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Una profecía de los cielos

DracoDormiens Nunquam Titillandus

OOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO


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35.- El Arte de la Verdad

"El arte de la vida, ES HACER DE LA VIDA UNA OBRA DE ARTE." - Anónimo

"La verdad sólo se sabe justo en el momento en que nos enfrentamos a ella." - Anónimo

- ¿Qué haces aquí? – Preguntó Adam, genuinamente sorprendido.

- ¿Esa es la manera de saludar a un viejo amigo? – Respondió el otro ángel, con una sonrisa. Hermione tragó saliva, todavía hipnotizada por la melodiosa voz de aquel ángel tan hermoso.

- ¿Qué haces aquí, Nathaniel? – Repitió el castaño, apretando los labios. Hermione retrocedió un poco y parpadeó, totalmente confundida.

Adam la miró por unos segundos y le extendió la mano, incitándola a acercarse. Ella obedeció, a lo que el castaño suspiró quedamente.

Nathaniel observó el entendimiento sin palabras entre ellos dos, y sonrió de medio lado.

-Nunca podría haberlo imaginado de ti, Kalyo, - susurró el otro ángel, tranquilo. - Ella es una humana con un alma pura y hermosa... - dijo, y la miró. Ante el escrutinio, Hermione se encogió en su lugar y se sonrojó.

Adam apretó los labios, y Hermione percibió como cada músculo de su cuerpo se tensó paulatinamente.

- No me hagas repetir la pregunta, Nathaniel... – murmuró él, entre dientes.

- Me he cansado de simplemente mirar, Kalyo, – suspiró Nathaniel, finalmente. - Es duro ver a través de otros ojos la destrucción de lo que tú proteges... - Hubo un silencio amargo, donde, por primera vez, Kalyo Hellsing sintió la verdadera desesperación en un ángel, a través de una mirada oscurecida por la sombra de la impotencia.

- Tú no debes estar aquí, Nathaniel... vete a casa... - respondió él, fríamente, tras unos minutos en silencio.

El otro ángel sonrió con arrogancia, y levantó las cejas, mirando fijamente al castaño.

- Es verdad que necesito tu aprobación para materializarme frente a los humanos... pero no necesito decirte porqué esta situación nos envuelve a todos, - comenzó, despacio. Desvió sus ojos perlados hacia el horizonte, mirando la grandeza del sol y sintiendo el aire mecer su cabello, y suspiró profundamente. - Yo soy un ángel guardián, Kalyo, uno de verdad... y tengo derecho a luchar la batalla por la humanidad.

Kalyo permaneció callado, y Hermione se preguntó qué era lo que estaba pensando.

- Tal vez seamos guerreros de menor poder, pero los humanos son nuestra responsabilidad... verlos morir sin poder intervenir es terriblemente perturbador. - Nathaniel lo miró de nuevo, con los ojos brillando de determinación. - Hemos tenido diferencias en el pasado, Kalyo, pero en este momento debería tener más derecho de proteger corpóreamente a lo que me corresponde cuidar...

- ¿Quién te ha enviado? – Preguntó Kalyo, sintiendo la mano de Hermione recorrer su brazo con delicadeza, con intención de brindarle un poco de tranquilidad.

- Nadie. Es decisión mía tomar parte en esta guerra. - Nathaniel sonrió, pues Kalyo parecía derrotado. - Necesitas mi ayuda... acepta a los ángeles guardianes en tu ejército y no lo lamentarás...

- Lo pensaré, Nathaniel, pero no te hagas muchas ilusiones. - Tomó a Hermione de la muñeca y se giró para regresar al castillo. - En estos momentos estoy demasiado ocupado, hablaremos luego... - Prometió, lentamente.

- Está bien, ángel guerrero... yo estaré esperándote... - El ángel guardián sonrió de nuevo y se pasó una mano por el lacio cabello, mirando la espalda de su rival alejarse. - Y Kalyo... si quieres una audiencia para solicitar entrar en mi escuadrón de ángeles guardianes... bienvenido seas... ella ha sobrevivido lo suficiente para saber que eres bueno en esto - dijo, aunque la castaña notó la burla en su melodiosa voz.

El castaño obligó a Hermione a caminar y apenas ladeó su rostro para ver al otro ángel. Le sonrió levemente, con arrogancia.

- Es casi un gusto volver a verte, Nathaniel... casi. Ahora, lárgate de aquí. – Tras decir eso, el ángel hermoso de ojos blancos desapareció bajo el brillo del sol y el reflejo de su perfecta sonrisa.

Adam suspiró y guió a Hermione a través de los terrenos.

- ¿Qué fue todo eso? - Preguntó ella, con los ojos entrecerrados. Adam la soltó y se tocó el puente de la nariz con gesto cansino.

Hermione lo miraba perspicazmente, lo malo era que él no tenía cabeza para responder a sus preguntas.

- Será una larga tarde, castaña, y en este momento sólo necesito que me acompañes y que permanezcas callada, - murmuró despacio, y Hermione tuvo que aceptar, asintiendo con la cabeza en señal de derrota.

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Dumbledore limpió sus gafas por tercera vez en esa media hora, y suspiró. Fawkes se removió en su lugar, inquieto, así como se sentían él mismo y los miembros presentes de la orden.

Kalyo había convocado una reunión de emergencia, solicitando que los oyentes de su discurso deberían ser los interesados en conocer la verdad. Dumbledore podría decir que, a lo largo de sus años de vida, había podido aprender que la definición de verdad siempre variaba de acuerdo a la persona que la dijera, no al hecho involucrado en ella.

Por eso, su preocupación acrecentaba a cada minuto, pues no tenía ni una pista de lo que ese ángel -que tantos problemas le había causado a la orden- estuviera por decirles.

El director confiaba en Kalyo, y eso no cambiaría. Pero sus acciones lo desconcertaban, lo intranquilizaban... ese ángel, quien aparentaba menos edad que cualquiera de los presentes, miembros de la orden, poseía una inteligencia y sabiduría más allá de su entendimiento.

- Algunas cosas sólo pueden verse entre tinieblas, Albus... – susurró la voz de Adam, quien ingresaba a la estancia con su característico andar elegante. El director levantó la mirada, y lo observó por unos segundos, de manera intensa. Al final, asintió con la cabeza y sonrió, pues Adam llevaba toda la razón.

