Una profecía de los cielos

Draco Dormiens Nunquam Titillandus

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Recomendación Musical: "Sadame" - X/1999

32.- Batalla por la tierra

"Todo el mundo se cree el bueno de la película, pero no hay ni buenos ni malos. Sólo aliados y enemigos"

Adam se levantó temblando. El dolor que recorría sus extremidades era insoportable, pero el dolor que sentía en el pecho por ver a su hermano de nuevo era incomparable. Apretó las mandíbulas, sosteniendo su cabeza con una mano y mirando hacia el frente con una frialdad que paralizaría a cualquiera.

No dijo nada mientras lo miraba, su cuerpo y rostro era como él apenas recordaba, y eso le dolía más de lo que le gustaría. Escupió sangre hacia un lado y sintió que todo le daba vueltas.

- ¡Adam! – Gritó Hermione, turbada. El castaño no podía verla, pero por su voz, ella aún parecía permanecer del otro lado del precipicio. Muy lejos de él, y muy lejos de poder ayudarlo. Se sintió débil, vulnerable y patético, pero deseaba que Hermione estuviera a su lado, porque se sentía caer emocionalmente, y, por supuesto, él no tenía ni idea de cómo ayudarse.

Alexiel, su hermano, se movió un poco y el flequillo castaño se meció sobre su frente. Adam quería retroceder, alejarse lo más que pudiera, pero su respiración se estaba volviendo demasiado irregular y sus piernas no le respondían.

- ¡Adam! – Gritó Hermione de nuevo. Estaba desesperada por acercársele, se veía tan indefenso, pálido y herido. La expresión fría de su rostro empezaba a distorsionarse, y Hermione imaginaba que se debía al dolor que su cuerpo estaba experimentando en esos momentos.

El hermano de Adam la miró fijamente. Su mirada estaba tan atormentada que ella sintió escalofríos. Desvió sus ojos de él, y cuando su ansiedad se estaba volviendo demasiado insoportable, una luz blanca se instaló frente a ella. Haces de luz en forma de remolino empezaron a entrelazarse frente a sus ojos, formando un puente plateado que iba desde su posición a la de su guardián.

Ignoró las esferas luminosas que ascendían del suelo y, con cautela, comenzó a cruzar por el extraño camino que se había formado. No le sorprendió que la dejara pasar, pero no se detuvo a pensar mucho en eso, pues su desesperación crecía a tal grado de entorpecer sus pasos. Estuvo a punto de caer un par de veces, pero finalmente logró cruzar la depresión que la separaba de su guardián, tirándose hacia él con urgencia, e ignorando el hecho de que el puente de luz había estado desapareciendo mientras ella avanzaba.

Alexiel los miraba sin expresión alguna, aún sin acercarse. Adam había apartado su mirada de él con una opresión en el corazón y se aferraba a Hermione con una desesperación que él mismo desconocía. Hermione lloraba, sollozando contra su hombro sin dejar espacio entre ellos.

- ¿E-estás b-bien? – Balbuceó ella, forzosamente. Temía estar lastimándolo, pero su preocupación le impedía pensar con raciocinio.

Adam no pudo responder a la pregunta, el dolor estaba consumiéndolo. Todo a su alrededor empezaba a verse borroso y su cuerpo estaba punzando, dolorosamente. La cabeza empezó a pesarle y sus oídos dejaron de escuchar su alrededor.

- ¡Adam! – Exclamó ella, desesperadamente. Hermione se horrorizó al sentir el cuerpo de Adam, laxo entre sus brazos, viendo su rostro caído, cubierto de sangre. Le tomó las mejillas con ambas manos y lo obligó a levantar la mirada, aunque sus ojos estaban entrecerrados por la somnolencia. – No te duermas, Adam, no me hagas esto. ¡Despierta! – Lo zarandeó, empezando a ver todo borroso por las lágrimas.

- Tenemos que sacarlo de aquí, se está muriendo. – La voz del hermano de su guardián era poderosa, elegante, irradiada de grandeza. Si no hubiera estado tan perturbada, seguro hubiera quedado paralizada con la presencia que ejercía su simple tono de voz. Hermione encerró la cabeza del castaño entre sus brazos y apoyó su mejilla en su cabello, obligándose a pensar sólo en él.

- No sé cómo salir de aquí. – Sollozó ella, desesperada. Alexiel se movió un poco más hacia ellos y los miró, sus ojos brillando de una manera que parecía sobrenatural y las esferas ascendientes seguían rodeándolo, como protegiéndolo de algo.

- Dame la mano, humana, y no lo sueltes. – Susurró él, suavemente.

Hermione ni siquiera pensó en los demás, demasiado preocupada para hacerlo. Se giró hacia el ser que estaba a su espalda, y sin soltar a Adam, le extendió una mano.

Fue cuando la realidad le golpeó los sentidos de manera dolorosamente sorpresiva.

Su mano se quedó paralizada a medio camino, y su guardián se removió en su otro brazo. Sus ojos miel, fijos en la figura majestuosa que se posaba frente a ella, se quedaron petrificados de la sorpresa.

Alexiel estaba ahí, sí. Pero no era él.

Ahora lo veía con claridad.

Él no estaba vivo. Él no estaba presente con ellos. Eso era... era su fantasma.

¡Por Merlín y Morgana! ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

El hermano de Adam estaba muerto, realmente estaba muerto. Y lo que tenía frente a ella era la copia exacta de una ilusión fantasmagórica de su existencia. Brillante, inhumana, sobrenatural. Su cuerpo brillaba, traslucido y níveo. Casi diáfano.

Su mano, suspendida en el aire, cayó a su costado. Hermione estaba temblando enteramente, y parecía no poder reaccionar de la sorpresa.

Por un momento, ella había despreciado a Alexiel. ¿Por qué había desaparecido así después de su guerra? ¿Por qué había abandonado a su único hermano? ¿Por qué no había aparecido para guiarlo? Pero aunque él realmente hubiese abandonado a Adam, ella sabía (y aceptaba) que él ya estaba muerto, y si se había arrepentido, eso quedaría enterrado con su memoria.

Pero lo había visto ahí, de pie, elegante y orgulloso, con la presencia poderosa y sabia. Y realmente lo había odiado.

Pero él no estaba vivo. Era... un espíritu.

- H-Hermione... – Suspiró su guardián tratando de deshacerse de su abrazo. Hermione salió de su estupor, pero no lo soltó.

- Todo va a estar bien. – Prometió con voz estrangulada, aunque no sabía cómo cumplir aquello.

Alexiel seguía con la mano estirada hacia ella, esperando a que la tomara para salir de ese lugar, aunque Hermione ya había desviado su mirada de él, ignorándolo. Porque no podía aceptar la ayuda, tenía miedo, mucho miedo de lo que su presencia fantasmal significara para ellos.

Alguien gritó su nombre, pero ella no podía moverse. Adam levantó un brazo, dolorido, e intentó apartarla de él de nuevo. La castaña no lo permitió.

- Todo va a salir bien. – Sollozó de nuevo. Pero no sabía si aquello era cierto. Su ropa estaba completamente empapada y tenía miedo de mirarse, pues sabía que el líquido que la cubría era sangre. Sangre de Adam.

De nuevo creyó escuchar su nombre, pero lo ignoró, la realidad era que aunque se esforzara no podría ponerle atención a aquella voz que la llamaba.

- Va a morir. – Volvió a susurrar aquella voz fina, magistral de Alexiel, acercándose un paso hacia ellos.

- ¡No! – Replicó la castaña. El brazo de Adam cayó a su costado, y su cuerpo quedó completamente laxo. Hermione cerró los ojos.

- Toma mi mano, humana. – Exigió el ángel con la voz seria. Hermione no sabía qué pasaría si lo hacía. - ¡Toma mi mano, humana!

Cuando la cabeza le iba a explotar por la incertidumbre, su alrededor se sumió en brumas, cubriéndolos con expectación en un círculo de oscuridad, para después explotar en diversos colores que lograron marearla.

Pronto, sin saber cómo había pasado, la luz brillante de la luna y las estrellas cayeron encima de ella e iluminaron todo a su paso. Hermione sintió la superficie mojada, tibia y más cómoda de lo que recordaba.

Parpadeó, confundida por todo lo que estaba pasando. Adam le pasó un brazo por la cintura, recobrando la conciencia con una rapidez agobiante. La incorporó sobre sus piernas, aunque él cargaba la mayor parte de su peso, pues la castaña sentía todo el cuerpo como gelatina.

Adam la apretó contra su costado, de pie, escondiéndola y protegiéndola con todo su cuerpo. Bajó la cabeza y respiró en su oído antes de hablar.

- Estoy bien. – Susurró, despacio y aterciopelado. Pero Hermione estaba mareada, aterrada y temblaba. Le costaba respirar, y aún así, sabía que finalmente estaban en su dimensión, allí donde habían desaparecido, en la tierra. – Todo está bien, castaña, gracias.

Porque aunque Adam estaba herido, sangrante y dolorido, como ángel él era poderoso. Muy poderoso. Y una simple herida no le destruía su firmeza.

Adam sintió sus poderes envolverlo, recorrer cada extremidad de su cuerpo y llenarlo de energía de manera reconfortante. El peso de su espada se materializó en su costado, y casi estuvo feliz de tener la Espada Divina de nuevo con él.

Hermione empezó a llorar, y apenas sintió varias presencias a su alrededor. Las emociones que sentía eran demasiado intensas, y no las podía controlar. Alivio, terror, incertidumbre, perturbación, ansia, tristeza. Todo se arremolinaba en su pecho y era prácticamente insoportable.

Adam la apretó aún más fuerte e ignoró a todos los humanos y a sus dos guerreros que ya estaban junto a ellos, bombardeándolos de preguntas, y en caso del rubio, tratando de apartarle de Hermione. Pero Adam no tenía conciencia de ninguno, sus ojos, templados y plateados, estaban fijos en su hermano.

Él, aunque adolorido y semiinconsciente, había sabido que su hermano era un espíritu materializado, pero su sola imagen lograba impactarlo, robándole el aliento y punzándole dolorosamente el pecho con algún sentimiento que no sabía identificar.

Alexiel lo miraba fijamente, como esperando que él dijera algo, pero Adam no sabía qué decir. No sabía qué hacer. Abrió la boca, pero la cerró al instante. Apretó las mandíbulas, aún sintiendo los sollozos de Hermione contra su hombro, escuchando las voces de Malfoy, los pelirrojos y la rubia alrededor de ambos.

Sus dos guerreros, a sus costados y con pose solidaria, comprendían su perturbación, apoyando silenciosamente su incertidumbre y mirando a Alexiel sin ningún sentimiento o expresión reflejada.

- ¿Qué haces aquí? – Logró preguntar. Alexiel lo miró a los ojos, y esos ojos y su expresión cálida, le provocaron un profundo dolor en el pecho.

- Siempre estoy contigo. – Respondió. Adam soltó un jadeó, endureciendo todo su cuerpo por la sorpresa.

Hermione se tranquilizó al sentir la tensión de su guardián, y con rostro lloroso, echó atrás la cabeza y lo miró.

Él estaba tenso, con las mandíbulas apretadas, con los ojos gélidos y expresión dura.

- No necesito de tu presencia, Alexiel. – Pronunció, apretando los dientes. Hermione deseaba decirle algo, pero Adam y su hermano estaban mirándose fijamente, y, ciertamente, temía romper eso.

- Esto debería haberlo hecho desde hace mucho tiempo, hermano, pero no podía. – Susurró él, lenta y sinceramente. – Quisiera que me dejaras hablar contigo.

Adam iba a contestar que no, aunque sabía que era más por vulnerabilidad que nada, pero Hermione le apretó el brazo y él se frenó. La miró, y no necesitó escucharla para saber lo que pensaba.

- Hazlo... – Le suplicó ella con voz baja. – Por favor, escúchalo. – Pidió, porque lo que ella más deseaba era que Alexiel le pidiera perdón a su guardián y, eso, francamente, era precisamente lo que el ángel pretendía. Porque su voz, su expresión y su postura lo demostraba. Y si él hacía eso, tal vez, sólo tal vez, el corazón de Adam podría dejar de ser tan frío.

