Parte VI: Curar heridas

Katniss no aparece por la tarde para ayudar a los pescadores. Peeta se extraña, pero trata de no preocuparse demasiado. Supone que se habrá quedado ayudando en el hospital y que ya la verá por la noche.

El día le resulta agotador, pero cuando vuelve al apartamento asignado a la madre de Katniss se siente realizado consigo mismo. Es genial sentir el calor de esa gente y ver que no los culpan por nada. Que, lejos de ello, les agradecen haberlos librado de la tiranía de Snow por mucho de hayan tenido que pagar un alto precio a cambio.

Es al llegar a la casita cuando ve que algo no encaja. Es tarde y Katniss ya debería de estar allí. Su madre ha de dormir esa noche en el hospital, así que es de suponer que ella debe de regresar sola.

Trata de no alarmarse demasiado. Si lo hace sufrirá otro ataque y el día ha sido demasiado bueno-aunque sabe que es raro decir eso cuando sus tareas han consistido en reconstruir hogares devastados y escuchar los lamentos de un puñado de hombres que lo han perdido todo- como para que se arruine ahora.

Sabe que Katniss probablemente sigue en el hospital, pero decide ir hasta allí para verlo que hace y esperarla para regresar juntos.

Tarda pocos minutos en llegar al hospital. El apartamento está al lado, como los de todos los médicos, preparados por si es necesario ir en medio de la noche al almacén a cubrir una urgencia.

Y no, no la ve. Tampoco encuentra a la madre de Katniss, pero varios de los pacientes le dicen que sí, que ella estuvo por la mañana, pero que luego se marchó y ya no volvió en todo el día. Incluso una chica con terribles desfiguraciones le dice que se fue corriendo en una especie de estado de pánico mientras hablada con ella.

Vale, al menos ahora sabe lo que ha pasado con Katniss. No tiene que preocuparse porque la chica haya sufrido algún accidente o algo. Al menos ahora sabe que se marchó del hospital por voluntad propia. Eso lo tranquiliza un poco. Si hay algo que a Katniss sabe hacer es cuidar de sí misma. Lo demostró en la arena las dos primeras semanas y lo confirmó en la tercera, cuando hubo de cuidar de un Peeta malherido también.

Sin embargo, no puede evitar dar una ronda por los alrededores del hospital buscándola. Vale, quizá esté bien físicamente, pero en el tema de las emociones normalmente Katniss está tan indefensa como él cuando estaba retenido en el Capitolio. Sabe que no es una persona que acostumbre a expresar lo que siente, y esa es una de las causas que provocan que de vez en cuando sus traumas salgan a flote como en la erupción de un volcán; de improviso, con rapidez y destruyéndolo todo a su paso. Como con sus ataques, sólo que en menor medida.

Le cuesta una hora y media encontrarla. Está al fondo de un callejoncito no demasiado lejos del hospital, hecha un ovillo. Cuando se acerca a ella para preguntarle cómo se encuentra descubre que está dormida. Así que la carga con toda la delicadeza que su pierna ortopédica le permite hasta la casita de su madre. Katniss no se despierta por el camino, pero sí murmura y se revuelve entre los brazos de Peeta.

Media hora después de llegar, despierta de repente mientras grita.

— ¿Dónde estoy? —dice mientras mira a los lados.Tarda unos segundos -los mismos que tarda Peeta en llegar hasta ella— en identificar el lugar y comenzar acalmarse.

— Has tenido una pesadilla, ¿verdad? Cuando te traía estabas un poco agitada, pero te has calmado en cuanto hemos llegado.

— He soñado con los mutos. Ya sabes, los lobos que tenían los ojos de los tributos. Pero… ¿qué hago aquí? No recuerdo haber venido, Peeta.

— Katniss, te he traído yo. Fui al hospital y no estabas, así que busqué — le dice dulcemente mientras se sienta a su lado—. Ahora dime, ¿qué hacías allí?

Ella se muerde los labios y lo mira apenada.

— Estaba hablando con una chica y… me acordé de Prim. Era su compañera. Y… no sé, pero me dieron ganas de… no sé de qué. De hacerle daño, creo. Corrí para evitarlo… yo… — calla porque sabe que si no lo hace romperá a llorar y odia hacerlo.

Peeta la abraza con cuidado.

— Pero, Peeta… Todas esas horas sola me han ayudado. Creo que sé una forma de superar lo de Prim… al menos en parte — suspira y sigue —. Llevamos tres meses prácticamente encerrados en nuestras casas. Ver a esta gente me ha hecho recordar que nuestra función no ha acabado del todo —se separa de él y lo mira —. Peeta, quiero hacer una gira similar a la que tuvimos al acabar nuestros primeros Juegos. Pero esta vez sin discursos escritos y sin muertes… Y también quiero ver a la familia de Rue y asegurarme de que está bien. Y ayudarles en todo lo posible.

— Has… ¿has pensado en la posibilidad de que hayan muerto? — dice Peeta. No desea que Katniss se lleve un nuevo golpe si visitan el Distrito 11 y no encuentra a la familia de la niña entre los supervivientes.

