Una profecía de los cielos
Draco Dormiens Nunquam Titillandus
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Recomendación Musical: "A Sequel Of Decay" – Tristania33.- El Inframundo
"Luchar contra nuestro destino sería un combate como el del manojo de espigas que quisiera resistirse a la hoz."- Lord Byron
"Prefiero morir de pie, que vivir siempre arrodillado" – Emiliano Zapata
A pesar del dolor que experimentaba su cuerpo a causa de la transfiguración, Draco se obligó a levantarse. Echó a correr por el pasillo, trastabillando, cuando se dio cuenta que todo su alrededor daba vueltas.
Un ala enorme y rudimentaria le golpeó el costado y lo lanzó hacia el concreto del castillo. Tratando de regular su respiración, el rubio abrió los ojos y levantó su varita, apuntándose el rostro con ella. Murmuró un hechizo rápido y unos anteojos redondos aparecieron sobre sus ojos.
Draco tuvo que echarse hacia un lado cuando el enorme y horripilante demonio estaba a punto de estrellarse contra él. Se levantó con cierta torpeza, pues la poción Multijugos aún estaba haciendo estragos en su organismo, imposibilitando su destreza y movimiento.
El rubio siseó de dolor al sentir una mano huesuda aferrarse a su cuello. Tosió con desesperación al no poder inhalar suficiente oxigeno para respirar. Trató con todas sus fuerzas levantar su varita, pero fue imposible cuando la fuerza de sus extremidades comenzó a flaquear, obligándolo a soltar su único recurso de escape.
Apretó los labios para no gritar, sintiendo como la inconsciencia lo recorría.
- No, pequeño, tú no mueres a mis manos... – Siseó el demonio muy cerca de su oído. El aliento putrefacto golpeó el rostro del rubio con fiereza. Draco dejó de sentir el asfixiante agarre sobre su cuello, y gimió de dolor.
El demonio lo dejó caer al suelo y le pateó el estómago, provocándole al chico una profunda arcada. Escupió saliva y sangre y se obligó a levantar el rostro, aunque seguía mareado.
- ¿Harry Potter, eh? Voldemort ha pedido que te llevemos con él. – Murmuró el demonio, sonriendo malvadamente. Sus filosos dientes sobresalieron por su boca, sangrantes y amarillosos. Lo tomó de los cabellos fuertemente y extendió sus alas grisáceas. Cuando el demonio alzó el vuelo y salió disparado por el gran ventanal, Draco gritó, aunque su plan había funcionado.
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*~*~*~*~*~*~*~*~*~*
Hermione se detuvo, cubriéndose los ojos cuando una explosión convirtió el pasillo en escombros. Tosiendo, tuvo el presentimiento que los demonios habían encontrado su presencia. Con un nudo en la garganta, la chica levantó la mirada.
No había rastro de Ginny, Luna o Neville, pero ella esperaba que estuviesen bien. Ron estaba tendido en el suelo, inconsciente, cubierto de polvo y pedazos de piedra. Hermione se horrorizó, pero cuando intentó acercarse a su pelirrojo amigo, una figura enorme de color grisáceo oscuro le impidió el paso.
Tragando saliva, Hermione levantó su varita con rapidez y apuntó al enorme demonio que estaba frente a ella. La criatura estaba sonriéndole, burlón. Sus dientes puntiagudos cubiertos de sangre parecían sacados de las peores pesadillas. Sus ojos negros brillaban con maldad, mirándola fijamente. Su rostro oscurecido estaba enmarcado por largas hebras de cabello negro, haciéndolo ver mucho más salvaje de lo que ya era.
- ¿Piensas hacerme algo con eso? – Preguntó el demonio, con una sonrisa, señalando su varita con la cabeza. – Preciosa humana, es una lástima que no pueda desangrarte lentamente. Es una verdadera pena tener que llevarte conmigo. – Murmuró, acercándose un paso hacia ella.
Hermione no lo pensó dos veces, hizo una floritura con la varita y murmuró un Depulso que le dio de lleno a la criatura. La chica no tenía intención de perder el tiempo, así que lanzó un rápido Confringo a la muralla de concreto que estaba al lado del demonio, produciendo un torrente de explosiones que la arrojaron de espaldas contra la otra pared.
Aturdida, Hermione trató de levantarse, pero el demonio, recuperado, levantó el vuelo y atravesó los escombros para tomarla por un brazo y estrellarla contra la pared. La chica profirió un gemido de dolor, entumecida por el palpitar doloroso de su cuerpo.
- No, no, humana... eso no se hace. – Susurró el demonio. Un hilillo de sangre bajaba por la sien grisácea de la criatura, pero a él no parecía importarle. Deslizó una mano hasta rodear su cuello, y sonrió, enseñándole la fila de colmillos sangrientos, y cuando Hermione tanteó en busca de su varita y no la encontró, supo que estaba perdida. – Sé buena y deja de luchar, no quieres que te last-
Hermione cerró los ojos cuando el demonio dejó escapar un tenebroso rugido de dolor, interrumpiéndose. Ella se dejó caer al suelo al ver que la presión sobre su cuello se desvanecía. La sombra oscura del demonio salió disparada hacia atrás, alejándose de ella unos diez metros.
La criatura, tendida en el suelo, desorientada y aturdida, no vio venir la espada que le atravesó la columna. El demonio se desvaneció en cuestión de segundos, dejando un reguero de cenizas por el destrozado pasillo.
Hermione se permitió respirar, intentando comprender lo que había pasado. Levantó su mirada cristalina, y miró una imagen borrosa de color blanco.
- ¿Hermione Granger? – Preguntó el hermoso ángel, acercándose. La castaña asintió, aturdida. - ¿Está usted bien?
En un momento de lucidez, Hermione se preguntó el por qué la trataba tan respetuosamente, pero cuando abrió la boca para responder, el joven ángel la tomó de los brazos y la incorporó con delicadeza. La inspeccionó minuciosamente, asegurándose que no tuviera heridas demasiado profundas, en un gesto genuinamente preocupado. Cuando el ángel de largo cabello blanco pareció satisfecho por su estado, la miró directamente a los ojos. Hermione jamás había visto unos ojos tan azules como los de él.
- Estás bien. – Afirmó, aunque hizo una mueca al ver su palidez. Dejó de tomarla de los hombros y se separó a penas unos centímetros de ella.
Hermione parpadeó, un poco indignada de su cuidado obsesivo. Recodó a su guardián y suspiró, se frotó las sienes, adolorida, y de pronto, recordó a Ron. Temblando, la castaña se separó del ángel, cuyo nombre no conocía, y buscó a su amigo entre los escombros.
- ¡Ron! – Exclamó, desesperada. Su corazón dio un vuelco al ver una mano herida sobresalir entre algunos pedazos de piedra, y, corriendo, acudió a su ayuda.
El ángel estuvo a su lado rápidamente, ayudándola a incorporar a su pelirrojo amigo. Con un profundo suspiro de alivio, la castaña reparó en la respiración pausada de Ron.
- Tiene una pierna rota... – Susurró el ángel inspeccionando las heridas. Levantó la palma de su mano y una luz plateada brotó de ésta. Las heridas superficiales del pelirrojo comenzaron a cerrarse, y la extraña posición de su pierna volvió a la normalidad. Hermione estaba a punto de darle las gracias al guerrero, cuando de repente, éste se levantó de un brinco, desenvainando su espada para encarar a tres siluetas que venían flotando a través del pasillo.
- Corre, humana... ¡Corre! – Exclamó en voz baja. Hermione se alarmó, pues su tono de voz era desesperado.
