Parte IX: El desprecio del Distrito 1

Peeta y Katniss continúan con su agenda tras el encuentro con la hermana de Rue.

Antes de dejar el 11 le ofrecen venir con ellos y continuar la gira a su lado, pero ella lo rechaza al instante. A pesar de todas las cosas atroces que ha visto todavía le tiene terror a abandonar el Distrito en el que se ha criado. Quizá algo en su interior le dice que si se marcha una vez regrese lo encontrará tan devastado como al principio de la guerra, o incluso complemente borrado del mapa, como ha pasado con su familia. La misma Katniss conoce bien esa sensación, así que no trata de presionarla o insistir.

Los chicos, en general, son bien recibidos en todos los Distritos; especialmente en el 4, donde pronuncian conmovedores discursos acerca de Maggs y, especialmente, Finnick, que hacen que los pescadores del muelle sonrían e, incluso, algunos de los más jóvenes se atreven a vitorearlos. Toda la gente del Distrito pescador se siente orgullosa de que dos de sus paisanos diesen su vida por la causa de una forma tan noble.

En cuanto a la recepción de la gente, los problemas comienzan a presentárseles a partir del Distrito 2, donde algunas personas miran con un ligero rencor a ambos a pesar de que la gran mayoría parecen aliviados de que el régimen de Snow haya acabado.

Esa gente que los mira como con odio no son capaces de olvidar que Clove tal vez estaría viva si Tresh no hubiera salvado a Katniss. Tampoco son capaces de pasar por alto que fue la flecha de la chica la que ejecutó a Cato. Tal vez lo hiciera por piedad, pero eso no salva el hecho de que lo mató.

Al menos, eso es lo que parece pensar los miembros supervivientes de las familias de los dos tributos, que no dejan de observar atentamente a Peeta y Katniss en todo el discurso. Cuando acaban, se levantan con brusquedad y desaparecen; no se quedan a hablar con ellos, como sí han hecho los padres, amigos o hermanos de los otros tributos que compartieron con ellos la arena.

Además, Katniss se siente decepcionada al no ver a Gale entre el público, pues a pesar de todo no se ha olvidado de él y de la necesidad de que hablen. Cuando le pregunta Effie ésta responde que ha marchado al Distrito 11, ha ayudar allí con las tareas de reconstrucción.

Algo le dice entonces a la chica que su amigo ha hecho esto para evitarla, pero se guarda el comentario para ella misma. Decide que cuando acabe la gira, si para entonces todavía no ha localizado a su compañero, irá personalmente, y sin aviso, al lugar en el que se encuentre. Sabe que no puede retrasar mucho más su conversación.

Mientras marchan en aerodeslizador hacia el Distrito 1, el último antes de llegar al Capitolio, ni Katniss ni Peeta mencionan a Gale. Ambos lo han dejado de lado, incapaces de olvidar las expresiones de desprecio de la gente y de que en otros Distritos, lejos de mostrarles desprecio, las familias de los chicos a los que alguno de los dos han asesinado se han acercado a ellos también; la mayoría para hacerles saber que no les guardan rencor por haber acabado con la vida sus hijos.

— Estaban realmente furiosos con nosotros — le dice Katniss a su compañero cuando están a mitad de trayecto —. Les entiendo, pero… creo que si fuera Prim la que hubiera estado en los Juegos y otro chico la hubiera matado, no le habría culpado del todo a él. Sé que al principio lo hubiera odiado pero…

— No le des más vueltas, Katniss — la mira y sonríe, pero casi inmediatamente su rostro adquiere un semblante serio —. Cuenta que cuando esos chicos fueron elegidos sus familias se prepararon para verles morir. En los Distritos pobres, como el nuestro, saber que los Juegos se ven como un castigo — hace una pausa para suspirar —. Pero Cato y Clove fueron entrenados durante toda su infancia para ese momento. Sus familias no los dieron por perdidos cuando los eligieron; es por eso que sus seres queridos nos ven como unos asesinos mientras que en los demás Distritos nos consideran tan víctimas como a sus muertos.

— Supongo que tienes razón. Pero realmente pensaba que cuando viera a esa gente me sentiría mejor, como cuando hablé con la hermana de Rue… y… — a Katniss le comienzan a doler la garganta y el pecho mientras habla, así que se detiene. Pero lo que ha dicho ha sido suficiente para que Peea la comprenda.

— Yo también lo esperaba. Pero has de ser consciente que la mentalidad de la gente que ha pasado hambre toda su vida nunca será la misma que quien ha nacido con privilegios. Prepárate para el Distrito 1 — dice con crudeza — algo me dice que será mucho peor.

Al día siguiente Katniss advierte al instante que las predicciones de Peeta eran verdaderas, para su desgracuia. En el Distrito 1 no son sólo rencorosos los rostros de la gente que conoció a Grimmler, a Marvel y a Gloss. Son los rostros de casi toda la población.

Casi todos miran fijamente a Katniss, con los ojos abiertos de par en par. Todos y cada uno de ellos parecen querer recordarle que fue la responsable directa de la muerte de los tres; que no fue como con Cato, que en cualquier caso ya estaba condenado cuando ella tensó la flecha, y Clove, a quien no asesinó personalmente.

