Último capítulo!

Enjoy!


Viernes, 17 de marzo, 20.48 horas.

—¡Policía! —Edward se hizo a un lado y el cuerpo especial de intervención echó abajo la puerta del piso. A Edward se le cayó el alma a los pies. En la terraza estaba Ángela, sola. Apenas consiguió divisar dos manos que se aferraban desesperadamente al alféizar.

«Bella.» Edward echó a correr, pero Ángela Webber se volvió con expresión violenta y perturbada.

—Si no os vais todos, le dispararé a las manos —amenazó con total tranquilidad—. Y si se cae, son doce pisos. O muere o deseará haber muerto, y vosotros también.

McCarty se situó detrás de Edward.

—A la de tres, Edward —dijo en voz baja—. Una, dos...

«Tres.» McCarty y Edward dispararon a la vez y la fuerza combinada de sus armas sobre el torso de Ángela arrojó a esta por encima de la barandilla. Edward no se molestó en comprobar dónde había caído; corrió a la terraza y entre él y McCarty tiraron de Bella hasta que estuvo a salvo. Estaba pálida y jadeante, demasiado afectada para pronunciar palabra.

Edward la meció entre sus brazos y la llevó al salón.

—Ha caído a la calle —anunció McCarty desde el balcón—. Está muerta.

—Círculo cerrado —susurró Bella—. Como Cynthia.

En ese momento Edward supo que no abandonaría a Bella jamás. El hecho de ver sus dos pequeñas manos aferradas al borde del balcón había sido como perder veinte años de vida.

Bella se esforzó por tenerse en pie.

—Mi padre. Llama al 911. Necesita oxígeno.

Y ella también, pensó Edward. La sostuvo mientras ella corría hacia la habitación donde Michael Swan permanecía tendido, todavía atado y pálido. Levantó la vista y, al verlos, cerró los ojos en señal de alivio.

—Estás viva. He oído los disparos.

Bella se dejó caer de rodillas y buscó la navaja para cortar las cuerdas. Lloraba pero a Edward le pareció que ella ni siquiera se daba cuenta. Tenía las manos temblorosas y la navaja representaba un peligro.

—Está muerta, papá. Ángela está muerta.

—Bella. —Edward se acuclilló a su lado y le quitó la navaja de las manos—. Siéntate y respira. —Con rapidez, cortó las cuerdas que ataban a Michael y ayudó al anciano a estirar las extremidades—. Os voy a llevar a los dos al hospital y no protestaréis, ¿de acuerdo?

Michael miró a Bella.

—Si tú vas, yo también.

Ella asintió; se cubría la boca con la mano.

—De acuerdo.

—¿Bella? ¿Papá? —Vito se deslizó velozmente hasta la puerta abierta y se detuvo en seco—. Santo Dios, Bella. —Se dejó caer de rodillas junto a ella y la estrechó entre sus brazos—. Denali me ha llamado y he llegado cuando aún estabas colgando del alféizar. Creía que ibas a caer. —La estrechó más fuerte y la meció.

Michael abrió los ojos como platos.

—¿Estabas colgando del alféizar? Santo Dios.

—Pensaba que iba a darme un ataque —dijo Vito con vehemencia—. Mamá y yo estábamos ahí plantados; nos hemos quedado sin respiración. Entonces Ángela se ha caído y Cullen te ha ayudado a subir. —Levantó la cabeza con gesto trémulo y miró a Edward a los ojos—. Gracias.

Edward consiguió asentir con la cabeza.

—De nada. Yo tampoco tengo claro que pueda volver a respirar con normalidad. —Exhaló un suspiro e hizo una tentativa de inspirar—. Sí, me parece que sí que puedo.

Bella se apartó de Vito poco a poco, se volvió hacia Edward y apoyó la cabeza en su hombro.

—Me parece que nunca me había alegrado tanto de ver a alguien como cuando te has asomado por el balcón. —Le dio un suave beso en los labios—. Gracias.

