Siento la demora, pero como verán... estoy full clases!
Enjoy!
Capítulo 20
Viernes, 17 de marzo, 7.30 horas.
—Qué cerda. —Jessica se quedó plantada frente al televisor, boquiabierta y con los brazos en jarras. Bella Swan ocupaba toda la pantalla. La expresión de su rostro iba del nerviosismo a la tristeza y de esta a la aparente sinceridad. Entonces la cámara recorrió el plato—. Está hablando con Lynne Pope.
Mike levantó la cabeza del periódico con una mueca.
—Jess, déjalo ya. No va a concederte el artículo que quieres. Olvídate y dedícate a otra cosa.
Ella se volvió a mirarlo:
—Gracias, don Apoyo.
—Haz el favor de madurar, Jess. —Dobló el periódico—. Ayer por la tarde recibí una llamada de un banco de Atlanta. Quieren que empiece a trabajar para ellos a principios del mes que viene. Es una gran oportunidad, Jess. Quiero volver a casa. He pensado que si tienes un motivo tal vez cambies de opinión.
—Eres tú quien tiene un motivo para marcharse —le espetó furiosa—. Es tu carrera; tu vida.
—Creía que mi vida también era la tuya —dijo él en voz baja—. Aún no les he dado una respuesta. Podemos hablarlo esta noche; ahora voy a cambiarme para ir a trabajar.
Ella lo vio marcharse; estaba enfadada. No quería hablar del tema. Pensaba quedarse allí y conseguir firmar aquel jodido artículo aunque fuera la última cosa que hiciera en su vida. Volvió la cabeza hacia la cocina cuando una imagen del televisor captó su atención.
—A Sylvia Arness le dispararon a bocajarro con un arma de gran calibre. La policía está investigando el caso. Hay testigos que afirman que oyeron el disparo y luego encontraron el cuerpo. En el abrigo de la víctima había prendida una nota con el mensaje «Dime con quién andas y te diré quién eres», pero la policía se niega a hacer declaraciones sobre su significado. Les mantendremos informados...
Con movimientos lentos, Jessica se sentó frente al ordenador y fue accionando el ratón hasta tener en pantalla las fotografías que el miércoles por la tarde le había hecho a Swan. Estaba la vinatería, la tienda de jerséis, la floristería, la zapatería...
«Aquí está.» La chica muerta en un primer plano con Swan. Apenas habían intercambiado unas palabras, y ahora la chica estaba muerta. Un escalofrío le recorrió la espalda. «Santo Dios.» Con un nudo en el estómago, fue retrocediendo hasta la imagen de la vinatería, y otro pensamiento se asoció al anterior. Comparó la fotografía granulada de la cuarta página del Bulletin de ese día con la que ella misma había tomado. «Marge Hooper, cincuenta y tres años, víctima de un robo en la vinatería que regentaba», rezaba el titular. Era la misma mujer.
Echó un vistazo rápido al resto de las fotos conteniendo la respiración. El portero también aparecía en ellas. «Tres muertos.» Y todos estaban en las fotografías que ella había tomado. Volvió a pensar en el papel fotográfico que echaba de menos. Alguien había entrado en sus archivos. Se le heló la sangre.
«Llama a la policía, Jess. Llámala ahora mismo.» Al ir a levantar el teléfono se dio cuenta de que le temblaba la mano, y de pronto este sonó y ella retrocedió de un salto como si le hubieran disparado.
—¿Diga?
—¿Señorita Stanley? Soy la doctora Kelsey Chin, del Women's Clinic de Lexington, Kentucky. Creo que me llamó ayer.
Con las manos aún temblorosas, Jessica pasó las hojas de su cuaderno hasta que encontró el nombre que había surgido como parte de la investigación que ahora llamaba «operación matamoscas».
—Doctora Chin, gracias por devolverme la llamada. Estoy investigando sobre un caso y creo que usted puede ayudarme.
... ... ...
Viernes, 17 de marzo, 7.30 horas.
Hacía, veinte minutos que Edward había dejado a Bella en la puerta de la habitación del hotel donde se alojaban sus padres, justo a tiempo para que viera la entrevista con Lynne Pope. Su padre permaneció sentado en completo silencio cuando terminó el reportaje. La madre de Bella, sentada junto a él, le asía la mano y Vito paseaba de un lado a otro. Bella suspiró.
—No mienten cuando dicen que una imagen vale más que mil palabras —dijo Bella en tono liviano, y quiso que se la tragara la tierra cuando vio que tres pares de ojos se clavaban en ella.
—¿Estás segura de que provocarlo así ha sido una buena idea, Bella? —le preguntó su madre.
—Pues claro que no —le espetó Vito—. ¿Dónde coño estaba Cullen durante la entrevista?
—Paseándose, igual que tú. Anoche encontraron otro cadáver. Vito, ¿te acuerdas de la joven que se puso a tontear contigo en la zapatería?
El rostro de Vito perdió el color.
—¿Está muerta? ¿Ese era el problema de anoche? Pero si ni siquiera la conocías. ¿Ahora al asesino le ha dado por matar a extraños?
Bella asintió.
—Tenía que asegurarme de que todo el mundo estuviera avisado y me pareció que Lynne Pope haría un buen trabajo.
Su padre se puso en pie, tenía la piel cenicienta.
—¿A quién has cabreado tanto para que haga una cosa así? Santo Dios, han matado a una completa extraña.
A Bella no le gustó nada la manera de formular la frase pero se mordió la lengua.
—No lo sé, papá. La policía ha investigado minuciosamente a todos los pacientes a quienes he examinado antes de que fueran a juicio.
—¿Les has dado la lista de pacientes de la consulta?
—Sí, tienen la lista. Pero, para serte sincera, dudo que ninguno de mis pacientes sea capaz de concebir un plan tan enrevesado, y aunque lo concibieran, dudo que ninguno fuera lo bastante organizado para ponerlo en práctica. Me parece que nunca me he topado con una personalidad de este tipo. Acuéstate papá, tienes muy mal aspecto.
El hombre se sentó en la cama.
—No me encuentro muy bien —admitió—. Gina, ¿me alcanzas las pastillas?
Bella lo ayudó a recostarse en la cama y luego le subió las piernas.
—Descansa, papá. Tendré cuidado, te lo prometo. —Vito y ella entraron en la habitación contigua y Bella encorvó los hombros con desánimo—. Necesita volver a casa.
—No se irá hasta que tú también vayas —masculló Vito—. Bella, por favor, vuelve a casa. Por lo menos hasta que todo esto termine. En mi territorio podré protegerte.
Bella sacudió la cabeza.
