Grax por sus comentarios!

Enjoy!


Capítulo 19

Jueves, 16 de marzo, 19.15 horas.

Edward la rodeó con el brazo al verla vacilar frente a la puerta del tanatorio.

—¿Lista?

Bella asintió con un gesto rápido y rotundo.

—Creo que sí.

Pero estaba temblando.

—Acabemos cuanto antes. Luego nos iremos a casa y dejaré que tu padre me dé una paliza.

Ella se echó a reír, que era lo que él pretendía.

—Espero que no lo haga.

Un hombre de negro les señaló una sala llena de varones trajeados y mujeres con elegantes vestidos. «La flor y nata de la alta sociedad de Chicago», pensó Edward al reconocer entre los asistentes a varios de los invitados a las celebraciones de gala que el padrastro de Tanya solía ofrecer.

Cuando entraron la sala quedó sumida en el silencio, las conversaciones se fueron interrumpiendo hasta que solo se oía la música clásica procedente de los altavoces. Una mujer de aspecto frágil se apostaba a un lado del ataúd de caoba, acompañada de los hijos de Harry.

—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó Edward.

—No, quédate aquí. Tengo que decirle una cosa pero no tardaré.

Abrazó a Flo y le susurró unas palabras al oído. Ella guardó silencio y las lágrimas empezaron a rodarle por las mejillas a la vez que su trémula boca esbozaba una sonrisa. Bella, también con los ojos llorosos, regresó al lugar donde Edward la esperaba.

—¿Qué le has dicho? —preguntó Edward, y deslizó la mano por debajo de su pelo.

—Le he comunicado que lo último que dijo Harry es que la amaba. Ella ya lo sabía, pero necesitaba oírlo.

—Entonces me alegro. —Mirando por encima de la cabeza de Bella escrutó la sala—. ¿Conoces a alguien?

Ella miró alrededor.

—A muchas personas, pero a nadie que me odie.

—Quedémonos un poco más —le susurró él al oído—. Quiero ver quién aparece. Yo me quedaré aquí a observar. Tú ve con la gente.

El primero que apareció fue McCarty. Con su traje arrugado parecía Colombo en un club social.

—¿Has rastreado la llamada de Lauren?

Edward miró a Bella que en ese momento hablaba con el alcalde. El alcalde. Mierda. Se acordó de Tanya. El hecho de estar entre tantos gerifaltes lo estaba poniendo nervioso. Se centró en la pregunta de McCarty.

—Sí. Ha llamado a una empresa llamada Brewer, Inc. Está registrada como importadora de cerveza.

—Qué interesante, porque justo después de hacer esa llamada Lauren ha ido a un piso que no era el suyo, pero al parecer no había nadie. He hablado con la casera y me ha explicado que el propietario es un hombre llamado Lawe. Me ha dicho que es investigador privado y lo ha reconocido en la fotografía que le hemos mostrado.

—¿Para qué querría Lauren hablar con un investigador privado? Entendería que fuera a ver a un abogado, pero no a un investigador privado.

—No lo sé. La casera me ha dicho que vio a Lawe ayer por la mañana pero que no ha regresado desde entonces. Tiene un paquete para él pero no ha pasado a buscarlo.

—A lo mejor ha salido unos días.

—Podría ser, pero como tenía un presentimiento he llamado a la morgue. Acababan de recibir el cadáver de un hombre de la misma estatura y complexión que el investigador privado. Está abrasado.

Edward se estremeció.

—Ah, qué horror.

—Sí. El coche robado en el que iba se incendió, pero los habitantes de la zona avisaron rápidamente a los bomberos y lograron sacarlo antes de que quedara reducido a cenizas. Arson ha encontrado restos de una pequeña bomba casera conectada a un temporizador manual. Tenía el pecho lleno de plomo, del mismo calibre que la pistola con la que dispararon a Bacon. Alice me ha dicho que iban a practicar un análisis dental para comprobar si el cadáver corresponde a Lawe.

—Bella lo había visto en alguna parte, pero no recuerda dónde.

—Tal vez lo viera con Lauren. La casera cree que Lawe y Mallory eran pareja.

—Hablaremos con Blaine Connell a primera hora de la mañana y veremos si esto sirve para sonsacarle algo más. Ya he descubierto lo que Bacon y Nicole Rivera tenían en común.

McCarty arqueó las cejas.

—Eres un rayo, tío —bromeó, y Edward se echó a reír.

—El hermano de Nicole está en la cárcel, esperando el juicio. La compañera de piso de la chica me ha contado que estaba ahorrando hasta el último penique para pagarle a su hermano un abogado mejor que el memo que le tocaba de oficio.

—Así que tanto Bacon como Rivera estaban familiarizados con el sistema jurídico. Y, hablando de sistema jurídico, mira quiénes están ahí.

—James Carter y Ángela Webber. —Con otro hombre a quien Edward no conocía—. Vamos a charlar con ellos.

—Detective Cullen. —James Carter le estrechó la mano con sobriedad.

—Doctor Carter, este es mi compañero, el detective McCarty.

—Ya me acuerdo de usted —dijo James—. Fue a ver a Bella al hospital el año pasado.

McCarty le estrechó la mano.

—Sí. ¿Conocía al doctor Clearwater?

—Todos lo conocíamos. Pobre Flo, no quiero ni imaginarme cómo lo debe de estar pasando. Pero sobre todo hemos venido por Bella. —Tensó la mandíbula y su semblante se ensombreció—. Hemos decidido mandar unánimemente a la mierda a quien esté haciendo todo esto. ¿Qué creían? ¿Qué íbamos a abandonarla? Pues no.

—James —masculló el otro hombre—. Aquí no. No es el lugar apropiado.

James le dirigió un gesto de asentimiento; era obvio que le costaba calmarse.

—Lo siento. Es que todo esto me saca de quicio. Recuerda a Ángela, ¿verdad, detective?

—Claro —respondió Edward, y observó que las mejillas de James se sonrojaban y que le palpitaba la vena de la sien. El hombre estaba furioso, pero se controlaba bien—. Qué bien que hayan venido a hacerle compañía a Bella. La pobre lleva un día muy duro.

—Una semana, diría yo —lo corrigió Ángela con tristeza—. Me alegro de volver a verlos, detectives. Gracias por cuidar tan bien de Bella. No es una persona fácil de manejar.

—Podrías aplicarte la frase —dijo el otro hombre, y le tendió la mano a Edward—. No nos han presentado. Soy Robin Archer. Hace mucho tiempo que conozco a Bella.

Edward abrió los ojos como platos y le estrechó la mano al hombre.

—¿Usted es Robin?

James hizo una mueca risueña.

—Ya le dije que Bella y yo éramos solo amigos.

Edward se aclaró la garganta.

—Sí. He oído hablar de sus sopas, señor Archer.

Robin esbozó una encantadora sonrisa.

—Bella detesta la sopa, ya lo sé. Por eso se la hago comer.

Edward dio un resoplido.