- No puedo dejar a mi amigo... – Dijo con voz temblorosa, pero se levantó. El ángel posicionó su cuerpo de manera defensiva, y rechinó los dientes.
- Tu vida es más importante que la de él... – Susurró, apretando cada vez más su espada. Las siluetas se detuvieron a varios metros de distancia, y Hermione tuvo un escalofrío al observar sus gélidos ojos rojos, mirándola. - Voy a morir, humana... voy a morir pero puedo proporcionarte tiempo suficiente para escapar.
La castaña se paralizó por tal información. Ella, definitivamente, no quería que nadie muriera por protegerla, pero ese ángel parecía orgulloso de hacerlo. Parpadeó fuertemente, deseando tener su varita en esos momentos. Miró a su amigo y negó con la cabeza.
- No puedo dejarlo... – Murmuró con lágrimas en los ojos. Se arrodilló a un lado de su amigo y le tomó de la mano.
El ángel la miró, comprensivamente, y suspiró. Se arrodilló ante ella, colocando su espada frente a su cuerpo a manera de apoyo. Bajó la cabeza para no mirarla, y Hermione notó que estaba temblando.
- ¿Me perdonarás? – Preguntó en un susurro. Hermione tembló, sintiéndose enferma de repente.
- ¿P-por qué?
- Por no poder protegerte. – Dijo y levantó la mirada. – La ayuda no llegará a tiempo.
Hermione no supo que decir, pero el ángel no lo esperó. Sus ojos comenzaron a brillar de color dorado, y su largo cabello blanco comenzó a ondear alrededor de él, impulsado por una energía poderosa.
- Danos a la humana, ángel, y todo estará bien para ti. – Siseó una de las siluetas. El demonio estaba en su forma "humana", aunque tenía los ojos rojos y la sonrisa cubierta de sangre. Una larga cicatriz atravesaba su frente, algo que sólo lograba hacerlo más aterrador.
El ángel sonrió pero no dijo nada. Levantó su espada, y sus alas blancas nacieron desde el centro de su espalda, expandiéndose con magnificencia y enmarcando su cuerpo de manera poderosa.
Después, la batalla se desató, y en menos de dos latidos de corazón, un demonio estaba tras ella. La sujeto de la barbilla y la incorporó con brusquedad. Hermione sólo sintió su putrefacto aroma penetrando por sus fosas nasales. Sintió una arcada, pero se obligó a aparentar los labios para no demostrar inseguridad. Aunque, francamente, estaba de todo menos tranquila.
La batalla continuó apenas unos minutos más. El ángel estaba en desventaja total, y uno de los demonios, transformándose explosivamente, le enterró su enorme espada a través del tórax. El ángel escupió sangre, y con su último aliento, lanzó un conjuro que petrificó a uno de los demonios.
Cuando el ángel guerrero explotó en esferas de luz resplandeciente, el demonio petrificado también lo hizo, desapareciendo entre cenizas blanquecinas que volaron a través de los ventanales.
Hermione cerró los ojos, sintiendo que ahora sí estaba perdida.
El demonio que estaba apretándole la mandíbula pareció enfurecerse por la pérdida de su compañero, porque presionó su agarre con mayor fuerza.
- Vas a saber lo que es el infierno, niña... – Le susurró al oído, con voz amenazante.
Y la castaña sabía que no mentía.
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*~*~*~*~*~*~*~*~*~*
Harry abrió los ojos, sobresaltado. Por unos instantes, viendo todo a su alrededor, se preguntó qué demonios había pasado, por qué le dolía tanto la cabeza y dónde rayos estaba. Claro que, cuando recordó furtivamente a un rubio oxigenado, supo exactamente qué había sucedido.
Suspiró frustradamente y se levantó con un mareo. Se recargó contra la pared de piedra y sacudió la cabeza, pensando que eso lo ayudaría a despejarse. Tanteó su ropa, buscando su varita, y casi estuvo seguro de tener la expresión más sorprendida cuando la tomó entre sus manos y la examinó. Frunció el ceño, seguro que Malfoy pudo habérsela quitado para completar su plan, pero por algún extraño motivo, él no lo hizo.
Se acercó a la puerta pulcramente cerrada y levantó la varita. No dudo cuando un bombarda salió de sus labios en un rugido furioso. La puerta explotó por doquier, despedazándose casi instantáneamente.
Harry volvió a sorprenderse por la facilidad de su escape, pero decidió no pensar mucho en el asunto. Dobló hacia la derecha y atravesó el pasillo mientras un palpitante dolor le atravesaba la parte superior de la mejilla. Se detuvo, tocándose la herida en el pómulo derecho, y maldijo a Malfoy en voz baja.
Sacudió la cabeza, y entonces miró su alrededor. Frunció el ceño al no escuchar nada... al no sentir la batalla. Un mal presentimiento lo recorrió y salió corriendo en dirección a los terrenos de Hogwarts.
Cuando estaba a punto de cruzar las enormes, y destruidas, puertas de roble que protegían la entrada al castillo, fue frenando su cuerpo, hasta convertir su carrera en pasos inseguros y dubitativos. Respiró profundamente antes de cruzar el umbral de la entrada, y con un último cabeceo a sí mismo, salió del castillo.
Paralizado, Harry recorrió el campo de batalla con la mirada. Las peleas habían cesado, pero por la vista de desolación y pérdida que ofrecían los terrenos, todo parecía señalar que nadie había ganado esa primera batalla.
Olía a sangre, a sufrimiento... olía a muerte.
A Harry se le retorció el estómago, y se detuvo un momento, dándose cuenta de que había estado caminando sin rumbo ni dirección. Aspiró un poco de oxígeno, tratando de evitar ver la sangre y los pocos cuerpos que había por doquier. Había también varios Aurores, y ángeles buscando sobrevivientes, pero el chico no reconoció a ninguno.
Alguien le tocó el hombro, produciéndole un repentino y brusco respingo que le revolvió más el estómago. Se giró bruscamente, preparado para enfrentarse a cualquiera. Pero grande fue su sorpresa al encontrarse con el director Dumbledore, mirándolo con ojos cansados que lo hacían lucir aún más viejo de lo que realmente era.
- Profesor Dumbledore. – Susurró sorprendido, guardando su varita en el interior del bolsillo trasero de su pantalón.
- Me alegra ver que estás bien, Harry. – Le dijo con una sonrisa que no le llegó a los ojos. - ¿Estás herido?
El chico no respondió de inmediato, y se alegró al ver que él estaba bien. Se dedicó brevemente a repasar el lugar, y tuvo que suspirar de nuevo.
- Yo estoy bien... pero... esto... – Dijo algo incómodo, mirando a su alrededor con culpa.
- No podías haber hecho nada, los demonios fueron sorpresivos y poderosos. – Tranquilizó el director, comprendiendo sus sentimientos. Aunque para Harry, eso no valía como consuelo.
Frunció el ceño y desvió la mirada. A unos cuantos metros, vislumbró la silueta de un demonio malherido que intentaba escapar, así que sin pensarlo corrió hacia él para detenerlo.
A penas había dado dos pasos, cuando una mano lo detuvo del hombro. Cuando reconoció la mano y la voz de Dumbledore diciéndole que se detuviera, se tuvo que morder la lengua para no soltarle unos cuantos improperios.
- ¡Déjeme ir! – Exclamó, bruscamente. - ¡Es mi maldito deber!
- No es hora, Harry, aún no... – Le dijo el director, pacientemente.
Harry no quería ser paciente ni mucho menos, así que se zafó de su agarre con brusquedad.
Cuando se giró, un ángel con alas gigantescas ya había derribado al demonio y Harry se arrepintió de haber volteado en aquel momento, pues el ángel estaba traspasando el torso de la criatura con su espada plateada.
