Primero que nada, lamento mucho la demora. En estos momentos no cuento con el servicio de internet en casa y por lo tanto no soy libre de subir los episodios como me gustaría.
En segunda, vuelvo de nueva cuenta a molestarles con mis escritos. En esta ocasión con el segundo episodio de Diamante negro. Pero antes de pasar al episodio déjenme comentarles algo.
Necesito agregar unas cuantas advertencias más. Se fueron dando entre más fui escribiendo. No son para este episodio, pero si no las comento ahora luego podría pasárseme.
1) Insinuación de incesto.
2) Personajes propios.
3) Una pareja extraña. ¿A qué me refiero? Bueno eso se sabrá mejor en el próximo episodio.
4) Ammm, esto más bien sería un aviso, probablemente tenga que cambiar la clasificación de la historia de T a M. No es seguro, pero si se llegase a necesitar dependiendo de como se desarrollen las escenas podría cambiar.
Lo digo por que tengo la mala costumbre de ir publicando conforme voy escribiendo así que a veces no es 100% seguro lo que se va a publicar.
Ahora sí, ¡a leer se ha dicho!
Capítulo II
Esa tarde se acostó temprano. Luego de terminar con el papeleo que necesitaría para el día siguiente y de tomar su medicamento decidió que lo preferible era descansar.
Miró el reloj en el buró y se fijó en la hora que marcaba. 6:24 PM, a esa hora era más que seguro que tanto Estados Unidos como compañía se habían marchado ya. No había mentido cuando dijo que sería una lástima no poder acompañarlos, pero sí en la razón por la cual no podía ir. Aquella mañana no se había sentido muy bien y aún así asistió a la reunión. Quería verlo, esa había sido la razón de desatenderse completamente. Unas cuantas pastillas y la reunión había sido soportable, a excepción del horrible dolor de cabeza que le aquejaba.
Cuando había dicho que tenía planes con otra persona lo hizo porque fue lo primero que se le ocurrió, además, con tremenda excusa Estados Unidos no insistiría. No quería que se enterara de aquello. El descanso era la mejor opción para recuperarse y poder verlo de nuevo en la reunión sin que nadie lo mirase mal o sospechara cuando se quedaba viéndolo tan directamente. Definitivamente aquello era lo mejor.
La noche encendió las luces de casas y negocios pero la habitación de Inglaterra seguía en penumbras. Cuando volvió a abrir los ojos de nueva cuenta se fijó en el reloj. Eran las 11:53 y hasta ahora había descansado bien. Se levantó al baño y regreso unos cuantos minutos después. La hora en el reloj no había cambiado mucho. Cerró los ojos esperando despertar justamente en la mañana del día siguiente.
Los golpes en su puerta eran escandalosos por demás. Aún un tanto adormilado intentó comprender que era lo que estaba pasando.
— ¡Abre la puerta Inglaterra!
Se talló los ojos pretendiendo mejorar su vista, pero ante tal oscuridad aquello no fue muy eficiente.
— ¡Inglaterra! ¡Por Dios, es una emergencia!
Sin encender la luz se fue tanteando el camino hasta la puerta, demasiado silencioso como para advertir a quien le llamaba que se estaba acercando. De pronto el escándalo cedió e Inglaterra creyó que se habían ido, aún así abrió.
— Hasta que te dignas a abrir.
Con la iluminación del pasillo y ya más despierto identificarlo fue mucho más sencillo.
— ¿Qué es lo que se te ofrece, Francia?
Su voz sonó un tanto rasposa. Seguramente por estar durmiendo recién y también por la resequedad. Inconscientemente Francia tragó saliva y se tocó la garganta. De pronto volvió a mostrarse angustiado.
— ¡Han desaparecido! ¡Un extraño sujeto se los ha llevado como por arte de magia y yo no he podido hacer nada para ayudarlos!
— ¿A quienes?
Entrecerró los ojos luego de estornudar y Francia se quedó perdido mirándolo. Para Francia aquello fue terrible. ¿Qué más le podía pasar? Alemania no aparecía y la única persona capacitada para el auxilio ni siquiera le prestaba la debida atención.
— Escúchame bien porque necesito toda la ayuda que puedas darme.
— Sólo espero que no sea una broma más tuya.
— No lo es. Puedo jurártelo por Paris que tanto aprecio.
— Dilo ya.
— Italia, Japón y América han desaparecido.
— Salieron a pasear. De seguro todavía están…
— No, te equivocas. Me los he encontrado en el centro e incluso paseamos juntos. Te digo que han desaparecido, frente a mis ojos.
— ¿Estás seguro?
