Una profecía de los cielos
Draco Dormiens Nunquam Titillandus
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Recomendación Musical: "Terra's theme vocal" – Final Fantasy VI
24.- La doncella divina
La divinidad está en ti, no en conceptos o en libros.
Hermione perdió de vista a sus amigos y se volvió a su guardián con una expresión atemorizada. Supuso que Harry y Draco estaban buscando la manera de bajar, y entendió que ella y su guardián no tenían mucho tiempo para inventar una mentira lo suficientemente convincente.
- Me pregunto cuánto habrán visto. – Susurró el castaño sin realmente darle importancia a la situación, estaba mucho más atento en sentir el maldito dolor atravesar su cuerpo. Después, Hermione lo sintió revolverse bajo sus manos. Parecía que Adam estaba dispuesto a levantarse.
- ¿Qué haces? – Preguntó escandalizada al comprobar sus sospechas. – Estás malherido, necesito mi varita... – Murmuró.
- No. Estoy bien, tenemos que irnos. – Profirió el ángel con rudeza. Sin embargo, Hermione lo vio apretar los dientes cuando logró incorporar su cabeza unos milímetros.
- No, no estás bien. No seas testarudo, Adam. Quédate ahí. – Ordenó mientras se levantaba. Sintió como su tobillo crujía dolorosamente y cayó de rodillas de inmediato. Maldijo entre dientes y cuando estaba dispuesta a saltar con un pie si era necesario, miró una mano pálida frente a su rostro. Levantó sus ojos para reconocer al propietario y se sorprendió al ver la cara afilada y llena de sangre de Draco frente a ella. Mucho más rápido de lo que esperaba, encontrándose a sí misma con la mente en blanco y el corazón latiéndole furiosamente contra el pecho como para inventar una buena excusa sobre lo que posiblemente habían visto.
Aceptó la mano con desgana y vio a Harry - cubierto de rasguños y sangre - tratando de ayudar al castaño que, porfiadamente, se negaba a aceptar la asistencia.
Adam retiró la mano que Harry le tendía y se incorporó con esfuerzo quedando sostenido dolorosamente por sus piernas cansadas y magulladas.
Pero era un ángel y él no era tan débil.
Se llevó una mano manchada de sangre hacía su abdomen - donde estaba seguro que tenía unas cuantas costillas rotas - y presionó para aguantar el dolor que sentía pero que su rostro difícilmente demostraba.
- Tenemos que irnos... – Susurró y no pudo evitar soltar sangre por la boca. Harry lo miraba entre indeciso y asustado. Adam estaba demasiado pálido y había demasiada sangre manchando su ropa blanca. E internamente, el castaño agradecía que no hicieran interrogaciones en esos momentos.
Las preguntas tendrían que ser después. Los misterios que representaba ese ser místico le llenaban la cabeza de Harry con incógnitas que no podía responder. La sabiduría y fortaleza de Adam le ensombrecía los pensamientos a tal punto de dudar de él.
Ahora, el pelinegro tenía una buena razón para preguntar.
- ¡Harry! ¡Ciérrale la herida del hombro! – Gruñó la castaña impaciente por la lentitud de su amigo. Harry salió de su letargo y se acercó al castaño con la varita temblando en su mano.
- No hace fal-
- ¡Cierra la boca, Adam Hellsing y estate quieto! – Lo interrumpió Hermione con el ceño fruncido. Y aunque parecía furiosa, Adam sabía que se estaba muriendo de la preocupación. Por él.
Y maldición, se quedó estático para que Potter lo curara. Obedeciendo su petición.
La herida no se cerró completamente y Harry le enroscó un pedazo de su propia camiseta blanca alrededor de su hombro para menguar la hemorragia. Adam lo detuvo cuando quiso cerrar las heridas de su rostro y le espetó que ya estaban perdiendo demasiado tiempo.
- ¿Cómo bajaron? – Preguntó con demasiada brusquedad.
- Saltamos. – Adam mandó una mirada furiosa ante la burla en las palabras del rubio y éste se amedrentó un poco. – Hay una pendiente al lado derecho que es lo suficientemente estable como para bajar, pero dudo que sirva para subir.
- Sería demasiado lento. – Adam apretó la mandíbula e instintivamente la mano que presionaba sus costillas se tensó con mayor fuerza. – Agárrense de mí.
- ¿Qué haces? – Preguntó Hermione desconfiada, pero se acercó a él con la ayuda de Draco y le tomó el hombro.
- Me voy a aparecer.
- No. – Se negó la castaña. – Dudaba que nos pudiéramos aparecer en Avalón, pero si se puede, yo lo hago. Estás herido.
- Voy a necesitar que me... ayudes un poco cuando me teletransporte. – Le dijo con una mueca y la ignoró. Hermione se alegró un momento al ver que ya no hablaba entrecortado, luego le frunció el ceño. – Es peligroso aparecerse... Además, es mi barrera, sólo por eso puedo aparecerme ahí.
- Claro, habla el idiota temerario. – Refunfuñó la castaña y lo soltó. – Si es peligroso yo no acepto la propuesta, debe haber otra manera.
- Hermione... – Murmuró el castaño ángel entre dientes.
- Hermione, no es que me guste la idea de que Adam se vuelva a arriesgar pero... creo que tenemos problemas. – Murmuró Harry mientras retrocedía y levantaba la varita con la mano que no sostenía el libro.
Los demás voltearon a ver qué era lo que Harry estaba mirando y Hermione supo que ya no se podía aterrorizar más de lo que estaba. Unas criaturas se arrastraban por la tierra, tenían la piel negra y reluciente, no tenían ojos en sus cabezas deformes, pero sí dos brazos y piernas que sólo utilizaban para arrastrarse con dificultad. Iban saliendo una a una por las profundidades del océano verde mientras abrían y cerraban un agujero inundado de dientes amarillos que tenían como boca. Parecían arañas por la forma en la mantenían el movimiento de sus brazos y piernas, pero Hermione estuvo segura que en ese momento prefería a Aragog que a esas extrañas criaturas marinas.
- Olieron nuestra sangre, ¡Agárrense de mí, maldita sea! – Profirió Adam con una especie de alarido. Hermione ya no tuvo tiempo de negarse, pues algo la jaló e impidió cualquier tipo de queja.
La aparición de nuevo le pareció nueva y diferente. El viento que se envolvió a ellos como un remolino y la sensación de que todo se movía, mezclando los movimientos acelerados con los colores diferidos a su alrededor la mareó por unos segundos.
Las criaturas desaparecieron por completo y al momento siguiente estaban dentro de la barrera que Adam había convocado alrededor del campamento. Hermione apenas tuvo tiempo de reponerse del mareo cuando sintió a su guardián tensarse detrás de ella. Los chicos se separaron de su cuerpo, aterrorizados por no saber qué hacer.
El ángel empezó a temblar de manera frenética, apretaba las mandíbulas con fuerza y sus ojos se cerraron de inmediato, cuando se abrieron, estaban dorados.
Con las dos manos empezó a estrujar su pecho ensangrentado. Una vena de su frente perlada comenzó a sobresalir por el esfuerzo y pronto, Kalyo cayó de rodillas temblando.
