Una profecía de los cielos
Draco Dormiens Nunquam Titillandus
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Recomendación Musical: "Run for A Fall" – Epica.
28.- Hogwarts
El sabio controla sin autoridad, y enseña sin palabras; él deja que todas las cosas asciendan y caigan, pero no interfiere, da sin pedirle, y está satisfecho.
Aparecieron a las afueras de Hogsmeade, Hermione se percató de ese hecho por las inconfundibles locaciones cubiertas de nieve que los rodeaban. Un sentimiento como de súbito alivio por encontrarse a escasos metros del colegio que ya era su hogar los embargó expandiéndose por su cuerpo desde el centro de su corazón.
La añoranza los golpeó ahora que estaban tan cerca de casa a tal punto que Hermione sintió sus ojos aguadarse. Draco –quien estaba pegado a la chica- se preocupó de inmediato al ver unas lágrimas recorrer sus mejillas y pensó que se había lastimado.
- No pasa nada, sólo estoy feliz. – Susurró ella al ver la cara de espanto del rubio. Miró el brazo de Draco que aún rodeaba su cintura, y se percató con horror que estaba cubierto de sangre. - ¿Estás bien, que te pasa? – Murmuró preocupada. Se movió un poco sin poder quitarse el brazo del chico de encima y lo miró consternada. - ¿Draco?
- Estoy bien. – Respondió él sin inmutarse y tratando de arremedar su tono mandón. Hermione frunció el ceño.
- Estás sangrando. – Recalcó mirando fijamente sus ojos grises. La venda que rodeaba su antebrazo estaba completamente teñida de sangre. Hermione tanteó su bolsillo buscando su varita a sabiendas que la sangre tenía que ver con que la había cargado todo aquel camino.
- Tranquila, Granger, ya te he dicho que estoy bien... – Murmuró el rubio muy cerca de su cara. Su aliento golpeó el rostro de Hermione y ésta detuvo su búsqueda para mirarlo a los ojos de nuevo.
- No es cierto, suéltame, ya puedo caminar. – Le dijo con el ceño fruncido. Intentó separarse de él pero le fue imposible. Se preguntó por qué Draco tenía tanta fuerza y ella no. – Suéltame, Draco. – Siseó seriamente. El rubio embozó una sonrisa de lo más encantadora.
Iba a decir algo, ella estaba segura, pero una voz les interrumpió el contacto -o discusión- visual. Voltearon a ver al castaño -el cual parecía haber dejado su comportamiento ensimismado y pensativo enterrado en algún lugar- mientras éste se acercaba a ellos. Llegó después de un par de pasos y jaló a la castaña del brazo. Draco no pudo rebatir y no pudo reprimir el gruñido de dolor al sentir su brazo herido ser removido con fuerza.
Adam lo miró unos momentos mientras apretaba el brazo derecho de su protegida y sonrió con su toque arrogante tan característico.
- Caminen. – Ordenó a los presentes. Todos salieron de su ensimismamiento –Hermione apenas se había percatado de que sus amigos habían estado mirando el castillo con aire nostálgico- y siguieron al ángel a través del camino que los dirigiría a los terrenos del colegio en completo mutismo.
- Entremos por la casa de los gritos. – Sugirió Ron mientras miraba el pueblo a unos cuantos metros de donde ellos se encontraban. Adam se detuvo y lo miró.
- ¿Existe un pasadizo? – Preguntó con recelo. Ron miró a Harry un poco avergonzado y después encaró al castaño.
- Pues...
- Sí. Vayamos por ahí, así no acarrearemos ninguna sospecha si nos ve Filch. – Respondió el pelinegro cambiando de dirección. El ángel asintió y siguió sus pasos tomando a la castaña de nuevo por el brazo.
- Te llevaré a la enfermería... – Le susurró Adam sin soltarla. Hermione frunció el ceño pero se dejó arrastrar por su guardián.
- ¿No te crees capaz de curarme? – Le dijo de regreso. Adam se detuvo y Hermione le miró fijamente el rostro. Supo que lo había ofendido, pisoteado su orgullo tal vez, aunque no lo comprendió muy bien. - ¿Adam?
- La bestia que te atacó usó magia que no conozco... – Susurró el ángel con un tono de voz irritado mientras reemprendía su camino. – Magia que no puedo combatir con mis poderes...
- Yo recuerdo que sólo me golpeó. – Hermione sintió un escalofrío al recordar eso. – Nunca recibí ningún hechizo.
- Eso crees tú, estabas más muerta que viva, castaña. – Respondió con voz contenida. La chica no pudo rebatir ante su tono hastiado.
- No quería ofenderte. – Susurró mientras seguían caminando. Aún sentía los tobillos adoloridos y su cuerpo un poco débil pero sabía que unas cuantas pociones la ayudarían.
- No es nada. No me has ofendido. – Respondió el ángel apenas prestándole atención. Iba muy concentrado siguiendo a los pelirrojos y al pelinegro que caminaban enfrente de ellos dos. Draco iba detrás sosteniendo su brazo que ya había dejado de sangrar. Adam y Hermione iban un poco más lento que los demás pues aunque ella se sintiera más recuperada dudaba seriamente poder caminar decentemente.
Adam parecía fastidiado por eso, así que tras unos cuantos minutos no pudo evitar el impulso y la cargó pasándole un brazo debajo de las rodillas. Hermione dejó salir un gemido de protesta pero el rostro irritado de su guardián le detuvo cualquier otro tipo de queja.
Siguieron caminando en silencio mientras eran encabezados por Harry y se detuvieron en cuanto miraron la casa de los gritos a unos pasos de sus cuerpos.
- Es mejor que caminemos con cuidado, la construcción ya no es lo que en antaño. – Advirtió el chico girándose a mirarlos. Todos asintieron en silencio y la castaña no pudo evitar recordar cuando ambos habían caído en un agujero que se había desplomado bajo sus pies en la primera cita que Harry y ella habían tenido. Hermione suspiró.
Entraron en fila y Adam la había tenido que bajar por temor a que el peso de ambos abriera algún hoyo en el suelo podrido. Subieron algunos escalones escuchando el chirrido de la madera bajo sus pies y Hermione no dejó de percatarse del rostro asqueado que portaba su guardián.
No dijeron nada en todo el trayecto, pero nadie lo necesitaba. Los chicos estaban ansiosos, expectantes y aliviados. Deseosos por regresar a sus habitaciones. Por tomar una ducha larga y caliente o por comer los manjares que preparaban los elfos -con el pesar de la castaña-. Y el silencio que los envolvía sólo hacía el trayecto calmado, sereno.
Sin embargo, y a pesar de los ruegos mentales de los chicos, llegar al colegio y pedir que nadie se percatara de su regreso era básicamente imposible. Porque ahí, al cruzar el Sauce Boxeador después de lanzar el hechizo que lo tranquilizaba, estaba una comitiva entera formada por miembros de la Orden del Fénix esperándolos. Hermione no se molestó en cuestionar cómo se habían enterado de su llegada. Dumbledore podía ser sorpresivo cuando quería.
Él mismo fue el que dio un paso hacia ellos cuando los seis se habían paralizado a unos metros del Sauce Boxeador. Pero para sorpresa de Harry, Lupin se le adelantó unos pasos al director y abrazó al chico con fuerza. Harry devolvió el gesto entre confundido y aliviado y ahí se dio cuenta de cómo el licántropo sostenía su mapa del merodeador en una mano.
- Eres igualito a tu padre, Harry, ya nunca lo voy a poder negar. – Susurró mientras se separaban. Sus ojos miel brillaron con alegría y el pelinegro se sintió extraño pero feliz. Lupin era la única figura paterna que le quedaba y al parecer el licántropo había acepado toda esa responsabilidad desde que Sirius había muerto. Tonks apareció a su lado con una brillante cabellera azul metálica y los ojos a combinación y le sonrió. Le revolvió el cabello azabache con esa típica expresión alegre y brillante que siempre la acompañaba.
- Nos tenías preocupados, Potter, ¡Escaparte del colegio! ¡En plena guerra! ¡Qué barbaridad! – Exclamó la metamorfomaga pero el chico notó como ahogaba una sonrisa de complicidad. – Nos tenías hechos un manojo de nervios, Harry.