— Lo vi. Estoy seguro de lo que vi. Un hombre se apareció frente a nosotros, dijo algo como "Vengan conmigo" y después desaparecieron.
— ¿Fueron tras él?
— Desaparecieron, qué parte no entiendes. Como si nunca hubieran estado ahí. Como si algo se los hubiera tragado, como si… como si…
Aquello lucía sumamente raro, a su parecer, Francia estaba un poco ebrio.
— ¿Cuánto tomaste?
— No lo suficiente como para alucinar algo así.
Guardó silencio por un momento y luego habló.
— ¿Por qué me pides ayuda a mí?
No quería sonar grosero, sólo tenía esa duda.
— ¿América te dice algo? Además, eres el único lunático que me creería.
Calló y boqueó un poco pero no dijo más ni se sintió ofendido. Inglaterra cerró la puerta tan delicadamente que verdaderamente no parecía que iba a hacerlo. Por fuera de la habitación Francia se quedó con la cara fruncida por el supuesto desaire. Eso se ganaba por ir con el engreído de Inglaterra. ¿Qué le importaba a él que nadie le creyera? Después de todo, él estaba bien, no le había ocurrido nada. Pobres de aquellos a quienes nadie había querido ayudar, ya después se lamentarían los necios que no le habían querido creer. Mientras divagaba, Inglaterra buscó entre su maleta una buena bufanda y una gabardina y sin cambiarse la ropa de cama ya una vez cubierto salió. Francia estaba tan enfrascado en su divagar interno que se olvidó de retirarse indignado. Inglaterra lo miró extrañado por su actuar y después lo interrumpió.
— Vamos a buscarlos. Primero me llevarás al lugar donde los viste por última vez y de ahí iniciaremos su búsqueda. Pero no te quedes con la boca abierta, muévete.
El reloj de buró marcó las 2:40 AM cuando ellos finalmente salieron del hotel.
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Luego de que Estados Unidos quedara inconsciente las cosas habían pasado a ser relativamente confusas para todos. De momento, Italia se había alejado de Ludwig, como Japón había relacionado que se llamaba realmente. Él por su parte aún seguía sujetado por los hombres que miraban junto a los demás la extraña escena. Si Japón no conociera los gestos habituales de Alemania no podría percibir el desconcierto en la expresión de Ludwig. Parecía que no podía creer que había dejado inconsciente a un hombre con tan solo un golpe.
— Recuéstenlo en el suelo.
— ¿América?
Veneciano se acercó a Estados Unidos en cuanto lo tendieron en el suelo. Japón se quedó quieto donde mismo observando lo que ocurría antes de decidirse a hacer algo. La fuerza de los hombres que lo sostenían había decaído, si se movía rápido podría soltarse en cualquier momento pero prefirió esperar, algo dentro de si le pedía que esperara.
— Aléjate de él, Feliciano.
— ¿Por qué le pegaste? América no ha hecho nada malo, incluso Inglaterra lo felicitó.
Ludwig miró a Italia como si le estuviera hablando en otro idioma.
— ¿América, Inglaterra? ¿De quiénes me estás hablando?
— De nuestros compañeros, de otras naciones como nosotros. ¿Acaso América hizo algo que te molestó? Perdónalo por favor, de seguro que no tenía intención de molestarte tanto.
— Feliciano, levántate. Y-ya no llores.
Ante la mirada apenada de Ludwig, Japón se fijó que aquella escena variaba solo muy poco a una común entre el joven Italia y Alemania. Pero en cierta forma parecía que Ludwig no estaba acostumbrado a tratar con tanta sensibilidad.
— Señor Ludwig, aquí tenemos a otro.
Los hombres que lo sujetaban llamaron la atención de Ludwig. Este se acercó hasta ellos y dejó a Italia junto a Estados Unidos. Japón quiso soltarse pero ya lo habían vuelto a sujetar con bastante fuerza, aún así le plantó una mirada decidida y serena al hombre que miraba su rostro con sumo detalle.
— Te me haces conocido. ¿Eres secuaz de Alfred Jones?
— No conozco a ningún Alfred Jones. Pero si lo que quiere saber es si estoy de parte del hombre que acaba golpear, entonces probablemente lo estoy.
— Ese hombre es Alfred Jones, y me dices que estás de su parte pero que no conoces a ningún Alfred Jones. ¿Estás jugando conmigo?
Señaló con completo descaro a Estados Unidos. Japón solo asintió quedamente conforme le contestó.
— Algo así.
Al parecer, el ataque de rabia del hombre lo había provocado el ver a Estados Unidos, porque ahora podía hablar relativamente tranquilo con él.