Hermione se acercó a él de inmediato (Aunque más bien cayó pues su tobillo no le permitió hacer mucho) y las traidoras lágrimas volvieron a resbalar por sus mejillas. Se arrodilló a su lado preocupada y le tomó el rostro con las manos. Sintió el temblor transferirse a su propio cuerpo pero trató de ignorarlo y tranquilizarse a sí misma.
- ¿Qué te pasa? ¡Adam! ¿Te duele? – Preguntó asustada. El castaño empezó a expulsar sangre por la nariz, aunque ya su rostro estaba bastante manchado de ella, y los ojos le brillaron con mayor intensidad mientras las manos se cernían a su piel pareciendo que Adam quería enterrarse los dedos. Hermione supuso que era por el esfuerzo. Estaba a punto de gritarle a sus amigos por algún tipo de auxilio, cuando todo terminó.
Adam quedó arrodillado con los ojos cerrados y las manos clavadas a su ropa. Su respiración era agitada y el flequillo húmedo de su cabello castaño le caía por la frente ensombreciendo su rostro.
- M-maldición. – Murmuró con bastante esfuerzo.
- ¿Adam? ¿Estás bien? – La miró a los ojos y Hermione se dio cuenta de que sus orbes habían regresado a su color entre el azul y el plateado. Lo abrazó llorando mientras seguía susurrándole si estaba bien. Adam permaneció agitado pero poco a poco sus músculos fueron perdiendo tensión y sus brazos cayeron laxos a sus costados.
- E-estoy bien, n-niña. La m-magia... la m-magia de A-Avalón se cobró mi i-imprudencia. – Susurró despacio y pausado mientras le rodeaba la espalda con los brazos de puro instinto. Hermione escondió sus hipidos en su hombro y no le importó mancharse de sangre el rostro.
Harry y Draco los miraban incómodos desde su lugar sin saber qué hacer. Ambos sabían que ya estaban a salvo pero Adam tenía que ser curado de inmediato. Harry pensó lo mismo de sí, pero todos sabían perfectamente que Hermione era la única que conocía la variedad de hechizos curativos.
- Hermione... – Susurró al fin. La mano le dolía, aunque ya no estaba muy seguro sí la seguía sintiendo y algo en el pecho le incomodaba al verlos tan compenetrados. – Creo que necesitamos llevar a Adam a descansar... Y todos debemos hacerlo.
La chica se separó de su guardián asintiendo y limpiándose las lágrimas. Draco estuvo a su lado de inmediato y la ayudó a incorporase recargando su peso contra su cuerpo.
Harry fue con el castaño de inmediato y con la mano libre le tomó el brazo para ayudarlo. Adam no pudo negarse está vez a la ayuda. Sabía que no podría caminar y por mucho que su orgullo se viera pisoteado, sabía que el niño tendría que prácticamente arrastrarlo hasta el campamento.
Mientras caminaban sus ojos se volvieron a acostumbrar a la oscuridad que reinaba a sus alrededores, no tan lúgubre como en los interiores del bosque, pero si más intensa que a las orillas del océano.
Ron y Ginny se mantenían conversando sentados a los alrededores de la fogata que exponía sus flamas con elegancia. En cuanto los hermanos pelirrojos repararon en su presencia, ambos se levantaron de inmediato y fueron en su dirección dejando caer dos tazas de algún líquido humeante que estaban bebiendo. Hermione notó que Ron estaba cojeando.
- ¡Chicos! ¡¿Están bien?! ¿Lo consiguieron? – Preguntó la pequeña pelirroja medio histérica. - ¡Madre Santa! ¿Qué ha pasado? – Preguntó asustada al reparar en sus aspectos magullados y cansados. Por no contar el aspecto ensangrentado y moribundo que lucía el castaño.
Ron se adelantó de inmediato y ayudó a llevar al castaño hacia dentro de la casa. Lo depositaron en su cama mientras él no dejaba de soltar pequeños y casi inaudibles jadeos de dolor.
Ginny y Draco situaron a la castaña en uno de los sillones y el rubio le quitó los tenis y un calcetín para ver el daño que se había hecho en el tobillo. Lo tenía inflamado y ya estaba poniéndosele morado pero al parecer sólo era un leve esguince. El hueso estaba completo y eso era lo que importaba.
- ¿Sabes algún hechizo para curar las torceduras, Malfoy? – Preguntó la pelirroja mientras cerraba las heridas de su amiga con su varita. El rubio negó con la cabeza y se pasó la mano por su nuca ensangrentada. – Hermione es la única que puede curarte eso... – Susurró al ver sus heridas.
- Creo que Adam necesita atención antes que ninguno. Préstame tu varita, Draco, yo sé como quitarme la hinchazón. – Dijo Hermione y el rubio le dio lo que pedía. Realizó un complicado movimiento con la varita y aunque ninguno de los dos oyó lo que la castaña había susurrado, se dieron cuenta de que había funcionado al ver como su tobillo regresaba a su forma normal. Hermione se levantó de inmediato y aunque le dolía el tobillo y estaba segura de que cojeaba, se encaminó a la habitación donde estaban sus amigos y su guardián.
- Por cierto, Granger, tu varita. La encontré tirada. – Le dijo el rubio frenándola. Extrajo la varita de su pantalón y se la extendió. Hermione le dijo un leve gracias mientras le regresaba la suya y se dirigió al lado de su guardián rápidamente.
Cruzó la puerta y vio como Harry y Ron estaban tratando de cerrar las heridas de sus brazos y cara y al parecer tenían un poco de dificultades. Se acercó hacía a ellos y quitó a Ron delicadamente de su camino. Le tomó la temperatura al castaño y después le acarició el cabello con una sonrisa reconfortante.
- Eres muy fuerte. Aunque perdiste mucha sangre y seguro tienes rotas varias costillas... sigues lúcido y capaz de mostrar esa maldita sonrisa arrogante. – Le dijo con cariño. Se giró a sus amigos con una sonrisa cansada y vio que Harry aún tenía el libro apretado contra su mano. – Adam va a estar bien. Ron ¿Me puedes traer agua caliente y un paño?
El pelirrojo asintió sin atreverse a hacer preguntas todavía y al salir de la habitación vio a su hermana y a Malfoy viendo con detenimiento todo lo que sucedía.
- Suelta el libro, Potter. – Dijo Adam de repente mientras miraba al pelinegro y aceptaba de buena manera las caricias que Hermione le estaba proporcionando. Nunca había sentido tanto cansancio en su vida y por primera vez se sentía somnoliento y entumecido. – No puedes leerlo y si lo conservas se te irá adhiriendo más y más a la piel.
Harry asintió y rodeó la cama para acercarse a la castaña.
- ¿Podrías hacer algo, Hermione? – Susurró el chico mientras se pasaba la mano buena por el rostro en signo de cansancio.
- Te va a doler, Harry, el libro está demasiado pegado. – Murmuró un poco apenada. El pelinegro negó con la cabeza e hizo un gesto restándole importancia. - Ginny, tráeme por favor el botiquín que está en mi mochila... ¿Estás listo, Harry? – Él asintió. - Uno, dos... ¡Tres!
Harry palideció en cuanto el libro fue arrancado de su mano. Apretó la mandíbula con fuerza tras haber dejado escapar un jadeo ahogado y sujetó el hombro de la chica con fuerza para no desmayarse. Hermione dejó el libro en la mesita de noche y sintió una extraña sensación ascender por su brazo pero lo ignoró.
