Disclaimer: los nombres y escenarios de Harry Potter no me pertenecen, son obra de J.K. Rowling. Intento tratarlos con el respeto que merecen, espero conseguirlo.
.
.
Gula Existencial
.
Observa las yemas de sus dedos, arrugadas y blanquecinas, y decide que el baño ha terminado. Cierra el grifo de menta-eucalipto —es el único que deja corriendo mientras se relaja— y sale desnuda de la gran bañera —o pequeña piscina— de las prefectas.
Disfruta de los vapores que inundan la habitación mientras se dirige hacia un amplio espejo. O así lo llamaría si fuera una simple superficie de cristal opacado. En realidad, lo que cubre los dos tercios superiores de la pared son miríadas de diminutas caracolas con el extremo de la espira pulido hasta tomar la forma de un círculo brillante.
Y es que los magos llevan siglos usando los espejos como ventanas intercomunicadas. Con suficiente dedicación y otro espejo de gran tamaño, se podría conseguir una vista panorámica del baño de las prefectas, y en un colegio no faltan hormonas para intentarlo. Sin embargo, las caracolas pulidas y unidas entre sí, tienen pequeños agujeritos en el centro que rompen la superficie, con lo cual, mirar a través de ellas sería el equivalente a trasplantarse los ojos de una mosca. Nada agradable.
Sentada sobre un templado banco de mármol ígneo —tallado nada más sacarlo del volcán para que preserve el calor—, recoge con un cuenco de concha el agua pura y ligeramente perfumada de un estanque artificial que burbujea en la base del espejo, semicubierto de lotos termales, para vertirla sobre su cuerpo. Suspira al ver el pelo lacio y brillante, pegado a su cuello y a sus hombros por el agua, mientras retira la espuma de su piel. Al terminar, se vuelve y levanta la tapa superior de un armario en forma de ostra, en cuyo interior se conjuran automáticamente dos toallas calientes de algodón marino, suave y absorbente.
Tras envolverse el cuerpo con la más grande y el cabello con la de menor tamaño, se acerca a las taquillas de madera impermeable donde guarda la ropa y la mochila, cuyo fondo tantea hasta encontrar el tacto frío de una cajita metálica. La rescata de entre un ejército de libros y un mar de pergaminos y la observa, indecisa. Sobre la tapa, un hermoso león en actitud mansa descansa sobre un tronco caído en medio de una jungla de lianas y orquídeas, como un rey sobre su trono. El enorme felino se distrae con el revoloteo de una mariposa, mira a Hermione durante un segundo y, finalmente, apoya el morro sobre las patas delanteras con expresión de aburrimiento.
Con la caja entre las manos se sienta en un diván cubierto de terciopelo de rivera, que repele el agua. Dejando la cajita frente a ella en una mesita dorada, se tiende de lado sobre el diván apoyando un codo en la cabecera. Extiende las piernas, aun perladas de brillantes gotitas y se pregunta qué ocurriría si alguno de los dos la viera ahora.
—Te sabes hermosa y no lo ocultas —sentencia una voz masculina, con cierto deje oleoso barnizado.
—Para ti cualquier ser con patas es hermoso —gruñe Hermione sin ningún remordimiento. Tal vez él sea el único ser con el que ni siquiera se plantea tener algo de consideración. Pero, ¿quién podría culparla?
Presidiendo el baño, justo frente al diván, se halla un enorme cuadro donde el verde mar y el añil predominan. Entre ruinas de brillo mortecino y algas sinuosas, destaca un bello rostro de rasgos definidos, enmarcado por una melena de rizos azul verdosos. Le sigue un cuello y unos hombros musculosos de bronce bruñido, y la figura del hombre termina en un torso poderoso y unos abdominales cincelados a la perfección. Termina, principalmente, porque el resto del cuerpo no es humano.
Los ojos profundos y la boca de labios carnosos sonríen, provocativos, pues el tritón es plenamente consciente de la descripción anterior y sabe el efecto que produce su imagen de cintura para arriba. Los ojos de Hermione le devuelven la mirada sin sonrisa y en su boca, una mueca de desagrado dice que aquella descripción podría hacerle vomitar. Porque ella ha leido libros sobre los verdaderos tritones y no entiende qué clase de mente superficial ha podido concebir a esas extrañas criaturas de esta manera. Si supiese que pronto los tendrá más cerca de lo que nunca imaginó...
Ignorando la pintura, Hermione mira la cajita y alarga una mano para abrirla. Allí están sus pequeñas obras de arte culinario. Tal vez no sean una maravilla, pero las ha hecho con mucho cariño. Con todo su amor. Y ese es el problema, aunque al principio no se lo parecía.
