Parte V: Las cenizas del Distrito 4
Hoy Katniss ha reunido suficiente valor para ir al Distrito 4. O lo que queda de él. Lleva tres meses, desde que regresó a la Aldea de los Vencedores, sin ver a su madre. No porque no quiera verla, sino porque le da miedo ir hasta allí y descubrir que su madre vuelve a ser la mujer hundida en la que se convirtió tras la muerte de su padre.
Sabe que no tiene motivos para pensar eso, claro. Cuando su padre murió ella no tenía una labor que requiriese mantenerse concentrada las veinticuatro horas los días y así poder espantar el dolor. A Katniss le parece hasta lógico que su madre se dedique a construir hospitales para superar la muerte de Prim. De alguna manera, y conociendo como conoce a su madre, sabe que verá el rostro de la niña en cada enfermo que cure y que eso la ayudará a sentirse mejor.
Un aerodeslizador les recoge a Peeta y a ella a las ocho de la mañana. A los dos les da algo de apuro dejar a Haymitch solo, pero han negociado con Sae la Grasienta para que pase una vez al día por su casa y se asegure de proporcionarle un alimento diferente a las botellas de licor.
— ¿Estás lista? — le pregunta Peeta al poco de despegar. Sus manos están entrelazadas.
— Por supuesto — contesta —. No sólo voy a ver a mi madre. También quiero ayudar, lo sabes. Aunque sea con nuestra presencia.
Peeta sonríe. Incluso ahora que Snow está muerto y que tienen una presidenta elegida democráticamente el pueblo sigue teniendo miedo. Es normal, porque apenas han pasado unos meses y es evidente que el pasado de Panem tardará décadas en ser olvidado. Incluso es posible que todo aquel con más de diez u once años nunca sea capaz de eliminar esa sensación de inseguridad que ahora mismo acompaña a todo el mundo.
Así que Katniss y él se desplazan no sólo para ayudar a los heridos que aún quedan - la mayoría gente trastornada mentalmente o que ha estado al borde la muerte- sino para mostrarle a la población que no tiene por qué temer. Que ellos, el símbolo de la revolución, siguen vivos y velando por ellos.
Supongo, piensa Peeta, que nunca nos libraremos totalmente del Sinsajo.
Cuando aterrizan ambos se levantan rápidamente de sus asientos y se apresuran en mirar al exterior, preparados para cualquier resultado.
Y al mirar a su alrededor los dos sonríen. En el Distrito 4 se las han arreglado mejor que en el 12, que es todo cenizas y chabolas. Las calles están ya medio reconstruidas y, aunque quedan los cimientos de las casas derruidas por las bombas, hay algunos edificios nuevos en pie.
La construcción del hospital está avanzada, pero no completa. Cuando lo esté, será un magnífico edificio de cuatro plantas preparado para albergar cientos de heridos si la situación lo requiriese -por ejemplo, en una epidemia similar a la de sarampión que asoló al 13- . De momento, los pacientes descansan en un almacén acondicionado para ese fin; es uno de los pocos edificios que sobrevivió a las bombas.
Caminan hasta el edificio. La gente que hay en la calle los observa y cuchichea, pero ninguno se dirige la ellos. Más bien los observan con una especie de respeto reverencial.
Cuando entran al almacén se sienten orgullosos de lo que los médicos y soldados rebeldes han logrado hacer con el almacén.
No tiene nada que ver con la enfermería improvisada que Katniss vio en plena guerra. Los enfermos ya no están amontonados en catres y en el suelo, sino que todos tienen una cama asignada. No huele a muerte ni a descomposición; huele a vendas esterilizadas y a esperanza.
Katniss y Peeta avanzan entre las camas. La gente del hospital sí los saluda y los llama por sus nombres. La mayoría son quemados o heridos de bala que necesitan una larga rehabilitación antes de volver a casa. Hay algunos que han quedado trastornados después del horror de la guerra y deben permanecer encadenados y vigilados para que no le hagan daño a nadie. Estos últimos se encuentran al fondo, separados de los demás pacientes por una especie de pared de cristal. Los pacientes más jóvenes, desde los adolescentes de quince o dieciséis años hasta los bebés, se encuentran en la parte izquierda del almacén. Katniss y Peeta calculan que debe de haber entre cuatrocientos y quinientos enfermos en total.
La madre de Katniss sonríe cuando los ve. Está hablando con un muchacho al que le falta un ojo y tiene severas marcas de quemaduras en los brazos y piernas.
