Una profecía de los cielos
Draco Dormiens Nunquam Titillandus
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31.-El talismán de Merlín
No te resignes. No traiciones tus creencias. Todos necesitamos aceptación, pero no podemos remar en contra de nosotros mismos. Eso transforma la vida en un infierno.
- ¡No puede ser! – Exclamó Hermione, aún sin creérselo. – He echado todo a perder. – Murmuró contra la almohada de su habitación. Adam la miró, recargado en el marco de la puerta, después, con tranquilidad, se acercó hacia ella. – No pudo creer que le haya dicho eso, no estaba pensando... ¡Merlín! – Ahogó un gritito sobre la cama y suspiró sonoramente.
- Mira, Hermione, no soy nadie para juzgarte, pero creo que sí, has complicado un poco las cosas. – Murmuró el ángel a lo bajo. Hermione no le contestó, en cambio, Adam vio como sus hombros se sacudían en leves temblores. – ¿Castaña?
- N-no quería h-hacerlo. – Sollozó, ahogando sus lágrimas contra la almohada. – D-de v-verdad que no lo q-quería hacer... y-yo no d-deseaba l-lastimarlo.
El ángel tensó la mandíbula, descomponiendo su expresión.
- Hey... – Titubeó, sin saber muy bien qué hacer. – No llores. – Susurró, sabiendo que esa era la única verdad que podía decirle. Hermione levantó su rostro y lo miró. Adam le acarició el rostro con delicadeza y ella se incorporó para abrazarlo. Él no replicó, pasando sus manos por su cintura y dejando que ella descargara su arrepentimiento escondiendo su rostro en su cuello.
- Soy la peor persona del mundo. – Se autocriticó unos segundos después, ya más tranquila. – Si Harry se sentía mal antes, yo sólo lo he empeorado.
- Él estará bien. – Aseguró el castaño, obviando el hecho de que el chico seguía en la enfermería. – No es tu culpa.
- Oh, Adam, eres un mentiroso de lo peor. Pero agradezco tu apoyo. – Le sonrió, separándose brevemente de él. Seguía con los ojos cristalinos, pero parecía mucho más relajada. Adam hizo una mueca y la ignoró.
- Lo que no comprendo es por qué le has dicho eso. – Murmuró al ángel mientras se tensaba de nuevo al sentir que Hermione volvía a esconderse bajo su cuello.
- Por estúpida. – Suspiró ella aspirando brevemente, temiendo estar ensuciando a su guardián con sus lágrimas. – Por no saber idear algo mejor, por no pensar rápido. Tenía los nervios a flor de piel por los vampiros, y las exigencias de Harry desbocaron mi ansiedad. No podía decirle la verdad. Eso sería incluso peor para él.
- Bueno, a decir verdad, decirle aquello ya es bastante malo. – Aclaró él.
- ¿Sabes? Me gustabas más cuando me mentías. – Replicó ella, resentida. Se separó levemente de él y lo miró a los ojos con el ceño ligeramente fruncido. Adam hizo otra mueca. - Él moriría antes de ponerme en peligro, Adam. Y lo que yo quiero hacer es, justamente, ayudarlo. – El castaño suspiró, gesto que había aprendido de ella.
- Eres muy complicada. – Dijo él, rodando los ojos. A decir verdad, él pensaba que el ser humano era complicadísimo.
- Sí. – Aceptó ella mientras se dejaba caer contra la cama, luego comentó, como leyéndole la mente: – Sé que dirás lo mismo de siempre, que soy humana. Pero, para tu mala suerte, también soy mujer.
- Humanos. – Murmuró el ángel con una sonrisa torcida. Se levantó. – Descansa, Hermione, y recuerda que todo lo que haces es por el bien de ese niño. – Recordó, refiriéndose a Harry. – Voy a la enfermería. – El ángel se apartó de ella, listo para salir de la habitación.
- Adam... – Susurró, deteniéndolo de la muñeca. Adam se giró a verla. – Gracias. Hay tantas cosas que te debo...
El castaño negó y le acarició levemente el rostro.
- Descansa. – Después salió, dejándola sola. Minutos después, sin dejarle de dar vueltas al asunto, Hermione cayó en los brazos de Morfeo.
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*~*~*~*~*~*~*~*~*~*
- ¿Cómo te sientes, Harry? – Preguntó, con la voz tranquila y serena.
- Patético. – Respondió él, apretando los dientes y acomodándose los lentes sobre el puente de la nariz.
Albus Dumbledore lo miró fijamente. A unos pasos de ellos, la enfermera preparaba un ungüento para aplicarle en la herida de la cabeza. Todo había sido repentino: el mareo, el dolor y la oscuridad. Harry había visto una figura borrosa en su mente antes de perder el conocimiento y, con terror, se imaginaba la identidad de aquella sombra en su cabeza.
Se había desmayado en las afueras del castillo de Bran y se había dado un buen golpe en la cabeza que lo había dejado mucho más tiempo adormecido.
- Profesor Dumbledore, creo que Voldemort se ha metido a mi cabeza. – Comentó mirando sus manos, inseguro y agitado. El director no dijo nada, animándolo a que continuara. – Lo siento en mi cabeza muy a menudo, queriendo entrar... cuando pierdo el control de mis emociones, ya sea estando verdaderamente enfadado o demasiado deprimido para proteger mi mente, Voldemort está ahí, vigilándome.
- Hoy te hizo perder el conocimiento. – Harry asintió, aunque sabía que aquello no había sido una pregunta. – Bueno, Harry, creo que necesitas unas lecciones de Oclumancia. – Declaró, brindándole una sonrisa tranquilizadora. El pelinegro no dijo nada, pero a pesar de odiar esas lecciones, sabía que lo necesitaba.
Se quedaron en silencio mientras madame Pomfrey le untaba el ungüento en la cabeza. Aquello olía terrible, a Harry le dieron unas tremendas ganas de vomitar, pero se contuvo al ver la mirada reprobatoria que le dirigió la enfermera.
- Empezarás clases conmigo los jueves, después de tu entrenamiento con Adam. – Indicó. El pelinegro no dijo nada pero aceptó con un asentimiento de cabeza. Posiblemente estuviera demasiado cansado después de un entrenamiento físico, pero entendió que Dumbledore lo hacía por un motivo importante: su fuerza mental. Agotado, era propenso a una invasión a su cabeza, así que lo mejor sería comenzar en ese punto.
Además, Dumbledore iba a impartirle clases, y eso, francamente, lo alegraba y aliviaba a partes iguales. No soportaría más clases con Snape. Aunque últimamente el profesor de pociones fuera su última preocupación.
Un chirrido en la puerta principal lo sacó de sus cavilaciones. Él y Dumbledore giraron la cabeza para observar al visitante, y Harry se llevó una sorpresa al ver a Adam de pie a unos metros de su cama.
El ángel inclinó la cabeza con gesto elegante. El pelinegro suspiró profundamente y se llevó una mano a la cabeza, ahí donde la cicatriz se encontraba. No le dolía, pero evocó a su mente aquel dolor que lo atravesó hacía apenas un par de horas.
- Niño. – Lo saludó el ángel. Harry lo miró, ya acostumbrado a aquel sobrenombre. - ¿Mejor? – Preguntó, desinteresado. Harry asintió, aunque, francamente, dudaba que Adam estuviese realmente preocupado en saberlo. – Perfecto, debemos partir en unas horas.
El chico desvió la mirada hacia la ventana, sin decir nada. Sabía que su escala a Hogwarts sólo tenía que haber sido para reportarse con el director, y después de eso, ellos deberían haber partido directamente a buscar a los dragones, pero con su recaída, el retraso había sido de varias horas. Y para ser sinceros, Harry no quería ir a buscar la alianza de los dragones antiguos. No quería ver a Hermione ni a sus amigos de nuevo. Quería quedarse solo, pensativo. Sin embargo, y para su desgracia, sabía que dejarlos arriesgar sus vidas era algo que no se podía permitir.
- Bueno, Adam, debemos dejarlo descansar. Aún está un poco débil por la intrusión a su mente. – Le indicó Dumbledore, poniéndose de pie. Lo miró fijamente. – Además, creo que necesitamos hablar sobre ciertos temas importantes. – Harry, a pesar de estar un poco somnoliento, se imaginó que Adam le debía un reporte de su visita a los vampiros. Le dio un poco de gracia, pero no tenía las fuerzas para sonreír.
Adam asintió con frialdad, y miró a Harry por unos segundos.
- Vendré por ti en dos horas, niño. – Avisó. Sus ojos brillaron, pero Harry no lo vio.
Él asintió, bastante resignado. Después, ellos se marcharon.
Dos horas después, Harry no había podido dormir nada. Quería salir de la enfermería lo antes posible, pero al mismo tiempo, no quería ver a nadie. Se sentía mal, una vez más responsable de la desgracia ajena, de la gente que le importaba. Se horrorizó al percatarse que si los demonios tenían intención de matar a Hermione por ser cercana a él, entonces sus demás amigos no correrían con mejor suerte.
Entendió, en ese momento, el por qué de la actitud protectora y compasiva que mostraba Adam con su mejor amiga. Alguna vez pensó que el castaño sentía algo fuerte por Hermione, pero en ese momento comprendió que ella era su única razón de estar en la tierra, convirtiéndose en su única y verdadera familia. Eso, por un lado, lo alivió. Él sabía que Adam la cuidaría, y lo haría mejor que él.
Cerró los ojos, tratando de pensar en otra cosa, pero sin duda era imposible. Alguien entró a la enfermería, haciéndolo saltar en su lugar.
Giró el rostro, todavía sobresaltado, dispuesto a ver a Adam atravesar la puerta, pero se tensó visiblemente al ver a Hermione entrando con timidez a la enfermería.
Se miraron a los ojos, visiblemente incómodos. Hermione lucía cansada y tenía unas ojeras oscuras bajo los ojos. Harry pensó, con cierta ironía, que él debía lucir peor.
