Al fin, regreso con el tercer episodio de Diamante negro. Quiero decir mi razón de tardarme tanto, pero no sé cómo sin que parezca que quiero hacerme la víctima. Lamentablemente falleció un familiar y siendo sincera, no tenía cabeza para pensar.
Si es que alguna persona vuelve para leer esto, déjame pedirte disculpas por la demora. Bien me dijeron en un comentario que las ansias matan y para no hacerles el cuento más largo y no volver las introducciones tediosas, me salto por el momento el rollo argumental y paso directamente a las aclaraciones correspondientes.
Sobre las advertencias anteriores, la pareja extraña de la que hablé en el capítulo anterior da su primer vistazo, literalmente solo es mencionada pero ahí está. Me refiero a Ivan y Arthur. Aseguro que no interviene en el resultado final de la historia, pero sí conlleva un peso importante en ella, de todos modos, ni siquiera estoy segura sobre si puedo denominarla como extraña. Mejor lean y juzguen.
Debido a que el mundo alterno es de mi invención me tomé quizá algunas libertades, así que no les extrañe que en este recóndito lugar los matrimonios entre hombres sean vistos con tal ligereza.
Otra cosa, no hay cambios de escenas entre un mundo y otro, todo se desarrolla en el mundo alterno, espero que no haya mucha confusión con eso.
Ya no les molesto más, ¡a leer se ha dicho!
Capítulo III
Al principio Japón se había alarmado cuando finalmente entraron al pueblo. Inmediatamente la gente se acercó a saludar a Ludwig y después, se quedaba parada viéndolos a ellos. Aparentemente Feliciano era conocido por el pueblo; las personas señalaban a Italia y cuchicheaban sobre él al confundirlo con Veneciano. Por su parte, la gente apenas y lo miraba o le prestaba atención. Sin embargo, pese a la situación Italia saludaba con sus manos atadas a cuanta bella señorita se encontraba. Aquello pareció devolverle su perdida vitalidad.
— Adiós joven señorita. ¿Si salgo vivo de esta saldría conmigo?
— Italia-kun…
— Adiós, adiós. ¡Mira Japón!
— Italia Veneciano-kun, compórtate.
— Pero Japón…
— Somos prisioneros, no lo olvides. Como bien dijiste, incluso podrían asesinarnos.
— ¡No quiero! Bella señorita, deme un beso antes de morir.
Pero para Estados Unidos las cosas eran diferentes. Primero lo habían mirado con incredulidad, luego la gente comenzó a congregarse a sus lados y cual barrera humana fueron siguiéndolos a su paso. Aquello parecía ridículo, pero la verdad es que imponía sentir tantas miradas.
Aún así, el camino entre las callejuelas se mantuvo relativamente tranquilo. Desde lejos, la ciudad le había parecido pequeña y modesta y ahora que Japón pudo mirarla de cerca lucía justamente al contrario. No era tan grande como otras urbes que conocía, pero sí le parecía curioso el observar a tanta gente andando entre las calles y saliendo de las casas, claro, además de las que les seguían. Lo que más le sorprendió fue el castillo. A la lejanía no había podido observarlo con detalle, pero ahora entre más se acercaban a el más maravilloso le parecía. La enorme construcción se alzaba imperiosa, y a diferencia de lo que había creído no se encontraba rodeada por el pueblo. Erigido en lo alto de un peñasco, o por lo menos era lo que a Japón le parecía se mantenía excluido del pueblo, comunicado únicamente por un largo puente de piedra por el que transitaba gente. Al final del puente, una enorme puerta de madera vigilada por bastantes hombres con armadura restringían el paso y la custodiaban. ¡Era como estar en un cuento! Incluso la muralla que lo rodeaba parecía irreal.
— Espérenme aquí.
Se detuvieron a bastantes metros de distancia de lo que en apariencia era la entrada general y miraron a Ludwig caminar hacia ella.
— Sorprendente.
Y para Japón así lo fue. Una vez pudo mirar hacia uno de los lados del puente se dio cuenta de que había agua por doquier. Era extraño y fascinante. Pero no era el momento para maravillarse.
— Tengo hambre.
— Lo sé Italia-kun. De hecho me temo que de seguir sin consumir alimento podemos incluso perder la consciencia.
Miró a Estados Unidos sorprendido por su silencio. ¿Sería que, por primera vez tanta atención le molestaba? Supuso que nadie se sentiría contento en su situación.
— Ya no recuerdo la última vez que comí pasta. Ve~, realmente quiero comer pasta.
Ludwig habló con los guardias en la puerta y luego, tras unas cuantas palabras más uno de ellos ingresó. Japón permaneció en expectativa por un leve momento. Italia había vuelto a perder la atención a la situación, esta vez mirando el ir y venir de las personas. Estados Unidos no desprendió su vista del caballo a su frente. Despacio y a la distancia Ludwig emprendió el regreso pero esta vez junto a él venían algunos hombres armados. La escena llamó la atención de Japón.