—Hola, mamá — dice Katniss cuando el chico se va, y suena nerviosa, pero, a pesar de ello, no puede evitar expresar su orgullo —. Veo que estáis haciendo muy buen trabajo por aquí.
— Sí, bueno, esta gente podría estar mejor si el hospital estuviera listo, pero… supongo que no está mal — parece emocionada —. La gran mayoría de los que quedan aquí sobrevivirán. Muchos han necesitado cuidados intensivos durante meses — señala con la cabeza al adolescente que estaba hablando con ella —. Él estaba con en casa cuando cayeron las bombas. Creíamos que no sobreviviría y, ahí está. En unos días podrá irse a casa. Y hay muchos como él — calla y mira a su hija —. El problema más grave que estamos teniendo es con los niños. Muchos han perdido a sus padres y los adultos que quedan no están en condiciones de adoptarlos. Es extraño, porque en este distrito han sobrevivido muchos más niños que en los otros. Supongo que en parte porque la población era algo superior…
La voz de la madre de Katniss se va apagando hasta que calla de nuevo y mira al vacío. Y su hija sabe que está pensando en Prim en esos momentos, preguntándose por qué ella no es uno de esos niños que ha sobrevivido a la guerra.
— Pero eso es bueno — se apresura a decir Peeta, que también ha perdido a sus hermanos —. Aunque no tengan nadie que los cuide, ¿no? Es mejor eso a que hayan muerto.
— Por supuesto. Hemos pensado en enviar a otro Distritos a los que finalmente no puedan ser acogidos por alguna familia aquí.
Katniss baja la cabeza y aprieta las manos. Recuerda a la niñita del abrigo amarillo sacudiendo a su madre muerta en el suelo para luego ser asesinada ella misma.
— En el Capitolio debe de haber mucha gente deseosa de volver a tener niños en casa — dice, y le tiembla la voz. Recuerda a los pequeños saltando por los aires y envueltos en llamas.
— Es una opción que ya hemos sopesado. Mañana vienen las cámaras; vamos a hacer unos anuncios llamando a las familias deseosas de acoger — Katniss suspira y se esfuerza por sonreír.
— Eso es bueno.
El resto del día lo dedican a que la madre de Katniss les enseñe con más detalle el improvisado hospital. Al llegar a la zona de los enfermos mentales - de los cuales algunos, dicen los médicos, deberán quedarse bajo vigilancia de por vida - Peeta cierra los ojos y aprieta el puño que tiene libre y el que sostiene la mano de Katniss con fuerza, y se mantiene así unos minutos. Al volver a abrir los ojos, está sudando y se siente mareado, pero sigue con la visita.
No se permite descansar hasta la noche, cuando duerme con Katniss en un pequeño catre que la madre de ella les ha preparado en medio del pequeño apartamento que le han asignado.
A la mañana siguiente se ponen en marcha: Katniss se dirige al hospital por la mañana para hablar con los pacientes y darles ánimos. Por la tarde tiene planeado ir junto a Peeta, que ya se ha puesto en ello, a ayudar a los ciudadanos con la reconstrucción de los edificios.
De esta manera, ella ya está a las nueve de la mañana en el almacén, recibiendo la atención de cuatrocientas personas, cosa que odia.
— Yo estaba con tu hermana — le dice al cabo del rato, cuando los pacientes ya has comenzado a dispersarse, una chica.
Katniss la mira. Tiene quemaduras por todo el rostro y la mayoría de la piel visible.
— Siento mucho su pérdida. No se puede decir que fuésemos amigas, pero me caía bien — sigue la muchacha. Las heridas y el rostro desfigurado no permiten calcular con exactitud su edad, pero no parece pasar de los veintitantos.
—¿Tú también estabas en el ataque? — pregunta, y la muchacha asiente.
—He estado muy mal. Hasta el mes pasado los médicos estaban seguros de que moriría al día siguiente. Pero aquí estoy — le tiende una mano —. Me llamo Desdémona.
Katniss se la estrecha sin ganas. Siente una punzada de odio hacia la chica por haber sobrevivido ella, aunque desfigurada, en lugar de Prim, pero trata de espantar esos pensamientos con rapidez. Los únicos culpables de la muerte de su hermana son Coin y Snow, y ellos ya están muertos. Los supervivientes no tienen la culpa.
— Encantada. Creía que a los heridos en el bombardeo del Capitolio los trataban allí.