El chico parpadeó aterrado, y apartó la vista, asqueado.
Dumbledore lo miraba con expresión comprensiva.
- A veces las batallas son más difíciles de afrontar de lo que imaginamos... – Le dijo, notando su aflicción. El chico apretó los labios, recriminándose su debilidad. Cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro, calmándose. – Acompáñame, Harry, vamos dentro. – El chico asintió, rendido.
Entonces, algo sonó en su cabeza fugazmente, y abrió los ojos desmesuradamente.
- Profesor Dumbledore... – Lo detuvo. - ¿Ha visto a Hermione o a Ron?
El director lo miró largamente, suspirando con cansancio. Acomodó mejor sus lentes de media luna y abrió la boca para responder.
- ¡Harry! – El pelinegro giró su rostro bruscamente, reconociendo la voz cubierta de pánico de Ginny, quien venía corriendo en su dirección seguida de Luna y Neville. Se arrojó a sus brazos con urgencia, contenta de verlo a salvo.
Harry estaba sorprendido, así que se dejo envolver en el asfixiante abrazo. Después de un par de segundos, respiró profundo y, con delicadeza, separó a la pelirroja de su cuerpo, demasiado ansioso por saber dónde estaban los demás.
- ¿Dónde está Ron y Hermione? – Preguntó, impaciente. Ginny transformó su semblante, intercambiando una mirada con Luna y Neville.
- Ron está en la enfermería. Pero está bien. – Susurró, mirándolo a los ojos con intensidad. El corazón de Harry saltó furiosamente, notando demasiado la ausencia de información sobre la castaña, así que empezó a sentir una asfixia totalmente molesta.
- Harry, verás nos-
- ¿Y Hermione? – Preguntó, interrumpiendo las palabras de Neville con un nudo en la garganta. La voz le tembló y miró a sus otros dos amigos con desesperación. – Ginny, ¡rayos! ¿Dónde está Hermione?
- Tranquilízate... – Susurró Luna, con voz suave.
- ¡¿Dónde carajos está Hermione?!
- N-no lo sabemos... – Respondió la pelirroja, separándose de él por completo. Bajó la mirada y no dijo nada más, así que Harry tuvo que contener todo el torbellino de sentimientos que lo consumía, pues, muy en el fondo, sabía que aquello no era culpa de ella.
- ¡Maldición! – Gritó a la nada, sintiendo un enorme y perturbador presentimiento de que esa noticia no tenía absolutamente nada de bueno. Dio un paso atrás y echó a correr hacia los terrenos, no muy seguro de a dónde dirigirse, pero decidido a hacer algo para encontrar a la castaña.
- ¡Harry, espera! – Gritó alguien a sus espaldas, pero él lo ignoró. De verdad, él sabía que algo malo pasaba, y no podía soportar la opresión del pecho.
Siguió corriendo, escuchando los latidos furiosos de su corazón martillear con fuerza en el fondo de su cabeza. Alguien lo seguía, así que aceleró el paso hasta sentir que se quedaba sin aliento.
Se detuvo un momento, pensando a toda velocidad. Levantó un poco la mirada y, entonces, una idea se iluminó en su cabeza, haciéndolo sentirse estúpido.
Porque ahí, a unos cuantos metros, Adam le susurraba algo a uno de sus guerreros, y a pesar de lucir una expresión vacía y nostálgica, el ángel era el mayor apoyo que Harry podría encontrar.
- ¡Adam! – Gritó, acercándose a él. El castaño giró un poco su rostro y lo miró. Su expresión era tan helada y sin vida, que Harry sintió unos horribles escalofríos descender por toda su columna vertebral.
Sin embargo, el chico no se detuvo y terminó por acercarse. A penas podía respirar, pero ese era uno de sus más pequeños problemas.
- Hermionenoestá,nosédóndeper- Harry atropelló horriblemente las palabras, así que decidió detenerse, tomando un poco de aire para tranquilizar su corazón. – Hermione está perdida.
A Adam se le contrajo la expresión y el chico se sintió un poco culpable al saber que el ángel ya tenía demasiados problemas como para preocuparlo por un mal presentimiento.
- Escucha, no la encuentro, pero no sé si algo mal-
- ¡Señor! – Gritó alguien, interrumpiéndolos. El ángel volteó el rostro, que expresaba un vacío profundo, y por sus facciones, Harry dedujo que Adam necesitaba un buen descanso... y pronto.
- ¿Qué pasa? – Murmuró el ángel, sin dejar de echarle miradas de reojo. Harry tragó saliva, sintiendo su corazón en la garganta.
- Gaspra ha muerto, señor, y-y... – El guerrero se silenció y desvió la mirada, incómodo. – Y Hermione Granger ha sido llevada al infierno por uno de los demonios.
Harry quedó en shock, pero Adam explotó de furia. Sus ojos se transformaron del plateado al oro líquido. Su pálida piel brilló con intensidad y unos extraños símbolos aparecieron por toda su estructura.
Aunque lucía terriblemente derrotado y cansado, Adam emanó una fuerza mágica sorprendente. Sus alas majestuosas se materializaron en su espalda, y cuando Harry trató de no entrar en pánico por la noticia escuchada, su alrededor comenzó a cambiar de forma avasallante.
El viento se volvió furioso, el cielo se cubrió de gris y unos potentes y desgarradores truenos ensordecieron el cielo. Harry trató de decir algo, pero un rayo se estrelló a un lado de ellos y el chico se vio en la necesidad de tirarse al suelo.
Una aterradora masa de fuego oscuro brotó del impacto con una velocidad alarmante. El cabello de Adam se deslizaba suavemente en su cabeza, meciéndose con el poder de la corriente y brillando por las llamas escarlatas que enmarcaban su figura. Su expresión estaba cubierta de furia, y cuando Harry pensó que aquello era inmensamente tenebroso, la tierra comenzó a temblar, derribándolo de nuevo cuando ya estaba por ponerse de pie.
El chico atinó a mirar hacia todos lados, percatándose que a tan sólo unos metros de distancia, una hendidura iba precipitándose en una irregular forma sobre el suelo. La cuarteadura se abrió paso a una velocidad sorprendente, separando en dos partes la superficie de los terrenos del colegio en un fenómeno tan maravilloso como aterrador.
Escuchó unas cuantas exclamaciones de sorpresa, gritos ahogados de los ángeles guerreros, pero a pesar del escándalo de los presentes, Harry pudo oír perfectamente la voz fría de Adam elevándose hasta dirigirse hacia él.
- Nos vamos de paseo, Potter. – Murmuró, con la voz inmensamente gélida y las facciones endurecidas. Ni siquiera lo miró, pero Harry ya estaba lo bastante aterrorizado con su voz como para atreverse a enfrentar su furiosa mirada.
El chico no supo qué decir, y permaneció tumbado en el suelo, con un dolor palpitante y horrible en la parte baja de la espalda. Dejó de sentir el estremecimiento de la tierra y giró su rostro para observar, con toda la sorpresa del mundo, como una enorme y extensa hendidura dividía el suelo a la mitad, dejando expuesta una terrible profundidad oscura que no parecía tener final alguno.
Harry tragó saliva, sintiendo el aire frío cubrir sus huesos, y lo entendió. Adam no había perdido su inteligencia fría, había, desde el primer instante en escuchar que Hermione había sido secuestrada, decidido ir a buscarla costase lo que costase. Sin perder un minuto y sin preocuparse en su desgaste físico y mental, el ángel había convocado todos sus poderes, produciendo una horda de desastres meteorológicos cuando había decidido abrir la puerta al inframundo. Y Harry, en ese momento, realmente admiraba su efectividad como guerrero.