Edward enterró la cabeza en el lateral de su cuello y se estremeció. Todo había terminado. Por fin.

—De nada. Vamos a comprobar que estés bien y nos iremos a casa.

Ella le ladeó la cabeza y lo miró a los ojos, sonriente.

—Esta noche no hay comidita que valga, detective.

La carcajada de Edward sonó entrecortada.

—Me parece bien. No sería capaz de tragar ni un bocado aunque lo hicieras. Tal vez mañana.

—Eso, mañana.

... ... ...

Sábado, 18 de marzo, 8.30 horas.

Bella, con el corazón acelerado, salió del ascensor a la planta donde se encontraba el despacho de Edward. Se detuvo un momento y respiró hondo.

—¿Aún detestas los ascensores, Bella?

Ella levantó la cabeza y vio que Eleazar Denali la escrutaba con una amable sonrisa en el rostro y una taza de café en la mano.

—Sí, pero creo que ahora detesto más las alturas.

Él hizo una mueca.

—Me parece que es de lo más normal que tengas esa fobia, doctora.

—Le pasó el brazo por los hombros—. Anoche no tuve oportunidad de hablar contigo. ¿Estás bien?

—Sí, un poco dolorida nada más. —Se había despertado en la cama de Edward hacía una hora. Él ya se había marchado y le había dejado una nota en la almohada. «Duerme», le decía. Pero esa mañana necesitaba respuestas. Necesitaba estar con él—. ¿Está Edward?

Él asintió al comprenderlo.

—Está en la sala de reuniones. Te acompañaré.

Cuando entró, cinco pares de ojos se posaron en ella. Estaban Jasper, Rick, Aro y McCarty. Y también Edward, que se puso en pie con el entrecejo fruncido.

—Te había dicho que durmieras.

—No podía. —Le mostró el Bulletin de esa mañana—. ¿Habéis visto esto?

Edward suspiró.

—Sí, lo hemos visto. Siéntate, Bella.

Ella ocupó la silla que le ofrecía y abrió el periódico. Una vez más, miró las letras en negrita. El titular rezaba: UNA ABOGADA DEFENSORA ASESINA. Debajo había dos artículos. El primero era el más extenso y lo firmaba Cyrus Bremin. Explicaba con detalle el papel de Ángela en los asesinatos de la última semana que habían culminado con las muertes de Phillip Parks y Mike Newton. Al fijar la vista en sus fotos Bella experimentó una gran tristeza.

Ella también aparecía en una fotografía poco nítida colgando del balcón. La imagen la puso rabiosa y le revolvió el estómago. La noche anterior había soñado con ello; veía sus dedos resbalar poco a poco del alféizar al mismo tiempo que oía sonar a todo volumen las bocinas de los coches que pasaban por la calle. Bien pensado, no era ningún sueño. Era un recuerdo del horrible momento que su mente repetía una y otra vez. Pero estaba viva, a diferencia de las otras trece personas.

El segundo artículo era más corto, pero igual de espeluznante. Ángela había estado trabajando para varias de las familias más poderosas del crimen organizado de Chicago, y había ganado mucho dinero sucio ayudándolas a enviar a la cárcel a todos los empleados que no eran de su agrado. Invariablemente esos empleados acababan muertos, lo cual resultaba muy efectivo para disuadir a cualquier persona que estuviera planteándose una traición. Al parecer los empleados relacionaban en cierta manera a Ángela Webber con ese destino funesto. De algún modo Jessica Stanley lo había descubierto, y eso le había costado la vida a su novio.

—Al final ha conseguido el titular que quería —masculló Bella—. Me refiero a Stanley.

—Pero ¡a qué precio! —replicó Edward con voz queda—. ¿Estás bien?

«Sí», trató de responder, pero al mirar la portada del periódico dijo:

—No; no estoy bien.

—¿Cómo se encuentra tu padre, Bella? —preguntó McCarty.

—Está estable. —Consiguió esbozar un amago de sonrisa—. Y de mal humor. Quiere volver a casa. —Su sonrisa se desvaneció—. Y quiere que yo también vaya.