- Bienvenidos, Adam, señorita Granger, – saludó el director, mirando con una leve sonrisa a su alumna más destacada.

Hermione le regresó la sonrisa, aún sin menos entusiasmo que el propio director, y paseó la mirada por la estancia.

Había ahí miembros de la orden que ella sólo había conocido de vista, en contadas ocasiones, además de Fleur Delacour, Bill, Molly, Arthur y los gemelos Weasley. Así también, Snape, Kingsley Shacklebolt, la profesora McGonagall, que la miraban desde la esquina de la sala, y Tonks y Lupin, sentados, le sonrieron desde un largo sillón de color ocre que ella no recordaba haber visto ahí jamás.

Tonks llevaba su corto cabello morado, y sus ojos lucían el tono más chillón que ella hubiese mirado en la aurora.

Hagrid permanecía callado a la distancia, pero le sonrió tristemente cuando ella buscó sus grandes ojos cristalinos. Alastor Moody se encontraba de pie junto al escritorio del director, y movió su ojo en todas las direcciones antes de quedar abstraído completamente en ella.

Hermione no pudo sostener su mirada pérdida, así que desvió los ojos y se encontró con la fría mirada de su guardián. Él le señaló un sillón con la barbilla, y ella asintió, aceptando la invitación rápidamente.

Adam paseó la mirada por todo el salón, mostrando su expresión fría y calculadora, como si estuviese sondeando sus propias palabras para saber cómo comenzar.

- Agradezco la paciencia, - comenzó lentamente, recargándose contra un pilar enorme que decoraba la estancia. Cerró los ojos y cruzó los brazos, suspirando profundamente antes de continuar. Cuando los abrió, éstos brillaban de un intenso color dorado.

Snape profirió un gruñido, y varios cuchicheos comenzaron a rodear la sala. Como magos experimentados, la Orden del Fénix sabía que el brillo desprendido de sus ojos no se debía a una magia común, pues el aura del castaño había incrementado su poder y presencia.

Adam los miró uno por uno, endureciendo la expresión con desconfianza. Él sabía lo que tenía qué decir, pero su recelo como ángel le impedía expresarse con fluidez.

Dumbledore se levantó y ordenó silencio, pues algunos miembros empezaron a levantarse con desconfianza.

- Escuchen lo que tiene qué decir, por favor. Antes de comenzar esta reunión he pedido comprensión y mentalidad abierta, pues las noticias son tan irreales como magnificas... - pidió el director con paciencia.

Adam le dirigió una mirada rápida de agradecimiento y se llevó una mano al puente de la nariz.

- Ya muchos sabrán que no soy un estudiante, y nunca lo he sido... – suspiró, mirándolos de nuevo con sus ojos color plata líquida. – Soy un ángel, en realidad un arcángel, pero sé que son humanos y ya están bastante confundidos con este asunto, así que puedo conformarme con que sepan que soy un ser angelical y sagrado...

Hermione lo miró un momento y le sonrió, brindándole un poco de confianza. Recordó vagamente al ángel que hacía unos escasos minutos había tenido la fortuna de conocer, y se confundió al comprender que ellos eran diferentes. Adam y Nathaniel parecían pertenecer a mundos diferentes, y no comprendió el por qué.

Adam le regresó la mirada por un efímero momento, y la castaña supo, por su expresión seria, que él sabía lo que ella estaba pensando. El castaño negó un poco con la cabeza, y Hermione se obligó a dejar de pensar en el otro ángel y concentrar su atención en su guardián.

- Soy un ángel guerrero, y he venido a esta guerra porque los demonios decidieron venir a ella también, - continuó, despegando la mirada de Hermione y centrándose en los demás presentes. - Al principio, pensé que mi ejército podría derrotar a los demonios, pero ahora se ha visto que la unión entre Voldemort y Perseus -general del ejército de demonios- ha hecho que nuestros enemigos sean inmensamente poderosos.

En este caso, he convocado esta reunión para formalizar la alianza que debería haberse hecho hace tiempo atrás. Los ángeles no servimos a nadie más que a nuestro creador, pero ofrecemos nuestras espadas para pelear junto a los magos en esta guerra.

Mi nombre es Kalyo Hellsing, descendiente directo de Zeles, quien fuera mano derecha de Dios y general del ejército de ángeles en la época de la gran Guerra de los siete Milenios.

- La legendaria guerra de Merlín, ¿eh? - murmuró Moody, sin dejar de mirarlo con su ojo detective. Hubo algunos cuchicheos de sorpresa, pues a pesar de que todos los presentes sabían, por la pasada batalla, que el castaño era un ángel, nunca se imaginaron que era alguien tan importante.

- La legendaria guerra de las razas, mago, – corrigió el ángel, frunciendo ligeramente el ceño. - Mi padre me dejó información importante sobre esa guerra, y me he encargado personalmente de conseguir cierta... ayuda. He recurrido con los vampiros, y ellos accedieron a luchar de nuestro lado.

Un silencio se extendió por la estancia, y Hermione tragó saliva. Snape se incorporó de su asiento y miró a su guardián con desdén.

- Tenemos a nuestro favor el conocimiento de que la batalla final se llevará a cabo de noche, en día de luna llena y aquí, en Hogwarts, – sentenció, como si no fuera la gran cosa el saber aquella información.

- ¿Cómo estás tan seguro, muchacho? – Preguntó Arthur, mientras lo miraba con curiosidad.

- Nosotros pensamos que Voldemort querría atacar el Ministerio para hacerse con el poder de la comunidad mágica, - secundó Lupin, aún sentado junto a su novia. Adam le dirigió una rápida mirada y negó con la cabeza.

- Ellos necesitan de los hombres lobo para la batalla, necesitan que haya luna llena y por lo tanto, será de noche, lo que nos permite contar con la ayuda de los vampiros, - explicó con tranquilidad. - Voldemort no quiere regir el mundo mágico... él lo que anhela, al igual que Perseus, es regir el planeta entero y sumergirlo en tinieblas. Por lo tanto, en este momento desean derrocar al único posible obstáculo que pueden tener...

- ¿Obstáculo? ¿Y ese obstáculo podría ser...? – Preguntó Arthur, mirándolo con incertidumbre.

- Harry Potter, – sentenció, finalmente. - El niño es su primera preocupación. Matarlo es su objetivo, y mientras él esté aquí, Perseus y Voldemort atacarán Hogwarts lo más pronto posible.

