Una profecía de los cielos

Draco Dormiens Nunquam Titillandus

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18.- Lazos

Un secreto revelado es una mecha que prende con una leve llama y acaba convirtiéndose en un infierno...

Un secreto compartido es una complicidad enlazante.

- ¡Hermione! – exclamó una voz fría. Entró a su habitación con un estrepitoso sonido pero la castaña sólo se removió entre las sabanas. Ya sabía quién era.

Adam rodó los ojos mientras se cruzaba de brazos y la observaba fijamente. Esa mañana había tomado una decisión muy importante y había esperado no tener contratiempos como aquel. Se acercó a las cortinas de la habitación y de un movimiento rápido y elegante, las corrió dándole paso al sol para irrumpir con fuerza en la habitación.

La castaña gruñó y se tapó hasta la cabeza con las mantas. Adam suspiró hastiado de ese comportamiento infantil y zarandeó la cama para que la castaña se levantara.

- ¡Castaña, levántate! – le quitó las cobijas y las aventó a un rincón de la habitación. – No es mi culpa que ayer te hayas desvelado con Potter.

- ¿Qué quieres? Es domingo, Adam, déjame dormir... – gruñó perezosamente. Adam se llevó una mano a las sienes y se masajeó la cabeza.

- No, vas a venir conmigo, tenemos algo que hacer... – dijo con voz espeluznantemente seria. Hermione se incorporó para mirarlo, ya estaba claro que no podría dormir de nuevo.

Miró el reloj y se percató de que eran las siete y media. Entrecerró los ojos con molestia.

- ¿Por qué aseguras que tenemos algo que hacer?

- Porque sé que te va a interesar... te espero en quince minutos en la sala común... – ordenó sin admitir réplicas. Salió con elegancia de la habitación y la castaña se dejó caer en la cama suspirando.- ¡No tardes! – exclamó asomando su cabeza. Hermione pegó un respingo y se levantó asustada. Gruñó de nuevo.

OoOoOoO

Cuando la castaña bajó por las escaleras que conducían a la sala común, se encontró a su guardián caminando impaciente de un lado a otro por la sala deshabitada.

Se restregó los ojos con cansancio y se plantó frente a él.

- ¿Cuál es la brillante idea este día? – Preguntó con la expresión resignada.- Espero que no sea algo absurdo. Y no te atrevas a ser sarcástico, me debes una muy grande por lo que hiciste ayer... - amenazó con el ceño levemente fruncido.

- Niña, niña, ¿Cuándo aprenderás qué lo que yo hago jamás es absurdo? – preguntó mirándola seriamente. La castaña hizo una mueca que denotaba lo muy en contra que estaba con esa afirmación.

Adam hizo una mueca que se asemejaba a una media sonrisa.

- Está bien, castaña. Me he dado cuenta... – empezó y poniéndole una mano en la espalda, la condujo hasta la salida -...que eres muy débil y... torpe.

La castaña se detuvo cuando ya estaban en uno de los pasillos y lo observó ofendida.

- ¿Perdón? – preguntó pensando haber oído mal.

- Necesitas saber defenderte... – respondió suspirando y la miró fijamente. Un escalofrío recorrió a la castaña. Parecía hablar enserio.

- ¿A qué te refieres? – preguntó temerosa olvidando que supuestamente estaba ofendida. Adam la empujó suavemente y siguieron caminando. En vez de bajar al Gran Comedor, ambos jóvenes subieron en dirección a la séptima planta.

- A que necesitas aprender algo de defensa personal y que yo... te voy ayudar...

- Y te refieres a algo como... – indagó la ojimiel estremecida.

- Golpes, fuerza... – respondió con simpleza. La miró de reojo y suspiró una vez más, habilidad que, aceptaba, había aprendido de ella.- También he pensado en enseñarte a manejar una espada... tal vez un arco...

- O sea, ¿Piensas dejarme luchar? – preguntó sorprendida pero animada.

- Claro que no. – Tajó de inmediato. Hermione dejó de sonreír.- Es simple precaución... aunque me cueste admitirlo, no me gustaría que fueras indefensa ante cualquier peligro donde no logre estar para protegerte.

- Hablas como si en realidad fuera muy débil y no supiera defenderme. – le reprochó con una mueca de disconformidad.

Adam se detuvo mirando la puerta color ocre que se ofrecía frente a ambos y después miró sus ojos miel con penetrante frialdad.

- Ante un demonio ERES muy débil. Puedes dominar hechizos no verbales, puedes ser ágil en una batalla... pero para derrotar a un demonio se necesita más que eso... – le aseguró seriamente. Endureció sus facciones y la empujó gentilmente para que entrara.

Hermione no pudo replicar pues se quedó sorprendida ante la impresionante visión que se ofrecía delante de ella. Una habitación decorada absolutamente de blanco, no tenía muebles ni ventanas y en una esquina se encontraba un cofre viejo de donde sobresalían los mangos de diversas armas. Esa habitación le recordó a las habitaciones de los manicomios.

- ¿Qué es esto? – preguntó ensimismada. El castaño sacó una espada del cofre y la observó con curiosidad. Luego miró a la castaña.

- Es una sala de entrenamientos especialmente diseñada para ti... y para mi. Cortesía del viejo.

Hermione frunció el ceño.

- Pensé que no confiabas en Dumbledore...

- No lo hago. – aseguró con la voz extremadamente calmada. Su vista se volvió a posar en la espada y la examinó con detenimiento.- Eso no significa que no pueda aprovecharme de su amabilidad...

Hermione rodó los ojos.

- Bueno... antes de empezar, deberías saber que en un mes nos vamos... – comentó mientras hacía girar la espada con agilidad.

- ¿Un mes? – preguntó sorprendida.

- Sí... cuando comiencen sus vacaciones de invierno. Así nos evitamos el problema de su ausencia... – dijo y dirigió su vista de nuevo a ella.

- ¿A dónde iremos?

- Ya lo sabes.

- Es decir, ¿A dónde, exactamente, iremos?

- Existe una isla que se dice está en el fin del mundo... su nombre es Avalón.- respondió con voz pausada. Se odió por decirle todo de manera tan sencilla.

- Nunca la había escuchado nombrar... – comentó con la voz rasposa.