El castaño ángel no tuvo la voluntad de negárselo, ya no la tenía cuando de ella se trataba. Además, él mismo deseaba hablar con su hermano. Aunque se sintiera patético por pensarlo.

Dio un paso hacia el frente, un poco reacio a soltar el conforte que le proporcionaba Hermione, pero se obligó a hacerlo. Draco, aprovechando el movimiento, atrajo a la castaña hacia sí, y la envolvió en sus brazos con ansiedad.

Adam dio un nuevo paso al frente, su expresión estaba rendida y confundida, y cuando le iba a decir a su hermano que se alejaran para hablar, las presencias de nuevas criaturas se materializaron a su alrededor, llamando su atención.

Los dragones, seis en total, los rodearon con expresiones fieras y cuerpos majestuosos, materializándose en el aire con diferidas figuras de colores. Adam miró a Alexiel con la expresión contorsionada.

- ¿Estarás ahí? – Preguntó, ambos sabiendo que el castaño menor se refería a que si lo esperaría.

- Sé que tienes cosas que hacer, hermano. Yo estaré aquí, esperándote. Siempre lo haré. – Sonrió él, tristemente. – Te mereces más que mi paciencia, Kalyo.

Adam sintió una oleada de tristeza consumirlo, la expresión de su rostro sufrió una distorsión. El ángel asintió, si poder pronunciar palabra para expresar lo que sentía.

Alexiel se alejo un poco, pero, para sorpresa de Adam, no desapareció, y lo miró, esperando por él en las sombras, con su cuerpo casi diáfano y níveo. Sus ojos cálidos y blancos jamás lo abandonaron, y Adam se sintió condenadamente estúpido al saber que nunca podría odiarlo. Jamás lo había hecho.

Era rencor lo único que siempre había sentido, y sólo el verlo le había destruido esas barreras hostiles que se había creado en contra de su recuerdo. Se obligó a girarse y encarar a los seis dragones que lo esperaban con los colmillos de fuera, mirándolo fieramente.

Ver al dragón que casi lo había matado lo llenó de una ira irracional, el dolor de su cuerpo era prácticamente efímero, pero aún recordaba la incertidumbre en la que había estado sumido mientras era atacado por ese ser que ahora consideraba desagradable.

Sintió sus manos temblar con anticipación, y el ligero dolor de su espalda le informó que sus alas estaban a punto de reventar en ella. Sus ojos se convirtieron en oro líquido y los símbolos de su cuerpo comenzaron a resplandecer con fulgor.

- Paz, ángel. – Rugió el dragón azul, imponiendo su cuerpo frente al de los demás.

- ¡Atacaron aún sabiendo que estábamos indefensos! – Exclamó con rabia. Dio un paso al frente, pero Hadar le puso la mano en el hombro y lo detuvo. Adam estaba convulsionando por la ira, encorvando su cuerpo listo para atacar. Ryan también le flanqueó el costado y le puso una mano en el brazo. En ese momento, Adam se obligó a calmarse, sabiendo de antemano que lo que menos ayudaba era una descarga de ira. – Ya veo porque son seis, comportándose con tan poca cordura, el dragón de la justicia ha desaparecido.

Neltharion rugió, extendiendo sus enormes alas. Adam sonrió, sardónico y burlesco. Su cuerpo se tranquilizó y se irguió para evitar la transformación de su cuerpo.

- No sabes de lo que hablas, ángel. – Siseó Al'Akir en su mente.

- Sé de lo que hablo, yo conocí al dragón plateado, Alusir, señor de la justicia. – Sonrió con sorna, pero aún seguía tenso. Sólo las manos de sus guerreros impedían que él avanzara y los atacara. Su mirada viajo entre ellos, reparando por primera vez en el cuerpo inconsciente que descansaba debajo de la gran garra negra de Neltharion. Adam se enfureció de nuevo y sus ojos brillaron. - ¡¿Cómo se atreven?! – Rugió entre dientes. Para ese momento, ni Hadar o Ryan parecían predispuestos a mantener la calma, ambos viendo el cuerpo magullado de Harry, enfureciéndose instantáneamente. Extendieron sus espadas y Adam hizo lo mismo.

Alguien ahogó una exclamación a su espalda, y, pronto, Ron y Ginny corrieron hacia su amigo. Draco aferró a Hermione y, aunque ella peleó, la detuvo para protegerla con su cuerpo.

- ¡Paz, ángel! – Bramó Malygos, poderosamente. El dragón azul enseñó los colmillos y rugió en dirección del dragón negro. - ¡Suéltalo, Neltharion! ¿Cómo te atreves?

- ¡Nosotros no dañamos a los humanos, idiota! – ExclamóAlexstrasza, alzando una pata y empujando a su hermano. Neltharion rugió, furioso, pero dejó de aplastar a Harry para moverse hacia un lado. Norgannon, el dragón dorado, que había estado callado y dolorido, extendió sus majestuosas alas y rugió, poderosamente.

- ¡Quietos! – Ordenó. Miró a Adam, y sus dos orbes, rojas como la sangre, brillaban terroríficamente. – Hemos venido a informar que la guerra estará al margen de nosotros. Los inconvenientes sufridos en este encuentro son prueba suficiente de que no somos compatibles con otras razas. No busquen ayuda en nosotros, porque jamás se la ofreceremos.

Los pelirrojos y la rubia incorporaron a Harry, quien estaba más sucio que herido y lo alejaron de los dragones mientras ellos extendían las alas y desaparecían, uno a uno, entre violentas ráfagas de aire.

Los presentes se quedaron paralizados, sorprendidos por lo que aquel dragón había dicho. Ninguno podía creer que aquella odisea hubiese fracasado. Harry, mareado, se zafó del agarre de los dos pelirrojos y se acercó hacia Adam.

- L-lo siento, e-ellos no h-han querido escuc-

- Silencio, Potter, esto no es tu culpa. – Sentenció el ángel, con los labios apretados. Le hizo una seña a sus dos guerreros y éstos se acercaron a él. – Sáquenlos de aquí, los quiero a salvo a todos. ¡Ya! – Ordenó, fríamente. Nadie rebatió.

Hermione había dejado de pelear con el rubio, demasiado agotada por todo lo que estaba pasando. Ellos no podrían encontrar a los dragones de nuevo y eso reducía sus esperanzas de victoria de una manera terrorífica. Escondió la mitad de su cuerpo en el abrazo de su novio y suspiró, desesperanzada.

Harry lucía terriblemente agobiado, el pelo sucio y los lentes partidos sólo conseguían reflejar su imagen con desaliento. Ron lo sostenía de un brazo, temeroso de que su amigo fuera a parar al suelo.

Hadar y Ryan rodearon a los chicos y con un último vistazo a su general, desaparecieron en una nube de colores y formas distorsionadas. El ángel no los miró cuando desaparecieron, ignorando sus expresiones derrotadas y avergonzadas.

Dio un paso hacia atrás y giró su rostro, vislumbrando a su hermano a la distancia. Lo miró largo rato, mostrando sólo su perfil, incapaz de pronunciar palabra. Sus ojos plateados desprendían un brillo extraño, irreal.

Alexiel no se acercó, manteniendo una distancia prudente entre ellos, sabiendo que debía darle su espacio. Ser paciente nunca había sido un rasgo sobresaliente en su familia, pero aprenderían a serlo si era necesario.

- Nuestro padre estaría orgulloso de ti. – Susurró el ángel mayor. Adam desvió su mirada al horizonte, contemplando la hermosura del cuarto menguante de la luna. No habló, permitiéndole a su hermano el continuar. – Kalyo, mírame.

El castaño no lo hizo, tensando su mandíbula y facciones al oír su nombre saliendo de los labios del ser que tanta miseria le había causado en la vida.

- Ni siquiera merezco que me escuches, ¿verdad? – Murmuró Alexiel, y sus ojos, blancos como la nieve, mostraron una tristeza inaudita. – Tienes que perdonarme, hermano...

- ¿Perdonarte? ¡Me destrozaste la vida! – Exclamó, furioso. Sintiéndose más expuesto de lo que hubiese deseado. Inhaló aire profundamente y se giró para encarar la sombra de su pasado. – Era un niño, Alexiel. Un niño inseguro e inexperto que necesitaba del apoyo de su familia. - Exhaló, despacio para serenarse. - Y sólo conseguí odio de tu parte.

- Yo nunca te odié, Kalyo... y nunca lo haré. – Kalyo lo miró largamente, diciéndole con los ojos, fríos e inexpresivos, que no le creía. – Al contrario de lo que piensas... yo tenía miedo.

- ¿Miedo? – Espetó Kalyo, fríamente, incrédulo ante aquella patética excusa. – No mientas, Alexiel, por lo menos mantén tu dignidad.

- Tenía miedo de no poder protegerte. – Respondió su hermano, sin inmutarse. – De no ser lo suficiente bueno como para criarte. No pude evitar la muerte de nuestro padre, Kalyo, no pude evitarlo aun a pesar de que murió frente a mis ojos. ¿Cómo iba a protegerte a ti de esa profecía? No podía hacerlo. No sabía cómo.

Kalyo bufó a lo bajo, reacio a creer aquello.

- Entonces, huí, forjándome mi ejército y destruyendo la maldad a mi paso para que nunca llegara hacia ti, encerrándome en el mundo de la guerra y abandonándote a tu suerte. – Terminó Alexiel, sinceramente.

Kalyo le dio la espalda, frunciendo el ceño al reparar en un retortijón doloroso en el centro de su pecho. Sin embargo, mantuvo la frente en alto y la expresión fría, orgulloso.

- Pero no conseguí nada. Cometí un error que tú pagaste, Kalyo, lo acepto. Y no tengo más que decir, sólo pedir, rogar que me perdones. – Pidió. El castaño menor lo sintió a un paso de distancia, ya sin voluntad para evitar la mano que se posó en su hombro. En el gesto más cariñoso que hubiera recibido de su hermano mayor.

Tras unos minutos de silencio, mientras ambos contemplaban el horizonte oscuramente azulado, Kalyo suspiró, relajando los hombros.

- Nunca te he odiado. – Respondió él entonces, en un susurro. Miró a su hermano por sobre su hombro y arrugó la frente. – No pude hacerlo. Creo que no soy tan malo después de todo.

- Eres aún más fuerte de lo que tú mismo crees. – Sonrió. – De lo que yo creía. – Suspiró, largamente. - Todo hubiera sido más sencillo si nadie hubiera intentado detener el camino del destino. De tu destino. – Se lamentó. – Has sufrido las consecuencias de tantas personas... – Dijo, mirándolo con tristeza. Kalyo apretó la mandíbula, pero no dijo nada.

Alexiel le revolvió cariñosamente el cabello, aunque su mano de espíritu se sentía fría y escalofriante, a Kalyo parecía no importarle. El castaño sonrió de medio lado, sin poder hacer más en un gesto hacia su hermano.

- Gracias, hermanito, no merezco tu comprensión. – Susurró Alexiel con una sonrisa tenue.

- Me retractaré de mi perdón si sigues llamándome hermanito. – Bromeó Kalyo, aunque tenía una sombra bajo los ojos, sabiendo de antemano qué iba a suceder a continuación. Percibiendo las palabras previas al adiós.

­Alexiel pareció comprender su angustia, así que le sonrió, brillante y alegre, aunque su expresión era seria.

- Estaré contigo, Kalyo, hasta el fin del universo. – Le señaló el corazón, ahí junto al collar que distinguía a su familia. – Llevarás mi recuerdo y presencia contigo. – Aclaró. Adam asintió, sintiendo el abandono que había pasado cuando él se fue por primera vez. Odió sentirlo, odió experimentar tanta vulnerabilidad, pero sabía, sin dudas, que si su padre estuviera frente a él, pasaría exactamente lo mismo. Lo perdonaría, aunque el rencor que ahora sentía fuera tan asfixiante y doloroso.

Porque se había mentido, porque no los podía odiar.