—Aún no lo entiendes, Vito. Todo esto va contra mí. Si yo me voy a Filadelfia, él me seguirá y lo único que habremos conseguido será trasladar el problema a otra ciudad. Edward y McCarty tienen unas cuantas pistas y confío en ellos. —Le frotó el brazo—. ¿Tú no?
Él se dejó caer en una silla.
—Me siento impotente. Pronto tendré que regresar al trabajo. De momento no he tenido problemas con lo del permiso, pero ya hace tres días que falto.
Bella posó la mejilla en su cabeza.
—Todo esto tiene que terminar pronto, Vito, antes de que muera alguien más.
El móvil que llevaba en el bolsillo sonó y Bella sintió un escalofrío de terror.
—No quiero contestar.
—Podría ser Cullen. Contesta.
Bella se sacó el teléfono del bolsillo. Era Ángela.
—Hola.
—¿Bella? Soy Ángela. ¿Dónde estás?
De sentir escalofríos pasó a quedarse helada al oír el tono de Ángela.
—Con Vito, en el hotel. ¿Por qué?
—Es el Eye. Te acusan de grabar los vídeos por voluntad propia, Bella. —Ángela vaciló—. Sales en portada.
«Lauren». Qué zorra.
—Lauren vendió la noticia —masculló—. Juro por Dios que la... —Exhaló un suspiro—. ¿Es muy escandaloso?
—Sí, mucho. En... En la página dos sale otra imagen. Es la que te enviaron con la nota anónima, Bella. Lo siento.
La bilis se le había subido a la garganta y Bella le tendió a tientas el teléfono a Vito y se dejó caer en la cama, cabizbaja y con la mirada perdida. Oyó que Vito pedía explicaciones y que renegaba. Luego se arrodilló ante ella y le tomó las manos entre las suyas.
—¿Qué puedo hacer? —le preguntó con voz queda y abatida.
Bella guardó silencio un rato mientras meditaba la respuesta.
—Te pediría que mataras a esa cerda, pero cometerías un delito.
Entonces tomó una decisión y se levantó con aire resuelto.
—Llévame al juzgado. Hay un abogado con quien quiero hablar.
... ... ...
Viernes, 17 de marzo, 7.30 horas.
«Así que ha pasado a la acción. No creía que tuviera agallas.» En la cafetería todo el mundo tenía la vista clavada en el programa y la simpatía por Swan iba en aumento. Sin embargo, todo el mundo decía que, si se la encontraba, cruzaría a la otra acera. Ahora le resultaría más difícil deshacerse incluso de extraños. Tal vez se hubiera acabado el jugar al gato y el ratón. Habían atado el último cabo suelto con eficacia.
Ya era hora de asestar el golpe de gracia. Y luego... el máximo placer.
El camarero se acercó con la cafetera llena.
—¿Más café?
—Sí, por favor. Y tráigame la cuenta.
... ... ...
Viernes, 17 de marzo, 8.15 horas.
Por el aspecto de Blaine Connell se diría que llevaba días sin dormir. El representante sindical que lo acompañaba estaba sentado a su lado en la sala de reuniones de Denali con aire arrogante y polémico. Denali y Aro se encontraban de pie en un extremo mientras que Edward y McCarty ocupaban las otras sillas. El agente de Asuntos Internos, con su traje negro, se apostaba en una esquina, receloso y vigilante.
McCarty deslizó sobre la mesa la fotografía de Connell aceptando dinero de Lawe. Connell se puso tenso.
—Ya nos han preguntado sobre esto —soltó el representante sindical—. El agente Connell dice que no conoce a ese hombre. Esa fotografía es una evidente falsificación.
—Sabemos que se llama Destin Lawe —dijo McCarty en tono sereno—. Es investigador privado y está muerto.
Edward observó que Connell relajaba un poco los hombros.
—¿Te había amenazado, Blaine? —Los ojos de Connell emitieron un centelleo. Edward sabía que tenía familia—. ¿Amenazó a Sandra o a los niños?
Otra vez el centelleo, esta vez más fuerte; Edward suspiró.
—Blaine, eras un buen policía y aún puedes ser una buena persona. Hay diez personas que han muerto. Si Lawe había amenazado a tu familia, ya no podrá haceros nada. Ayúdanos, dinos dónde lo conociste. Necesitamos establecer la conexión entre el asesino y él, o morirá más gente.
Connell susurró algo al oído del representante sindical.
—Quiere la inmunidad —anunció el representante.
Aro frunció el entrecejo.
—Dependerá de lo que haya hecho. No puedo concedérsela a ciegas.
El representante se puso en pie.
—Entonces hemos terminado. Vamos, Blaine.
Edward empezó a colocar sobre la mesa las fotografías de los muertos.
—Arness, Hooper, Hughes, Malcolm y Gwen Seward, Winslow, Adams.
Connell se estremeció, pero siguió sentado con gesto resuelto.
El representante sindical le tiró del hombro.
—Vámonos, Blaine.
Edward prosiguió.
—Todos eran personas inocentes. Mira, estos son los cómplices. A nuestro hombre no le gusta dejar cabos sueltos. David Bacon, Nicole Rivera y Destin Lawe. —Al ver el cuerpo achicharrado de Lawe, Connell palideció—. Ninguno de ellos nos dijo nada. Que sepamos, se mantuvieron fieles hasta el triste final. ¿Crees que tú te vas a librar? Si crees que Lawe representaba la mayor amenaza para tu esposa y tus hijos, piénsalo bien. Tú también eres un cabo suelto, Blaine.
«Vamos, Blaine.»
Connell se soltó del representante sindical.
—Vino a verme. Me pidió que le hiciera un favor, necesitaba unas cuantas fotos del escenario del crimen. Me dijo que le servirían para acabar con la medicucha que había dejado libre al asesino de Preston.
—La doctora Swan —dijo McCarty, y Connell asintió con un gesto brusco y amargo.
—La misma. Esa cabrona no tiene sangre en las venas.
Edward recordó la angustia de Bella la noche anterior, sus violentos sollozos. Debería sentirse ofendido e interceder por ella, pero solo era capaz de sentir tristeza.
—Eso no es cierto —dijo.
Connell apretó los labios.
—Tú te acuestas con ella, Cullen; no eres quién para opinar. Me imagino que debe de ser muy buena en la cama para jugarte así la reputación —se mofó—. En la página dos del Eye sale una foto tremenda. Así todos podemos ver qué es lo que te ha hecho perder la vergüenza.
A Edward le hervía la sangre. Al notar que a su lado McCarty se ponía tenso, fijó la vista en la mesa. Cuando se hubo calmado, volvió a mirar a Connell.
—¿Cómo se puso Lawe en contacto contigo?