Algunos presentes soltaron breves exclamaciones de exaltación, impotentes por el destino que rondaba al niño-que-vivió. Algunos pensaban que él no merecía aquello, y tenían todos los deseos de impedir cualquier ataque.

- La próxima luna llena es el próximo sábado, - dijo Lupin, y se escucharon varios suspiros alrededor. - Una semana...

- ¿Qué tiene Harry que puede ser tan peligroso para Perseus? – Preguntó Moody, pendiente de todo lo que se hacía y decía. - Es decir, sabemos que el chico influye un gran peligro para Voldemort, como el único capaz de vencerlo, por los lazos que los han unido... ¿pero Perseus? ¿Qué debería temer de él? - Adam se sorprendió un poco de la suspicacia de aquel Auror tan extraño, pero sonrió con petulancia antes de contestar.

- La Excalibur. Harry posee la espada legendaria confeccionada por Merlín, – dijo, y se cruzó de brazos nuevamente, escuchando la horda de cuchicheos sorprendidos e incrédulos de los presentes.

- ¿Cómo es eso posible? – Preguntó Kingsley, con recelo. Hermione se fijó en los rostros de los presentes, y se sorprendió al ver su desconfianza por Adam, aún a pesar de haber sido testigos de su lealtad en la batalla.

- El cómo no importa, - sentenció el ángel y los miró, fríamente, dejando claro que nadie podía preguntar más sobre el asunto. - Lo importante es la planeación de nuestro contraataque. He hablado con los vampiros, y el sábado, en cuanto el sol se ponga, ellos estarán en las puertas del colegio esperando la batalla. Mis ángeles guerreros cubrirán los cielos de la escuela, y necesito la cooperación de todo mago para proteger la zona terrestre del colegio, – indicó, con la expresión seria. – Las barreras mágicas no funcionarán contra los demonios, lo que nos dice que nuestro enemigo irrumpirá fácilmente en las instalaciones.

- ¿Por qué deberíamos confiar en ti, mocoso? - Preguntó Snape con recelo. El castaño sonrió, con arrogancia.

- En realidad, Severus Snape, tengo unos cientos de años más que tú... y deben confiar en mí, porque soy su única esperanza, - sonrió, con arrogancia. Hermione rodó los ojos, y se mordió el labio inferior ante la cara indignada de su profesor de pociones.

- Sin embargo, Kalyo, algo parece preocuparte... – declaró Dumbledore, sin dejar de mirarlo. El castaño se giró para observarlo, y suspiró, no creyéndose que ese viejo pudiera leer entre sus expresiones. - Si quieres que confiemos en ti, Kalyo, necesitas confiar en nosotros. Esa es la idea de una alianza.

El castaño ángel suspiró y asintió con la cabeza, en señal de rendición.

- Los demonios superan en número a mi ejército, de cuatro contra uno... yo confío en la fuerza de mis guerreros, pero debo reconocer que los demonios son fuertes, despiadados y jugarán sucio en cada momento de la batalla. - Adam se apoyó sobre el escritorio del director, y miró el reloj de arena dorado que lo adornaba. Los cuchicheos aumentaron en la habitación, y entre susurros preocupados, y palabras malsonantes, la desesperación cubrió rápidamente el entorno.

- O sea que... estamos en una muy mala desventaja numérica, – completó Lupin, uno de los pocos que aún mantenía la calma en aquella habitación. Hermione se fijó que todos los presentes estaban teniendo conflictos emocionales, y se preguntó cuánto durarían antes de explotar contra su guardián.

Ella sabía más que nadie que la desconfianza de Adam y su orgullo habían impedido que éste acudiera a esa alianza con anterioridad, y la Orden del Fénix lo sabía. Sabían que si Adam hubiera confiado en ellos desde el principio, todo hubiese sido más fácil, y ellos hubieran estado preparados para la batalla, en lugar de caminar a ciegas en esta guerra, como si avanzaran en un sendero cubierto de tinieblas.

- Sí, hay desventaja numérica, per-

- Tú podrías cambiar eso, Kalyo. – Interrumpió una voz, melodiosa y pacífica, a sus espaldas.

Adam cerró los ojos por unos segundos y aspiró aire con fuerza. Él fue el único presente que no ser giró ante la voz, y apretó las mandíbulas antes de hablar.

- Tienes prohibido materializarte frente a los humanos, Nathaniel... te he dicho que hablaríamos en otro momento, - susurró despacio, amenazante. Hermione se levantó, acercándose a él, pues se percató de la perturbación que envolvía las emociones de su guardián.

- ¿Quién eres tú? - Preguntó Snape, fríamente, frunciendo el ceño. Los presentes, desconfiados, pasearon la mirada entre los dos ángeles, esperando una explicación.

-Mi nombre es Nath-

- Es suficiente, - susurró Adam, aún sin girarse a mirarlo, pero imponiendo su poder con la voz amenazante. El otro ángel suspiró profundamente e hizo una mueca.

- Kalyo... debes comprender que nuestras diferencias deben permanecer en el pasado, - murmuró Nathaniel, fríamente.

- Esto no se trata de diferencias, Nathaniel, - puntualizó, girándose con los brazos cruzados. - Se trata de que no es su guerra.

- Lo único que deseo en estos momentos es ayudar, - sentenció él, simultáneamente. - Nuestras espadas no serán tan poderosas, pero mi ejército de ángeles es hábil, con magia poderosa corriendo por nuestras venas.

- ¿Por qué no les das una oportunidad? - Susurró Hermione, quien no pudo resistir el intervenir en la conversación.

- Es complicado, - murmuró, aunque su respuesta fue dirigida hacia todos los presentes. - Mi ejército existe con el propósito de proteger a los de mi raza. Los ángeles guerreros nos capacitamos en combate tanto mágico como directo. Existen diferentes... rangos, entre los ángeles. Los ángeles guardianes... - Miró a Nathaniel. - Se encargan de guiar a los humanos hacia el bien... sin mostrarse ante ellos, sin tocarlos ni ayudarlos... sólo susurrando a sus oídos. Como General de los ángeles guerreros, protector de mi raza, tengo el poder de negar la materialización de otros ángeles hacia los humanos. Ustedes no tienen experiencia en el campo de batalla, y en estos momentos, no estoy dispuesto a sacrificar a nadie, - finalizó, con expresión fría.