— ¿Qué miras?
— Que vienen hacia nosotros.
— Ve~.
No más de dos minutos Ludwig y compañía estaban con ellos.
— Desátenlos.
— ¿Habla en serio Ludwig-san?
— Ve~, al fin.
— Van a llevarlos al calabozo.
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Las cosas pasaron relativamente rápido para los tres. Un momento, sujetos detrás del trasero de un caballo, al otro arrastrados de mala manera y luego encerrados en una celda a bastantes metros bajo el nivel del suelo.
Italia había pedido ayuda entre lloriqueos como era su costumbre, pero calló una vez que Ludwig le había dado la espalda y se había apartado de ellos. Estados Unidos habría llorado de impotencia de no ser porque tenía el orgullo bastante maltrecho como para planteárselo siquiera. Y Japón, sabía que de seguro habían sentido una vergüenza como ésta, pero no podía recordar alguna.
Situados en una parte del castillo, puesto que los habían hecho entrar por la puerta principal apenas podían verse entre ellos debido a la escasa luz de las antorchas. Los guardias que de tanto en tanto caminaban frente a su celda ni siquiera los miraban. Y la comida que les habían llevado lucía mucho más espantosa que la que algún día le despreciaron a Inglaterra. Aún así, luego de muchas malas caras y gestos de repulsión la consumieron. Ninguno de ellos quería morir de hambre.
Sin estar consientes del tiempo transcurrido, se dieron por vencidos en intentar adivinarlo o en preguntarle a alguno de los guardias. Por lo menos aún parecían tener ánimos de hablar entre ellos. Pese a que lo hacían más por distraerse del momento, Japón sintió que era un buen momento para dar a conocer sus conclusiones y pensamientos.
— Sobre nuestra situación…
— ¿Qué sucede Japón?
Italia lo miró curioso.
— Es solo que he pensando algunas cosas.
— Yo también he estado pensando sobre eso.
Estados Unidos sonaba confiado y más recuperado.
— ¿Sí?
— Sí, y sólo llegué a una conclusión. Hemos sido secuestrados por alienígenas y están experimentando con nosotros. Nos hacen tener alucinaciones y experimentan con nosotros. ¿Por qué me miras así?
— Bueno, eso solo que me sorprendió.
— ¿Crees que hay alguna otra cosa que explique mejor lo que está pasando?
— ¿Qué tal que hemos sido transportados a un mundo alterno?
— ¿En qué clase de juego fantasioso estás pensando ahora Japón?
— No lo digo en broma, América-san.
— Es demasiado irreal.
— ¿Y los extraterrestres no?
— ¿Sabes cuántos casos se reportan de gente que ha sido abducida por ellos?
— Sólo estoy tratando de ser objetivo. Si es que las circunstancias lo permiten.
— Ve~, ¿un mundo alterno? ¿Eso explicaría por qué Alemania se comporta extraño? Tal vez deba ir con él y animarlo.
— No creo que sea lo conveniente, Italia-kun. Y dudo que te permitan salir siquiera. Y si mi teoría es acertada, el hombre no es Alemania-san.
— ¿Y en qué basas tu teoría, Japón?
— Pues…
Intentó pensar en las palabras correctas para que tanto Estados Unidos como Italia pudieran entender cabalmente.
— Sólo lo supuse.
— Ve~, ya veo.
— ¿Eso quiere decir que fuimos arrojados sin ningún tipo de aviso a un mundo extraño?
— Algo así.
— ¿Y Alemania por qué está aquí? ¿No deberíamos ser los únicos?
— ¿Hermano Francia no debería estar con nosotros?
— Escuchen con atención por favor. Si estoy en lo correcto, solo nosotros tres hemos llegado aquí. No sé por qué ni el cómo. Francia-san debería estar con nosotros en caso de que él también hubiera sido transportado, pero si no es así, tal vez se deba a que él aún permanezca en nuestro mundo. Por favor, no confíen ciegamente en lo que ven. Nos toparemos con personas a quien creeremos conocer, pero por más que se parezcan, por más que luzcan y hablen de la misma manera que las demás naciones que conocemos no serán ellos.
— ¡Que miedo!
— ¿Hablas de clones? ¡Estamos en un mundo lleno de clones!
Esto parecía ser mucho más difícil de lo que creyó en principio.
— No, no. Si se trata de un mundo alterno, la misma gente que vive en nuestro mundo vive aquí. Pero no son las personas que conocemos. Aquí ellos tienen otro nombre, otra profesión, otra vida incluso. De hecho, hasta podría ser que quienes en nuestro mundo se aborrecen en este mundo sean los mejores aliados. No podemos estar seguros de en qué condiciones estén los demás ni dar por sentado que nuestras propias contrapartes lleven la misma vida que nosotros o los mismos sentimientos.
Los otros dos se quedaron viendo fijamente a Japón. Parecían azorados.
— Por eso América-san ha sido confundido con Alfred Jones. Ustedes dos son equivalentes, literalmente la misma persona pero cada uno viviendo en su propio mundo.