Connell apartó la vista.
—Me pilló al salir del juzgado. Luego me llamó desde una cabina para informarme del lugar de la entrega, cerca de los almacenes que hay junto al lago.
—¿Recuerdas los días? —preguntó McCarty.
—El catorce de diciembre nos vimos en la puerta del juzgado, y el diecisiete fue el día de la entrega.
—Estás muy seguro de las fechas —observó McCarty—. ¿Cómo es eso?
Connell apartó la mirada.
—Las recuerdo, eso es todo.
Edward se puso en pie.
—A lo mejor es que son los días en que perdiste la vergüenza —dijo con determinación. McCarty se levantó y le dio un toque en el hombro.
—No vale la pena, Edward —masculló, y este respiró hondo.
—Ya lo sé.
Y no dijo nada más hasta que los cuatro estuvieron frente a su mesa y la de McCarty. Edward se dejó caer en su silla.
—Me han entrado ganas de borrarle la puta sonrisa de un puñetazo.
—Pero te has aguantado —dijo Denali—. Bien hecho.
—¿Qué haréis ahora? —preguntó Aro.
—Seguiremos la pista de las fechas —respondió McCarty—. A ver si damos con algo.
—Y le haremos una visita al ex de Bella, el doctor Phillip Parks. —Edward miró el reloj—. Dentro de media hora como máximo tendría que estar en su despacho.
—¿Qué haréis con Connell? —preguntó Denali.
Aro parecía turbado.
—Está ocultando pruebas. Voy a pedir el cese, y sin pensión. A partir de ahí, no sé qué pasará. Ya os informaré.
Y regresó a la sala de reuniones, donde aguardaban Connell, su representante y el agente de Asuntos Internos.
—He visto la intervención de Bella en Good Morning, Chicago —dijo Denali—. Parecía segura y bien dispuesta. Con un poco de suerte cuando todo esto termine Pope volverá a invitarla y así la gente dejará de cruzar la calle cuando se la encuentre. No te preocupes por las fotos del periódico, Edward. Esas cosas suelen olvidarse en cuestión de días.
Denali se encerró en su despacho y McCarty se sentó frente a su mesa de trabajo.
—Tiene razón con lo del Eye, Edward. Ahora parece una cosa terrible pero pronto se olvidará.
Edward apretó los dientes.
—¿Las has visto?
McCarty vaciló.
—Sí. Pero han recortado la foto, así que en realidad no se ve nada. Eso sí, el artículo está plagado de insinuaciones. Tendría que habértelo contado pero pensaba que ya lo habías visto.
Edward negó con la cabeza.
—Ni lo he visto ni quiero verlo. Supongo que soy un cobarde.
—Lo que eres es humano, Edward. Por cierto, ¿cómo está Elizabeth esta mañana?
—Hoy no ha ido a la escuela.
McCarty hizo una mueca.
—¿Le duelen los puntos?
Edward soltó una risita al acordarse de lo desesperada que estaba cuando lo había llamado por teléfono a las seis de la mañana.
—No; es el pelo. Tanto quitarle importancia y esta mañana cuando se ha levantado y se ha mirado al espejo ha cambiado radicalmente de idea. Bella va a llevarla a ese peluquero amigo suyo esta tarde, así que esta noche volverá a estar guapa y atractiva, como siempre.
Bajó la vista a los informes que un administrativo había dejado sobre su escritorio, decidido a no permitir que el Eye lo descentrara. Lawe aparecía como presidente de Brewer, Inc. El piso estaba alquilado a nombre de la empresa, y también era el nombre de la empresa el que figuraba en los contratos de sus privilegios, del coche e incluso de sus tarjetas de crédito. Tenía cuentas en tres bancos distintos de la ciudad y era posible que también las tuviera en paraísos fiscales. En los tres bancos parecía tener cajas de seguridad. Irían a comprobarlo después de visitar a don Cabrón. Edward se había preguntado si sería capaz de controlar los nervios cuando lo tuviera delante, pero tras el enfrentamiento con Blaine Connell no le cabía duda de que sí. Si había sido capaz de no arrancarle las entrañas a Connell después del comentario sobre Bella, era capaz de manejar cualquier situación.
Edward puso mala cara. Así que el Eye tenía su foto, y seguro que la habían conseguido gracias a Mallory. Lo que había hecho era ilegal. Estaba seguro de que la pequeña Lauren acabaría haciéndolo tarde o temprano, pero no había sabido que ya estaba hecho hasta que Connell lo dijo. Edward se preguntaba si Bella habría visto la foto y si se encontraría bien. La noche anterior había sido sincera con Lynne Pope y había declarado ante la cámara que habían obtenido imágenes suyas sin su conocimiento, así que o bien la pequeña bomba que había lanzado el Eye tenía bastante menos efecto o, al contrario, el periódico se convertía en un récord de ventas debido a la publicidad.
De cualquier manera, Bella era lo bastante fuerte como para afrontarlo. «Y yo también lo seré.»
—¿Lo es o no? —preguntó McCarty sin que Edward lo esperara. Se volvió a mirarlo. Su compañero tenía la vista fija en su propio escritorio y garabateaba diligentemente en su cuaderno.
—¿Quién? ¿El qué?
—Bella. Si es buena en la cama.
Edward pestañeó perplejo; luego una sonrisa se dibujó lentamente en su rostro.
—Ni siquiera puede calificarse.
—Me lo imaginaba.
El tonillo de resignación de McCarty hizo que Edward soltara una risita.
—¿Qué, McCarty? ¿Preparado para enfrentarte a don Cabrón?
—Pues claro. Vamos.
... ... ...
Viernes, 17 de marzo, 9.30 horas.
Una sonrisa iluminó el rostro de Marie cuando Bella asomó la cabeza, por la puerta de su despacho.
—Pasa y siéntate.
—No te entretendré mucho. —Bella esbozó una sonrisa irónica—. Tú aún tienes una profesión que ejercer.
La alegría se desvaneció del rostro de la fiscal.
—Y tú también la tendrás cuando todo esto termine.
—O no. ¿Has visto esto? —Le mostró un ejemplar del Eye y observó cómo entrecerraba los ojos y se sonrojaba.
—Qué hijos de puta —dijo entre dientes—. ¿De dónde lo han sacado?
—De mi secretaria. —Bella miró al techo—. Me estoy cuestionando mi valía profesional. Esa mujer me odia y yo no me había dado cuenta.
—Sé cómo te sientes. A veces las personas solo te dejan ver lo que quieren que veas en ellas. Incluso siendo psiquiatra.