Algo brilló en los ojos de Edward, pero se limitó a sonreír.

—Ya hablaremos de eso cuando las aguas hayan vuelto a su cauce. ¿Has comido?

—Tu madre me ha obligado. —Bella se había despertado con el olor de huevos fritos con beicon y la natural sonrisa de Esme Cullen, que parecía restar importancia a las situaciones más difíciles.

Bella había pasado parte de la noche anterior en el hospital, donde la habían examinado y la habían enviado a casa rápidamente. A su padre sí que lo habían ingresado, por supuesto. Vito y su madre se habían quedado con él. Bella quería quedarse también, pero el hombre no había dejado de insistir en que ella debía marcharse a casa, a dormir. Su casa era la de Edward.

—¿Qué descubristeis anoche?

—Que todo lo que cuenta Stanley en su artículo es cierto. Y más cosas.

—Engañó a hombres inocentes —explicó Aro con aspereza—. A unos cuantos los procesé yo. Si la policía estaba a punto de descubrir un delito cometido por alguna de las familias, esa familia la contrataba. Ella buscaba a un cabeza de turco y se las arreglaba para que encontraran pruebas, y encima «defendía» al pobre diablo de modo que no tuviera oportunidad de salir bien parado ante la justicia. —Apretó la mandíbula, en su mirada se apreciaba desdén—. Yo nunca sospeché nada, ni Marie tampoco. Hace unos días nos preocupaban los recursos de apelación por tu causa, y ahora nos enfrentamos a la posible revocación de todos los casos que defendió ella.

—Qué ironía —musitó Bella.

—El hermano de Nicole Rivera era uno de esos inocentes —explicó Edward—. Lo eligió porque le pareció que Rivera era quien podía imitarte mejor. Se las apañó para que acusaran a Miguel Rivera de asesinato y luego chantajeó a su hermana.

—¿Está libre el chico? —preguntó Bella.

Edward asintió.

—Desde anoche.

—Pero su hermana ha muerto —dijo McCarty con abatimiento—. No tiene a nadie.

—Ángela Webber la mató. —Bella cerró los ojos—. A ella y a todas las otras personas. Aún no entiendo por qué lo hizo, aparte de porque me odiaba. —El silencio general resultaba incómodo y violento. Bella observó sus rostros—. Decidme por qué; ahora mismo.

—Lo hizo por Jacob Black, Bella —dijo Edward con suavidad—. Estaba obsesionada con él.

—Pero él estaba enamorado de mí. —Frunció el entrecejo—. Hace tres meses que se marchó a África. ¿Fue ese el detonante? —Bella observó cierto brillo en los ojos de Edward y adivinó lo ocurrido—. Está muerto, ¿verdad?

—Lo siento, Bella. Black no llegó al hospital de Chad. Encontramos sus cosas en el armario de Ángela, y también un cuchillo con sangre seca que se corresponde con la de su grupo. Debió de matarlo en un ataque de ira, y luego te culpó a ti.

—Me ha odiado durante todos estos años. —Su boca se torció en una mueca de amargura—. Menuda psiquiatra. Tenía a una asesina a mi lado y no me he dado cuenta.

—Su madre padecía esquizofrenia, Bella —dijo McCarty—. Tu madre podrá explicarte más cosas, pero parece que Ángela lleva años al borde de la locura. Lo que pasa es que era tan lista que nadie se daba cuenta, ni siquiera tú.

—Hace muy poco que empezó a perder el control sobre su enfermedad mental. —Edward le estrechó la mano—. Ya no podía ocultarla por más tiempo.

—¿Mi madre lo sabía? —Bella se esforzó por tragar saliva—. ¿Lo sabía?

—Sabía que la madre de Ángela estaba enferma, Bella. No tenía ni idea de que Ángela también lo estaba.

Bella asintió con gesto rígido.

—No importa. Me envenenó, ya sabéis; con la sopa.

Jasper, sentado en el otro lado de la mesa, hizo una mueca.