Con manos temblorosas, el chico aferró la enorme Excalibur que aún seguía colgando de su cintura, y no tuvo duda de lo que tenía que hacer. Se incorporó con lentitud, con la resolución de su responsabilidad vibrando como un inconfundible sentimiento en el pecho.
Escucha a tu corazón, es el arma más poderosa que tienes.
Harry recordó las palabras que Dumbledore alguna vez le había dicho, y suspiró, porque necesitaba más que valor para ser un líder, y ahora lo entendía. Un líder necesitaba mucho más que valentía, poder y voluntad.
Cuando se giró, y miró la expresión salvaje y congelada que lucía Adam, con sus enormes alas blancas enmarcándolo, su ropa divina bañada en sangre y el fuego oscuro rodeándolo, Harry tuvo el presentimiento de que ese ángel era el ser más aterrador de todo el universo. Y realmente lo admiró, porque él era todo lo que el elegido no podía ser. Calculador, inteligencia con cabeza fría, pensamiento centrado y rápido, corazón en su deber.
Y Harry era impulsivo, todo lo contrario. Y él necesitaba ser un líder para vencer a Voldemort.
Adam extendió sus alas y alzó el vuelo a unos centímetros por arriba de la superficie, mirando directamente la entrada hacia el inframundo que él mismo había abierto. Harry sintió unas manos en sus hombros y se sobresaltó.
Se giró para ver quién era, y se sorprendió al ver a Hadar extendiendo sus alas y elevándolos a ambos hasta situarse a un lado del castaño. Harry se sintió nervioso, pero se dejó llevar, pues no tenía otra alternativa.
- Regresarás con ambos lo más rápido que puedas. Lo demás déjamelo a mí. – Ordenó Adam con voz tensa. Una sombra oscura cubría sus ojos dorados, y su expresión seguía tan gélida como antes. Harry supo que se refería a un escape de Hermione y él mismo, pero no pudo entender muy bien el plan. ¿Adam mataría a los demonios después de que Hadar los sacara a ellos de ahí? ¿Pelearía solo contra... ellos?
- Mi señor. – Asintió el ángel guerrero, aceptando la orden con un movimiento de cabeza.
- Prepárate para conocer el verdadero infierno, Potter. – Fue lo último que escuchó el chico, pues ambos ángeles tomaron vuelo para arrojarse en picada hacia la profundidad de la puerta que se abría sobre la tierra.
Vio como las alas majestuosas y blancas los envolvieron, pero ya no estuvo seguro de todo lo demás.
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- ¡Suéltame, inmundo! – Exclamó Draco, pero se arrepintió al instante de ver los ojos oscuros del demonio. Sus dos profundos orbes estaban rodeados de unas ojeras rojas espeluznantes, y el rubio supo distinguir la furia entre sus endurecidas facciones.
- Cállate, humano despreciable. – Susurró como amenaza. Su voz le ocasionó a Draco un temblor que le recorrió el cuerpo completo, y apretando los labios, dejó de forcejear con su captor hasta que ambos tocaron el suelo.
Draco cayó al suelo, lo cual pareció no importarle al demonio de gigantesca complexión. El rubio aseguró el reloj de oro que colgaba de su cuello, y lo aferró con fuerza para evitar perderlo. Sí todo salía bien, estaría fuera de ese lugar en un par de minutos.
El sudor le cubría la frente, cayéndole por el rostro con una rapidez asombrosa, pero no era para menos. El lugar era sofocante, con tonos rojizos brillando por doquier y las llamas infernales cubriendo cada esquina de una coordinada formación de rocas marrón oscuro. El suelo estaba caliente y el oxigeno era casi inexistente. Había ríos de fuego líquido, precipitaciones y depresiones que conducían a una profundidad infinita de fuego y niebla.
Draco tragó saliva, pues caer por uno de esos barrancos podría no sólo conducir a la locura, sino a la muerte en vida. Ninguna parecía tener final, aunque, francamente, él dudaba que lo tuvieran.
- Dolor inigualable, sufrimiento infinito, ¿no es eso sorprendente? – Susurró una gélida voz a sus espaldas. Draco pegó un respingo, incorporándose rápidamente del suelo.
Tragó saliva al ver los ojos rojos que lo miraban, y no dijo nada. Se acomodó los lentes lo mejor que pudo y levantó el mentón.
- Eso no tiene nada de asombroso. Es mórbidamente irracional. – Respondió con los dientes apretados.
- ¿Harry Potter? – Preguntó el demonio, aunque no esperó respuesta. - Me complace conocerte. – Sonrió, aunque Draco se sintió totalmente asqueado de su hipócrita sinceridad. – Eres demasiado arrogante aún a pesar de tu evidente desventaja. – Le dijo, levantando una ceja, blanca como la nieve.
- No soy un cobarde. – Aunque él no fuese como Potter, estaba convencido que el orgullo y la valentía siempre iban de la mano.
Los ojos rojos del demonio, tenebrosos y malignos, resplandecieron.
- Eso he oído. - Respondió la criatura con una sonrisa macabra y sanguinaria. – Antes de que mueras, me gustaría que supieras mi nombre, soy Perseus. – Se presentó con una arrogante e hipócrita reverencia, digna sólo de la realeza.
Draco se tensó, reconociendo el nombre del líder de los demonios al instante. Inhaló una profunda bocanada de aire y exhaló con lentitud.
- Sé quién eres. – Murmuró el chico, quedamente. Apretó el reloj que colgaba de su cuello y se obligó a mantener la cabeza fría. - ¿Dónde está Voldemort?
- ¿Deseoso por morir? – Preguntó el demonio, y Draco se percató a penas, que una horda de demonios se encontraban repartidos por todo el lugar, mirándolos fijamente con sus ojos vacíos, algunos negros, rojos o amarillos. Sintió un temblor involuntario al encontrarse en la boca del lobo y tragó saliva, levantando su mirada con orgullo.
- Mis deseos no son algo de tu incumbencia. – Respondió, apretando los labios. Perseus lo miró fijamente y, en un rápido movimiento, le rodeó el cuello con una mano y apretó con firmeza. Draco soltó un jadeó de sorpresa y su cuerpo se inmovilizó.
- Puede que Voldemort quiera matarte él mismo, humano, pero eso no me impide despedazar tu frágil cuerpo. – Siseó con la mirada brillante. Los contornos de sus ojos se nublaron, negros como la oscuridad, y Draco temió que cumpliera sus palabras. Sin embargo, tras unos tortuosos segundos, lo soltó bruscamente y dejó que se desplomara contra el suelo, sin pisca de arrepentimiento. – Levántate, porque antes de llevarte a tu juicio final, te daré una sorpresa.
Su tono espeluznante, seguido de sus aterradoras palabras, advirtieron a Draco que algo malo pasaba, y que, probablemente, fuera algo que cambiaría drásticamente el camino de sus planes.
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Hermione, temblorosa, se echó hacia atrás cuando pudo estar fuera de las garras de aquel demonio que la había secuestrado. Todavía recordaba perfectamente el momento que había sido torturada por la criatura del Castillo de Cristal, en Avalón, y definitivamente no quería pasar por algo similar.
El demonio que la había capturado y llevado hasta ahí, simplemente la miró, arrogante, y sonrió de medio lado, casi lascivamente. A la castaña la recorrió un espantoso escalofrío, que no pudo aplacar ni cuando el demonio se alejó de ella.
Entró en un estado de pánico, pues su pasada experiencia con el secuestro no había ayudado en nada. Aún a pesar de que, unos minutos después, se dio cuenta que estaba completamente sola en aquel espacio caluroso y pequeño, Hermione seguía temblando.