— ¡No me compares con ese asesino!
— Obviamente puedo estar equivocado. No se lo tome a mal América-san.
— Entonces, ¿Alemania no es Alemania aquí? ¿Por eso se comporta tan extraño? ¿No somos amigos aquí?
— Italia-kun. Lamento no poder responder a todas tus preguntas de manera concisa. Siento que esto sea tan confuso para todos.
— ¿Cómo vamos a volver?
— Eso tampoco lo sé.
Se miraron entre los tres en silencio, preguntándose a si mismos montones de cosas tan diferentes y variadas. Para Italia, la duda más recurrente tenía que ver con Alemania; sobre lo que estaría haciendo y si podría ser amigo del Alemania de este mundo. Y en menor medida pensaba en la pasta y la preparación de ésta. En el caso de Japón, las interrogantes eran más complejas y existencialistas, algo así como ¿por qué habían terminado ahí, cómo iban a volver, alguien en el otro mundo se habría dado cuenta? Y cosas como esas. Y en el particular caso de Estados Unidos las preguntas eran un tanto más sentimentalistas. ¿Cómo irían las cosas en casa? ¿Tony habría terminado ya con los juegos? y la que más le atormentaba: ¿Inglaterra notaría su ausencia?
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Luego de la modesta comida que le habían servido, Francia se vio rodeado por algunos campesinos y otra gente que lo miraban como si fuera caído del cielo. Por él, disfrutaría de la agradable atención si no fuera que no tenía la más mínima idea del lugar en el que se encontraba. Las niñas que lo habían encontrado le habían hablado montones de veces de lo bonita que era su casa y lo agradables que eran sus padres y de vez en cuando, entre su conversación había escuchado llamar al pueblo "Odeth", así como que lo llevarían ante la presencia de la única persona que podría ayudarlo, un tal Ludwig, que después los propios padres de las niñas le informarían no se encontraba en el pueblo, aldea, ciudad o lo que fuera en donde se encontraba.
Y aunque todos los presentes le hablaban y trataban como un enviado del señor, aquello no era tan cómodo como le había parecido en un principio. Ya sabía que era atractivo, bien parecido y de una personalidad deslumbrante, ¿pero por qué todos parecían tan atraídos hacía él? Y no de la manera en la que le gustaría. ¿Es que se había bañado? ¿Era la colonia que había usado? ¿O las ropas de última moda? Aquí había algo extraño.
Ya se había tomado las cosas con demasiada calma como para continuar haciéndolo. Pero la gente parecía tan ignorante como él sobre lo que había pasado. No le quedaba de otra más que esperar, o salir a buscar la respuesta por si mismo en una tierra que no conocía. Siendo el único que… un momento. ¿Cómo es que no había llegado a esa conclusión antes? Tal vez, el trío que tanto estuvo buscando estaba en el mismo lugar que él. ¿Y qué había sido de Inglaterra?
— ¿Se le ofrece algo más, mi señor?
— De momento no, gracias.
— ¿No quiere más carne? Podemos matar otra gallina si así lo quiere.
— No hay porque. Ya estoy satisfecho.
— ¿Algo más de beber?
— No, así estoy bien.
Sonrió ya sin ganas mientras la gente se acercaba más a la mesa donde momentos antes comiera para mirarlo con mejor detalle. ¡Estaba siendo acosado!
— ¿Quiere que le preparemos un baño?
— ¿Quiere que busquemos ropas limpias para usted?
"¿¡Pueden dejarme tranquilo!", habría querido gritarles, pero se contuvo. Tenía que comportarse. Por lo menos si no quería herir la susceptibilidad de esta gente y que luego quisieran lincharlo. Pero no podía más, nunca había estado tan rodeado de gente prestándole ese grado de atención sin estar en medio de una orgía.
— ¿Habrá alguien que pueda llevarme a buscar por los alrededores?
— ¿Quiere ir a algún lado?
— ¿Necesita que lo llevemos de vuelta a su hogar?
— Sí, si pudieran se los agradecería. Pero no sé como volver.
La gente se quedó callada a su alrededor pensando al igual que él.
— Y si lo llevamos… no, sería demasiado descabellado.
— Qué es lo que ibas a decir.
— No tiene caso.
— Vamos, dilo.
— Pues, siendo que el señor Ludwig no está, y es quien podría decirnos acertadamente que hacer pensé que tal vez sería buena idea llevarlo hasta el palacio de su majestad, el rey Ivan. Tal vez allá puedan ayudarle.
— ¿El rey Ivan?
— ¡Esa es una buena idea!
La gente coreó ante eso. Francia por su parte, se quedó callado viendo como la gente comenzaba a organizarse para preparar su traslado hasta el castillo, sin saber que de las cinco naciones que habían llegado a aquella tierra desconocida, él era el de mejor suerte.