— Le aseguro que todo esto se debe a un malentendido. América-san no es quien usted cree.
— ¿Un malentendido dices? Es demasiado fantasioso.
— Pero así es.
La curiosidad de todos los mantenía sujetos a las conversación de ambos, incluso el joven Veneciano los miraba atento. Ludwig parecía contrariado por lo que estaba escuchando.
— ¿Entonces que es lo que pretendas que crea? ¿Qué Alfred Jones no es Alfred Jones?
— Pretendo que confié en mi palabra. El hombre que mantiene atado no es el hombre que busca.
— Es demasiado presuntuoso lo que pides. Todos conocemos el rostro del mayor enemigo del reino ¿cómo podrían tantas personas confundir una cara?
— Lamento no tener una respuesta para eso.
— ¿Ya no estás enojado Alemania?
Veneciano volvió al ataque de Ludwig, al parecer aún no comprendía que no eran la misma persona.
— ¿Señor Ludwig, qué vamos a hacer con ellos?
Ludwig meditó ligeramente lo que tenía que hacer, o por lo menos eso es lo que parecía.
— Los llevaremos al castillo, ya ellos decidirán lo que harán. La única persona que puede decirnos realmente si es o no Jones es el Rey.
— ¿No me cree?
— Dudo de tus palabras, es cierto. Aunque me hablas con total seguridad lo que me dices es absurdo. Suena como si este hombre fuera el doble de Jones, y eso lo dudo.
— Japón nunca nos ha mentido. Alemania tienes que creerle.
— Necesito que los aten bien a los caballos, partimos en cuanto estén listos. Quiero volver a Odeth antes del anochecer.
— Jones está inconsciente señor.
— Entonces despiértenlo.
— Alemania…
— Y aten a Feliciano también.
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— Japón, no pude hacer nada para ayudarlos, lo siento.
Italia lo miró con sus ojos semiabiertos mientras seguía caminando detrás del caballo de Ludwig. Los tres llevaban las manos enlazadas a una misma cuerda lo suficientemente larga como para atarlos a un respectivo caballo a cada uno. Ese estilo de transporte no se veía ya en la actualidad.
— No te preocupes Italia-kun. No debí gritarte. El que lo siente soy yo.
— ¿Qué vamos a hacer?
— No lo sé Italia-kun.
— Dejen de decir cosas cursis. Tenemos que desatarnos.
— ¿Y cómo se supone que hagamos eso?
— Tal vez podrías usar tu súper fuerza. Ve~.
— ¡Cállense los tres! ¡¿No se los había dicho ya?
Ludwig volteó su cabeza para mirarlos amenazadoramente. Desde que Estados Unidos había sido despertado no habían parado de hablar y de igual manera, el mal humor del rubio montado se había vuelto peor.
— ¡Cállate tú! ¡No esperes misericordia cuando necesites que te prese dinero! Y exijo que llames a mi abogado. ¡Esto es un atropello a mis derechos!
— América-san, tranquilícese.
— No quiero que Alemania vuelva a enojarse con nosotros.
Japón se sentía confundido. Las cosas eran extrañas, sí, pero ¿por qué era el único que se había dado cuenta de que ese no era Alemania? Incluso si lo pensaba más seriamente, ¿Por qué el mismo Ludwig seguía confundiendo a Italia y a Estados Unidos? ¿La apariencia en ambos casos sería tan parecida que se prestaba a una confusión de ese grado? Y no solo Ludwig, también toda la gente que lo acompañaba. ¿Histeria colectiva?
No era difícil entender que Ludwig era una persona de autoridad en aquel pueblo. ¿Pero qué tanta influencia tenía en los demás? ¿Por qué se estaba preguntando ese tipo de cosas? Tal vez por lo que había dicho momentos antes de golpear a Estados Unidos. Ludwig debía repudiar al tal Alfred si trataba de tal manera a Estados Unidos. No solo en sus actos si no hasta en la forma en la que le hablaba y se dirigía a él. Entonces si lo consideraba como al asesino de su hermano no era de extrañar que quisiera matarlo. Pero hasta ahora se había contenido, en cierta medida por supuesto.
Quizás y podía entender mejor la situación que los demás por su exagerada imaginación; no es que no supiera separar la fantasía de la realidad. Si revisaba la situación de manera normal nada de lo que ocurría parecía lógico, pero si dejaba volar su imaginación las cosas adquirían mucho más sentido que antes. La idea de un mundo alterno no parecía tan descabellada y resultaba fácil entender el por qué Estados Unidos estaba siendo confundido con su otro yo. Entonces, era obvio que cada uno de ellos tenía su contraparte, así como el propio Ludwig lo era de Alemania.
