Parte IV: Dormir juntos

Hace ya dos meses que duermen juntos de nuevo. Desde esa primera vez ninguno se ha atrevido a estar toda la noche alejado del otro. Normalmente duermen en casa de Katniss, aunque, si él ha sufrido alguno de sus ataques –que, por cierto, se reducen en número y en intensidad -, es ella la que se traslada a su casa para ahorrarle el esfuerzo.

A Peeta siempre le ha gustado mirar a Katniss mientras duerme. Es uno de los pocos momentos del día en que su rostro se relaja. Siempre y cuando, claro, que las pesadillas no perturben sus sueños. Pero eso no pasa muy a menudo cuando Peeta está a su lado y, si ocurre, la mayoría de las veces basta con susurrarle al oído y acariciarle el rostro hasta que se calma. En esas ocasiones ni siquiera es necesario despertarla.

Nunca se lo ha dicho a Katniss, pero lo cierto es que él tiene más problemas de sueño que ella. Antes de que el Capitolio lo capturara su número de pesadillas era prácticamente igual que el de la chica, pero desde su secuestro los sueños que lo atormentan son mucho más intensos y abundantes. La única parte positiva que le ve a todo es que, gracias a que su sueño se interrumpe más a menudo que el de ella, puede permitirse observarla mientras duerme y apaciguarla cuando es necesario.

Sin embargo, esa noche, poco antes de haberse quedado dormida, los ojos de Katniss se abren de par en par.

— ¿Una pesadilla? — pregunta Peeta, aunque se extraña porque la chica no ha dado ninguna señal que invite a pensar que no estaba disfrutando de un plácido sueño.

— No, hace dos días que no tengo, lo sabes. Simplemente me he despertado— contesta — ¿Aún no te habías dormido?

— No.

Se miran durante un par de minutos, sin decir nada. Luego él enciende la luz y le acaricia el cabello. No puede evitar sonreír al pensar en que si alguien fotografiara era estampa empezarían a verse como unos recién casados o algo así a ojos del mundo.

— ¿De qué te ríes, Peeta?

— Sólo estaba pensando en que esto hubiera hecho furor ante las cámaras del Capitolio — Katniss se tensa y baja la mirada.

Él se muerde los labios y se maldice por haberle recordado, y por recordárselo a si mismo cómo era estar en la arena. Hasta esos pequeños comentarios hechos sin malicia los transportan a los dos a aquellos momentos en los que debían de correr, esconderse y matar a otros seres humanos.

— Lo siento — susurra.

— No, no pasa nada — sigue acariciándole el pelo y suspira. Hace mucho que le ronda por la cabeza un tema relacionado con los Juegos del Hambre, precisamente. Pero no sabía cómo sacarlo y piensa que esa es su oportunidad.

— Tú… Tú sabes que la declaración que te hice en las entrevistas de los primeros Juegos fue de verdad, ¿no?

Ella asiente con la cabeza, pero no habla. Parece estar pensando en ello.

— Y sabes que para mí todo lo que sucedió en la arena entre nosotros fue real, ¿verdad?

Katniss asiente de nuevo y lo mira a los ojos.

— ¿Hasta qué punto fue real para ti? ¿En qué medida lo hiciste para las cámaras?— se atreve a preguntar, por fin.

— Yo… Peeta, ¿es necesario? — él la mira con el rostro serio y la chica suspira. Sí, es necesario —. Fui a por ti después que anunciaran lo de la Alianza porque me importabas. Cuidé de ti porque no quería que murieras. Te sedé para poder evitarlo — traga saliva —. Pero sabes que casi todos los besos fueron espectáculo.

Peeta calla. Sí, lo sabía. Pero nunca se lo había oído decir tan directamente y no quiere reconocerlo, pero le duele un poco. Siente la punzada en el estómago cuando ella pronuncia esas palabras y se esfuerza para controlar la voz.

— ¿Cuándo te diste cuenta de que te importaba?

— No lo sé — está siendo sincera —. En algún momento durante los Juegos. A lo mejor antes — reconoce.