—Yo lo único que sé es que estoy hasta las narices de preocuparme, y por eso estoy aquí. La otra noche empecé a recuperar mi vida con la entrevista. —Y con lo que había pasado después. Solo de pensar en cómo había reaccionado Edward en la cama el corazón se le aceleraba. En cambio, solo de pensar en cómo reaccionaría cuando viera la foto del Eye se ponía enferma—. Quiero presentar cargos contra mi secretaria y contra el periódico. Necesito que me recomiendes a un abogado.
—Me alegro por ti, Bella. Pero ¿por qué no se lo dices a Ángela Webber? Hace mucho tiempo que sois amigas.
—Precisamente por eso. Cuando creí necesitarla para mi defensa penal tuvimos una gran discusión por no estar de acuerdo en si debía colaborar con la policía o no. Le hice daño, y ella me lo hizo a mí, y no quiero poner en riesgo nuestra amistad. Ah, y el abogado también tendrá que defenderme ante el tribunal civil. Mis antiguos pacientes quieren demandarme por dolor y sufrimiento.
Marie puso mala cara.
—¿Te ha pasado algo bueno últimamente?
—La respuesta es Edward.
Ella esbozó una sonrisita.
—¿A que soy discreta haciendo preguntas? ¿Y bien?
—Ya veremos. No sé qué dirá de esto. —Señaló el periódico.
—Es un buen hombre, Bella. Es más... voluble que Anthony, pero en el fondo tienen unos principios muy sólidos. Por cierto, le causaste un gran impacto a Carlisle Cullen. Anda diciéndole a todo el mundo que nunca había visto a una mujer defenderse tan bien en una pelea callejera.
Bella alzó los ojos en señal de exasperación.
—Fantástico. Menudo piropo.
—Tratándose de Carlisle Cullen lo es. Denota respeto, y para los Cullen el respeto lo es todo.
—Espero que no tenga que volver a repetirse. Estoy cansada, llevo varias noches sin dormir.
La sonrisa de Marie se tornó abierta.
—¿De verdad?
Bella se sonrojó.
—Me voy a descansar un rato.
—Vuelve a casa de Edward y duerme. Cuando te despiertes, las cosas te parecerán más fáciles.
... ... ...
Viernes, 17 de marzo, 10.15 horas.
—Esto no tiene muy buena pinta —dijo McCarty cuando Edward detuvo el coche junto al edificio donde vivía Parks. Enfrente había estacionados tres coches patrulla y una ambulancia.
—Esta vez no veo tu optimismo por ninguna parte, compañero. Me parece que volvemos a llegar tarde.
—Me temo que tienes razón —convino McCarty con gravedad—. Siempre nos toca ser los segundones.
Les resultó muy fácil identificar la puerta del piso de Parks en la sexta planta: era aquella frente a la que se apostaban los agentes. Dentro encontraron a dos detectives de su unidad, Howard y Brooks, y a Alice. Esta última estaba arrodillada en el suelo y levantó la cabeza cuando ellos entraron.
—Tenía la impresión de que no tardaríais en dejaros caer por aquí.
Howard los miró con sorpresa.
—¿De qué lo conocéis?
—Es el ex novio de Bella Swan —explicó McCarty—. Veníamos a interrogarlo. Mierda. Es la tercera vez que llegamos tarde.
—Se está convirtiendo en una costumbre —convino Edward—. ¿Cómo y cuándo ha sido?
—Tres balas en la parte baja del abdomen, la cuarta en la cabeza —dijo Alice—. Los disparos del abdomen parecen efectuados desde una distancia muy corta. El último fue directo a la cabeza, probablemente por seguridad. La hora; anoche a las doce cincuenta y seis.
—Y doce segundos —añadió Brooks con acritud.
—Llevaba un reloj de bolsillo —aclaró Howard—. Hacía años que no veía ninguno de ese tipo. Una de las balas lo alcanzó. Da la impresión de que acababa de entrar por la puerta. El empleado de seguridad está extrayendo las grabaciones mientras hablamos. ¿Queréis encargaros vosotros del caso?
McCarty infló las mejillas y exhaló un suspiro.
—Ahora mismo tenemos el cupo lleno.
Cuando llegó Jasper parecía contrariado.
—Hoy pensaba tomarme el día libre, chicos- su mirada se suavizó levemente al ver a su esposa.
Edward miró a don Cabrón. Yacía tumbado sobre la espalda y la alfombra estaba empapada de su sangre.
—Detesto tener que decírselo a Bella. Parks era un cerdo, pero... —Entrecerró los ojos—. McCarty, ayer le pregunté a Carter acerca de Parks. Cinco horas después, lo mataron.
—¿A Carter? —McCarty lo miró con escepticismo—. Es amigo de Bella.
—Sí, y tiene la llave de su piso, e instrumentos quirúrgicos.
—Los cortes de los brazos de Bacon. —McCarty frunció el entrecejo—. Y sabe de medicina. Muy bien, os relevamos en el caso, chicos. Mierda.
—¿Detectives? —Un hombre de mediana edad asomó la cabeza por la puerta—. He sacado las grabaciones de anoche de las cámaras de seguridad. Aquí están la del vestíbulo y las del ascensor del primer piso y del sexto.
Edward se detuvo en la puerta.
—¿Vienes, Jasper?
Jasper estaba plantado en medio de la sala con el entrecejo fruncido.
—No. Voy a registrar la sala con sumo cuidado. El asesino tiene que haber dejado algo.
El encargado de seguridad los llevó a la sala de control.
—Esta es la grabación del ascensor de la sexta planta. Lo he rebobinado hasta diez minutos después de que dispararan a Parks. —Apretó un botón y Edward contuvo la respiración.
—Mierda. —Una figura con un abrigo de color tabaco y una peluca morena entró en el ascensor; mantenía la cara cuidadosamente oculta—. No puede ser Bella.
—Claro que no —saltó McCarty—. Pero, solo por curiosidad, dime por qué.
—En primer lugar, tiene claustrofobia. Nunca toma el ascensor, habría bajado por la escalera. En segundo lugar, estaba conmigo. —Brooks y Howard intercambiaron una mirada—. Conmigo, con Lynne Pope y con el cámara —añadió en tono amenazador—. A la una de la madrugada estaba en plena entrevista.
—Es una buena coartada —convino Howard.
—Parece que alguien está aprovechando alguna oferta de abrigos y pelucas. Vamos a echar un vistazo a la grabación del vestíbulo.
El encargado de seguridad accionó unos cuantos botones más.
—El marco temporal es el mismo.
McCarty se acercó.
—¿Puede congelar la imagen? Mira los zapatos, Edward.
Edward aguzó la vista.
—Son de cordones. Parecen de la misma talla que los que encontramos en el baño de Bacon.