- Deberías... se dice que de ahí provienen las Hadas... – dijo mientras extraía otra espada del cofre. – Ahí hay una puerta que se llama "La puerta de la eternidad". Esa puerta nos llevará a una especie de... tierra, como otra dimensión, como otro mundo. Ahí es donde buscaremos las reliquias.

Hermione se mordió el labio inferior mientras lo miraba. Un extraño sentimiento se formó en su estómago al imaginar lo que les esperaba.

- En esa tierra hay cosas que jamás has visto, pasan cosas extrañas y el ambiente suele confundir a tu mente... nada sencillo...

- Es muy peligroso, ¿verdad? – Adam paró de girar las espadas depositándolas sobre el cofre y suspiró.

- Sí... por eso estamos aquí. – Se quitó el abrigo negro que traía puesto y se quedó con una fina camiseta blanca sin mangas que mostraba perfectamente sus brazos y torso extremadamente musculosos. Su arete plateado brilló levemente cuando el castaño tomó de nuevo las espadas.

Hermione entreabrió la boca impresionada y se sonrojó violentamente desviando la mirada. Para ser un ángel parecía bastante humano.

El castaño la miró sin algún sentimiento reflejado en el rostro y tensó los músculos de la cara.

De repente, y sin más explicaciones, el castaño le arrojó el arma de un rápido movimiento. Hermione no supo reaccionar a tiempo, así que, torpemente, alargó los brazos y la espada resbaló entre ellos. La castaña ahogó un aullido de dolor y apretó su mano con fuerza. La miró y se percató que estaba sangrando, se había cortado.

Adam la miró arrogantemente y se acercó a ella con paso tranquilo. Levantó su mentón para que lo mirara y él la observó con gesto altivo.

- Esto no es un juego, quiero que pongas todo tu esfuerzo en esto... tal vez te lastimes un poco, pero intentaré no hacerte daño, lo prometo... – susurró con la voz escalofriante pero suave. Levantó lentamente la mano herida y sopló sobre ella. Y ante el asombro de la castaña, la herida se cerró con rapidez.

Luego, el joven se separó de ella sin apartar su vista de sus ojos.

- Levanta la espada al nivel de tu cabeza, si prefieres hazlo con las dos manos... bien. Ahora da una estocada rápida y lo más firme que puedas hacia mí, no temas lastimarme, castaña, no será fácil hacerlo. – aseguró con la voz firme. Su tono de voz contrastaba el hecho de ser un general que está al mando de un gran ejército.

La castaña tragó saliva e hizo lo que su guardián le dijo, no sin cierta dificultad.

El castaño detuvo el golpe con una increíble agilidad usando sólo una mano y Hermione tembló de pies a cabeza por el choque producido entre las dos espadas.

Adam suspiró.

- Hay un largo camino que recorrer...

OoOoO

Draco estaba sentado en una de las mesas de la Biblioteca, esperaba pacientemente la llegada de la castaña. Habían quedado de verse para practicar un hechizo de defensa que el chico no controlaba muy bien.

Suspiró mientras giraba su varita entre los dedos y se sobresaltó cuando sintió una sombra frente a su cuerpo.

Levantó la mirada al sentir el aroma diferente al de la castaña, y se sorprendió al encontrarse de frente con dos gélidos y arrogantes ojos.

Adam Hellsing, con quien nunca había hablado pero que constantemente lo había visto cerca de Hermione, ahora se encontraba frente a él mostrando una actitud calculadora y egocéntrica. Incluso más de la que él mismo llegó alguna vez a tener.

- ¿Se te ofrece algo? – preguntó desinteresadamente. No se levantó de su lugar, en cambio, lo miró con su arrogancia característica.

- A decir verdad, Malfoy... sí. Necesito hablar contigo.- respondió con frialdad. Al rubio lo recorrió un intenso escalofrío al percibir el tono escalofriante con el que hablaba. Entrecerró los ojos sin mostrar algún tipo de reacción por sus palabras y regresó su mirada al libro que leía. Lo hojeó unos momentos sin responderle, hasta que se detuvo en la página que buscaba.

- ¿Y de qué, exactamente, tendríamos que hablar tú y yo? – preguntó al fin sin tener realmente interés en el tema.

- Tengo una propuesta que hacerte...

Y en ese momento, Draco Malfoy le prestó atención.

OoOoO

Adam caminaba con despreocupación por uno de los pasillos del séptimo piso. Era aproximadamente la media noche, pero él lucía fresco y despierto.

Sus orbes plateadas buscaban rastros de la castaña que, se suponía, debía estar vigilando. Esa noche ella tenía ronda, pero no había esperado por él para acompañarla.

Sin embargo, y para sorpresa de él mismo, no se sentía extraño al no encontrarla. Ya se imaginaba con quien estaba.

Con su altiva figura y arrogante pose, el castaño dobló una esquina, se detuvo al ver lo que estaba buscando e hizo una mueca.

Esas últimas semanas había sido siempre lo mismo. Ella estaba con el pelinegro y él tenía que vigilarla de lejos. Sinceramente no le importaba en lo más mínimo, pero ella sabía perfectamente que de noche jamás debía estar sin su protección.

Entrecerró los ojos al verlos conversar tan animadamente. Podría hasta decir que se sentía bien de que ella sonriera de esa forma. Pero jamás lo aceptaría.

Suspiró tensando sus facciones, y se acercó a ellos con pasos elegantes y pausados.

Hermione lo miró por sobre el hombro de su amigo, y le sonrió avergonzada. Sabía que estaba apunto de ser regañada, y sólo al observar el brillo de frialdad tan característico de él, supo que esa vez no iba a salir muy bien parada.

- Hola... – susurró Hermione a media voz. Harry se dio media vuelta y lo miró sin expresión alguna. Una brecha de actitud ácida y fría se había abierto entre ambos chicos y ninguno de los dos parecía querer esconderlo ni mucho menos ignorarlo.

- Buenas noches... – respondió con elegancia. Sus ojos parecieron resplandecer en la oscuridad.

- Hellsing, buenas noches... – saludó Harry fríamente.- ¿Merodeando por los pasillos? – comentó en un tono sarcástico. Adam sonrió con arrogancia.

- Yo debería decirte eso, niño... ¿No deberías estar en tu habitación? – preguntó ácidamente. Harry gruñó.

- Yo es-

- De hecho, Harry – interrumpió la castaña al ver el rumbo que tomaba la "agradable" conversación.- Adam tiene razón, no deberías estar aquí, podrían regañarnos a ambos...