Nathaniel sonrió de medio lado, y Hermione creyó escuchar un suspiró ahogado provenir de Tonks.

- Nunca pensé que realmente te preocuparía mi bienestar. - Adam le dirigió una mirada siniestra, pero Nathaniel no reculó. - Pero el punto aquí es el hecho de que pareces un orgulloso héroe poético. Estás dispuesto a morir por los humanos, sacrificar a tu ejército... pero, sin embargo, no aceptas ayuda de un capacitado ángel mágico. - A Nathaniel se le oscurecieron las facciones, y miró fijamente los ojos siniestros de Adam. - Además de transmitir tranquilidad a los humanos... nosotros podemos utilizar magia poderosa de curación. Sabemos utilizar una espada a la perfección, y los arcos son nuestra especialidad. Es totalmente ilógico que no desees aceptar nuestra ayuda.

- Sal de aquí... - pensó Kalyo, levantando el mentón y mirando fijamente los ojos claros de Nathaniel. Fue una orden, clara, fría y directa, y el otro ángel lo supo instantáneamente.

Cuando eran pequeños, los dos ángeles habían recibido una formación y entrenamiento similar, y siempre habían tenido sus diferencias y rivalidades. Ambos eran orgullosos y poderosos, y su necesidad de demostrar quién era el mejor siempre había estado presente en sus disputas.

Ahora, Nathaniel estaba en territorio de Kalyo, y ante la diferencia de rangos, el ángel guardián no podía romper las reglas. Pero, literalmente, no podía hacerlo.

- Sal de aquí, - repitió el ángel guerrero, mentalmente, con sus ojos brillando de frialdad y demostrando su máxima autoridad. - Ahora.

Nathaniel apretó los labios, se le tensó la mandíbula y reculó su altivez. Bajó la mirada y arrugó la frente con impotencia.

- No estás solo, - murmuró él, antes de darse media vuelta y desaparecer entre destellos dorados que se desvanecieron en medio de la estancia.

La sala se sumió en un silencio palpitante e incómodo. La fría expresión de Adam impedía que alguien hablase, pues sus ojos plateados, oscurecidos por alguna emoción confusa, expresaban un sentimiento agobiante y perturbador.

- Si no hay alguna otra pregunta... creo que la reunión ha terminado, - murmuró el ángel, después de unos segundos.

- Nosotr-

- Está bien, Adam, - interrumpió Dumbledore a la evidente exasperación de Severus Snape, que estuvo a punto de quejarse con el ángel. - Creo que con la información que has rebelado, nosotros podemos hacer nuestras preparaciones, y en cuanto el plan de defensa esté hecho, te haré saber cómo ha quedado.

- Y yo lo revisaré, y asignaré a mis ángeles guerreros en sus posiciones... - Echó una rápida mirada a todos los presentes, irguió su cuerpo y, haciendo una leve reverencia con la cabeza, se dirigió a la salida. - Con su permiso, - dijo, evitando mirar a Hermione.

Al cerrar la puerta a su espalda, escuchando las quejas de insatisfacción de los presentes, se apretó el puente de la nariz y suspiró con fuerza.

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- Ahí estás... - Harry volteó hacia la voz de su amigo y sonrió levemente.

- Al parecer me buscabas, Ron, - le dijo, cuando el pelirrojo estuvo a su lado. Ron asintió y miró los enormes y deslumbrantes terrenos del colegio a través de la enorme ventana de la Torre de Astronomía. A plena luz del día, la magnificencia del enorme lago se observaba con sus destellos brillantes, reflejos del sol. El clima apenas comenzaba a ser un poco cálido, aunque no mucho. - ¿Cómo sabías que estaba aquí? El castillo puede ser enorme en ciertas ocasiones, - bromeó, con un amago de sonrisa. Ron también sonrió y lo miró de frente.

- Pues tener un amigo con un mapa que te muestra cada rincón del colegio, a veces ayuda... - Lo miró, examinándolo, y suspiró. - Espero que no te moleste.

- Claro que no, - sonrió. - Pero, me pregunto para qué me buscabas.

Ron se posicionó a un lado de su amigo, mirando el horizonte mientras tocaba el frío mármol de la ventana con sus manos. Su oído experimentó el relajante y despreocupado sonar de los pájaros, y su nariz absorbió el dulce aroma de la naturaleza mientras ésta viajaba a través del aire.

- Bueno, he pensado estos días, mucho a decir verdad, que no es bueno estar solo. Hermione se la pasa todo el día perdida, y cuando logro verla, está con Adam. Así que... aquí me tienes, - sonrió levemente.

Harry se rió, pero Ron tenía razón.

Estos días habían sido... oscuros, para todos. Tantas muertes, la destrucción de gran parte del castillo, la guerra en pleno auge, incluso lo cercano que estaban los EXTASIS.

El olor a dolor, a muerte, vibraba en el aire. Todos trataban de manejar la frustración en diferentes formas. Harry prefería el silencio, así como Hermione había optado por la soledad.

De cierta manera todo parecía... desalentador. Adam había estado callado, vagabundeando por el colegio como alma en pena, apenas hablaba y, como había dicho Ron, se la pasaba la mayor parte de tiempo con Hermione, aunque ambos permanecían callados, a lo que él había observado.

Y ante tanta... tragedia, nadie merecía estar solo.

- El castillo es una gran estructura lúgubre en estos días, - suspiró Ron, finalmente, un poco desanimado. - Mis padres están preocupados, la orden lo está... incluso el ministerio. Yo lo estoy.

Harry lo miró y también suspiró. Largo y pausado, absorbiendo lentamente el aire fresco del atardecer, sintiendo como éste llegaba hasta sus pulmones con frescura.

- Nadie está seguro de si ganamos o perdimos la batalla... nadie puede dar nada por hecho después de todo el aire trágico que existe, y por las tantas repercusiones que ha provocado ese ataque. La gente está perdiendo la esperanza, Harry, - para ese momento, Ron había ladeado la cabeza, y lo miraba intensamente. - No puedes perder la esperanza también, luchar con lealtad y valor es lo que nos queda. Este castillo nos enseña muchas cosas cada día, desde sus cimientos, tiene valores y sueños de muchas personas... le debemos eso. Así como en las personas que confían en nosotros.

Harry sonrió levemente. Una sonrisa que no iluminó su cara, ni llegó a sus ojos.