— Sí, lo he pensado. Pero si están muertos también tengo que saberlo. Se lo debo a Rue, Peeta. Ella… con ella empezó todo, en cierta forma. ¿No fue el cubrirla de flores mi primer desafío directo al Capitolio?

Peeta asiente con la cabeza. No le parece nada descabellado lo que acaba de decir Katniss. Lo de la gira por los Distritos. Es más, piensa que es lo más justo para la gente superviviente; saber que quienes formaron parte del corazón de la revolución siguen ahí.

También piensa en cuánto necesita ella lo otro; saber qué fue de la familia de Rue y si puede hacer algo por ellos. Para sus adentros piensa que quizá también le vaya bien hablar con las familias de todos los chicos a los que se vio obligada a matar. Los que sigan vivos, claro.

— Vale. Llamaré a Haymitch. Y nos organizaremos con Paylor.

Luego Katniss susurra un "gracias" y no vuelven a hablar en toda la noche.

Al día siguiente Peeta se pone manos a la obra antes de acudir de nuevo junto a los pescadores. Deja que Katniss duerma hasta que sea la hora de irse. El esfuerzo mental del día anterior la ha dejado agotada.

No haba directamente con Paylor, claro -reconstruir un país desde sus cimientos es una tarea ardua - pero su asistente promete que le dejará el recado. Incluso le dice que está un poco sorprendido por la llamada, porque le consta que la Presidente ya había encargado comenzar a organizar una gira similar a la que ha pensado Peeta.

El chico cuelga el teléfono complacido. Algo le dice que Paylor sabrá cómo hacer que Panem se recomponga lo antes posible.

Sonriendo, despierta a Katniss y le pide que se dé prisa al vestirse. Aún no le ha contado la impresión que le causó el color del mar y la fuerza que emana porque sabe que ella sentirá lo mismo cuando lo vea.

— He hablado con Paylor. Bueno, más bien con su secretario— le dice de camino a la costa —. Ella misma estaba planeando hacernos visitar los Distritos para subir la moral de la gente, así que no hay problema. Nos llamará para darnos fechas, pero no creo que tardemos más de dos o tres semanas en partir.

Ella no dice nada. Parece pensativa.

— Peeta, ayer, antes de dormir, me acordé de Gale. Me he dado cuenta que hace siglos que no lo veo. No sabía si sería bueno para él después de todo lo que ha pasado —añade con inseguridad.

— No te preocupes. Entiendo que tengas ganas de ver a tu amigo. Tendrás tiempo de hablar con él cuando visitemos el Distrito 2.

— Eso es verdad… ¿Crees que se sentirá herido todavía? — a Katniss le resulta realmente extraño hablar de ello con Peeta.

— Tú sabrás; lo conoces mejor que yo. Pero no creo que le perjudique volver a veros. Probablemente lo alegrará. Además, a mí también me gustaría zanjar un par de asuntos con él.

— ¿Qué clase de asuntos?

Peeta sólo dice que nada que lo que ella deba preocuparse, pero no contesta a la pregunta de Katniss. La chica no insiste. Supone que será algo relacionado a la conversación que les escuchó en el almacén de Tigris el día antes de tomar el Capitolio. Decide que se merecen acabarla sin que ella se meta por medio.

Los pescadores la reciben con calidez y parecen complacidos de su capacidad de esfuerzo. Katniss carga tablas bastante más pesadas de lo que una chica normal de su tamaño podría. No llega a igualar la fuerza de Peeta, por supuesto, pero aguanta lo suficiente como para ser útil. Además, se esfuerza por mantenerse animada y su buen humor se contagia a los pescadores, que llegan a reírse -con una risa apagada y que casi suena triste- con bromas de Peeta y el rostro de esfuerzo de Katniss al levantar cosas que pesan, como mínimo, la mitad que ella.

Ambos llegan a la casita de la madre por la noche. Caen rendidos en el catre preparado en el salón y duermen hasta tarde.

A la mañana siguiente vuelven al Distrito 12, deseosos de recibir el aviso de Paylor cuanto antes. Esperan que sea pronto, porque algo les dice que después de eso ambos podrán cerrar definitivamente ese capítulo de sus vidas.

Lo primero que hacen al regresar a casa es visitar a Haymitch. Parece que Sae la Sangrienta se ha ocupado bien de él -Hazelle ha marchado temporalmente junto con sus hijos al Distrito 2-, porque aunque la casa no está del todo limpia, tampoco es el revoltijo de botellas vacías y ropa usada que inundaba la casa cuando lo conocieron.

Encuentran a Haymitch tirado en el sofá. Ronca sonoramente y el olor que desprende su aliento indica que está tan borracho como de costumbre y deciden que no es el momento de hablar con él. Ya le comunicaran sus propósitos de visitar los Distritos cuando la borrachera haya sido sustituida por resaca.

Se limitan a dejarle una nota saludándolo -aunque probablemente cuando vuelvan en unas horas Haymitch seguirá durmiendo-.

El resto de la tarde lo dedican a añadir un nuevo dibujo al librito en el que Katniss ha reunido todas las imágenes que desea recordar: Peeta plasma el verde del mar y a los pescadores del Distrito 4.