- Dame la mano, Harry... – Murmuró la castaña con delicadeza y cerró la herida que se veía demasiado mal. Sacó una venda del botiquín que la pelirroja acababa de entregarle y rodeó con ella la mano adolorida de su amigo. - ¿Te sientes bien? – Preguntó preocupada al ver el color pálido del chico.
- No... Maldición. – Hermione lo sostuvo para que no cayera y lo sentó en una silla de la habitación. Le acarició la frente con cariño y limpió un poco su rostro.
- Tranquilo... Déjame que cure a Adam y enseguida les limpio las heridas a ti y a Draco. – El rubio asintió cansado y se dejó caer en el suelo mientras se pasaba la mano por el cabello con insistencia. Hermione no estuvo muy segura de que Harry la hubiera escuchado. - ¿Podrías preparar algo de comer para los tres, Ginny? – Ella asintió y salió de la habitación con la mirada preocupada.
Ron trajo las utilerías que Hermione había pedido después de unos segundos y ella se acercó de nuevo a su guardián para curarlo.
Desabrochó cada botón de ébano labrado por el ojal para abrir la camiseta del castaño y comprobar en qué estado estaban sus costillas. Se peleó con el último botón al sentir el nerviosismo atravesarla. Ron tenía clavada la mirada en su espalda y pronto sintió la cara arderle. En ese momento agradeció que Harry estuviera mareado y que Draco estuviera medio dormido en el suelo. Palpó con delicadeza el abdomen caliente de su guardián y recorrió parte de su costado y su espalda con la palma de la mano.
- Estás helada... – Murmuró el castaño mientras se contenía de lanzar una maldición. Seguramente del dolor, pensó la chica.
- Tienes tres costillas rotas... – Respondió mientras seguía palpando la zona lastimada.
- Que bien. ¿Puedes curarlas? – Preguntó con desagrado. – Lo haría yo mismo... pero creo que estoy un poco débil. – Aceptó con el orgullo por los suelos. Hermione se rió y le dio una poción para que se la tomara. Hizo un complicado movimiento con la varita y Adam dejó de sentir el dolor atravesar por su abdomen.
- Por supuesto, tonto. – Le limpió la frente y el pecho con el paño húmedo mientras trazaba con delicadeza algunas cicatrices que tenía. Lo miró adormilado y más tranquilo después de beber la poción para dormir y no pudo evitar sonreír con ternura.
- Cuando... Maldición, Hermione ¿Qué me diste?... – Murmuró con la voz somnolienta y evidentemente le costaba mantener el hilo de lo que decía. – Cuando... cures a tus... a tus amigos... tenemos que... tenemos que abrir el libro... – Se tapó la cara con una mano y se apretó el puente de la nariz. - ¿Qué... qué rayos... qué...?
No terminó la frase, pues en ese momento cayó en los brazos de Morfeo sumiéndose en un profundo y reparador sueño.
Hermione le acarició una vez más la frente y se acercó a su amigo pelinegro para ayudarlo a llegar hasta la cocina. Le hizo una seña a Ron, quien aún la miraba de forma extraña, y le dijo que ayudara a Draco a caminar. Cargó la mochila que contenía las pociones y las vendas y tomó fuertemente a Harry por el brazo.
Salió de la habitación con el pelirrojo y el rubio pisándole los talones y sentó a Harry (no sin cierta dificultad porque aún le molestaba el tobillo) en una de las sillas de la cocina. Se acercó a Ginny para ver que preparaba y de reojo vio como el pelirrojo depositaba a Draco en una silla al lado de Harry. El rubio parecía demasiado cansado como para replicar por la ayuda de Ron, pero eso sólo la hacía sentirse más tranquila. Definitivamente no quería pelear contra el orgullo de ninguno. Ya había tenido suficiente con el de su guardián.
- ¿Necesitas ayuda? – Le preguntó a su amiga mientras la miraba preparar unos sándwiches. Ella negó con la cabeza.
- Estoy bien, mejor concéntrate en curar a Draco y a Harry... se ven bastante mal... ¿Cómo estás tú? – Preguntó la menor de los Weasley mirándola.
- Estoy bien, sólo cansada. – Dijo restándole importancia y se acercó de nuevo hacia sus amigos. Ron estaba cerrando algunas heridas con su varita pero no podía hacer nada con sus cabezas golpeadas. – Déjame, Ron, yo lo hago. Mejor tráeme más agua. – El pelirrojo asintió y se perdió de vista cruzando la puerta del baño.
- Eh, Granger. La cabeza me está matando. – Murmuró Draco tomándola de la muñeca.
- Lo sé, Draco, lo siento. No puedo más que cerrar el golpe y darles una poción para que se desinflame la herida y quizás para que se vaya el dolor momentáneamente. Lo que necesitan ambos es dormir. – Le retiró el cabello platino de la herida que tenía en la nuca y le cerró la piel abierta. Luego le acarició con delicadeza el cabello. Procedió a cerrarle las cortadas que tenía por el rostro y los brazos y le limpió con delicadeza una quemadura del brazo, se la cubrió con una venda y le pasó una poción para que se la tomara.
Ron llegó en ese momento y la chica no pudo dejar de notar que estaba cojeando. Aceptó el recipiente con agua caliente y le limpió el rostro al rubio. Ron fue con Harry y empezó a limpiar la herida de su nuca.
- ¿Por qué cojeas, Ron? – Preguntó. Terminó con Draco y pasó a suplantar a Ron en su tarea de curar a Harry. Limpió sus brazos y tuvo que vendar completamente la mano que había estado sosteniendo el libro.
- Se sintió tan impotente cuando se fueron que me pidió que entrenáramos... – Le respondió Ginny llegando con tres platos y poniéndolos frente a ellos. Draco tomó uno de inmediato diciendo un leve gracias y lo mordió con ansias. – Y por supuesto, se lastimó.
- Eso es muy irresponsable, Ron, pudiste empeorar la herida... recuerda qu-
- Lo sé, lo sé. No era mi intención, simplemente no quería sentirme como un inútil. – Respondió con desagrado.
Hermione asintió entendiendo como se sentía. Si ella se hubiera quedado, definitivamente se hubiera sentido tan mal como su pelirrojo amigo. Le terminó de limpiar las heridas a su mejor amigo y le acercó el plato con el sándwich. Harry hizo una mueca de dolor cuando quiso tomarlo con la mano herida y Hermione tuvo que acercarlo hasta su boca para que comiera al ver la torpeza de sus manos. El chico hizo una mueca infantil sintiéndose un niño inútil pero aceptó la comida igual de ansioso que el rubio. Hermione siguió haciendo el mismo procedimiento mientras Harry comía y miró a sus pelirrojos amigos.
- Supongo que quieren saber lo que pasó ¿Cierto? – Los pelirrojos asintieron con la cabeza, evidentemente deseosos de saber que los había dejado tan malheridos.
Hermione procedió a contarles toda la odisea que casi les había costado la vida mientras Harry y Draco se terminaban su comida. Les pasó las pociones para dormir sin dejar de relatar su aventura a los pelirrojos y los rostros de ambos hermanos estaban de igual parte aterrorizados y sorprendidos.
