientras sonríe. El dolor de cabeza ha desaparecido por completo y no sabe porqué, pero se siento un poquito menos culpable por haberla odiado. Tal vez porque la forma en la que late su corazón ahora compensa todos los malos sentimientos que pudo haber albergado en el pasado.

Está repasando todos y cada uno de los momentos que ha pasado junto a Katniss -ahora con su memoria casi recuperada y con capacidad de distinguir gran parte de sus recuerdos verdaderos de los falsos -, cuando cae en la cuenta de que no la besa desde que estaban en la arena. Katniss suele besarle suavemente las manos y el rostro cuando las alucinaciones se han ido y él se siente tan débil. Pero no recuerda que haya tratado de hacerlo en los labios y le angustia pensar que él tampoco ha dicho nada en todo ese tiempo que pudiera invitarla a pensar en cuánto desea Peeta ser besado justo en ese lugar.

Levanta la cabeza con cuidado, y mira a Katniss a los ojos. Ella interrumpe sus caricias y le pregunta que qué ocurre en voz baja, pero Peeta se limita a negar con la cabeza.

Se pregunta si ella le permitirá hacerlo ahora, porque es justo en ese momento en el que ha caído en la cuenta del tiempo que hace que no la besa cuando más necesita hacerlo.

— Katniss… — susurra, al fin. Sus rostros no están muy cerca, pero tampoco lo suficientemente lejos como para que él no se estremezca sin que Katniss lo note.

— ¿Qué?

— ¿Te acuerdas de la vez que nos besamos en la arena? — ella sonríe, pero se sonroja.

— Me acuerdo — entonces Peeta recuerda las palabras que le dijo Gale cuando estaban en la tienda de Tigris "Viendo cómo te besó en el Vasallaje… A mí nunca me ha besado así", y le asaltan las dudas. Sabe que Katniss lo quiere, eso es indudable, pero no puede evitar pensar hasta qué punto todos esos momentos que él ha atesorado y que ocurrieron en la arena fueron hechos para las cámaras.

Por eso se acerca un poco más a ella y dice, medio temeroso:

— Los besos que me diste en nuestros segundos Juegos no fueron un mero espectáculo televisivo… ¿Real o no? — ella lo mira y durante un segundo parece herida por que Peeta haya podido dudar de la sinceridad de sus sentimientos, pero al final, responde:

— Real.

— Al principio todo era un espectáculo para ti, pero luego descubriste que me… apreciabas. ¿Real o no?

— Real.

Peeta suspira. Mira a Katniss y sonríe. Y no duda en anular la distancia que hay entre ellos. Quiere profundizar más en ese punto y saber con más precisión qué fue real para ella y qué fue teatro. Pero en esos momentos decide dejarlo de lado, porque Katniss le está correspondiendo con ganas y Peeta sabe que ahora que por fin son libres no hay motivo para que ella actúe.

Por primera vez, está totalmente seguro de que lo que está ocurriendo es real para los dos.

Cuando se separan se miran a los ojos y sonríen.

— Lo echaba de menos — dice Peeta, como justificándose, pero la abraza con fuerza y ella le corresponde.

Katniss no dice nada, pero sonríe y la alegría toca también sus ojos por primera vez en muchísimo tiempo.