OoO-OoO-OoO-OoO-OoO-OoO
Tenía dudas con respecto a la actitud de Alfred. Había encontrado extrañas algunas de sus actitudes, algunos de sus modos, como si hubiera cambiado o como si no fuera la misma persona, pero aquellos ojos añiles seguían siendo los mismos. Sacudió su cabeza ante los pensamientos incongruentes que le embargaban. Sin duda alguna, haber vuelto al castillo le traía recuerdos tristes y dolorosos. De nada le había servido exiliarse en la aldea de Odeth para reprimir su pesar. No había forma de eliminar sus sentimientos. Había sido un tonto al creer que cobrando venganza su tristeza se iría, al final, el mirar de nuevo a Alfred sólo había removido sus recuerdos.
Deseaba volver a la aldea, no soportaba mirar el palacio, los pasillos ni los jardines donde literalmente pasó la mayor parte de su vida junto a Gilbert. No aún. Y menos sabiendo que el maldito hombre que sin sentimiento alguno le arrebató a su hermano seguía vivo. Tal vez, solo tal vez hasta que lo mirara muerto podría tener la paz que tanto quería.
No, tenía que salir del castillo, de la ciudad misma si quería mantenerse cuerdo. Ludwig corrió a toda prisa a las caballerizas del ejército que tan bien conocía y encontró, en el lugar que antes fuera designado para él a su caballo. Se sentía como los viejos tiempos pero esta vez, el lugar junto a él, el que le correspondía a Gilbert estaba abandonado. A punto de subir una voz que apenas y reconocía se dirigió a él.
— Señor Ludwig, permítame un momento de su tiempo. Antes de que se marche, hay alguien a quien le gustaría hablar con usted.
— Lo siento Toris, no puedo quedarme aquí un momento más. Avísenme con anticipación la fecha que propongan para la ejecución de Jones, y yo estaré aquí de vuelta para ese entonces.
— Pero…
— No pidas imposibles.
— ¿Ni siquiera por mí?
La nueva voz agregada a la conversación devolvió la atención de Ludwig. Junto al castaño Toris, un hombre de mediana estatura y cubierto por una gran capa negra se acercó a él. Al descubrirse el rostro, Ludwig vio los rubios cabellos y ojos verdes que caracterizaban a Lord Arthur.
— Su alteza.
Literalmente se dejó caer al piso y apoyó una de sus rodillas para reverenciarlo. Con la cabeza gacha, esperó a que el hombre dijera algo.
— No hay necesidad Ludwig, estamos en confianza.
— Es mi rey y ante todo le debo respeto.
— Está bien, puedes levantarte.
Y así lo hizo.
— Creí que no se encontraba. Me dijeron que su majestad, el rey Ivan ha salido así que supuse que usted había salido con él.
— Muchas cosas han cambiado desde que te fuiste Ludwig, si tan sólo tuvieras una idea.
— No quiero parecer grosero, pero…
— Lo sé, una vez abandonaste el palacio te deslindaste por completo de nosotros. Y no te lo recrimino. Si pudiera, yo también me habría ido hace tiempo.
— Su alteza.
— Pero no vine hasta aquí para hablar de mí. Necesito que me hagas un favor.
— Si está a mi alcance, no dude en que lo haré. ¿Qué necesita?
— Necesito hablar con Jones.
— Lo siento su alteza. Pero eso es algo en lo que yo no puedo ayudarle.
— Es urgente. No te lo pediría de no ser necesario.
— ¿Tiene idea de lo que me está pidiendo?
— Eres el único con el suficiente poder y que aún nos es fiel. Ludwig, necesito tu ayuda.
— Lo siento. No puedo. Ya ni siquiera pertenezco al ejército del reino.
— Pero los hombres aún te escuchan. Sólo necesito que entre tú y Toris los distraigan lo justo para que yo baje a la mazmorra. La salida es lo de menos.
— ¿Para qué quiere hablar con Jones?
— No sólo es él. Feliciano también está ahí. Si puedo obtener la información antes de que…
— ¿Por qué no simplemente ordena que le dejen verlos?
Bajando la mirada y un tanto inseguro Arthur le contestó.
— Desde hace un tiempo he perdido muchos de mis privilegios. Sólo cuando Ivan está en palacio vuelvo a ser rey, mientras no, sólo soy un prisionero más.
Las cosas se oían más graves de lo que parecían. ¿Cómo es que no lo había notado? Desde el principio, cuando le dijeron que ninguno de los monarcas estaban disponibles para atenderlo siendo que el rey Arthur sí lo estaba.
— ¿Qué es lo que realmente está pasando?
— Te lo contaré todo, pero después. ¿Me ayudaras?
— Pero…
— Soy el único que puede sacarle toda la verdad a Alfred. Desde el por qué está aquí, hasta cuales son sus intenciones. Tienes que confiar en mí.
¿Desde cuando era tan maleable? Volvió sus pasos y se acercó a su alteza.
— Sabe que mi lealtad está con el reino y con su majestad el rey Ivan. Aquella vez que prometí tenerle la misma lealtad a usted, cuando se unieron en matrimonio no le mentí.