Y si sus deducciones no eran erróneas la única persona que pudiese ser equivalente con el hermano de Ludwig sería el mismo Prusia. ¿Prusia había muerto? No, no debía equivocarse. En este mundo el hombre tendría otro nombre. Que fácil había dado por cierta aquella teoría.
Independientemente de todo, Japón quería creer que todo eso se resolvería. Que tarde o temprano terminarían comprobando que se habían equivocado de persona e incluso que se ofrecerían a ayudarlos. Pero todo aquello lucía tan presuntuoso ahora.
Los tres siguieron caminando un largo trayecto más. Pese a su condición, aún y si tenía que arrastrar a ratos su pierna herida Estados Unidos siguió adelante. Italia pedía a Ludwig que se detuviera para que descansaran y lo único que obtenían era que disminuyera la velocidad, pero aquello era mejor que nada. Japón contempló el camino en silencio mientras Estados Unidos conversaba animadamente con Italia; parecía que de esa forma podía distraerse del dolor. Fue así que Japón se dio cuenta de que había un pequeño pueblo cercano a las ruinas donde ellos se habían escondido al principio. Y a la distancia podía verse el castillo que tanto había mencionado Ludwig. No tan lejano en realidad, pero debido a la velocidad en que se movían parecía que nunca llegarían hasta allá. El paisaje se parecía tanto al que describían en las historias medievales. Eso era sorprendente para él.
Ludwig y los otros cuatro hombres que le acompañaban iban montados a caballo, él al frente y al medio junto a otro dos, y los otros dos restantes detrás de ellos. Realmente creían que intentarían escapar. Pero aún y contando con la extraordinaria fuerza de Estados Unidos aquello era inútil. Podían luchar, eso sí, pero no les serviría de nada siendo que estaban atados, cansados e incluso heridos y los otros incluso llevaban armas.
Si tan solo pudiese pensar en una manera de ayudarlos a todos y alejarse de ahí. Pero aún y si lo lograse, presumiendo de la fama que se cargaba el tal Alfred serían perseguidos y encontrados relativamente fácil. Detuvo sus pensamientos al darse cuenta de que estaba yendo demasiado lejos con ellos. Lo importante era el presente, y nada más.
— Nunca esperé verte así Jones.
Su atención volvió a Ludwig quien interrumpía la conversación entre Estados Unidos e Italia.
— ¿Me hablas a mí?
— Ludwig-san cree que su nombre es Alfred Jones.
— ¿Quién es Ludwig?
— Te estoy hablando Jones.
— ¿Intenta hablar con América-san, Ludwig-san?
— ¿Amé…? Estoy hablando con Jones.
— Pues si te refieres a mí…
Dijo Estados Unidos señalándose con un dedo.
— Te estás equivocando. Y no me hables porque estoy molesto contigo.
Japón sonrió esperanzado ante lo que estaba viendo. Ludwig boqueaba sorprendido por la forma en que le habían hablado. Tal vez las cosas no fueran tan malas si tanto en apariencia como en persona fuese idéntico a Alemania. Solo había que hacerle entender que ellos no tenían nada que ver con quien asesinó a su hermano. Pero hacer aquello sería un tanto complicado.
No más de dos horas después de caminata lenta el castillo se veía realmente cerca. El simple hecho de pensar en que no tendrían que seguir caminando les devolvió el aliento. Pero sorpresivamente a poco antes de entrar a la bella ciudad que rodeaba el castillo Ludwig ordenó que se detuvieran.
— No podemos ingresar con Jones de esta manera.
— ¡Exacto! ¡Te acusarían de maltrato injustificado!
— No estoy hablando contigo Jones.
Inconscientemente Estados Unidos había respondido por el nombre de Jones.
— América-san, si no quiere más problemas lo mejor será que no se deje llevar por la situación. Aún y sepa que con ese nombre se refieren a usted no les haga caso, solo empeorará las cosas.
— Comprendo, si comienzo a responder por el creerán que realmente soy él. Aunque es extraño.
Ludwig bajó del caballo y se acercó a uno de los hombres que venían atrás. Japón miró la pierna de Estados Unidos preocupado un poco por él.
— No pasa nada. Este héroe se recupera bastante rápido. Ya casi no duele.
— Lo siento, no quería incomodarlo.
— Alemania, ¿para qué quieres ese collar?
— ¿Collar?
En una de sus manos Ludwig llevaba un aro de viejo acero que definitivamente se asemejaba a un collar. Japón creyó ver en la cara interna del artefacto un extraño escrito.