Armándose con un poco de valor, y porque realmente estaba llena de pánico, la chica se levantó como pudo e inspeccionó el lugar con temor.
El calor en ese lugar era insoportable. El ambiente parecía cargado y distorsionado por un extraño color rojizo que se reflejaba en las rocas que bordeaban el lugar. Estaba parcialmente oscuro, y el único sonido que retumbaba en sus oídos era el pisar frenético de sus zapatas. Ella no había sido consiente de cuando, pero había empezado a correr sin rumbo fijo.
Tras unos minutos de carrera, se dejó caer al piso, dándose por vencida. Con la respiración entrecortada, y la frente perlada de sudor, Hermione se dio cuenta de que aquel lugar parecía peor que un laberinto. Todo era casi completamente igual. Parecía como si estuviese en el corazón de un volcán: cavernoso, tenebroso y cubierto de lava ardiendo.
La cabeza le palpitaba con fuerza y el respirar empezaba a dificultársele por el calor. Cuando estaba a punto de sufrir un ataque de ansiedad, algo húmedo la tomó del brazo y la incorporó bruscamente del suelo.
- Camina... – Ordenó el demonio grisáceo que la había encontrado. Sus garras húmedas hacían una presión sobre su brazo que empezaba a molestarla, pero ella decidió no decir nada. Se dejó arrastrar, dándose por vencida una vez más.
No supo cuanto tiempo pasó, pero tras unos extensos latidos de corazón, Hermione se encontró en la misma habitación de la que había huido.
- ¿Qué-é quieren? – Preguntó, con voz entrecortada, dejándose caer al suelo y haciéndose un ovillo contra la pared.
El demonio no se molestó en responderle, si no que permaneció de pie al lado de la puerta, con los brazos cruzados y una de las miradas más frías que Hermione había visto, fija en la nada. Sus ojos eran negros, vacios, y su piel ya no era gris, sino pálida, casi translúcida. Tenía una capa negra que cubría la mayor parte de su enorme cuerpo, y su cabello rojo sangre y largo hasta los hombros le ensombrecía el rostro, el cual, para horror de la castaña, estaba cubierto de cicatrices.
Estuvo decidida a formular de nuevo su pregunta, pero apenas abrió los labios, dos figuras oscuras irrumpieron en la habitación.
Casi salta del susto, pero se paralizó al reconocer a una de las figuras.
- Harry – Gimió de terror. Después de todo lo que habían hecho, los demonios los tenían a ambos.
Draco se zafó bruscamente del agarre del demonio, paralizándose segundos después al ver la frágil figura de su novia en el suelo, mirándolo con terror. Un terror que seguro él mismo tenía estampado en todo el rostro.
- N-no... – Balbuceó asustado. No, no. Merlín, eso no podía estar pasando. A ella no.
Corrió a su lado y la rodeó con ambos brazos, desesperado.
- ¿Estás bien? – Le preguntó en el oído, un segundo después de que ella se aferrara a él con ansiedad.
- Sí... Oh, Harry, ¿Tú estás bien? – Por un solo y diminuto instante, Draco estuvo a punto de echar a perder todos sus planes, confundido por haber escuchado un nombre que no era el suyo. Miró los ojos de la castaña, desesperado por decirle su verdadera identidad. Pero no lo hizo, simplemente estuvo ahí y la abrazó.
- Estoy bien... – Murmuró el rubio en su oído.
- Levántense. Ahora. – Ordenó Perseus, notablemente asqueado. – El bonito reencuentro se acabó. Es hora de que su destino sea dictado. – Sonrió. Y sus ojos, blancos y sin vida, brillaron maléficamente.
Draco siseó antes de levantarse, jalando a Hermione con él. Ninguno de los dos parecía contento con la idea de que el otro estuviese ahí, pero trataron de esconderlo de los demonios.
El chico no permitió, cuando los demonios los empujaron hacia la salida, que Hermione se separara ni un milímetro de él. Su cabeza pensaba a toda velocidad, tratando de encontrar una solución al problema. Todos sus planes estaban boca arriba ahora, y no sabía cómo arreglarlos.
- Todo está bien. – Le susurró a Hermione en el oído, aunque sabía que probablemente era mentira.
Los obligaron a caminar por unos cuantos minutos, así que ambos se vieron obligados a permanecer en silencio.
Hermione se sentía terrible, como si todo lo que sucedía fuera una mala pesadilla. No podían haber perdido, Merlín que no podían. Miró a Harry y por un momento, sintió algo distinto con respecto a él. No supo qué era ese sentimiento, pero tenía un mal presentimiento.
Un latido de corazón bastó para que la pesadilla empezara. Perseus sonrió, girándose hacia ellos. Tomó al chico del brazo y lo estampó contra la pared, separándolo de ella. La castaña dejó escapar un jadeo de sorpresa, y cuando quiso acercarse para socorrerlo, el otro demonio la tomó de los brazos y la detuvo. Ella forcejeó, pero fue inútil.
Perseus dobló el brazo del chico y le habló, calmado y susurrante, al oído.
- Mírala, Potter, porque es la última vez que lo harás. – Draco apretó los labios, consciente de que la situación se ponía más difícil a cada momento.
- Eso lo veremos. – Susurró él de vuelta. El demonio soltó un risa entre dientes, burlón.
- Claro que sí.
Cuando soltó esas dos palabras, Draco lo notó.
Ahí, al fondo de aquella estancia tenebrosa, oscura y calurosa, una figura se encontraba sentada sobre una silla de piedra negra, escondiendo su rostro bajo una capucha negra. Pero sus ojos, dos esferas rojas que brillaban con diabólica maldad, estaban fijos en él.
Hermione también notó la figura semi-escondida en la oscuridad, y un temblor involuntario la recorrió completamente.
Voldemort se incorporó en su lugar y se bajó la capucha, dejándola caer suave y elegantemente por sobre sus hombros.
- Al fin nos vemos cara a cara, Potter. – Le dijo, con esa voz susurrante, arrogante. Draco se tensó, más afectado de lo que nunca se imaginó estar frente al ser que le había quitado tanto. Quiso acercarse y matarlo de una vez por todas, pero sabía que eso era imposible.
- Al fin. – Respondió el rubio entre dientes. Voldemort lo miró largamente antes de torcer su boca en una mueca.
- Vaya, vaya. – Entonces, Draco lo supo. Supo que Voldemort lo había reconocido y por su expresión, no parecía nada gustoso por aquello.
Al rubio realmente no le importó, pues su plan por hacerse pasar por Potter era únicamente para llegar a Voldemort, y lo había conseguido.
La pregunta era si estaba preparado para enfrentarlo.
- Tus repugnantes criaturas son unos inútiles, Perseus. – Murmuró Perseus con la furia contenida. Se acercó más a ellos y tomó las solapas de la camiseta de Draco. – Este niño no es Potter.
Hermione dejó de pelear para soltarse del aprisionamiento del demonio, y miró al frente con expresión horrorizada. ¿Qué...?
Perseus se mantuvo impasible, mirando al otro ser con seriedad. Cuando Voldemort se dio cuenta que él no pensaba responder, su enojo incrementó. Levantó su varita y, con furia, la clavó en el cuello del chico.
- ¿Quién eres? – Preguntó con brusquedad.
El rubio sonrió, queriendo mostrar un poco de tranquilidad y confianza, aunque realmente no la sintiera.
- ¿Un fallo en tus planes? – Preguntó Draco, sonriendo levemente.
- Estarías muerto desde hace mucho si lo hubiese querido, muchacho. – Apretó la varita contra su cuello e hizo una mueca de superioridad. – No estás en posición de jugar tus jueguitos. Tu vida está en mis manos. – Sus gélidos ojos rojos dejaron de mirarlo y se posaron sobre la figura temblante de la castaña.