—Bien.

James se mordió la parte interior de la mejilla.

—Bien. —Luego se puso serio—. ¿Qué ha descubierto, detective? Bella nos ha dicho que el hombre del que sospechaban no es el asesino.

—Tenemos varias pistas bastante seguras. Les daré más información cuando pueda. Doctor Carter, ¿puedo hablar un momento con usted?

Edward se lo llevó aparte.

—Puesto que me contó lo de su padre, quería decirle que está en la ciudad y que están arreglando las cosas.

James suspiró.

—Ya me lo ha contado. También me ha dicho que está enfermo del corazón. Bella necesitará apoyo en los meses venideros. Con lo que le ha costado recuperar la relación, y ahora esto... Pobre Bella.

—También quería hacerle unas preguntas, si no le importa. ¿Puede hablarme de Phillip?

James arqueó las cejas.

—¿Cree que está involucrado en esto?

—Antes tengo que hacerle las preguntas. El autor es alguien con un gran resentimiento hacia Bella por motivos personales.

—Pero ¿Phillip? —James suspiró—. Bella y él se conocieron en la facultad de medicina. Él entró a formar parte del grupo porque salían juntos. En general no nos caía muy bien, pero no se lo dijimos a Bella. Yo no llegué a ver la chispa entre ellos, pero Bella parecía amarlo. Siempre pensé que era por lo poco que se parecía a su padre. Su padre es muy exagerado y vehemente, y Phillip no es ni lo uno ni lo otro.

—¿Es violento?

—¿Phillip? —James parecía verdaderamente asombrado—. Que yo sepa no. Más bien es comedido. Quisquilloso. Dos semanas antes de la boda Bella descubrió que la había estado engañando. El tío no lo negó. Hizo las maletas y se largó de su casa.

—Eso es lo que me ha contado Bella —dijo Edward pensativo, y James aún se asombró más.

—¿Le ha hablado de Phillip? A mí me costó Dios y ayuda arrancarle esas cuatro cosas.

A Edward se lo había contado tranquilamente mientras él la estrechaba entre sus brazos. Y esa noche él haría lo mismo. Se sinceraría y le contaría las cosas que le dolían.

—¿Sabe quién era la mujer?

—No. Phillip y yo no hablábamos nunca. Él es más bien... conservador. No tengo la dirección de su casa, pero trabaja, en el Kinsale Cancer Institute.

—¿Y cómo se apellida? —La sonrisa de Edward estaba cargada de ironía—. Solo lo conozco como «don Cabrón».

James rió en silencio.

—Le va mejor ese nombre. Se llama Parks, Phillip Parks.

—Una última pregunta. Ha mencionado el grupo... ¿Quién más forma parte de él?

James abrió los ojos como platos.

—¿No pensará...? Bueno, supongo que es normal. Seguro que incluso me tiene a mí en la lista. Antes éramos más, pero hay algunos amigos que se han trasladado. Ahora somos Bella, Robin y yo; y Ángela, por supuesto. También están Gen Lake y Rhonda Pérez, pero ya no los vemos tan a menudo.

—¿Quién ha dejado el grupo en los últimos... seis meses?

En los ojos de James se percibió un ligero centelleo.

—Jacob Black.

—¿Porqué?

James vaciló.

—Se marchó a África a trabajar para Médicos Sin Fronteras.

Edward percibía que detrás de ese motivo había algo más.

—¿Y se marchó de repente?

—Nos dijo que llevaba pensándolo un tiempo, pero a nosotros nos cogió por sorpresa.

Edward estaba seguro de que James sabía más cosas del tal Jacob, pero decidió atacar por otro flanco. Más tarde hablaría con Bella.

—Gracias, doctor Carter. Le agradezco la información que me ha proporcionado.

—Puede preguntarme lo que quiera, detective. Después de Robin, Bella es la persona que considero más cercana.

... ... ...

Jueves, 16 de marzo, 22.45 horas.

—Ven aquí, Bella.

El padre de Bella ahuecó el cojín del sofá de Edward y ella se acurrucó a su lado y le puso la cabeza en el hombro.

—¿Te han gustado los ziti? —Tenía pensado preparar un plato más elaborado pero al haber tenido que ir esa tarde a la comisaría se había visto obligada a echar mano de una receta de última hora.

—Están casi tan buenos como los de tu madre —dijo él lo bastante alto como para que la madre de Bella lo oyera desde la cocina. Luego susurró—: Están igual de buenos. ¿Dónde está tu joven amigo?

—Aún está de servicio. —La llamada había conmocionado a Edward. Bella llevaba más de dos horas tratando de no pensar en quién podía ser esa vez—. Suele pasar cuando se sale con un policía.

—Parece... agradable. —Le costó pronunciar la palabra, pero hizo sonreír a Bella.

—Es agradable. —Lo oyó resollar—. Papá, no te lo tomes a mal pero deberías volver a casa.

Él irguió la espalda.

—¿Por qué?

—Porque tienes que estar cerca de tus médicos.

—Ya. —La besó en la coronilla—. ¿Por qué, Isabella? Soportaré la verdad.

Ella suspiró.

—Porque aquí no estás seguro. Tres amigos míos han muerto y esta tarde han agredido a la hermana de Edward. Será mejor que te vayas, no quiero que también tú acabes mal.

—Me iré si vienes conmigo.

Bella lo miró con el entrecejo fruncido.

—Eso no es justo.

Él se encogió de hombros.

—Pues demándame. Ese es el trato, Bella. Me iré a casa si tú también vienes.

—Te irás a casa porque tienes que estar cerca de tu cardiólogo, y yo me quedaré aquí porque es donde vivo. —Y le pareció curioso que el primer sitio que le pasara por la mente fuera aquel salón. Se había sentido muy a gusto en el piso de Eleanor, pero la casa de Edward era un verdadero hogar—. Además, está Edward para cuidarme.

—Y con nosotros te cuidará Vito, así que estamos empatados. ¿Has dicho que habías preparado cannoli?

Ella se rió.

—Eres muy tozudo.

—Ya lo sé. —Se puso en pie—. Me ha gustado volver a ver a Ángela, ha sido casi como en los viejos tiempos. —Ángela se había presentado en el tanatorio y luego se había apuntado a cenar con ellos. Ver todas aquellas caras sentadas a la mesa era verdaderamente revivir los viejos tiempos.

—Ella no tenía por qué dejar de ir por casa aunque yo lo hiciera —dijo Bella.

Su padre retiró la tapa de los cannoli.

—Y no lo ha hecho.

—¡Charlie! —Reneé se levantó y le arrebató el plato de las manos—. No debes comer de eso —añadió con más suavidad.

—Por uno no pasa nada. —El hombre miró a la madre de Bella con ojos de cachorro—. Los ha hecho Bella.

—¿Qué quieres decir, que Ángela ha continuado yendo por casa? —preguntó Bella.

—No —insistió su madre, y apartó el postre.

Su padre suspiró.