Harry la miró ofendido por unos segundos, pero luego relajó su expresión y suspiró largamente.

La castaña lo miró con una tierna y sincera disculpa y el pelinegro sólo atinó a asentir con la cabeza y dar media vuelta para marcharse.

Ladeó un poco la cabeza hasta poder mirarlos de reojo y sonrió.

- Buenas noches Hermione, Hellsing... – murmuró, y de repente, frente a sus ojos, el ojiverde desapareció bajo su capa invisible.

Hermione suspiró con resignación, cada vez que los tres estaban juntos en un mismo lugar, un ataque verbal ácido comenzaba a llenar el ambiente de esos dos chicos. Se preguntó que problema tendrían los hombres con ella. Todos se mostraban... extrañamente raros.

- ¿Por qué no me esperaste? – preguntó Adam con la voz extremadamente tranquila. El recorrido acostumbrado de los escalofríos viajó por la espina dorsal de la castaña.

- Tenía prisa y tú tardaste mucho tiempo en bajar... – respondió sin mirarlo. Dio media vuelta y empezó a caminar del lado contrario por donde se había ido el pelinegro. Adam la siguió de cerca con su propio, elegante y acompasado paso.

- No me gusta que salgas sola a estas horas, y – agregó al verla abrir la boca para refutar algo.- El niñito pelinegro no cuenta para mí como compañía...

- Bien, pero que sepas que me he cuidado sola por mucho tiempo. Además me creo suficiente capaz de enfrentarme a cualquier cosa.

- Este castillo guarda más secretos de los que piensas, niña. Y muchos de ellos te observan en la oscuridad. – Su voz sonó tan sombría que la castaña no dudo en creerle. Tragó saliva.

- Si, bueno, Hogwarts siempre será un misterio para todos... – agregó mientras se acomodaba la túnica para protegerse del clima invernal que apenas estaba comenzando.

- Sí, incluso para mí este castillo es una caja de sorpresas... – dijo mientras observaba la Luna. Comenzó a desabrochar los botones del abrigo blanco que llevaba.

Doblaron un pasillo y caminaron tranquilamente. Por primera vez, Hermione se sintió a gusto con el silencio entre ambos. Lo miró de reojo.

- Me preguntaba...

- Sueles cuestionarte todo, Hermione, eso no me sorprende...- la castaña frunció el ceño al oírlo. Iba a decir algo cuando algo ligero y extremadamente fino la cubrió por los hombros. Volteó a mirar a su guardián y lo vio sólo con una camiseta gris pálido que tenía diversos dibujos extraños sobre ella.

Ahora, su abrigó lo llevaba ella. Y para que mentir, parecía algo mágico- se rió al pensar esa parte- que el frío se hubiera alejado de su cuerpo. La tela que parecía terciopelo le proporcionaba tanta comodidad que fue tentada a acariciarla para saber si era real.

- Gracias, pero debes tener frío, será mejor qu-

Se interrumpió al sentir la mano de Adam en su espalda y cuando lo miró, éste tenía la vista clavada al frente sin intenciones de prestarle atención.

- Creí que habías dicho que no te gustaba que los humanos vieran tus "ropas" extremadamente sagradas... – murmuró mientras dejaba que el calor invadiera su cuerpo.

- Es cómoda... – respondió simplemente.- Y nadie me está viendo en este momento, tú ya la has visto, así que no importa...

Hermione suspiró y miró al frente. No podía evitar pensar que Adam cada vez era más abierto con ella. Y se sintió extrañamente feliz, y sonrió.

Esa noche no se sintió incómoda con él, al contrario, se atrevería a decir que pasó la ronda de una manera extrañamente agradable.

OoOoO

La semana había pasado sumamente rápido para Harry. Nada en esos momentos podía perturbarlo. Estaba contento del desarrollo de su vida en esos momentos.

Las cosas estaban tranquilas en Hogwarts, el único hecho extraño era la ausencia del profesor de Defensa. Dumbledore les había dicho que ésta se debía a unos asuntos personales que estaba resolviendo el profesor, pero a Harry aún le quedaban algunas dudas.

Había decidido no comerse la cabeza con los movimientos clandestinos de la Orden del Fénix, y no dudaba que Dumbledore sintiera alivio por ese hecho. Sin embargo, no dejaba de sentir cierto remordimiento al saber que él mismo mentía a sus superiores con respecto a sus propias actividades.

Adam Hellsing aún no les había dicho que día partirían en la búsqueda de las Reliquias, pero por su extraño comportamiento y su actitud calculadora, él pensaba que no faltaba mucho para la hora estimada.

Adam.

Ese nombre era uno de los que rondaban por su cabeza constantemente.

Por una parte estaba preocupado por su forma de actuar con él. Parecía que lo vigilaba, lo miraba de forma calculadora cada vez que se acercaba a la castaña, como esperando que él le hiciera algo.

Apoyó su cabeza entre sus manos y miró las llamas crepitantes de la chimenea.

Suspiró mientras pensaba si eso podría convertirse en realidad. Ya era muy conciente del peligro que todos corrían por estar a su lado. ¿Sería más peligroso para ella? ¿Y si Voldemort se enteraba que ella era más importante para él?

Quizás entonces Adam tendría una buena razón para golpearlo.

Se removió incómodo en su lugar y pestañeó varias veces para despejar esos pensamientos de la mente. Casi automáticamente desvió su mirada al reloj dorado que enmarcaba la entrada de la Sala Común y frunció el ceño al ver lo tarde que era. El silbido armonioso de los grillos retumbó en su cabeza por breves minutos antes de levantarse y tomar la capa de invisibilidad que reposaba sobre el sillón.

Esa noche, Hermione le había prohibido rotundamente el acompañarla. Aunque él prácticamente le hubiese rogado, ella no había cedido ese día.

Pero eran las doce y media y ella no regresaba.

Salió a la noche sombría que reinaba el castillo, el viento invernal azotó contra su rostro de una manera que lo sobrecogió. Caminó despacio y con precaución, no quería dar muestras de que se encontraba ahí.

Dobló una esquina y otra, y otra. No hallaba rastros de la castaña y su corazón dio un salto temeroso. ¿Y si le había pasado algo?

No. Era absurdo.

Dobló otra esquina con los nervios palpitando en su estómago, perdido en sus pensamientos confusos y, entonces, se detuvo. Miró al frente.