- Vamos a estar aquí hasta el final, Ron, de eso no hay duda. - Harry le palmeó la espalda a su amigo, y miró el horizonte, iluminado de diferentes tonalidades de azul claro y resplandor amarillo del sol.

Ron sonrió y se alejó de la ventana.

- ¿Qué dices sí vamos a entrenar un poco? Hay que aprovechar ahora que Adam nos ha dado libertad total de usar esa sala especial... debes practicar el hechizo.

Harry sonrió levemente, pero no desvió la mirada del horizonte.

Porqué él ya había entendido que, sus amigos estarían a su lado hasta el final, pasara lo que pasara.

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- Deberías darle una oportunidad...

Adam suspiró por enésima vez durante esa hora, y dio una estocada precisa sobre un muñeco de madera. Blandió su espada cortando el aire a su paso y le dio de lleno a otra estructura de madera que estaba a su lado. Los pedazos volaron por los aires y quedaron suspendidas como micro partículas a su alrededor durante un latido de corazón. Mientras fragmento por fragmento tocaban el frío mármol del piso, el ángel miró a su protegida a los ojos, con expresión sombría y con la línea de la mandíbula tensa por la molestia.

Se acomodó elegantemente el abrigo blanco, alzando la barbilla con superioridad y arrogancia sin dejar de mirar a Hermione.

- Por última vez, he dic-

- Sé lo que has dicho, Adam, - interrumpió la castaña con un gesto. - Eso no quiere decir que lo apoye. Te escuché en la sala del director, y llevó escuchándolo desde que empezamos a entrenar. - Suspiró. - No entiendo por qué no quieres aceptar su ayuda... entiendo que hubo diferencias entre ustedes... pero esto... - suspiró de nuevo, y miró su espada con detenimiento.

Adam suspiró también, y desvió la mirada hacia la ventana... la luz del atardecer se filtraba levemente sobre el manto oscuro que cernía la estancia, proyectando un aura tranquila en el exterior del colegio.

- Nathaniel y yo éramos... rivales. Cada uno era orgulloso por nuestro futuro, y nos creíamos superiores sobre los demás, a causa de nuestro linaje. Yo, un ángel guerrero, él, un ángel guardián... - Adam miró la espada color blanca que ahora cernía, y apretó la empuñadura con fuerza. Cerró los ojos, pero un segundo después los abrió. Miró el techo, y su cuerpo se relajó completamente, derrotado. - Sé que necesito su ayuda... pero... esta misión era mía para cumplir...

- No estás solo... - dijo Hermione en voz baja y dejó su espada sobre un taburete de la sala. Se acercó hacia su guardián hasta quedar a un paso de distancia... y levantó la mano para posarla sobre su brazo. - En estos momentos nadie merece estar solo...

Adam la miró, y mientras a su espalda el atardecer se desvanecía dando paso a una inminente oscuridad, sus ojos plateados brillaron intensamente y Hermione pensó que su mirada siniestra jamás había tenido una hermosura similar, con la luz oscura de la noche delineando su silueta y oscureciendo su rostro en una belleza tenebrosa que la dejó sin habla.

Adam asintió, y suspiró de nuevo.

Ella tenía razón, y odiaba que así fuera.

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Harry cayó exhausto mientras contemplaba el techo forjado entre diversas formas y figuras, con una sombría hermosura, hecho en el cual no se había parado a examinar con anterioridad, a pesar de haber estado entrenando en aquella sala/santuario desde hacía un par de meses.

Exhaló aire intensamente, soltando un suspiro largo y profundo. Miró hacia su derecha, y Ron, tan cansado como él mismo, le regresó una sonrisa.

El pelinegro levantó a Excalibur y la observó desde el filo brillante de su extensa hoja plateada, hasta llegar a la empuñadura, fina y rústica, donde su mano la sostenía fuertemente, hasta sentir su extremidad adolorida y entumecida, desde el inicio de la muñeca hasta la yema de sus dedos.

El poder seguía siendo devastador, seguía consumiéndolo, lo debilitaba. Aún creía que el movimiento para el hechizo Holy no estaba perfeccionado, pero Adam estaba seguro que dos semanas de práctica habían sido suficientes, y el ángel confiaba en que Harry lo había perfeccionado.

Trató de abrir su mano y soltar la espada, pero le resultó imposible y sumamente doloroso. Hizo una mueca y suspiró. Si la espada lo vencía tan fácilmente, el chico no tenía ni idea de cómo podría vencer a algún oponente.

Ron pareció entender su preocupación y le palmeó la espalda.

- Hace un momento tus ojos brillaron... - murmuró, despacio. Harry aspiró fuertemente, preocupado. - Pensé... pensé que habías entrado en trance o algo... - lo miró, y titubeó un poco. Hizo una mueca y miró su propia espada, - ... entonces te hablé y respondiste tranquilamente. Entonces me di cuenta de algo que había estado ahí pero que jamás había terminado de entender... has ganado un poder increíble, inimaginable, - sonrió, aunque Harry estaba un poco pasmado. - Así que pienso que no debes preocuparte... por eso Adam está depositando su confianza en ti, ¿sabes?, tienes un intenso poder del que aún no te has percatado, y estás dudando mucho...

Harry se sobrecogió ante las palabras de su amigo, y, sorprendido, miró la Excalibur y a su puño adolorido de nuevo... sólo entonces, sintiendo una confianza en sí mismo que había estado perdiendo, abrió lentamente la palma de su mano, y la espada cayó con un sonido seco sobre el frío mármol del suelo...

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Adam caminaba, pensativo y solitario, atravesando lentamente los sombríos pasillos del colegio.

Miró por la ventana, la noche caía sobre el horizonte, y la luna se alzaba, gloriosa, sobre las montañas. Cada estrella resplandecía con intensidad, y la oscuridad se veía iluminada por su hermosura brillante.

El ángel suspiró de nuevo en ese día y se detuvo, apretándose el puente de la nariz con una pizca de frustración.

Esos últimos meses su vida había dado un completo giro, cambiado completamente su personalidad, algunos de sus... sentimientos,... pensamientos e ideales.

A veces, él odiaba la noche. En esos momentos de sombría soledad, cuando las personas se encuentran enfrentándose a sus propios pensamientos. Cuando uno mismo se puede aterrar de esas ideas que rondan tranquilamente por la mente. Los pensamientos no siempre son buenos o positivos como cuando cada quien encara al mundo entero. O a veces... esos pensamientos no siempre resultan tan negativos como se quieren aparentar ante los demás.