- ¿Realmente no sabes quién soy, V... – Draco frenó y tomó aire antes de hablar. –...Voldemort? – Logró preguntar, temeroso de lo que podría significar la mirada lascivia que ese ser había dirigido hacia Hermione. Tragó saliva. – Debes imaginártelo. Soy la única persona, además de Potter, que regresaría por ti. - Una punzada de dolor le atravesó el pecho, pero lo ignoró.
Voldemort se quedó callado, analizándolo con la mirada. Una mueca distorsionada se delineó en su rostro, transfigurando su faceta en una mueca furiosa.
- Malfoy... – Murmuró, dando un paso hacia atrás y bajando la varita. Sus ojos rojos brillaron, sin apartar su dura mirada de su cuerpo.
Hermione abrió los ojos como platos, mirando la escena con terror. No pudo creer aquello... ¿Draco? ¿Por qué? ¡Por Merlín!
- Eres un asqueroso traidor, Malfoy. Igualito a tus padres. – Escupió el señor oscuro con crueldad. Draco apretó los dientes, pero permaneció callado.
- No, Voldemort. Soy simplemente uno de los buenos. – Murmuró. Evitó girar su rostro hacia Hermione, dándose cuenta que ella lo estaba mirando.
- Es un error de principiantes, Perseus. – Soltó el señor oscuro, sin mirar al demonio. – Matar a Potter hubiera terminado la guerra... hubiera sido nuestra victoria. ¡Era tú única obligación! – Exclamó, furioso.
- Es un estúpido truco humano, Voldemort. Nos pediste a Harry Potter, el de la imagen. – Sonrió burlón y señalo a Draco con la mirada. – Y a él te trajimos. – La foto de Harry bailó en su mano y el demonio se limitó a encogerse de hombros. – Esto sólo hace las cosas más interesantes, hechicero. La victoria sin guerra es aburrida. – Miró a Hermione, que tembló ante su escrutinio, y sonrió más ampliamente, enseñando sus dientes rojizos por entre sus pálidos labios.
- ¿A qué has venido, Malfoy? ¿A morir? – Preguntó Voldemort, levantando su varita de nuevo a una distancia prudente. – Porque estoy totalmente dispuesto a cumplir tú deseo.
Draco se encogió cuando un intenso dolor le atravesó el pecho, sus hombros se sacudieron fuertemente y cayó al suelo de rodillas, temblando incontrolablemente.
- ¡Draco! – Exclamó la castaña tras reponerse de la sorpresa. Aún confundida, intentó nuevamente zafarse del agarre del demonio, pero éste la sostenía con demasiada fuerza. - ¡No, déjenlo en paz!
Voldemort bajó la varita y la miró con los ojos gélidos y sin vida. Hermione notó, entonces, que él no estaba haciéndole nada.
- En este momento no estoy de humor para torturar, niña estúpida. – Escupió. – Pero preferiría matarlo viéndose como un Malfoy, no como Potter.
El cabello de Draco fue cambiando paulatinamente del negro al rubio platinado. Los lentes le resbalaron por el rostro y cayeron al suelo, haciéndose pedazos. El chico sonrió, totalmente débil, aferrándose el pecho con la mano derecha.
- Conozco tú secreto, V-voldemort... y vine a destruirlo. – Articuló con voz débil. Hermione lloraba, mirándolo como si estuviera loco, rogando porque no pasara nada.
El señor oscuro le prestó atención, y con rostro sombrío se acercó dos pasos hacia él, quedando sólo a un palmo de su cuerpo.
- Así deberías haberte quedado, Malfoy, arrodillado ante mí. – Susurró despacio, alzando su varita con lentitud y presionándola contra la sien del rubio. - ¿Cuál secreto, Draco?
- ¡No, por favor, no! – Gritó Hermione, desesperada.
Perseus se cruzó de brazos, aparentemente entretenido.
- Potter jamás lo hubiera descubierto, y yo moriría antes de poder revelarlo. – Susurró el rubio, sin inmutarse por la presión de la varita sobre su cabeza. - ¿No lo pensaste, acaso? ¿Que mi padre lo transmitiría a su descendencia? Es lo único benefactor que él ha hecho...
Voldemort tensó la expresión y enterró la varita con mayor fuerza sobre su frente. Draco soltó un gemido de dolor, pero aún no recobraba fuerza como para levantarse y pelear contra la humillación a la que estaba siendo sometido.
- Eso no será posible, Draco, tú sabes que no...
Draco exhaló aire fuertemente y cerró los ojos por unos latidos de corazón. Sabía que la presencia de Hermione había cambiado todo, pero no podía darse por vencido. Pensó un momento, aún con los ojos apretados, y cuando los abrió, había hecho una decisión increíblemente difícil. Miró los ojos miel de su novia y sonrió con tristeza.
Hermione deseaba saber de qué hablaban, pero su conversación era demasiado inaudible para ella. Golpeó al demonio en un momento de distracción, pero cuando se soltó de él, otra mano la tomó del brazo y la detuvo.
- No, humana. – Le susurró Perseus al oído. – Tu espectáculo aún no empieza.
- Puedes matarlo, Perseus. No ensuciaré mis manos con la sangre de un traidor. – Ordenó Voldemort, retirando su varita y retrocediendo cinco pasos. Perseus soltó a la castaña, que corrió directo a Draco y lo abrazó con fuerza.
- No me des órdenes, Voldemort. No soy tu sirviente. – Pronunció el demonio, pausadamente. Aún así, levantó una mano y lanzó una orden silenciosa. Un arquero oculto en las sombras levantó su arco de color negro, y con una flecha cubierta de sangre, apuntó a las dos figuras entrelazadas en un abrazo, esperando por la orden final de matar.
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Harry dejó escapar una arcada en cuanto tocó el suelo rocoso. Además del espeluznante descenso que había experimentado, la falta de oxígeno en ese lugar era asfixiante. El calor enredaba su cuerpo y lo sumía en un letargo fatigoso que entumecía sus sentidos.
Adam lo tomó de un hombro y lo obligó a enderezarse. Él permanecía impasible, inspeccionando su alrededor con precaución. Hadar estaba observando el espeluznante lugar con ojo crítico, alerta a cualquier sonido o movimiento.
- Este lugar es horroroso. – Susurró Harry, sintiendo su cuerpo sumamente débil por el calor.
- Es el inframundo, humano. – Respondió Hadar, sin siquiera mirarlo. - ¿Acaso esperabas flores y colores? – Preguntó, irónico. Harry notó el apremio nervioso en su voz, y tragó saliva.
Entraron silenciosamente por un extenso corredor. Era estrecho y pequeño, pero no parecía haber otro camino. Gotas de sudor perlaban la frente de Harry para cuando quiso darse cuenta, y las piernas le temblaban a cada nuevo paso que se obligaba a dar.
Su respiración acelerada hacía eco contra el pequeño túnel. La luz en aquel lugar se reflejaba de color rojo, uno un tanto oscuro.
El peso de Excalibur le golpeaba el costado insistentemente, recordándole casi con ironía que una batalla se desataría en cualquier momento.
Y para contrastar sus palabras, un estruendoso sonido los esperó al final del túnel oscuro.
- Quédate atrás, niño. – Advirtió Adam, mientras se detenía y desenvainaba una larga y dorada espada. Harry notó seriamente que el ángel no se molestó en conjurar la Divine Sword, lo que lo llevó a fruncir el ceño.
Obligado a obedecer, Harry permaneció detrás de los dos ángeles, y con una fuerte exhalación, los tres abandonaron la seguridad del aquel estrecho pasadizo.