Lupin le entregó el mapa y Harry lo tomó con una mezcla de nostalgia terrible al ver el nombre de los merodeadores desaparecer entre manchitas cafés y advertencias de crueles bromas al profanador de sus pertenencias.
A unos pasos de distancia, Severus Snape se acercó al rubio mostrando una expresión terriblemente seria y le puso una mano en el hombro viéndolo a los ojos con intensidad.
- Tu madre hubiera regresado a matarme si te hubiera pasado algo, mocoso malcriado. – Siseó en un susurro. Draco sonrió de lado ante la pizca de sarcasmo en la frase del único hombre al que posiblemente le importaba como si fuese su propio hijo y asintió con la cabeza lentamente.
- Estoy bien, Snape. – Le dijo con el mismo tono.
- No por mucho tiempo cuando acabe contigo, Draco. – Susurró. El rubio soltó una risa entre dientes enterándose de lo que le esperaba.
Iba a decir algo más cuando un tornado pelirrojo lo empujó pasando a su lado. Draco se giró con fastidio y miró por sobre su hombro sólo para transformar su mueca de enfado en una de completa burla al ver a los hermanos pelirrojos estrujados en un abrazo de su madre con fuerza.
- ¡Son unos inmaduros, irresponsables! – Gimoteó la pelirroja apretándolos a ambos en un abrazo asfixiante. - ¡¿Cómo se atreven a darme este horrible susto?! ¡Su madre ya esta vieja para esto! – Exclamó con tono lastimero. El señor Weasley se acercó a ellos con rapidez y los abrazó con la misma urgencia. La señora Weasley se giró mientras gruesas lágrimas caían de sus ojos y miró los ojos avergonzados de la castaña que estaba a unos escasos metros de distancia. - ¡Hermione, por Merlín y Morgana! ¿Qué te ha pasado, cariño? - Exclamó horrorizada al ver el pobre y deplorable estado de la chica que a duras penas se sostenía del costado de su guardián. Adam ya estaba preparado para apartar a su protegida si esa mujer intentaba asfixiarla con uno de sus abrazos, pero no fue necesario.
Hermione se avergonzó aún más al ver los ojos de Minerva McGonagall clavados en su nuca.
- Mamá, tranquila...
- ¡Callate, Ronald Billius Weasley! ¡Esperaba un poco más de madurez de tu parte! ¡Y tú, Harry, cariño! ¡Hermione! – Gimoteó de nuevo y su hijo la abrazó para tranquilizarla y evitarles a sus amigos algún sermón. - ¿A dónde fueron? ¿Qué estaban haciendo? ¡¿En qué estaban pensando?!
- Molly, cálmate, déjalos respirar. – Tranquilizó el director del colegio mientras se acercaba. Miró a los presentes a través de sus lentes de media luna y puso especial atención al ver los ojos plateados del ángel. Su expresión serena tranquilizó a los presentes de una manera sorprendente. – En estos momentos están cansados y hambrientos. Supongo que no están en condiciones de regaños ni cuestionamientos. Dejemos que Poppy revise sus heridas y más tarde hablaremos todos con calma.
La señora Weasley parecía querer rebatir ante eso pero apretó los labios y asintió resignada.
Los miembros de la Orden también parecían un poco insatisfechos con la decisión, pero la respetaron al ver más fijamente a los presentes y reparar en sus aspectos adoloridos y deplorables. Se tragaron todas las preguntas que se atoraron en sus gargantas y dieron media vuelta emprendiendo el camino de regreso al colegio al ver que ellos estaban sanos y salvos.
El señor Weasley arrastró a su hija hacia el castillo y la señora Weasley no tardó en seguirlos siendo rodeada aún por el brazo de Ron. Harry vio desaparecer a los presentes poco a poco, Kingsley Shacklebolt iba seguido de Hestia Jones, Alastor Moody y Minerva McGonagall. Se preguntó dónde estaría Hagrid pero la voz de Tonks frente a él no le permitió indagar mucho en sus pensamientos.
- Vamos, Harry, la enfermera necesita revisarte esas heridas... – Susurró y el chico no pudo dejar de notar que su mirada ardía de ansiedad y posiblemente de curiosidad.
Suspiró viendo como los demás empezaban a emprender el camino hacia el colegio. Draco Malfoy iba hablando en susurros con el profesor de pociones -el cual se había tomado la molestia de enviarle una mirada irritada y asqueada- y Hermione ya estaba siendo arrastrada por el castaño en la misma dirección. Albus Dumbledore seguía parado mirándolo y se sintió pequeño e intimidado al notar que Lupin también lo miraba con cierto interés.
- Profesor, yo-
- Vete a descansar, Harry, te aseguro que hablaremos y sí que tenemos cosas que discutir. – Lo cortó el director con la voz serena y la expresión tranquila, aunque Harry pudo notar que sus facciones cada vez parecían más ancianas y cansadas. Lupin cruzó una mirada rápida con el director pero Harry apenas y lo notó.
El chico asintió y tomando el brazo de Tonks, emprendió el camino hacia el colegio. Y mientras recorría los terrenos para llegar a la entrada principal, una ola de nostalgia lo golpeó por completo, el alivio lo embargó y se permitió a sí mismo aspirar aire fresco y llenarse los pulmones con un oxigeno que le relajó el pensamiento y los sentidos. Simplemente porque anhelaba el retorno al colegio.
Harry se acomodó mejor la Excalibur en la espalda y siguió su camino con una sonrisa.
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- ¡Eres un despreciable y miserable hablador, Adam! – Gruñó Hermione mientras estrujaba las sabanas bajo su cuerpo. Lo miró fulminante y chasqueó la lengua al ver como su guardián rodaba los ojos -como lo había estado haciendo durante todo su discurso de palabrotas- y se acomodaba mejor en la silla mientras ojeaba el Libro del Destino. - ¡Estoy bien! ¡Además de chismoso, eres un paranoico! ¡No tenías porque haberle dicho todo eso a Madame Pomfrey!
- Le he dicho sólo la verdad. – Respondió el ángel sin inmutarse.
- ¡Eso no es cierto! ¡Dijiste que estaba moribunda! Y lo peor es que... ¡Te creyó! – Reprochó con el ceño fruncido, convencida de que Adam tenía la cabeza cubierta de paranoias. - ¡Y a ti no te ha importado que me obligase a quedarme en la enfermería! – Tomó una gran bocanada de aire y apretó los puños. - ¡Odio la maldita enfermería!
- ¡Señorita, Granger! – Exclamó la enfermera sorprendida mientras depositaba unas cuantas botellas en la mesita de noche. - Le he dicho que ha llegado en un estado delicado, tiene varios golpes y magia en su cuerpo y se va a quedar aquí hasta que sea necesario. Es mi última palabra. – Agregó al ver la mueca disconforme de la mejor alumna de Hogwarts -quien no había mostrado ni pisca de delicadeza ni vergüenza en asegurar que odiaba la enfermería-.
- ¡Pero Harry y Draco y Ginny y Ron... incluso este de aquí! – Señaló a su guardián con la voz irritada. - ¡Todos están heridos! ¿Por qué sólo yo tengo que quedarme?
Antes de que la enfermera la regañara de nuevo, Adam ya se había levantado y se había sentado a su lado en la cama.
- Hermione, una o dos semanas más, tienes magia negra en tu cuerpo, niña, y tienes que estar bajo observación, entiéndelo. Hazlo por mí, para saciar mi lado paranoico. No estarás sola, lo prometo. – Le dijo mirándola intensamente. Hermione se mordió el labio inferior y lo observó dándose cuenta de que Adam realmente estaba preocupado por ella. Asintió rendida.
- Que me quede aquí no significa que te perdone, Hellsing. – Advirtió cuando el castaño embozaba una sonrisa de suficiencia. La enfermera se retiró, advirtiéndole que tenía que tomar las pociones, y enseguida quedaron solos.
El castaño regresó a su lugar y siguió revisando el libro mientras la miraba de reojo.
Hermione se dejó caer en la cama y su cabeza rebotó en la almohada provocándole una mueca de dolor. Lo aceptaba, ahora que su cuerpo había perdido la adrenalina de la huida y de la magia de Avalón, sus músculos relajados la estaban matando de dolor. Era un dolor soportable pero...