La castaña se acercó hasta estar a su lado y dejó ropa -en la cual, Harry no había reparado- en la mesita de noche que estaba a un lado de su cama. Se sentó en la silla que antes había ocupado Dumbledore y retorció sus manos en su regazo antes de hablar.
- ¿Cómo te sientes? – Preguntó, con la voz temblorosa.
Espantosamente culpable, quiso decir. Pero sólo atinó a murmurar un leve "bien" que le salió en un hilo de voz.
Hermione titubeó un poco.
- Te traje ropa para que te cambies. – Murmuró ella de vuelta. Parecía algo nerviosa, y terriblemente culpable. – Adam me pidió que viniera por ti. Todos están reunidos en el despacho del director. – Informó en tono bajo. Harry levantó una ceja, confundido por aquello.
- ¿Sólo esperan por... nosotros? – Preguntó él, inseguro. Ella asintió con la cabeza.
El pelinegro se incorporó, ignorando el pequeño dolor que le cruzó la cabeza. Se sentó al borde de la cama y tomó la ropa. Miró a Hermione.
Ella no le había quitado la vista de encima y al cruzarse con sus ojos verdes, se sonrojó. Después, Hermione también se levantó y le dio la espalda, simulando estar interesada en las pociones que estaban a un lado de su cama. Harry pensó que para él eso no era suficiente intimidad como para ponerse la ropa, pero entendió que Hermione no iba a ir mucho más lejos.
Se vistió deprisa, aunque se atoró con sus pantalones con torpeza. Cuando ella se giró para verlo, él ya se estaba abrochando los tenis con apremio y vergüenza.
Hermione se acercó a él de nuevo y le acomodó las solapas de la camiseta que llevaba puesta. Se mordió el labio inferior e inclinó la cabeza hacia atrás para mirarlo.
- Harry... – Susurró. Su cálido aliento le golpeó el rostro, y por un momento, el pelinegro se perdió en sus suaves labios. El chico tragó saliva. – Sobre lo que dije antes...
Eso lo trajo a la realidad como un balde de agua fría sobre su tembloroso cuerpo. Se separó de ella unos pasos y deslizó una mano por su cabello, despeinándolo más de lo que siempre estaba.
- Tienes que saber algo antes de ponerte depresivo, Harry, antes de culparte por eso también. – Aclaró la castaña dando un paso hacia él. El chico negó, retirándose de ella por el mero hecho de sentir que su cercanía le hacía daño. Hermione suspiró al ver su rechazo. – Harry...
- No. No quiero saber nada más. – Dijo entre dientes, tembloroso.
Hermione fue un poco más rápida y le tomó la camiseta con ambas manos, aferrándose a su cuerpo. Lo miró a los ojos, pero Harry huyó de su mirada.
Ella levantó sus brazos y le tomó el rostro con ambas manos, obligándolo a que la mirase.
- ¡Mírame! – Exclamó. – No puedes hacernos esto. – Murmuró. – No es justo para ninguno de los dos. Yo y todos los que estamos a tu alrededor somos blanco fácil para el enemigo, tienes que entender eso.
- Sería más fácil si no me conocieran. – Susurró con resentimiento.
- ¡No digas eso! Pareces no entender la situación, Harry, a pesar de que he tratado de explicártela en varias ocasiones. – Exclamó de nuevo, frustrada. – Tienes que entender que no importa si tengo o no tengo a un ángel guardián protegiéndome. Te quiero, idiota, eres mi mejor amigo e iré al fin del mundo si necesitas mi ayuda.
A Harry se le ensombreció el rostro, y Hermione se sintió demasiado mal al verlo. Recargó su frente en su pecho y le rodeó la cintura con los brazos. Él no le regresó el gesto, y estaba demasiado tenso como para que Hermione pudiera pensar que eso era buena señal.
- Pero además de eso... tienes que entender que no eres el único que quiere luchar por un mundo mejor. – Susurró, aferrándose a él con mayor fuerza. – Yo también quiero ver caer a Voldemort, yo también quiero paz y tranquilidad. Y, sobretodo, yo quiero verte feliz. – Harry apretó los dientes, aún sin abrazarla. La ironía del momento le dolía, pues ella era lo único que necesitaba para ser feliz, y, sin embargo, a pesar de estar tan cerca, él sabía que ya la tenía demasiado lejos de su alcance. – Y tienes que entender, Harry... que eso significa que pelearé en esta guerra hasta el final. Con o sin tú aprobación. Tú... tú tienes que vivir de una vez. – Susurró, sabiendo que esas palabras le habían dolido a ella mucho más de lo que él se imaginaba.
Pero para él, eso último había sido peor que un puñetazo en el estómago. Se separó de ella, aún sin mirarla, y reprimió el dolor, controlando su cabeza para no perder el control de ella.
- Está bien. – Respondió Harry, con tono de voz extraño, recogió a Excalibur que había permanecido recargada contra el buró, y se dirigió a la salida. – Ahora hay algo más grande que nuestros problemas personales, y será mejor atenderlos. Quiero renunciar a esto de sentir, pues comparado con Voldemort, es una banalidad. – Sin más, abandonó la enfermería.
Hermione reprimió todo el dolor que sintió cerrando los ojos. Una profecía me une a ti, Harry, una profecía que me dicta un destino más peligroso de lo que te imaginas. Pero no puedo decirlo porque sé que me apartarías definitivamente de tu lado, quiso gritarle. Pero no podía, porque a pesar de todo, él tenía que entender que ella pelearía costara lo que costara. Porque ella, al igual que sus amigos, buscaban una liberación para el futuro, y él no podía negarles aquel derecho. Aquella decisión había sido tomada, y ella no cambiaría de parecer.
Alguien la envolvió en sus brazos, y ella no tuvo la necesidad de abrir los ojos para saber de quién se trataba. Porque nunca podría olvidar quién era su puente a la realidad.
No le preguntó porque estaba ahí, pues se lo imaginaba. Draco estaba preocupado por ella, pues había sabido, desde que se separaron unos pasillos antes de llegar al despacho de Dumbledore, que ella había ido a hablar con su mejor amigo.
Ella lo abrazó, sintiéndose impotente por no poder amarlo como él se merecía, por no poder devolverle todo el cariño y confianza que el rubio depositaba en ella. Levantó la cabeza y lo besó con fuerza, fundiéndose en su abrazo y desgarrándose el corazón al pensar que hubiera deseado estar con otra persona. Abrió la boca e intensificó el contacto, queriendo alejar el dolor de su corazón y de su alma. Unos minutos después, Draco se separó de ella, besándole el cuello y aspirando su aroma, aquel que lo volvía loco.
- Te quiero, Draco, no te imaginas cuánto. – Susurró la castaña sin dejar de abrazarlo, porque a pesar de todo, aquello que decía no era mentira. Y sin embargo, Draco supo entender la amargura de su voz, y entendió, con cierta tristeza, que aún le faltaba un largo tramo antes de que ella -lo único que alguna vez había amado además de su madre- fuera completamente suya.
Porque había visto el dolor en los ojos de Harry Potter, y ahora lo veía en los ojos de ella.
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Adam esperaba a las tres personas faltantes con impaciencia. Se mantenía serio, recargado contra la pared a un lado de la gárgola que conducía escaleras arriba hacía el despacho del director. Escuchó el murmullo suave de pisadas acercándose y giró su rostro ensombrecido por la oscuridad de la noche, para mirar a la persona que se acercaba con paso acelerado. El ángel levantó el mentón, arrogante, al percatarse de quién se trataba.
Harry lo miró con dureza y se detuvo frente a él. Ninguno habló por largos segundos, y la tensión podía sentirse en el ambiente.
- ¿Por qué tienen que ir todos a esta misión? – Preguntó el chico, rompiendo el silencio con voz cubierta de amargura. – Podemos ir sólo tú y yo.
- No. – Respondió el ángel, mirándolo con sus ojos fríos y duros. Se separó de la pared con lentitud y se incorporó sobre toda su altura con altivez. Entendía el enojo e impotencia que sentía el pelinegro, pero no estaba dispuesto a mostrar compasión por una persona que debía mostrar fortaleza.
- ¿Por qué no? ¿Qué más da? – Preguntó de nuevo el chico, con rudeza.
- Los dragones, al igual que los vampiros, respetan y admiran los lazos armónicos formados entre las demás especies que rigen el universo. Tal vez con los vampiros queríamos mostrar cierta unión o poder, sin embargo, con los dragones tenemos que mostrar el esplendor y poder de los lazos sentimentales. Ellos lo sienten, y aunque sea una ventaja pequeña, eso nos ayuda a ganar su confianza. – Explicó con lentitud, arrastrando las palabras con frialdad. Harry apretó la mandíbula, asintiendo con aversión.
Adam iba a preguntar dónde se encontraba Hermione, pero se detuvo al ver dos sombras acercándose con paso lento y pesado. Harry los miró de reojo, se acomodó la espada en la cintura y se dirigió hacía la gárgola en forma de grifo sin decir nada. Adam lo miró, frunciendo el ceño y preguntándose qué había ocurrido.
Hermione llegó hasta él y le tocó el brazo para llamar su atención. El ángel la miró, y tensó la mandíbula al ver un dolor agónico enterrado en sus ojos ámbar.
Levantó la mano, sintiéndola temblar, y le acarició la mejilla con ternura, harto de tener que frenar sus emociones con ella.
El ángel no necesitó preguntar nada, pues Hermione le echó los brazos al cuello y lo abrazó, el cuerpo temblándole levemente. Ella suspiró tras unos segundos sin que ninguno de los dos dijera nada y se separó de él para mirar sus ojos plateados que le transmitían tantas emociones.
- Estoy bien. – Mintió ella, y por el movimiento que Draco hizo a su espalda y la mirada fría que su guardián portaba, supo que ninguno de los dos le había creído. Y sin embargo, agradeció que no comentaran nada.
Draco le rodeó la cintura de nuevo y, ambos, siguieron al castaño a través de las escaleras que los condujeron hacia el despacho del director.