Adam cerró los ojos, aceptando el hecho que, mientras los individuos se enfrentan a solas con sus propios pensamientos, es cuando uno se conoce a sí mismo en realidad, y es cuando, además, uno mismo desea negarse esa realidad, aunque no se exprese. Sonrió, pues paradójicamente, esos pensamientos se entierran por el resto del día siguiente, durmiendo tranquilamente en la mente... esto, hasta que el día se vuelva a consumir, y las estrellas bañen la noche nuevamente.

Enfrentarse a esos pensamientos que dan la realidad a cada uno es inmensamente difícil...

Inhaló aire y abrió los ojos, sintiendo una presencia. No tuvo que girarse para saber quién se acercaba a él.

- Eres bastante persistente, Nathaniel... - El ángel guardián sonrió a su espalda y se cruzó de brazos.

- También quiero hacer mi parte en este conflicto, y no me voy a dar por vencido tan fácilmente... menos frente a ti... - Adam sonrió, aún sin girarse, y miró el horizonte sombrío de nuevo. Apoyó sus brazos sobre la ventana, y bajó la mirada, pensativo.

- No es tu deber... - murmuró, cada vez menos convencido de hacerlo cambiar de opinión. Pues por mucho que lo intentara, él, como un orgulloso arcángel, sabía que la decisión de Nathaniel era irrefutable.

- No, Kalyo, no es mi deber... pero es mi voluntad...

El ángel guerrero se giró a mirarlo fijamente, con sus orbes plateadas, oscurecidas por tantos sentimientos que se arremolinaban en su pecho, ahí donde alguna vez pensó en la mentira del latido de su corazón.

Extendió su mano y abrió la palma, enfundada en su pulcro guante blanco. Nathaniel pareció sorprendido por unos instantes, aunque tras sólo un latido de corazón, sonrió con orgullo y estrechó la mano que el poderoso ángel guerrero le ofrecía.

- Espero que no mueras, Nathaniel... - Suspiró profundamente e inhaló aire antes de hablar nuevamente. - Tus ángeles tienen mi permiso para materializarse frente a los humanos...

Tras una pausa, Kalyo soltó su mano y se giró, mirando de nuevo las estrellas, con un pacto y una nueva alianza tras su espalda...

... y también, una pizca nueva de esperanza.

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Harry sintió una extraña sacudida en sus emociones mientras practicaba, solo, en la sala de requerimientos.

Durante varias semanas, tras todos los sucesos ocurridos en el mundo mágico, el chico se había dedicado a meditar y tranquilizar su mente. Tras una sola sesión de Oclumancia con el profesor Dumbledore, Harry había aprendido a despejar su mente y concentrar sus sentidos al máximo, para analizar lo que ocurría a su alrededor, desde lo más insignificante.

El director había sido incapaz de darle más sesiones, pues había ocupado su total atención en la guerra. Para tranquilidad personal, el chico sabía que había progresado en su protección mental, pues ahora, en la tranquilidad del silencio, era capaz de sentir el movimiento de los seres vivos más diminutos que rondaban por la habitación.

Suspiró, pensando que esos dos últimos días había evitado totalmente a sus amigos, a Hermione apenas y la veía en clases, y no había hablado con ella desde hacía unos días. La soledad no le molestaba, pues lo ayudaba a relajarse ante la tensión del día que se pronosticaba el comienzo de la verdadera guerra.

Ya muchos estudiantes habían evacuado la escuela, y otros tantos estaban preparando los refugios de sus salas comunes. Los cuadros tenían órdenes de protección total en las áreas asignadas, y los alumnos mayores de edad habían decidido proteger su escuela. Algunos alumnos de quinto y sexto año habían sido voluntarios, y a pesar de muchas quejas, la administración y el director del colegio habían decidido que el orgullo de los estudiantes era algo admirable, y no evitarían su participación.

Anthony y Alice, los pequeños gemelos, había permanecido en la escuela, a pesar de las quejas de sus padres, según había escuchado. Adam los había mirado un día, y él juraba que lo había visto sonreír por un instante.

El colegio estaba repleto de trampas, tanto animales de Hagrid como de plantas venenosas de la profesora de Herbología. Las puertas tenían diversas protecciones, y los aurores voluntarios y los miembros de la orden reclutados tenían asignados diferentes puestos de batalla. Los ángeles protegían los terrenos, y a veces, el día era cubierto por las sombras de las alas, mientras ellos sobrevolaban con esplendor todos los alrededores.

Eran demasiados, cientos de ángeles, y Harry comprendía que los demonios eran aún más. Tragó saliva, y decidió no pensar en el asunto, pues Adam ya le había advertido que se concentrara en su trabajo, que era encontrar y derrotar a Voldemort.

A pesar de todos los problemas que había desarrollado al pensar en él mismo como un asesino, ahora sabía que al ver tanto sufrimiento, dolor y muertes, estaba completamente preparado para asesinar a Voldemort sin remordimiento... y con seguridad. Nunca sería igual que él, nunca mataría a nadie más... ni siquiera a un mortifago... pero Voldemort... a él nunca lo perdonaría.

Estaba por terminar su entrenamiento, cuando, con un sonoro eco, un rugido ensordecedor reverberó en el aire.

Harry sintió un escalofrío ascender por su columna vertebral mientras salía a toda prisa a los pasillos del colegio. Asomó su cabeza hacia la ventana más cercana y miró algo que lo dejó helado.

Una de las torres más altas del colegio estaba incendiándose. Había docenas de ángeles sobrevolando a su alrededor, aunque parecían igual de sorprendidos que él.

Harry echó a correr atravesando pasillos con la poca fuerza que le dejó su exhaustivo entrenamiento, se colgó a Excalibur a la espalda y se apresuró a la torre.

Llevaba ya casi siete años considerando ese castillo como su hogar, y reconocía perfectamente las torres, pasillos y diferentes alas del colegio. En particular, reconocía esa torre, pues había estado ahí más veces de las que le gustaría recordar.

Tembló y trastabilló, percatándose de que unas lágrimas descendían traicioneramente por sus mejillas, pero aceleró lo más que pudo y siguió corriendo, intentando alcanzar la torre, aunque quedase al otro lado del castillo...

... pues era la sala del Director. El lugar donde Dumbledore debería estar.