— Lo sé Ludwig. Ahora, Toris te dirá que es lo que debemos hacer.
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Debido al cansancio y a que no tenían nada más en que entretenerse que no fueran ellos mismos los tres decidieron que debían descansar. Japón se había ofrecido en permanecer en vigilia por si algo ocurría. Así que los otros dos cerraron los ojos e inmediatamente se quedaron dormidos.
Estados Unidos volvía a tener sueños extraños, no solo por su contenido; el hecho de estar más consiente de lo que estaría en una junta mundial lo hacía especial. Esta vez, se veía a si mismo sin ser él, es decir, a quien ahora reconocía como a Alfred, ¿cargando entre brazos a Inglaterra? No estaba seguro, la verdad es que con tantas cosas y con tantos parecidos ya no se sentía seguro de afirmar quien era quien.
Dentro de una habitación, Alfred recostó al otro en la cama y mandó llamar a una criada. Apenas y miró de vuelta al hombre inconsciente cuando salió de la habitación. Caminó por un pasillo hasta que se topó con Japón quien de seguro no era Japón y entre susurros le dijo:
"A partir de ahora, él es tu responsabilidad"
Cuando abrió los ojos parecía desconcertado. Miró a su alrededor y se encontró a Japón cabeceando.
— Descansa Japón.
— ¿Eh? ¿América-san? ¿No debería estar durmiendo?
— Ya dormí suficiente. No te preocupes, yo me quedaré vigilando.
Sin más resistencia, Japón se recostó en el suelo de piedra para descansar. Estados Unidos meditó lo que acababa de soñar. ¿Realmente era Alfred a quien había visto? Es decir, aceptar aquello era como dar por cierta la teoría de Japón. Además, ¿por qué tenía él sueños con él? ¡No tenía sentido!
Los pasos habituales de los guardias se alejaron y las cosas quedaron en completo silencio. Luego regresaron, pero esta vez parecían apurados. Una fina figura se detuvo frente a la celda y sujetó con ambas manos dos de los barrotes de la puerta. No podía ver el rostro del hombre porque estaba completamente cubierto por una capucha. El hombre se agachó para mirarlo y entonces Estados Unidos se encontró con el rostro de Inglaterra.
— Hablemos.
Una vez hubo escuchado aquella voz no solo abrió los ojos; su corazón palpitó exageradamente. Sentado en el suelo, se acercó a la puerta para mirarlo mejor. Entonces el hombre frente a él se arrodilló para tener mejor soporte y permanecer a la altura de su visión. Estados Unidos se sintió incómodo cuando el otro se quitó la capucha y lo miró directamente a los ojos. Más inquieto cuando las manos ajenas se posaron en sus pómulos a través de la puerta y lo acariciaron con cariño. No recordaba una sola vez en la que sus rostros estuvieran así de cerca por decisión propia.
— Inglaterra…
La expresión del otro rubio se mutó a una de sorpresa.
— ¿Quién es Inglaterra?
— Tú.
— No, yo no lo soy, es que… ¿acaso me has olvidado?
Ambos se miraron extrañados sin entender de lo que estaban hablando. El encanto de la escena se perdió para Estados Unidos de repente. ¿Qué le había pasado? Era como… como si la sola idea de encontrarse con Inglaterra hubiera podido tranquilizarlo. Como si hubiera estado añorando verlo.
— Si no eres Inglaterra, ¿quién eres entonces?
Estados Unidos contempló su rostro con total atención y se percató de unos cuantos detalles. Pese a ser idénticos, este Inglaterra lucía más joven. Casi como aquellos años donde se conocieron. Y sus cejas no eran tan pronunciadas ni tan pobladas. Unos cuantos milímetros de diferencia, y no, no es que él conociera a detalle el rostro de Inglaterra. Pero había algo que no le permitía despegar su vista.
— Entonces es cierto.
— ¿Qué es cierto?
— Que has vendido tu alma a cambio de poder. Que te has vuelto un monstruo.
Estaban ahí, viéndose las caras y hablándose de frente pero sin entenderse. Cada uno manteniendo una conversación unilateral.
— Eres tan frío conmigo, incluso pareces otra persona.
El muchacho volvió a acariciar sus mejillas, esta vez con un tacto más ligero y corto. De pronto, las cosas para Estados Unidos se despejaron de repente. Tal vez fuese otro caso como el de Alemania. Tal vez, este hombre, aún viéndose idéntico a Inglaterra no lo fuera. ¿Pero qué cosas estaba pensando? Aquello era irreal y por lo tanto, una estupidez más de su atormentada cabeza. Pero entonces, ¿por qué la idea le parecía tan real? ¿Por qué las palabras de Japón sonaban ahora tan sabias? Sólo se le ocurría una manera de comprobarlo.
— Me estás confundiendo con Alfred. Yo no soy Alfred.
El muchacho gentil que se había mostrado ante él cambió su expresión a una de rabia. El cambio había sido extraño.