—Los hombros también parecen bastante anchos —opinó Brooks—. Mirad cómo le tira el abrigo en la espalda. Podría ser un hombre vestido de mujer.
—Carter es demasiado alto —dijo McCarty, y entonces arqueó una ceja—. Pero Robin no. Archer mide más o menos... ¿Qué te parece, Edward? ¿Un metro setenta?
A Edward se le aceleró el pulso.
—Vamos.
... ... ...
Viernes, 17 de marzo, 10.30 horas.
Bella soltó el bolso en la mesa de la cocina de Edward.
—Vito, no tienes por qué quedarte conmigo. Está Dolly, y Edward me ha dejado su pistola.
Vito arrugó la frente.
—¿De verdad crees que voy a marcharme? Piensa un poco, Bella.
—Pues tú mismo. Yo voy a dormir un poco antes de llevar a Elizabeth a su cita con el peluquero. ¿Qué harás mientras tanto?
—Buscaré un libro y me pondré a leer. Cullen tiene unos cuantos.
—Hizo una carrera, no sé cuál.
Las cejas de Vito se unieron unos milímetros.
—Psicología.
Bella se detuvo en el vano de la puerta y se volvió a mirarlo.
—¿Qué?
—Estudió psicología. Pensaba que lo sabías.
Otro tipo de abatimiento se apoderó de ella. Tenían un punto en común y él había optado por ocultárselo.
—No, no lo sabía.
Vito suspiró.
—Supongo que el hecho de que tú seas doctora en medicina hace que se sienta... raro y por eso no te lo ha dicho. No se lo tengas en cuenta, Bella. Son cosas de hombres.
—¿Y tú cómo sabes qué es lo que ha estudiado?
—Se lo pregunté anoche, antes de que recibiera la llamada. Nos lo contó a papá, a Ángela y a mí mientras mamá y tú terminabais de preparar la cena. —Vito la miraba fijamente—. Se ha pasado años estudiando, tratando de encontrar su lugar. Me dio la impresión de que algo lo hizo decantarse por la psicología, aunque cursó al menos cuatro especialidades distintas. Deberías preguntárselo.
El suicidio de su amigo Jason era lo que había determinado su elección. Pero eso formaba parte de la intimidad de Edward; lo había compartido solo con ella y por eso le guardó el secreto como oro en paño.
—Eso explica que tenga tantos libros.
Bella se sintió orgullosa de sus logros, pero a la vez estaba molesta por el hecho de que no se lo hubiera contado.
—Te gustaría que te lo hubiera explicado, ¿verdad? —observó Vito—. Ya te he dicho que es un hombre. Muchos no llevan bien que su chica ocupe una posición más alta en la cadena alimentaria.
«Su chica.» Eso le produjo una cálida sensación.
—¿Crees que él podrá superarlo?
—El tiempo lo dirá. ¿Tú qué crees?
—Solo sé qué quiero creer. Quiero creer que puede superarlo, y que lo superará. —De forma inexplicable, sus ojos se llenaron de lágrimas—. Me parece que necesito dormir.
Vito la rodeó con sus brazos.
—Bella, a veces ocurren cosas que no podemos explicarnos. Y muchas veces de lo malo se sacan cosas buenas. Tal vez en tu caso lo bueno sea Cullen.
—No soporto que salga mi foto en el periódico —susurró—. No lo soporto, ni por él ni por mí.
—Ya lo sé. Pero lo superarás. Ahora vete a dormir. Cuando despiertes, todo te parecerá más fácil.
... ... ...
Viernes, 17 de marzo, 11.15 horas.
—Detectives.
Robin Archer abrió la puerta de la acogedora casa de tres plantas construida con piedra rojiza. La sorpresa de su rostro pronto se transformó en inquietud.
—¿Qué ha ocurrido?
—Tenemos que hablar con usted y con el doctor Carter —dijo Edward en tono neutro—. ¿Está en casa?
—Sí. —Frunciendo las cejas, Robin los hizo pasar—. Por aquí. James, los detectives están aquí.
James se encontraba en el solárium, con el mando de una videoconsola en la mano. Al ver sus caras palideció por completo.
—¿Bella?
—Está bien. Está con Vito —explicó Edward—. Doctor Carter, tengo que hacerle unas cuantas preguntas. ¿Nos acompañarían el señor Archer y usted a la comisaría?
James y Robin intercambiaron una mirada.
—¿No podemos hablar aquí? —propuso James.
Edward y McCarty habían decidido no presionarlos si se negaban. No conseguirían ninguna orden de arresto inmediata.
—Usted y yo podemos hablar aquí, señor Archer, y mi compañero puede ir... ¿Adónde?
—Venga conmigo —dijo Robin en tono tranquilo—. Hablaremos en la cocina.
—¿De qué se trata, señor Cullen? —preguntó James con aspereza en cuanto se quedaron solos.
—¿Dónde estuvo anoche, doctor Carter? Después de salir del tanatorio.
James se sentó.
—Fuimos a cenar, a Morton's.
Edward arqueó una ceja.
—¿No fueron al Blue Lemon?
—A veces a Robin le gusta probar otras comidas. Salimos del restaurante sobre las once y media. Supongo que esa era la siguiente pregunta.
—Sí. ¿Y luego?
—Fuimos al cine, a ver Los paraguas de Cherburgo. Es francesa, más bien lacrimosa.
—La he visto. Cuatro estrellas. ¿No le parece un poco tarde para ir al cine?
—Es una de las ventajas de vivir en la ciudad, detective. Robin suele cerrar la taberna hacia medianoche y yo tengo un horario irregular. Estoy seguro de que tanto en el restaurante como en el cine había alguien que podría confirmar que estuvimos allí.
A Edward el corazón le dio un vuelco. Casi. Pero no le cabía duda de que alguien confirmaría su coartada.
—Lo comprobaremos.
James asintió.
—Ya he respondido a sus preguntas. ¿Puede decirme de qué va todo esto?
—Phillip Parks ha muerto.
La impresión hizo que abriera los ojos como platos.
—Santo Dios. ¿Cuándo?
—Hacia medianoche. Justo habíamos estado hablando de él unas horas antes. Tenía que interrogarlo.
—Lo comprendo. ¿Lo sabe Bella?
—Todavía no. Doctor Carter, no tiene por qué permitirnos hacerlo pero nos gustaría echar un vistazo a su armario. Y al del señor Archer.
—¿Qué están buscando? —Negó con la cabeza—. No puede decírmelo; lo comprendo.
Treinta minutos después, Edward y McCarty volvían a reunirse. James y Robin estaban sentados en el solárium y un agente se apostaba en la puerta.
—Nada —masculló Edward—. En el armario de Carter no hay nada fuera de lo corriente.