- Mi presencia en esta tierra ha terminado. Pero tu camino sigue. ¿Estarás bien? – Preguntó Alexiel, mirándolo detenidamente. Adam suspiró quedamente antes de asentir. Sintiendo su voz perdida en algún lugar de su interior. – Estoy orgulloso de ti, hermano, eso nunca lo dudes. – Aclaró, le dio unas palmaditas en la mejilla y desapareció en la oscuridad sin premeditación. Su cuerpo explotó en miles de esferas plateadas que brillaron alrededor de Kalyo por unos segundos.

El ángel perdió su vista en la nada, cerrando los ojos y sintiendo la soledad más heladamente de lo que recordaba su oscuro corazón. No podría olvidar el pasado, pero podría mirar hacia el frente. Sabía que su vulnerabilidad se debía a una persona. A una presencia humana que había removido su mundo, pero no le importó.

Abrió los ojos, sintiendo el viento fresco en el rostro, removiendo sus prendas en una suave danza de comprensión. Sonrió con desolación, permitiéndose una expresión desconsolada por tan sólo unos minutos.

Minutos en los que tardó en percibir una guerra aproximándose.

Apretó su collar con la mano y se prometió enorgullecer a su familia. Costase lo que costase.

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- ¿Qué rayos es esto? – Hermione apretó los labios, no creyéndose lo que tenía a su alrededor. Sus extremidades cansadas perdieron equilibrio y cayó de rodillas al frío suelo de mármol. El remolino de emociones que estaba sintiendo le causó un agudo dolor de cabeza, impidiéndole una contemplación clara de lo que sucedía frente a sus ojos. Luna se situó a su lado. – No, Merlín...

La visión de la enorme calavera envuelta en la serpiente verde que se encontraba suspendida un poco más allá de los terrenos del colegio, los golpeó a todos con incertidumbre, enviándoles escalofríos de terror por todo el cuerpo.

- ¿Un ataque? – Jadeó Harry, aunque no podía ver ningún signo de batalla. Parpadeó por un momento, pensando lo peor.

Se habían transportado cerca de la torre de Astronomía por lo que tenían una visión clara y profunda de los terrenos del colegio y ubicaciones cercanas. Todo parecería medianamente sereno si no fuese por la marca tenebrosa suspendida en el cielo o por los gritos del alumnado que empezaban a escucharse en la lejanía.

Draco se acercó a uno de los grandes ventanales que tenía vista hacia las puertas de Hogwarts y, a la distancia, visualizó una serie de resplandores de colores que rodeaban la entrada. Draco no tardó en comprender que los hechizos de defensa del castillo habían empezado a activarse.

- Estamos en alerta, hay hechizos protectores por todas partes. – Informó el rubio tras acercarse a ellos. Le tendió una mano a la castaña y le ayudó a ponerse de pie, rodeándole la cintura con los brazos para evitar que se desplomara de nuevo. - ¿Estás bien? – Preguntó en voz baja.

Hermione asintió quedamente. Hadar y Ryan se apartaron un poco de ellos y comenzaron a hablar en voz baja. Harry permanecía un poco aturdido por todo lo que había pasado, pero miraba la marca tenebrosa con un brillo de miedo en los ojos. Ron lo sostenía, temeroso al ver el pálido color de su rostro.

Luna, seguida de Neville, trotó al final del pasillo y se asomó hacia la otra ala del castillo.

- Deberíamos ir con Dumbledore o con algún profesor, los corredores están vacios. – Informó la rubia, tranquilamente. Ginny se acercó a sus amigos y miró los pasillos desiertos con desconfianza.

- ¿Piensan que... que ellos están aquí? – Preguntó la pelirroja, mirándolos con el ceño fruncido.

- No nos quedaremos para averiguarlo. – Habló Ryan, paseando su mirada por todos ellos. – Hadar, moviliza a la primera división de ángeles y yo llevaré a los chicos a un lugar seguro. – El ángel guerrero asintió deprisa, alejándose por el extremo contrario a su posición. Hermione estaba muy confundida, pero aún así, alcanzó a oír el breve murmullo que invocó Hadar para comunicarse con los suyos.

- ¿Primera división? – Preguntó la castaña, temerosa por la respuesta. Draco la apretó contra sí, previniendo la contestación.

- La primera división de ángeles guerreros. – Respondió Ryan, haciéndoles un ademán para que lo siguieran. Cruzaron un par de pasillos antes de que el ángel volviera a pronunciar palabra. – Estamos bajo alerta, siento la presencia de demonios por los alrededores. No tardarán en atacar y dado que Kalyo se encuentra... indispuesto en estos momentos, debo movilizar a sus guerreros y reforzar las defensas del castillo. – Giró un poco la cabeza, asegurándose de que lo seguían y añadió: – Pero primero tengo que ponerlos a salvo, no podemos permitir que los humanos se mezclen en esto.

Para ese momento, Harry se detuvo, abruptamente. Ron chocó contra él, confundido.

- ¡Espera! – Exclamó el pelinegro, pues Ryan ya estaba a diez metros de distancia. El ángel apenas y se giró a mirarlo. – No podemos escondernos. – Dijo, como si fuera obvio. Sintió un profundo valor extenderse por todo su pecho y repasó a sus amigos con la mirada. – Si esto es el inicio de la guerra, yo quiero luchar. – Finalizó, decididamente.

Ryan sonrió de lado, negando con la cabeza mientras les daba la espalda de nuevo.

- Nos pondremos a salvo. – Dijo, y a nadie le quedó duda de que era una orden. Ryan comenzó a caminar de nuevo, esta vez un poco más rápido pues los gritos a su alrededor empezaban a ser más notables.

Harry quiso replicar, pero Ron lo empujó para que caminara. Entendió, al ver las miradas que sus amigos le dirigieron, que llegado el momento, ellos también pelearían.

Cuando habían cruzado más pasillos y escaleras de las que Harry podría recordar, Ryan paró en seco frente a una puerta de roble. Harry trató de recordar, pero le fue imposible reconocer aquella puerta y aquel pasillo.

El ángel miró en ambas direcciones, asegurándose de que no hubiese nadie a los alrededores. Los gritos y murmullos habían cesado y todos pensaron firmemente que los alumnos se habían puesto a salvo. La soledad de los pasillos los había puesto nerviosos, pero nadie se atrevía a expresarlo en voz alta. No había señales de los miembros del profesorado, y Harry, por un momento, tuvo el horrible presentimiento de que estaban pasando algo por alto.

El chico miró a Ryan fijamente por unos segundos, sus ojos se abrieron de golpe, comprendiendo todo al ver la dirección que miraba el rubio ángel a través de los enormes ventanales, pero antes de que pudiera expresar lo que había procesado, Hermione lo interrumpió.

- No hay luna llena. – Murmuró ella, aunque por el silencio, se hizo oír con el suave eco de las paredes. En primera instancia, sus amigos la miraron sin entender lo que ella quería decir, pero tras unos segundos en silencio, mientras Ryan miraba el horizonte, lo comprendieron, abriendo los ojos con sorpresa.

- No hay luna llena, no hay hombres lobo. – Ginny frunció el ceño, tratando de entender aquel embrollo. – Entonces... ¿Qué...?

- Los hechizos protectores están activándose porque hay alerta de un ataque al colegio. – Susurró Harry, mirando a Ryan fijamente. El ángel también lo miró, mostrando una mirada seria y una expresión fría en sus pulcras facciones. – Eso, sin embargo, no quiere decir que no haya ya un ataque.

- ¿Qué quieres decir? – Preguntó Neville, que tras su llegada al castillo, no había dicho palabra alguna.

- Están atacando Hogsmeade y los profesores están ahí, luchando. – Ryan levantó el mentón, sonriendo ante su percepción. – Por eso los escudos del colegio se están activando. – Harry paseó su mirada por los presentes, afligido. – Los alumnos debieron ver la marca tenebrosa y se han movilizado. Y Ryan quiere alejarnos del conflicto. – Agregó, mirando al ángel, gélidamente.

- Eso tiene demasiado sentido. – Maldijo Draco, acercándose de nuevo a uno de los enormes ventanales y mirando a través de él, arrastrando a Hermione de la mano.

Allá, en la lejanía del horizonte, un poco más atrás de lo que era la enorme y verduzca marca tenebrosa, una hilera de humo ascendía hacia el cielo, inundando los alrededores con una nube gruesa y espumosa. El brillo de las llamas apenas era perceptible desde su posición, pero era notable el hecho de que el fuego aumentaba cada segundo con una velocidad alarmante.

- Debemos ayudarlos. – Declaró Harry, firmemente, mirando al ángel con decisión. – No me quedaré aquí, Ryan, te lo advierto.

- Me temo, señor Potter, que dentro de estas instalaciones yo sigo siendo un maestro, por lo cual, le ordeno permanecer adentro. – Habló el rubio ángel, sonriendo socarronamente. Tomó a Harry del hombro, empujándolo con demasiada fuerza dentro de la habitación. El chico cayó de bruces, golpeándose y maldiciendo por el dolor. Ron corrió a su ayuda y la rubia lo siguió. – A salvo, con los demás. – Aclaró sin borrar la sonrisa, empujando también a la pelirroja, que cayó al suelo de espaldas soltando improperios. Neville murmuró algo incongruente y se apresuró a ayudar a su amiga.

Ryan siguió sonriendo, mirando a los dos chicos que faltaban. Hermione apretaba los labios, escondida detrás del cuerpo de Draco, mientras el chico miraba fríamente al ángel.

- Puedo ayudarlos. – Ofreció el rubio, teniendo el claro énfasis de no incluir a nadie más en su propósito. – Conozco a los Mortífagos mejor de lo que crees. – Ryan hizo una mueca, negando con la cabeza y empujando a Neville de vuelta a la habitación, viendo que quería escapar. Aún se escuchaban suaves lamentos de Harry, que parecía haberse lastimado el brazo.

- Está aún no es su guerra, señor Malfoy. – Explicó Ryan mientras ofrecía su mano. – Entren. Ya. – Ordenó. Hermione negó, retrocediendo instintivamente mientras el rubio se disponía a sacar su varita. Pero antes de cualquier movimiento, con una rapidez inexplicable e inalcanzable para el ojo humano, Ryan se posicionó detrás de ambos y los empujó al interior de la habitación.

El ángel permaneció un momento frente a la puerta de ocre, observándolos con una sonrisa triunfal.

- Regresaré por ustedes, humanos. – Aseguró el ángel antes de cerrar la única salida de aquella habitación. Draco se levantó, enfurecido por aquel trato, pero antes de poder llegar a la puerta, ésta desapareció. El rubio profirió una maldición, pateando la pared hasta hacerse daño.

- ¡Maldito ángel! – Chilló de dolor, cayendo al piso al tropezar con algo a su espalda. Hermione corrió hacia él, asegurándose de que no estuviera gravemente herido de la punta del pie.

- ¿Cómo se atreve? – Dijo Harry, enfurecido, tomándose fuertemente el brazo sobre el que había caído.

- Esto es desesperanzador. – Murmuró Ron, con una mueca.

Hermione miró la habitación, era terriblemente pequeña y claustrofóbica, no tenía ventanas o algún otro pasaje de escape. No había sillas, y Hermione se preguntó qué tipo de lugar sería aquel. Estaba pensando seriamente utilizar magia para escapar, pero desechó la idea rápidamente.

- No podemos usar la varita porque sería muy peligroso. – Aclaró Neville en voz alta, pensando que todos sondeaban esa posibilidad. – El lugar es muy pequeño. Además, dudo que la magia funcione. – Añadió, como quien no quiere la cosa.

Harry gruñó, levantándose de un brinco y caminando de un lado para otro. Ginny se tumbó en el suelo, con gesto cansado. Luna miró el techo informe cubierto de figuritas, pensado que era muy extraño.

Ron dejó resbalar su cuerpo por la pared de piedra, cerrando los ojos con gesto angustiado. Draco, sentado en el suelo y sobándose la pierna adolorida, murmuraba maldiciones entre dientes, descargando su furia verbalmente. Hermione tuvo la tentación de ir con su mejor amigo, pero decidió sentarse al lado del rubio y tranquilizarlo.