Una vez adentro, mirando a sus amigos, al director y a los dos ángeles, y obviando el ambiente tenso, Hermione se fijó que Harry permanecía un poco más alejado que los demás, su expresión estaba seria y endurecida, pero fue el dolor en sus ojos lo que terminó partiendo completamente su corazón. Draco la apretó contra su cuerpo, y ella lo agradeció infinitamente. La voz de su guardián la sacó de sus tribulaciones.
- Ahora, después del éxito en la alianza contra los vampiros, partiremos hacia el dominio de los dragones antiguos. Aquellas criaturas que prevalecen con la inteligencia y sagacidad de antaño. – Comenzó, mirándolos a todos con expresión seria. - Está odisea es mucho más conflictiva que la de Transilvania, por lo que pido fortaleza y cooperación. Los dragones, aquellas criaturas antiguas que no se han dejado ver por miles de años, nos brindan una oportunidad para encontrarlos, y, por supuesto, no la podemos desaprovechar.
Hadar y Ryan sonrieron, reconociendo aquel tono de liderazgo que portaba Kalyo antes de alguna proeza importante.
- Hace milenios, en gratitud a la amistad que sostuvieron con Merlín, los dragones crearon su última gran hazaña por la humanidad. – Explicó, dando pequeños y elegantes pasos por la habitación. Adam se detuvo hasta quedar frente a Draco y Hermione, y levantó una mano hacia el rubio.
El chico reculó de inmediato, mirándolo con desconfianza. Adam le regresó la mirada gélida y lo tomó de la camiseta con una rapidez superior. Hermione, a su lado, se sobresaltó, e inmediatamente, puso una mano sobre el brazo de su guardián, deteniendo sus acciones con gesto preocupado.
- ¿Qué estás haciendo? – Preguntó ella, con la voz temblorosa.
Draco miraba al ángel con desasosiego, apretando la mandíbula con fuerza y sintiendo ansiedad mientras forcejeaba contra su agarre. A su alrededor, Ron, Harry y Neville se acercaron a ellos con cautela. En cambio, Dumbledore y los dos ángeles permanecían con expresión serena.
- Tranquila, Hermione. – Murmuró Adam, desabrochando los primeros botones de la camiseta negra que Draco vestía. El rubio se removió, nervioso por lo que estaba pasando, pero Adam le superaba en fuerza. Hermione le acarició el cuello a su novio, confiando completamente en la palabra de su guardián, y el rubio dejó de forcejear para mirarla.
- Dejaron... – Continuó el ángel, rodeando la cadena que Draco tenía colgando del cuello. – Un collar. – Dijo y jaló la cadena para desprenderla de su amarradura. El rubio soltó una exclamación de dolor, y Hermione fulminó a su guardián con la mirada. Adam levantó el collar frente a sus ojos y sonrió con arrogancia, ignorando lo que había pasado. – Un collar al que llamaron: El Talismán de Merlín.
Hermione abrió los ojos con sorpresa, y por un minuto, se quedó sin respiración.
Los presentes se quedaron en silencio, no terminando de entender completamente aquel término. Draco lo miró con furia y dio un paso al frente.
- Ese collar ha pertenecido a mi familia por décadas. – Siseó el rubio con enfado. – Sé que es una reliquia, pero no hay nada mágico en ese diamante. – Adam le sonrió con burla.
- Desde la primera vez que te vi, rubito, supe que este collar era, lo que por siglos, la humanidad ha peleado por conseguir. – Pronunció, despacio y altivo. – Zeles Hellsing, mi padre, dejó bajo mi poder un diario que describe los secretos más recónditos del planeta tierra. Este collar es uno de ellos.
- ¡Eso es ridículo! Mi padre me hubiera informado de eso. – Rugió con el entrecejo fruncido. Hermione le tomó el brazo al ver que el chico avanzaba otro paso.
- Dudo, Draco Malfoy, que tu familia entendiera el significado de la magia antigua que habita el aura del talismán. – Levantó el collar, y por primera vez, los presentes pudieron apreciarlo en todo su esplendor.
Era de tamaño mediano. En el centro había un diamante azul platinado en forma circular, bordeado con un dragón verde amenazador y majestuoso, que parecía tallado a mano. La cadena era gruesa, y por la composición, el collar debía pesar lo suficiente como para molestar el cuello del propietario.
Draco apretó los dientes, entrecerrando los ojos con desprecio. Intentó alcanzar de nuevo su collar, pero Adam lo retiró de su alcance.
- Esto ya no te pertenece, rubio. – Informó. Hermione se puso delante de su novio y lo detuvo poniéndole las manos sobre el pecho. Lo miró con una mueca y agitó la cabeza de un lado a otro.
- Escuchemos lo que tiene que decir... – Murmuró sólo para él. Draco la miró, y con resignación, asintió con la cabeza y relajó su cuerpo. – Puedes continuar. – Dijo ella, dirigiéndose está vez a Adam. El ángel asintió, sin borrar su mueca de superioridad.
- Dudo, Draco Malfoy, que tu familia (aunque supiera sobre su valor), conociera el conjuro para utilizarlo. – Explicó despacio y calmado. El rubio apretó un puño. - Cuenta la leyenda que Merlín utilizó este talismán para liberar a dos Dragones enfrentados que vivían bajo las Dinas Emrys (bajo el castillo del rey Vortigueru) en Gales, uno era blanco y uno rojo. En ese momento, viendo la bondad y entrega que profesaba Merlín, los dragones depositaron su confianza en él. Este Talismán es la llave para encontrar la locación de los dragones. – Aclaró, por si no se había explicado. – Este talismán, además, nos brinda un deseo.
- ¡Por Morgana! ¿Podemos pedir que destruyan a Voldemort? – Preguntó Ron, esperanzado. Los demás deseaban que así fuera, pero sólo Hermione frunció el ceño.
- ¿Pero eso es imposible, no? - Preguntó ella, con un deje de curiosidad.
- Ciertamente. – Corroboró el ángel. Los presentes suspiraron con frustración. – No está en las manos de los dragones terminar con Voldemort. Pero podemos pedir una audiencia con ellos.
Harry entendió de inmediato hacia dónde iba. Nadie, según había explicado el ángel, había encontrado el refugio de los dragones antiguos. Y si alguien lo había hecho, podría ser que jamás hubiese regresado vivo. Pero con el talismán, ellos podrían hacerlo.
- ¿Sabes el conjuro? – Preguntó Harry, cruzado de brazos. Adam lo miró de manera burlona.
- Por supuesto, niño. Si no, no estuviéramos aquí. – Murmuró con ironía. – Pero tenemos que salir de este lugar pues el talismán no trabaja solo. Un dragón se presenta frente a nosotros para recoger el talismán y recrear el acertijo para proveer el deseo. – Aclaró y cogió la bota que les había servido anteriormente como traslador. - Hace unas horas tuvimos que desviar nuestro camino, pero es hora de irnos. – Dijo, mirando al pelinegro de reojo. – Toquen la bota.
- ¿A dónde iremos? – Preguntó Hermione, algo insegura. Aún así, tocó el harapo viejo con la mano.
- A cualquier lugar aislado. – Aclaró el ángel. Varias manos tomaron la bota, y cuando se aseguró que todos estuvieran tocándola, asintió. Dumbledore movió la mano, sin pronunciar palabra, y el traslador inició su viaje.
De nuevo, mareada por los diversos colores a su alrededor, Hermione se quedó sin aire al golpear su espalda contra el húmedo pasto del suelo. Al instante, una mano estuvo a su altura, y aunque ella estaba algo confundida por el vértigo como para aceptar la ayuda, su guardián la incorporó con delicadeza.
- ¿Estás bien? – Preguntó él, sacudiéndole las ramitas de la ropa como si fuera una niña pequeña. Hermione asintió, todavía confundida.
- ¿Dónde estamos? – Preguntó la castaña, ya recuperada. Miró a sus amigos, y se veían tan confundidos como ella.
El lugar a su alrededor, ciertamente, parecía desolado. A pesar de algunos árboles y arbustos, todo a su alrededor estaba desierto. Era de noche, y el cielo se les presentaba con esplendor, cubierto completamente de hermosas estrellas que brillaban con intensidad. El cuarto menguante de la luna los iluminaba con elegancia y la fría brisa les mecía la ropa con delicadeza.
- ¿Ciertamente? No lo sé. – Contestó Adam, sin mirarla. Hadar y Ryan ya lo flanqueaban. Hermione pensó que, francamente, ellos parecían sus guardaespaldas. – Y no importa. – Aclaró. - Conjuraré el hechizo. – Advirtió en voz alta, los demás se acercaron a él con cautela.
- Oye, ángel, ¿crees que los dragones se dejen tomar fotografías? - Preguntó Luna, repentinamente. Adam no estuvo muy seguro de qué contestar, distraído de lo que había estado haciendo. - ¿Y qué hay de los Plimpes? ¿Existen en su mundo? ¡Oh, Merlín, me encantaría ver uno!
- Ah, no lo sé. – Respondió él, con sinceridad. Sacudió un poco la cabeza y regresó su mirada al talismán que aferraba con su mano. Hermione se rió de él.
- Bueno, mi señor, ¿dirás el conjuro? – Preguntó Hadar, con voz seria y armoniosa. Hermione se sorprendió, y pensó que no fue la única, cuando reconoció el significado de ese "mi señor". Adam no se inmutó, y le asintió al otro ángel.
El castaño levantó el talismán a lo alto de su cabeza, sin dejar de observarlo fijamente.
- Cuando aparezca el dragón, inclínense ante él. – Indicó, pero parecía algo receloso ante aquello. Sacó el diario de su padre de un bolsillo de su largo abrigo blanco y lo abrió. Entonces, leyó en voz alta y clara:
Siete vidas tiene el gato.
Siete lunas tiene la semana.
Siete estrellas he contado
desde mis siete ventanas.
Siete conjuros diré
en mis siete habitaciones,
y al oírlos siete veces
¡Acudirán los Dragones!