—Ángela ha seguido viniendo a casa cada año en el día de Acción de Gracias. Pensaba que lo sabías.

Bella sacudió la cabeza.

—No. Durante estos años yo he pasado el día de Acción de Gracias con los Denali. Ángela me decía que iba a casa de unos amigos de la facultad de derecho.

—Seguro que no quería herirte, Bella —dijo Vito, inquieto, y retrocedió cuando Dolly se incorporó y empezó a gruñir—. Esa perra es un peligro.

—No, solo nos avisa de que ha llegado Edward. —Unos segundos más tarde oyó la puerta del garaje. El estómago se le encogió. Le preocupaba a quién habría encontrado muerto esta vez, con una nota prendida en la chaqueta—. Disculpadme. —Se deslizó hasta el garaje, necesitaba pasar un momento a solas con él.

Edward salió del coche y al verla dejó caer los hombros con desaliento.

—Bella.

—¿Quién era?

Edward frunció la boca.

—La madre de Danny Morris.

—Del niño —masculló Bella—. ¿La han matado?

Incluso desde una distancia de tres metros pudo observar la fría mirada de ira en sus ojos.

—Se ha suicidado. Ha dejado una nota. Decía que se sentía culpable por no haber protegido a su hijo, que yo tenía razón.

Bella tenía ganas de acercarse a él pero percibía que necesitaba estar solo.

—¿Sobre qué?

Él bajó la cabeza.

—Estaba seguro de que ella sabía dónde se escondía el padre. El lunes por la noche, después de que aquel hijo de puta me zurrara en el bar, fui a su casa. Le dije que estaba encubriendo a un monstruo y le pregunté qué clase de madre haría eso. —Levantó la mirada, en sus ojos verdes se apreciaba angustia—. La presioné demasiado.

—No, Edward, no lo hiciste. —Incapaz de controlarse por más tiempo, ella le rodeó los hombros con los brazos y le hizo posar la cabeza en el lateral de su cuello—. No le dijiste nada que no supiera ya. Además, si no le importara su hijo, daría igual lo que le hubieras dicho. En la nota te decía dónde puedes encontrar a su marido, ¿no?

Él alzó la cabeza lo justo, de modo que solo unos centímetros separaban sus ojos de los de Bella.

—Sí, pero no está en ninguno de los sitios que ella decía. ¿Cómo lo has sabido?

—Ha pasado otras veces. Las personas suelen dejar las cosas arregladas antes de dar el último paso. Ella lo ha intentado.

Edward apretó la mandíbula.

—Tendría que estar viva para declarar en contra de su marido.

—Seguro que tú lo habrías hecho —dijo en tono quedo, y los ojos de Edward centellearon.

—Yo no habría permitido que un cabronazo matara a mi hijo.

—No todo el mundo hace lo que debería, Edward. Y no todo el mundo tiene la misma entereza. —Lo besó con ternura—. Lo siento.

Él volvió a apoyar la cabeza en su hombro con gesto cansino.

—¿Conoces a una tal Sylvia Arness?

Ella negó con la cabeza mientras el temor volvía a atenazarle el estómago.

—No.

Él se irguió y la aferró por los brazos.

—¿No? ¿Seguro?

—Seguro. —El corazón le aporreaba el pecho con tal fuerza que incluso sentía dolor—. ¿Por qué?

Él la aferró con más fuerza.

—Es una mujer afroamericana, de veintitrés años.

—No. Dime por qué me lo preguntas, Edward.

—Porque está muerta. Howard y Brooks, de mi unidad, han respondido justo cuando yo salía de casa de Morris. Me han llamado cuando han visto la nota prendida en el abrigo.

A Bella se le puso un nudo en la garganta.

—¿«Dime con quién andas y te diré quién eres»?

—Sí. ¿Seguro que no la conoces? Sylvia Arness es el nombre que aparece en su carnet de identidad.

Ella sacudió la cabeza despacio.

—Tal vez sea otro asesino que se ha inspirado en los crímenes.

—Es posible. ¿Te vienes a la comisaría para identificarla? Así nos aseguramos.

Ella asintió con gesto rígido.

—Claro. Les diré a mis padres que nos marchamos.

Edward se apostó frente a la puerta.

—Si tu padre te ve con esa pinta, va a darle un... patatús.

«Ataque». Había estado a punto de decir «ataque», pero reaccionó a tiempo. Ella se irguió cuan alta era, cerró los ojos y se tranquilizó. Cuando volvió a abrir los ojos, él asintió.

—Mejor así. Se dará cuenta igualmente de que algo no va bien, pero no se asustará tanto.

—Gracias —susurró ella—. No lo había pensado.

—Es normal.

Abrió la puerta y saludó a la familia con una sonrisa cansina.

—Siento haber tardado tanto. Ha surgido otro caso.

Bella entró en la cocina detrás de él y al mirar a Vito a los ojos vio que este lo había comprendido.

—Papá, se está haciendo tarde —dijo—. Es mejor que volvamos al hotel.

Charlie se sentó en una silla de la cocina; el gesto de su mandíbula denotaba obstinación.

—No soy ciego, y mucho menos idiota. Dime la verdad, Bella.

Ella estrechó la mano de Edward.

—Gracias por intentarlo —masculló, luego miró a su padre—. Papá, Edward ha tenido que atender otro caso, pero mientras estaba fuera ha surgido algo que podría estar relacionado conmigo, aunque no es seguro. Tengo que echarles una mano. Por favor, márchate con Vito. Tienes que descansar. Te llamaré, te lo prometo.

Charlie se puso en pie con la barbilla muy alta.

—¿Me promete que no la perderá de vista, Cullen?

Edward asintió.

—Se lo prometo.

... ... ...

Jueves, 16 de marzo, 23.20 horas.

Denali y McCarty se reunieron con ellos en la morgue.

—Si es un imitador, las cosas podrían ponerse feas en menos que canta un gallo —observó Denali.

—Me gustaría saber cómo ha podido llegar a oídos de otro asesino lo de los mensajes —dijo McCarty—. Hasta ahora habíamos mantenido a la prensa al margen. Ahora la cosa es distinta, porque toda la gente que rodeaba a Arness ha visto la nota.

Bella apoyaba en Cullen su tenso cuerpo.

—Terminemos con esto cuanto antes.

Alice aguardaba junto a la mesa de acero sobre la que yacía una persona cubierta con una sábana.

—Le han disparado a las nueve y cuarto. Parece que lo han hecho a bocajarro. La bala era de un calibre grueso, un cuarenta y cinco más o menos. Le ha entrado por la espalda, ha ido directa al corazón y ha salido justo por delante. —Su expresión era amable—. Si ha sentido dolor, no habrá durado más de un minuto.

—Pero podría haber pasado miedo —masculló Bella con los ojos fijos en la sábana. Edward supo que en su fuero interno estaba junto a la mujer en el momento en que esta había tenido que afrontar la muerte. Eso era lo que hacía. Penetraba en la mente de los pacientes de su mano y revivía con ellos sus miedos. Lo hacía porque le importaban. Resultaba curioso reparar en ello justo allí, delante de un cadáver.