Sumidos en la pálida iluminación de la habitación, los murmullos ahogados del inició de la batalla afuera en los terrenos los aturdió, sumiéndolos en un letargo abrumador sin esperanza de salir pronto.

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*~*~*~*~*~*~*~*~*~*

Kalyo apareció a las afueras de Hogwarts cuando los primeros ángeles guerreros arribaban al castillo.

El castaño se acercó a Ryan, cauteloso. La presencia mágica que vibraba en el aire era tan oscura que podría describirse como terrorífica. Los rayos y fulgores multicolores se percibían a la distancia, perdiendo potencia de vez en cuando, pero cada vez con mayor frecuencia. El desate de la batalla apenas cobraba fuerza, acercándose con pasos agigantados hacia la posición defensiva que construían los ángeles de la primera división de su ejército alrededor del castillo.

El ángel apretó las mandíbulas, consciente de la jugarreta que tramaba Perseus. El sembrar terror y pánico en la comunidad mágica, sólo haría las cosas más sencillas para Voldemort y demás. Los ángeles tendrían que proteger a los inocentes, siguiendo su naturaleza guardiana, pero los demonios no se tomarían la delicadeza de perdonar un alma inocente.

Atacarían, arrasando lo más que pudieran, como kamikazes sin fin alguno. Sin esperar una victoria, pero si el sembrar un ambiente de desolación y dolor. Así, pasados unos insuficientes días para la recuperación, ellos, fuertes y capaces, desatarían su verdadero ejército en un segundo ataque magnificente y aterrador.

Kalyo lo sabía, por ello tendría que barajar sus propias cartas, usaría su primera división solamente, salvando las cuatro más que le quedaban como reserva. No llamaría a los vampiros, pues los hombres-lobo quedaban descartados en este primer encuentro.

Él mismo lucharía hasta arrasar con todos los demonios, Mortífagos, duendes y gigantes que se topara. No habría perdón, arrepentimiento, mucho menos piedad.

Era tonto, pero en ese momento deseaba aniquilar, vengar. Tenía sed de sangre, sed de guerra.

Era su momento, aquel que había esperado desde su iniciación como general supremo de la guardia angelical. Seguiría los pasos de su familia y marcaría su leyenda con poderío y grandeza. Pero antes debía asegurarse de algo...

- Mi señor. – Pronunció Ryan en cuanto lo miró. El guerrero se inclinó un poco, mostrándole respeto a uno de los seres que más se lo merecía en el universo. - ¿Quieres que ayudemos a las defensas de los hechiceros en el pueblo? – Preguntó, levantando un poco la vista para mirar sus ojos inexpresivos, brillantes de anticipación.

- No. – Negó el castaño, revisando su alrededor, asegurándose de que todo estuviese en orden. – Esperaremos aquí. El enemigo vendrá, los magos no son tan idiotas como para dejarse matar, retrocederán hasta ganar cierta ventaja y ahí es cuando responderemos al ataque. – Kalyo lo miró, fijamente, sopesando sus palabras tras unos segundos en silencio. - ¿Dónde están?

No hubo necesidad de decir a quién se refería, pues a pesar de la posición fría y calculadora que había adoptado Kalyo, cierta preocupación seguía reluciendo en sus facciones marmóreas. Ryan sonrió, a sabiendas de que ese ángel arrogante estaba perdiendo sus barreras de hielo.

- A salvo. – Se limitó a responder. Lo miró, sin borrar su sonrisa. – Sin posibilidad de escapar. – Añadió, orgulloso de él mismo.

Kalyo asintió, interiormente aliviado, enterado del movimiento que Ryan había hecho y agradecido porque los humanos estuvieran a salvo. Se giró de nuevo, dispuesto a dar unas cuantas órdenes, cuando miró el cielo.

Se quedó paralizado, sorprendido por lo que sus ojos miraban.

La avanzada del enemigo había llegado, irrumpiendo las defensas mágicas (y débiles) del castillo y tomando por sorpresa al general de los ángeles del ejército de los cielos.

El número de atacantes era inmenso, más de lo que hubiese recordado. Adam apretó las mandíbulas, tensando su cuerpo al comprender que Perseus había estado bastante ocupado. Sacudió la cabeza, dispersando todo tipo pensamientos negativos que irrumpieran en su frialdad al tomar decisiones. Se giró hacia sus treinta ángeles guerreros, mirándolos con seriedad y entereza. No demostrando miedo, intranquilidad o abatimiento. Sólo una fría confianza.

- Ryan. – Llamó Kalyo, mirándolo de perfil, esperando por la contestación a la pregunta no realizada.

- Por lo menos ochenta demonios, dos decenas de duendes, treinta mortifagos y un gigante. – Respondió el rubio, automáticamente. Su expresión era seria, calculadora, concentrada en lo que se avecinaba. No dijo nada más, pero el castaño no necesitaba más información. Sabía, a ciencia cierta, que los Aurores llegarían en cualquier momento, encargándose de los Mortífagos que, sinceramente, eran los menos importantes en su batalla.

Adam miró a sus guerreros, sonriendo de medio lado y extendiendo su brazo derecho hacia el frente. Una luz cegadora resplandeció de su palma, formando una estela de luz dorada y materializando su espada a cada centímetro que avanzaba por sobre su mano.

La Divine Sword brilló con intensidad, mostrando la historia del universo en su hoja, elegante y orgullosa. Adam levantó la vista, alzando el mentón con poderío sin dejar de sonreír.

- Nos superan el número. – Comenzó, haciéndose oír entre los murmullos y los gritos de guerra que, a la lejanía, profería el enemigo. – Pero ellos no pelean por algo digno. Muestren su poder, su educación guerrera... muéstrenles de lo que son capaces. – Los ángeles lo miraban con orgullo, con nervios de antelación, con esperanza brillando en sus ojos. – Caballeros, tenemos esperanza... derroquémoslos, sin miedo, sin titubeo... – Alzó la espada por su cabeza y señaló el castillo. – Ahí adentro hay gente que nos necesita... ¡Demostremos que no somos contrincantes débiles! – Miró a Ryan, que le sonreía con respeto. - ¡¿Están conmigo?! – Gritó, inquietó de anticipación.

Nadie respondió, pero bajaron sus cabezas y desenvainaron sus espadas para gritar, jubilosos y renovados de esperanza. Kalyo se giró, encarando al enemigo, y ordenó el avance con un movimiento de espada.

Las ráfagas de viento, producto de las alas de los guerreros, furiosas y arremolinadas, cruzaron por sobre el hombro del castaño con una fuerza sorprendente. Ryan se quedó a su lado, esperando las órdenes de su general para realizar su siguiente movimiento.

El castaño permaneció sereno, sosteniendo la espada en su mano derecha con fuerza y prestando atención en el avance de sus guerreros en el campo de batalla.

- No podemos caer en la trampa de Perseus. – Susurró él, sin girarse a mirarlo. – Nos supera en número, y lo sabe. Confía en que tengamos que recurrir a medidas drásticas, pero no le podemos dar el gusto de llamar por refuerzos. – Suspiró, viendo como la primera horda de ataques resplandecía en el cielo oscuro. Sonidos metálicos cruzaron el horizonte, hojas colisionando, dejando estelas de luz a su paso. – Debemos resistir con lo que tenemos. Si está es su avanzada, no pudo imaginarme de que tamaño será su ejército, y debemos resguardar los refuerzos. – Murmuró entre dientes, girando un poco su rostro y mirando el cielo a unos cien metros de distancia de la pelea. Decenas de escobas con Aurores llegaban para cobrar participación en la batalla, sacándole a Kalyo una sonrisa de autosuficiencia.

- Señor... – Murmuró Ryan, sonriendo. Vio a los Aurores con detenimiento y supo que podrían hacerlo. Varios magos, participes de la batalla en el pueblo, cruzaban las puertas, buscando refugio para tratar sus heridas. Los miembros del profesorado también comenzaban a arribar a la defensa que les brindaba el colegio, mirando todo su alrededor, asegurándose que ni un alumno estuviera rondando los terrenos.

Los enemigos comenzaban a irrumpir en los terrenos a través de las puertas mágicas de Hogwarts, rompiendo las barreras mágicas y lanzando hechizos estridentes por doquier, rugiendo como bestias salvajes a su entrada. Una enorme masa de carne atravesó la puerta metálica, lanzando a varios duendes a su paso y mirando todo con una locura implantada en sus fríos ojos negros.

- Los humanos deben servir de algo. Llévate a dos ángeles y derroquen al gigante. – Dijo Kalyo, mirándolo por fin e ignorando los salvajes gruñidos y exclamaciones de guerra que cobraban fuerza a su alrededor. - ¿Estás conmigo, amigo? – Le preguntó, seriamente, mirando sus ojos azules con detenimiento.

- Hasta la muerte, Kalyo. – Murmuró, fiel y orgullosamente.

Kalyo le sonrió de lado, y sin decir nada más, ambos partieron a diferentes direcciones pero con la meta de un mismo propósito.

Las majestuosas y hermosas alas del castaño envolvieron el aire mientras Kalyo volaba hasta alcanzar su primer objetivo. Los símbolos dorados de su cuerpo brillaron cuando atacó al primer enemigo, derribándolo de una profunda y acertada estocada. Tan intenso fue el fulgor de sus ojos, que cegó a dos demonios, desprotegiéndolos de su ataque furioso. Los derribó de inmediato, regocijándose con su obvia superioridad y astucia.

No perdió detalle de sus flancos ni su espalda, atravesó el tórax de un enemigo con furia masiva, arrancándole un brazo al lanzarlo contra el frío césped bajo su posición.

La satisfacción de la guerra lo llenó de una adrenalina poderosa y estimulante. Cuando mató al siguiente demonio sin dificultad alguna, la energía de su naturaleza ya lo había consumido, convirtiéndolo en un guerrero letal e invencible.

Ángeles y demonios seguían el viejo ritual de batalla, sumiéndose en peleas cuerpo a cuerpo, sabiendo que la magia entre ellos era insatisfactoria y aburrida. La magia nunca lograba hacerles mucho daño, y lo habían aprendido arduamente al pasar de los años. Si bien no podían matarse con magia, siempre había conjuros poderosos que complementaban su ataque físico, volviéndolos poderosos e imparables.

Kalyo blandió su espada, invocando su primer hechizo de la noche. La estocada cortó el aire, produciendo una ráfaga de viento que cruzó el campo de batalla, alcanzando al menos a cinco demonios que cayeron al instante, convirtiéndose en cenizas mucho antes de alcanzar el frío césped.

El ángel enterró la espada contra el cráneo de otro demonio, sintiendo el primer pinchazo de dolor en el pecho y comprendiendo que el primer ángel de su división había muerto. La sangre empapaba su abrigo blanco, pero a él poco le importaba. Apretó los dientes cuando el dolor de la muerte de otro de sus guerreros le atravesaba el pecho, confundiéndose con otro que llegó un segundo después.

Kalyo tragó, frunciendo los labios y blandiendo su espada en dirección de otro enemigo que se le acercaba con furia. Sus armas colisionaron, produciendo un sonido metálico que cruzó el aire. Otro pinchazo le indicó que alguien más había muerto y, enfurecido, le partió la mandíbula a su atacante con una patada, tomando lo que quedaba de su rostro entre su mano izquierda y lanzándose hacia el piso con el demonio entre sus manos, envolviéndose entre sus alas blancas e impulsándose hacia abajo con su propio peso. Estrelló al enemigo con un golpe furioso y seco, dejándolo agonizar y lanzándole una mirada de superioridad que hubiera aterrado hasta al más valiente.

Alzó el vuelo justo para detener el avance de un demonio que estaba a punto de atacar a un Auror. Le clavó la espada a la altura del pecho, salpicándose de sangre en su frío rostro. Sus ojos relampaguearon, atacando a otro enemigo con más furia que antes. Le rompió el brazo con una patada y le clavó la espada en el cráneo, viendo como ese repugnante demonio se desintegraba frente a sus ojos.