Miró a su guardián a los ojos y lo vio ladear su cabeza y curvar sus labios en una sonrisa.
- Tienes visitas, castaña. – Hermione frunció el ceño sin llegar a comprender esa mueca burlesca que le dirigió el ángel. Él se levantó y apretó el libro contra su costado derecho.
Dos matas de pelo castaño entraron corriendo por la enfermería. Hermione sonrió con amabilidad y genuina ternura al ver a los pequeños gemelitos acercarse a ella con premura.
- ¡Hermione! – Gritaron ambos al unísono. Llegaron hasta ella dando saltitos de alegría y rodearon su cama con dos sonrisas encantadoras adornando sus rostros ovalados e infantiles.
- Eh, eh, enanos, con cuidado... – Advirtió el ángel con voz serena. Hermione lo miró frunciendo el ceño.
- No los llames enanos, Adam. – Reprendió mientras la pequeña Alice se subía a su cama con cuidado de no aplastarla. Anthony pareció tomarse la advertencia de su ídolo con más seriedad pues permaneció a la espalda de su hermana con una sonrisa apenada.
- Es que lo son, Hermione... míralos, son pequeñísimos. – Se burló el ángel con arrogancia. Hermione le dirigió una mirada de advertencia, pero como siempre, el castaño la ignoró y curvó sus labios en una sonrisa ególatra.
- ¡Hermione, hace rato nos enteramos que estabas en la enfermería por Harry Potter! ¿Qué te paso? – Preguntó la pequeña niña que había quedado pagada a su brazo izquierdo. Hermione bajó la cabeza para mirar sus pequeños ojos y le sonrió.
- Tuvo un accidente, niña, pero nada absolutamente grave. Está aquí para descansar. – Respondió el castaño por ella. La niña lo miró y sus ojos parecieron brillar. – Eh, enano, cuida que tu hermana no lastime a Hermione, quédense con ella hasta que sus amigos lleguen. – Le dijo. Más bien se escuchó como una orden pero al pequeño Anthony no pareció importarle pues asintió deprisa y con entusiasmo.
Hermione pensó que para ser tan sobre-protector, Adam estaba descuidándola al dejar su seguridad en manos de unos niños de primer curso. Aunque, claro, ella estaba completamente segura que estaba a salvo en la enfermería, incluso pensaba que estaba segura en el castillo, pero eso ya no lo podía discutir con el psique de su guardián.
- Regreso en un par de horas, castaña. – Le dijo el ángel sacándola de sus discusiones mentales. Ella asintió y lo vio, con demasiada sorpresa, revolverle el cabello al pequeño Anthony cuando cruzó a su lado. El niño se quedó estupefacto y alucinado a tal muestra de, podría decirse cariño o ternura pero eso no quedaría en el perfil gélido de su guardián, así que optó por pensar que lo había hecho con burla. Anthony la miró a los ojos tratando de encontrar una razón a lo que parecía, acababa de pasar. Hermione sólo le dirigió una sonrisa amable.
Él sonrió con más ganas y tomó lugar en la silla en la que anteriormente estaba sentado el castaño.
Ambos pequeños empezaron a relatarle sus apasionantes vacaciones en Grecia junto a sus padres, y ella les sonrió mientras los escuchaba hablar con señas y articulaciones exageradas.
Había sido una sorpresa para ella, y para todos en realidad, descubrir que su estancia en Avalón se había alargado durante todas la vacaciones, incluso más tiempo. Estaban en enero. Realmente ella sabía que sí habían permanecido bastante tiempo fuera, más sin embargo nunca se imaginó que hubiese sido tanto.
Adam, para su conmoción, les había explicado brevemente que el tiempo en Avalón pasaba con mayor rapidez que en la Tierra, esto debido a la noche eterna a la que estaba sometida la tierra sagrada. Ellos habían entendido fugazmente, y Hermione sabía que su guardián parecía no querer hablar mucho de sus conocimientos sobre Avalón. Ella no había metido presión, de todas maneras, quería olvidar más que nada. Su lado insaciable de información no estaba funcionando mucho por esos tiempos.
Giró su rostro hasta encontrarse con el marco de la ventana de la enfermería y fijó sus ojos en el horizonte soleado. Qué cambió había resultado ver el sol de nuevo. Por una vez desde que había llegado a Hogwarts a sus once años, deseó fervientemente salir corriendo y pasar una tarde alegre bajo los rayos del sol sin libros ni tareas de por medio.
- ¿Qué piensas, Hermione? – Preguntó Anthony con la expresión curiosa. La chica ladeó la cabeza para verlos y sonrió.
- En que ustedes dos deberían estar estudiando en vez de estar aquí conmigo, pequeños. ¿No tienen alguna clase vespertina? – Preguntó levantando una ceja. Alice hizo un movimiento desinteresado con la mano.
- Sí, al rato debemos ir a las clases de vuelo con la profesora Hooch. – Dijo distraídamente. – Después de eso... no tenemos deberes. – Sonrió.
Hermione miró a Anthony para asegurar lo que su hermana había dicho y éste asintió.
- Muy bien.
Quince minutos más tarde, sus amigos llegaron a la enfermería. Harry le sonrió desde la puerta y Ron la saludó con una mano mientras con la otra aferraba dos gruesos tomos que la castaña les había pedido.
Saludaron a los gemelos con la cabeza y se acercaron a Hermione para sentarse cada uno a su lado.
- ¿Dónde está tu amigo arrogante? – Preguntó Ron mientras le besaba la frente. Hermione lo miró con el ceño fruncido.
- Fue a leer... ya sabes, el libro. – Respondió mientras sentía la mano de Harry acariciar su cabello. Le sonrió.
- ¡Ah sí! – Exclamó Ron, que lo había olvidado.
Alice y Anthony se despidieron de ellos unos minutos después. Hermione los miró con gracia hasta que cruzaron el marco de la puerta y se despidió de ellos con la mano sintiendo sus músculos un poco más relajados con las pociones que había ingerido.
- ¡Vendremos mañana, Hermione! – Fue lo último que escuchó antes de verlos desaparecer por el marco de la puerta.
- Esos niños te adoran... – Susurró el pelinegro sin dejar de acariciarla.
- Sí. – Corroboró el pelirrojo. Sacó una bolsa de dulces de su mochila y la abrió ofreciéndole a la castaña. – Deberías sentirte afortunada, Hermione. ¡Comenzar clases así nada más! Deberían darnos un periodo de descanso. Llevamos sólo cuatro clases y ya nos han dado un montón de deberes... – Se quejó llevándose un dulce de miel a la boca. Hermione desenvolvió el suyo con pereza.
- Bueno, Ron... hasta que salga de la enfermería ustedes tienen que tomar sus propios apuntes. – Señaló ella con desenfado.
El pelirrojo la miró con una sonrisa.
- Lo sabemos, pero Harry será el que ponga atención. – Desenvolvió otro dulce y se lo llevó a la boca con rapidez.
Hermione miró a su otro amigo y le sonrió con tranquilidad. Miró al pelirrojo de nuevo. Ambos parecían mucho más recompuestos que ella.
- Eres un perezoso, Ron, ya verás como estarás para los EXTASIS. – Le advirtió. Ron le restó importancia con un movimiento de la mano. – Y por más que me ruegues no te voy a ayudar.
- Vamos, Hermione, estudiaré a su debido tiempo. – Se quejó él. La castaña rodó los ojos. – Por cierto, Luna te manda recuerdos, en cuanto pueda vendrá para saludarte...
Al día siguiente, antes de que su guardián apareciera en la enfermería, Ginny vino a verla después de clases. Su amiga se sentó en la única silla que adornaba uno de los costados de su cama y le entregó un libro.
- Como tienes a dos amigos bastante despistados, Hermione; decidí traerte estos apuntes yo misma. – Sonrió orgullosa. – Pensé que te interesarían, me los ha prestado Dean.
- Gracias, Ginny, aunque creo que Harry sí pondrá atención en clases. – Aseguró y le sonrió agradecida. Se incorporó hasta quedar sentada en la cama y suspiró de alivio al notar que los músculos le molestaban cada vez menos.