—Al oír el disparo, unas cuantas personas han acudido enseguida, pero se ha producido una gran confusión y nadie ha visto nada —explicó Edward—. La policía científica aún está registrando el escenario.

—Espera. —McCarty levantó la mano—. A Rivera la dispararon con un veintidós y utilizaron un silenciador. ¿Para qué iba el asesino a utilizar un cuarenta y cuatro con tanta gente alrededor?

—Porque quería que encontraran rápido a la víctima —respondió Edward.

—Pero se ha tomado el tiempo necesario para prender la nota en el abrigo incluso sabiendo que la gente acudiría enseguida. —El bigote de Denali se frunció en una mueca—. No parece obra de nuestro meticuloso asesino.

Bella irguió la espalda.

—Por favor, ¿podemos empezar? Yo estoy lista.

Edward la aferró por la cintura cuando Alice retiró la sábana y dejó el cadáver de la mujer descubierto hasta los hombros. Durante unos instantes, Bella se limitó a mirarlo fijamente.

—No la he visto... —Se interrumpió—. Esperad. ¿Dónde la han encontrado?

—En el campus de la Universidad de Illinois. Es...

—Estudia allí. —Bella terminó la frase por él. Apenas tenía voz y su rostro había perdido el color. Denali acerco rápidamente una silla y entre Edward y él la ayudaron a sentarse. Bella se humedeció los labios—. La saludé; eso es todo.

Edward se acuclilló para verle la cara.

—¿Cuándo?

—Ayer. Me hacían falta unas botas nuevas, porque toda mi ropa y mi calzado lo tenéis vosotros.

Denali le dio un suave apretoncito en el hombro.

—¿Coincidiste con ella en la zapatería?

Ella asintió; estaba aturdida.

—¿Cómo sabes que estudiaba allí? —le preguntó McCarty.

—Empezó a... a tontear con Vito. Todas las chicas tontean con él. Yo elegí las botas y me dirigí a la caja; la tenía detrás en la cola y la saludé. Cuando salimos, empecé a tomarle el pelo a Vito y él me dijo que no era más que una universitaria. Solo la saludé. —Apenas podía tomar aire de lo rápida y agitada que era su respiración—. Solo eso. —Se cubrió la boca con la mano. Tenía la mirada perdida—. Y ahora está muerta. Dios mío. ¿Cómo puedo prevenir a las personas que ni siquiera conozco?

Edward sabía cómo.

—Ha llegado el momento de pasar a la acción. Mañana llamaré a Lynne Pope de Chicago On The Town. Le debemos un favor y le concederé una exclusiva.

—Vas a convertirte en una estrella, campeón —bromeó McCarty con la lengua en la mejilla.

Edward le estrechó la rodilla a Bella.

—¿Te parece bien? Así lo sabrá todo el mundo.

Ella parecía tan perdida que a Edward se le partía el corazón.

—Nadie querrá hablar conmigo —musitó—. La gente se esconderá cuando pase por la calle. —Luego miró el rostro de Sylvia Arness y sus labios adquirieron un gesto resuelto—. Pero al menos vivirán. ¿Tienes la tarjeta de Pope?

Edward la extrajo de su cartera.

—Bella, ya hablaré yo con ella.

—No. Lo haré yo misma. Tengo unas cuantas cosas de mi cosecha que decirle a ese hijo de puta. Pienso recuperar mi vida. Si cree que va a hacer que me encierre en un armario, me encoja como un bebé y... me ponga a lloriquear, está muy equivocado. Johnson, necesito utilizar tu teléfono.

—No te lo permitiré —le espetó Edward, y le bloqueó el paso—. Se pondrá tan furioso que irá directo a por ti.

Ella se mordió la parte interior de la mejilla y lo miró con expresión desafiante.

—Yo cuento con muchísima más protección que ella. —Señaló el cadáver de Sylvia—. Os tengo a todos vosotros. Ella no tenía a nadie que la protegiera, y la próxima víctima tampoco. Mierda, Edward, es mejor que no haya ninguna víctima más. Deja que venga a por mí. Lo estaremos esperando.

... ... ...

Viernes, 17 de marzo, 2.35 horas.

Bella se sentó en el borde de la cama de Edward.

—Lynne ha sido muy amable de encontrarse con nosotros.

El cámara y ella habían filmado toda la secuencia mientras Edward se mantenía al margen.

Él se volvió a mirarla con ironía.

—Se llevará un buen pellizco cuando todo esto se airee mañana. —Se quitó la corbata y la lanzó sobre el tocador—. Me parece que todos salimos ganando.

Bella estaba hecha un lío. Reprimió el impulso de levantarse y pasearse de un lado a otro mientras él se desabrochaba los botones de la camisa.

—Dice que saldrá en Good Morning, Chicago y en Chicago On The Town, en la tertulia de mediodía —dijo; sabía que solo conseguía balbucear las palabras pero era incapaz de controlarse.

Edward se despojó de la camisa y Bella se quedó boquiabierta. Vestido, tenía una planta explosiva, pero desnudo...

—Sí, eso ha dicho. —La miró detenidamente—. Bella, ¿estás nerviosa?

Ella cerró los ojos. Ahora, además de nerviosa estaba avergonzada.

—Sí.

Él se sentó a su lado y la abrazó.

—¿Por qué?

—Acabo de decirle al asesino que es «un débil y un cobarde» y lo he desafiado a que venga por mí.

Él soltó una breve risita.

—¿Ahora se te ocurre pensar en eso? —La besó en la coronilla—. Has hecho lo que tenías que hacer, Bella. A mí tampoco me gusta, pero de algún modo hay que solucionar las cosas.

El torbellino que Bella tenía dentro empezó a transformarse en una sensación más fuerte y profunda.

—No quiero asistir a más funerales, Edward.

—Ya lo sé. Pronto daremos con él y todo esto habrá terminado.

Ella levantó la cabeza y lo miró a los ojos.

—¿Y luego qué?

Él no trató de hacerse el desentendido.

—No lo sé. ¿Tú qué quieres, Bella?

Ella meditó la respuesta tanto como la pregunta. Lo que dijera podía ser determinante para el futuro de la relación... Porque lo que tenían era una relación. Había nacido del miedo, pero no debía continuar así. Tal vez por eso estuviera tan nerviosa.

—Quiero un hogar y una persona que me ame.

—Quieres un marido.

En sus palabras había un aire melancólico que hizo que a Bella se le pusiera un nudo en la garganta.

—Sí. —Exhaló un suspiro—. Y si eso te asusta, es mejor saberlo ahora.

—No me asusta, Bella; por lo menos, no de la manera que crees.

—Entonces, ¿qué te asusta? Cuéntamelo, Edward.

Él hizo una mueca.

—Lo intento, pero me parece que no lo estoy haciendo muy bien.