— ¿Estás diciéndome que no eres el Alfred que conocí?
— Estoy diciendo que no soy Alfred.
Entonces no se había equivocado. Este Inglaterra también creía que era Alfred.
— ¿Por qué estás aquí Alfred? ¿Tanto anhelas la muerte que has decidido entregarte?
— Te equivocas.
— ¿Por qué te acompaña Feliciano? ¿Cuál es tu propósito?
Recordó que aquel era el nombre por que el que habían llamado a Italia alguna vez.
— Nos estás confundiendo. Te equivocas.
— Entonces muéstramelo.
— ¿Mostrarte qué?
El hombrecito hizo algo que dejó a Estados Unidos con la boca abierta. Los hermosos ojos verdes que ya había contemplado se iluminaron de una manera anormal. Emitían luz y lo miraban como queriendo atravesarlo.
— ¿Qué estás… qué es eso?
— Yo no quería Alfred, pero me has obligado a esto. Voy a buscar entre tus recuerdos lo que no has querido contarme.
¿Qué es lo que estaba diciendo? Estados Unidos sintió como perdía el control de su cuerpo y caía completamente recostado al piso en una posición incómoda, y luego, como aún sin tenerlos enfrente lo único que podía ver eran los ojos centelleantes de antes. De pronto, montones de recuerdos y vivencias aparecieron en su cabeza cual programa televisivo; seguro de no haberse visto a si mismo con los ojos de otra persona como lo estaba haciendo en este momento. Todas aquellas imágenes sin orden y sin sonido. Aún así sabía que es lo que había estado haciendo, que es lo que había dicho. Pero, ¿por qué podía verlos?
Todo a una velocidad tan alta que de momentos le hacía sentir dar vueltas la cabeza. ¿A esto se había referido la copia de Inglaterra con lo de buscar entre sus recuerdos? ¿Acaso él también los estaba viendo? No es que tuviera cosas muy importantes entre ellos, pero eran suyos. ¿Qué derecho tenía el otro para fisgonear de esa manera? Desde que había despertado esta mañana habían pasado por alto muchos de sus derechos, ya no lo permitiría. Sin saber exactamente lo que estaba haciendo o cómo lo estaba haciendo, comenzó a frenar las imágenes.
"No lo entiendo"
Poco antes de que todo se detuviera, en el último recuerdo aparecían él e Inglaterra. Precisamente la escena del día anterior donde le pedía que los acompañara en el paseo.
"Estos recuerdos, tú no…"
La voz en su cabeza se calló y ahora resonó en la celda. Aunque su vista no era precisa ni absolutamente confiable, pudo percibir que estaban devuelta en la mazmorra, si es que alguna vez salieron de ahí. La copia de Inglaterra se encontraba pasmado, aún de rodillas y viéndolo fijamente. Estados Unidos se levantó pero no volvió a acercarse tanto a la puerta.
— Tú no eres Alfred.
— Yo te lo dije.
— ¡¿Quién eres?
— América. Soy Estados Unidos de América.
— Pero… eres idéntico a él.
— No eres el primero en confundirme.
Aquella luz extraña cesó de sus ojos al tiempo que los cerraba, como si estuviera meditando algo. Cuando volvió a abrirlos la luz verduzca había desaparecido por completo.
— No puede ser…
Como impulsado por una gran necesidad se levantó del suelo y corrió hacia lo que debía ser la salida. Estados Unidos no pudo explicarse lo que había ocurrido, y menos como es que con tremendo ruido ni Japón o Italia despertaran.
OoO-OoO-OoO-OoO-OoO-OoO
Arthur corrió espantado por lo poco extenso del pasillo y por las escaleras. Salió de la mazmorra y fue directo a donde debía encontrarse con Toris y Ludwig. Estaba temblando del cansancio y el desconcierto. Cuando llegó hasta ellos, ambos se sorprendieron de su condición.
— ¿Se encuentra bien, su alteza?
— ¿Qué es lo que ha pasado?
Ludwig lo tomó por los hombros y lo sacudió un poco, cuando se dio cuenta de su tosquedad se arrepintió enormemente de ello.
— Discúlpeme, su alteza.
— Lo he visto…
— ¿Qué?
— He visto al hombre, he visto el mundo. Todo es tan extraño.
Ninguno entendió de lo que estaba hablando.
— ¿Pudo hablar con Alfred?
— ¿No me escuchaste? El hombre no es Alfred.
— ¿Cómo? ¿De qué está hablando?
— No lo sé, no me lo explico, pero no son ellos. He visto sus recuerdos, vi parte de su vida. Es como, como si fuese otro Alfred viviendo en un mundo distinto.
— ¡Lo han encantado! ¡El rey Ivan va a matarme cuando se entere de esto!
— Espera Toris. A mi sólo me parece confundido. Su alteza, ¿qué es lo que pasó allá abajo?
Antes de que pudiera contestar, Ludwig tomó a Arthur de un brazo y lo alejó del lugar donde estaban para volver a las caballerizas. Los guardias estuvieron a nada de encontrarlos. Toris se había quedado atrás pero los seguía.