— Lo siento — son la primeras palabras que pronuncia al subir al escenario. Esta vez, piensa, no dejará que, como en la mayoría del resto de los Distritos, todo el peso del discurso recaiga sobre Peeta —. Sé que he asesinado a tres de vuestros miembros — aprieta el puño derecho y con la izquiera sujeta el micrófono con fuerza, tratando de mantener la compostura —. Pero cuando estás los Juegos no hay otra opción. Matas para sobrevivir — hace una pausa y mira a la gente, esperando ver en sus rostros algún gesto de comprensión. Traga saliva ante el ejército de bocas apretadas y narices arrugadas y sabe que hacer mella en las conciencias de la gente será complicado, si no imposible —. Sé que probablemente nunca podáis perdonarme. Pero quiero que sepáis que lo siento. Y que no toda la culpa es mía, aunque suene mal decirlo; si nunca hubieran existido los Juegos jamás habría conocido a Grimmler, Marvel o Gloss. Y no hubiera tenido que matarlos.

Las expresiones de algunos comienzan a relajarse. La madre de Grimmler — Katniss la reconoce porque parece un calco envejecido de su hija — solloza.

— Pensad en que ellos tres, y también Cashmere, fueron los últimos sacrificios que tuvisteis que entregar. Odiadme si queréis. Pero no olvidéis que gracias a que Snow ha caído no tendréis que entregar a vuestros hijos nunca más.

La gente comienza a murmurar, pero Peeta los calla con algunas frases que continúan con el hilo de lo que Katniss ha dicho. Cuando el discurso acaba la gente no vitorea, pero algunos aplauden quedamente y las expresiones de desprecio han desaparecido en gran parte de las personas.

Los chicos bajan del escenario satisfechos consigo mismos. Esperan unos minutos, deseando que algún amigo o hermano de los tributos fallecidos ese les acerque, pero, cuando ven que eso no va a suceder – cosa que no les extraña demasiado -, se retiran una vez más al apartamento preparado exclusivamente para ellos y Haymitch – quien, por cierto, logró convencer a Effie para tener el suficiente alcohol como para, sin emborracharse, sentirse satisfecho -.

— Ha estado bien, ¿no?

— Mejor de lo que esperaba — le responde Katniss a Peeta cuando están ya en su habitación del apartamento.

— Mañana iremos al Capitolio. ¿Estás lista?

— Supongo que sí — la chica se muerde los labios y suspira —. Después de lo de estos dos últimos Distritos estoy lista para cualquier cosa que se avecine.

Peeta sonríe. La abraza. Y le susurra que él también está listo. Que todo irá bien.

— Supongo que los del Capitolio no pueden ser tan malos. No todos, al menos. Cinna había nacido allí, y era una de las mejores personas que he conocido nunca — le dice a Peeta mientras se recuesta junto a él en la cama.

— Lo sé. La mía también era bueno.

Luego se quedan en silencio. No tardan en dormirse. Octavia, Flavius y Venia los despiertan un par de horas después. Los chicos montan en el aerodeslizador, rumbo al Capitolio.

Mientras vuelan los asaltan las dudas.

Peeta teme tener un ataque en medio de la plaza del Capitolio, mientras esté dando el discurso. El último ataque lo ha tenido tres días después, aunque mucho más leve que los anteriores.

A pesar de ello trata de mantener la calma. Pasa todo el camino en silencio, tratando de mentalizarse para lo que va a vivir y adivinar con antelación todas las emociones que, sabe, entrarán en él como un torrente en cuando ponga un pie en el Capitolio.

No importa lo que le haya dicho a Katniss para tranquilizarla – la guerra le ha enseñado a mentir un poco mejor – está tan nervioso como ella y no puede evitarlo.

En cuanto a la chica, su mayor temor es la posibilidad de echarse atrás cuando vea la plaza en la que meses atrás su hermana saltó por los aires. Sabe que le ha dicho a Peeta y a sí misma que puede hacerlo, pero en esos momentos no está tan segura de ello.

Además, está la visión de todas esas personas mirándola. Siente que no será lo mismo que en los Distritos, ni siquiera como en el 1 o el 2, porque, a pesar de todo, todas esas personas no saben lo que es el tener que entregar a tus hijos o sufrir el azote del hambre día tras día. Y no puede tratar de evitar pensar en todos ellos mirándola mientras se desarrollaban sus primeros Juegos del Hambre, observando la pantalla como si los chicos que se mataban los unos a los otros fueran menos que animales.

Trata de imaginarse a todos los habitantes del Capitolio como el valiente y siempre comprensivo Cinna. Trata de decirse que no son malos; que ellos también son víctimas en cierta forma, porque, aunque sin ser del todo conscientes, Snow ha jugado con ellos tanto como con cualquier otra persona de Panem.

Pero eso no la calma. Incluso ese pensamiento llega a estresarla más; una vocecita en su cabeza le dice, mientras trata de crear esa imagen mental, una en la que todo el mundo es como su preparador personal, que sólo había un Cinna en todo el mundo. Y que él está muerto.

Así que, conforme se acercan al Capitolio, el nerviosismo de Katniss va en aumento y, al descender del aerodeslizador, vomita.

Mientras lo hace Peeta la agarra de los cabellos. Se abstiene de contarle a su pareja que él ha estado a punto de hacer lo mismo en varias ocasiones durante el trayecto.

Luego, se dirigen al apartamento preparado para ellos. El nerviosismo no les permite dormir demasiado, a pesar de su agotamiento.

Al cabo de unas horas amanece. Y con el sol llega la hora de la verdad.

Antes de que Venia, Flavius y Octavia lleguen al apartamento para vestirlos con sendos vestidos blancos se abrazan y, aunque no dicen nada, ambos saben que el otro comparte sus mismos temores.

Las horas de espera hasta el momento de subir al escenario se les hacen interminables. Pero finalmente acaban.