— Alarmaría a la población que lo viesen andar tan falto de protección. Bien es cierto que hasta ahora no ha intentado nada, pero todos sabemos que Alfred Jones es un hombre bravo en batalla y que posee una fuerza asombrosa. No nos arriesgaremos a que una vez en el castillo ose atacar al rey.
— Ustedes están mal. Si hubiera podido defenderme en la mañana ustedes no me tendrían aquí.
— No te preocupes Jones, esto no te hará daño, no más del que mereces. Ustedes dos, sujétenlos para que no estorben.
Los hombres de atrás se bajaron de sus respectivos caballos y se acercaron tanto a Italia como a Japón. Veneciano abrió los ojos completamente asustado y sin poderse mover. Japón estando atado no tenía mucha libertad de movimiento pero aún así se acercó a Italia para reconfortarlo.
— Japón, tengo miedo.
— Tranquilízate Italia-kun.
Los hombres ya estaban casi encima de ellos. Japón quiso ponerse frente a él pero el tamaño de la cuerda no le permitió acercarse más. Sin dar mayor batalla permitió que uno de ellos lo sujetara por la espalda mientras el otro hacía lo mismo con Italia. Ludwig fue hasta Estados Unidos con pasos largos y decididos. En la mano derecha llevaba el extraño collar.
— ¡No se atreva, Ludwig-san!
Siendo un tanto más iniciativo, Italia forcejeó con el hombre para que lo soltase. Japón se sorprendió por ello. ¿Quién hubiese dicho que años atrás había sido el primero en darse por vencido en un montón de batallas?
— ¿Qué vas a hacer?
— Voy a ponerte esto.
— ¡No soy un animal!
— Yo creo que sí.
Ludwig se acercó más, disfrutando la cara de molestia de Estados Unidos al saberlo tan cercano. Por su parte, Japón trató de pensar en qué hacer. Él realmente hubiese preferido que las cosas continuaran tranquilas, pero no había sido así. Miró a Estados Unidos respirando agitadamente e intentando de cualquier forma mantenerse lejos de Ludwig. ¿Qué debían hacer? Él siempre había presumido de ser una persona calmada y buena a la hora de la acción, pero ahora, en estos mismos momentos no tenía idea de lo que debía hacer.
— No huyas.
— ¿Estás… bromeando? Ni en tus sueños huiría de ti.
— A mí no me lo parece. Te miras como un cervatillo asustado.
— ¿No crees que te estás tomando las cosas muy personalmente?
— Sólo lo justo. Ahora, se un hombre por primera vez en tu vida y asume las consecuencias de tus actos.
Ludwig se acercó a él deprisa y forcejeó para ponerle el collar. Estados Unidos a penas y podía apartarlo con las manos atadas. Japón se alarmó cuando vio a los otros dos hombres descender de sus equinos.
— ¡Ludwig-san!
— ¡Déjenlo tranquilo!
— ¡Maldita sea Jones, quédate quieto! ¡Y ustedes cállense ya!
Estados Unidos cayó al suelo al tropezarse. Intentó levantarse enseguida pero fue sujetado por los otros dos hombres, y fue entonces que se dio cuenta de que estaba perdido.
— Este es un contenedor.
Habló Ludwig fuerte para que todos lo escucharan.
— Conserva la energía de su portador y lo vuelve vulnerable. Si los rumores son ciertos, la única manera de controlar la fuerza bestial de Alfred Jones es a través de un contenedor.
Ludwig parecía perdido en sus pensamientos cuando dijo aquello. Miró extrañado el collar y posteriormente al hombre que se sacudía en el suelo.
— Realmente creí que me provocarías más problemas.
Se agachó y le cerró el collar alrededor del cuello. Y nada extraño había pasado luego de ello. Los gritos de Japón e Italia cesaron cuando vieron al mismo Ludwig levantar a Estados Unidos.
— Suéltenlos ya. Debemos continuar avanzando. Este espectáculo nos ha retrasado bastante.
Ninguna de las tres naciones podía creer lo que acababa de pasar. Veneciano se palpó el pecho con una mano y agradeció internamente. Japón por su parte agachó la cabeza al sentirse sumamente apenado. Estados Unidos trató de separar el collar.
— Será mejor que sigan caminando o los caballos los arrastraran.
El silencio se había adueñado de la situación. A nadie le quedaron ganas de decir algo en cuanto Ludwig comenzó a andar con su caballo luego de que los demás regresaran a sus posiciones.