Sin saber que esa visión dejaría algo aterrador y confuso enterrado en su mente.

Y quizás... en su corazón.

OoOoO

Adam caminaba en penumbras mientras sus pasos se ahogaban con estruendos escalofriantes. Su mirada fría y arrogante brillaba intensamente entre las sombras, asemejando su figura a un depredador que busca a su presa de noche.

Sus pálidos y musculosos brazos se exponían en su figura, ya que por primera vez no llevaba su acostumbrado abrigo, y aunque la noche era fresca sobresaliendo de ella una delgada capa de neblina, él no parecía afectado.

Su castaño cabello que brillaba con destellos níveos caía sobre su frente, cubriendo sus ojos con delicadeza. Sus manos estaban cubiertas por dos gruesos guantes negros en donde sus dedos, igualmente pálidos, se cubrían por las marcas angelicales que fueron impresas sobre ellos.

Esa noche, como ninguna otra, las marcas angelicales tatuadas en su cuerpo se exponían con grandeza y majestuosidad. Al lado izquierdo de su cuello, casi al inicio de la barbilla, la marca más gruesa que tenía, formando una figura similar a la del fuego, que cruzaba su hombro y llegaba a la mitad de brazo.

En su hombro derecho, dos espirales simbólicos que relataban la historia de su mundo.

Y en su ojo derecho, aquella marca negra como la noche, aquella marca que cruzaba su ojo y sobresalía un poco más abajo de él.

Esa noche, Adam exponía su verdadera naturaleza. Desahogando su impaciencia y sed de batalla. Sintiéndose vivo. Sintiéndose poderoso de nuevo.

Había dejado atrás a la castaña. Ese día ella había hablado con él y había querido saber acerca de su vida como ángel.

Le había preguntado cosas que le llenaban la cabeza de memorias escalofriantes.

Y se había sentido débil.

Detuvo sus pasos en la mitad de aquel pasillo oscuro, y se llevó una mano hacia el cuello. Extrajo la cadena de su camiseta y se lo quitó. Lo observó durante largo tiempo, examinando esa figura de la cabeza de un lobo que tanto daño había hecho a su vida. Esa reliquia que se formaba por el escudo de su familia. Hecho por el material sagrado más resistente en todo el universo.

La examinó conciente de todo lo que ese fragmento metálico había causado. Su linaje.

Entonces, lo apretó con fuerza a la altura de su cabeza, sabedor de que nunca se rompería. Aún así, lo estrujo en su mano. Apretó su mandíbula sin expresar ningún sentimiento. Sin expresar nada.

Sin expresar dolor. Aún a pesar de estarse perforando los dedos.

Su guante se abrió lentamente, y su sangre, roja como el rubí, corría tortuosamente por su brazo.

Pero no le importó. Y no lo expresó.

Bajó su mano lentamente y perdió su mirada en las penumbras del pasillo.

Las gotas de sangre al chocar contra el suelo de mármol, eran lo único que retumbaba en sus oídos.

Cerró los ojos sin reflejar nada y se tranquilizó lentamente. Abrió la mano y sin tener prisa, se colocó de nuevo el collar plateado que ahora mostraba rastros de sangre.

Las marcas negras de su cuerpo brillaron de un intenso color dorado, transmitiendo chispas majestuosas y elegantes. Segundos después, así como habían brillado, desaparecieron, llevándose consigo todas las marcas angelicales que su cuerpo poseía.

Abrió los ojos y dejó salir el aire de su garganta.

Empezó de nuevo a caminar sin estar agitado, sin muestras de enfado ni de dolor de su mano herida. Nada. Frío. Así como era él.

Dobló una esquina y de repente, al otro extremo del pasillo, algo lo distrajo.

Clavó sus ojos plateados al final del pasillo y se adelantó cuidadosamente hasta llegar a un cuerpo encogido en el suelo.

Se dio cuenta, sin cambiar su expresión fría, que el bulto escondido bajo la capa pertenecía al niño mejor amigo de su protegida.

Temblaba como niño. Se agachó a su altura y lo zarandeó sin delicadeza.

- ¡Potter! ¿Qué te pasa? – espetó sin realmente importarle. Escuchó ruidos a su espalda y se giró bruscamente. Una sombra cruzó la estancia y Adam juntó sus manos preparado para aparecer su espada. - ¿Qué ra-

Giró su cabeza en un rápido y precavido movimiento hacia la izquierda, lugar donde había pasado de nuevo la sombra.

Entonces, sus manos brillaron y una enorme y majestuosa espada de gran tamaño y de hoja delgada, apareció entre ellas. Se colocó en posición defensiva y esperó.

La silueta de una persona caminó directamente hacia él, su vestidura rojo sangre traslució al exponerse a la poca luz que se colaba directamente de la Luna.

Adam sintió a Harry temblar tras su cuerpo. Lo cubrió de manera que quedara ocultó tras su cuerpo. No iba permitir que le pasara algo, si eso sucedía, Hermione sufriría mucho.

Abrió los ojos del asombro en cuanto se percató de la identidad de la persona que caminaba hacia él. Pero se asombró todavía más cuando reparó en lo que traía entre sus brazos.

Su cuerpo comenzó a temblar sin él mismo permitirlo. Su espada estuvo apunto de caer de sus manos pero permaneció lo suficientemente firme para no hacerlo. Retrocedió un paso de manera involuntaria y un profundo agujero se formó en su estómago, la respiración le pareció pesada y densa. Incluso su alrededor daba vueltas.

Tensó todo su cuerpo y apretó la mandíbula para no dejar salir un alarido de dolor. No físico, sino interior. Algo que iba más allá de lo carnal.

De repente, la espada que sostenía entre sus manos, se fue desvaneciendo lentamente hasta desaparecer, sus brazos cayeron laxos y sin fuerza a sus costados. La vista se le nubló y retrocedió otro paso.

Incluso dejó de sentir los escalofríos de Harry. Su vista no se podía desviar de lo que tenía enfrente, y por primera vez... desde hacía mucho tiempo...

...tuvo miedo.

Sus piernas no aguantaron su cuerpo y cayó de rodillas sin pretenderlo. Temblaba cuando se llevó una mano al rostro y se tapó media cara, apretó con furia su rostro, y aunque sabía que la imagen que tenía enfrente tenía algo diferente... no pudo dejar de sentir que eso era real.