Después de la reconciliación tras la prueba del dragón, la emoción había embargado ese rinconcito de su corazón de adolescente romántica e idealista. Se había escapado a las cocinas, había pedido chocolate de varias clases, avellanas, naranja y menta, algo de licor, y se había puesto a elaborar una docena de bombones variados. La caja la había pedido por catálogo a una tienda de antigüedades y la foto —cubierta ahora por los bombones— es cortesía de Colin Creevey.
Pero en el momento de decidir cuándo y cómo darles el regalo, habían surgido las dudas. ¿Cómo recibirían dos chicos una sola caja de bombones? ¿Quién se la quedaría luego? ¿Qué decirles cuando preguntasen a qué venía algo así? Al principio y mientras no pensaba en los detalles con claridad, se imaginaba una escena idílica con los tres sentados sobre una cálida alfombra sacando los bombones uno a uno para descubrir la foto. Finalmente, algo avergonzada, optó por quedarse la cajita y no mostrársela jamás, ellos no lo entenderían.
El problema es que los bombones hay que comérselos, así que coje uno de avellanas, destapando una esquina de la imagen.
Durante aquellas semanas dividida entre un Ron celoso y un Harry incomprendido, por su corazón y su mente han pasado demasiadas cosas. Ha tenido la oportunidad de estar a solas con cada uno y ha vivido momentos electrizantes, a pesar de las circunstancias, que cuando estaban los tres juntos nunca habían tenido lugar.
El sabor intenso de la naranja irrumpe en su boca al morder otro bombón.
Ron es impulsivo y desconsiderado, muchas veces se porta como un payaso. Pero cuando deja a un lado esa fachada de tipo duro y pasota, descubre a un amigo afectuoso, divertido de verdad. Es más inteligente de lo que él mismo piensa y cuando baja la guardia, resulta hasta comprensivo. Estando solos le ha confiado cosas que a Harry nunca le diría, "porque tú eres una chica y entiendes estas cosas". ¡Es tan tierno cuando quiere!
Ahora es la menta la que refresca su paladar desde su prisión de chocolate.
Harry... A simple vista, parece un niño desvalido e inseguro, a pesar de haber matado a un basilisco y derrotado al mismísimo Señor Oscuro en un duelo desigual. Hermione le conoce bien y ha sido testigo directo de un valor a toda prueba y una voluntad arrolladora. Nunca ha visto en él nada más que un amigo, pero tampoco había tenido la ocasión de estar tan cerca y a podido notar más que nunca que le ha faltado mucho afecto. Paseando a solas por los terrenos del castillo al atardecer, sus manos se han tocado al caminar muy juntos. Al conversar cuando no hay nadie alrededor, se han mirado directamente a los ojos y se han dicho más con la mirada que con las palabras, compartiendo secretos que solo conocen aquellos que han crecido sin amigos de su edad.
En la intimidad del baño, Hermione disfruta de cada recuerdo acompañándolo de un sabor, mientras su cuerpo lo acompaña de sensaciones hasta hace poco desconocidas. La gula toma el control total, obligándola a devorar bombones y a medida que éstos disminuyen a la vez que aumentan las ganas, la embriaguez provocada por el licor convierte los recuerdos en fantasía. Bajo los efectos del alcohol, Hermione piensa cosas que jamás se le habrían pasado por la cabeza antes. Empieza a confundir la naranja con el rojo fuego del cabello de Ron y la menta con el verde esmeralda de los ojos de Harry. Y entre uno y otro, el sabor de las confusas avellanas no saben con quién quedarse ni si realmente quieren elegir.
El último bombón de avellana descubre el rostro alegre de una Hermione despreocupada, feliz porque sus dos amigos posan junto a ella sanos y salvos.
Si supieras el dilema que tengo ahora no sonreirías tanto- piensa con cierto resquemor.
Y ya sólo quedan dos piezas de chocolate, la de menta sobre el Harry que ha vencido al dragón y la de naranja sobre el Ron que ha vencido a sus propios demonios.
Llegó la hora de escoger.
Ron ha sido siempre tan...
Y es que ahora Harry me...
—Dios, ¿qué voy a hacer? —pregunta en voz alta sin esperar respuesta.
Pero la gula responde y, a su orden, Hermione coge los dos bombones, los mira con decisión y se los mete en la boca al mismo tiempo con un último pensamiento.
Ojalá...
.
.
N. de A: Agradecedle a Blacky el poder entender el batiburrillo del final, cuando escribí los pensamientos de Hermione no se me ocurrió diferenciarlos y era bastante confuso :P Ah, y la pobre Hermione es inocente, la pervertida de los tríos con dos tíos soy yo, pero es lo que tiene el alcohol y las hormonas...