Después, la furia de un encuentro se desató.
Adam atacó rápidamente al primero, sin intenciones de perder ni un segundo del tiempo que tenían para encontrar a Hermione.
Le clavó su larga espada en uno de los costados, tomándolo por sorpresa. Lo arrojó contra el suelo al momento de que el demonio, convulsionante, se convertía en una nube de cenizas.
Enderezándose, Adam se giró y colisionó su espada contra la hoja negra de otro demonio. Le golpeó el rostro grisáceo con el puño y le aplastó la cabeza contra una roca sobresaliente. Luego, con toda la furia que sentía, lo arrojó hasta el otro extremo de la enorme estancia, dejándolo precariamente cerca de un abismo, el cual dirigía a una enorme laguna de lava y fuego desplegado.
Adam extendió sus enormes alas, apoyándose contra el suelo para tomar fuerza y atacar a una horda de demonios que se dirigían hacia ellos. Los ojos y el cuerpo le brillaron de color dorado, y su espeluznante belleza retumbó en aquel sombrío lugar con intensidad. Hadar le siguió con furia, con ojos serios y brillantes.
Harry desenvainó a Excalibur y el poder de la espada lo invadió al instante. Se dio un tiempo para analizar la estancia, y ya no pareció tan sorprendido como antes.
El lugar era terriblemente tétrico, lúgubre. Los ojos le escocían por la intensidad de las llamas que bordeaban todo el alrededor. Los encerraban unos muros rocosos, con depresiones y elevaciones puntiagudas. El clima ahí abajo era seco asfixiante, y aunque aquella estancia era grandísima, el ambiente no cambió nada.
Harry divisó un estrecho puente de roca que conducía hacia una abertura que se abría en el muro. Estaba algo lejos de su posición, pero al ver a dos demonios guareciendo la entrada, supo que por ahí debían pasar.
Comenzó a caminar aunque la respiración le fallaba, y estuvo lo más alerta que sus sentidos le permitieron.
Un demonio apareció desde la altura, y Harry tuvo que usar su agilidad para saltar hacia un lado y evitar el ataque. Blandió la Excalibur, tratando de recordar los entrenamientos que Adam les había impuesto. Colisionó fuertemente su arma contra la espada contrincante, y reprimió un gemido al sentir el resquebrajar de los huesos de su muñeca. Pudo hacerse hacia atrás y tomó la espada con su mano izquierda, apretando los dientes por el dolor.
Antes de que pudiera defenderse de una nueva horda de ataques, Adam llegó volando y atravesó el torso del demonio que lo atacaba. Harry cayó de espaldas, horrorizado por la sangre que le bañó el rostro. El ángel no se molestó en disculparse, y mientras el chico intentaba limpiarse el rostro, el castaño tomó su muñeca herida con fuerza y tiró de él hasta incorporarlo. Para cuando Harry se quejó sonoramente por el dolor del tirón, la muñeca ya estaba curada.
- Supongo que ya te habrás dado cuenta de a dónde nos dirigimos, corre hacia allí, Potter, te cubriré. – Murmuró mientras se echaba hacia atrás y posicionaba su cuerpo de manera defensiva.
El chico asintió, masajeándose la mano mientras corría. Sujetó la espada fuertemente y se detuvo al borde del abismo, mirando el estrecho puente que se sostenía precariamente por sobre la laguna de lava ardiente. Respiró profundamente y puso un pie sobre la rocosa superficie.
Uno de los demonios que guarecían la entrada lo miró, perforándole los sentidos con el fluorescente rojo de sus intensos ojos. Harry tembló y acomodó su espada frente a su cuerpo con la finalidad de defenderse.
El demonio se detuvo abruptamente, y lo miró intensamente por unos segundos. Su corazón palpitó con fuerza, retumbando dolorosamente en su cabeza. Había olvidado su dificultad para respirar, pero la recordó cuando una ola intensa de calor le golpeó desde abajo.
El demonio no se movió por unos segundos, y cuando Harry estaba listo para sacar su varita, la criatura bajó la mirada, posándola en su espada, y luego retrocedió con una expresión indescifrable.
Confundido, Harry avanzó un paso, y el demonio extendió sus alas rudimentarias, como si quisiera huir. Hadar llegó desde un flanco, y atacó al demonio, que estaba desprevenido. Le clavó la espada en el centro del pecho y en una nube de colores oscuros y un lío de alas, el demonio cayó hasta desaparecer en un suspiro.
Harry parpadeó, y antes de darse cuenta, alguien lo había tomado de los brazos y lo había transportado hasta el otro lado del puente. Hadar mató fácilmente al otro demonio, y se giró a mirarlo.
El chico se volteó, encarando a Adam, y apretó los labios con expresión seria.
- ¿Qué fue eso? – Soltó con brusquedad.
Adam no trató de hacerse el tonto, y casi sonrió.
- La Excalibur, Harry. Es legendaria. – Suspiró, haciendo énfasis en su nombre, y se limpió la sangre del rostro. – Los demonios le temen.
- ¿Qué? – Se mostró genuinamente, y Adam reprimió rodar los ojos con exasperación. – ¿Quieres decir que los demonios huirán de mí? ¡Por Merlín, Adam! ¿No se te había ocurrido mencionármelo? Esto podría habernos ahorrado muchos problemas.
- Potter, viste lo que pasó. Uno de los demonios no se percató de la espada y te atacó. Ahí habrá alguno que tendrá el valor de enfrentarte, y aunque posiblemente teman al principio, no se tocarán el corazón ante la situación. – Explicó con una paciencia no característica de él. – Además, niño, no has podido dominar el poder de tu arma... la Excalibur te da dos caminos, o absorbes su poder y lo usas, o la espada absorbe tu energía y te domina. ¿Estás preparado para usar su poder?
Harry se quedó callado, no pudiendo responder a esa pregunta. Claro que no estaba listo, la energía de la espada lo debilitaba, absorbiéndole la energía mágica; la magia blanca, cabía agregar, y lo dejaba con la energía negativa, poseyéndolo.
Apretó los labios y desvió la mirada.
Adam comprendió, y decidió dejar el asunto por la paz.
Abrió la boca para dar una nueva orden, pero entonces, lo sintió.
- Hermione... – Susurró. Guardó su espada en la vaina del pantalón, y avanzó hacia la abertura que abría paso hacia una nueva estancia.
- ¿Qué? – Harry lo había escuchado, y tanto él como su ángel guerrero lo miraban.
- Hermione activó el collar.
Después, extendió sus enormes alas -plegadas a su espalda- y alzó el vuelo, no se molestó en decir nada, asumiendo que Hadar lo seguiría.
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Draco le entregó un objeto pequeño que Hermione reconoció como un reloj de pulsera. Aunque seguía temblando y respiraba con dificultad, el rubio se obligó a hablar.
- Es un Traslador... – Murmuró bajito. Aunque Voldemort y Perseus los miraban, Hermione dudaba que realmente los escucharan. El demonio los miraba fijamente, tenía la mano levantada a punto de dar una orden para que los atacaran, y la castaña realmente temía que eso pasara demasiado pronto. – Tócalo y piensa en el lugar que desees...
- Vámonos, entonces, Draco. – Susurró mientras continuaba abrazándolo. El chico negó quedamente.
- Sólo es para una persona, cariño, me pasé casi dos meses diseñándolo. – Articuló despacio. No la miró, porque el chico sabía que se derrumbaría ante la expresión agónica del rostro de su novia. – Además, hay algo que tengo que hacer...