- Yo también lo creo, la verdad, ese chico haría lo que fuera por ti. – Aseguró con una sonrisa mientras le tomaba una mano.
- Todo menos lo que yo quisiera. – Suspiró ella.
- Él te quiere, Hermione. – Aseguró la pelirroja y le apretó la mano. Después, titubeó un poco antes de hablar. – No habíamos tenido mucho tiempo para hablar, Hermione, ya sabes... pero quería que supieras que siento mucho lo que pasó. Nunca tuve la intención de que Harry terminara contigo... estaba enojada con él, pero yo no quería que regresara conmigo o algo así, sólo quería una explicación.
- No era mi novio, Ginny. Y no fue tu culpa. – Señaló. – Harry sólo sacó a relucir un miedo que tenía escondido desde que salía contigo. Ahora no puedo hacer nada. – Dijo con resignación. Ojeó el libro que tenía entre las manos sin atreverse a mirar los ojos de su pelirroja amiga.
- Escucha, Hermione... cuando Harry terminó conmigo me sentí totalmente destrozada, pero me puse en su posición. Y... por un momento, lo comprendí. – Susurró despacio. Hermione la miró. Le sonreía. - Harry piensa que teniendo una persona a su lado, será incapaz de luchar correctamente. No quiere preocuparse por tu felicidad a sabiendas de que tiene posibilidades de morir...
- Ginny... – Advirtió la castaña. Odiaba escuchar eso.
- Lo siento, Hermione, pero Harry tiene tantas posibilidades de morir como las tenemos cualquiera de nosotros. – Dijo con un tono odiosamente sensato. – Harry siente que será más fácil para ti si no profundizan en una relación. Si tú lo perdieras... como algo más que un amigo, cree que eso sería insoportable.
- Eso es estúpido. Harry es, sobre cualquier cosa, mi mejor amigo. – Rebatió con brusquedad.
- Su intención es noble... aunque no sea de lo más sensata. – Aceptó la pelirroja. – Pero tienes que comprender que no quiere meterte más en su vida... por un lado, él mismo tiene miedo de eso. Si refuerzan su relación, si hay un momento en que ambos no puedan estar mucho tiempo separados (porque sí, Hermione, he visto la cara de enamorados que tienen) entonces no será bueno en la batalla final. ¿Qué pasará cuando, en un momento desesperado, en un momento que posiblemente estén lejos el uno del otro, bajen la guardia y sean blanco fácil? Hermione, tú lo conoces, Harry quiere evitarte todo eso... él no es egoísta.
- No lo puedo aceptar, yo estaré preocupada por todos, lo quiera o no. Es algo que él no puede evitar. – Suspiró ella en desacuerdo.
- No te pido que lo aceptes... sólo te pido que te pongas en su posición. He visto como le duele... como estuvo destrozado cuando llegaste inconsciente en brazos de Adam... ya te has metido demasiado dentro de su corazón. Es algo que no puede controlar ya. – Suspiró. Hermione no dijo nada. Eso finalizó la conversación.
Una semana después, Hermione estuvo fuera de la enfermería a pesar de la cara seria que había puesto el castaño ángel. Como él le había prometido, nunca estuvo sola. Si no era él el que se la pasaba ahí con ella, eran sus amigos. Incluso llegó a ver a Luna y a los gemelos, por supuesto. Y Draco, aunque generalmente pasaba a preguntar cuándo salía, al parecer tenía impuestos castigos por parte de Snape y no tenía tiempo libre por las tardes.
Para su suerte, Adam había estado callado toda esa semana. Leía página tras página del grueso Libro del Destino y estaba con ella realmente sólo en cuerpo, y el silencio había sido cómodo y reparador para ella.
Supo por Harry que la espada había sido escondida en su baúl junto con la capa invisible, ambas cosas guardadas bajo un hechizo que sólo él podía revertir.
El mismo día en el que salió de la enfermería, Dumbledore los mandó llamar. Lo seis chicos llegaron a la oficina del director a las cinco en punto. Cuando ingresaron, Dumbledore, McGonagall, Snape y Hagrid estaban esperándolos. Hermione se sorprendió al no ver a ningún otro miembro de la orden más que a los miembros del profesorado.
Los invitaron a sentarse y por la cara que traía Adam, supo que esa pequeña conversación no iba a ser para nada cómoda.
- Bueno, chicos, ahora que la señorita Granger está recuperada, es conveniente que hablemos sobre su desaparición las pasadas vacaciones... – Comenzó el director. Hermione se fijó que Hagrid quería acercarse a ellos teniendo un debate interno y, posiblemente, estrujarlos en un abrazo típico y efusivo. Pero no lo hizo, sólo los miraba con extrema curiosidad y algo como... reproche.
- Podría decirle a donde fuimos... pero usted ya lo sabe. Estuvo ahí cuando nos marchamos. – Replicó Adam mientras se cruzaba de brazos y lo miraba de una manera altanera y retadora. Dumbledore no se inmutó.
- Cuida tu tono, jovencito, estás hablando con el director de tu colegio. – Advirtió la profesora de transformaciones mirándolo con sus ojos azules y profundos.
- ¿Mi colegio? – Se burló el castaño mientras miraba la ridícula comitiva del profesorado que lo miraba. – Esto es bastante sorpresivo, a pesar de todo, mi identidad sigue intacta.
- Kalyo... no somos tus enemigos. – Intentó tranquilizar el director. Lo miró con un vestigio de súplica en sus ojos claros pero Adam no se interesó en su incesante plegaria por una unión que no le interesaba. Estaba a punto de replicar algo cuando una mano le tocó el hombro. Se giró para toparse con los ojos suplicantes de su castaña protegida y dejó salir un suspiro frustrado al verse incapaz de hacer algo que la molestara.
- Escuche... Dumbledore. Estábamos en una misión que hemos resuelto victoriosamente. En este momento poco importan los hechos y que ustedes se enteren de ellos. Conseguimos lo que buscábamos. Estamos vivos. Punto. – Resolvió con voz fría e inexpresiva.
Snape estuvo a punto de sacar su varita y gritar un par de improperios al ver tanta insolencia por parte del castaño, pero Dumbledore lo frenó levantando la mano buscando un poco de paz en esa sala cubierta de tensión. Repasó a cada uno de los presentes y no se sorprendió al ver en sus miradas una lealtad entre ellos que resultaba admirable. Supo desde ese momento que no iban a conseguir absolutamente nada.
- ¿Tienen... la espada? – Preguntó con la voz tranquila. Adam escondió la sorpresa que le causó aquella revelación de conocimiento. Asintió despacio y se levantó. Ambos miraron a Harry, quien permanecía callado en su lugar, y no necesitaron más palabras entre ellos para que la comprensión llegara hacia el director.
- Veo que sabe más de lo que aparenta. – Replicó el castaño mientras ayudaba a Hermione a levantarse. – Esto se ha terminado. Nadie en esta habitación dirá nada más... todos tenemos un fin al cual llegar y los medios no importan. Espero discreción por su parte. – Se detuvo un momento, sin expresar nada en sus facciones marmóreas y congeladas. - A su debido tiempo... todo se sabrá. – Dijo como la advertencia a una promesa poco agradable.
Como el ángel supuso, nadie en la habitación comprendió realmente sus palabras aunque Hermione y los chicos, que permanecían mirándolo, se hicieron una idea. El comité de profesores frunció el ceño.
- Pueden retirarse, entonces... – Aceptó el director con voz profunda. – Harry... ¿Podrías quedarte un momento?
El ángel miró al pelinegro, aunque no necesitaba advertirle nada, él sabía que se había ganado la lealtad de esos cinco muchachos que lo habían acompañado en una larga travesía. El chico lo miró también y asintió despacio dando seguridad de que estaría todo bien.
Adam jaló a la castaña y se dirigió a la salida.
- Kalyo... – El ángel se detuvo a un paso de la puerta de ocre, sin girarse. Cuando el director volvió a hablar, la intensidad de esa simple palabra atravesó el pecho de Adam con fuerza. - ...gracias.
Después, con algo extraño subiéndole por el cuerpo, Adam abandonó la habitación sin decir palabra alguna. A su espalda, los cuatro chicos salieron con apremio.