— Y así es, pero hace un par de semanas, cuando ya estaba suficientemente fuerte, pedí que me trasladaran a mi Distrito natal. En realidad, queda mucha gente de todos os Distritos en el Capitolio, porque aquí no cabemos todos. A mí me darán el alta en una semana o dos y entonces me quedaré en el hospital para ayudar a los heridos que aún queden.
Katniss sabe que, aunque se esfuerce, no va a conseguir hacer esfumarse la repentina sensación de odio. Siente unas ganas horribles de correr. Salir de ese sitio lleno de gente que tres meses después de la guerra aún no ha sanado del todo y chillar al aire libre. Cualquier cosa que no sea gritar a una pobre lisiada que no tiene culpa de nada. Porque ahora mismo eso es lo que le pide el cuerpo.
— Lo siento. Tengo que irme.
Y se va. Sale del hospital, a pesar de que no hace ni hora y media que ha llegado y corre hasta que encuentra un pequeño callejón entre los muros de dos de los edificios recién construidos. Y gime y llora hasta que no puede más. Llora por Prim, a la que ayer mismo dejó flores frescas en su tumba.
Mientras tanto, Peeta se entrega a las labores de reconstrucción. La gente del Distrito 4 es buena. La costa este del Distrito está bañada por el mar, y es en esa zona donde Peeta acude para las labores de reconstrucción. Los pescadores que han sobrevivido necesitan recuperar sus casitas frente al mar cuanto antes; todos ellos desean olvidar la guerra y volver a la rutina -sólo que ahora será una rutina que no los hará sentir esclavos, incluso por mucho que el Distrito 4 fuese uno de los que disfrutaba de mayor calidad de vida durante el régimen de Snow -.
A Peeta resulta que le gusta le mar; lo mira con sus ojos de pintor y se pregunta si podrá convencer a Katniss para volver en el futuro, una vez todo haya vuelto a calmarse. Por primera vez en su vida piensa en plasmar en el lienzo escenas completamente ajenas a los Juegos del Hambre o a la destrucción en general.
Los pescadores son amables; le dan conversación y le aseguran que no lo odian por haber pedido a los rebeldes que detuvieran el fuego. Todos comprenden que lo hacía para proteger a Katniss y porque estaba bajo tortura. Y, una vez oye Peeta esas palabras de apoyo, siente como parte del peso que carga sobre los hombros se aligera.
— Antes la cuidad tenía unos cuarenta mil habitantes — le dice un anciano al que le faltan los dos dientes delanteros —. Unos cinco mil o cinco mil quinientos nos dedicábamos a la pesca. Otros seis mil o siete mil a tareas relacionadas también con el pescado o el mar. He oído decir que la población total se ha reducido a unos veinte mil. Los que vivíamos más cerca de la costa tuvimos suerte, porque la mayoría de las bombas cayeron en el centro de la ciudad. De los cinco mil pescadores hemos sobrevivido alrededor de tres cuartas partes. Quedan casi quinientos heridos en el hospital y otros tantos en el Capitolio — luego calla y añade con pesar —. Perdí a mi nieto en los bombardeos. Mi nieta ha sobrevivido, pero se ha quedado trastornada. Me han permitido llevármela a casa, pero es que encima tiene tantas quemaduras… No sé qué será de ella cuando yo no esté, porque soy la única familia que tiene.
Peeta mira al anciano apenado. Normalmente las palabras son lo suyo, pero no está muy seguro de que debería decir. Finalmente las palabras brotan por sí solas.
—Mi Distrito era pequeño; tenía unos diez mil habitantes. Quedan cuatro mil. Yo perdí a mis padres y mis hermanos. Ni siquiera pudieron identificarlos; lo más probable es que estén todos enterrados en una de las fosas comunes del Distrito.
Los pescadores no se compadecen de él, sino que cada uno empieza a contar su historia mientras cargan tablones y pegan con los martillos a los clavos. Todos han perdido a alguien; unos a sus hijos, o nietos, o esposas, maridos, amigos… Al fin y al cabo, se calcula que prácticamente la mitad de la población de Panem ha muerto durante la corta guerra o poco después.
Al final, Peeta acaba sintiéndose como uno más. Y se da cuenta de que las heridas son profundas en el alma de toda esa gente, pero soportables en la mayoría de los casos. Y tiene más ganas que nunca de plasmar el azul del mar.
Extrañamente, su tonalidad le recuerda al color de los ojos de Finnick y a la de muchos de los pescadores. Acaba pensando que el color verde es característico de los pescadores de la misma forma que el gris en los ojos de los habitantes de la Veta. Y no sabe por qué, pero ese pensamiento le reconforta.