Algo le golpeó la espalda, pero él ni siquiera soltó ruido alguno. Se giró, deteniendo la espada enemiga con su mano libre, enterrándose parte de la hoja en la palma de su mano, pero ignoró el dolor y tiró de ella para derribar al demonio que lo había atacado.

Bajó a su altura, disfrutando de la visión de inferioridad que mostraba el demonio herido. Le colocó la planta del pie sobre la cabeza, aplastándolo hasta hacerlo chillar, y observándolo sufrir mientras olas de espasmos consumían el cuerpo del demonio con lentitud.

Los demonios eran de complexión terrorífica cuando se desfiguraban hasta tomar forma monstruosa, con sus garras enormes, ojos rojos y brillantes y la piel grisácea, eran aterradores hasta la punta de las huesudas alas. Los cientos de colmillos, cubiertos de sangre, sobresalían por el orificio que tenían como boca, y las venas saltaban por su cuerpo, deformando sus facciones enloquecidas y furiosas.

Adam sabía, mirando al demonio que aún estrangulaba con la planta del pie, que los demonios podían lucir una belleza horripilante sin su transformación demoniaca, pero cuando realmente pasaban a la fase guerrera, todos ellos parecían sacados de las peores pesadillas, impidiendo, muchas veces, la concentración en la pelea.

Sin embargo, Adam estaba acostumbrado a su escalofriante aspecto, y todos sus guerreros también. Levantó la espada por encima de su cabeza y la bajó, furiosamente, para enterrarla en la frente del enemigo. La sangre se esparció con rapidez, cubriéndole a Kalyo parte de los pantalones y produciéndole una mueca de satisfacción al percibir el último halito de vida del demonio. La criatura explotó en una nube de cenizas, esparciéndose por el campo de batalla y permitiéndole al ángel respirar el aroma de la victoria.

Apartó la mirada de su espada ensangrentada y miró el castillo de Hogwarts, silencioso, magnificente y sombrío en aquellos momentos. Los pinchazos de dolor en su cuerpo, avisándole de la muerte de uno de sus ángeles guerreros, se habían pausado momentáneamente, pero Adam, al inclinar la cabeza y observar el cielo, se dio cuenta de que su ejército estaba en clara desventaja.

La cantidad de demonios se movía, frenéticamente, luchando con furia desde todos los ángulos que pudiesen acaparar. Los ángeles se defendían con destreza, buscando flancos desprotegidos para blandir su espada y atacar al enemigo, pero aún eso parecía insuficiente. Adam miró del otro lado de los terrenos, donde los Mortífagos y Aurores se batían a duelo, cubriendo los alrededores con rayos multicolores y llenando el ambiente con el sonido de sus hechizos y maldiciones. Le pareció ver el reflejo platinado del cabello blanco del director de Hogwarts, pero no estuvo muy seguro.

Fue un momento después, cuando giró su rostro sólo un poco para asegurar perímetro, que lo vio.

Ahí, agazapada y temblante, una pequeña figura se escondía entre la muralla que una columna de mármol le ofrecía.

Kalyo ni siquiera esperó a reconocerla, una ola de protección lo abrazó, obligándolo a ir en su ayuda y defensa. El castaño ni siquiera fue consciente del hecho, pero estaba abandonando su posición para ir a defender a un pequeño y débil humano.

Aterrizó dentro de uno de los pasillos del castillo, viendo la figura, a unos veinte pasos de distancia, temblando incontrolablemente y sollozando contra sus pequeñas manos. El ángel entrecerró los ojos, maldiciendo internamente al reconocer la figura de la enana castaña que tanto lo irritaba. Se acercó en grandes zancadas hacia ella, alerta en todo momento.

Alice pegó un respingo cuando su mano se dejó caer sobre su hombro, asustándola. Adam pensó que debería haberlo hecho con un poco de sutileza, pero inmediatamente se recriminó por estar siendo condescendiente en un momento tan delicado e importante.

- No llores, niña. – Le susurró, un poco incómodo ante los sollozos de la pequeña. Se arrodilló al lado de ella y le movió el brazo. – Alice, soy yo. Adam.

La niña lo miró, pero se echó para atrás, asustada por sus ojos brillantes y dorados.

- N-no m-me hagas d-daño... – Balbuceó, encogiéndose. – Sólo q-quería ir al b-baño. – Alice lloró de nuevo, y Adam maldijo, pensando que debería haber mandado a uno de sus guerreros a realizar aquel desagradable trabajo.

- Soy Adam. – Repitió, en una réplica. – Y no te voy a hacer nada. – La niña aún no lo miraba, y eso empezaba a fastidiarlo. Y por muy estúpido que sonase, no quería asustarla más llevándosela a la fuerza. – Alice, mírame, ¿me recuerdas?

Alice lo miró de nuevo, con el rostro anegado en lágrimas. Abrió sus ojos con sorpresa y se tiró a sus brazos al siguiente segundo.

- ¡Adam! ¡Por los hipogrifos! Estoy tan asustada... – Murmuró, con la voz completamente afligida. Escondió su rostro entre su hombro y comenzó a llorar, temblando profusamente.

Adam no dijo nada, levantándose con la niña en brazos y mirando todo a su alrededor.

Un demonio se dirigía hacia ellos, con la hoja de su espada brillando de color negro. Adam detuvo su ataque con la mano, teniendo un poco de dificultades al cargar con la pequeña en su otro brazo. Se colocó de costado, defendiendo a la niña, y golpeó al demonio con la punta de la espada negra, perforándole la mejilla y logrando que la criatura trastabillara.

El castaño no permitió que se recuperara. Se acercó al demonio y le dio un golpe en la mandíbula, tirándolo al piso y dejándolo inconsciente.

- Agárrate bien. – Le ordenó a la pequeña. Ella rodeó su cuello con los brazos, encogiéndose contra él todo lo que pudo. Protegiendo la cabeza de Alice con una mano, el ángel convocó su espada, enterrándola en el pecho del enemigo. El demonio desapareció en una nube de cenizas mientras Adam echaba a correr en dirección contraria a la batalla.

Cuando pensó que estaban lo suficientemente apartados de cualquier ataque, Adam se arrodilló en el suelo y apartó a la pequeña de su cuerpo.

- ¿Dónde está tu hermano? – Le preguntó en un susurro. Alice se encogió de hombros, temblando. El castaño hizo una mueca, tomándola en brazos de nuevo y echando a correr en dirección a la sala común de Gryffindor.

Durante el camino, el ángel se topó con algunos estudiantes que trataban de resguardarse en sus salas comunes, siendo guiados por los alumnos mayores e incluso le tocó ver a un par de profesores.

Desgraciadamente, ningún estudiante era de la casa de los leones, y por más que deseara dejar a la pequeña enana con ellos, un estúpido sentimiento de vulnerabilidad se apoderó de él. Alice estaba aferrada a su cuerpo, como si no quisiera soltarlo, y por muy tonto que sonase, eso logró conmoverlo. Les dio un par de instrucciones a unos alumnos de Ravenclaw y se despidió, irritado, de ellos.

Decidido a llevar a Alice a un lugar seguro por su propia cuenta, Adam siguió corriendo en dirección a la sala común de los leones. Derribó a un Mortífago que se blandía en duelo contra un estudiante. Reprimiendo sus ganas de matarlo simplemente lo dejó inconsciente, ordenándole al chico que lo atara y buscara refugio.

Dobló un pasillo, acomodándose a la pequeña que seguía temblando sobre su hombro y escuchando el eco de la batalla a su espalda, cuando tres niños chocaron contra él.

Dos de ellos cayeron al suelo, y uno simplemente trastabilló. Los tres tenían sus varitas a la mano, pero el ángel pensó que no sabrían nada de hechizos de defensa. Adam maldijo de nuevo, pensando en el hecho de que había demasiados humanos arriesgando tontamente su vida.

Miró a uno de los caídos, y soltó un suspiro de alivio al reparar que se trataba de Anthony, el hermano de la niña que llevaba en brazos.

Lo tomó del brazo y lo incorporó, arrodillándose para estar a su altura. Alice siguió aferrada a él, aunque había dejado de llorar. El pequeño castaño tenía los ojos rojos, clara muestra de que había llorado. Miró la espalda de su hermana y se dejó caer de nuevo al suelo, llorando de alivio.

- E-eres u-una tonta... – Masculló el pequeño, escondiendo su rostro entre sus manos. – Pensé q-que... y-yo p-pensé... – No pudo terminar la frase, y su hermana se volvió hacia él al reconocer su voz. Se soltó de Adam llorando y abrazó a Anthony, fuertemente, susurrando cosas incoherentes.

- L-lo s-siento...

Los otros pequeños los miraron, soltando sonoros suspiros de alivio. Adam se sintió extraño, mostrando una mueca indescifrable en sus gélidas facciones. Creyó recordar a los dos pequeños que acompañaban al enano castaño, pero no prestó mucha atención.

Cuando una punzada de dolor lo recorrió, recordó que no tenía tiempo de sentimentalismos.

- Anthony, escúchame. – El niño lo miró por sobre el hombro de su hermana, no pareciendo sorprendido por sus ojos dorados. – Debes llevar a tu hermana y tus amigos a un lugar seguro. Quiero que corran lo más rápido que puedan hacia la torre de Gryffindor

- A-acompáñanos... – Susurró, aterrado, con un tono de voz casi inaudible.

El niño parecía confundido y demasiado asustado, pero el ángel ya había demostrado demasiada compasión con ellos.

- Anthony, si no lo hacen solos, morirán muchas personas. Yo no puedo acompañarlos. – Replicó. Lo miró intensamente, transmitiéndole toda la fuerza de voluntad que podía. – ¿Es tú hermana, no? Es tú familia... debes protegerla.

El pequeño castaño asintió, dudoso.

- Yo nací primero... – Susurró, reafirmándose algo hacia él mismo. – E-está bien. Lo haré.

Adam sonrió.

- Correrán a la torre de tu casa. Sin mirar atrás, sin detenerse por nada... ¿Entendido? – Indicó, mirándolos a todos. Los tres niños asintieron y la niña se giró a mirarlo, llorosa. – Están en Gryffindor por algo... ¿verdad? – Dijo, firmemente. Los niños asintieron. - Escúchame, enano, si sales de está juro que te llevaré conmigo a volar. – Anthony sonrió, aunque parecía un poco inseguro.

- Gracias, Adam... – Susurró la niña, acercándose a él. Lo abrazó de nuevo y depositó un sonoro beso en su mejilla, produciendo una mueca en el castaño. – Vámonos, Anthony... – Jaló la mano de su hermano y lo incorporó. Ella estaba temblando, pero parecía bastante segura de lo que hacía.

Echaron a correr por el pasillo, siendo seguidos por la mirada de Adam. Cuando se perdieron totalmente, el ángel suspiró.

- Sean valientes, pequeños humanos... – Susurró, sintiéndose más aliviado.

Extendió sus alas y salió disparado por uno de los ventanales, sobrevolando el ala este del castillo y llegando al corazón de la batalla. Aterrizó en los terrenos, como a unos cien metros de donde los demonios peleaban contra los ángeles. Pateó a unos cuantos duendes que pretendían atacarlo y lanzó una esfera de energía desde la palma de su mano para repelerlos.

Degolló a dos demonios de una estocada firme y se deshizo de un Mortífago que osó encararlo.

El ángel maldijo entre dientes, sintiendo otra punzada de dolor en el pecho. Buscó a Ryan con la mirada y lo encontró a unos quinientos metros de su posición, conjurando su magia para derribar al enorme gigante que lo atacaba.

Adam sonrió, desplegando sus majestuosas alas y alzando el vuelo, cubriendo el cielo con un conjuro poderoso de llamas color verde que lo envolvieron. Llamó la atención de los Mortífagos y Aurores, como era su cometido, y lanzó una estocada con su espada, partiendo el aire con destreza y dirigiendo su ataque al sendero donde su amigo combatía.