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- Pueden retirarse... – Indicó el director mientras miraba a Harry fijamente a través de sus lentes de media luna. El chico tomó asiento frente al gran escritorio cubierto de papeles y cosas extrañas mientras escuchaba los murmullos de protesta que Snape le dirigía a su superior.
Notó la mirada de Hagrid sobre él pero no se giró para dedicarle alguna señal que lo reconfortara. Sabía que tenía que hablar con su amigo semi-gigante, seguro estaba aún un poco sentido por lo abandonado que estaba ese trimestre.
Escuchó el chirrido de la puerta al cerrarse y la oficina se sumió en un silencio que segundos después lo incomodó.
Estar en esa oficina sólo aumento su nostalgia ante el pasado, recordó las veces que estuvo ahí descubriendo cosas nuevas y aprendiendo a sobrellevar su futuro. Ahora, contrario a lo que siempre era, el director esperaba respuestas que él no iba a otorgar. No era que no confiara en Dumbledore... pero sentía cierta lealtad hacia Adam que no pensaba romper.
Dumbledore lo miraba como esperando que él hablara, pero sinceramente, Harry no pensaba hacer eso. Si el director deseaba una conversación, tendría que ser él mismo el que la empezara.
Harry entretuvo su atención fijándose en el rostro rejuvenecido de Fawkes. Esa belleza exótica y profunda que poseía el ave fénix del director siempre lograba cautivarlo. Nunca olvidaría la primera vez que lo vio extinguirse en llamas y renacer de sus cenizas como un pequeño bebé.
- Harry... – Comenzó el director con voz serena, esa que de alguna forma lograba tranquilizarte de cualquier manera. – Últimamente no hemos tenido mucho tiempo para hablar, me apena saber que me has estado ocultando cierto tipo de información...
A Harry se le formó un nudo en la garganta. En todo el mundo, después de Hermione y Ron, la persona en la que más confiaba era Dumbledore. Aunque le hubiera mentido -Hermione le había hecho ver que todo el mundo a su alrededor quería protegerlo- Harry sabía que para Dumbledore, su seguridad y la victoria por un mundo mejor eran sus prioridades.
- Profesor... yo n-no...
- Harry, aunque no lo creas... eres muy importante para mí. – Susurró con sinceridad. Harry se removió incómodo en su lugar.
- Lo sé, profesor Dumbledore, siento esto... y-yo...
Se detuvo, incapaz de decir nada más, una punzada de dolor le recorrió la cabeza pero supo esconderlo. Lo miró a los ojos y Harry sólo percibió una resignación muy poco común en su director. Quería llevarse una mano a la cabeza e intentar disipar el dolor, pero no quería demostrar debilidad.
- ¿Sabes una cosa, Harry? Yo también me equivoco... siento haberte ocultado tantas cosas... – Le dijo sin mirarlo. Harry agradeció eso.
- Profesor, Dumbledore... – Se atragantó con sus propias palabras olvidándose de que la cabeza estaba punzándole. Tragó saliva fuertemente y continuó: - Usted es una de las personas en las que más confío... y admiro...
Dumbledore le sonrió con sentimiento y se levantó.
- Espero que no sigas con la tendencia de mentirle al profesorado, Harry, es lo único que te pido... puedes retirarte. – El director le hizo una seña con la mano y lo miró intensamente.
El pelinegro se sorprendió ante esa rápida despedida. Después de todo, Dumbledore no le había exigido respuestas. Simplemente se había disculpado de algo que él pensaba que estaba mal y que había provocado en su estómago un amargo sentimiento de culpabilidad.
Se levantó despacio, se dio media vuelta incapaz de decir nada y abandonó la oficina sin volver la cabeza. Probablemente no hubiera tenido la fuerza para enfrentarlo.
Se sorprendió un poco al ver a sus amigos (y Adam) parados en el pasillo frente a la oficina, aparentemente esperándolo. Le dirigió una mirada interrogante a su mejor amigo y éste sólo se encogió de hombros, tan confundido como él.
Adam se acercó a él con paso tranquilo y elegante, se detuvo a un metro de distancia y lo miró fijamente, sus ojos, de un intenso plateado que esa noche parecían más azules de lo normal, se posaron en él de manera arrogante.
- Cada jueves a partir de las 7:00 p.m. tendrán un entrenamiento especial conmigo. Hermione sabe la localización de la sala adaptada para los ejercicios... – Susurró claramente. No necesitaba subir su tono de voz pues el pasillo oscuro estaba silencioso y tranquilo. – Hermione, encárgate de que el rubito lo sepa. – Hermione asintió escuchando una risita a su lado. Ron se llevó una mano a la boca.
Harry se acomodó la bufanda que llevaba rodeada al cuello, el clima templado aún no los había abandonado y la nieve aún estaba en proceso de fusión en los terrenos del colegio. Miró al ángel con una mueca indescifrable pero asintió. Aún llevaba encima la sensación molesta de su anterior conversación con el director, además, la cabeza le dolía espantosamente y en esos momentos lo único que quería era estar solo.
Hermione lo miró y él estuvo casi seguro de que sabía lo que le pasaba.
- Estoy seguro que no es necesario que se los diga, niños, pero Avalón es un tema que desde este momento queda sepultado en su mente. Un recuerdo pasado que debe ser una experiencia personal. – Advirtió. Nadie dijo nada, pero como el castaño lo había supuesto, sus palabras eran innecesarias.
El ángel le tendió el brazo a Hermione, dando por finalizada su conversación. La chica dudó por un momento, teniendo unas enormes ganas de ir con su mejor amigo y preguntarle que le ocurría. Harry le dio la resolución rápidamente, alejándose del otro lado del pasillo con apremio. Ron cruzó una mirada con ella, intuyendo lo que pasaba y Hermione casi le rogó con los ojos y Ron asintió, tomando el camino por el que su amigo se había marchado. Ginny se despidió de ellos con la mano y una sonrisa impresa en sus dulces labios y se alejó con paso tranquilo y aliviado por el pasillo que habían tomado Harry y su hermano.
Adam la miraba cuando Hermione decidió tomar su brazo. Draco había desaparecido en cuanto el profesor Snape había salido de la oficina. Aún era algo temprano y ella supuso que debía cubrir su castigo con el profesor de pociones. Sintió algo de lástima por él.
- ¿En qué piensas? – Preguntó Adam mirando al frente. Hermione se encogió de hombros.
- Nada interesante, la verdad... – Se detuvo un momento para tomar aire y lo miró. - ¿Por qué has decidido entrenarnos a todos?
- Tus amiguitos tienen agallas... – Aceptó mientras doblaban un pasillo. Hermione apenas apretaba su brazo para caminar a su lado. – Se han ganado mi aprobación. En este momento lo que menos deseo es que alguno de ellos esté indefenso ante una batalla cuerpo a cuerpo.
A Hermione se le delineó una sonrisa en el rostro. Se detuvo y miró a su guardián con expresión risueña.
- Te preocupan. – No era pregunta, era una afirmación.
- Los necesito vivos. – Se indignó él. La castaña rodó los ojos pero no borró su sonrisa, sabía muy dentro de sí que Adam se preocupaba por todos ellos.
Y eso sólo le dio a su humor un brinco alegre.
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*~*~*~*~*~*~*~*~*~*
Como habían quedado, el jueves de esa semana, los cinco chicos se encontraron frente a la puerta que daba a la sala de entrenamientos. Hermione pensó en la contraseña parada frente a la larga y enorme puerta de ocre, e inmediatamente, ésta abrió el cerrojo que la protegía.
Sus amigos miraron la sala con algo de asombro, a pesar de que Hogwarts era enorme y escondía más secretos de los que se pudiesen desenterrar, esa habitación era algo en lo que jamás habían reparado en sus incursiones por el castillo. Hermione pareció notar su incertidumbre, así que se apresuró a aclarar la situación.
- Dumbledore convocó esta sala... es como la sala multi-propósitos. – Explicó con ese tono de sabelotodo al que ya estaban más que acostumbrados. – La única diferencia es que esta sala no te da lo que quieres... más bien crea un fondo de entrenamiento: aparecen armas y te transporta a un lugar desolado para entrenar...