Después de relatar todo y omitir su caída, – y no le paso desapercibida la mirada que Draco y Harry le mandaron – se sintió cansada y adolorida. Lo único que le apetecía era dormir unas largas horas y reponer las fuerzas para presenciar lo que seguía.
El Libro del Destino. Ahora lo tenían.
- Me voy a dormir. – Anunció Draco mientras se levantaba. – Cuando quieras darnos respuestas, Granger, me levantas.
- ¿Respuestas? – Preguntó Ron con el ceño fruncido. Hermione suspiró.
- Olvídalo, Ron. Yo también me voy a dormir. Cuando Harry termine... lo llevas a la habitación. – Le dijo al pelirrojo entregándole la mitad del sándwich que el pelinegro aún no se había comido. Ginny iba a preguntar algo pero Ron le hizo una seña con la mano sabiendo que era más prudente dejar que los problemas se resolvieran solos.
- Está bien, Hermione, descansa. – Susurró pero ella no alcanzó a escucharlo. Cruzó la puerta de su habitación y se perdió de vista. Ron miró a su hermana y ésta se encogió de hombros. Cuando miró a su amigo, él yacía profundamente dormido en el respaldo, seguramente incómodo, de la silla.
Suspiró. Lo importante es que estaban vivos.
OoOoO
Cuando despertó seis horas después, se sintió no sólo revitalizada sino tranquila y aliviada. Se desperezó notando que su amiga no estaba en la habitación y se preguntó dónde estarían todos. No escuchó ruidos en la cocina ni en las sala, así que supuso que debían estar afuera.
Se levantó notando un leve y casi imperceptible malestar en el tobillo lastimado, pero decidió ignorarlo no queriéndole dar mucha importancia.
Se dirigió a la habitación de Harry y Draco y notó que ninguno de ellos estaba en su cama. Extrañada decidió ir directamente a revisar el estado de su guardián y no sólo se sonrojó al verlo sino que se arrepintió de no haber llamado antes de entrar.
Adam estaba vistiéndose con una lentitud tortuosa. Su torso estaba completamente desnudo y aunque estaba cubierto de cicatrices... era, perfecto.
- Reúne a tus amigos, castaña. Tenemos que hablar. – Le dijo sin inmutarse de su incómoda situación y no la miró.
Hermione salió un poco de su vergüenza y lo miró de reojo. Por lo menos se veía bastante recuperado. No faltaban cuestionamientos acerca de su estado.
- ¿Piensas... decirles la verdad? – Preguntó un poco alarmada.
- Parte de ella. Sí. – Respondió con simpleza y comenzó a abrochar su camiseta... extraña y hermosa. – Nada que te involucre a ti, Hermione. – Agregó para tranquilizarla. Ella suspiró.
- Me involucres o no... Sé que voy a salir bastante mal parada frente a mis amigos. – Respondió con una mueca.
- No hay nada que hacerle, siempre estoy yo para cerrarles la boca... – Hermione iba a replicar algo pero él no se lo permitió. - Ahora, sal. Voy en unos minutos.
La castaña suspiró de nuevo y salió de la habitación arrastrando los pies bastante desconfiada de la decisión de su guardián.
Encontró a sus amigos sentados en torno a la fogata mientras conversaban y comían algo que no pudo ver. Se acercó a ellos abrazándose a sí misma y sintiendo la oscuridad más helada y sombría de lo que recordaba.
Ron se levantó al verla y le rodeó los hombros con un brazo para conducirla hasta una silla frente al fuego. Le puso la cobija que él había tenido minutos atrás y le palmeó la espalda con cariño, después la miró con el ceño fruncido.
- ¿Cómo está eso de que te caíste de un barranco, Hermione? ¿Por qué no nos lo dijiste? – Preguntó su amigo cuando regresó a sentarse en su lugar. Ginny también la miraba atentamente. La castaña fulminó a Harry y a Draco con los ojos pero ellos la ignoraron.
- No tiene importancia... – Murmuró con los labios apretados.
- ¡¿Qué no tiene importancia?! ¡Hermione, pudiste haber muerto! – Se escandalizó la pelirroja. – ¡Pero no te pasó nada! Y no es que me alegre, pero eso es demasiado extraño...
- Escuche- Ella misma frenó su frase al ver a su guardián saliendo de la carpa. La miró y Hermione se sorprendió al ver sus ojos brillantes. Dorados.
Sus amigos giraron la cabeza para mirar quien la había distraído y Hermione apenas percibió sus expresiones sorprendidas.
En ese instante sólo tenía ojos para mirar a Adam. A pesar de haberlo visto ya muchas veces con sus ropas extrañas y hermosas, jamás lo había visto de esa forma.
Estaba casi completamente de blanco. Un abrigo largo y de un blanco brillante. Tenía unas cadenas plateadas que cruzaban su pecho. El símbolo de la cabeza del lobo que ya una vez le había parecido conocida, ahora estaba impresa en sus guantes blancos y en el lado izquierdo de las solapas de su abrigo. La cadena plateada con el mismo símbolo le rodeaba el cuello con magnificencia divina. La argolla de su oreja resplandecía con la misma elegancia.
Su espada, poderosa y elegante, colgaba de su cintura con esplendor. Su rostro pálido que ahora poseía los símbolos dorados que su condición de ángel le otorgaba. Traía unos pantalones medio holgados de donde colgaban varias cadenas plateadas, que apenas sobresalían del color blanco de su vestimenta. Su cabello finamente peinado, cayendo en puntas por su rostro, su flequillo ensombreciendo su rostro y escondiendo un poco su ojo derecho.
Lo diferente, lo que le daba la imagen de una especie de rey. Esa capa... colosal y magnificente que caía por su espalda con una soberanía increíble. Adam dio un paso despacio, con calma, su expresión no demostraba sentimiento, pero sus ojos aunque brillantes, le demostraron a Hermione la seriedad que el ángel poseía en ese momento.
La capa blanca y hermosa - donde se grababan símbolos extraños que Hermione pudo reconocer como letra angelical - se movió al compás de sus pasos, meciéndose a su costado con la poca corriente de aire que se esparcía por su alrededor.
Harry dio un paso hacia el frente y la castaña quiso detenerlo, pero Adam levantó una mano y la posó en su pecho de modo elegante. Inclinó su cuerpo con soberanía hacia el frente con el mudo saludo elegante y los miró repasando sus expresiones con sus ojos dorados y luminosos.
- Mi nombre es Kalyo Hellsing. Y soy un ángel. – Pronunció despacio y tranquilo. La voz armoniosa y aterciopelada que utilizó, jamás le había parecido a Hermione tan hipnótica.
- Oh por santo Merlín... – Susurró alguien pero la castaña no fue muy consciente de quién había sido.
Pasaron unos largos segundos de silencio. Los presentes estaban procesando las palabras con sorpresa. Las expresiones confundidas y perplejas le decían todo a la castaña.
Harry se tapó la cara con una mano con expresión de estrés y miró a Adam de manera intensa.
- Un á-ángel... – Susurró entre dientes y dejó caer su mano a su costado. - ¡Un ángel!
- Cuida tu tono, niño. He venido a proteger tu mundo y a perseguir a los demonios que se inmiscuyeron en una guerra que no les pertenecía. Gritarme no es muy amable de tu parte. – Dijo pero sonrió con arrogancia.