- No me hagas esto, Draco, no puedo irme sin ti. – Lloriqueó ella, asustada. Se acercó más a él y un objeto pequeño sobresalió por el interior de su blusa. Hermione casi grita de la alegría, pues nuevamente había olvidado el collar que su guardián le había proporcionado.
Cuando cerró la mano en torno a él, la paciencia de Perseus había finalizado, y su mano había bajado con decisión, dando la orden del ataque. Una horda de flechas se dirigió con precisión hacia ellos, pero a un metro antes de atravesarlos, chocaron contra una barrera mágica transparente, despidiendo chispas doradas cuando se deshicieron al rebotar.
Perseus se vio notablemente sorprendido, y Voldemort dejó escapar una maldición entre dientes.
Las flechas siguieron atravesando el aire en una ráfaga poderosa, pero la barrera sagrada seguía desintegrando cada una. Hermione regresó su atención hacia su novio, que se incorporaba dificultosamente.
- Voldemort tiene un secreto. – Empezó Draco de la nada, mostrándose bastante sorprendido, pero decidiendo que tenían unos segundos extras para hablar y no pensaba desperdiciarlos preguntándose qué carajos era esa barrera que los protegía. – He vivido casi diez años con miedo a que algo me pase si lo revelo, pero creo que en este momento ya no importa.
Se quedó callado, respirando trabajosamente, así que Hermione se incorporó también y le acarició el rostro. Un rayo de energía blandió el aire, y se estrelló furiosamente contra la barrera, Hermione se dio cuenta que había estado conteniendo la respiración hasta que vio que la energía se deformaba contra la barrera y desaparecía.
- Mi familia trabajó durante diez años para crear un amuleto... un amuleto que Voldemort usa. – Exhaló un poco de aire y miró fijamente los ojos de la castaña. – Ese amuleto guarda un poder extremadamente maligno y poderoso. Ese amuleto protege el alma. – Murmuró con apremio, evitando que su novia hablara, y viendo como varios rayos más comenzaban a explotar en torno a ellos. – Voldemort ordenó a mi familia a guardar el secreto y maldijo a mi familia con un conjuro destructivo por si decíamos algo. Él siempre pensó que yo no sabía nada, pero mi padre me lo confió unos días antes de su muerte.
- Por Merlín... eso quiere decir que él... él técnicamente no puede morir. – Draco asintió, tratando de ignorar la expresión horrorizada de Hermione. – Sólo un Malfoy puede destruir ese amuleto, y Voldemort lo esconde alrededor de su cuello con un hechizo desilusionador muy poderoso. Nadie más lo sabe, Hermione, es un as bajo la manga que Voldemort tiene desde su regreso.
Hermione entendió comprendiendo la situación, aún paralizada.
- Me he pasado seis meses descifrando su naturaleza, y hace unos días, por fin he descubierto el hechizo que mi tatarabuelo creó para destruirlo. – Un dolor agudo le atravesó el cuerpo, pero se obligó a mantenerse en pie. Soltó un gemido de dolor, y comprendió que la maldición estaba extendiéndose por su cuerpo.
- ¡Dios, Draco! ¿Estás bien? – Ayudó a que el rubio se mantuviera en pie, viendo como se balanceaba precariamente sobre sus talones. Estaba a punto de decir algo, cuando Hermione sintió su collar vibrar con fuerza y lo apretó con desesperación. La barrera estaba siendo mortalmente atacada, y ella sabía que por más fuerte que ésta fuera, no podría aguantar mucho tiempo más.
- T-tengo q-que destruirlo... y-yo no planeé... no planeé que esto pasara así... pero. – Se detuvo, gimiendo agónicamente. Maldita maldición, pensó.
Draco supo que no tenían mucho tiempo cuando una explosión los golpeó débilmente. Abrió y cerró la palma de su mano, repitiendo el hechizo que había ensayado por meses. Era una ventaja no tener que usar varita, y Draco agradeció mentalmente a su tatarabuelo.
Separó a Hermione de su cuerpo sin mirarla, sintiendo como ella temblaba descontroladamente.
- V-vete, estaré bien. – Prometió con su mejor sonrisa. Ya no podía pensar más, el tiempo se agotaba, era momento de actuar y no podía aplazar la despedida.
Hermione negó con lágrimas en los ojos, y antes de que pudiera siquiera preverlo, un rayo de energía negra golpeó la barrera y los derribó.
Draco cayó hacia un lado, y tosiendo, se incorporó con las últimas fuerzas que le quedaban. Aprovechando la nube de humo negro que se había instalado, avanzó débilmente hacía la dirección en la que Voldemort había estado.
Levantó el brazo derecho, proyectando toda su energía en la palma de su mano. Ésta comenzó a atraer partículas de energía, incorporando un poderoso conjuro de color blanco con matices dorados.
Repitió el conjuro en su cabeza, una y otra vez, y cuando vio una sombra negra, ni siquiera lo pensó cuando vio a Voldemort con la varita extendida.
Un poderoso Crucio atravesó la distancia entre ellos. Le dio de lleno en el pecho, al mismo tiempo que una flecha perforaba su tórax. Draco retrocedió instintivamente, con un dolor ascendente e intenso... pero su conjuro había sido exitoso.
El eco del Finite amuletum devotio sanctus retumbó como eco en la estancia.
El rubio retrocedió otro paso, escuchando el grito ahogado de Hermione a lo lejos.
Vio, con ojos cristalinos, como el hechizo colisionaba contra Voldemort, desequilibrándolo. El amuleto en forma de dragón plateado, tallado elegantemente y con incrustaciones de diamantes, se materializó frente a sus ojos.
Después, cuando otro gritó atravesó el aire, cuando una flecha más atravesó su pecho y él escupió sangre profusamente, cuando dio un paso en falso hacia atrás y se dio cuenta de que ya no había donde pisar, fue entonces, cuando cayó de espaldas desde la rocas hacia el abismo cubierto de lava flameante y el fuego infinito... fue entonces que el amuleto se desintegró, y Draco tuvo la dicha de ver la expresión distorsionada y débil de Voldemort al ver su inmortalidad perdida.
Entonces...
...Draco cerró los ojos, pensando en Hermione.
Y el dolor terminó.
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Ugh... ¿Sorry? No me odien...
La semana pasada sucedieron algunos problemas técnicos horribles, y me ha sido imposible actualizar.
De hecho no sé qué decir, soy una mala persona. Tremendo final que he dejado en este capítulo y yo con la incertidumbre de si voy o no a poder actualizar pronto, todo debido a esta crisis de inspiración que estoy sufriendo.
No puedo decir nada más, sólo muchas gracias por todas aquellas personas que continúan dándome ánimos y siguen fieles a pesar de mi inconsistencia. Muchas gracias, de verdad que son lo máximo. Esta historia la terminaré, claro que sí. Jamás dejaría botado un proyecto que significa tanto para mí, y por supuesto, que me ha traído tantas experiencias y me ha mejorado como fan, y porque no, como persona.
Así que, gente bonita que me apoya explícitamente, o desde las sombras, muchas gracias, esta historia no sería nada sin ustedes.
Por cierto, si notan más errores de lo normal, es debido a que no he podido editarlo muy bien...
La explicación, origen y diferentes datos completos sobre el amuleto vienen en el próximo capítulo, así que no se enojen por no saber detalladamente sobre él. Es una idea mezclada de "Las reliquias de la muerte", por si no lo notaron.
En fin, no puedo dar adelanto del próximo capítulo, pues el título es expresamente revelador. Y mucho me temo que se imaginan de qué va. Empieza el drama, empieza la guerra.
Empieza el final.
(Bien filosófica yo... cri, cri).
¡Saludos Mágicos!
Su amiga que los adora...
DarkGranger.