La poderosa ráfaga de aire le dio de lleno a la criatura monstruosa, derribándola con un estrepitoso retumbo. Ryan sonrió en su dirección, burlonamente, mientras le clavaba al gigante su espada reluciente en el centro del pecho. La sangre brotó a borbotones, y Adam, desde su posición, alcanzó a mirar el temblor descontrolado del gigante en sus últimos soplos de vida.

Los Aurores se recuperaron de la distracción rápidamente, aprovechándose de la situación y atacando al enemigo que seguía deslumbrado con la visión de Adam ardiendo en llamas.

La mayoría de los Mortífagos, distraídos, fueron desarmados con una velocidad increíblemente penosa. Adam sonrió con arrogancia, entendiendo que Voldemort había mandado a sus subordinados más estúpidos.

Ryan invocó la forma curveada de un arco, preparando dos flechas y acomodándolas para disparar en dirección de un demonio que se dirigía hacia él. El demonio se cubrió el cuerpo con un ala, demasiado cerca del ataque para esquivar la flecha. La puntería del rubio fue perfecta, cruzando con firmeza el ala huesuda de la criatura e insertándose en la cabeza del demonio, convirtiéndolo en cenizas en unos cuantos segundos.

Adam perdió de vista al rubio cuando sintió que alguien, sigilosamente, le clavaba una daga en el brazo izquierdo. El castaño profirió una maldición, girándose para encarar a su atacante y murmurando un hechizo destructor mientras levantaba su espada. Las llamas seguían ardiendo a su alrededor, pero se consumieron cuando el castaño perdió la concentración del conjuro.

Su sorpresa no fue inmensa por ver a Perseus sonriéndole perversamente, su sorpresa fue inmensa al ver la nueva imagen de Perseus. Lucía una espesa musculatura, con el cabello -antes negro- de color blanco brillante, colmillos ensangrentados, con ojos resplandecientes y enloquecidos, enmarcado por sus alas angelicales desmesuradamente largas y oscuras, vestido con una armadura negra, reluciendo su belleza terrorífica más imponente de lo que Kalyo recordaba. Tenía los brazos cubiertos por cicatrices rojas como la sangre y en el rostro, la cicatriz que le cruzaba la frente ahora brillaba, malévolamente.

Su rostro era espeluznante, Kalyo se sorprendió al sentir un escalofrío involuntario. No por su apariencia, si no por el aura lúgubre y el poderío que emanaba su enorme cuerpo.

El castaño no dijo nada, observando fijamente a su antítesis retorcida, sintiéndose vulnerable al no conocer las repercusiones del cambio de ese demonio.

- ¿Te sorprende verme, ángel? – Preguntó Perseus, mirándolo con perversidad. Su boca, mostrando sus largos colmillos, dejó escapar un sonido espeluznante.

- Pareces más loco que de costumbre, demonio. – Respondió Kalyo, manteniendo su postura orgullosa en todo momento. Sin dejarse intimidar por aquel aspecto diabólico de su enemigo.

El demonio sonrió, contrayendo su marmórea y pálida piel en una mueca burlona. Extendió sus alas de ángel caído con elegancia, desenvainando su poderosa espada. La Evil Sword era grande, potente, con la hoja negra, gruesa y resplandeciente, detallada finamente por el mismísimo diablo. La empuñadura lucía un exquisito bordado de alas demoniacas, repleto de elegantes esferas plateadas. Adam frunció el ceño, tomando su propia pose defensiva y mirando, fríamente, a Perseus.

- Has estado tan entretenido con tu preciosa humana... – Negó el demonio, burlonamente. Miró a su alrededor, sonriendo ante la masacre que sus demonios causaban hacia los ángeles. Sus dientes afilados reverberaron. – ...que no te has percatado de la realidad a tu alrededor. – Suspiró, fingiendo pena.

Adam apretó la empuñadura de su espada, irritado. Extendió sus alas, no dispuesto a oírlo más, y se lanzó hacia él entre un espiral de colores. Su cuerpo dio una pirueta en el aire, alcanzando al demonio en un efímero momento.

Sus espadas colisionaron, produciendo un sonido sordo y desprendiendo chispas a sus costados. Adam apretó los dientes, ejerciendo toda la fuerza en su muñeca y logrando ganar ventaja sobre su enemigo. Murmuró un conjuro y la hoja de su espada brilló de un color rojo, arrojando sobre su adversario haces de luz, desorientándolo por unos segundos.

Adam aprovechó el momento y lanzó una patada en su flanco, retrocediendo un metro del demonio y conjurando una esfera negra en la palma de su mano. Dirigió la energía esférica hacia Perseus, la cual logró darle en un costado. Adam siguió la estela del conjuro para atacar al demonio de inmediato, logrando partirle una fracción pequeña de la armadura negra.

La sangre de su enemigo brotó, reverberando hacia su dirección. Perseus soltó una maldición baja, agilizando su posición y deteniendo un ataque furioso del castaño. Sus armas, poderosas, rugieron metálicamente ante su encuentro. Adam extendió las alas de nuevo, empujándose hacia el frente y llevándose a Perseus hacia el suelo.

En un espiral de colores y un lío de sus alas, ambos seres se estrellaron contra los terrenos, dejando una fuerte ráfaga de viento a su alrededor. Las alas de Adam desaparecieron en una nube de plumas blancas, dándole, en tierra firme, mayor agilidad. El demonio lo imitó, desintegrando sus alas de ángel caído en una penumbra de cenizas, echando su cuerpo hacia atrás y arremetiendo contra el ángel, furiosamente.

Pronto, su batalla se convirtió en borrones blancos y negros, cubierto de sonidos sordos, secos y peligrosos. Las hojas de sus espadas colisionaban a cada segundo, bloqueando, atacando. El filo cortaba el viento, royendo las barreras mágicas que ambos enemigos conjuraban. Sus cuerpos flameaban, ignorando completamente su alrededor.

El ángel sentía el poder maligno en su brazo derecho -donde sostenía su espada- , preguntándose por qué su cuerpo reaccionaba absorbiendo la magia negra de su enemigo. El demonio, en cambio, a cada estocada parecía más poderoso, potente, algo que, entre ellos, jamás había sucedido.

Adam se defendió de un nuevo ataque, echándose hacia un lado y girando su cuerpo para embestir a Perseus con su cuerpo. El demonio, ágil como un depredador voraz, se desplazó hacia el frente, esquivando de nueva cuenta el asalto.

El ángel maldijo en voz baja, incrédulo ante el poderío increíble que Perseus estaba mostrando. Adam había dejado de sentir las punzadas en el pecho producto de la muerte de sus guerreros, deseando pensar que se debía a que estaban resistiendo el ataque de los demonios y no a porque ya no quedaba ninguno con vida.

Un escalofrío involuntario lo recorrió al pensar aquello. Sin duda, Adam estaba experimentando muchos sentimientos nuevos esa noche. Levantó la mano y conjuró un escudo mágico para defenderse de un torbellino de luz plateada que iba en su dirección.

Extendió las alas, sintiéndose sumamente cansado de repente. Por un momento pensó que su cuerpo pesaba como si sus poderes estuvieran siendo extraídos, pero no pudo comprobarlo. Una nueva horda de ataques lo sorprendió, desviando sus pensamientos a únicamente protegerse.

Su barrera mágica se desintegró ante sus ojos, haciéndolo retroceder. Conjuró una esfera de energía para contraatacar un rayo dorado que estaba a punto de colisionarlo, logrando girar un poco su cuerpo para evitar el estruendo. Perseus apareció tras la nube formada por la explosión de los hechizos, girando como un tornado, envuelto entre sus alas negras.

El castaño apenas pudo levantar el brazo para detener la Evil Sword, sosteniendo precariamente su propia arma. Un jadeó ascendió por su garganta, sintiendo el poder maligno de la espada envolver sus sentidos. Levantó el puño, formando un haz de fuego en forma curveada, lanzándola posteriormente contra el demonio.

Apenas tuvo tiempo de retirarse, obligándose a descender para tocar tierra firme. Se sostuvo sobre una rodilla, con la respiración entrecortada, sintiendo la desintegración lastimosa de sus hermosas alas blancas. Apretó los dientes al sentir una ola de oscuridad cubriéndolo, y fue incapaz de luchar contra ella.

Perseus descendió a unos pasos de él, sonriendo con burla y plegando sus alas rudimentarias a su espalda.

- Estás tan ocupado con tus humanos... – Suspiró, socarronamente. Adam levantó los ojos, lanzándole su frialdad con la mirada. – Tan calculador y poderoso... pero tan orgulloso y prepotente. – Adam cerró el puño entorno a la empuñadura de su espada, listo para defenderse al ver a Perseus acercarse.

- ¿Cómo tú? – Ironizó el ángel, perdiendo su fuerza a cada instante, la oscuridad envolviéndolo con olas desgarradoras y dolorosas.

El demonio sonrió, con esa sonrisa malvada y colmilluda.

- Tan estúpido como para dejar tu sangre tan expuesta. – Ignoró el demonio, jugando con su larga espada en la palma de su mano. El ángel palideció, no necesitando escuchar el resto para saber de qué se trataba todo aquello. Fuerza y agilidad superior, inmune a la magia blanca y capaz de utilizarla a su favor. Maldijo a lo bajo y se levantó como pudo, sosteniéndose precariamente en su cuerpo temblante. – Mi toque te debilita, mi toque te absorbe.

Adam apretó los dientes, poniendo su espada al frente y preparándose para atacar.

- Mi toque... te llena de oscuridad. – Perseus se movió rápidamente, tan rápido que Adam tuvo problemas para ver su sorprendente velocidad. Se posicionó detrás de su cuerpo como una sombra mortífera, atacándolo con la empuñadura de su espada directamente en la nuca y lanzándolo hacia el suelo. Adam estaba demasiado débil para evitarlo, así que cayó al suelo, golpeándose duramente y escupiendo sangre profusamente.

Adam tosió, colocándose sobre las palmas de sus manos y luchando por mantenerse medianamente consiente.

- ¿En qué te has convertido? – Jadeó, sintiéndose sumamente estúpido y primerizo ante su falta de atención. Había estado tan confiado... tan absorto...

Perseus le dio una patada en el abdomen, tan poderosamente que lo levantó del suelo casi un metro, permitiéndose golpearle la mandíbula con el filo de la espada, lanzándolo contra un muro de concreto que protegía el castillo.

Adam escuchó y sintió el resquebraje de sus huesos. Sintió la mandíbula rota y la sangre borboteó de su rostro, atragantándose con ella y sintiendo sus músculos laxos hasta hacerlo soltar la empuñadora de la espada. La Divine Sword se deslizó hasta el césped, descansando finamente a su costado.

Manteniendo la cabeza gacha, Adam luchó con todas sus fuerzas para levantarse. El dolor de la oscuridad lo estaba matando, desgarrándolo lentamente y exprimiendo sus entrañas horriblemente. Su cuerpo comenzó a temblar, convulsionándose al sentir la oscuridad envolver su corazón.

El demonio estaba a un palmo de distancia, sonriendo con altivez, mirándolo con victoria.

- Nunca pensé que matarte resultara ser tan sencillo. – Murmuró, orgulloso.

- No lo es. – Respondió alguien a su espalda. Adam no podía ver por la sangre que cubría sus ojos, pero reconoció la voz de Ryan a unos metros de su posición.

Una llamarada, potente y majestuosa, cubrió el cielo con esplendor. Cegando a los presentes, ya fueran humanos o demonios, permitiéndole a Kalyo abrir los ojos e incorporarse trabajosamente.

Apenas pudo levantar su espada, debilitado completamente, pero Perseus ya no lo miraba, ahora observaba, furiosamente, a Ryan, que le sonreía burlonamente.

Adam se sentía humillado, estúpido por dejar que la oscuridad le consumiera el alma. Echó la cabeza hacia atrás, sintiendo la mandíbula rota moverse precariamente, produciéndole un dolor inconcebible. El castaño apenas pudo soltar un gruñido de dolor, demasiado somnoliento por la cercanía de la inconsciencia.