- Entonces... las a-alas, eran reales. – Susurró revolviéndose el cabello con expresión perdida.
- Por supuesto, niño. Mis alas son reales. – Recalcó un poco harto.
- ¡¿Por qué no lo dijiste antes?! – Espetó Draco igual de enervado que el pelinegro.
- Malfoy, tranquilízate. – Susurró la pelirroja respirando con profundidad.
- ¡Cállate, enana de fuego! – Soltó con brusquedad sin darse cuenta de que estaba pagando su enojo con alguien que no tenía la culpa.
- ¡Malfoy! – Advirtió el pelirrojo mirándolo con irritación.
- Por mí no les hubiera dicho nada, humanos. No se merecen el privilegio de saberlo. – Murmuró el ángel con altivez y los miró con expresión fría. - Pero me está costando trabajo luchar escondiendo mi naturaleza. Ahora lo saben... entienden porque soy diferente, porque soy más sabio, porque soy poderoso. Y ahora, cada cosa que haga dejará de ser cuestionada.
- Hermione... ¿Tú... tú, tú lo sabías? – Preguntó el pelinegro con decepción. Adam endureció la expresión.
- Yo... Harry... Sí, sí lo sabía. – Susurró ella sin atreverse a mirarlo a la cara.
- ¡Hermione, cómo pudi-
- Oh no, Potter. A ti no te va a importar lo que yo haya ordenado, porque sí, yo ordené que no dijera nada. Eso sigue siendo algo entre ella y yo. – Espetó el castaño con una frialdad que les causó escalofríos.
- ¿Qué? ¡No! Ya no quiero más mentiras... Adam. – Pronunció despacio y contenido.
- Tendrás que aguantarte, niño. Te estoy ayudando y estoy dispuesto a salvar tu trasero si el momento lo requiere. Eso debe serte suficiente. – Dijo sin moverse. Hermione le rogó algo con los ojos pero en ese momento él tuvo suficiente fuerza para ignorarla. – Los demonios son mi guerra, Potter. No tienes nada que ver con esa otra verdad.
- ¿Qué tiene que ver Hermione con los demonios? – Preguntó Draco con el ceño fruncido y de manera perspicaz.
- En estos momentos puedo borrarles la memoria con un parpadeo, humanos. No quiero más preguntas, ni a ella ni a mí. – Susurró despacio y con frialdad.
- Harry, él tiene razón. Dejémoslo, nos ha dicho parte de la verdad, y por más sorprendente que se escuche... le da sentido a todo. – Razonó el pelirrojo y le puso una mano en el hombro. Harry asintió despacio y Draco Malfoy carburó las mismas palabras como agua fría sobre su espalda.
- Está bien. Lo comprendo. – Se forzó a decir el pelinegro y lo miró intensamente. – Gracias por decirnos esto.
- No lo hice por ti. – Recordó el ángel con una mueca de asco. – Ahora, necesitan seguir entrenando. Aún son débiles y torpes. Malfoy, procede. Pelirroja, aprende algo de ellos. Hermione, ven conmigo... Por cierto, nunca se atrevan a llamarme Kalyo. Jamás. – Terminó con frialdad. Una nueva ola de escalofríos los recorrió por completo.
Nadie pudo replicar nada, su voz era poderosa, fría e hipnótica y tenía algo que los hacía obedecer de inmediato.
Hermione lo siguió en silencio y cuando volteó a ver a sus amigos, se alegró al comprobar que lo único que había en sus expresiones era incertidumbre... sin furia ni decepción hacia ella.
Suspiró de alivio.
Se detuvieron cuando hubieron pasado unos cuantos árboles del bosque oscuro y silencioso. Adam le daba la espalda y Hermione reparó entonces que sostenía algo entre las manos.
- ¿Crees... crees que haya sido buena idea decirles la verdad? – Preguntó despacio y mirando la blanca capa que caía por su espalda.
- Es lo más conveniente. Odio que me cuestionen, me molesta... y protegerte será más fácil si saben lo que soy. – Respiró profundo y se giró para verla a los ojos. Entonces, Hermione vio lo que tenía en las manos.
Un pequeño libro.
- Cuando todo esto comenzó... pensé que tenías una razón más importante para que las personas no se enteraran de lo que eras. – Susurró y dio un paso hacia él. Él la miró profundamente.
- Pero te has dado cuenta al fin que yo no deseaba que unos humanos insignificantes supieran que un ángel convivía con ellos. Que sigo pensando que son algo tan imperfecto que fueron creados para sufrir. Sí, es cierto. Un ángel tiene tanta excelencia que no concibo que un humano se atreva a dirigirle la palabra. – Murmuró frío y orgulloso. Hermione lo observó con una mueca de dolor.
- Yo soy humana.
- Lo sé.
- Entonces creo que tenemos... no, creo que tienes un problema, Adam. – Apretó los dientes y lo miró de manera mordaz.
- No. Eres una humana especial que se ha ganado algo más que mi respeto. – Susurró suave y se acercó a ella. Se inclinó para verla directamente a los ojos y le sonrió. – Deja de cuestionar mis filosofías, Hermione. Ahora mismo tenemos cosas que discutir.
Ella suspiró cansada pero en el fondo sabía que tenía razón. Se sintió mejor y muy dentro de sí, sabía que esas filosofías suyas habían cambiado mucho dentro de estos tiempos.
- ¿Qué es ese libro? – Preguntó para cambiar de tema. Adam pasó el libro de una mano a otra y después de unos segundos se lo tendió.
- El diario de mi padre. – Susurró mientras Hermione tomaba el libro de cuero café con algo de indecisión. – Zeles tenía cierto interés en la raza humana. Todo este tiempo he ido descubriendo cosas sobre tu mundo que ni los mismos humanos conocen. Avalón es un gran ejemplo. La ubicación de la espada, el libro.
Hermione obvió el hecho de que su guardián había dicho el nombre de su padre con asco y abrió el pequeño diario para tratar de leerlo, pero una parte de ella no se sorprendió al ver que estaba escrito con una simbología angelical.
- Cuando Zeles descubrió el secreto de la profecía de los cielos, investigó más a fondo su significado. – Ambos miraron el libro por unos segundos y luego Adam suspiró. – Destruyó cualquier pista existente sobre lo que encerraba el significado de la profecía, pero se aseguró de dejar todo escrito en el diario que sólo su propia sangre puede entender...
- ¿O sea que tú eres el único que lo entiende...? – Preguntó bastante sorprendida. No por el hecho en sí, más bien por el poder que poseían los ángeles y el cual cada día iba descubriendo más a fondo.
- Así es. Sí alguien más lo ve... verá símbolos irreconocibles y hermosos. – Se detuvo de nuevo y sonrió. – Una vez te di mi palabra con respecto a decirte sí llegaba a descubrir algo más sobre la profecía. Y hace unos días he descifrado algo.
- ¿Enserio? ¿Qué es? – Preguntó con ansias.
- Sé cómo puedes transmitir tu poder. – Dijo y la miró intensamente. Se silenció por unos segundos.
- ¿Y bien? – Preguntó perdiendo la paciencia al reparar que el ángel no volvía a hablar.
- Escucha, castaña. Potter recibirá tu ayuda a su debido tiempo... y no sirve de nada que te diga cómo se transmitirá. – Le dijo con tranquilidad.