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Kalyo sintió la sacudida del suelo al mismo tiempo que escuchó una explosión. Su semblante se endureció mientras el poder de ángel lo consumía. Extendió sus majestuosas alas y saltó por la ventana en dirección a la torre que se incendiaba.

Apretó los dientes con furia y miró cómo los alumnos se acercaban con cautela hacia el disturbio.

Arribó con furia en un tejado de un pasillo cercano a la torre, y hasta ese momento se percató de lo enfurecido que estaba, pues el soporte bajo sus piernas se craqueó con un ruido seco, formando un amplio agujero bajo sus pies.

- ¡Apaguen el fuego! - gritó en una fría orden a los ángeles guerreros que volaban alrededor de la torre. - ¡Ustedes alejen a los estudiantes y a cualquiera que quiera pasar! - Exclamó en dirección de los últimos guerreros que se acercaron.

Nathaniel aterrizó a su lado, y por un segundo, ninguno de los dos habló, mirando como las llamas se avivaban de un tono rojizo intenso, produciendo fuertes explosiones a sus alrededores. El fuego se reflejó en sus expresiones sombrías, mientras Kalyo sentía la impotencia carcomiendo cada parte de su ser. Las llamas eran del color de la sangre, intenso, sin ningún gradiente de color. Ese efecto en las llamas sólo podía pertenecer a un mundo...

- ¿Cómo...? - susurró Nathaniel mientras apretaba los puños. - Es fuego demoniaco, ¿cierto?

Kalyo no tuvo necesidad de contestar, pues la intensidad del calor, la tonalidad y las leves explosiones confirmaban lo inevitable.

- Ordena que nadie abandoné su posición de defensa. - dijo con el semblante endurecido. - Esto es obra de un traidor humano... un suicida.

- Un alma demoníaca...

Kalyo asintió sin girarse. Extendió las alas y susurró un hechizo en su lengua. Unas llamas azules lo consumieron durante un segundo y un aura del mismo color se adhirió a su piel y alas. El fuego se consumió tan rápido como apareció, y bajo las estrellas de esa noche, el ángel brillaba en todo su esplendor.

- La idiotez humana sigue sorprendiéndome... - susurró antes de alzarse unos metros en el aire y, realizando una pirueta complicada, giró sobre sí mismo y se deslizó a la torre abriendo una grieta en la pared.

Era un inútil esfuerzo, y Nathaniel lo sabía, viéndolo ingresar a lo que de seguro sería la tumba de uno de los magos más poderosos de todos los tiempos.

Cerró los ojos, apretando los puños y bajó la cabeza con pesadez.

Un alma demoníaca necesitaba de un portador a voluntad para exteriorizar su poder, representado en llamas del infierno. Lo que significaba que alguien los había traicionado, y se había dejado implantar un alma demoniaca para asesinar a un líder excepcional.

Ni ellos ni algún otro mago podría sentir un alma como esa, y los demonios lo sabían cuando lo hicieron.

Alzó el vuelo y fue al encuentro con los demás guerreros, dándose cuenta que esto era sólo el inicio de un desenlace incierto.

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Kalyo sintió su barrera ser perforada por el intenso poder de las llamas, y ligeras quemaduras atravesaron sus ropas y dañaron su piel. El dolor era intenso, pero para él fue prácticamente imperceptible pues la visión frente él robó toda su atención.

La sala del director estaba completamente destruida, aunque Kalyo sabía que al cesar las llamas, varios artefactos mágicos se recuperarían.

Vio dos siluetas en el suelo, mientras el calor se consumía a su alrededor.

No fue capaz de hacer nada más por los dos cadáveres que se consumían lentamente.

Ningún mago humano podría luchar contra el fuego demoníaco sin conocer el conjuro purificador.

La culpa lo carcomió, la expresión de su rostro se contorsionó de dolor. Apretó los puños y los dientes y miró las paredes que se consumían en color rojo.

Ni un indicio, ni una ligera sospecha. No se movió, no respiró por un segundo. Algo se contrajo en su pecho, apretó los puños y alzó la vista al techo.

Ni él ni otro ángel hubieran podido prever esto, pero aún así se sentía culpable. Esas llamas eran una magia poderosa y siniestra, y era tan rara que nunca se le hubiera ocurrido. Este plan había sido trazado desde hace mucho tiempo, pensó, pues la idea de conjurar magia tan poderosa en contra de algo vivo no podría ser una tarea sencilla.

Probablemente en algún lado en esos momentos, Perseus estaba débil y exhausto por utilizar ese tipo de magia. Además de haber sacrificado a docenas de sus guerreros, pues el poder de ese maleficio venía precisamente de la oscuridad con la que estaba hecho. Perseus había extraído la vida de docenas de sus demonios para implantarlas en un sacrificio humano, robándoles el alma y concentrándolas en su esencia de fuego.

El crujir de madera lo sacó de su ensimismado pensamiento. Un pedazo del techo cayó justo a un lado de él y le hizo un corte profundo en el brazo, pero Kalyo no se movió. El fuego podría herir gravemente a cualquier ángel, pero a él no le importaba salir herido. La sangre le recorrió el brazo, y el escozor le llegó a todas las extremidades.

Apretó los labios, los ojos se le oscurecieron, alzó el vuelo y salió de la torre con la furia brotando de cada extremidad de su cuerpo.

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Hermione se topó con Ginny y Ron a la entrada de la sala común, y los tres echaron a correr ante la conmoción de la explosión y el incendio.

Llegaron con la respiración entrecortada, dándose cuenta que dos ángeles les impedían el paso a ellos y varios alumnos que llegaron por ese pasillo. Algunos alumnos, de los más pequeños, estaban llorando, viendo el extraño fuego rojo consumir la torre de la dirección con una rapidez asombrosa.

Para sorpresa de los presentes, los ángeles que intentaban aminorar el fuego habían rodeado la torre en perfecta sincronización, suspendidos en diversas posiciones y recitando algo que ellos no podían entender.

Hermione pronto entendió con un nudo en la garganta que la explosión no había sido un simple accidente... y ese fuego ni siquiera era... humano.

No supo cuando había empezado a llorar, ni cuando su pelirrojo amigo le había rodeado los hombros con un brazo. Ella se sentía incapaz de soportar más dolor, pero hizo un enorme esfuerzo cuando la profesora McGonagall se acercó a ellos con los ojos cristalinos, y le pidió que llevara a los alumnos al gran comedor.