Adam lo releyó seis veces más, y cuando todos pensaban que no iba a ocurrir nada, algo extraño llenó el ambiente. Pequeñas esferas plateadas se materializaron frente a sus ojos, uniéndose unas con otras a una velocidad increíble. Los siete humanos se echaron para atrás, alejándose del extraño fenómeno. Adam, con sus dos guerreros a sus flancos, se mantuvo con expresión tranquila mientras regresaba el diario de su padre de vuelta a su abrigo.
- Tranquilos. – Murmuró el castaño al notar el nerviosismo de los presentes.
Las esferas plateadas, que formaban colores antes los rápidos movimientos, comenzaron a tomar la forma de una criatura de enorme complexión. Un dragón, enorme y poderoso, se materializó después de unos segundos. Hermione pensó, en ese momento, que jamás en su vida –ni recordando a los dragones del Torneo de los Tres Magos-, había visto algo tan majestuoso.
El dragón debía medir con facilidad unos cinco metros de alto y unos siete de largo, además de su enorme cola puntiaguda y escamosa. Era de un color blanco brillante, resplandeciendo de diferentes tonos de plateado y morado, y tenía dos enormes alas flexionadas en su dorso, huesudas y finas. Una serie de cuernos puntiagudos cubría desde su cabeza hasta la punta de su cola, y su cuerpo estaba cubierto de depresiones y elevaciones que formaban los contornos de sus escamas. Su cabeza, de naturaleza arrogante, tenía toda clase de cuernos contorneándola, enmarcando su rostro amenazador. Sus ojos, azules y profundos, los miraban con cierta altivez y majestuosidad.
Los tres ángeles inclinaron la mitad de su cuerpo ante la poderosa criatura que estaba frente a ellos, y Harry, Hermione y los demás chicos, aunque algo confundidos, imitaron su acción con cierta torpeza.
- ¿Quién ha osado invocar la presencia del guardián del talismán?
Los tres ángeles fueron los únicos que no se sobresaltaron con la repentina pregunta que cruzó por sus cabezas. Hermione tragó saliva, entendiendo que ese dragón se comunicaba con telepatía.
Poco a poco, los presentes se irguieron, retomando su posición vertical. Adam dio un paso enfrente, comunicando con su acción que él era la cabeza del grupo.
- Mi nombre es Kalyo Hellsing. – Se presentó con elegancia. – Mis guerreros, Hadar y Ryan. Mis acompañantes humanos, – Los señaló. – Hermione Granger, Harry Potter, Draco Malfoy, Luna Lovegood, Ronald y Ginebra Weasley, y Neville Longbottom.
El dragón detuvo su profunda mirada en Harry por unos segundos. Después, con gesto sumamente tranquilo, inclinó su largo cuello ante ellos, regresándoles la señal de respeto.
- Tres ángeles y siete humanos. ¿Qué desean de mí? – Era extraño escuchar una voz en tu cabeza, viajando por tu mente y atravesando la de los demás. Su voz era indefinible, un suceso hipnótico y maravilloso.
El castaño dio un nuevo paso al frente y le extendió el talismán.
- He venido a reclamar la recompensa por traer el Talismán de Merlín de regreso a su guardián. – Habló, claro y calmado. Al dragón le brillaron los ojos.
El talismán se escurrió entre los dedos del castaño, aunque éste trató de evitarlo. Adam chistó pero no se movió de su lugar luego de que el talismán volara en dirección al dragón.
El talismán quedó suspendido a unos centímetros de distancia del rostro de la criatura, quien lo miraba con admiración.
- Hace años que no lo miraba. – Se disculpó por el abrupto movimiento. Hermione pensó que esa criatura no era tan amenazante después de todo. Si mal no recordaba, los dragones blancos eran los más armoniosos entre las especies de dragones. – Mi nombre es Al'Akir, señor del viento y el tiempo, y yo seré el que conceda su deseo esta noche.
Adam lo miró fijamente, levantando las comisuras de sus labios en una sonrisa triunfal.
- ¿Han decidido el deseo? - Preguntó el dragón, apremiante. El castaño ángel asintió lentamente, y parecía sopesar las palabras antes de pronunciarlas.
- Quiero... queremos... – Se corrigió de inmediato. – Una audiencia con el señor dragón. – Pronunció, despacio y calmado.
El dragón se irguió inmediatamente. Su largo cuello ascendió su altura total, y los miró con sus ojos azules relampagueando de incredulidad.
- Eso es imposible. – Su voz sonaba francamente fúnebre. Y la pequeña esperanza que Hermione conservaba, empezó a desintegrarse con desilusión.
- No lo es, tú y yo lo sabemos, dragón. – Corrigió Adam, fríamente. – Si el deseo está en tus manos, te ves en la obligación de cumplirlo. Te he entregado el talismán, ahora reclamo mi deseo. – Un gruñido gutural escapó con fiereza de la garganta de la criatura. Y, a decir verdad, a Hermione tampoco le había gustado mucho la voz arrogante que su guardián había utilizado para exigir el cumplimiento del acuerdo. – Tienes un código de honor con Merlín, Al'Akir.
Hermione no entendió muy bien aquel término, pero supo que era importante al ver como el dragón apartaba la vista de ellos por unos momentos. Cuando se volvió hacia ellos, parecía derrotado, pero tremendamente furioso por ello.
- Cumpliré tu deseo, ángel. Como has dicho, el pacto con Merlín es inquebrantable. – Gruñó. Serviremos a aquél que regrese el talismán al reino sagrado. – Recitó con cierta amargura. – Sin embargo... – A Hermione casi le pareció ver que sonreía. – Conoces las reglas, descifra el acertijo y el deseo será tuyo. – Recordó, maliciosamente. Hermione apretó los labios, pensando que esto se estaba poniendo un poco tenso.
- Lo haré,Al'Akir. ¿Dónde está? – Preguntó, obviamente refiriéndose al acertijo. Hermione sabía, si mal no recordaba, que a los dragones eso de las adivinanzas y la lectura de las runas antiguas siempre les había fascinado... era algo así como su pasatiempo favorito.
Ella dio un respingo cuando sintió una corriente de brisa golpear contra su rostro. Draco la abrazó por detrás y friccionó sus manos contra sus brazos para calentarla. Antes de que pudiera darle las gracias, por lo menos con una sonrisa, una serie de letras se materializaron frente a sus ojos. Suspendidas entre ellos y la majestuosa criatura, las letras doradas brillaban con un aura extremadamente extraña. Y Hermione comprendió, al mirar la concentración implacable del dragón, que aquella sólo era una pequeñísima muestra de su poder e inteligencia.
- Eso está escrito en runas antiguas. – Terció Harry. La castaña apenas y lo escuchó, estaba tan maravillada por la extraña magia que los rodeaba, que apenas y se daba cuenta de las cosas.
Una de ellas, por ejemplo, era la graciosa, pero preocupante, expresión que descomponía el rostro de Adam en esos momentos. Ryan y Hadar miraron los símbolos con una mueca de incredulidad.
- ¿Qué rayos es eso? – Preguntó Hadar con tono bajo. Harry, sin embargo, lo escuchó perfectamente. – No puedo entender nada.
- Son runas. – Explicó Harry, bastante extrañado por aquello.
- No es eso, niño. No podemos definir el significado. – Expresó el castaño, airado. – No puedo leerlo.
Hermione salió de su estupor. Supo, inmediatamente, que todos sus amigos habían volteado a ver a Adam ante tal declaración.
- Pensé que podías leer runas... – Murmuró ella, recordando sus clases en el colegio. Adam siempre la ayudaba con runas.
- Claro que puedo... – Terció con enfado. – Pero en estos momentos algo restringe su significado de mí. – Apretó las mandíbulas con fuerza y se giró para mirar a la imponente figura del dragón.
- Es una prueba para humanos, Kalyo, y lo deberías haber sospechado desde el principio. No puedes intervenir, mi magia te lo impide. – Explicó con calma. Las letras se movían en el aire, suspendidas a pocos centímetros de ellos. – Tienes diez minutos para descifrarlo.
Adam parecía demasiado furioso, pero se giró hacia ellos con apremio. Sus labios estaban apretados, y, al parecer, se sentía demasiado ofendido por depender de unos cuantos humanos inservibles. Según él.
- Esto es un reto para ellos, una diversión. – Murmuró el ángel, fríamente. – Son runas antiguas, y ¡Dios!, humanos, tienen que saber descifrarlas. – Harry y Ron se estremecieron. Runas, ay, ay, ay. Adam dirigió su gélida mirada hacia Hermione. - ¿Podrías...?
Ella se mordió los labios, pero soltándose del agarre de Draco, asintió y dio unos cuantos pasos al frente. Luna se le acercó con gracia.
La castaña la miró de reojo, algo intrigada.
- Soy buena para los acertijos. – Aclaró ella, y se encogió de hombros. Hermione hizo una mueca, pensando si aquello era o no real.
Se concentró en el escrito mientras se retorcía las manos, sentía la mirada de todos sobre su espalda y los nervios la carcomían hasta el punto de no dejarla concentrarse. Exhaló aire con dificultad y lo expulsó por entre sus labios con nerviosismo.
Tras unos segundos de mirar las runas suspendidas, negó con la cabeza de manera nerviosa.
- No comprendo este símbolo. – Murmuró con cierta desilusión mientras señalaba un símbolo extraño. Adam, por supuesto, no podía descifrar la mancha borrosa que Hermione señalaba, y eso sólo consiguió atormentarlo de verdad.
Draco se acercó hacia Hermione y miró sobre su hombro, después hizo una mueca.
- Maldición... – Murmuró por lo bajo. – Eso está complicadísimo.
- Yo no entiendo runas. – Aclaró la rubia mientras se giraba a ver a su novio y a Harry. Ron suspiró, resignado. – Deseché la idea de tomarlas el año pasado. – Se encogió de hombros. Adam empezaba a impacientarse.
El dragón a su lado permanecía impasible, aunque una sonrisa triunfal atisbaba con aparecer en su escamoso hocico.
El ángel se apretó el puente de la nariz.
- Tenle fe a la raza humana, Kalyo. – Susurró Ryan a su lado. – Esa es la idea de la prueba.
Adam lo sabía, pero era muy difícil para él hacerlo. Aún así, se concentró.