- ¿Estás bien, Adam? ¡Claro que sirve! Podríamos adelantar el final de esta guerra, el final de este dolor. Cualquier cosa que tenga que arriesgar para lograrlo... estoy dispuesta a hacerlo. – Dijo ella con seguridad. Adam apretó la mandíbula al comprobar su total entrega y fidelidad.
- No puedes forzarlo. Debes dejarlo pasar de forma natural... así es como su poder funcionará.
- ¡Maldición! ¡¿Qué va a pasar?! – Preguntó fastidiada y confundida. Cuando miró a su guardián no supo cómo interpretar su mirada. Terror... Enfado... Desacuerdo. – ¿Es tan malo?
- Tu poder es fundamental para que Potter tenga la fuerza para acabar con Voldemort. Sabes que las profecías no rigen totalmente tu destino pero definitivamente influyen en él. Potter tiene la misión de acabar con Voldemort por la profecía que está sobre su destino. Pero si él lo deseara, podría abandonar la causa y marcharse desapareciendo del mapa. Pero Potter es noble, valiente... y estúpido. Y jamás dejaría vivo a Voldemort, luchará con él aunque tenga que morir en el intento.
- No va a morir... – Susurró la castaña despacio.
- No sabemos quién va a vivir. Pero eso no importa en estos momentos. – Le dijo con una mueca. – La profecía que entrelazó nuestros destinos tiene una causa mucho mayor. Si Aquila, el padre de Perseus, nunca hubiera decidido hace ya mucho tiempo invadir la tierra para tener su reinado de agonía y oscuridad... La Profecía de los Cielos jamás hubiera sido escrita. Incluso tú o yo podríamos evitar estos destinos... pero el problema de las profecías es que siempre ponen a prueba tus propias emociones. – Se detuvo y la miró con una sonrisa cansada. - Tú tendrás que darle a Potter un poder para defender la tierra de la oscuridad que la asecha. Yo vengo a enseñarles como defenderse y a protegerte de los demonios.
- ¿Quieres... quieres decir que Harry tiene que encargarse de matar a los demonios también? – Preguntó horrorizada.
- No. No es el deber de Potter el matarlos. Su deber es debilitarlos. Y aunque mi ejército pueda derrotar al de Perseus, Voldemort tiene otras criaturas que le guardan lealtad. – Explicó despacio y sin sentimiento. – El libro del Destino tiene docenas de hechizos poderosos... pero la mayoría mortales para un mago común y corriente. Hay uno en especial, el que decidirá todo y aunque requiere de mucho poder... Potter tiene que hacerlo.
Hermione no supo cómo reaccionar ante eso. Sabía que Harry estaba en peligro, sí, ella también lo estaba. Pero el porcentaje que tenía Harry de sobrevivir cada vez se hacía menor. Una poderosa oleada de tristeza y algo parecido a la desesperación comenzó a llenarla de manera avasallante.
Adam le levantó el mentón con delicadeza y le sonrió de una manera que esperaba la tranquilizara, pero no dijo nada, no podía decir nada.
- No quiero que muera... – Le dijo la castaña y cerró los puños en su pecho, aferrándose a él como una niña pequeña. Él la rodeó con los brazos, convencido de que muy pronto no podría dejar de hacerlo.
- Potter necesita una Doncella Divina... – Le susurró al oído esperando que no preguntara sobre su significado. Porque estaba seguro que a ella no le haría mucha gracia. Igual que a él.
- ¿Te refieres a mí? – Preguntó con los ojos cerrados.
- Sí. Una Doncella que le de amor... y te necesita fuerte, Hermione. Porque si te derrumbas frente a él que ya tiene síntomas de él mismo hacerlo... entonces esto no servirá de nada. Porque no puedo hacer nada más que pedirte que seas fuerte y dejes que pase lo que tenga que pasar.
Ella asintió comprendiendo pero seguía sintiendo el nudo en la garganta. Adam se separó de ella y junto las manos frente a sus ojos. Un brillo blanco empezó a surgir entre ellas y, como una vez le había visto ya pero con su espada, de entre ellas apareció el Libro que habían conseguido.
- Es hora de aclarar unas cosas... ¿Vamos? – Preguntó ofreciéndole un brazos con galantería y ella sonrió.
- Vamos.
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*~*~*~*~*~*~*~*~*~*
Harry Potter siempre había tenido problemas con aquellos que le ocultaban la verdad. Toda su vida la había pasado entre falsedades y ahora que su raciocino estaba mucho más desarrollado, podía afirmar que odiaba las mentiras.
Desde niño había sufrido las consecuencias de una familia mentirosa. Le habían ocultado la verdad sobre su naturaleza y le habían ocultado la verdad sobre sus padres. Incluso le habían ocultado el verdadero significado de su cicatriz.
Después había llegado a un colegio sintiéndose tímido y preocupado de encajar en ese ambiente desconocido. Todo había pasado bien hasta que se había topado con ese ser que lo había dejado marcado de por vida.
Y las mentiras habían comenzado de nuevo. Cada año, apareciendo una nueva sorpresa. Sobre Sirius, sobre sus padres.
Hasta que en cuarto año ese ser temido había regresado y en su quinto año se enteró con más decepción de que incluso la persona que más respetaba, Dumbledore, también le había mentido. Ocultándole la verdad, sobre la Orden... sobre su destino. Sobre esa profecía de la que no podía huir y que decía que sólo uno podía vivir mientras el otro estuviera muerto.
Voldemort o él.
Y había tratado de comprender. Había tratado de comprender a su director. Pero incluso en ese momento podía asegurarse que le ocultaban cosas. Todos. Y no quería parecer paranoico o dramático, pero lo sabía.
Hermione se lo había demostrado. Adam también. Dumbledore.
Harry suspiró cansado. No estaba muy seguro de cómo su cuerpo podía soportar tanta decepción. De todo, de todos.
Quería estrechar a Hermione entre sus brazos. Saber que ella estaba con él, escuchar su comprensión y sus palabras de aliento que le susurraban que todo estaba bien... que todo saldría bien. Pero no podía. Ya no podía pedirle más porque sabía que eso la lastimaba.
Suspiró cansado de ese destino y dejó caer la espada que sostenía mientras se sentaba en el frío suelo. No le importaron los escalofríos que le recorrieron la espalda, o las punzadas de dolor y cansancio que sintió en cada una de sus extremidades. Dejó caer la cabeza mientras el cabello le ensombrecía el rostro y se dio cuenta de que su rostro reflejaba su tristeza cuando sintió como alguien se arrodillaba a su lado y le ponía una mano en el hombro.
- ¿Estás bien? – Le susurró despacio. Harry no había tenido que levantar los ojos para saber quién era. - ¿Harry?
- Estoy cansado, Ginny... – Murmuró con voz entrecortada.
Ginny se mordió los labios, aunque Harry no la miró.
- Todos lo estamos, Harry.
- Lo sé... pero yo tengo pesos extras que no me gustaría tener. Me siento... solo.
- No estás solo, Harry, estamos aquí contigo...
- Lo sé, Ginny, maldición, estoy totalmente consciente de ello. Pero no puedo evitarlo. No puedo dejar de sentirme vacio. Como... como si aún me faltara mucho para estar lleno.