—¿Con las setas? Tal como imaginaba Alice.

—Y se acostó con Phillip.

—Es lo que nosotros pensábamos —dijo McCarty.

Bella volvió a asentir mientras su mente reproducía las imágenes de la noche anterior.

—Y también mató a su padre. —Para sorpresa de Bella, nadie pareció extrañarse—. ¿También sabíais eso?

—Vito lo sospechaba. Parece ser que culparon a un chico del barrio.

—A Leon Vanneti. —Bella arrugó la frente—. Es inocente, tal como decía Vito. Pero con mi palabra no hay suficiente y no tenemos pruebas. —Abrió mucho los ojos—. Dijo que Leon la había violado. En aquel momento no se hacían análisis de ADN, pero si aún guardan las pruebas tal vez podamos demostrar que es inocente.

—Haré las llamadas oportunas durante la mañana —prometió Denali—. A ver si al menos arreglamos una cosa.

Bella suspiró.

—También mató a Eleanor.

Ante eso, unas cuantas cejas se arquearon.

—¿De verdad? —preguntó McCarty—. ¿Cómo lo hizo?

—Le inyectó aire. Y todo porque Eleanor era amable conmigo.

Denali se aclaró la garganta.

—Tenemos una buena noticia para ti, Bella. ¿Rick?

—Anoche encontramos en el piso los archivos originales de las grabaciones de Bacon —anunció Rick—. Y también un CD etiquetado con tu nombre. Lynne Pope reconoció la etiqueta; era la misma que vio el día que Bacon trató de venderle las imágenes. Por lo menos las copias están a buen recaudo.

Bella estuvo a punto de marearse de puro alivio.

—No quería estar tan preocupada, pero no he podido evitarlo.

Denali le dio unas palmaditas en el hombro.

—Pues ya no tienes por qué estarlo.

—¿Sabéis por qué Ángela quería a toda costa los archivos de Bacon?

—Una policía visionó las imágenes cuando encontramos el CD en el trastero de Bacon. Aparece Ángela llevándose los botes de medicamentos de tu botiquín.

—Los botes que luego dejó en el piso de Cynthia.

Edward se encogió de hombros.

—Parece que estuviera preocupada por una nimiedad, pero supongo que tenía miedo de que Bacon la chantajeara igual que quería hacer contigo.

—Eso pone el punto final —dijo Denali—, a menos que tengáis más preguntas.

Bella miró el periódico de nuevo y apartó la vista de la foto donde aparecía ella misma colgando del alféizar.

—Me gustaría saber cómo se las arregló Stanley para descubrir todo eso.

Edward le tendió la mano.

—Vamos a hacerle una visita. Luego te llevaré a ver a tu padre.

Edward le abrochó el cinturón de seguridad. Bella estaba sentada en silencio, con las manos entrelazadas sobre su regazo y el pálido rostro con la apariencia frágil y vulnerable de una niña traumatizada. Él no dijo nada hasta que se hubieron alejado bastante de la comisaría.

—Tendrías que estar en casa, metida en la cama.

—No podía dormir, Edward.

Él ya lo sabía. Se había pasado la noche tendida a su lado con el cuerpo rígido y helado y las lágrimas resbalándole de los ojos, hasta que él había dado rienda suelta a lo que ambos necesitaban. Y ella había respondido con tal intensidad que aún notaba el estremecimiento en la piel, de pies a cabeza. Deseaba con todas sus fuerzas volver a repetirlo. En ese mismo momento. Pero en vez de eso, le habló con voz suave.

—Podrías haberte tomado el somnífero que te recetó James.

—Después de lo de ayer creo que no voy a volver a tomarme un tranquilizante en mi vida. —Esbozó una sonrisa tensa—. Gracias de todos modos. No te preocupes, Edward, solo necesito un poco de tiempo.

—Pues yo no tengo prisa, Bella.

La seria mirada de ella fue como una jarra de agua fría para su mente febril.

—Muy bien.