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Pasaron toda la noche yendo y viniendo. Buscaron por las callejuelas y en cuanto local encontraron y por más que quisieron escarbar hasta en la tierra no encontraron ni un mínimo indicio de aquellos a quienes estaban buscando. Inglaterra tuvo que asegurarle a Francia que se sentía bien bastantes veces durante la noche. Ambos sabían que ese no era el caso; Francia simulaba no estar preocupado por su condición, pero en cuanto lo miraba a los ojos lo notaba cansado. Aún así ambos prefirieron seguir buscando a los infortunados y conversaban de vez en cuando para no quedarse dormidos.
— Entonces… ¿por qué le dijiste a América que ya tenías planes para salir?
— A qué viene esa pregunta.
— Simple curiosidad.
— ¿Cómo sabes que me invitó? ¿Él te lo dijo?
Inglaterra no discutía ni se ponía tan a la defensiva como habitualmente lo haría. Una vez enfermo se volvía la persona más considerable con la que pudieras tratar.
— Me lo reclamó, mejor dicho.
Cuando Francia miró el cielo tratando de desentenderse por un momento de la frustración se percató que la noche había pasado ya. ¿Realmente estuvieron buscándolos toda la madrugada? No quería decirlo, pero parecía ser lo mejor.
— Creo que debemos regresar al hotel.
— Pero si aún no los encontramos.
— Pidamos ayuda a Alemania y a los otros, si somos más la búsqueda irá mejor. Además, no te ves muy bien.
— Tal vez tengas razón.
— ¿Lo ves? El hermano Francia no se equivoca.
— Aunque no tienes que preocuparte por mí. Cuando necesite un descanso yo mismo lo pediré.
Aún así era extraño escucharle ser tan amable.
— ¿Nos vamos entonces?
— Sólo déjame revisar por allá. En cuanto lo haga nos iremos.
— ¿Realmente te preocupa tanto…?
— Por supuesto.
Con los ánimos renovados, Inglaterra salió disparado por la calle que acababa de señalar. Bien era cierto que no lucía en absoluto como una persona moribunda, pero aquella tos que lo atacaba de cuando en cuando era una señal más que clara de que ya era tiempo de regresar. Puede que no fuese tan grave, pero si no se cuidaba era seguro que las cosas se pondrían peor y Francia estaba seguro de no querer tenerlo quejándose por haberlo obligado a descuidarse.
— ¡Será mejor que te des prisa o me iré sin ti!
Lo miró alejarse un tanto por la calle. Suspiró cansado y se dio media vuelta para buscar algún vehículo en el cual regresar. Por un callejón cercano miró a un chiquillo esconderse y le pareció extraño. Se acercó a preguntarle si necesitaba ayuda y el niño de cabellos rubios le miró.
— ¿Vas a ayudarme?
— ¿Te has perdido?
— No, sólo estoy buscando quien me ayude.
— Pues si me dices qué necesitas será más fácil para mí ayudarte.
— Anoche que te miré no me pareciste muy inteligente. Pero ahora creo que me equivoqué al haberme llevado a los otros.
— ¿A los otros dices?
— El rubio mentecato, el niño llorón y el hombre serio.
— ¿De qué estás hablando?
— ¿No me recuerdas?
Acababa de escuchar hablar al niño con la voz de un adulto, ¡con la maldita voz de aquel hombre!
— ¿Sorprendido hermano?
El niño salió completamente del callejón y se paró frente a él. Con su estatura apenas y le llegaba a la altura del ombligo. Francia estaba tan impactado que casi se olvidó de respirar.
— Entonces, ¿puedes ayudarme o no?
Sin darse cuenta del cómo, tanto paredes como suelo, tanto cielo como todos sus alrededores se tornaron blancos. El niño le miró burlón con sus ojitos rojos entrecerrados al sonreír.
— Parece que el hermano Francia está asustado.
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Había un recuerdo persistente palpitando en su cabeza, las imágenes se mantenían claras e imprecisas y no lo dejaban pensar claramente. En su recuerdo, luego de que todo se volviera blanco había tenido una larga conversación con el niño de ojos carmesí. Pero no podía retenerla completamente.
— ¿Dónde estoy?
— ¿Por qué todos preguntan lo mismo?
— ¿Qué has hecho, dónde me has traído?
— Sólo necesito que me hagas un favor. Es uno pequeñito. Busca el…
¿Por qué no podía escuchar bien lo que le estaban diciendo?
— ¿Qué?
— No vayas a olvidarlo como los demás.