- Aunque no lo creas... te entiendo. – Harry asintió despacio. Hacía mucho tiempo que había comprendido que sus amigos sufrían como él en esta guerra. Los Weasley preocupados unos por otros, sin consuelo de saber cuántos de ellos iban a sobrevivir.
Y aunque él tuviera el destino más difícil, sabía que sus amigos se hacían a la idea de cómo se sentía.
- Y lamento tener que levantarte, pero A-Adam quiere hablar con nosotros. – Dijo la pelirroja y le acarició el cabello sintiendo algo suave ascender por su pecho. Algo que hacía mucho tiempo no sentía.
Sabiendo que su alma estaba en reparación. Su alma y su corazón.
Harry profirió una maldición entre dientes y se levantó con lentitud. Giró la espada que había tomado del suelo y la miró durante unos largos segundos. Ginny se sintió incomoda ante el silencio y no supo si dejar a su amigo solo o esperar a que la siguiera.
Al final decidió hacer lo primero y se dio media vuelta para retirarse.
Harry miró su espalda alejarse hacia el campamento y se preguntó por qué había visto en ella algo más que una sincera amistad. Ahora que su cabeza estaba más clara y pensaba más con frialdad, podía asegurar que Ginny era para él como su pequeña hermana. Como Ron, al que consideraba casi un hermano.
Como a los Weasley, a los que consideraba una familia.
Y Hermione... ella era su mejor amiga... su confidente y como alguna vez pensó, tenía las cualidades de una madre, de una hermana. Y la diferencia ahora... era que, de hecho, no lo era. No, ahora era algo más para él.
Y se sintió estúpido de nuevo. Por ciego, por mal amigo.
Guardó la espada en su forro de cuero y se encaminó al campamento, siguiendo los pasos de su pelirroja amiga.
OoOoO
Al llegar junto a sus amigos, no se preocupó al darse cuenta de que sólo lo habían estado esperando a él. Se cruzó de brazos y, teniendo mucho cuidado de no ver los ojos de su mejor amiga, se dirigió a Adam con frialdad.
- ¿Y bien? – Preguntó sin ápice de sentimiento. Hermione lo miró contrariada.
El ángel entrecerró los ojos e hizo una mueca.
- Bueno... Es la hora de leer el contenido del libro. – Dijo despacio y extendió el Libro del Destino frente a sus ojos. Todos sintieron algo extraño rodear el ambiente. Algo poderoso y agobiante. Adam abrió el Libro siguiendo un separador que seguro él se había encargado de colocar y se los enseñó con una sonrisa arrogante, sabiendo de antemano que no iban a entender ni una palabra. – Este libro contiene variedad de hechizos que sólo el mismo Merlín pudo realizar. Hechiceros poderosos, incluso alguien tan grande y poderoso como el vejete director de su escuela, no podrían ni siquiera intentarlos. No es considerada como magia avanzada. Combina el poder de la magia antigua con la magia sagrada.
- ¿Y para qué rayos lo conseguimos si no lo podemos usar? – Preguntó el pelirrojo con el ceño fruncido. Adam lo miró ofuscado por la interrupción.
- Cállate, pelirrojo. – Murmuró con frialdad. – El problema de estos hechizos es que no se pueden aprender así nada más. El poder sagrado que envuelve los hechizos, se deriva del agradecimiento que los ángeles le otorgaron a Merlín cuando terminó la guerra. Para hacer estos hechizos, además de tener la fuerza necesaria, tienes que tener el consentimiento de las fuerzas sagradas para realizarlos. Si no las tuvieras... entonces estarías en peligro de muerte. Además, el gran enigma de esto, es que una varita común es incapaz de producir el hechizo.
- ¿A qué te refieres con eso? – Preguntó el rubio mientras alzaba las cejas con interrogación.
- Tu varita se destruiría al instante si pudieras conjurar el hechizo... para eso necesitamos la espada. – Murmuró con calma. – Ahora... sólo hay un hechizo que nos sirve. Y, tú, Potter, serás el encargado de realizarlo. – Dijo y lo señaló.
Los hermanos Weasley soltaron una exclamación de sorpresa y Draco profirió una de hastío.
Harry, sin embargo, se mantuvo tranquilo, inexpresivo, viendo intensamente los ojos plateados de Adam. Hermione se preguntaba por qué no la quería mirar a los ojos.
- ¡Pero dices que puede ser mortal! – Exclamó la pequeña pelirroja con preocupación. - ¡Harry puede morir!
- Está bien, Ginny. No estoy en menos peligro si no lo intento. – Tranquilizó el pelinegro sin sentimiento. Hermione trató de encontrar sus ojos preocupada.
- ¡Harr-
- Ron. Está bien. ¿Cuál es el hechizo, Adam? – Preguntó mirándolo. Draco rodó los ojos a su espalda.
- Necesitarás una memoria y concentración de excelencia, niño. – Susurró sintiendo la valentía de ese muchacho como algo significativo para ser un humano insignificante. Aunque probablemente jamás lo diría en voz alta.
- Haré lo que sea. Morir si es necesario. – Respondió con una seguridad implacable. Una masa de reclamaciones estuvo a punto de surgir, pero él mismo levantó la mano con una mirada tan cargada de tristeza, que los hizo callar de inmediato. Hermione dio un paso hacia él.
- Entonces, este es el hechizo:
Holy - Hechizo prohibido capaz de eliminar la oscuridad en algún individuo del universo. Rayo explicito de carácter sagrado, cuya energía divina es proyectada por los seres sagrados que han muerto, cubriendo el mundo con su aura pacifica y rehabilitadora. Al realizar el hechizo, los cuatro arcángeles mostraran su divinidad entregándole a la persona - si ellos lo creen apropiado y eternamente seguro - su poder. Formado de intensa fe y lo más importante, amor.
Ataca con un rayo plateado intensamente cegador, requiere de grandes cantidades de energía y es capaz de debilitar intensamente a la persona que lo realiza. Puede llegar a matarlo. – Leyó con voz profunda y tranquila.
Y escrito con letras deformes y mucho más casuales (que todos pudieron ver a la perfección) – y que sin duda eran notas de Merlín – rezaba la advertencia definitiva.
Ten cuidado, podrías morir en el intento. Recuerda, los arcángeles eligen, no la persona.
- ¿Sabes cómo utilizarlo? – Preguntó el pelinegro con la voz apagada. Adam lo miró de nuevo y asintió.
- Pero primero necesitas la espada. Los movimientos de la mano son lo más fácil de aprender. El sentimiento que pongas y la aceptación que te den los espíritus sagrados es lo más importante. – Pronunció lento y escalofriante. – El poder para soportar el hechizo te lo proporcionará una Doncella Divina. Y sólo lo podrás usar una vez.
- ¿Una Doncella Divina? ¿A qué te refieres? ¿Quién es? – Preguntó con el rostro descompuesto. - ¿Cómo se supone que practicaré el hechizo si no puedo realizarlo?
- Debes practicar el poder de tus sentimientos, niño. Es algo parecido al Avada Kedabra, no funciona si no lo sientes realmente.
- ¿Sentir qué? – Preguntó el pelirrojo.
- Esperanza. – Dijo despacio.
- Eso es fácil. – Respondió Ron de nuevo.