Le gustaría preguntarle cuándo se dio cuenta de que lo prefería a él y no a Gale, pero no se atreve. Se limita a asentir y a dibujar una sonrisa en su rostro.

— Está bien.

— No puedes reclamarme nada. Tú lo sabías — suena a la defensiva, como si hubiera entendido que Peeta se siente un poco dolido por lo que acaba de decir. Es extraño, porque una de las habilidades de Katniss no es precisamente leer las emociones de los demás.

— Lo sé. He dicho que está bien. No voy a reclamarte nada — susurra de forma tranquilizadora.

Luego calla y la besa y siente cómo ella envuelve sus manos alrededor de la cabeza, acariciándole los cabellos.

Peeta se mueve buscando una posición cómoda y acaba sobre ella, con un brazo en cada costado el cuerpo de la chica para no aplastarla. Katniss no parece molesta por ello, pero él se sonroja ligeramente. Claro que han estado en situaciones parecidas, pero nunca justo en un momento como ese, cuando todo afuera estás tan tranquilo y oscuro que parecen los únicos habitantes de la Tierra.

Ella no parece haberse dado cuenta de lo comprometido de la situación, porque cada vez lo besa con más intensidad y ahora sus manos están acariciando la espalda de Peeta suavemente. Él suspira para sus adentros y responde con entusiasmo al contacto de ella.

Pasan varios minutos antes de que los dos se separen. Tienen las mejillas rojas y las pupilas encendidas.

El corazón de Peeta late con intensidad, igual que el de ella. Y Katniss no planea contárselo nunca, pero ese es uno de los momentos en el que la sed que la embarga sólo puede ser saciada con sus besos y su contacto. Y siente que no ha tenido ni para empezar con este último intercambio.

Es en ese instante cuando Peeta se plantea si ha llegado el momento de hacerle la pregunta que lleva rondando por su cabeza tanto tiempo. Y, definitivamente, si es afirmativa, piensa darle besos como esos últimos hasta que sea ella la que los interrumpa, porque él jamás podría casarse de un contacto tan delicioso.

— Me amas, ¿real o no? — ella calla y lo mira. Por un segundo Peeta teme que ella lo niegue y entonces todo lo que han conseguido estos meses se caiga y rompa en mil pedazos. Pero Katniss sonríe antes de contestar y eso lo alivia un poco.

— Real.

Peeta vuelve a acortar la distancia que los separa y la besa. Esta vez es ella la que acaba tumbada sobre él y son las manos del chico las que ahora acarician su espalda. Siente la lengua cálida de Katniss en la boca y no puede evitar gemir lo suficientemente bajo como para que ella no lo oiga.

Siente una sensación que no había experimentado antes; inexplicablemente, siente unas imperiosas ganas de levantarle un poco la camiseta a la chica y acariciarle en el vientre y el pecho. Incluso llega a preguntarse si ella lo dejará cuando se da cuenta de que Katniss parece experimentar el mismo deseo que él, porque se ha colocado a su costado y acaricia la piel de Peeta mientras lo besa.

Al cabo de un rato, siente la forma en que las manos de Katniss tiran de su camiseta tratando de quitársela. Sin detenerse a pensar, Peeta mismo se la retira y la mira antes de volver a besarla. No hay asomo de duda en sus ojos y piensa que en que no va a reprimirse más, al menos por esa noche. Algo le dice que Katniss le avisara con rapidez si siente incómoda con algo que él haga, y… ¿no ha sido ella la primera en empezar a quitarle ropa sin preguntar?

Así que se decide y tira de la camiseta de ella, tratando de quitársela. Ella parece durar un momento, pero finalmente accede e imita el movimiento que él mismo ha hecho minutos antes.

Esa noche no lleva sostén. Peeta había notado que sólo se lo pone para dormir con él en verano, cuando la ropa es demasiado ligera y a veces algo transparente. Pero aún es primavera y el frío permite aún llevar prendas lo suficientemente gruesas como para que ella no tenga necesidad de ponerse algo debajo.