—Archer lleva mocasines, no zapatos de cordones —lo informó McCarty—. Son una talla más grandes que el zapato que encontramos en el baño de Bacon.
—He llamado al cine. Aún no han abierto, pero en los bolsillos de los pantalones de Carter he encontrado las entradas. Vieron Los paraguas de Cherburgo.
Sonó su móvil.
—Cullen.
—Edward, soy Lori. Hace unos minutos has recibido una llamada de África. Era un tal doctor Trueco, de Médicos Sin Fronteras. Dice que le has enviado un correo acerca de Jacob Black.
Lo había hecho la noche anterior, tras llevar a Bella a casa después de la entrevista.
—¿Qué te ha dicho?
—Que el doctor Black nunca estuvo en Chad. Trueco asegura que recibieron una carta del propio Black informándoles de que había cambiado de opinión y pensaba quedarse en Chicago.
—Ya. Gracias, Lori. —Colgó y se volvió hacia McCarty—. Black nunca fue a África.
—¿Le has preguntado a Bella por él?
—No he tenido oportunidad. Vamos a ver si Carter sabe más de lo que me contó anoche.
Se reunieron con los dos hombres en el solárium y tomaron asiento.
—Sentimos tener que hacer esto.
—Lo entendemos —masculló James.
—No, no lo entendemos —protestó Robin—. ¿Por qué han venido? Nosotros no hemos vuelto a ver a Parks desde que él y Bella rompieron.
—Rebobinemos un poco, hasta ayer por la noche —dijo McCarty—. Doctor Carter, le dijo a mi compañero que un miembro de su grupo dejó la ciudad para unirse a Médicos Sin Fronteras.
—Jacob. Jacob Black. Se fue a Chad.
Edward negó con la cabeza.
—No, no lo hizo.
Carter y Archer se miraron perplejos.
—Sí; sí que lo hizo —insistió Robin—. Recibimos una postal unas seis semanas después de que se marchara.
—Y yo acabo de recibir noticias del hospital para el que se supone que tenía que trabajar. Nunca llegó a hacerlo. Le envió una carta al director explicando que había cambiado de idea.
Robin salió de la estancia y regresó con una postal.
—Mi sobrina colecciona sellos, así que la guardé.
Edward le dio la vuelta.
—Es una tarjeta de su hospital, doctor Carter.
—Se llevó unas cuantas. No estaba seguro de qué podría encontrar allí. Pero en el sello pone «Chad»; está en francés.
—Doctor Carter. —Edward aguardó a que el hombre lo mirara a los ojos—. Le digo que Black nunca estuvo allí. Si sabe más cosas de él, es un buen momento para contarlas.
—Cuéntaselo, James —dijo Robin—. Tienen que saberlo.
James bajó la vista y luego volvió a levantarla con un suspiro.
—De verdad que yo creía que se había marchado del país. Jacob sentía algo por Bella. Al parecer le gustaba desde siempre, pero ella estaba con Parks. Cuando lo dejó, Jacob se puso eufórico. Yo me imaginé lo que ocurría, pero no creo que nadie más lo supiera. Esperó unos seis meses y luego pasó a la acción: se le declaró.
—¿Y qué le dijo ella? —preguntó Edward.
—Que lo veía como un amigo y nada más. Él se quedó destrozado, no podía seguir viviendo en Chicago. El siguiente domingo, durante la comida, nos anunció que había decidido marcharse a África. Todos nos quedamos atónitos, por supuesto. La idea parecía haber surgido de la nada. Pero yo me fijé en el rostro de Bella. Ella no estaba sorprendida; estaba horrorizada. Sin embargo, ninguno de los dos contó nada de nada.
—Y, entonces, ¿cómo lo sabe? —preguntó McCarty.
—La noche anterior a su partida se presentó en casa borracho. —Robin prosiguió el relato—. Se sinceró con nosotros; pobre chico.
—Traté de que se le pasara la borrachera —recordó James—; al día siguiente tenía que tomar un avión. Pero cuando terminó de hablar comprendí por qué tenía que marcharse. Estaba realmente enamorado, y ella no le correspondía en absoluto. No puedo imaginar cuánto debe de doler una cosa así.
Edward tampoco podía imaginarlo. Bella Swan era una mujer que hacía que los hombres se volvieran a mirarla dos, tres y hasta cuatro veces. Sin embargo, una cosa era dejar volar la imaginación y otra muy distinta amarla de veras y no poder tenerla. Algo así despertaría en un hombre amargura. Y sed de venganza.
—¿Y qué hizo?
—Lo acompañé a casa, lo ayudé a acostarse y programé la alarma del despertador. Más tarde lo llamé, solo para asegurarme de que la alarma lo había despertado. No respondió, y un mes más tarde todos los miembros del grupo recibimos una carta diciendo que se había adaptado a la nueva vida y que le iba bien. No volvimos a tener más noticias hasta recibir la postal, y desde entonces no hemos vuelto a saber nada más.
—¿Tiene alguna foto de Black? —preguntó McCarty.
James se quedó pensando.
—Yo no, pero Bella sí. Está colgada en la pared del salón de su casa. Nos la hicimos en el Lemon, durante la última comida antes de que Jacob se marchara.
Edward asintió.
—Ya la he visto. Está junto al dibujo a pluma de la playa que hizo su hermano Tino. Pero todo el mundo está sentado. ¿Cuánto mide Black?
—Es más o menos de mi estatura —dijo Robin—. Un metro setenta, o setenta y dos.
«Sí.»
—¿Y cuándo se marchó? ¿Recuerda el día exacto?
James miró a Robin con un interrogante en la cara.
—Unas semanas antes de Navidad. ¿El diez de diciembre?
—Fue el diez —confirmó Robin—. Justo había terminado de decorar el Lemon.
Edward miró a McCarty y percibió el leve gesto de asentimiento de su compañero. Black había dejado la ciudad pocos días antes de que Lawe se pusiera en contacto con Blaine Connell por primera vez. Ambas cosas guardaban relación; lo presentía.
—Doctor Carter, ¿ha hablado con alguien de nuestra conversación de anoche?
—Robin y yo lo comentamos durante la cena, pero en el tanatorio no dije nada. Aunque usted no me lo pidió.
Edward exhaló un suspiro.
—Alguien sabía que sospechábamos de Parks, porque está muerto.
McCarty se aclaró la garganta.
—¿Pueden mostrarnos la ropa que llevaban anoche?
James empezó.
—No me diga que cree... Claro. Me han puesto un micrófono, como a Bella.
Cuando James regresó con la indumentaria, Edward y McCarty lo estaban esperando en la puerta.