El demonio que había reconocido como Perseus, dio una estocada con su majestuosa espada. El cuerpo que convulsionaba en sus brazos emitió un gritó desgarrador cuando la hoja filosa atravesó su carne tierna.

Adam cerró los ojos y se tapó los oídos escuchando el gritó sofocado y extendido que parecía desgarrar la garganta de... Hermione.

De repente, de la inmensa oscuridad, una voz se escuchó a lo lejos. Adam no fue conciente de eso mucho tiempo, pues la imagen seguía reflejada en su mente y, probablemente, no se borraría jamás de ella...

- ¡Riddikulus! - exclamó la voz anciana del Director del colegio. Apresuró el paso hasta llegar a las dos figuras temblantes que estaban en el suelo y los miró con preocupación brillando en sus intensos ojos azules. - Kalyo... ¿estás bien? ¿Harry?

- ¡Adam! – gritó una voz a sus espaldas. El ángel seguía ido, perdido en sus recuerdos y escuchando en su cabeza el gritó aterrador que había sonado. Apretó más su cara y pronto sintió unas manos que lo zarandeaban.- ¡Adam! ¡Oh Dios mío, Harry!

- Señorita, Granger, yo me encargo del señor Potter. Por favor, si fuera tan amable de llevar al joven Kalyo a su sala común... – pidió el anciano con ojos atormentados. Hermione asintió con lágrimas en los ojos sin entender la situación y observó como el director tomaba a Harry por los hombros y lo ayudaba a caminar.

- Adam... ¿qué pasó? ¿Adam, estás bien? – le dijo de manera suave. Tomó sus manos entre las suyas y miró sus ojos angustiados.- ¿Qué ocurrió?

El ángel la miró largamente, su respiración salía entrecortada de sus labios y pronto sus facciones se endurecieron.

Se levantaron con dificultad y Adam se alejó de la castaña dándole la espalda. Aún temblaba.

- ¿Qué rayos era eso...? – musitó en un hilo de voz.

- ¿Qué era qué? – susurró la castaña confundida. Estaba preocupada por Harry y quería saber lo que había ocurrido.- ¿Qué pasó? ¿Qué viste?

- Era Perseus... parecía ido... no hablaba y me miraba fijamente... y t-tú e-estabas en sus b-brazos... herida... – susurró sin comprenderlo.

Hermione lo miró sorprendida.

- Escucha: tranquilízate, aquí no hay nadie, yo estoy bien... ven, vamos a la sala común... – le dijo gentilmente. Lo tomó del brazo y lo condujo a la sala común de Gryffindor.

Pero estuvo segura de que el castaño no se percató de ese hecho en todo el trayecto.

OoOoO

- ¿Un Boggart? – preguntó sorprendida.- ¿Qué hacía un Boggart a medio pasillo del colegio, en la noche, y suelto?

- Se escapó del aula de Defensa, señorita Granger... ¿Cómo están? – preguntó la profesora mirando a un rincón de la sala. Adam estaba sentado mirando el fuego y Harry estaba del otro extremo mirando turbado la Luna.

- No lo sé... Harry no me quiso decir qué es lo que vio... y Adam... no lo sé, no me dice como se siente al respecto... – le respondió decaída.

- Quizás necesiten descansar... ambos. En estos tiempos de guerra, ver lo que más temes puede pesar en tu mente de una manera aterradora... – le dijo mientras miraba al ojiverde. La miró a los ojos brevemente y le preguntó con la voz tranquilizante.- ¿Sabes que miró el joven Adam?

Hermione se sonrojó y desvió la mirada. Un escalofrío la recorrió al recordar lo que su guardián había mirado.

- Me miró a mí... miró... mi muerte... – musitó con los ojos clavados en el suelo.

- Debes importarle mucho, Hermione... – la castaña miró a su maestra con una mueca turbada. McGonagall le sonrió para tranquilizarla.- Está vez no considerare bajarles los puntos que se merecen... sin embargo, tú, como Premio Anual, espero que supervises que esto no vuelva a ocurrir.

- Sí, profesora, le prometo que no volverá a ocurrir...

- Eso espero... por ahora, mándalos a dormir, iré a hablar con el director.- dijo y dio media vuelta. Hermione la miró hasta que desapareció por el cuadro de la Dama Gorda y suspiró.

Se dirigió primero con Harry. Tomó una de sus manos para llamar su atención y cuando él la miró, le sonrió tiernamente.

- ¿Cómo estás? – le preguntó la castaña dulcemente. Acarició su rostro con ternura para tranquilizarlo. Harry le sonrió de medio lado.

- Estoy bien... me impacté mucho cuando miré la imagen... debí actuar más rápido...- susurró apenado.

- Tranquilo... ya pasó... ¿Por qué mejor no descansas?

- ¿Me estás corriendo? – Preguntó con una sonrisa que no le llegó a los ojos.- Lo haces porque mañana me vas a regañar... si yo no hubiera salido de la sala común... qui-

- Harry, ya pasó, no tiene importancia hablar del pasado en estos momentos... lo que importa es qué tú estás bien, pero necesitas descansar. Te prometo que mañana no te diré nada.- le dijo mientras levantaba la mano que no estaba enlazada con la suya, a modo de promesa. El pelinegro sonrió y luego asintió convencido.

- Confío en ti... hasta mañana... – dijo mientras miraba de reojo el cuerpo de Adam sentado en el sillón. Se inclinó hacía Hermione y la besó largamente en los labios.

Cuando se separó de ella, la castaña tuvo la sensación de que algo se ocultaba tras ese beso. Harry soltó su mano lentamente y mientras caminaba hacía su habitación, su vista no se desvió de la suya.

Cuando perdió la silueta de su cuerpo, Hermione se giró al sillón y se acercó a su guardián lentamente.

Se sentó a su lado sin saber muy bien qué decir y lo miró.

- ¿Quieres hablar? – preguntó no muy convencida.

- No – respondió con frialdad. Hermione suspiró.

- Sólo quiero ayudarte... me gustaría entenderte.- murmuró la castaña. Adam se dio cuenta de inmediato a dónde quería llegar. De nuevo.

- No necesito ni de tu comprensión ni de tu ayuda... deberías entenderlo.- cortó el castaño.

- Tú deberías entenderme... me preocupas... – explicó frustrada.- Hablas como si en realidad no me importaras...

Adam se levantó y la miró intensamente.

- Esos mismos sentimientos son los que los hacen débiles y vulnerables a todo...- espetó el castaño mientras le daba la espalda.