Adam estaba esperándolos en el interior de la habitación. Hermione le sonrió y el ángel le devolvió el gesto con su típica media sonrisa arrogante. La chica ya estaba más que acostumbrada.
- ¿Has traído la espada, niño? – Preguntó al ver a Harry sin nada en las manos.
El pelinegro asintió y removió algo en sus manos, quitó una tela transparente de sus ellas y desenvolvió la Excalibur de entre la capa invisible. Adam asintió satisfecho.
- Pelirrojo, tú y Malfoy entrenaran juntos... – Los miró asentir no tan convencidos y dirigió sus ojos plateados hacia la pequeña pelirroja. – Tú y Hermione entrenaran juntas... Potter, conmigo.
Harry asintió y esperó a que el ángel se desocupara. Lo miró dirigirse a un baúl lleno de equipo medieval y sacar cuatro espadas del interior. Le entregó una a cada uno y les asignó un rincón de la enorme sala.
- Extraño la espada que tenía en Avalón... – Susurró el pelirrojo viendo su simple espada de hoja plateada y recta con doble filo. Ginny y Draco asintieron con acuerdo mirando sus espadas similares.
- Eso es porque las espadas fueron creadas específicamente para ustedes, con sus habilidades y fuerzas... – Le restó importancia el ángel. – Si se portan bien... tal vez las invoque de nuevo en este mundo... – Apuntó como un padre que le promete un dulce a su pequeño hijo de tres años.
Su tono no les gustó a ninguno de los presentas pero lo ignoraron empezando a acostumbrarse a su actitud agria y sarcástica.
Adam avanzó hacia el pelinegro desenvainando su espada lentamente mientras se acercaba. La sala comenzó a dar vueltas a su alrededor, mezclando colores y formas que por un momento los marearon. Cuando el castaño se detuvo a un metro de Harry, la sala a su alrededor tomó la forma de una llanura de tierra seca cubierta de pequeños matorrales secos a pocos metros de distancia. El cielo azul los saludaba sobre sus cabezas y las nubes blancas se mecían entre los pliegues luminosos del sol. El viento arremetió contra ellos desbalanceándolos de manera inmediata. Las hojas crujían entorno a ellos y el viento silbaba a su alrededor, meciéndose unas veces con intensidad, otras como una brisa cálida y húmeda.
Adam siguió mirándolo sin inmutarse por su mirada sorprendida, cautivada por el extraño fenómeno que había presenciado.
- ¿Listo? – Le susurró mientras su voz llegaba a los oídos del pelinegro con un eco intenso y profundo. Harry se quitó su túnica y se desabrochó la camiseta blanca junto a su corbata que no había tenido tiempo de cambiarse, ambas las arrojó al suelo quedándose con su pantalón escolar y una fina camiseta de algodón. Arrojó su varita también al suelo y tomó posición de combate.
- Listo.
Apenas tuvo tiempo de detener el impactó que el ángel lanzó hacia él en un pestañeo efímero. Escuchó instrucciones a su alrededor pero no pudo prestar demasiada atención a ellos. Adam dio un rápido giró y su espada golpeó un costado de su cuerpo, hubo un brillo intenso entorno a ellos dos y cuando Harry abrió los ojos, estaba en el suelo y la Excalibur se encontraba a unos centímetros de su cuerpo.
Harry levantó la vista y miró el brillo burlón de los ojos del ángel. La espada del ángel estaba cubierta de tenues brillos transparentes como si una barrera protegiera su afilada hoja.
- Está cubierta de una defensa plástica... no te hará daño más allá de unos moretones... – Aclaró el ángel al ver su mirada. Harry asintió comprobando que su costado le dolía cuando se levantó y recogió la Excalibur. Suspiró y tomó nuevamente la posición de combate.
- Levanta más la espada, niño... a la altura de tu cabeza, balancea su peso con tu cuerpo... – Indicó mientras se acercaba lentamente. - El lenguaje de tu corazón determinará la manera correcta de esgrimir tu espada. La Excalibur ahora es parte de ti...
Acto seguido, esgrimió su propia espada y arremetió con fuerza contra él. Harry detuvo el ataque colisionando su arma con la suya. Apretó los dientes sintiendo un intenso temblor recorrer su cuerpo. Adam volvió a dar un giro ágil pero esta vez el pelinegro supo detener el ataque moviendo la Excalibur a su costado con rapidez. Adam sonrió.
- Necesitas más que esa agilidad, niño... – Susurró con egocentrismo. Dio otro giró e impactó su hoja contra el otro costado de su cuerpo. Harry se dobló del dolor y cayó de rodillas al suelo. Levantó sus ojos esmeraldas y miró a través de sus gafas el rostro triunfal del castaño.
Por Merlín y Morgana, si ese entrenamiento seguía así, terminaría hecho polvo para el entrenamiento de Quidditch del día siguiente. Se levantó de nuevo y cerró los ojos concentrando su atención en sus sentidos y en su entorno. Despejó su mente de los sonidos secundarios a su alrededor y sintió las pisadas de Adam, cautelosas, sobre la tierra seca.
Abrió los ojos y esta vez él atacó primero. Adam lo detuvo con facilidad, arremetió contra él de nuevo y el castaño apenas y se movió para detener el golpe. Sus espadas comenzaron a arremeter entre ellas, colisionando sus hojas con habilidad, Harry ganaba ventaja porque Adam estaba dejándolo atacar, lo sabía.
Algo pasó en uno de sus golpes, Harry ya no sentía el viento sobre su cuerpo y ya no escuchaba nada más que los movimientos de Adam frente a él. Sintió sus ojos arder, sus gafas explotaron en su rostro y Harry esgrimió una estocada contra el cuerpo del castaño con una fuerza impresionante. Al ángel se le dobló la mano justo cuando se defendió de ese intenso golpe y frunció el ceño.
Una energía ascendió desde la palma de la mano que apretaba la Excalibur hasta llegar a su cabeza y bajar por todo su cuerpo. Harry sintió un dolor agudo y retumbante explotar por sus sentidos y cayó de espaldas soltando la espada al instante.
Adam soltó su espada también, sorprendido por lo que había pasado. La Excalibur había demostrado su poder con increíble dureza. Abrió y cerró la mano sintiéndola débil y flexible de una manera extraña y dolorosa, como si se hubiera quemado la mano por el golpe. Se irguió sin mostrar nada en su gélido rostro y se acercó al cuerpo del pelinegro que estaba tendido en el suelo.
- ¿Estás bien? – Preguntó el ángel con desinterés. Le tendió una mano y se dio cuenta que el chico estaba mareado y confundido, además, no tenía sus gafas. Lo tomó de la camiseta y lo levantó con un movimiento rápido. Miró la Excalibur a un lado pero desvió su atención al sentir como alguien llegaba a su lado.
- ¿Qué sucedió? – Preguntó Hermione con rapidez. Miró el rostro de Harry con preocupación y acunó sus mejillas con las manos. - ¿Estás bien, Harry? ¿Harry? – Murmuró con congoja. - ¿Qué le hiciste, Adam?
El castaño negó con la cabeza limpiándose de culpa. Los pelirrojos y el rubio se acercaron a ellos también. Recogió el marco de los lentes destrozados y se los tendió a Hermione. Ella susurró un hechizo que él no logró comprender y los lentes estuvieron reparados en un instante. Se los colocó al pelinegro con cuidado y le acarició el cabello con ternura y cariño. Adam levantó una ceja.
- ¿Estás bien? – Preguntó la castaña de nuevo en voz baja tratando de sacarlo lentamente de su aturdimiento.
- Sí... – Asintió su amigo. Se retiró las manos de la castaña de su rostro y dio un paso hacia atrás. Se sentía... extraño. Por Merlín, la cabeza le retumbaba horriblemente y el dolor se expandía girando alrededor de su cicatriz.
Hermione lo miró algo herida por su alejamiento pero todo vestigio de ello quedó perdido cuando vio como Harry se llevaba una mano a la cabeza.