—¿Tenía Black alguna llave del piso de Bella? —quiso saber McCarty.
—No lo creo. —James les entregó los abrigos y tomó el recibo que Edward había preparado—. Escuchen, detectives, Jacob estaba perdidamente enamorado pero no es tan retorcido. No me lo imagino haciendo todo esto.
—Bueno, alguien ha tenido que hacerlo —dijo Edward con determinación—. Y por ahora Black es quien más encaja. Gracias por su ayuda, caballeros.
... ... ...
Viernes, 17 de marzo, 12.15 horas.
A Bella la despertó el teléfono móvil. Atontada, lo buscó a tientas y dio un manotazo para que la gata se espantara y se bajara de su trasero.
—Bella, soy Ángela. Despiértate.
El tono de apremio hizo que se espabilara y se sentara de golpe.
—¿Qué ocurre?
—Me ha llamado Vito. Han tenido que llevar a tu padre a urgencias, Bella. Yo voy de camino a tu casa para recogerte.
A Bella se le paralizó el corazón.
—¿Qué ha pasado?
—Le ha dado un ataque al corazón, cariño. Está bastante grave. Tu madre ha llamado a Vito. Él no quería despertarte si no era necesario, pero es bastante peor de lo que creía.
—Dios mío, Dios mío. —Bella saltó de la cama, estaba desorientada—. Tengo que ponerme los zapatos; mierda, ¿dónde están los zapatos? ¿Dónde estás?
—Justo doblando la esquina de la calle de Edward. Sal a la puerta y te acompañaré al hospital.
Bella voló; el corazón le palpitaba con fuerza. «Aguanta, papá.»
El coche de Ángela estaba frente a la entrada y Bella se subió a toda prisa.
—En marcha.
Ángela conducía mientras Bella trataba de respirar con normalidad sin conseguirlo.
—No puedo respirar. Mierda. Tengo que llamar a Edward. —Buscó a tientas su teléfono móvil; tenía los dedos agarrotados y sin tacto.
Ángela se detuvo junto al bordillo.
—Bella, tienes que calmarte.
—¿Por qué te detienes? Sigue conduciendo, joder.
—Dame tu teléfono. Yo marcaré el número. Relájate o te dará un ataque a ti también. —Extendió el brazo para alcanzar el móvil y tomó la mano de Bella—. Si sigues así, solo conseguirás que se altere. Cálmate; deja que te ayude. Mi quiromasajista siempre me presiona este punto.
Bella cerró los ojos y trató de respirar con normalidad; sabía que Ángela tenía razón. Si se precipitaba al lado de su padre en aquellas condiciones, lo mataría. Ángela le dio un masaje con los dedos en la nuca, ejerciendo mucha presión sobre los tendones que rodeaban la espina dorsal.
—Sienta muy bien —musitó Bella.
Entonces hizo una mueca de dolor al notar un pellizco justo donde el cuello se curvaba.
—¡Ay! Eso me ha dolido.
—Es un punto de presión. Te hace dormir como un bebé —susurró Ángela—. Duerme, Bella. Cuando te despiertes, todo se habrá arreglado. Ya lo verás.
A Bella empezaron a pesarle los ojos y se dejó caer en el asiento del coche. El vehículo empezó a moverse de nuevo mientras a ella la invadía una cálida oscuridad.
... ... ...
Viernes, 17 de marzo, 14.15 horas.
—He encontrado algo. —Edward se puso en pie para mirar a McCarty por encima del pequeño montón de papeles que cubría sus mesas de trabajo. Los habían encontrado en las tres cajas de seguridad de Lawe. Durante una hora, Edward los había estado clasificando mientras McCarty trataba de encontrar alguna pista sobre Jacob Black.
McCarty rodeó las mesas y se situó al lado de Edward.
—Parece su libro de contabilidad.
—Lo es. Aparecen las fechas y, en muchos casos, los clientes. Están los pagos recibidos por todos los trabajos anotados, pero los nombres parecen estar escritos en clave. Este tipo ganaba mucho dinero.
—Sí, pero una vez achicharrado ya me dirás de qué le sirve.
—Gracias por recordármelo. ¿Y tú has encontrado algo?
—De momento no. Si Jacob Black está en el país, no utiliza tarjetas de crédito y este año no ha hecho la declaración de renta. Sus padres murieron cuando él estaba en la universidad y ningún miembro de su familia ha tenido noticias suyas en años. Al parecer era un tipo solitario.
—Bueno, yo seguiré investigando las cuentas y... —Sonó su teléfono—. Cullen.
—¿Hola? —Era un susurro. Voz de mujer. Asustada—. ¿Está buscando a Dan Morris?
Edward tapó el auricular.
—Es sobre el padre de Danny Morris. —Se aclaró la garganta—. Sí, señora. ¿Sabe dónde está?
—Está aquí, en mi casa. Si sabe que le estoy llamando... —De fondo se oyó un gran estrépito—. Oh, no. Tengo que dejarle. ¡No! ¡Por favor! —Las últimas dos palabras fueron gritos muy agudos y luego se cortó la línea. Edward abrió el programa de detección de llamadas y tecleó el número en la casilla de identificación del emisor—. Es de South Side. —Miró la pila de papeles, y luego a McCarty, quien asintió.
—Vamos a por Morris para poder ponernos con esto cuanto antes.
... ... ...
Viernes, 17 de marzo, 14.45 horas.
El piso estaba vacío. No había ni un solo mueble; ni un alma.
—¿Qué coño significa esto? —masculló Edward.
—¿Está seguro de la dirección, detective? —preguntó el jefe del cuerpo especial de intervención.
—Yo también la he comprobado —dijo McCarty—. La llamada estaba hecha desde este piso.
Un agente ataviado con un equipo de protección corporal salió del dormitorio.
—Hay un teléfono colgado en la pared. Nada más.
—Pues eso quiere decir que acaban de marcharse. —El jefe entró en el dormitorio con el entrecejo fruncido.
—Nos han engañado —dijo Edward con gravedad—. Era una pista falsa.
—Entonces es que nos estamos acercando a la verdad —observó McCarty.
El móvil de Edward sonó y su corazón dejó de latir al ver en la pantalla que era Elizabeth.
—Edward. —Su voz sonaba débil y aflautada—. Ven a casa, por favor.
—Elizabeth, cariño, tranquilízate. ¿Qué ocurre?
—Bella tenía que pasar a recogerme para llevarme al peluquero pero no ha venido. La he llamado al móvil pero no me contesta. —El miedo que empezaba a apoderarse de él le atenazaba el estómago.
—Seguramente estará con Vito. —«Por favor, que esté con Vito»—. ¿Lo has llamado a él?