- Creo que dice frío y cálido en la lengua antigua. Aunque no estoy muy seguro de lo demás... – Murmuró Neville, apenas haciéndose notar entre el nerviosismo de todos. Hermione lo miró con sorpresa. – Mi abuela me obligaba a leer runas cuando era pequeño. – Se excusó, avergonzado por la repentina atención. Ginny le dio un golpecito amigable en el hombro.
- ¡Claro, Neville! – Exclamó Hermione con una sonrisa sincera. – Estoy tan nerviosa que no puedo pensar correctamente. Estaba confundiendo esta runa con la moderna. – Señaló algo, pero estaba tan emocionada que realmente nadie pudo entender cuál había sido su error. Se aclaró la garganta antes de leer:
Es de color de la sangre,
Es frío y es cálido,
Es blanco y es oscuro,
Es piedra y es cera,
Pero su verdadera naturaleza es la carne.
Adam quiso dar la respuesta de manera inmediata, pero se dio cuenta de que no podía pronunciar palabra. Gruñó fuertemente, entendiendo que la magia no le permitía ayudar en ningún sentido.
- Esto no rima. – Aclaró Ron, frunciendo el entrecejo. Ginny y Luna soltaron una risita.
- Esta en runas antiguas, Ron, un lenguaje dragonico que no se supone tenga que rimar para ti. – Aclaró la castaña, distraídamente. Seguía mirando los extraños símbolos con concentración. - ¡Merlín! Estoy hecha un manojo de nervios. – Suspiró. Draco le besó le nuca en gesto tranquilizador.
- Relájate. – Susurró Harry, aunque estaba mirando al dragón. La criatura también lo miraba con intensidad. Sus ojos azules y profundos le estremecieron el cuerpo.
- Dos minutos. – Presionó la criatura, regocijándose de una victoria que parecía estar a punto de obtener.
- ¡Ah, vaya! – Exclamó Luna, mirando a Hermione fijamente. – Tú, de hecho, se supone que no puedes saber este acertijo. – Hermione la miró, confundida. – Está escrito en un viejo libro de Rowena Ravenclaw. Sólo disponible para los de mi casa. – Hermione apretó los labios, y todos descifraron por el gesto, que estaba irremediablemente indignada por aquello.
- ¡Eso no es-
- ¡Es el corazón! – Soltó la rubia con alegría, interrumpiendo la indignación de la castaña. Hermione desencajó la mandíbula.
- Tu respuesta es incompleta. Les quedan treinta segundos. – Informó el dragón, con las facciones un poco petrificadas. Luna frunció el ceño, extrañada. Los presentes perdieron la expresión de júbilo.
- ¡Vamos, Luna! ¿Qué más decía el libro? – Apremió su novio tomándole la mano. Ella lo miró, concentrada, aunque parecía bastante confundida.
Hermione se tomó la cabeza con las manos, escuchando la cuenta regresiva que el dragón estaba recreando para ellos en su cabeza. Suspiró profundamente y, por un momento, miró al castaño, él la miraba con fijeza, indicándole algo que ella no lograba compren... ¡! Los nervios se le desbocaron y su corazón tamborileó con fuerza y rapidez.
- ¡Es el corazón humano! – Gritó cuando el dragón estaba por finalizar la cuenta. Al'Akir la miró fríamente, paralizado.
Adam pudo hablar de nuevo.
- Has perdido, dragón. – Siseó el ángel, triunfalmente. El dragón dejó escapar un gruñido gutural, enfadado por su derrota. – No subestimes a los humanos. – Declaró, casi de manera orgullosa. Casi.
- En especial cuando la humana es Hermione Granger. – Aclaró Harry, aunque no fue muy consciente de lo que dijo. Estaba más preocupado en la extraña mirada que ese dragón le dirigía de vez en cuando. Hermione, al oír aquel comentario, giró un poco su cabeza y se sonrojó.
- Muy bien, humanos. He de admitir que fue divertido. – Todos, sin duda, pensaron que aquello había sido lo menos divertido que hubiesen hecho en sus vidas. – Así que les concederé su deseo. ¿Están seguros que eso es lo que quieren? – Preguntó de nuevo, con voz profunda. Obviamente refiriéndose a la audiencia.
- Por supuesto. – Respondió Harry, adelantándose a contestar, con los nervios de punta. – Por eso hemos venido.
El dragón no pudo más que asentir, resignado.
Los chicos se miraron, entre jubilosos y nerviosos.
No hubo tiempo de intercambiar palabras o de preguntar algo, pues una magia poderosa los envolvió. El dragón extendió sus majestuosas alas y el cielo se tornó borroso. El horizonte comenzó a girar y la luna perdió intensidad. Las estrellas se apagaron una a una y el húmedo clima dejó de golpear sus cuerpos, y, de pronto, un frío invernal los consumió.
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Cuando se dieron cuenta, estaban cayendo a una profundidad que no parecía tener límite. El helado entorno los golpeaba con fuerza y apenas podían respirar debido a la ansiedad y la sorpresa. Cayeron entre gemidos sorprendidos y gritos asustados hasta sumergirse en una helada superficie líquida.
Pelearon por salir del agua y exclamaron con alivio cuando sus cabezas estuvieron respirando oxigeno. El agua estaba helada, pero vivir en ese momento les fue más importante.
Se vieron entre ellos, asustados y confundidos. Hermione sintió un brazo rodeándole la cintura y se giró para ver el rostro húmedo de su guardián.
- ¿Estás bien? – Murmuró, preocupado y chorreando gotitas de agua que descendían por todo su rostro. Ella asintió, dedicándose a ver si los demás también estaban sanos y salvos.
- ¿Dónde está Harry? – Preguntó ella, algo histérica al no verlo. - ¡Harry!
Los demás miraron a su alrededor, preocupados. Hadar y Ryan se sumergieron con apremio, buscándolo entre la profundidad, Draco y Ron se les unieron. Hermione comenzó a temblar entre los brazos de Adam, y éste la abrazó, moviendo sus piernas para no hundirse. La arrastró hasta la orilla y la ayudó a salir del agua. Luna, de manera graciosa, también comenzó a nadar hacia la orilla. Neville y Ginny la imitaron.
El ángel, exhalando vaho, se quitó el abrigo de cuero y, aunque estaba mojado, se lo colocó a Hermione sobre los hombros. Ella lo miró, llorosa.
- No pasa nada. – Le susurró, abrazándola para tranquilizarla y friccionando sus manos contra su espalda para calentarla. – No llores.
Aunque minutos después, cuando Hadar y Ryan ascendieron a la superficie, negando con la cabeza, Hermione comenzó a llorar de verdad.
Draco y Ron se acercaron a la orilla con expresiones sombrías. Nadie habló por unos minutos, y lo único que se escuchaba a su alrededor eran los bajos sollozos de Hermione y sus respiraciones entrecortadas.
- Está es su última prueba. – Les susurró una voz en sus cabezas. Adam no giró su cabeza, sabiendo de antemano que la presencia del dragón ya no estaba con ellos. Los demás se sobresaltaron. – Encontrarán el camino hacia nosotros como simples mortales. No habrá magia ni armas para ayudarlos. – El ángel no necesitó saberlo, pues cuando estaban cayendo, se había dado cuenta de que sus poderes no funcionaban. Y que su espada había desaparecido. – En estos momentos están en lo más profundo de la tierra. Harry Potter está con nosotros. – Agregó, y ya no volvió a hablar. Hermione y sus amigos soltaron un suspiro de alivio, aunque seguían preocupados.
- ¿Qué crees que quieran ellos con Harry? – Preguntó la castaña, temblando de frío aún entre sus brazos.
El ángel sacudió la cabeza, aunque se lo imaginaba.
- No lo sé. – Mintió, para no preocuparla.
Adam, por primera vez, reparó en su alrededor. La pequeña laguna en la que habían caído, tenía un color verde turquesa realmente brillante. Una gran extensión de roca lisa y rojiza bordeaba su alrededor, formando depresiones y elevaciones irregulares y relucientes.
Parecía el interior de una cueva y, de hecho, estaban prácticamente en la oscuridad, aunque había ciertos brillos desprendidos de las paredes que los iluminaban tenuemente. Adam comprobó que el suelo era resbaladizo y filoso. Tuvo extremó cuidado cuando avanzó unos pasos para alejarse del gélido lugar, y lo advirtió en voz alta.
Como el castaño se imaginaba, entre más se alejaban de la extraña laguna, la temperatura aumentaba, calentando sus cuerpos poco a poco.
La longitud de aquel lugar era infinita para sus mortales ojos, y ante la casi nula visibilidad, Adam no podía definir su extensión. Sus sentidos se sentían de cierta manera agotados y su cuerpo apenas se acostumbraba a estar sin magia. Por primera vez en mucho tiempo, Adam se sentía indefenso sin sus poderes.
Y sabía que Hadar y Ryan no estaban mucho mejor.
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Harry se estrelló con el frío suelo formado de roca irregular. Se levantó de inmediato, confundido y adolorido. Miró a su alrededor y se quedó con la boca abierta, mortalmente nervioso y aterrado.
Cinco enormes dragones lo rodeaban, mirándolo fijamente con expresiones superiores y arrogantes. El chico se sintió temblar, pero trató de tranquilizarse.
Los observó uno por uno, tratando de pensar con la cabeza fría. Había uno de cada color, uno verde, uno negro, uno rojo, uno azul y el blanco, que suponía se trataba de Al'Akir. Y aunque él estaba asustado, no podía dejar de notar la magnificencia y elegancia que desprendían los enormes cuerpos que lo rodeaban.
El dragón verde parecía ser más pequeño que los demás, y el negro –que tenía una expresión frívola en su escamoso rostro- era el más grande. Por lo demás, todos eran similares entre sí. Alas huesudas y gigantescas, plegadas a sus torsos cubiertos de enormes protuberancias filosas, parecidos a los cuernos pero de cierta manera más extraños. Sus cabezas cubiertas de esas mismas protuberancias, con hocicos largos y nariz ancha. Sus colmillos eran filosos y enormes, y parecían sonreírle de manera tétrica.