Invocando la poca energía que le quedaba, recobró su forma angelical, extendiendo sus alas doloridas y sintiendo el calor de sus símbolos, envolviéndolo.

PUM... PUM... PUM...

Sus oídos sólo podían escuchar los latidos de su cansado corazón. Miró con fijeza a su enemigo, al próximo blanco del filo de su espada. Se concentró en su agilidad, envolviéndose de la última energía que le quedaba.

PUM-PUM... PUM-PUM... PUM-PUM...

Movió el pie derecho hacia atrás, apoyándose en el suelo para inclinar su cuerpo. Enfocó su mirada, borró su alrededor, sólo orientándose hacia el objetivo que tenía. Deslizó su mano por la parte baja de su empuñadura, sosteniéndola con firmeza.

PUM-PUM... PUM-PUM... PUM-PUM...

Entrecerró los ojos, desplegando sus alas con potencia y sacudiendo su cuerpo de anticipación. Se lanzó contra Perseus, internándose entre sus alas, enrollándose y volando contra el demonio.

Perseus se giró, sorpresivamente. Adam lo atacó con fiereza, lanzando una estocada poderosa en su dirección. El demonio sonrió, arrogante, levantando su espada sin intención de defenderse, sino más bien de atacar.

PUM-PUM... PUM-PUM... PUM-PUM...

Adam reprimió el dolor de su mandíbula rota, mirando con impotencia la peligrosa acción de su enemigo. Sus espadas colisionaron y los brazos del castaño crujieron, doloridos ante el ataque.

PUM-PUM... PUM-PUM... PUM-PUM...

Su espada se partió, ahí donde la Evil Sword había atacado. Ranuras de cristal comenzaron a absorber su espada, dividiéndola en mil pedazos de la empuñadura hacia la mitad.

PUM-PUM... PUM-PUM... PUM-PUM...

El fino material de la punta de su espada salió disparado hacia el ángel, pasándole en una ráfaga de viento por sobre el hombro, incrustándose en la piel e hiriéndolo profundamente antes de desaparecer en la distancia.

PUM-PUM... PUM-PUM... PUM-PUM...

Kalyo no cabía del asombro, viendo su espada desintegrarse entre sus manos, cubriéndolo de polvo dorado mientras se deshacía con lentitud.

La Divine Sword desapareció de su vista, causándole un profundo agujero en el centro del pecho. La sangre brotaba de su hombro profusamente, inmovilizando su brazo por la pérdida de conexión con el sistema nervioso.

PUM-PUM... PUM-PUM... PUM-PUM...

El castaño jadeó, sintiendo la hoja de una espada traspasar el costado de su estómago. Su vista se volvió borrosa, sus sentidos se petrificaron. La cabeza le punzó, evocando los recuerdos de su espada en su mente, partiéndole los últimos vestigios de conciencia.

La hoja salió de su costado, haciéndolo vibrar de dolor. Soltó otro jadeo ahogado, esperando por el último golpe de Perseus, ese que lo mataría.

Se obligó a enfocarse, a no morir agonizando. Abrió los ojos lo justo para ver el ataque de su antítesis, acercándose. Trató de retroceder, percatándose entonces de que se encontraba arrodillado, humillado.

Cuando Perseus estaba a un palmo de distancia con la espada en forma horizontal, lista para atravesarle el pecho, algo se interpuso entre ellos.

PUM-PUM... PUM-PUM... PUM-PUM...

Adam no pudo creerlo, la sangre le salpicó el rostro. Enfocó mejor su mirada, reconociendo la espalda del uniforme de Ryan.

PUM-PUM... PUM-PUM... PUM-PUM...

- No morirá, Perseus. Kalyo no morirá mientras yo viva. – Murmuró el rubio, con la espada de Perseus incrustada en el pecho. Ryan escupió sangre, sintiéndose mareado y empezando a respirar con dificultad. Soltó su propia espada, poniendo su mano sobre el arma que tenía incrustada en el pecho, intentando, vanamente, retirarla.

- N-no... – Susurró el castaño, incrédulo.

Perseus desincrustó la espada del cuerpo de su víctima, repitiendo la acción y lanzando una estocada en dirección a su estómago, perforando su carne con ferocidad. Ryan retrocedió, parpadeando fuertemente y sintiendo su cuerpo adormilado, moribundo. Retrocedió otro paso, sintiendo su arco plateado escurrírsele entre sus manos, produciendo un sordo ruido al chocar contra el césped y desintegrarse.

Kalyo también parpadeó, alzando una mano en dirección de su amigo, su mano derecha. Cuando su palma tocó la espalda sangrante del otro ángel, éste se desintegró en esferas de luz que se esparcieron por su alrededor en un remolino de colores y aire.

El castaño permaneció con la mano extendida, sumido en una tristeza inmensa cuando una punzada de dolor le atravesó el pecho.

Bajó la cabeza, rendido. Susurró una palabra en una lengua extraña, y en un segundo, el cielo cobró vida. Las estrellas se movieron, el cielo reverberó, lo ángeles de la segunda y tercera división se materializaron en él, aterrizando por todas partes entre haces de luz dorada, invocados para proteger, para defender. Los refuerzos llegaron con fiereza, cubriéndolo todo con sus hermosas alas blancas, volando por los alrededores y luchando al lado de sus aliados, reforzando sus flancos.

Hadar estuvo al lado de Kalyo en un santiamén, protegiéndolo de Perseus con toda su voluntad.

Pero el demonio retrocedió, mirando los ojos de Kalyo, burlonamente. Sonriéndole con arrogancia, totalmente triunfal. Se alejó de los dos ángeles, mandando la retirada de su avanzada de demonios, de lo poco que quedaba de ella.

Pero Kalyo ni siquiera tenía fuerza para ver eso, en su cabeza sólo algo se remembraba... tres palabras escalofriantes, un hecho real y doloroso.

Ryan había muerto.

Y él había perdido esa batalla.

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*~*~*~*~*~*~*~*~*~*

Hermione fue la primera en darse cuenta de que la puerta reaparecía en el concreto de la pared de su calabozo.

Soltó el brazo de Draco y corrió en dirección a la enorme puerta de roble, abriéndola de un jalón, y sorprendiéndose por la facilidad con la que lo hizo. Nadie se preguntó cómo habían salido, pues estaban demasiado preocupados por todo lo demás.

El cielo estaba tenebroso, las estrellas eran borrones lejanos en una profunda oscuridad. El silencio era abrumador, el eco de la noche traspasaba las paredes, mandándoles escalofríos por todo el cuerpo.

Draco recorrió un poco del pasillo y se acercó a una ventana. Echó un vistazo a la lejanía y reprimió una exclamación. Se giró a los demás, que trataban de ver algo por los extensos y oscuros pasillos en donde se encontraban, y pensó por un momento.

Probablemente, pensó Draco, estaban en el penúltimo piso del castillo, así que podrían encontrar una salida medianamente rápido.

Tomó una decisión que ya había estado sopesando, arriesgándose a poner su lealtad en peligro, removió algo en su bolsillo y suspiró. Se acercó a los demás en tres largas zancadas, evitando mirarlos a los ojos y exponer su plan.

- ¿Viste algo? – Preguntó Harry, tratando de menguar el dolor de su brazo adolorido e hinchado. Draco no contestó y cuando el pelinegro avanzó para revisar los terrenos él mismo, el rubio lo retuvo de un brazo.

- Voldemort no está ahí abajo. – Murmuró, agriamente. Harry frunció el ceño, confundido por aquello.

- ¿Cómo lo sabes? – Preguntó él, un poco enfadado. Trató de zafarse con brusquedad, pero el rubio se lo impidió, cogiéndolo fuertemente.

- Yo puedo sentirlo, Potter. – Replicó. – Al señor tenebroso, lo puedo sentir. – Aclaró. Harry frunció lo labios y deslizó la mano por su pantalón, buscando su varita.

Hermione los miró, acercándose un paso hacia ellos. Ron y Luna estaban mirando el pasillo, pero se giraron al escuchar su pequeña discusión. Neville también se acercó a ellos, con el ceño fruncido. Ginny ya estaba del otro lado, mirando el horizonte a través de la ventana.

- Estamos perdiendo tiempo, no entiendo a qué viene esto. – Replicó Harry, mirándolo con furia. - ¡Suéltame!

El rubio suspiró, negando con la cabeza.

- Eres demasiado importante como para morir aquí, Potter. – Entonces, para sorpresa de todos, Malfoy levantó un puño y golpeó a Harry en el pómulo derecho. El chico trastabilló, totalmente confundido. Draco no perdió tiempo y se acercó de nuevo a él, golpeándole fuertemente en el estómago, ahí donde el humano pierde su fuerza y conciencia.

Harry abrió los ojos desmesuradamente, adolorido pero más bien sorprendido. Se deslizó por el suelo y cayó desmayado. Ron llegó corriendo, empujando a Draco hacia un lado y arrodillándose a un lado de su amigo.

- ¡¿Qué carajos te pasa?! – Gritó Ginny, medio histérica, arrodillándose al otro lado de su hermano y olvidándose momentáneamente de lo que había visto a través de la ventana.

Ron levantó su varita, dispuesto a incorporar a su mejor amigo, pero un hechizo impactó contra su mano. Neville y Luna sacaron sus varitas con rapidez, apuntando a Draco mientras lo miraban, fríamente.

Draco lo miraba fijamente, con la varita en alto, con el suave murmullo de su Expelliarmus perdido en el aire. Hermione frunció el ceño, furiosa, se posó rápidamente frente el rubio y le dio un manotazo en la mano, empujando su varita hacia un lado.

- ¿Qué rayos te pasa, Draco? ¿Acaso estás loco? – Preguntó ella, con los labios apretados. Draco la miró, aunque sus ojos eran fríos y algo crueles.

- Hazte a un lado, Hermione, debes entender. – Murmuró, desviando su mirada por sobre su hombro. Ginny acercó su varita al pelinegro y Draco hizo una mueca.

Empujó, suavemente, a Hermione y levantó de nuevo su varita. Gritó un Expelliarmus dirigido a la pelirroja, y cuando el hechizo impactó contra la mano de Ginny, Draco salió disparado hacia atrás por la fuerza de un rayo rojo que le había golpeado el pecho.

Hermione gritó, echándose hacia atrás cuando el cuerpo de Draco cayó a sus pies. El rubio se levantó rápidamente, desorientado. Se frotó la cabeza y miró a Neville, que le regresaba la mirada, fríamente y seguía apuntándolo con la varita.

- No te atrevas, Malfoy... – Susurró el chico, amenazante. A Hermione le temblaban las manos y cuando intentó habar, reparó en que sus labios también lo hacían.

- ¿Qué haces, Draco? – Logró preguntar ella, obligándose a no doblegar su voluntad.

- ¿No entienden? ¡Allá abajo no está Voldemort! – Exclamó, dirigiéndose a todos, pero sólo viendo los ojos de la castaña.

- ¿Y eso qué importancia tiene, Malfoy? ¡Mejor para nosotros! – Exclamó Ron, furioso. Hermione paseó la mirada por las facciones de su novio, y pareció comprender a qué se refería.

- No podemos detener a Harry, Draco, deberías saberlo. – Aclaró la castaña, con voz extraña. Tragó saliva y desvió la mirada hacia el pasillo. – Es decisión de Harry.

Draco sonrió, burlonamente, y soltó un bufido.

- A mí eso no me importa, Hermione, no voy a permitir que el cuatro-ojos se suicide. – Susurró, entre dientes. Neville titubeó al bajar la varita, mirando al rubio con sorpresa. Luna comprendió el fin de Draco y también bajó su varita.

- ¿Me estás diciendo que quieres proteger a Harry? – Preguntó Ron, incrédulo. Se levantó de un salto y se acercó al rubio con ojos llameantes. - ¿Planeas detenerlo matándolo tú mismo? – Espetó, irónico.

- ¡Maldición, estamos perdiendo tiempo! – Gruñó Ginny, vislumbrando el cielo cubierto de rayos multicolores.

- Potter no vendrá. – Replicó Draco, avanzando unos pasos y situándose a muy poca distancia del cuerpo inconsciente de Harry. – Tengo un plan. – Aclaró.