¿Por qué no podía recordar más sobre lo que había pasado? Francia abrió los ojos mientras sentía que la cabeza le daba vueltas. Antes de confiar en las figuras distorsionadas que podía ver se cercioró de sentir con sus manos el lugar o la clase de suelo en el que se encontraba. Recogió un poco de tierra con su mano en puño y se preguntó en que clase de lugar estaba. Por alguna razón sabía que era un lugar desconocido, incluso sabía, sin que le pareciera raro que el mundo donde se encontraba ni siquiera era el suyo. ¿Pero cómo? ¿Por qué ni siquiera le preocupaba? Un grito le hizo girar la cabeza en dirección al ruido. Hasta entonces su vista mejoró un poco más. Ante si, una muchachita junto a otras dos niñas más pequeñas le miraban asustadas.
— ¡Un hombre!
— Disculpen, podrían decirme…
— ¡No te acerques demonio!
¿No había dicho primero que era un hombre?
— Querida, te juro que me confundes. ¿Cómo podría un hombre tan guapo y bien parecido ser algo tan monstruoso y aterrador como un demonio?
— Mamá dijo…
La más pequeñita intentó decir algo. De inmediato la mayor le puso la mano en la boca para callarla.
— No hables con el demonio. Si lo haces tomará control de tus emociones y hasta podría poseerte.
— No soy un demonio.
Con la vista completamente restaurada y con el equilibrio mejorado se levantó despacio. Se sacudió las ropas con suma delicadeza y se cepilló el cabello como pudo. Las niñas solo se le quedaron mirando.
— Se ve tan refinado.
— Y lo soy, que de eso no te quede ninguna duda. ¿Pueden decirme dónde es que me encuentro?
— Está en el pueblo de Odeth, es el más cercano al palacio.
— ¿Por qué me estás hablando como si viviéramos en la edad media?
— ¿Edad media?
— ¿Es que acaso no puedes entender lo que te digo?
Entre las tres niñas se acercaron para mirarlo mejor. Rodeado, Francia no supo si sentirse acosado o divertido por la escena.
— Es descortés.
— Es apuesto.
— Y es refilado.
— Refinado Maria.
— Eso.
— ¡Ya sé lo que es!
Canturrearon al mismo tiempo las tres, Francia miró una por una a las chiquillas que aún lo rodeaban y se preguntó por qué se alegraban tanto.
— No es un demonio.
— Papá querrá que lo llevemos a casa.
— De seguro que el señor Ludwig lo devuelve al castillo.
Sin entender nada se dejó arrastrar por las manos de las niñas más chicas que seguían a la mayor.
— No se preocupe. Todo estará bien de ahora en adelante.
Francia se sintió enormemente aliviado de escuchar esas palabras. Siguiendo el juego de las chiquillas las acompañó. Para entonces, una gran parte del recuerdo anterior se había esfumado y por extraño que pareciera, él siguió sintiendo que no había nada que temer aún sin conocer el por qué.
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Alfred miró en la lejanía el reino contrario; parado justamente a la orilla del río Aurora, aquella frontera natural entre su propio reino y el ajeno. No había más suspiros como los de las veces anteriores en las que con esperanza miraba la lejanía. No había más dolor ni más ansias por verle. Sorprendido realmente por lo que no estaba sintiendo se palpó el corazón para comprobar que aún estuviera vivo, y así lo era.
— Mi señor Alfred, es hora de regresar.
— Preparen los caballos entonces. ¡Y que todo habitante del reino se entere de que el pacto no se ha concretado!
Los hombres a su alrededor vitorearon ante su palabra. Alfred miró el puente que cruzaba perpendicularmente el río y que comunicaba a ambos reinos para terminar de cerciorarse de que nadie venía por allí. Al parecer, el rey había faltado a su palabra al no presentarse para llegar a un acuerdo entre ambos reinos.
— Asegúrense de que la princesa vaya cómoda y segura. No le perdonaré a nadie ni la más mínima falla si eso la afectara.
— Enseguida mi señor.
A punto de subir a su corcel el sonido de algo cayendo dentro del río llamó su atención. Fue hasta la orilla de vuelta a cerciorarse de que nadie hubiese caído en el peligroso río y se impresionó de ver a alguien hundiéndose poco a poco. Sin más pensamientos de por medio arrojó su espada y se quitó las prendas que le afectaran al nadar y se arrojó al río. Sus hombres se acercaron al verlo lanzarse de tal modo.
Para su sorpresa conocía aquel rostro y aquellos rubios cabellos. Incluso estaba seguro de que los ojos del hombre que se estaba ahogando eran de un verde precioso. Nadó lo más aprisa que pudo para alcanzarlo antes de que fuera demasiado tarde. Lo sujetó de un brazo y nadando a toda la velocidad que le permitieron las piernas volvió a la superficie.