Sus ojos, además del color de sus cuerpos, eran lo más diferente entre ellos. Por no decir asombroso. Sus orbes brillaban con una profundidad increíble. El dragón negro tenía los ojos dorados, fieros. El dragón verde los tenía rojos, arrogantes. El azul tenía ojos blancos, sabios y pacientes. El dragón rojo los tenía de un color negro, amenazantes. Y el blanco los tenía azules, tranquilos.
A Harry se le entrecortó la respiración. Más cuando reparó en que estaba completamente solo. ¿Dónde estaban los demás?
- Harry Potter – Le hablaron con la voz increíblemente perfecta y serena. Harry apenas se dio cuenta que era el dragón azul el que le hablaba. El chico lo miró, temblando, mientras éste se erguía totalmente en su altura y lo rodeaba. – Es un honor conocerte.
- El h-honor es mío. – Apenas pudo pronunciar, con voz balbuceante. El dragón pareció sonreír, aunque él no pudo estar muy seguro.
- Mi nombre es Malygos, señor de la sabiduría, protector de la magia y tejedor de los hechizos. Ellos son mis hermanos. – Se dirigió a los otros dragones, que estaban prácticamente echados en el suelo y lo miraban. Señaló al dragón de color verde con la cabeza. - Ella es Ysera, dama de la naturaleza. – Siguió moviéndose y esta vez, señaló con su largo cuello al dragón de color rojo. – Ella es Alexstrasza, dama de la vida. – Después, señaló al dragón negro. – Mi hermano Neltharion, guardián de la tierra y ala de la muerte. Y ya has conocido a Al'Akir, guardián del tiempo y señor del viento. – Finalizó, señalando al dragón blanco. – Somos los últimos dragones antiguos. Señores de los elementos y oráculos de la naturaleza y el espacio. Precedemos a los titanes legendarios, cuyas habilidades fueron cedidas hacia nosotros. – Harry no sabía por qué le estaba diciendo aquello, así que se limitó a escuchar. – Pero hace años, con la aparición del ser humano, nos trasladamos a nuestros dominios bajos y permanecimos aislados de todo, temiendo romper el equilibrio que se había formado en la tierra.
- Por ello, en este momento, Harry Potter, exigimos saber a qué han venido. - Terminó diciendo Al'Akir, que también lo miraba con fijeza. – Nos exiliamos unos años después de conocer a Merlín, el hechicero, y prometimos, por el bien de la tierra, no acercarnos a los humanos.
Harry estaba muy nervioso como para contestar algo que fuera lo suficientemente convincente. Tragó con dificultad y miró los ojos blancos del dragón azul.
- ¿Dónde están mis amigos? – Preguntó, pues era lo que más le preocupaba. Neltharion, el dragón negro, gruñó.
- Ellos están en su camino hacia aquí. – Respondió Ysera, la dragona verde, con voz melodiosa. – Ellos están bien. – Aclaró, viendo su preocupación. Harry asintió.
- Necesitamos ayuda. Y por lo que veo, me conocen y he de asumir que conocen la situación de la tierra. – Su voz le tembló al final, y se reprendió mentalmente. En esos momentos, daría lo que fuera por tener a sus amigos a su lado. – Venimos a pedirles que se unan a nosotros.
Neltharion, el dragón negro, soltó un sonido gutural. Harry lo pudo haber tomado como una estridente carcajada. Los demás dragones lo miraban con cierta incredulidad.
- ¿Y por qué piensas que te ayudaremos, pequeño y débil humano? – Preguntó Alexstrasza, la dragona roja. Su voz tenía un matiz amenazador y arrogante. – Estamos exiliados de su mundo. No hemos usado nuestros poderes sobre ustedes desde hace cientos de años.
Harry no estaba muy seguro qué responder a eso, así que se aclaró la garganta antes de hablar, seguía temblando.
- Porque si perdemos, ustedes también se verán perjudicados. – Susurró, con toda la calma que encontró en sí mismo.
Neltharion enseñó los colmillos.
- Eso no es verdad. Nosotros no tenemos nada que ver con su mundo. – Gruñó. Tenía voz rasposa y frívola, y a Harry le tembló todo el cuerpo. De cierta manera, ese dragón le recordaba a Adam. Aunque Adam era más tranquilo, y eso ya era decir mucho. – Si su mundo se hunde, ustedes se hundirán con él, no nosotros.
- Paz, hermano, deja que el chico se explique. – Tranquilizó Malygos, el dragón azul.
- Voldemort quiere acabar con la tierra. – Murmuró Harry, entre dientes. – Y estoy seguro que los poderes que poseen no son sólo por capricho de los titanes. A ustedes se les otorgaron esas habilidades porque estaban capacitados para defender el planeta. – Alegó, aunque no estaba muy seguro de si era o no real. – Se exiliaron ustedes mismos para proteger al equilibrio. ¿Por qué querrían, después de todas las molestias que se tomaron para defender el planeta, ver todo destruido? – Preguntó, con cierto enfado.
Ninguno de ellos se inmutó, así que Harry asumió que su corto discurso no había funcionado.
- Muchos inocentes morirán. – Murmuró, con un nudo en la garganta. – Muchos ya lo han hecho.
- ¿Por qué quieres proteger a la raza humana?
- ¡Soy humano! – Exclamó, desesperado porque lo entendieran.
- Los humanos son desagradecidos, vulnerables e imperfectos. Se dejan consumir por los sentimientos, ya sean negativos o positivos. Caen en las tentaciones, rompen reglas, son irrespetuosos, intolerantes y destructivos. – Gruñó Neltharion, repulsivamente. - ¿Por qué deberíamos pelear de su lado? Tal vez, lo mejor sea que desaparezcan.
- No todos son así. ¡No todos merecen ser juzgados de esa manera! – Exclamó Harry, pensando que no quería lidiar con una copia de Adam. – Hay personas bondadosas, fuertes. Personas que pelean por la liberación... – Dijo, recordando las palabras de su amiga. – Hay personas que quieren un futuro mejor, igual, limpio. Pero la manera de combatir contra nuestras imperfecciones no es destruyéndonos. Hay gente inocente, hay niños que serán el futuro de una civilización que nosotros nos forjemos. Sí, ¡maldición!, somos imperfectos de todos los sentidos, pero hay quienes queremos que esas imperfecciones se moldeen de una forma positiva.
- Es valiente. – Aceptó Ysera, ignorando la exclamación incrédula del dragón negro. – Y parte de lo que dice él es verdad. Nuestra raza tampoco fue perfecta. – Razonó ella, mirando a sus hermanos con confidencia. – Tus intenciones son bondadosas, eres de esos humanos, como Merlín, de los cuales la tierra debería sentirse orgullosa. Personas que a pesar de su vida y su destino escrito, pelean, caen y se levantan.
- Eso no significa que tengamos que pelear por ellos. – Razonó Alexstrasza, frunciendo la boca. – Este mundo ha dejado de formar parte de nosotros.
- Pero podríamos ayudarlos por voluntad propia, no por querer algo a cambio. – Motivó la dragona verde. A Harry se le figuró que sus hermanos la miraban de manera suspicaz. Aunque no estaba muy seguro. – El humano ha dicho una realidad. Nosotros hemos sacrificado mucho para que este planeta viva en equilibrio mágico. Si Voldemort vence, todo el esfuerzo que pusimos hace ya tantos años, sería en vano.
- La humanidad ha soportado otras crisis, hermana, está no será diferente. – Concluyó Malygos, con voz profunda.
- Se equivocan. – Harry se atrevió a interrumpir, aunque la voz le seguía temblando. – No es una crisis normal. Esto es totalmente diferente. No es sólo cuestión de magos, ahora, es cuestión de mundos. – Aclaró.
- Explícate. – Murmuró Al'Akir, con un gruñ tragó saliva, nuevamente.
- Hay otros peleando con Voldemort. – Susurró, despacio. – Hay todo tipo de criaturas... magos, gigantes... hombres lobo, vampiros... – Se detuvo un poco, y suspiró. – Ángeles y demonios.
- ¡Eso es imposible! – Rugió Neltharion, levantándose abruptamente. Harry retrocedió dos pasos y cayó al suelo. – Los demonios jamás pelearían con ustedes.
- Contra nosotros. – Aclaró Harry, tembloroso. – Lo ángeles pelean de nuestro lado. – Miró al dragón blanco. – Tú lo has visto, ellos venían conmigo.
- ¿Es eso verdad, Al'Akir? – Preguntó Malygos, tranquilamente. El dragón blanco sacudió la cabeza, incrédulo.
- Sí, es verdad. Tres ángeles venían con ellos. – Respondió, enseñando los largos colmillos. – Pero uno de ellos era un ángel guardián... nunca pensé que... – Se detuvo y miró directamente los ojos verdes de Harry. Él se preguntó por qué todos parecían percatarse de que Adam era un ángel guardián, y él ni lo había pensado. Se sintió sumamente patético. – No está mintiendo.
- Vaya, ¿La guerra de los mundos?- Preguntó Alexstrasza, con sorpresa. – Están haciendo una réplica de ella.
- Nosotros no hemos decidido pelear. Y los elfos ya han desaparecido. – Murmuró Neltharion, de malas. – Yo nunca ayudaría a los humanos. Ellos traen dolor, guerra y sufrimiento.
- La verdad, hermano, es que yo tampoco pienso ayudarlos. – Murmuró Alexstrasza, y aunque no podía definir muy bien sus expresiones, Harry creía que los demás pensaban lo mismo. Y eso empezaba a preocuparlo.
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- Adam, ten cuidado. – Murmuró la castaña tomándolo del brazo. Adam se detuvo, mirándola.
Habían dejado la laguna hacía varios minutos y seguían caminando en las penumbras, sin encontrar realmente algún final para esa larga caverna. Adam se sentía débil a la pérdida momentánea de sus poderes, pero aún así, orgulloso, no dejaría de avanzar hasta dar con la salida.