- El sentir amor y cariño jamás te hará débil, Adam.- le susurró. Se acercó hasta quedar a un paso de distancia y extendió su brazo hacia él, acariciando su espalda con delicadeza.

- Para mí, eso no existe... lo único que hacen los humanos es trastornarse por los inútiles sentimientos...- le dijo como si fuera lo peor del mundo, con frialdad y arrogancia. Hizo una mueca de asco y se giró para mirarla.

- Cierto, en los humanos también existe la tristeza, el dolor y el sufrimiento... pero dime, ¿Realmente crees, que si se resisten a eso también serán débiles?... No importa lo duro que sea, si afrontan todo, eso sería una fortaleza, una esperanza para seguir adelante... tendrían fé, y eso sólo los haría personas más admirables, más fuertes...- intentó explicarle y lo miró con tristeza. El ángel sintió un retortijón en el estómago al ver sus ojos brillantes.

Pero la miraba fríamente, como hacía tanto tiempo que no la miraba a ella. Examinaba sus movimientos y absorbía sus palabras con gran frenesí.

En los pocos meses de conocerla esa humana le había enseñado bastantes cosas, grandes actitudes y lo efímero que podía ser el soplo de la vida; los enigmas del sentimiento, y las verdades del corazón. La escuchaba con atención, aún sin estar de acuerdo con lo que decía.

- Las personas afrontan esos sentimientos que a veces te trastornan; resisten, pelean y vencen, ¿Eso se puede llamar ser débil?... lo que yo creo es que eso les da grandeza y fortaleza... nada más, Adam...- le aseguró y algo titubeante levantó la mano de nuevo y acarició lentamente su mejilla. El castaño sintió que la delicada piel de Hermione le infundía una inmensa tranquilidad con hondas eléctricas, sólo por el simple hecho de sentir ese delicado roce.

- El tiempo borra recuerdos Hermione, yo he buscado el recuerdo de mi padre, el de mi hermano; pero siempre descubro lo mismo: no hay nadie, no hay nada, no puedo encontrarlo. Lo peor es que no tengo heridas, me convertí en un ser sin sentimientos, por eso no necesito ni de tu compasión, ni de tu cariño.- le explicó con voz fría, sin expresión corporal y con arrogancia. Ocultando el deleite que sentía por su caricia.

- Adam... – susurró ella. Sentía tanta compasión por aquel ángel que la protegía de todo, nunca había visto tanta confusión en una mirada. Lo malo era que él no comprendía que ella sólo quería ayudarlo. Ella quería escucharlo, conocerlo.

- Si realmente quieres conocer mi pasado: lo sabrás. Te lo he dicho ya muchas veces, no me afecta y me trae sin cuidado. ¿Qué importancia tiene si una persona más se entera de mi asquerosa y repugnante familia? Mejor para mí, el sufrimiento de ellos al sentirse más depreciados me da satisfacción... para que dónde quiera que estén se repudien por sus actos, por sus errores, por deshonrar a los ángeles y a su alto puesto... - musitó con voz escalofriantemente fría. Su frialdad y hastío encogieron el corazón de la castaña. Sus ojos castaños se llenaron de lágrimas al escucharlo. ¿Podría un corazón tener tanto odio?

Desvió la mirada a su pecho para que él no se diera cuenta de su debilidad. Su mano recorrió su mejilla, pasando por su hombro en una lenta caricia y viajó hasta posarse con delicadeza en su pecho, ahí se detuvo. Era la primera vez que lo tocaba de esa forma.

Esperó pacientemente a que comenzara con la historia. No lo miró, temía sentirse despreciada por la frialdad del castaño, temía ver odio y venganza en sus ojos que a veces eran del azul de un iceberg.

Sintió como Adam tomaba su mano y la apretaba, la apartó lenta y delicadamente de su cuerpo hasta dejarla caer sencillamente a su costado y luego levantó su mentón en una caricia que hasta podría llegar a pasar como tierna.

- No te sientas mal... deberías saber que así soy yo... en realidad al único que le guardo odio es a mi padre... – murmuró con aprensión mientras la miraba intensamente. Se sintió vulnerable de nuevo por decirle la verdad y tratar de hacerla sentir bien, pero está vez no quiso hacer nada para remediarlo.- A mi hermano sólo le guardo rencor...

- El odio y la venganza también son sentimientos muy humanos... también te hacen vulnerable como el miedo o el amor... – intentó razonar desviando de nuevo la mirada.

- El odio y la venganza sólo me hacen vulnerable al poder, a la maldad... el amor y el miedo te vuelven indefenso... – espetó con demasiada brusquedad.

- ¿Hace un rato... tú...? – divagó la castaña con cierta reticencia.

- Sentí miedo, sí... y me sentí patéticamente vulnerable..., lo más importante para mí es mi misión... y no tengo absolutamente nada más por lo que preocuparme... sólo tú... – explicó sin expresión alguna.

La castaña no tuvo algo que decir al respecto. Se sintió diferente y la imagen de ella de cuatro años y de su hermano mayor se le vino a la mente. Lo miró no sin cierta añoranza y le sonrió tristemente.

- No sé por qué no me alegra escuchar eso... – murmuró muy bajito. Suspiró y lo miró a los ojos. Frunció el ceño al verlos más opacos, sombríos. Sus ojos plateados esa noche no tenían brillo. Titubeó un poco antes de hablar.- ¿Me dirás como se llama tu familia? – tanteó mientras él se apartaba de ella un par de pasos.

- Mi padre se llamaba Zeles, mi hermano se llamaba Alexiel... no entiendo para que quieres saberlo, no te sirve de nada... – comentó de manera indiferente. Caminó al sillón que estaba frente a la chimenea y se sentó.

- Bueno, me parece lo justo, tú me conoces casi completamente... quiero saber un poco sobre ti también... – le dijo con el ceño fruncido. Caminó hasta él y se sentó a su lado, siendo conciente de dejar un espacio justamente prudencial entre ellos.

Adam suspiró resignado. Le diría todo, aunque se negara internamente, sabía que iba terminar diciéndole toda su vida.