Ella le rozó los labios con los suyos.

—¿Te ayudaría tumbarte en el diván? —Ella extendió la mano sobre su pecho velloso y lo empujó suavemente de modo que quedó tumbado en la cama de cintura para arriba mientras sus pies descalzos seguían firmemente apoyados en el suelo. Ella se acostó de lado junto a él, sosteniéndose sobre el codo—. Relájate.

Él la miró de reojo, con recelo.

—De acuerdo.

—No estás relajado. —Poco a poco, ella le acarició el pecho con las palmas de las manos, deleitándose con las cosquillas que le hacía su grueso vello.

—Así no me relajo, Bella —dijo en tono seco.

Ella dejó de acariciarlo.

—Perdona. ¿Quién era Tanya, Edward? ¿Y qué hizo para herirte tanto?

Él cerró los ojos.

—Durante un tiempo, fue mi mejor amiga. O eso creía yo.

—Las heridas que te hace un amigo cuestan el doble de curar.

—De niño, mi mejor amigo era Jason Rich. —Hizo una pausa y con el pulgar empezó a acariciarle el dorso de la mano—. Jason y yo éramos uña y carne; y dábamos mucha guerra. —Sus labios dibujaron una mueca—. ¿Sabes que los soldaditos se derriten si los pones en una cazuela con el fuego muy alto?

—No, pero yo de pequeña jugaba con Joe, el soldado de Vito. Joe se moría por mi Barbie. Yo me habría puesto frenética si me hubieras estropeado la cazuela.

—Eso es lo que le pasó a mi madre. —Se quedó callado y pensativo—. Cuando teníamos diez años, Tanya vino a vivir al piso de al lado. Su madre era divorciada y en mi barrio eso estaba muy mal visto.

—En el mío también. ¿Así que Tanya se unió a las fuerzas militares en la operación cazuela?

—No. A Tanya le gustaba Jason y yo sobraba.

—Yo tengo una sensación parecida cuando estoy con James y Robin —dijo ella en voz baja.

Edward abrió uno de sus ojos azules.

—Me podrías haber dicho lo de Robin.

—No me lo preguntaste. —Se puso seria—. Además, nunca le he dado importancia. Son mis amigos. ¿Jason y Tanya siguieron siendo amigos tuyos?

—Sí, pero al llegar a la adolescencia todo cambió. Se habían vuelto inseparables, y Tanya se quedó embarazada a los diecisiete años. Jason y ella se casaron a escondidas.

—Madre mía —exclamó Bella.

—Para entonces la madre de Tanya había vuelto a casarse y se encontraba en una situación más o menos cómoda. Se trasladó y les dejó la casa a Tanya y Jason. —Suspiró—. Pero Tanya perdió el bebé. No quería divorciarse y pasar por lo mismo que su madre, y además amaba a Jason, así que decidieron seguir juntos. Yo me hice policía, como mi padre y mi hermano. Y Jason también. A mí me tocó patrullar y Jason entró en Narcóticos. —Sacudió la cabeza—. Lo pillaron apropiándose de material incautado para consumo personal. Lo despidieron. Tanya se quedó destrozada y Jason... —Frunció los labios—. Se suicidó.

El corazón de Bella se aceleró.

—Oh, no.

—Pero mi amigo Jason era muy considerado. No quería que Tanya lo encontrara muerto, así que en vez de hacerlo en su casa lo hizo en la mía. —Se esforzó por tragar saliva—. Se hinchó de pastillas y las acompañó con unas copas de Jack Daniel's. Luego se acostó. Cuando doce horas después yo terminé el turno y llegué a casa, estaba muerto.

—Qué cruel. —Su voz sonó más tajante de lo que pretendía.

Él abrió los ojos.

—Pensaba que los suicidas te inspiraban compasión.

—El trastorno emocional o mental que impulsa a la gente a suicidarse me inspira lástima. Los seres queridos a quienes dejan me inspiran compasión. Aquellos que buscan ayuda me inspiran respeto. Jason tenía una vida por delante y la desperdició, y encima te implicó a ti. Me parece despreciable.

Él parpadeó.

—Es lo que siempre he pensado, pero me preguntaba si estaba bien.

—Yo me sentiría igual si alguien que me importa se quitara la vida. A menos que estuviera demasiado enfermo para evitarlo. ¿Estaba Jason enfermo?

—No lo sé, y creo que ya nunca lo sabré. Tanya se quedó destrozada. No tenía ingresos, ni siquiera un seguro de vida. No tenía pensión, ni estudios, ni nadie en quien buscar apoyo.

—Excepto tú.

—Excepto yo. Intimamos. De niño siempre había sentido algo por ella, pero ella era la chica de Jason. Al cambiar las cosas y tenerla para mí me sentía feliz.

—Y culpable, porque eras feliz a costa de la desgracia de tu amigo.

—Un poco, sí. De todas formas le pedí a Tanya que se casara conmigo y ella aceptó. Había ahorrado un poco y le compré un anillo que no estaba nada mal.

—¿Le gustó?

—Me dijo que sí, aunque no se lo enseñó a ninguno de nuestros amigos. Una vez me insinuó que le comprara un anillo con un brillante más grande y yo me negué. No podía permitírmelo. Pero el marido de su madre se hizo rico cuando su negocio recibió una OPA y su madre le compró a Tanya un brillante más grande.

—Vaya.

—Fue nuestra primera disputa importante; pero no la última. Su padrastro estaba forrado y era muy generoso. Le compraba a Tanya muchos vestidos, y abrigos de pieles. Luego a ella le dio por decir que quería una casa en North Shore. —Apretó la mandíbula—. Su papá iba a ayudarnos.

Menudo golpe para su orgullo.

—Y tú le dijiste que no.

—Pues claro que le dije que no. Aquel gilipollas no hacía más que mirarme por encima del hombro a la mínima oportunidad.

Eso explicaba bastantes cosas.

—¿Y cuál fue la gota que colmó el vaso?

—Su papá me ofreció trabajo. —Su tono desdeñoso se acentuó—. Yo no lo acepté y Tanya se puso a hacer pucheros. Me dijo que ganaría tres veces más que con un simple salario de policía. Un simple salario de policía. —Escupió las palabras—. Lo dijo tal cual, como si fuera una cosa de la que tuviera que avergonzarme.

Bella siempre trataba de no juzgar a los familiares de los pacientes a quienes no conocía. No obstante, Edward no era ningún paciente y se sentía herido.

—Si quería cambiarte es que no te amaba; y si creía que podía hacerlo es que no te conocía.

Su pecho se hinchió al respirar hondo y despacio.

—Gracias.

Ella desplazó los dedos hasta entrelazarlos con los de él.

—¿Y?

—Y ya está.

No; no estaba. Pero era evidente que no pensaba contarle nada más.

—Muy bien.

El abrió un ojo.

—¿Muy bien? ¿Eso es todo?

Ella esbozó una sonrisa irónica.