- ¿Te duele la cicatriz? – Le preguntó con preocupación. Dio un paso hacia él, pero su amigo se alejó un poco más. Los demás lo miraban con inquisición. Harry negó con la cabeza y se dio la vuelta para tomar la Excalibur entre sus manos. La miró fijamente por un momento, sintiendo una energía poderosa recorrer su cuerpo. Aspiró aire profundamente y lo expulsó en un suspiro largo.
Cuando se giró, Adam lo estaba mirando con intensidad.
- ¿Eh, compañero, estás bien? – Le preguntó Ron a un lado de su hermana. Harry movió la mano restándole importancia al asunto.
- Fue un mal cálculo. – Respondió con toda la convicción que pudo demostrar. Fingió una sonrisa pero supo que Hermione no le había creído. – Estamos perdiendo tiempo, chicos, estoy bien... Adam... ¿Continuamos?
El ángel asintió y levantó su espada que aún continuaba en el suelo.
- Regresen a entrenar... – Ordenó con voz fría. Hermione lo miró, demasiado en contra de dejarlos solos de nuevo.
- No exageres, Adam... – Le advirtió. Miró una vez más a su mejor amigo y siguió los pasos lentos de su pelirroja amiga para continuar con su propio entrenamiento.
- Aunque la espada está creada de fuerza positiva, la energía que utiliza de tu cuerpo es inmensa... – Le dijo con cuidado. – A mí me ocurre lo mismo... – Le dijo señalando su propia arma. – Pero llevo siglos de práctica... y tú no tienes tanto tiempo...
Harry asintió comprendiendo inmediatamente por qué se sentía tan débil.
- No dejes que consuma tu cuerpo... – Le advirtió de nuevo y dejó caer su brazo a su costado. Guardó su espada en la funda y la barrera plástica que envolvía el arma desapareció. – Canaliza tus emociones en la espada... úsala como usas tu varita... No dejes que te envuelva el poder. – Adam se frotó la frente con una mano. - Por hoy dejaré que te vayas... soy un ángel, Potter y sé que en estos momentos estas de todo menos bien. Vete a descansar. El próximo entrenamiento será más intenso que hoy.
Harry asintió agradecido. La cabeza le empezó a dar vueltas y tuvo que cerrar los ojos para tranquilizar el mareo. Sentía la presión enérgica de la espada recorrer todo su cuerpo como si fuesen llamaradas de fuego y se preguntó si podría sobrellevar tanto poder.
Se despidió de Adam con una mano mientras recogía sus cosas y miró una puerta que apareció frente a él en medio de la sala. La atravesó y al momento siguiente estaba en el pasillo vacío del séptimo piso. Se recargó contra la pared y se dejó resbalar contra el suelo dejando caer la espada y sus cosas a su lado. Una punzada de dolor lo atravesó y se llevó la palma de la mano a la cabeza. Presionó la cicatriz con ímpetu y se encajó los dedos en torno a ella.
Por Merlín, qué estaba pasándole.
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*~*~*~*~*~*~*~*~*~*
Hermione no había visto a su amigo por ninguna parte desde la noche anterior cuando Adam le había permitido marcharse. Ron le había dicho que lo había visto dormido y medio vestido en su cama. Pero esa mañana el pelirrojo había argumentado que no había notado cuando se había marchado de la habitación.
Ahora, ella no podía estar más preocupada, había querido hablar con él pues intuía que algo pasaba, pero no lo encontraba por ninguna parte. Faltaba una hora para su clase de Transformaciones y tenía la esperanza de abordarlo antes.
Subió las escaleras que conducían a la habitación de los chicos y entró en la habitación sin tocar la puerta, convencida de que no había nadie.
Algo saltó de una cama y jaló una de las cobijas echándosela encima.
- ¿Qué te crees que estás haciendo, Hermione? – Siseó Dean, asomando la cabeza por encima de las sábanas - Podrías haber visto... algo.
- Dean, no he visto nada. - Dijo Hermione rodando los ojos. - Te lo prometo. Sólo he subido aquí para recoger algo de Harry. Dame cinco minutos y podrás volver a estar desnudo en paz.
Se dirigió hasta la cama de su mejor amigo y rebuscó el mapa del merodeador entre sus cosas. Se sorprendió al ver el poco orden que tenía Harry en su baúl y su escritorio pero no pudo más que susurrar un "hombres" casi inaudible para que el chico semidesnudo que estaba en la habitación no la escuchara. El cual, por cierto, murmuraba cosas sin sentido. Hermione escuchó las palabras "Harry" "Hermione" y "mujeres" entre ellas.
Encontró el mapa debajo de su cama y sonrió triunfal mientras lo introducía en el interior de su túnica. Miró de reojo a su compañero de curso y soltó una risita al ver media cabeza asomada entre las cobijas.
- Ya me voy, Dean... lamentó la interrupción. – Sonrió y cruzó el marco de la puerta en dirección a su sala común.
No fue necesario buscar a Harry en el mapa pues lo encontró sentado en uno de los sillones de la sala. Se veía cansado pero Hermione se percató de que también parecía adolorido. Como Harry no había notado su presencia, el chico dio un respingo cuando ella se sentó a su lado y le acarició el cabello. Sin decirle nada le sonrió y le tomó la mano. Estaba helado.
- ¿Dónde estabas? – Preguntó en un murmullo. Varios estudiantes seguían bajando de sus habitaciones haciendo un poco de ruido pero Harry la escuchó perfectamente.
- Fui a visitar a Hedwig... – Mintió. – Di un paseo en los terrenos con ella... – Bueno, eso no era mentira. Casi.
Hermione lo miró con una ceja levantada. Sabía que le mentía pero no quería presionarlo. Suspiró profundamente.
- ¿Estás bien? Te noté raro ayer... – Le preguntó sin dejar de acariciar su cabello y su rostro. Muy dentro de ella sabía que debía poner alguna barrera física entre ellos. Ella no podía evitar tocarlo y sabía que a Harry le pasaba lo mismo. Tenía una necesidad de darle cariño aunque sólo pudiera hacerlo acariciándole el cabello.
- Estoy bien... creo que el cambio de Avalón me afectó, es puro cansancio. – Le aseguró su amigo con una sonrisa tranquilizadora. Y realmente era parte de la verdad.
- Deberías descansar, entonces... le diré a McGonagall que te sientes mal y le pediré un permiso para que faltes a clases hoy. – Le dijo con una sonrisa. Estuvo a punto de levantarse pero su amigo se lo impidió. Dios, cuantas ganas tenía Harry de abrazarla y dejarse querer un poco. Últimamente había estado dudando de la decisión que había tomado con respecto a su mejor amiga. Su voluntad había empezado a flaquear pero con estos repentinos dolores de cabeza y su cicatriz, además, viendo como se preocupaba por él siendo sólo su mejor amigo, su decisión se reforzó más que ablandarse.
- No, de hecho está bien. Me he cansado de dormir... es más cansancio emocional que físico... – Le aseguró. Hermione no se sintió nada mejor al oír aquello.
- Harry... – Suplicó ella. Harry se deshizo de su mano y se levantó.
- No, Hermione, enserio, estoy bien. – Le sonrió y le tendió su mano para que se levantara del sillón. – Necesito distraer mi mente...
- Está bien. – Aceptó no muy convencida. Recogió sus cosas de una mesa y siguió a su mejor amigo a través del marco de la señora gorda. – Ah, cierto... toma, Harry, iba a usarlo para encontrarte. Espero que no te moleste que lo haya tomado.
- No, está bien. – Le sonrió. Cuando su mano se asió alrededor del mapa, una punzada de dolor le atravesó la cabeza. Soltó un jadeo ahogado pero evitó cerrar los ojos. Hermione lo miró preocupada.
- Harry, tú no estás bien, vamos a la enfermería... – Lo apremió la castaña. Harry aferró el mapa y su mochila y negó.
- Creo que tienes razón... – Pronunció con dificultad. El dolor cada vez era más intenso y temía que su amiga lo mirara tan vulnerable, lo que menos quería era preocuparla. – Iré a descansar... excúsame con los profesores... ¿Sí? – La chica asintió no muy convencida y verlo atravesar el marco de su torre con paso tambaleante no hizo sino aumentar su preocupación.
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Las clases habían transcurrido tranquilas para los alumnos de séptimo curso. Sin embargo, para Hermione, habían sido las seis horas más estresantes de su vida. O algo así.