- No. Es más difícil de lo que crees. Es lo mismo que el odio. Una cosa es el rencor, otra el verdadero odio. Una cosa es tener la posibilidad de que algo suceda, otra cosa es tener la verdadera esperanza para ello. Cuando combates una guerra y ambos ejércitos son igual de poderosos, entonces tienes la posibilidad de ganar. Cuando tu bando supera... sigues teniendo la posibilidad de ganar. Pero todo radica cuando el ejército contrario te supera... es muy difícil que tengas el verdadero sentimiento de esperanza. La mayoría de los corazones siempre tendrán los sentimientos mezclados en esas circunstancias. Sentirán, quizás, un ápice de esperanza, pero la resignación de la derrota y el miedo siempre estarán con ellos.
Nadie habló después de eso. Entendían la verdad y la seriedad de la situación. Harry más que ninguno. Y se preguntó qué tan difícil sería sentir la verdadera esperanza.
- ¿Y la Doncella Divina? – Preguntó Draco recordando ese asunto.
- Eso no puedo decirlo. Nada de eso puedes saberlo, Potter. Ella llegará, y entonces te proporcionará el poder para vivir.
- ¿Sabes quién es? – Preguntó de nuevo aunque parecía resignado a no recibir respuestas.
- Sí.
- ¿Y no me dirás quién es? – Preguntó de nuevo sólo para probar. El castaño negó. Harry suspiró sabiendo que no obtendría más que eso. – Entonces... el siguiente paso es... la espada.
- Exacto, nos vamos en, exactamente veinticuatro horas. – Respondió. Luego dirigió sus ojos hacia el pelirrojo. - ¿Estás listo para ir?
- Por supuesto.
- Bien. – Asintió con la cabeza y volvió a recorrerlos con la mirada. - Escuchen, este es el otro asunto, yo no puedo tocar la espada. Sólo pueden tocarla humanos. – A los presentes los recorrió otro escalofrío al escuchar de nuevo esa palabra que dividía su condición. - Además de las criaturas que la protegen alrededor del castillo... hay otra cosa que me preocupa.
Merlín estuvo enamorado de una muchacha cuando era joven. Una joven que poseía las virtudes y poderes de un hada. Con belleza, juventud y riqueza a su antojo. Merlín la amó a tal grado de enseñarle todos sus conocimientos, de confiarle muchos de sus secretos.
La leyenda cuenta sobre la joven como la Dama del Lago. Escondida en las profundidades de un lago en un palacio encantado y de cristal edificado especialmente para ella. Y antes de que Merlín desapareciera, el poderoso hechicero le confió la protección de la espada que había pertenecido al Rey Arturo. Ella tenía que guardarla en un lugar ignorado por todos con el fin de transmitirla, más tarde, a aquel que vendría a unificar el mundo.
- Hablas... ¿Está... mujer está cuidando de la espada? – Preguntó Hermione mirándolo.
- Exactamente. Ese castillo lúgubre que está en la Isla del fin del mundo, es efectivamente el palacio de cristal. Cuando te acercas a él, el hechizo que lo protege se disipa y verás a través de la ilusión. Y la dama ha estado esperando al elegido por más de un milenio. – Respondió con frivolidad.
- El problema es que quizá yo no sea el elegido, ¿No es cierto? – Preguntó Harry descifrando la preocupación del castaño.
- Exacto. Tienen dos opciones, convencerla de que la usarán para el bien y que regresarán la espada a su lugar... o pelear con ella... y matarla. – Dijo y los miró intensamente. – Como no puedo ni acercarme a la habitación donde está el cuerpo de Arturo, no podré ayudarlos. Estarán solos en eso. Abriré paso y los protegeré en el camino... pero recuperar la espada es su responsabilidad.
Los cinco chicos se miraron entre sí y no hubo inseguridad en sus expresiones cuando le asintieron al ángel.
- Entonces, está claro. Descansen, coman... será una noche eterna... muy larga. – Ironizó burlándose de la oscuridad que diariamente habían vivido. Los miró una vez más y dio media vuelta internándose en el bosque que los rodeaba.
- ¿A dónde va? – Preguntó la pelirroja mientras lo miraba alejarse. Su hermano se encogió de hombros. Hermione sonrió.
- Siempre sabe lo que hace. – Susurró Draco.
- Definitivamente. – Asintió la castaña. El rubio le sonrió.
Harry siguió mirando el Libro del Destino que aún conservaba entre sus manos y que Adam le había dejado. Lo examinó aún sin entender nada de lo escrito en él e hizo una mueca de desconfianza. Se dio media vuelta y regresó al interior de la casa. Hermione lo miró y no tardó en seguirlo.
- Hermione... si no te importa... me gustaría estar solo. – Susurró el pelinegro sin voltear a verla. Era demasiado obvio que era ella.
- No. Necesitamos hablar. – Respondió su amiga contrariada.
Harry supo entonces que no lo iba a dejar. Y cuando volteó a verla, no hizo otra cosa más que sorprenderse cuando su amiga se acercó a él de dos zancadas...
... Y lo besó.
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¡Hola!
Bueno, primero debo desearles un muy feliz y próspero año nuevo, espero que todos ustedes estén bien y que las metas que se han propuesto para este 2009 sólo se cumplan con éxito.
Después debo disculparme, pues había prometido actualizar antes de que el año finalizara. Yo, muy consciente de ello, iba a hacerlo. De hecho este capítulo lo terminé como el 27 de Diciembre, pero claro, la muy cabezota de mí dijo que sería un bonito detalle subirlo muy temprano el 31. Claro no contaba con irme de vacaciones... de que mi familia saliera con la sorpresa de que nos íbamos a Las Vegas a festejar el nuevo año. Y claro, tampoco contaba que no iba tener internet ni tiempo. Así que amigos, sorry por los dos días de tardanza, fue sin intención y con verdadera desesperación, lo juro.
Pero bueno, espero que este extenso capítulo compense la promesa rota.
Como verán, hay más secretos, más misterios. Más verdades. Adam por fin a revelado que es un ángel, que aunque siga ocultando varias cosas... a todos, ahora se pueden saber más cosas sobre la fuente infinita sabiduría. El diario de su padre.
Cada vez Harry tiene menos esperanzas de vivir, y hay una razón muy importante para el final. No crean que Hermione es tan impulsiva sin razón. Los chicos ya están mucho más recuperados. Las heridas superficiales aún duelen, pero necesitan de todo el coraje para salir adelante. El próximo capítulo dirá por qué Adam se vio tan debilitado por la Isla, claro que su condición de ángel ayudó en la recuperación de su cuerpo.
Sobre la dama del lago, espero que les guste ese pequeño extra que he metido. Sin duda se nota mucho que me encanta la era artúrica y ese aspecto de Merlín no podía faltar. El título de La Doncella Divina se deriva de dos situaciones... Hermione y la enamorada de Merlín. Viviana.
Bueno, el próximo capítulo habrá más intento de terror, más aventura y acción... y un poquito de sangre. Bueno, yo creo que se imaginan con mi "poquito de sangre". Y más sorpresas. Más misterios resueltos. Más... de todo.
Bueno, agradezco a toda la gente que me apoya y que me espera, sin ustedes, la verdad no sería nada. Espero sus opiniones de nuevo.
¡Muy feliz año!
Con los mejores deseos y un abrazo, su amiga:
DarkGranger.