- No te atrevas a tocarle un pelo, hurón, te lo advierto. – Soltó Ron, y aunque no tenía varita, se mostraba decidido y amenazador.

- ¡Maldición, Weasley! – Draco hizo una floritura con la varita, derribando al pelirrojo hacia su costado. Neville dejó escapar una exclamación de sorpresa, levantando nuevamente la varita en dirección del rubio. Luna corrió hacia su novio, un tanto nerviosa.

- ¡Draco, basta! – Exclamó Hermione, furiosa. Sacó su varita de la bolsa trasera del pantalón y lo apuntó. - ¡Detente!

Draco no se detuvo, situándose junto a Harry e incorporándolo levemente de las axilas. Ginny, que no tenía su varita, trató de golpearlo, pero el rubio fue más ágil, echándose para atrás. Ni Neville o Hermione podían conjurar algún hechizo, temiendo lastimar a su amigo en el intento.

- ¡Vamos! Ustedes son sus amigos, ¿no? – Draco los miró de nuevo, casi de manera suplicante. Lo que menos quería era pelear con ellos y llevar a cabo su plan de manera tan inapropiada. - ¡Creí que lo entenderían!

- Entendemos las cosas, Draco, pero no las solucionamos como tú lo estás haciendo. – Le respondió Luna, ayudando a Ron a levantarse.

- No voy a permitir que Potter muera por creerse un héroe. – Se mofó el rubio.

- Harry no se quedará de brazos cruzados, Malfoy, debes entenderlo. – Susurró Neville, alerta.

- No estoy diciendo que sea un cobarde, Longbottom. – Suspiró, agitando la cabeza. – Estoy diciendo que es demasiado imprudente. – Ron y Hermione cruzaron una mirada, titubeantes. – Voldemort sólo puede morir a manos de él, su lazo de sangre los une irremediablemente. ¿Qué pasa si muere a manos de un demonio o un Mortífago? – Preguntó, ya furioso. – No voy a permitir que la única esperanza de este mundo se suicide por su tendencia al heroísmo poético. – Alegó, decididamente. – Podemos hacer esto por las buenas o las malas. Ustedes deciden.

Draco se sintió aliviado al ver, pasados unos segundos en silencio, que Hermione se acercaba a él, bajando la varita. La miró hasta que ella estuvo a su lado y le sonrió.

- Tengo un plan, cariño. – Susurró Draco, dándole ánimos. Hermione sacudió la cabeza, suspirando.

- Espero que resulte, Harry va a matarme cuando despierte. – Ron trató de levantarse, pero Luna lo detuvo con la mano, pensativa.

- Tal vez Malfoy tenga razón. – Intentó tranquilizarlo, mirándolo con sus ojos azules y penetrantes.

- Luna, no voy a dejar encerrado a mi mejor amigo. – Exclamó el chico, sorprendido.

- Puedes decirle que los Plimpies lo sumieron en un letargo irreparable. – Ofreció, sonriendo. Ron hizo una mueca, pensando que eso sonaba demasiado increíble para afirmarlo.

Ginny los miraba con los ojos como platos, incrédula porque aceptaran -sobretodo Hermione-, semejante propuesta.

- Están todos locos. – Susurró, tomándose la cabeza con ambas manos. Una explosión resonó a lo lejos, sobresaltándola. Neville maldijo, acercándose a la ventana.

Draco tomó en brazos el cuerpo inerte de Harry, internándose de nuevo en la habitación. Lo acomodó en el suelo y sin mirarlo, cerró la puerta con seguro, lanzando un hechizo protector. Draco calculó que tendría tiempo suficiente para llevar a cabo su plan antes de que Potter despertara.

Cuando se giró para mirar a los otros, un puño se estrelló contra su rostro, arrojándolo al suelo.

- Aunque puedas tener razón, eso demostrara que yo no estuve de acuerdo en este embrollo. – Aclaró Ron, dándole, a continuación, una patada en el abdomen. Draco gruñó entre dientes, pero no dijo nada. Luna tomó a su novio de la mano, pisando a Draco sin querer.

- ¡Ay, Ron, Luna, maldita sea! – Exclamó Hermione, arrodillándose a un lado de su novio. Luna murmuró una disculpa, aunque estaba sonriendo.

- ¡Ay, rayos! ¡Tenemos que irnos! – Indicó Ginny, al lado de Neville en la ventana. Los miró un momento, frunciendo el ceño al ver al rubio tendido en el suelo. Sacudió la cabeza y señaló el cielo. – ¡Vienen los demonios!

- ¡¿Qué?! – Gritó Ron, buscando su varita con la mirada.

- ¡Corran! – Exclamó Neville, jalando a la pelirroja de un brazo. – ¡Si queremos proteger a Harry, tenemos que alejarlos de aquí! – Gritó, comenzando a correr por el pasillo, sosteniendo la mano de Ginny fuertemente. Ron y Luna los imitaron, después de que el pelirrojo apresurara a su amiga. El pelirrojo le dio una mirada perturbada a la puerta de la habitación donde su amigo estaba encerrado, y aunque estaba mágicamente protegido, el chico continuaba estando preocupado.

- Hermione... – Susurró Draco, mareado.

- ¡Levántate, Draco! – Exclamó Hermione, apresurada y aterrorizada.

- Hermione...

La castaña tironeó de él, sin prestarle atención. Cuando ambos estuvieron incorporados, el rubio la tomó de los brazos y la obligó a mirarlo. Su nariz sangraba y su labio estaba hinchado.

Draco la miró, con los ojos perturbados. Inclinó la cabeza y la besó fieramente.

Aunque le dolía, Draco la besó con pasión, con fuerza. Introdujo su lengua a la boca de Hermione con ferocidad. Le mordió los labios sin compasión, jugando con toda su boca, incitándola y forzándola a responderle. Porque aunque Hermione estaba sorprendida, no había rechazado su beso.

Tras unos intensos segundos, Hermione logró separarse, jadeando.

- N-no creo... no c-creo que... – Jadeó de nuevo, sintiendo las manos de Draco por debajo de su blusa, acariciando arduamente su cintura. Sin aliento, con la cabeza por todos lados y su cuerpo adormilado, Hermione apenas pudo preocuparse por el significado de su pasión casi brutal.

- Hermione... yo... – Draco se detuvo, sin aliento, sin voluntad. Cerró los ojos, escuchando el combate de algo muy cerca de ellos. Los demonios se acercaban y él estaba perdiendo tiempo. – Te amo, Hermione. – Le dijo, suavemente, besándola de nuevo. Hermione estaba sorprendida, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas. – No quiero que me correspondas, ¿me escuchas? Sólo quiero que sepas que te amo, y cualquier cosa que pase hoy se-

- Cállate, Draco, por favor. – Murmuró ella, suavemente. – Este no es el mejor momento.

Draco la abrazó fuertemente, hundiendo la nariz en su cabello e inhalando su olor profundamente. Después, al escuchar un chillido espeluznante muy cerca de ellos, se separó de ella.

- Corre, Hermione, lo distraeré. – Ordenó, empujándola suavemente. Al final del pasillo, Ron volvía sobre sus pasos, mirándolos con el ceño fruncido. – No quiero que te pase nada, Hermione, ¡corre!

- ¡Hermione, deprisa, ahí vienen! – Exclamó el pelirrojo, levantando la mano en su dirección.

- Vete. – Pidió el rubio de nuevo, sacando algo de su bolsillo. Hermione tuvo un mal presentimiento.

- No.

- ¡Vete! – Gritó, empujándola de nuevo. Hermione tragó saliva, frunciendo el ceño para evitar que las lágrimas escaparan de sus ojos. Sabiendo que si se quedaba, los pondría en más peligro a ambos, pues no podía olvidar que los demonios la buscaban a ella. Mordiéndose los labios, lo miró.

- Tienes que venir... ¿Me oíste? Te quiero, Draco, por favor. – Susurró, dándole un rápido beso y girándose. Echó a correr a través del pasillo, cogiendo la mano de su pelirrojo amigo y siendo guiada por la oscuridad. Lágrimas bajaban por su rostro, pero ella se obligó a ser fuerte. Desaparecieron por el pasillo, perdiendo el murmullo de sus pasos a su espalda.

Draco suspiró, mirando un ala rudimentaria aparecer entre la ventana que estaba a unos veinte pasos de su posición.

- ¿Me quieren? – Susurró para sí, destapando una pequeña botella de cristal y agregando unos cabellos a ella. – Aquí me tienen.

Tomó la poción, y el dolor de la transfiguración le consumió el cuerpo.

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¿Merezco una degollación? Sí, supongo.

¿Perdón será muy poco? ¿Lo siento?

Tengo unas cuantas excusas, pero no quiero hacer muy largo esto. Quiero que sepan que lo siento de verdad, pero varios factores han estado involucrados en mi tardanza. Ya no soy un alma independiente, es decir, mí tiempo, ahora que regresé a mi país, es limitado y ya casi no dispongo de mucho. Mi inspiración no ha regresado y este capítulo me ha costado sudor y sangre (XD).

Pero sobretodo, el factor número uno de mi tardanza fue, sin duda, el malentendido sufrido hace un par de semanas. Me han acusado de plagio, gente. Sí, debo decir que fue un tonto malentendido y ahora todo está perfectamente, pero esa semana estuve discutiendo con los moderadores de potterfics, esperando respuestas y quedé toda estresada, agotada y enojada.

El caso, al final, que todo quedó en eso, un malentendido. Ya se solucionó, pero me quitó energías y me enojé demasiado. Dejé de pensar en el fic hasta que me di cuenta de que ya había pasado demasiado tiempo y que posiblemente ya era suficiente descanso.

Así que, aquí me tienen de nuevo, con un capítulo lleno de problemas y respuestas. Es extenso y espero, sinceramente, que compense un poco la espera.

El próximo capítulo lleva por título: El Inframundo, y posiblemente se imaginan un poco de lo que va. No puedo decir a ciencia cierta cuándo actualizaré, pero les aseguro que lo intentaré lo antes que pueda. He quedado, de nuevo (mueca de fastidio), en la universidad y ahora mismo estoy bajo trámites para mi ingreso (que ya es en, escasamente, dos semanas).

En serio, gente, los adoro. Muchas gracias por los comentarios, sé que le debo a algunas personas una contestación, y prometo hacerlo lo antes posible. Siento mucho la frustración que les dejó y no saben lo agradecida que estoy por su paciencia y apoyo. ¡Muchas gracias!

Su amiga que los quiere, DarkGranger.

Un abrazo, un beso y ¡Saludos Mágicos!

(Spoilers) P.D.- Ya he visto Harry Potter y el Príncipe Mestizo, y aunque estoy un poco disconforme por tanta cosa que inventan, sea personalidades o escenas, me he reído mucho. Y he disfrutado enormemente la poca química entre Daniel y Bonnie, que ha representado horriblemente la relación de Ginny y Harry, sobretodo porque han cortado su relación muy graciosamente. Mi amiga (que no ha leído los libros) ha terminado diciendo que Ginny quedó como arrastrada y yo me he reído mucho.

Bueno, bueno, no es mi favorita, pero me ha gustado (a pesar de ser mi libro menos favorito). La música me ha parecido un asco irrelevante y hay aspectos que de verdad he odiado. ¿Para qué carajos hacen tanto show metiendo tantos Mortífagos al colegio, si al final, no han hecho más que adornar la escena? ¿Por qué destruyen la Madriguera? Prefiero la tercera película, con Cuarón, y con la música de John Williams.

Ahora, lo que me ha gustado ha sido Voldemort de pequeño que me ha dado hasta escalofríos. Los efectos me gustaron también, aunque le faltó acción. Cormac está guapísimo, yo que Hermione, lo preferiría a él. Ron ha estado gracioso, y me gustó. Pero lo mejor de la película, fue el adiós a Dumbledore. Casi lloro, y aunque no lo hice, sí me puse muy triste.

Bueno, este postdata se ha extendido mucho, lo siento. Ahora si me despido.

¡Bye!