—¿Qué quieres? ¿Qué me ponga a hacer pucheros? No va conmigo. —Arrimó la cabeza a su hombro—. Aunque sí que hay una cosa de la que me gustaría que habláramos abiertamente.

Él se puso tenso.

—¿Cuál?

—Harold Green.

Él se incorporó de golpe, de modo que desde su postura Bella solo podía verle la ancha espalda.

—No.

Ella se estremeció.

—¿Por qué no?

—Porque... —Se levantó y caminó hasta la ventana—. Porque no quiero hablar de él. Fue un accidente, nada más. Punto final.

—Lo mismo le dijiste a tu padre la otra noche.

—Bella, déjalo estar, por favor.

—No puedo. Pero ya que no quieres hablar, ¿me escucharás al menos?

—¿No puedes callarte? —le espetó él.

Ella trató de no ofenderse.

—Sí. Dímelo y me iré a dormir.

—Ya te lo he dicho y sigues hablando de ello. —Su tono era frío como el hielo.

—Pues ya basta. —Trató de mantener la voz serena—. Es muy tarde, Edward. Vámonos a dormir. —Se dirigió al baño, se volvió a mirarlo con impotencia y cerró la puerta.

... ... ...

Viernes, 17 de marzo, 2.55 horas.

Cerca de media hora después, Bella salió del baño cubierta con una camisa de Edward. Le sorprendió ver que él no se había movido del sitio.

—¿Hay alguien ahí fuera? —preguntó, y él negó con la cabeza.

—No. Si hubiera alguien lo sabríamos por Dolly.

—Acuéstate conmigo en la cama, Edward. Te prometo que te dejaré dormir. —Bella se deslizó entre las sábanas y apagó la luz. En la penumbra de la habitación observó a Edward de perfil; con el semblante austero y los brazos en jarras, miraba por la ventana algo que solo él podía ver.

—La encontré yo —dijo de pronto en tono brusco—. A la tercera niña.

Bella se incorporó. Se refería a la tercera de las niñas a las que Harold Green había asesinado.

—Ya lo sé. McCarty me lo contó la primera noche. Lo siento.

—La destripó. ¿Eso también lo sabías?

Bella tragó saliva.

—Sí. —Había sido horroroso. Las fotografías de las tres niñas brutalmente asesinadas de forma tan absurda parecían un atentado contra el decoro de quien las mirara. Pero había sido necesario mirarlas para poder examinar al hombre que les había infligido un trato tan atroz.

—Creíamos que estaba viva —dijo él—. Green dijo que estaba viva.

—Y en su mente lo estaba.

—Menuda sandez —soltó él—. Harold Green era un puto asesino.

Era mejor afrontar la situación cuanto antes.

—Y yo lo dejé en libertad, ¿no?

Él no dijo nada, lo cual lo decía todo, por supuesto. Ella trató de no ofenderse, pero le resultaba difícil. Por eso optó por regresar a donde mejor se movía y hablarle como si fuera uno de sus pacientes, aunque sin olvidar que estaba en su cama y que solo llevaba puesta una de sus camisas abotonadas hasta el cuello.

—Edward, ¿qué hiciste cuando encontraste a la niña?

Él tragó saliva.

—Me dejé caer de rodillas y me eché a llorar como un bebé.

—Estoy segura de que no fuiste el único —susurró ella.

—La niña tenía solo seis años —dijo con voz entrecortada—. Qué mierda. No quería volver a acordarme de ella, pero la otra noche, al ver a aquella mujer abierta en canal...

Cynthia Adams. Un suicidio; y había tenido que acudir un hombre al que el suicidio de un ser querido le había dejado una profunda huella. Y encima él se sentía lo bastante comprometido como para tratar de encontrar al asesino.

—Y yo lo dejé en libertad —repitió ella, y dio un suspiro trémulo.

—Fue un error —la disculpó él, con excesivo desespero—. Has actuado correctamente en muchos otros casos. Es normal que cometas algún error.

Ella comprendía por lo que había tenido que pasar, pero no sabía muy bien cómo hacerle ver que estaba equivocado.

—¿Has visto la película El sexto sentido? —preguntó de repente, y él, con los ojos llorosos, se volvió a mirarla de golpe. Estaba consternado.

—¿Ahora te pones a hablar de cine?

Ella asintió. Mantenía la calma a pesar de los nervios que le atenazaban el estómago.

—Sí. ¿La has visto o no? El protagonista es un niño que ve fantasmas por todas partes.

—Sí que la he visto —dijo entre dientes—. Cuatro estrellas.

—La parte que da más miedo es cuando ve los fantasmas de día, porque se supone que entonces no puede pasarle nada.

—¿Nos lleva esto a alguna parte, doctora? —le preguntó con acritud.

—Sí. Harold Green no veía fantasmas, Edward: veía demonios, y no solo en sueños. Estaban por todas partes, lo acechaban todo el día, todos los días y todas las noches, allá adónde fuera. Estaban esperándolo para abalanzarse sobre él y devorarlo. De sus colmillos chorreaba sangre. Y resultó que esos demonios eran unas niñas preciosas, pero él no se daba cuenta.

—Eso es lo que él dijo —le espetó él—. Cualquier cosa con tal de no ir a la cárcel.

—Hay muchos tipos de cárceles, Edward. ¿Has estado alguna vez en un hospital psiquiátrico?

—No.

—Pues cuando todo esto termine, me gustaría que vinieras conmigo a uno. Green se pasa el día entero sedado para no agredir al personal. Está metido en una nebulosa en la que solo una medicación muy fuerte mantiene a raya a los demonios, y aun así los ve. Grita y se retuerce, y tienen que atarlo a la cama por su propia seguridad. Él llora y vocifera porque está aterrado. Toda su existencia se reduce a lo que ve, y no puede hacer nada para cambiarlo. Está muy solo.

—¿Sus parientes ricos no van a visitarlo? —preguntó Edward con acrimonia.

«¿Cómo no se me habrá ocurrido?»

—Dicen que el dinero da poder, pero en el caso de Harold Green sirve de bien poco. Su madre va a verlo de vez en cuando, pero cada vez las visitas son menos frecuentes. Tiene la esperanza de que mejore, de que vuelva a ser el hombre a quien ella conocía, el hijo al que amaba y al que a pesar de todo sigue amando. Sin embargo, los días pasan y él sigue encerrado en su prisión mental, asustado y solo. —Inspiró profundamente y soltó el aire despacio—. A veces... —Sacudió la cabeza y sus ojos se llenaron de amargas lágrimas.

Él se quedó unos instantes inmóvil. Luego, poco a poco, se volvió hasta que puso los ojos en ella en lugar de mirar por la ventana.

—¿A veces qué, Bella? —le preguntó en tono quedo.

Ella se avergonzaba de lo que estaba a punto de decir pero necesitaba que él lo comprendiera.