- La guerra entre los mundos empezó cuando yo tenía unos cuatro años... años angelicales, como dieciséis años humanos. Mi padre no tenía tiempo para mí y mi hermano estaba muy concentrado entrenando para la batalla... por supuesto, mi padre no me dejó luchar aquel día, dijo que quería preservar la familia... – empezó. Miró a la castaña y vio ese brillo curioso en sus ojos. - Durante mucho tiempo, yo estuve solo, un año de mi vida la pasé esperando el regreso de mi pueblo... y en ese tiempo aprendí lo que un ángel joven aprende en su primer siglo de vida...

Era, lo que yo podría considerar, un aprendiz.

Pero mi nacimiento tuvo lugar en una época de muerte, dolor y poder. – Adam se detuvo un momento y contempló las llamas que ardían con fulgor dentro de la chimenea. A su mente imágenes memorables de sus recuerdos acudieron con claridad. Frunció el ceño al considerarse incapaz de sentir dolor por ello.

- Cuando mi gente regresó, me enteré por los argumentos de mi familia que los humanos habían frenado la guerra. Un mago muy poderoso había creado una reliquia capaz de eliminarnos. Entonces, la guerra terminó.

Pero mi vida apenas había comenzado...

Un año humano después, mi padre se enteró del secreto de la profecía de los cielos, creada en la época de paz... esa profecía dictaba mucho sobre mi futuro y mi padre siempre argumentó sentir terror por perderme... entonces, él cometió el peor sacrilegio de mi mundo: la traición. Y no una simple, no una humana, no una sencilla y apacible.

Traicionó a base de mentiras, a base de alianzas prohibidas... a base de pecados imperdonables...

La única manera de destruir la profecía era por medio de la fuente de energía más poderosa del universo; ésta se encuentra en el centro del inframundo... la fuente de fuego más grande que puede infundir sufrimiento en las almas...

Y mi padre pasó sobre todo el mundo con el argumento de querer protegerme... se alió con su peor enemigo y mató ángeles para conseguir sus fines... viajó a la tierra y el día que lo mataron fue el responsable de la derrota de nuestro ejército... hace veinte años, ya...

Considerado la mano derecha de Dios, el arcángel más poderoso, más benévolo, el gobernador... el mensajero de lo correcto. Ese ángel al que todo mundo admiraba... él, mi sangre, nos traicionó con un vano argumento el cual no pudo ni siquiera lograr... o sino, mírame: descubrí la profecía, estoy aquí cumpliendo mi misión... cuidándote, exponiéndome a la muerte misma. Y lo que tanto quiso evitar... jamás se cumplió. – Calló de repente, sumiéndose en sus pensamientos mientras su mirada se perdía en la nada.

Hermione lo observó pensativa unos minutos.

- Una vez... una vez me dijiste que en la tierra tu padre tenía un nombre...

- Gabriel... – contestó con voz fría. La castaña se quedó callada y su mente viajó a recuerdos borrosos de enseñanzas familiares, donde sus padres le habían contado sobre las religiones del mundo, donde ellas consideraban ese nombre como uno de los principales ciervos del Dios que regía el universo mismo.

- Gabriel, uno de los arcángeles más importantes en mi mundo... Miguel... otro de ellos, mi hermano... – su voz sonó escalofriante. Inexpresiva como su rostro. Hermione sintió una aprehensión en el pecho que no pudo desechar.

- Siempre hablas de tu hogar como tu mundo... me gustaría... me gustaría saber cómo se llama... ¿Cielo? ¿Paraíso? ¿Tiene nombre? – preguntó la castaña removiéndose incómoda en el sillón. Adam estaba siendo muy sincero con ella y Hermione no quería estropear la confianza que estaba formándose entre ellos.

- Edén... o paraíso podría ser similar. Pero es algo burdo y no tiene sentido mencionarlo aquí en la tierra... – comentó sin reacción alguna. Su mirada seguía pérdida y parecía no tener intenciones de mirarla.

- ¿Cómo murió tu padre? – preguntó la castaña tras unos segundos de nerviosismo. No sabiendo si esa pregunta era muy personal o no.

- Lo traicionaron. Aquila, el padre de Perseus, lo mató, esa era su... venganza desde el principio... la profecía se perdió en la tierra gracias a la guerra de los siete infiernos y mi hermano exilió a Aquila al mundo de los muertos... sentenciándolo a algo peor que la muerte... y algo más que el sufrimiento mismo... – explicó con voz trémula. Parecía como si nada de eso le produjera alguna sensación, y la castaña se sintió mal ante su insensibilidad.

- ¿Debería saber eso? – preguntó entonces, asustada.

- No, de hecho nada de lo que estoy diciendo deberías de saberlo... es...prohibido... pero ahora estamos a mano... – dijo mirándola fijamente. Sus ojos eran sombríos y Hermione experimentó el miedo ante sus ojos sin vida. Desvió su mirada de él una vez más y sus ojos castaños se empañaron. Le hablaba con tanta frialdad que no parecía ser una criatura de la luz.

Su cuerpo tembló pero ella decidió no amedrentarse por aquel comentario. Si había iniciado con la historia, necesitaba terminarla.

- Quiero... desearía saber más sobre tu hermano... – susurró en un hilo de voz. Deseó que su voz no hubiese temblado pero al parecer no había sido posible.

- Cuando mi padre murió... mi hermano tomó su lugar... yo... era un niño y el ser sabedor de la muerte y traición de mi padre me rompieron por completo... a Alexiel también... él lo sobrellevó mucho mejor... pero jamás me miró a los ojos de nuevo. Y estoy seguro de que me culpaba de la traición de mi padre...

Mi padre y yo siempre tuvimos la misma cara, las mismas facciones, pero diferentes ojos... sin embargo, mi hermano lo veía a él en mi rostro... y me guardaba rencor por eso. Se hacía cargo de mí, pero jamás lo suficiente para un niño de mi edad e inexperiencia... y entonces, un día, me abandonó... jamás regresó a verme y yo me tuve que valer por mí mismo. Los ángeles compartimos sangre y materia, nacemos a través de la energía de otro ángel... y sólo éramos eso, una combinación de energía... quizás él nunca me consideró parte de su familia...

Después, me entrené solo... tuve permiso de viajar a otros planetas y prepararme para la misión de suplantar algún día el linaje de mi familia... me volví frío, calculador... experto.

Y un día supe que mi hermano había muerto. Y no me dolió, me alegró. Sentí placer al saberlo. Pero algo me molestaba y lo ignoré por siempre hasta que me abandonó por completo. Era algo como... culpa. Siempre admiré a mi familia... pero las personas que más me importaron, me traicionaron... – suspiró apretando las mandíbulas con furia.- Mi hermano murió como un héroe. En la constelación de centauro, luchando por la liberación de los condenados. Una guerra que ganó sin disfrutar la victoria.