—Tengo otra buena noticia. ¿Te acuerdas del amigo del padre de Danny Morris?

—¿El que arrestaste cuando te heriste en la mano?

—Sí. Esta mañana, de camino al trabajo, he pasado por su casa. Adivina quién estaba durmiendo la mona en el sofá.

Ella entrecerró los ojos con satisfacción.

—Has arrestado al padre.

—Intentaba escapar pero estaba demasiado desorientado para hacer cualquier cosa excepto tambalearse. Lo acusarán de asesinato.

Ella hizo un grave gesto de asentimiento.

—Muy bien.

Luego apartó la mirada, y Edward comprendió cómo se había sentido cuando él se resistía a abrirse con ella.

—Bella, habla. Cuéntame qué es lo que te preocupa.

Aparcó el coche en una plaza vacía y le volvió la cabeza sujetándole la barbilla con el dedo. Ella tragó saliva tratando de contener las lágrimas pero no pudo evitar que al fin rodaran por sus mejillas.

—Habla, por favor.

—He estado a punto de matarla, Edward. Era como una hermana para mí y he estado a punto de matarla.

Él entrecerró los ojos.

—Merecía morir, Bella. Ha matado a mucha gente.

—Estaba enferma. —Tragó saliva—. Y no la ayudé.

Edward suspiró. Después de todo, él era policía y ella, psiquiatra.

—¿Sabes de qué me di cuenta ayer por la tarde, cuando estaba en su piso? De que una de las cosas que más me asustaba era que penetraras en mi mente y destruyeras todas las barreras. Luego caí en la cuenta de que tú no puedes hacer eso con las personas que te importan de veras. Por eso estabas desarmada ante Ángela, y ante Phillip. Pero eso te pone a mi mismo nivel.

Ella lo miró perpleja.

—Así que no puedo utilizar mis conocimientos con las personas a las que quiero... Como debe ser.

Él se pasó la lengua por los dientes.

—Básicamente es eso, sí.

Los labios de Bella se curvaron.

—Pues qué bien. —Se enjugó los ojos—. Soy un desastre.

—Lo que eres es muy guapa. Bella, anteanoche te pregunté qué querías. Dijiste que lo que siempre habías querido era contar con alguien que te amara.

Ella alzó la barbilla.

—Y tú respondiste que eso no te asustaba.

—No, no me asustaba. Y sigue sin asustarme. Pero no me preguntaste qué quería yo.

Ella se mordió el labio inferior.

—¿Y qué quieres, Edward?

Él vaciló, cohibido.

—Siempre he querido tener una mujer como mi madre.

Ella sonrió.

—¿Alguien que te haga la comida?

—En parte sí, pero se trata más bien de alguien que represente lo que ella ha representado para mi padre durante todos estos años. Él llegaba a casa, agotado y preocupado por algo ocurrido durante la jornada, y ella siempre... estaba allí. Y lo quiere tal como es.

—Ya lo sé. Es una buena persona, Edward.

—Y tú también, Bella. —Le tomó la mano y la apretó ligeramente contra sus labios—. Supongo que tenía miedo de que tú hicieras algo más que limitarte a estar ahí. De que me analizaras y me juzgaras, y tal vez que me dijeras que estaba loco porque así es como me siento a veces.

—Yo nunca haría eso. —Sus labios dibujaron una sonrisa—. Además, parece que soy una inepta.

—Pero solo para eso, para el resto de cosas eres bastante hábil. Vamos a hablar con Stanley.

... ... ...

Sábado, 18 de marzo, 9.45 horas.

Jessica Stanley estaba plantada en la acera, frente a su casa, con una maleta en la mano. Se la veía pálida y unas ojeras enormes ensombrecían su mirada. No pareció muy contenta de verlos.

—¿Señorita Stanley? —la llamó Bella—. Siento mucho lo de su amigo.

Jessica le clavó una mirada de arriba abajo, escrutadora aunque indiferente.

—Yo debería decir lo mismo.

Pero Bella notaba que no lo sentía.