- Ya lo sé, Hermione. – Dijo, frunciendo el ceño.
- No, es que no lo sabes. – Refutó, soltando un suspiro. - ¿Cuántas veces has sido mortal, Adam? ¿Cuántas?
El ángel no respondió, resoplando con fastidio.
- Eso no es importante. – Aclaró, tratando de soltarse de su agarre. Torció la boca al ver que no podía hacerlo, Hermione lo estaba deteniendo con mucha fuerza.
- Oh, claro que importa. Eres tan arrogante que piensas que tus habilidades son suficientes, desgraciadamente, eres tan torpe como humano que podrías morirte de una caída. – Explicó, zarandeándolo. – Te conozco, Adam, y sé que te sientes demasiado vulnerable. – Le susurró.
- Señor, creo que ella tiene razón. – Concordó Hadar, con una mirada de disculpa. – Esto no se siente muy bien.
Adam les dirigió a ambos una mirada furiosa. Ryan, a su espalda, soltó una carcajada.
- Hermano, esto lo recordaré por mucho tiempo. – Se burló él. Adam soltó un suspiró de exasperación. Miró a la castaña fijamente.
- No soy humano, Hermione, soy mortal. – Aclaró mientras se zafaba completamente de su agarre.
- Sin poderes. – Le recordó ella y suspiró. – No quiero que te pase nada... – Murmuró, finalmente.
- Lo sé, es bueno que ahora puedas comprenderme. – También murmuró, acariciándole el cabello con ternura. – Pero estaré bien, te lo prometo. Ahora, sigamos. – Se dio media vuelta y caminó unos cuantos pasos. Aunque la castaña no estaba muy segura de lo que él había dicho, lo siguió.
Tras unos segundos, Adam se detuvo abruptamente, y Hermione, que iba completamente pegada a él, chocó contra su dura espalda.
- ¿Qué pasa? – Preguntó ella, insegura.
- No hay más camino. – Dijo. Los demás empezaron a detenerse.
- ¿Qué? – Exclamó. - ¿Cómo que no hay má-
Entonces, lo vio. Ahí, frente a sus cuerpos, un enorme precipicio se extendía, consumiendo la superficie por completo.
- ¡Genial! – Masculló Ron, a sus espaldas. - ¿Qué rayos vamos a hacer ahora? – Preguntó, mirando el enorme agujero que se formaba frente a él. No pudo enfocar su vista, y ciertamente, no quería enterarse qué tan lejos estaba la otra orilla, si es que había.
Hermione lo miró, entendiendo su desesperación. Nadie de ellos podía ver muy bien a su alrededor y la cueva les limitaba el oxigeno de manera un tanto... claustrofóbica.
- ¿Ves esas rocas? – Susurró Adam. Hermione entrecerró los ojos, y con algo de esfuerzo, lo vislumbró. Eran unas plataformas rocosas que estaban suspendidas en la nada, y formaban un ligero e irregular camino hacia el otro lado, dónde el suelo volvía a estar formado. Algo que no había visto con anterioridad.
- Sí, las veo. ¿Sugieres, Adam, que crucemos por esas cosas? – Preguntó, un tanto escandalizada. Lo que podía asegurar, es que aquel extraño pasaje era de todo menos seguro.
- Están ahí por algo. – Le dejó ver. Ella suspiró, y escuchó exclamaciones ahogadas a su espalda.
- ¡Es una locura! ¡Lo único que vamos a conseguir es matarnos! – Exclamó Draco, en un hilo de voz. Adam sonrió con arrogancia, aunque sólo Hermione, que estaba junto a él, lo pudo apreciar.
- ¿Tienes miedo? – Preguntó el ángel, con sorna. Draco apretó los dientes.
- No. Pero veo la realidad, es peligroso. – Entrecerró los ojos y aferró la mano de Hermione entre la suya. – Es sólo que no quiero ver accidentes.
- No habrá accidentes si lo hacemos con cuidado. – Aclaró el ángel, arrogante. Extendió su brazo hacia sus dos guerreros y los llamó. – Yo iré primero, después Hermione y Malfoy. Después irás tú Hadar, y luego irán los demás, así Ryan podrá cerrar el grupo.
Adam se giró tras recibir el asentimiento sombrío de sus dos ángeles y se dispuso a dar un salto para comenzar a cruzar el camino inestable de rocas. Hermione lo tomó del brazo de nuevo.
- Ten cuidado. – Le susurró, temblorosa. El castaño asintió.
Empezó lentamente. Las plataformas no estaban muy lejos unas de las otras, pero la irregular formación dificultaba las cosas de manera considerable. Adam agradeció que estuvieran tan bien plantadas en el aire, aunque no se lo explicaba, la magia rompía las leyes de la física del universo y él lo sabía. Había esperado sentir que se movieran, pero era como si algo las mantuviera firmes y centradas. No divagó más por el tema, principalmente porque tenía que preocuparse por mirar el frente.
Alcanzó el borde con facilidad, y después, se giró para tratar de ver hacia donde suponía, estaban los demás. No lo consiguió.
- ¡Todo en orden! – Gritó, empezando a exasperarse de esos ojos mortales e imperfectos que tenía.
- Está bien. – Dijo Hermione, informándole que estaba cruzando.
Algo se movió a su espalda y Adam giró el rostro con el ceño fruncido. Perdió la concentración sobre Hermione por un minuto, y eso le costó caro.
Ella soltó un grito de sorpresa, y todos escucharon los sonidos rasposos de las rocas al chocar entre ellas, como si éstas se hubieran movido.
Adam se giró con brusquedad, olvidándose de que había algo detrás de él, pero no pudo dar ni un paso, cuando algo lo tomó del torso, envolviéndose sobre él y arrojándolo del otro lado del la estancia, tan lejos que él no pudo ni saber a dónde fue a chocar. La espalda le dolió como jamás le había dolido y sintió algo enterrándose en ella, perforándole el hombro con brusquedad. Borbotones de sangre brotaron de su hombro y su nuca, pero él apenas y soltó un gemido de dolor. La oscuridad comenzó a darle vueltas y apenas alcanzó a echarse a un lado cuando una llamarada de fuego estaba a punto de impactarse contra él.
Sintió como la carne de su hombro se jalaba cuando realizó el movimiento, desincrustándose la roca afilada de su cuerpo, pero dejándolo con un dolor inconcebible y un derramamiento de sangre sorprendente.
El castaño escuchó varias exclamaciones, pero no podía definir nada con sus ojos vidriosos. El dolor le partía la espalda y el cuerpo le ardía aún sabiendo que el fuego no lo había alcanzado.
Escuchó la respiración amenazante de algo sobre su cuerpo, y apenas pudo vislumbrar los contornos de un enorme y escamoso cuerpo casi encima de él. Adam supo inmediatamente lo qué era.
El dragón rugió, removiendo todo a su alrededor. Una nueva llamarada explotó de su boca, aunque Adam estaba seguro que no iba contra él, pues no lo impactó como él hubiera esperado que haría. En cambio, la llamarada se estrelló contra la lisa roca que los rodeaba, expandiendo la onda de calor por todas partes.
Alguien gritó, pero no pudo definir quién lo había hecho.
Adam se incorporó, imponiendo su fuerza de voluntad con toda su energía, sintiendo su alrededor removerse y sus fuerzas abandonarlo poco a poco. Vio dos grandes y profundas esferas de color rojo sangre, y supuso que aquellos eran los ojos del dragón que los atacaba.
- ¡Detente! ¡Maldición! – Exclamó, sabiendo que él no podría luchar contra la criatura mientras no tuviera sus poderes ni su espada. Además, la vida de todos los presentes dependía de él y no podía arriesgarlas.
El dragón pareció sacudirse de excitación, Adam entendió que no le haría caso. Su piel brilló de un intenso dorado y abrió su enorme hocico, expulsando una nueva ola de fuego sin dejar de mirarlo con los ojos más extraños que él hubiera visto.
Adam no intentó moverse, aunque dudaba de poder hacerlo.
En un efímero segundo, gracias a la iluminación desprendida de la llama, vio que Hadar y Ryan lo miraban con preocupación, desesperados por no poder cruzar el camino de rocas (que se había desintegrado momentos atrás) para poder ayudarlo. Hermione, que apenas sobresalía tras el hombro de Hadar –Adam hubiera suspirado si hubiese tenido tiempo al verla sana y salva-, lo miraba con los ojos totalmente horrorizados y cubiertos de lágrimas.
Adam creyó que morir así sería una completa vergüenza, pero estaba totalmente resignado. No podía hacer nada, ni aunque quisiera, el cuerpo le estaba comenzando a convulsionar por el dolor y por la pérdida de sangre.
Se le doblaron las rodillas y el calor lo consumió con una fuerza increíble.
La llamarada lo alcanzó y lo arremetió con fuerza. Adam ni cerró los ojos, manteniéndose con la cabeza erguida en todo momento.
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Hermione vivió el momento como si fuese un Déjà vu. El momento más doloroso de su vida le pasó por los ojos en un santiamén, arrancándole el corazón y quitándole el aliento con una intensidad sumamente dolorosa. Ella gritó con todas sus fuerzas, negándose a creer que podría perderlo a él también. No supo cómo fue, pero sus piernas avanzaron con vida propia, Draco perdió el agarre de su mano, viendo como Hermione se lanzaba al precipicio sin conciencia de nada, como esperando poder cruzar aquella enorme distancia para llegar con Adam y protegerlo.
Draco también gritó, lanzándose hacia ella mientras Hadar trataba de sujetarla. Hermione pataleó, llorando y soltando exclamaciones suplicantes, tratando de hacer algo para salvar a su guardián, aún si no pudiera alcanzarlo ni mirarlo.
Ron protegió a su hermana y su novia, sirviéndoles de escudo con su cuerpo, pero mirando horrorizado al dragón que atacaba al ángel.