—A veces cuando veo que pasa miedo y sufre tanto pienso que sería mejor que muriera. Y a veces... —Apartó la vista—. A veces se me pasa por la cabeza hacerlo yo, y no estoy segura de si es por piedad o por venganza.

»El día del juicio tenía su destino en mis manos, Edward, y lo eximí porque no estaba en condiciones de someterse a un juicio y la ley dice que, por tanto, no puede condenársele por sus crímenes. Pero vi lo que hizo y, joder... —Su voz se quebró pero enseguida recobró la firmeza—. Vi la mirada de las madres de las niñas. Y de la esposa del policía a quien estranguló. Odiaba a Harold Green, pero hice lo que tenía que hacer. —Cerró los ojos y las lágrimas le resbalaron por las mejillas—. Y si la situación se repitiera, volvería a hacer lo mismo.

Edward permaneció inmóvil. Las lágrimas de Bella le partían el corazón. Era una mujer que había actuado correctamente a pesar de que era la opción más difícil. Al principio le había parecido fría, pero ahora sabía que se preocupaba de las cosas en exceso y que solo su voluntad férrea evitaba que los demás lo notaran y, por tanto, le permitía hacer su trabajo. Él comprendía muy bien lo que significaba tener que cumplir con el deber aunque doliera en el alma. Ambos tenían mucho más en común de lo que en principio creía. Y en ese momento algo brotó de lo más profundo de su herido corazón. De momento, lo consideraría simplemente respeto.

—Lo siento, no supe entenderte. —Se sentó junto a ella—. No llores más, por favor.

Ella apretó los dientes y sollozó.

—No puedo apartar de mi mente el rostro de esa chica... Sylvia Arness. Tendría que estar yendo a fiestas, asistiendo a clase. En cambio, está muerta.

Él le enjugó las húmedas mejillas con el pulgar.

—Porque un cabrón que está mal de la cabeza sabe que es la manera más rápida de hacerse contigo. Pero no le dejaremos ganar, Bella. —El sollozo se hizo más intenso y él la estrechó entre sus brazos, le acarició la espalda y, al intensificarse su llanto, la besó hasta que reparó en que la única forma de silenciarla era con la boca.

Le apartó la cabeza de su pecho y le cubrió la boca con la suya, con fuerza e insistencia. Durante unos segundos ella se resistió, luego se puso de rodillas y le devolvió el beso con intensidad y vehemencia mientras le acariciaba el pecho entrelazando los dedos con su vello. Jugueteó con sus pezones y le arrancó un gemido gutural.

Él se levantó de golpe y con un movimiento rápido la hizo ponerse en pie; quiso desabrocharle los botones de la camisa que llevaba puesta pero al no conseguir pasarlos por los ojales empezó a renegar, y al fin tiró de la prenda hasta que los botones saltaron y sus pechos llenaron las palmas de sus manos. Ella bajó las manos hasta su cintura y de pronto él notó que tenía los pantalones arrugados a la altura de los tobillos y se desprendió de ellos con sendas patadas. A continuación ella le quitó los calzoncillos y lo dejó desnudo salvo por la camisa que aún le cubría los hombros. Él se dispuso a quitársela, pero se detuvo, atónito, cuando ella encendió la luz.

Él le había alborotado el pelo al aferrarla, sus labios se habían hinchado al contacto con los de él y sus mejillas aparecían perladas por las lágrimas. Pero tenía la mirada ardiente y Edward se estremeció.

—Anoche no te vi —dijo ella—. Hoy quiero verte.

Lo empujó hasta tenderlo en la cama y se colocó a horcajadas sobre su cintura, y cuando él trató de asirla se inclinó y le colocó las manos en la almohada, junto a la cabeza.

—No —le susurró—. Esta noche es mía. Déjame a mí.

Él, con el aire paralizado en los pulmones, asintió al comprender que necesitaba controlar la situación. Le habían destrozado la vida poco a poco hasta dejarla reducida a escombros. El momento era de ella.

Ella se deslizó sobre el pecho de él y lo fue besando de arriba abajo hasta que su espalda se arqueó en un acto reflejo. Entonces se detuvo; tan solo un suspiro separaba sus labios del palpitante pene y él gimió su nombre:

—Bella.

—Chis. Déjame. —Con las puntas de los dedos recorrió su longitud haciendo que se estremeciera—. Déjame. —Luego siguió el mismo recorrido con la lengua y él volvió a gemir.

—Por favor. —Edward arqueó la espalda sin poder contenerse; suplicante—. Por favor.

Pero no pasó nada. Él se incorporó apoyándose en los codos y la miró. Lo estaba examinando con suma atención y una curiosa expresión analítica. Ella solo volvió la cabeza y lo miró a los ojos; el gesto de su boca era serio.

—Nunca había hecho esto.

Él se quedó helado.

«No pares. Por favor, no cambies de idea», pensó con desesperación.

Ella se humedeció los labios.

—Dime si algo no te gusta.

«Gracias a Dios.» Y fue lo último que pensó porque a continuación ella lo rodeó con sus labios ardientes, húmedos y sumamente agradables. Él cerró los ojos y se dejó llevar por las sensaciones. Se dejó llevar lejos de la cruda realidad hasta centrarse en lo único que importaba: aquella mujer y el inenarrable placer que lo hacía jadear, arquear más la espalda, con más fuerza. Le aferró la cabeza y empezó a movérsela para demostrarle cómo le gustaba que lo hiciera, y la soltó con un gemido al notar que ella seguía sin perder el ritmo.

Uno de los gemidos desató la pasión de ella. Le había proporcionado placer a él y había excitado el propio. Un estremecimiento y un cosquilleo le recorrían la piel, y el ardiente latido que notaba entre las piernas era imparable. Sentía deseo; no, lo que sentía era necesidad, una necesidad que nunca antes había experimentado. Nunca se había sentido así, nunca había recorrido ese frenético camino hacia la culminación ni había notado ese anhelo de sentirse plena. El sexo era simplemente algo que había practicado. Algo agradable pero no necesario.

En cambio, estar con este hombre era una necesidad, y hacerlo gemir era más imperioso que dar la siguiente bocanada de aire. Por eso cambió de posición, ejerció más presión con los labios y lo rodeó suavemente con la palma de la mano.

Con un grito entrecortado el espléndido cuerpo de Edward se arqueó y se quedó inmóvil, soportando su peso tan solo con los talones y la coronilla. Ella, complacida, sintiéndose poderosa y completamente mujer, lo soltó y lo tumbó sobre el colchón. Luego se colocó a horcajadas sobre él y cubrió su cuerpo de besos en sentido ascendente. Él le rodeó las nalgas con las manos y empezó a acariciarla con fuerza.

Al abrir los ojos la respiración de Bella se interrumpió.

—Deja que te tenga ahora —dijo él.

Y sin esperar respuesta se situó rodando encima de ella, y con un fuerte impulso la penetró, llenándola por completo. El grito de ella se mezcló con su gemido y él mantuvo la mirada fija en sus ojos igual que mantenía inmóvil su rígido cuerpo.