Y ese día me juré matar al responsable de su muerte. No me importó él. No me importó mi linaje. No me importó su victoria. Me importó mi honor.

Y es lo que defiendo cada vez que mato a sangre fría. Sin compasión. Sin sentimientos.

Y ese día me juré matar a Perseus, emperador de las tinieblas, jefe de la oscuridad. Ese ángel caído que te persigue sin escrúpulos. – terminó con un brillo perverso reluciendo en sus ojos.

Hermione se sintió temblar y su garganta se cerró con un sentimiento ahogado que provenía de su corazón.

- Sólo has venido por venganza... – murmuró la castaña tristemente sorprendida.

- Sí, y desde un principio lo sabías... no vengo porque me importe tu mundo... vengo por venganza... – aclaró con voz tétrica y arrogante.

- S-si yo no estuviera en medio de sus planes... a ti... a ti no te habría importado...

- No... nunca hubiera venido a protegerte sino me hubiera enterado de que él quería matarte... mientras sus planes se vean frustrados, mi venganza avanza lentamente... – dijo, pero no la miró.

- ¡Estás jugando con mi vida! – exclamó tristemente. Una lágrima cayó por su mejilla y no supo muy bien la razón.

- Lo sabías desde el principio, Hermione, yo te lo advertí... nunca te mentí.

- ¡¿Por qué nos ayudas entonces?! Sino te gusta, vete... ¡Yo me puedo cuidar sola! – espetó mientras se levantaba.- No necesito que estés aquí... llenas mi vida de problemas sólo para sentirte bien, para vengarte de alguien al que odias... – murmuró dándole la espalda.- Es como si descargaras tu frustración y rencor contra mi vida... haces algo por obligación sin importarte lo demás... – Adam observó como la castaña apretaba los puños y algo en su pecho vibró.

Hermione se tapó el rostro sintiéndose utilizada, era como si alguien tuviera tu destino en sus manos, decidir si morir o vivir. Qué importaba... ella era una humana insignificante. Ese era un mundo insignificante. Y él lo sabía. Se lo había dicho. Más veces de las que podía recordar.

- Te equivocas... – susurró débilmente en su espalda.

La castaña sintió dos manos tomando sus hombros con fuerza, pero sin llegar a lastimarla. Adam inclinó un poco su cabeza hacía ella y la castaña pudo sentir el fresco y embriagante aroma de su guardián cerca de su oído.

- Te equivocas... No... – repitió en un susurró.- Ya no te utilizo... ahora te protejo. A ti y a todo lo que pueda importarte.- le dijo de manera sincera. Hermione paró de temblar y se quedó estática y sorprendida. Adam la apretó más contra sí.- Me recuerdas a mí mismo... – continuó en susurros – En aquel tiempo cuando necesité de mi padre... de mi hermano, te veo tan indefensa, débil... torpe... – sonrió ante lo último – Y creo que me importas de una manera mucho más fuerte de lo que me gustaría... – musitó con sinceridad. Una tan grande que él mismo se sorprendió.- Eres lo único que tengo...

Hermione sollozó por lo que había escuchado. Nunca pensó que esa noche, por algo tan estúpido como un Boggart, su guardián le dijera que le importaba. Se giró rápidamente y se abrazó al castaño tratando de borrar esos ojos azules de su mente. Parecía un Deja Vu de su vida cuando era una niña. En aquel entonces cuando su pequeño hermano le había dicho que era lo más importante que tenía.

Lloró sin importarle que él la mirara. Le importó menos cuando lo sintió abrazarla con ternura. Como alguien que nunca ha hecho algo semejante a eso antes.

- Pero odio sentirme estúpido y patético a tu lado... me siento débil y vulnerable... – musitó mientras acariciaba su espalda con delicadeza. – Pero sé que no le dirás nada a nadie...

- No. Nunca. Lo prometo. – escondió su rostro en su pecho e intentó tranquilizarse.

- Ahora, deja de llorar, me pones nervioso... – susurró. La apartó de sí con gentileza y la miró a los ojos que estaban empañados por las lágrimas. – No esperes muestras de afecto por todas partes, castaña... me siento terriblemente extraño cuando me tocas...

Hermione se rió entre hipidos y se restregó los ojos negando con la cabeza.

Adam borró la expresión divertida que tenía reflejada en el rostro y la miró seriamente.

- Ahora: eres mi familia... – musitó con voz sombría y con los ojos oscurecidos.

Hermione no pudo evitar lanzarse a abrazarlo una vez más. El castaño negó con la cabeza mientras miraba el techo.

Y por una sola ocasión, Kalyo Hellsing sonrió de verdad.

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¡Hola!

¿Cómo están? Espero que muy bien. Está vez creo que no me tardé nada en actualizar e hice el capítulo algo larguito. Esto estuvo en mi mente antes de escribirlo y creo que no me salió tan mal. ¿Qué opinan?

Bueno, antes que nada quiero agradecer a toda la gente que me apoya. Los que me dan comentarios y los que no. Esa paciencia de cada uno es lo que me anima a seguir escribiendo y lo que hace que mi inspiración regrese a la vida. Muchas gracias, espero no decepcionarlos a lo largo del fic.

Bien. ¿Qué le parece la sorpresa? Adam ya no quiso reprimir lo que sentía por Hermione, y se lo dijo. Sólo que no le gusta que lo toque, al parecer se pone nervioso el angelito. Pero bueno, como verán ese era el punto clave de la historia, algo que no podía cambiar. Adam siente hacia Hermione un cariño que va más allá de lo humano, siente como si tuviera que protegerla porque se ve a él mismo en la castaña. Su historia no fue del todo bonita y por lo menos ahora sabemos porque odia tanto a su estirpe... aunque aún faltan unos detallitos de su familia, ¡No se me impacienten!

Ahora... ¿Qué le habrá dicho Adam a Draco? ¿Qué es lo que vio Harry en su Boggart? Eso lo sabrán hasta el próximo capítulo, cuyo título es: "Miedo" y ya se podrán imaginar un poco de qué va.

Muchas Gracias de nuevo y espero sus comentarios con ansias.

Se despide su amiga:

DarkGranger.