— Su alteza, necesito que me diga lo que pasó. Sólo así puedo entender.
— Creí que hablando con Alfred se resolverían las cosas. Pero no es Alfred.
— ¿Cómo que no es Alfred?
— Miré Ludwig, usé estos ojos malditos para mirar a través de él y me encontré con respuestas que no buscaba. Vi una vida distinta, con amigos distintos, un mundo diferente.
El rey estaba desvariando. No había otra explicación.
— Su nombre es América.
¿América? ¿El rey creía todas esas cosas ridículas que habían estado diciendo? Cuando Toris los alcanzó los guardias venían tras él. Inmediatamente los rodearon, aquello extrañó a Ludwig.
— Por órdenes del rey Ivan, su alteza, el rey Arthur debe volver a sus dormitorios en este instante.
— Lo siento, no pude perderlos.
Los guardias sujetaron a Arthur, y no precisamente como se sujetaría a un rey.
— ¡Ivan no ordenaría algo así! ¡Ni siquiera está aquí!
Luego miró de modo suplicante a Ludwig. Pero él no supo que hacer.
— Tienes que creerme Ludwig. Eres el único que puede ayudarme.
Los hombres se llevaron al monarca mientras él solamente se quedó mirándolos. Ese día había sido casi tan extraño y surreal como el día que Gilbert había muerto.
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Con una calma impropia de su gusto salió de los terrenos del castillo. Una vez montado en su caballo galopó en el a toda velocidad, perdiéndose de la vista de su gente, de sus antiguos compañeros y demás. Estar en palacio sólo podía hacerle daño. No obstante, no podía dejar de sentir que estaba abandonando su compromiso con el rey Arthur al dejarlo atrás.
El camino que tardó horas en recorrer al mediodía ahora lo avanzaba con mucha más velocidad. Ya a las afueras de la ciudad, descendió el paso de su caballo para no agotarlo y se concentró mejor en el camino.
Se perdió del transitado pasaje para atravesar por los bosques y llegar más pronto por el atajo que solo pocos conocían. Ludwig tenía planeado llegar al pueblo, darse una buena ducha, cenar e ir a visitar la tumba de Gilbert por la noche para que nadie pudiera observarlo. Pero como si el destino no quisiera o como si alguna misteriosa coincidencia lo siguiera, por el solitario camino venía un hombre caminando. Alguien a quien podía jurar ya había visto.
— ¿Feliciano?
Esto debía ser una mentira. Entre más caminaron ambos más se acercaron, entonces Ludwig puco comprobar certeramente que se trataba del mismo hombre. ¿Pero cómo?
— Ludwig, que bueno que te encuentro. Es urgente, debes llevarme a palacio inmediatamente.
— ¿Cómo es que tú…?
— No hay tiempo que perder Ludwig, debo ver al rey urgentemente, ¡se avecina la guerra!
Algo dentro de su cabeza dejó de racionalizar las cosas. Tomó al pobre hombre de su ropa y lo subió al caballo. De inmediato dio media vuelta para volver al palacio.
— ¡Esta no es manera! ¡Podrás ser el nuevo consentido del rey pero yo sigo siendo su mensajero real! ¡Trátame con el debido respeto!
Pese al escandalo de Feliciano, Ludwig solo podía concentrarse en una cosa, las palabras del rey Arthur. ¿Cómo no le había creído? Aquellos ojos que la gente había temido nunca se habían equivocado. No por nada Arthur Kirkland era el As bajo la manga de su majestad.
Con el viento golpeándole las mejillas y la bella luz del atardecer, Ludwig volvió a sentir una de aquellas dos viejas emociones que le hacían trabajar el corazón exageradamente. Ese corazón de aventurero que le pedía ir más rápido, que agotara su caballo, que se agotara él mismo y defendiera a su rey con todas las fuerzas. Casi había olvidado el amor que sentía hacia su reino. El segundo amor más grande de su vida.
Con bríos renovados, Ludwig fue a toda velocidad hacia palacio no solo con el pobre Feliciano que a duras penas y se sostenía del caballo, si no también con la firme convicción de que estuviera donde estuviera, Gilbert sonreía orgulloso de verlo tomar aquella decisión.
¿Confusiones? ¿Malos entendidos? ¿Algún comentario sobre el episodio? Si ha quedado alguna duda recuerden que pueden comentarla, sea lo que sea trataré de contestarla lo mejor posible.
La verdad es que el episodio terminó contando mucho menos de lo que quería, pero como me propuse no hacer los capítulos más largos de 5,500 palabras –según Word- ha terminado de esta manera. Tampoco estoy muy segura sobre si ha sido claro, o está bien explicado. Les agradeceré que me digan su opinión.
Y para las gentiles personitas que se tomaron la molestia de comentar en el episodio anterior, aquí les tengo una contestación, si es que quieren leerla.