McCarty se acercó corriendo con semblante alarmado.
—¿Bella?
—Vito está aquí, en tu casa. —La respiración de Elizabeth era irregular y, de pronto, la suya también—. Edward, lo hemos encontrado al pie de la escalera del sótano. Está herido. Ahora mamá está con él. He llamado al 911 pero, por favor... —Su voz se quebró—. Por favor, ven a casa. Hemos buscado por todas partes y Bella no está.
Edward salió corriendo y oyó que McCarty, a su lado, llamaba a Denali.
—Estamos de camino a casa de Edward —explicó McCarty—. Dile a Jasper Whitlock que se reúna con nosotros allí.
... ... ...
Viernes, 17 de marzo, 15.00 horas.
Estaba oscuro como boca de lobo. «No veo nada.» Presa del pánico, Bella trató de moverse, pero sus miembros no le respondían. «Duerme, Bella.» Ángela le decía que durmiera. ¿Ahora o antes?
Trató de concentrarse. Había estado durmiendo. «¿Estaré durmiendo todavía?» Creía que no. Sentía demasiado dolor.
Sentía dolor. Le dolía la cabeza, el cuello, la espalda... «Algo me pasa en la espalda. No puedo moverme. ¿Un accidente de coche? ¿Ha sido eso? ¿Dónde estoy? ¿Dónde está Ángela?»
«Edward.» Había intentado llamar a Edward. «¿Por qué?» Era por algo importante, estaba segura. «Concéntrate. Piensa.» Trató de aferrarse a la realidad. Pero la claridad que la rondaba desapareció cuando su mente se sumió de nuevo en la calidez de la nada. Se resistió, pero era como si unas manazas tiraran de ella y la arrastraran hacia las profundidades. «No, por favor; otra vez no.»
... ... ...
Viernes, 17 de marzo, 15.15 horas.
Vito estaba sentado ante la mesa de la cocina de Edward cuando McCarty y él irrumpieron allí. Denali, con aspecto sombrío, se encontraba de pie junto a los fogones y Dolly ladraba frenéticamente desde algún lugar de la parte trasera de la casa.
Vito, que estaba acompañado de Elizabeth y de la madre de Edward, tenía la cara más blanca que el papel. El médico de urgencias le estaba curando la herida que tenía en la parte posterior de la cabeza. La única nota de color de su rostro la ponían los cardenales de la frente y de la mejilla.
Vito levantó la cabeza y miró a Edward; se sentía aterrorizado e impotente.
—Ha desaparecido —dijo con un apagado hilo de voz que hizo que a Edward se le encogiera el corazón.
Denali se aclaró la garganta.
—Hemos dado una orden de búsqueda. No hay señales de que hayan entrado por la fuerza. O bien ha dejado entrar a alguien o bien se ha marchado por su pie.
—Dolly no habría dejado que entrara nadie —observó Edward, incapaz de aspirar suficiente aire—. Por el amor de Dios, Vito, ¿qué ha ocurrido?
—Tu perra se ha puesto a gruñir. —Hizo una mueca de dolor cuando el médico empezó a vendarle la cabeza—. He salido a ver qué pasaba. Llevaba la pistola en la mano y he dado la vuelta a la casa. De lo siguiente que me he acuerdo es de que estaba al pie de la escalera del sótano. Ya no tenía la pistola y tu madre estaba a mi lado. —Cerró los ojos—. Y Bella había desaparecido. He llamado a James, a Ángela y a Robin mientras Elizabeth llamaba al 911. Nadie la ha visto.
En el sótano de Edward no había ascensor. La puerta trasera daba a una escalera de obra que empezaba un metro y medio por debajo del nivel de la calle.
—Fuera hay mucha humedad. ¿Han dejado huellas?
—Sí. —Jasper subió del sótano—. Estamos tratando de obtener un modelo de escayola. El zapato podría ser de la misma persona que visteis salir del piso de Parks.
Vito se volvió a mirar a Edward y a Jasper sucesivamente.
—¿Phillip Parks?
—Está muerto. —Edward tomó una silla y se dejó caer en ella; de pronto se sentía agotado... y terriblemente asustado—. Anoche le dispararon. ¿Cuándo pasó lo que cuentas, Vito?
—Hacia mediodía. Bella se había ido a dormir... Estaba disgustadísima por lo de la foto del periódico... Le dije que cuando se despertara todo le parecería más fácil.
Un súbito pensamiento asaltó a Edward y miró a Vito con un gesto de perplejidad.
—¿Por qué no estás muerto? —Hizo una señal con la mano ante el grito escandalizado de su madre—. Todas las otras personas que se han cruzado con él han acabado muertas. ¿Por qué a ti te ha perdonado?
Vito se cubrió el rostro.
—No lo sé. Dios mío, ¿cómo voy a decírselo a mis padres? Se supone que tenía que protegerla. Mi padre se morirá cuando lo sepa.
Edward se frotó la frente intentando mantener el pánico a raya.
—Soy incapaz de pensar. —Su madre se levantó y se colocó detrás de él, y le puso las manos en los hombros. El recostó en ella la cabeza, agradecido por su silencioso apoyo—. Incapaz.
—Edward, ¿por qué no te quedas aquí? —sugirió McCarty con amabilidad—. Yo volveré al despacho y seguiré con lo que habíamos dejado a medias antes de que nos despistaran.
Edward se puso en pie.
—Yo también voy. Si me quedo aquí sentado, me volveré loco.
Vito también se levantó. Su paso era vacilante pero sus ojos oscuros denotaban claridad mental.
—Dejad que os ayude. Hasta ahora no os lo había pedido, me he mantenido al margen. Pero, mierda, tenéis que dejar que os ayude. —Miró al médico—. No voy a ir al hospital.
El médico retrocedió con las manos en alto.
—Muy bien.
—Tus padres te necesitarán a su lado, Vito —opinó Edward.
—Iré a buscarlos y me los llevaré a casa —se ofreció la madre de Edward.
Este la besó en la frente.
—Gracias, mamá. Vito, si piensas venir, vamos.
Se oyó sonar un móvil y todo el mundo se llevó la mano al bolsillo.
—Es el mío —dijo Vito. Mientras escuchaba se dejó caer en una silla—. ¿Cuándo...? Quédate donde estás. Enseguida voy. —Cerró el teléfono. Estaba petrificado—. Era mi madre —dijo, con la voz igual de apagada que antes, y a Edward se le pusieron los pelos de punta—. Ha salido a hacer unas compras aprovechando que mi padre se había quedado dormido. Cuando ha vuelto, no estaba.
¿Qué me dicen? Ya estamos casi al final! Dejen comentarios!
Bsos!
Cata...