Como la luz está encendida, es capaz de verlos a la perfección. No son muy grandes, pero no le importa. Además esa es una de las partes de su cuerpo donde el fuego nunca ha alcanzado, por lo que la piel está pálida, pero presentando un color sano, sin fisuras ni cambios bruscos de tono.

Peeta la mira un momento a los ojos y esta vez sí que ve inseguridad en ellos, así que besa en la frente mientras le acaricia el rostro, y eso parece calmarla.

Con precaución, pone su mano sobre el vientre de ella. Lo acaricia con lentitud, con la misma precaución que tomas para no espantar a un ciervo o un conejo en mitad del bosque. Luego sube y pasa los dedos por las marcadas clavículas de la chica, y siente cómo ella se estremece.

Baja y le acaricia el pecho rozándolo suavemente. Ella tiembla de nuevo.

— ¿Estás bien? — le pregunta.

— Tiemblas.

Peeta se mira las manos y se da cuenta de que es verdad. Estaba tan concentrado en el nerviosismo de Katniss que no era plenamente consciente del propio.

— Tú también. ¿Quieres dejarlo aquí?

Una parte de ella quiere decir que sí, levantarse de la cama e internarse en el bosque. Pero algo dentro de ella le impide rechazar el contacto de Peeta de esa forma y se limita a negar mientras siento cómo esa extraña sed se ha incrementado en lugar de calmarse.

Peeta sonríe y la besa con ternura en los labios y en el cuello. Besa temeroso sus pechos y cuando ve que ella no le interrumpe suspira satisfecho. Una de las manos de Katniss juega con su pelo.

— Esto… ¿te importa si sigo yo?

Peeta realmente no sabe a qué se refiere hasta que nota que cambian las posiciones. Es él el que se recuesta totalmente en el colchón y ella la que observa y le acaricia el vientre y le besa en lugares que nunca antes le había besado.

Claro que Katniss le había besado en el pecho en alguna ocasión, pero siempre por encima de la camiseta y de una forma… diferente a esa.

Entonces ella pasa la mano por las cicatrices de su piel y eso le hace sentir un poco mejor a su compañero. Nunca ha sido presumido, pero le espantaba que las marcas pudieran resultarle desagradables a Katniss. Obviando, claro está, que ella está tan o más marcada que él.

Se nota que está acostumbrada a llevar la iniciativa, porque sus temblores casi cesan mientras le toca.

Peeta se pregunta si ya se habrá dado cuenta de su erección y cuál será su reacción cuando comprenda lo que eso significa. Pero no le da mucho tiempo a pensar en ello, porque Katniss ya está mirando sorprendida la presión en sus pantalones, y él no puede evitar sonrojarse.

— Lo siento — se apresura a decir —. No se puede controlar…

Ella lo mira avergonzada y parece avergonzarse también por no tener nada a mano para cubrir su propio torso.

— Está bien, no pasa nada. Lo entiendo — pero duda.

— Podemos parar ahora, si quieres.

Ella parece contrariada ante esa pregunta, como si no esperase que Peeta se la volviera a formular. Pero era necesario hacerlo, porque él mismo no está seguro de cómo va a acabar esa situación si no se detienen y necesita el consentimiento de su compañera para hacerlo, porque no se siente con capaz de abandonar voluntariamente la visión de los pálidos pechos y las mejillas sonrojadas de la chica.

— Vale — dice ella, y Peeta piensa que es la primera vez que reconoce que algo le puede.

Luego se quedan unos minutos mirándose entre sí, avergonzados y extremadamente nerviosos. Pero acaban estallando en carcajadas. Y, finalmente, se besan, vuelven a vestirse y se acurrucan de nuevo el uno junto al otro. Prefieren ir poco a poco. No porque sean tradicionales y piensen que está mal, sino porque son un par de adolescentes inseguros que han pasado los últimos años tan centrados en la supervivencia que ninguno había llegado ni a plantearse una situación como esa. Pero no les importa. Sabes que la experiencia la da la práctica y por una vez tienen todo el tiempo del mundo.