—Me gustaría hablar con usted.

Ella miró la calle.

—Voy al aeropuerto, solo dispongo de unos minutos.

Bella asintió.

—Será suficiente. Quiero saber cómo descubrió que Ángela Webber estuvo trabajando para familias del crimen organizado.

Los labios de Jessica se curvaron en una triste sonrisa.

—En realidad no me costó mucho. Estaba buscando trapos sucios y los encontré. La historia de su amigo James era una menudencia, pero la de su amiga Ángela... Menudo notición. Sabía que siempre acudía a las reuniones en el Blue Lemon todos los segundos domingos de mes y me preguntaba qué hacía una abogada entre tantos médicos. Entonces descubrí que había estudiado en la facultad de medicina de Kentucky mientras usted estudiaba en la de Chicago.

—No pudimos ir a la misma facultad —explicó Bella a Edward—. Dejó la carrera porque no soportaba las disecciones de cadáveres. Qué ironía, ¿verdad?

—Ella no dejó la carrera, doctora Swan. La echaron, o por lo menos lo habrían hecho de no ser por las fotos incriminatorias que tenía con uno de los profesores.

Bella la miró perpleja.

—Era totalmente predecible.

—Averigüé el paradero de una de sus viejas compañeras de piso gracias a la secretaria del decano de la facultad de medicina. Al parecer Webber no le caía bien y no tuvo el mínimo problema en orientarme en la dirección adecuada. Me puse en contacto con Kelsey Chin, que ahora ejerce en Lexington. Ella me contó lo de la expulsión y lo de las fotos. Me dijo que Webber había tratado de que la ayudara a hacer las fotos y cuando ella se negó se lo pidió a otra compañera de piso.

—¿Y cómo descubrió lo del crimen organizado? —preguntó Edward con impaciencia.

—Me preguntaba qué clase de ética profesional podía tener una persona capaz de hacer una cosa así. Además, había perdido muchos casos y aun así tenía dinero para comprarse ropa y hacer cruceros.

—El crucero lo pagué yo —aclaró Bella.

La sonrisa de Jessica denotaba amargura.

—Entonces puede decirse que tuve suerte, porque eso fue lo que me hizo echar un vistazo a su lista de clientes. A partir de ahí, descubrirlo fue un juego de niños. —Un taxi se detuvo junto al bordillo—. Ahora tengo que irme. Me marcho a casa. Enterraremos allí a Mike.

—¿Y luego? —preguntó Bella.

—Volveré. —Su amarga sonrisa se tornó una mueca—. He conseguido que me promocionen. Me han ofrecido un buen aumento. He aprendido a tener cuidado con mis ambiciones. —Entró en el taxi y no volvió la vista atrás.

El taxi desapareció al doblar la esquina.

—Aún no sé si me inspira lástima, Edward.

Él la ayudó a subir de nuevo al coche.

—Tendrá que aprender a vivir con lo que ha hecho. Le ha tocado pagar el pato a su novio. —Se sentó a su lado en el coche y le estrechó la mano—. Tú no habrías podido evitarlo, Bella.

Bella exhaló un suspiro entrecortado.

—Ya lo sé. Y tal vez sea eso lo más difícil de asumir.

—Mira... Conozco a un policía que es licenciado en psicología y que por un precio moderado te acogería en su diván.

Bella se echó a reír, lo cual le sentó muy bien.

—¿Moderado?

—Vale, de acuerdo. Te aconsejo que hagas un trueque.

—¿En qué tipo de trueque estás pensando?

Edward puso el coche en marcha.

—Si tienes que preguntarlo es que no eres tan lista como creía.

—Ya te dije que no era adivina, detective.

Él sonrió.

—Es verdad. Será mejor que te lo explique con detalle más tarde. Ahora te llevaré a ver a tu padre; debe de estar esperándote.


Ahora sólo queda el epílogo! Ahí les daré el nombre y la autora original de la historia!

Déjenme sus comentarios!

Bsos! Cata...