—No quería desearte —dijo susurrando mientras sus impulsos sincopaban sus palabras—. No quería que me importaras. Pero me importas, entiéndelo.

—Lo entiendo. —Ella arqueó la espalda y empezó a emitir sonidos de placer mientras él la besaba en la garganta. Entonces le rodeó con la boca la cicatriz y succionó con fuerza, y ella comprendió que quería dejar su propia marca sobre aquella que tanto le desagradaba. El acelerado corazón de Bella se encogió dolorosamente.

—Edward.

El placer se había vuelto muy intenso, demasiado intenso. La sensación empezó a invadirla, sus músculos se contrajeron en torno a él, y él empezó a empujar con más fuerza, con más rapidez, mientras la tensión interna crecía más y más, y sus manos aferraban las de él con más y más fuerza. Y entonces sintió miedo. Miedo de no llegar y terror de lo que ocurriría si llegaba.

—Deja que ocurra —le susurró él al oído como si hubiera leído sus pensamientos—. Déjate llevar. Deja que te vea y que te sienta. Por favor, Bella.

—Edward. —Lo que sonó fue un gemido, una súplica; y al fin, al fin, la exultación cuando la tensión se liberó de súbito y el fuego recorrió su cuerpo. Ella se convulsionó y gimió, apenas consciente de que él también había alcanzado su liberación con el cuerpo rígido y la cabeza echada hacia atrás en un éxtasis espasmódico totalmente silencioso.

Se dejó caer sobre ella; sus manos seguían unidas. Sus cuerpos seguían unidos. A ella le dolía el pecho, y la garganta. Había experimentado algo increíble que no había sentido en toda su vida.

—Ah.

Notó un movimiento en el pecho de él. Debía de haberse reído.

Permanecieron así lo que les pareció una eternidad hasta que él le soltó las manos, se apoyó sobre los codos y la miró con expresión seria.

—No tenía intención de que esto pasara así esta noche.

Ella se quedó perpleja.

—¿Qué?

—Que no tenía intención de que fuera tan intenso, tan rápido. Tenía previsto seducirte poco a poco, pero después de lo que has hecho... No había alternativa.

Ella sonrió y le besó la barba incipiente del mentón.

—Supongo que he vuelto a ser de poca ayuda.

Él no sonrió.

—¿Por qué lo has hecho?

—¿Quieres decir...? Ya sabes. —No pudo terminar la frase, le ardían las mejillas y su mirada se desvió—. Debes de pensar que soy tonta por no atreverme a decirlo.

—Pienso que es la sensación más increíble que he tenido nunca —respondió él en tono quedo.

Ella trató de disimular la satisfacción.

—¿De verdad?

La boca de él dibujó una sonrisa indulgente.

—De verdad. ¿Por qué lo has hecho, Bella? ¿Por qué a mí?

—Hasta ahora nunca me había apetecido —respondió con sinceridad—. Pero ayer, contigo... —Suspiró—. No voy a andarme con modestias. Sé que soy atractiva y sé que los hombres se fijan en mí. Pero Phillip aniquiló la confianza que tenía en mí misma. En cambio tú me has hecho sentir bella, deseable. Y quería que tú te sintieras igual. —Se encogió de hombros con timidez—. Tú no puedes entenderlo.

Él la miró con ojos penetrantes en medio de la tenue iluminación que proporcionaba la lámpara de su mesilla de noche.

—Tú no sabes lo que yo puedo o no puedo entender, Bella.

Y, dicho eso, extendió el brazo, apagó la luz y cubrió sus cuerpos con la ropa de cama. En la oscuridad se colocó de modo que ella apoyara la mejilla contra su pecho y la rodeó con los brazos. Bella oyó el latido regular de su corazón.

La respiración de ella se tornó lenta y superficial, y ya casi estaba dormida cuando él volvió a hablarle.

—Ese día... después de encontrar a la tercera niña... llegué a casa y Tanya se me echó encima. Yo estaba destrozado y ella trató de utilizar ese argumento para convencerme de que me dejara ir.

Ella acarició con las puntas de los dedos el grueso vello de su pecho, aliviada de no tener delante a aquella mujer porque le habría dado un bofetón.

—Qué egoísta.

Él soltó una sonora carcajada.

—Al final no sabía qué era lo que había visto en ella. Lo único que sabía era que me sentía tan vacío... Estaba tan enfadado... Tenía ganas de pegarle. Levanté la mano y... me detuve a medio camino. Entonces le di un ultimátum. Le dije que si volvía a pedirme que trabajara para su padre la dejaría. Y lo decía en serio.

Bella se quedó un rato en silencio. Al fin formuló la pregunta.

—¿Lo hiciste? ¿La dejaste?

—Esa vez no. Estuvo más tranquila un tiempo y yo pensaba sinceramente que podíamos arreglar las cosas. No la dejé hasta el día en que tú declaraste ante el tribunal. El día del juicio de Green. Estaba tan enfadado contigo... Me había tomado el día libre para asistir al juicio. Cuando todos los policías se levantaron y salieron de la sala en señal de protesta yo me marché a casa. Necesitaba que alguien me confortara y creía que esa persona sería Tanya.

Bella creyó adivinar lo que había sucedido.

—¿Y?

—Y cuando llegué a casa la encontré con otro hombre. En nuestra cama.

Ella exhaló un suspiro y dijo lo único que le vino a la cabeza, lo mismo que él le había dicho la noche anterior.

—Qué poca delicadeza.

Él soltó una risita triste.

—Touché. Ella me vio allí plantado. Él estaba... ocupado. Aún hoy sigo creyendo que no se percató de mi presencia. Pero ella sí. Se me quedó mirando por encima del hombro de él con cara de sorpresa. Y ahí terminó todo. Me marché y nunca más volví. Marie fue a buscar mis cosas cuando sabía que ella no estaba en casa. Yo la había traído a ver esta casa porque quería comprarla, pero ella le hizo ascos. Así que dos semanas después de dejarla compré esta casa y me busqué la vida. Y ella se buscó la suya. Se casan dentro de unas semanas. Él trabaja para su papá y ella ya tiene su casita en North Shore. —Exhaló un suspiro—. Ahora ya lo sabes todo.

—Gracias por la confianza.

En el rostro de él se dibujó una sonrisa radiante.

—Gracias por... ya sabes. No ha estado nada mal para ser novata.

Ella lo miró con los ojos como platos.

—Me has dicho que era lo mejor que habías sentido en tu vida.

—Y no mentía. Solo que siendo tu primera vez, en las siguientes no vas a quedarte atrás.

Ella se aguantó la risa.

—No; tendré que ponerme delante. Vamos a dormir, Edward. Enseguida se hará de día.

...


James era gay... jejejej... ¿lo vieron venir? ¿Y qué tiene que ver este Jacob Black con todo?

Como ven las cosas entre Bella y Edward van mejorando!

Déjenme sus opiniones y sospechas!

Besos!

Cata...