Ryan parecía paralizado, no creyéndose el no poder usar sus poderes para pelear. Viró la cabeza cuando la segunda llamarada de fuego se estrelló contra los bordes de la cueva, iluminando el cuerpo de todos por un milisegundo. Ryan miró al dragón, era de piel dorada y ojos rojos, y su rostro denotaba poderío y grandeza. Él no sabía qué hacer, y cuando escuchó que el dragón arremetía de nuevo contra su general, apenas fue capaz de mantenerse de pie.
La onda de fuego creció por toda la cueva, sumergiéndolos en un mar de llamas que los hubiese matado al instante. Pero algo sucedió, algo extraño y completamente increíble.
Una energía los rodeó, protegiéndolos del fuego y solidificándolo frente a sus ojos. La fuerza se hondeaba alrededor de ellos, en un momento se concentró en el centro en forma de energía magnética, como reagrupando sus partículas, y luego explotó, lanzándolos a todos en diferentes direcciones. El dragón salió disparado también, colisionando contra una gruesa depresión de la cueva, soltando un aullido de dolor y sorpresa.
Hermione abrió los ojos conteniendo un jadeo, ansiosa y desesperada. La sorpresa fue extremadamente evidente en sus ojos, y jadeó aún más fuerte al ver al frente. No le importó el dolor de su muñeca o no sentir nada de movimiento a su lado, pues la increíble imagen que presenció en esos momentos podía definirse como la más extraordinaria que jamás había presenciado. Y ella había presenciado demasiadas cosas increíbles.
Se incorporó entre sus rodillas sin despegar sus ojos de la figura que se erguía a unos metros de ella. La cueva estaba totalmente iluminada, y ni su belleza y resplandor llamaron su atención.
La luz provenía de una figura alta. La energía que lo rodeaba era extraña y fascinante, eran partículas blancas que brillaban con fulgor, casi de manera sagrada, rodeándolo como si fueran sus guardias.
Hermione podría haber jurado que esa figura se trataba de Adam, su abrigo blanco y pulcro, sus cadenas plateadas y brillantes cayendo por toda su ropa, su dije en forma de lobo rodeándole el cuello, su cabello castaño ligeramente más largo, sus facciones perfectas y angulosas, incluso la piel nívea y tersa. Todo concordaba, todo, excepto sus ojos.
Esos ojos plateados que ella bien conocía, ahora eran reemplazados por unas orbes blancas, poderosas y magnificas. Y mirándolo bien, aquella persona tenía ciertas diferencias. La mirada era más cálida, las facciones más maduras y endurecidas, el cabello castaño lo llevaba más largo y oscuro. También era ligeramente más alto y musculoso...
¡Por Merlín!
¡Era su hermano!
Y miraba a Kalyo con la expresión más amarga que existiera. Y Hermione, en ese momento, se percató de que Adam no estaba bien, al contrario, su cuerpo temblaba y sangraba a borbotones.
Pero el ángel miraba a su hermano con una expresión entre horrorizada y furiosa. Manteniendo su orgullo y arrogancia como él mismo se había forjado.
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Una explosión meció todo el lugar con fuerza. Harry, aún sentado en el suelo, se aferró a la roca con cierto temor. Las expresiones enfurecidas de los dragones le indicaron que lo que había pasado no era para nada de su agrado.
Las voces en su cabeza eran extrañas, difusas, y Harry se preguntó si los dragones no podían evitar que él lo escuchara.
- Norgannon ha caído. – Rugió Neltharion, furioso. Extendió sus majestuosas alas y rugió ferozmente mientras movía su cuello de un lado a otro. - ¡Es culpa de los visitantes!
- ¿Quién es Norgannon? - Preguntó Harry en un susurro. Aunque no sabía si le contestarían. Los dragones parecían discutir algo que él no lograba comprender.
Para su sorpresa, Ysera se dirigió a él.
- Es otro de mis hermanos, uno que no has conocido. – Le dijo, sin dejar de mirarlo. Ella parecía ajena a la discusión de sus hermanos, y eso le resultó sumamente extraño. – El es el último. – Mencionó, pues parecía notar su confusión. – Creo que Malygos no lo ha comentado antes porque esperaba no intercambiar más información contigo. Es el dragón dorado, guardián de la sabiduría.
- ¿Por qué tú sí lo haces? – Preguntó él, tratando de levantarse. – Es decir, hablarme sin secretos.
- No lo sé, no pareces ser una amenaza. – Aclaró.
- No lo soy. – Aseguró el chico, rápidamente. Ella pareció sonreír.
- La raza humana siempre me ha parecido bastante interesante. A decir verdad, yo le guardo mucho respeto. Han hecho logros increíbles. – Harry sonrió.
- No creo que sean suficientes. – Murmuró, tristemente. – Hay muchos... seres vivos que nos repudian.
- Bueno, todos cometemos errores. – Dijo ella, como si pudiera consolarlo. Y Harry sabía que esa era la verdad más destacable.
- Incluso hemos cometido errores con ustedes. ¿Quién pensaría que los dragones sacrificaron tanto por nosotros? Aún me pregunto si tus hermanos nos perdonarán. – Murmuró con amargura, recordando los ojos fríos que todas esas majestuosas criaturas le habían dirigido.
- Yo los perdono. Nadie es perfecto.
- Desearía que todos pensaran como tú. – Sonrió, tristemente. Malygos se giró hacia él, y por su expresión y los colmillos sobresalientes por su hocico, Harry sabía que estaba furioso.
- Es hora que regreses a tu mundo. – Le siseó con acidez. Harry dio un respingo, queriendo gritar que él no había terminado de hablar con ellos. – Esta conversación sin sentido ha terminado. Te guiaremos con tus compañeros y podrás irte, te olvidarás de nosotros y de que sólo has hecho que perdamos el tiempo.
Harry dejó escapar un gemido, totalmente aterrorizado de lo que esas palabras significaban.
- Porque, Harry Potter, jamás pelearemos con ustedes. – Rugió el dragón negro, Neltharion. – Esta guerra está al margen de nosotros y así permanecerá.
- Algo que tienes que entender, humano, es que nosotros no brindamos ayuda a una raza que nos ha despreciado por siglos. – Harry quiso ahogarse ahí mismo, eso no podía estar pasando. – Una raza que ha malagradecido nuestros sacrificios y que ha sumido al mundo en una decadencia interminable.
- Así que entiéndelo, humano. Nuestros servicios no son suyos...
... y nunca lo serán.
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Bueno... ¿Hola?
Ok, primero que nada debo decir que este capítulo está dedicado a una gran amiga que cumplió años el 28 de Mayo. A lis_potterdedico este extenso e importante capítulo, porque además de ser mi paisana, esta chica es una gran amiga y una muy fiel lectora. Le deseo que haya tenido un cumpleaños genial, rodeada de la gente que más aprecia y con una sonrisota en la cara por su nuevo año. Hoy, 31 de Mayo, a las 10:34 p.m., cumplo con mi promesa de no dejar que el mes pasara sin actualizar. Por lo menos, en mi país y en mi zona horaria, Mayo no ha finalizado.
Había pretendido actualizar el viernes, pero resumiéndoles todo, he aprendido que, en dos semanas (larguísimas semanas), uno puede aprender y revivir la escuela con mucho estrés. Estoy en cursos de preparación para mi examen de la universidad, y juro, enserio, que me han resumido la secundaria y la preparatoria. Estoy saturada de información y mi examen ya es el martes. Ando, como supondrán, un poco agobiada y cansada. He tenido unas dos semanas con rutina cansada, incluso, hoy domingo, estuve en la escuela durante cuatro horas. Si, créanme, estoy agobiada con tanta información.
Bueno, explicada mi situación (que ya pronto termina), pasemos a temas más tranquilos. El capítulo.
Este capítulo, creo que va a sorprender a unos cuantos. Creo.
Harry ya no quiere saber nada más de su vida personal, ha decidido aceptar clases de Oclumancia y desea no internarse en sus sentimientos hasta que Voldemort desaparezca. Adiós a ellos, Harry ya se ha dado cuenta de que los sentimientos no le están ayudando.
Las cosas al final no resultaron tan sencillas como todos pensaban. Pasaron pruebas de acertijos, miradas desdeñosas, anulación de poderes, dar cara a enormes criaturas, en fin, el recorrido fue corto, pero infinitamente agotador. Los dragones no desean cooperar, pero descuiden, que en un futuro podrían cambiar de opinión.
Huy, el final. ¿Ha sido... feo? ¿Sorprendente? ¿Qué carajo está haciendo el hermano de Adam con ellos, además, salvándolos de una muerte segura? Bueno, lo verán el próximo capítulo.
Por cierto, los nombres de los dragones no los he inventado yo, no son míos,pertenecen a una linda página sobre la mitología de los titanes y dragones, y con todo gusto les dejaría el enlace para que entraran, pero como que creo que me correrían de esta página si lo hago. Ya una vez salí bien regañada. Espero que no se hayan confundido mucho, he tratado de hacerlo lo más entendible posible.
Bueno, la canción que he recomendado en esta lectura me ha inspirado muchísimo. Por una parte, el desdén que sienten los dragones hacia la humanidad se debe a que han destruido el mundo que ellos mismos se habían encargado de proteger. Y la canción representa eso y más. El egoísmo del hombre, la malicia, la destrucción. En fin, espero que haya sido entretenido, pues me ha gustado mucho escribirlo. Espero haber podido expresar lo que deseaba y si no entendieron algo, pues ya saben, envíenme un comentario con sus dudas y opiniones.
El próximo capítulo se llama... ¡Batalla por la tierra! Y no, no es el final. Pero cosas importantes ocurren en él.
Gracias de nuevo por la paciencia, el apoyo y los ánimos que me brindan, saben que sin ustedes este fic no sería nada. Millones de gracias.
Los quiere, su amiga y autora:
DarkGranger.
¡Mágicos Saludos, chichos! ¡Los adoro!
P.D.- Oh, vaya, casi lo olvido, la historia del Talismán de Merlín la he sacado de un libro de dragonología, y no es mía. Desconozco al autor, pues tenía la información guardada desde hace tiempo, el libro es de una amiga y es sumamente interesante. Bueno, espero, una vez más, que hayan disfrutado esto.
¡Buenas noches! Ah...