— ¡Alfred!
La princesa había bajado de su carruaje ante el escándalo y lo miraba preocupada.
— ¡Lancen una cuerda!
La corriente era fuerte y aún así se mantenía en el mismo lugar. De ser cualquier otra persona ya habría sido arrastrado por la corriente, sin embargo, aún y con su fuerza apenas podía sujetar al otro hombre con un brazo y mantenerse a flote. Uno de los caballeros lanzó la soga mientras otros cinco la sujetaban de un extremo. Usó su destreza para alcanzar a tomarla antes de que las aguas la arrastraran y se sujetó con suficiente fuerza. Entonces fue halado hasta la orilla. Lo primero que hizo fue asegurarse de que tomaran al joven y después él solo salió del río.
— ¿Está vivo?
— Es increíble. Aún respira.
— Supongo que no tuvo suficiente tiempo para tragar agua.
— ¿Estás bien Alfred?
— Sí mi princesa. Estoy bien.
— Me alegro.
La jovencita de cabellos cortos y rubios le sonrió. Alfred quería corresponder el gesto sinceramente pero como no nacía de su interior hacerlo solo asintió con la cabeza. Luego fue hasta donde habían tendido al hombre y lo levantó en brazos como si no pesara nada. La verdad es que con su fuerza muy pocas cosas pesaban de una forma significativa.
— ¿Necesitas ayuda?
— Puedo solo, gracias. Solo necesito que se lleven mi caballo.
— ¿Quién es, Alfred?
— Un viejo amigo.
Por alguna razón no lo parecía. Los hombres dejaron de preguntar y regresaron a la princesa al carruaje para poder partir. Alfred estrechó contra sí al rubio durmiente y caminó junto a sus hombres detrás del transporte de la princesa. Ya una vez en casa podría hacerle las preguntas correspondientes.
— Ha pasado mucho tiempo, Arthur.
Sé que las dudas son bastantes y que los cambios de escenas confusos, lamento eso. Procuraré que no lo sean tanto, y que las dudas solo sean relacionadas con la historia y no que se deban a mi forma de escribir.
Ya saben, si quieren comentar algo háganlo con toda confianza. No me molesta, por el contrario, les exhorto a que lo hagan, de otra manera no sé que es lo que están pensando de la historia, si les gusta o no, o cuáles son las dudas que pudieran tener con respecto a ella. No deseo arriesgarme a imaginar cosas que no son o arruinar la historia.
Y para las agradables y lindas personitas que dejaron comentario en el episodio anterior, permítanme agradecerles de antemano y contestar a sus amables palabras.
MyobiXHitachiin:Muchas gracias por comentar. Sé que suena extraño eso de Alfred/Inglaterra/América, pero eso solo vuelve la historia mejor Jaja. Con respecto a las dudas, me temo que con este episodio no se resuelven muchas, pero ya lo harán los episodios posteriores. Cambiando de tema, me temía enormemente que la longitud del episodio lo volviera tedioso, me alegra saber que en tu caso ese es un punto a favor. Espero que sigas la historia y que comentes como en esta ocasión. Nos leemos luego.
clicker-195: Te agradezco que me hayas dejado tu comentario en el episodio anterior y me alegra enormemente que te guste mi forma de escribir, personalmente la considero un poco tosca pero siempre es agradable leer lo que opinan otras personas sobre ella. Definitivamente las dudas solo se resolverán con el pasar de los episodios, aunque tu duda en especial no tarda en explicarse, así que si lo deseas te agradeceré que continúes leyendo la historia. Sobre Historias y estrellas, la respuesta es… ¡Sí! xD Mi intención es continuar con el fic. Lamentablemente por algunas situaciones no he podido tener la constancia que me gustaría. Muchas gracias de nuevo por comentar.
KENNY: Tu emotividad me alaga y mucho más el que te gusten mis historias, todas ellas producto de mi imaginación enferma jaja. La verdad es que no sé como explicar la emoción que siento cada que alguien comenta algo sobre lo que escribo. Las gracias siempre me salen sobrando xD Lamento terriblemente que el capítulo te haya confundido. Si ha sido por mi mala manera de escribir te pido que me perdones, tengo que trabajar con el cambio de escenas, soy muy mala para pasar de un mundo a otro. Sobre Historias y estrellas, sí voy a continuarlo, solo diría: " ójala que fuera más temprano que tarde", pero de que lo voy a continuar lo voy a continuar. Gracias por tu comentario.
hanasaki: Aquí está la continuación. Espero que te guste el episodio. Nos leemos luego.