Tenía dos preocupaciones en la cabeza, una de ellas era su mejor amigo y otra su guardián. A ninguno de los dos los había visto desde esa mañana y, aunque sabía que su guardián sabía cuidarse solo, temía que les hubiera sucedido algo. De Harry ya sabía que algo le pasaba y estaba segura que su guardián no la dejaría sola, ya conocía su paranoia, pero no podía evitar preocuparse. Estaba caminando hacia su sala común cuando se topó con Draco en uno de los pasillos.
Por. Morgana.
Ahí estaba otra preocupación más.
Se mordió el labio con nerviosismo mientras el rubio le sonreía a modo de saludo. En su estancia en la enfermería (cuando disfrutaba de la silenciosa compañía de su guardián) había estado pensando sobre su situación con el rubio detenidamente. Buscó los pros y los contras de alguna posible relación con él y lo único que había logrado era confundirse más.
Sabía que amaba a Harry, eso era algo que su subconsciente y su corazón ya no podían negar. Deseaba estar con él, tocarlo, besarlo, cuidarlo. Pero lo único que lograba con el papel de mejor amiga era lastimarse mientras veía como él se ahogaba en su propia soledad -una que él había buscado, por supuesto-. En esos momentos de guerra, ella necesitaba algo más, necesitaba un apoyo mayor de lo que representaba Kalyo para ella, algo más que sus amigos.
Y Draco le estaba ofreciendo ese sustento en bandeja de plata. No es que quisiera usarlo... pero...
Vivir el momento.
Él lo sabía desde el principio. Por más que quisiera tener esperanzas con Harry, por más que deseara esperarlo, sabía que no podía confiar tan ciegamente en él. Su mejor amigo era cabezota y bruto. Ella necesitaba algo estable en esos momentos y con Harry nada lo era. Ella no aguantaba ver como la tocaba o besaba por mero impulso, con nerviosismo o culpabilidad. No. Necesitaba que lo hiciera sin reparos para que la estabilizara a ella también.
- Granger, a ti era a la que estaba buscando... – La voz soberbia del rubio la trajo de vuelta al pasillo. – Snape al fin me ha quitado el castigo... – Le sonrió. Hermione levantó la mirada y le regresó el gesto.
- Me alegro, era tu pequeño castigo por escaparte del colegio... – Le comentó mientras se acomodaba su mochila al hombro. Comenzaron a caminar hacia el Gran Comedor y la presencia del rubio logró quitarle la preocupación que traía encima.
- Sí, que sea mi tutor no la da derecho a explotarme. – Se quejó con el ceño fruncido. Hermione se rió.
- Lo único que hacías era organizar las pociones de su oficina, Draco, no es para tanto... – Se burló ella.
- Bueno, castigo es castigo. – El rubio se encogió de hombros y ambos siguieron caminando. Faltaban dos pasillos para llegar al comedor cuando Draco la detuvo del brazo.
- Granger, ¿Te has enterado de que de este al otro sábado habrá partido de Quidditch? – Preguntó con una ceja alzada. La miró con una sonrisa traviesa y recargó un brazo contra el concreto de la pared que estaba a su espalda. Hermione, aunque no quedaba apretada contra la pared, sintió su cercanía algo asfixiante. – Slytherin contra Gryffindor.
- Sí, Ron me comentó. – Susurró un poco nerviosa. Sentía que la cara de Draco estaba demasiado cerca de la suya aunque lo más probable fuese que se lo estuviera imaginando.
- ¿Irás? – Preguntó con la voz un tono más bajo.
- S-sí... – Logró articular con dificultad. Merlín, no se estaba imaginando nada, Draco se estaba acercando a ella.
- ¿Me... apoyarás...? – Susurró con la voz acaramelada y seductora. Maldito Malfoy.
- S-sí... – Afirmó aunque para ese momento ya no sabía que estaba diciendo. Draco estaba demasiado cerca, puso su otra mano sobra la pared y la cabeza de Hermione quedó atrapada entre sus brazos. Su respiración se agitó, segura de lo que pasaría si no lo empujaba en ese momento.
- ¿Irías conmigo a Hogsmeade este sábado? – Preguntó con la voz empalagosa, ahora respirando sobre su nariz. Una descarga eléctrica recorrió su espina dorsal y Hermione echó la cabeza hacia atrás hasta topar sus ojos castaños con los suyos grises.
- ¿Que-é? – Preguntó tontamente, incapaz de descifrar lo que Draco le había dicho. El rubio sonrió y pegó su cuerpo hasta aplastarla contra la pared. Hermione soltó su mochila, y sus libros se esparcieron sobre el concreto del suelo. No pudo importarle absolutamente menos.
Que Merlín la amparara, ese hombre la estaba matando.
No pudo pensar mucho en cómo deshacerse de su agarre, no pudo tomar aire y no estaba preparada para eso, pero a Draco no le importó y la besó.
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- ¿Está funcionando? – Preguntó esa voz tétrica y sin vida que poseía Perseus. Voldemort asintió luciendo esa sonrisa macabra que sólo resaltaba su rostro de serpiente.
- Harry Potter no es lo completamente fuerte como para repeler mi dominio mental. – Respondió el Lord Oscuro. – En unos días, estará lo suficientemente trastornado como para preocuparse por otra cosa.
Perseus sonrió enseñando sus dientes afilados cubiertos de un espeso líquido rojizo. Miró desde su sitio el poderoso ejército que se preparaba para una guerra cada vez más próxima. Miró sus manos, largas garras y poderosos músculos que ahora poseía. En ellas apretaba firmemente la imagen de esa niña que para este momento debería estar bajo la tierra, completamente muerta.
Su satisfacción ya casi estaba saciada.
La sangre sería derramada, los cadáveres serían devorados. La muerte y el sufrimiento llenarían el corazón de esa tierra.
Voldemort hizo una mueca de satisfacción, porque él esperaba lo mismo.
Su victoria estaba próxima. Kalyo sería vencido.
Y Perseus pensó, no sin cierto sadismo brillando en sus ojos blancos, que esa inigualable dicha había empezado porque...
... había estado aburrido.
Con ese pensamiento morbosamente placentero, las llamas que envolvían su alrededor se alzaron con tenebrosa energía.
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¡Hola!
Antes que nada, quiero desearle a mi amiga angelito alias Fabiola... un Feliz Cumpleaños, este capítulo está dedicado a ella junto con mis mejores deseos.
Bueno, sé que me he vuelto a retrasar, pero mi inspiración ha estado perdida, se los juro...
Este capítulo no tiene mucha información relevante, pero sí la hay. Al fin, aunque muy poco, han aparecido los malos. Voldemort y Perseus hablaban de un control mental sobre nuestro elegido, Harry estará mal unos cuantos capítulos y existe una situación que lo podrá peor.
Bueno, como verán, el título no fue del todo difícil. El nombre del colegio, donde los nuevos problemas ocurren. Vemos la arrogancia de Adam de una forma más helada y solitaria. No quiere mezclarse con más magos de los que ya se ha relacionado y rechaza cualquier situación o alianza con Dumbledore. Además, el viejo querido sabe más de lo que aparenta y le ha hecho ver a Harry que se preocupa por él.
Veremos más sorpresas y como verán, el próximo capítulo se viene intenso en cuanto a las relaciones de los personajes. Hay partido de Quidditch y veremos que ocurre con Harry y Draco. Ah... y ¡Aparecieron los gemelos!
Bueno, no sé si darles el título del siguiente capítulo, es muy revelador. Bueno, para que vean que no soy mala (además de que les revelo que llevó bastante escrito del siguiente) el próximo capítulo se llama... "Acepto."
Bueno, gente, como siempre muchas gracias por su paciencia, su comprensión y su apoyo. Sin ustedes este fic no sería nada. A todas las personas que dejan comentario, espero verlas pronto por aquí, a los que no, anímense, cualquier duda que tengan... yo estaré encantada de resolverla.
"El lenguaje de tú corazón determinará la manera correcta de esgrimir tu espada." – Paulo Coelho. Esta frase la ha dicho Kalyo por ahí arriba.
¡Saludos Mágicos!
Los quiere, su amiga,
DarkGranger