Hermione asintió con los ojos rojos y sus visibles ojeras bajo ellos.

Cuando estaba a punto de imponer un poco de orden, Harry llegó corriendo hacia ella. Estaba agitado y sudoroso, y temblaba de pies a cabeza. Sus ojos estaban rojizos, y mostraban una sincera conmoción y una mezcla de tristeza. Unos cuantos alumnos les prestaron atención, esperando encontrar una respuesta a sus preguntas.

- ¿Qué-é... - tragó saliva para que la voz dejara de temblarle, aunque no sabía si era su voz o su cuerpo, y miró a su mejor amiga a los ojos. - ¿Qué ocurrió?

- Yo no-

- Ya no hay nada que hacer... - dijo una voz a sus espaldas. - Lo siento. Dumbledore está muerto...

A Harry se le heló la sangre, y a Hermione se le nubló la vista, aunque alcanzó a ver a su guardián, sucio y con quemaduras por todo su cuerpo, acercándose a ellos con una expresión sombría. Se abrió paso entre los alumnos paralizados, y algunos profesores que se habían acercado a ellos, y alcanzó a sostener a la castaña antes de que ésta se desvaneciera por completo.

Sollozos cruzaron el silencio que los había rodeado. Harry cayó de rodillas, y no fue el único que sintió que el alma se le caía a los pies.

No hubo ni un humano presente que no estuviese llorando.

Y Kalyo cerró los ojos con dolor.

Un fénix en llamas salió hacia el cielo, y los lamentos de Fawkes reverberaron la noche, cerrando uno de los días que en un futuro sería uno de los más recordados en toda la comunidad mágica.

Después, con su último aliento de vida, Fawkes se consumió entre las llamas que no eran humanas y desapareció, acompañando con lealtad a su amo a la otra vida.

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Una hora antes.

- Dígame, señor Zabinni, ¿en qué puedo servirle? - Dijo Dumbledore viendo a uno de los alumnos de Slytherin entrar por la puerta de su despacho. Un extraño presentimiento lo consumió, pero mantuvo su sonrisa y expresión amable en todo momento. Aunque al verlo fijamente y con más claridad, se dio cuenta que el joven tenía una mirada perdida, y el director reconoció de inmediato el maleficio imperius sobre él.

Se levantó...

...

Los ojos del moreno cambiaron de color, y su cuerpo brilló de un intenso color rojo. El anciano director alcanzó a levantar una mano, pero fue demasiado tarde para todo lo demás... Supo que iba a morir antes de que el muchacho deformara su cuerpo, pero mantuvo la calma. No podía pelear contra lo inevitable, además, la que sería su última y más importante contribución a la guerra estaba hecha.

...

Desde afuera, una explosión surcó la noche y un intenso brillo rojizo refulgió en el oscuro cielo nocturno.

...

Cerca de ahí, viendo las llamas resplandecer en todo el manto nocturno, Voldemort se permitió sonreír triunfalmente.


¡Hola!

Bueno, yo sé que debo una larga y cansina disculpa...

Ya no son meses, son años desde que no actualizaba. Para serles sincera, este capítulo estaba escrito desde hacía meses, pero simplemente no estaba convencida en sí subirlo o no.

En primer lugar, no tengo perdón, la verdad. Simplemente tengo pobres y sinceras disculpas, pues a pesar del fanatismo que alguna vez desarrollé por Harry Potter, la nostalgia del final de la historia, de las películas me ha dejado sin inspiración para sentarme a escribir.

Además, uno nunca piensa que la Universidad realmente te exija tanto de tu vida, aunque al final sirve para tu futuro. Es simplemente que mi carrera me ha consumido, y me deja tan cansada mentalmente que ni aunque tenga todo un fin de semana libre puedo sentarme tranquilamente a escribir... es cuestión de inspiración. Mi carrera me ha quitado eso, y aunque lo eché de menos con todas mis ganas de regresar, ya no es así de sencillo.

Para los que no lo sepan, aunque está en mi perfil (el cual no actualizó desde hace un par de años, quizá), estudio Oceanografía, y es mucha ciencia. Nada social, nada político, nada filosófico. Ahora todo lo que escribo son análisis con el método científico, interpretación de estudios de laboratorio, discusiones y conclusiones científicas. En fin, a duras penas me queda tiempo en vacaciones para leerme uno o dos libros de fantasía, porque ahora son puros artículos y publicaciones.

No me malentiendan, adoro mi carrera, pero me hizo renunciar un poco a la lectura y escritura que tanto me gustaba.

Y es así, dos años y medio sin escribir, tres años de carrera. Eso es lo que pasa.

Ahora, no puedo prometer un día para volver a publicar, la verdad y sinceramente, he perdido un poco el hilo de mis ideas, y no quiero andar escribiendo contradicciones. Me queda un largo camino por volver a recorrer, recordar cosas y recuperar un poco mi imaginación. Tampoco quiero decir que aquí se acaba, porque no quiero eso. Le tengo un cariño inmensamente grande a Harry Potter, y a esta historia. Y por eso, la voy a terminar.

Lo bueno de esta racha de baja inspiración, es que me dio a 8 capítulos de terminar el desenlace de esta historia.

Quiero agradecer a toda la gente que esperó, paciente o impacientemente por este capítulo. A los que me dieron ánimos cada cierto tiempo, y a los que me recordaban que seguían esperando por mí.

Sin ustedes esto no sería posible.

Espero que disfruten el capítulo, y estén conscientes que desde aquí empieza el drama. Tal vez piensen que el final y la muerte de Dumbledore me las he sacado de la manga, pero aunque en teoría así fue, este tema estaba previamente pensado, como desde el primer capítulo, y a pesar de que he querido que no me saliera tan repentino, así ha sido. Ahora deben tenerme un poco de paciencia, porque apenas voy acostumbrándome de nuevo a esto de escribir.

En el próximo capítulo se explica un poco más sobre el tema del fuego, y qué fue esa última contribución de Dumbledore a la guerra.

Sin más, y con un agradecimiento final a todas las personas que me han dejado comentarios y yo tan perezosamente no les he contestado, además de estas dos personitas especiales que me siguieron apoyando aún hasta dos años después. Salesia y Fabiola, un enorme agradecimiento y mención especial a las dos, de verdad :)

Me despido, ¡con un abrazo y enorme saludo mágico!

DarkGranger