!Les veo en en próximo capítulo!
clicker-195: Quisiera arrancarme la lengua para no hablar demás –claro, figurativamente- pero tu suposición va por buen camino. No diré más porque arruinaría la historia. Espero de todo corazón que la historia te mantenga enganchada con tanto secretismo y que no te canse. Hasta ahora es muy poco, o casi nada lo que se ha logrado descubrir, pero como ya sabemos, las cosas se irán develando con el pasar de los capítulos. Me pregunto qué tantas cosas se están especulando en tu cabecita, y si lo que yo tengo en mente te satisfará. Muchas gracias por seguir la historia.
MyobiXHitachiin: 1) Resulta que Arthur sí es el rey, bueno, esposo del rey, así que por lo tanto él también pasa a serlo. De modo que no te equivocaste con la primera suposición, por alguna razón terminó siendo así (¿?). 2) No se me había pasado por la cabeza ver a Francia de esa manera… pero ahora que lo pienso la idea me parece buena jajaja. Es curioso realmente. 3) Sí, lamentablemente hay insinuaciones de que hubo incesto. Pues, la pareja se da a entrever en este episodio, pero por si no quedó muy claro son Gilbert y Ludwig. Por eso digo que hubo. Y te lo digo porque este pequeño dato no afecta en si la trama de la historia pero shhhh, que hay personajes en la historia que no lo saben. Sé que hay personas a quienes no les gusta el incesto, así que si resulta que ésta no es de las parejas que más toleras te pido una disculpa, pero ya verás que es algo realmente ligero. 3) Sobre la pareja extraña, bueno es que yo así la considero, no sé como la vean los demás, y pues sobre interferir con la pareja principal, bueno, si consideramos que el triángulo amoroso comprende a Al/UK/EEUU Arthur queda un poco afuera, qué le hace que se lie un momentito con Ivan jajaja, ok no. 4) Para este entonces ya debes de haber leído por algún lado que sí voy a continuar el fic de Historias y estrellas, pero de todos modos te lo confirmo. Muchas gracias por comentar.
kamibb: Ya lo sé, este comentario no es del episodio dos, pero tenía muchas ganas de contestarte. En serio, muchas gracias por tus palabras. No sabría si sentirme halagada cuando la verdad es que les he dejado mucho tiempo en espera, tanto con el fic de Historias y estrellas como con este, y el que supliques que lo continúe sólo me hace sentir más culpable. No hay necesidad de que recurras a ello, ten por seguro que lo voy a continuar. Sé que he tardado, pero una vez suba el episodio voy a tratar de explicar la causa de mi retraso. Pero ya dejándome de excusas tontas y palabrerías absurdas, me alegra que esta historia también te esté gustando, soy inmensamente feliz. Saludos.
Isa-chan: Tu comentario me hizo muy feliz. La verdad es que batallé horrores para escribir ese episodio, y lo tuve que rescribir porque simplemente no me gustaba como se comportaban los personajes. Estoy satisfecha de saber que en lo que pude mantuve lo más congruentemente sus personalidades y por lo tanto su esencia, de lo contrario me habría sentido mal conmigo misma. Eres la primera persona en recalcarme sobre el uso que hago del nombre de América. No sé si alguien más lo notó, pero es agradable. Sobre los extranjerismos, la verdad es que –personalmente- no me gustan. A veces tienden a hacer la lectura tediosa o molesta, y aunque pueda verse bien usar diálogos en diversos idiomas en ocasiones se vuelven incomprensibles. Ya lo sé, te aburro con mis comentarios sin sentido, pero es que me emocionan mis cursilerías. Espero haber mantenido ese mismo toque característico de cada uno de los personajes para este episodio. Ya no te molesto más, muchas gracias por el comentario.
izumi15: Me quedo sin palabras para expresarme correctamente. Tienes razón, Estados Unidos aún se conserva inmaduro, pero yo me supongo que la mayoría –si no es que todas- amamos esa parte de él. Espero que este episodio también te guste y de igual forma la historia. Nos leemos luego.
AlexGSUK: Simplemente no sé por dónde empezar jeje. Tu comentario me hizo pensar mucho, de la buena manera por supuesto. Tomaré en consideración tu sugerencia, sólo espero poder hacerlo, siento que por querer mantener el suspenso en la historia omito cosas básicas para la misma… pero eso no lo sé. Amm… sobre Arthur, bueno creo que en este episodio ya se ve dónde es que está realmente. Te pido una disculpa si las cosas se confunden por no saber expresarme bien, juro que voy a tratar de agregar más detalles para que sea más claro . ¡No mueras por favor! Aún hay más de la historia que leer. Si la continúas créeme que te lo agradeceré.
Fullmoon2796: ¡El episodio ya está aquí! Lo siento, no se me ocurrió nada más inteligente que decir. Me supongo que la nueva pregunta será: "¿Y el episodio cuatro para cuando?". Prometo que lo publicaré mucho más rápido que este. Me alegra que te guste la historia. Te agradezco el comentario y espero que me acompañes para este episodio también.
