Disclaimer: los nombres y escenarios de Harry Potter no me pertenecen, son obra de J.K. Rowling. Intento tratarlos con el respeto que merecen, espero conseguirlo.
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Húmeda Lujuria
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Cansado y sudoroso, con los ojos vidriosos tras el esfuerzo y la concentración que requiere la tarea, deja a un lado los guantes, retira el hechizo protector de su rostro y se seca la frente. Se levanta derribando la silla, le da una patada al cachivache mas cercano y sigue el ya conocido pasillo irregular formado por las estanterías y los muebles caídos hasta la puerta. Ahora que nadie le ve, camina con los hombros encogidos y arrastrando los pies con dedicación.
—¿Qué te parece, padre? —murmura entre dientes— No he terminado la tarea y me voy a descansar, pero no estás aquí para desahogarte conmigo, maldito cobarde.
De repente un dolor ardiente en el brazo le obliga a apretárselo con fuerza mientras se apoya en una estatua sin cabeza. La figura de piedra se desequilibra y cae provocando un fuerte estruendo que se pierde en la oscuridad del lejano techo.
—Mierda —masculla, pero ahora tiembla de miedo y vuelve a sentirse vigilado, presionado más que nunca. Escucha otra vez esa voz grabada a fuego en su mente, cuyas órdenes son a la vez retos y humillaciones, capaz de hacerle sentir a punto de alcanzar la gloria o al borde del abismo. Sacude la cabeza y sigue caminando.
Por fin llega a la puerta, escucha un momento y la abre. Sale al corredor y ve a una niña con expresión culpable, como si la hubiese pillado haciendo algo malo.
—Ya puedes largarte —dice sin mirarla.
—¿Pe-pero has termi...?
—¡Que te largues! —grita perdiendo los papeles— Y llévate al otro inútil contigo. Dejadme solo.
La niña sale corriendo pero Draco no le presta más atención. Tampoco atiende a la dirección que empiezan a seguir sus pies, llevándolo por el castillo sin saber dónde acabarán, porque su mente está muy lejos de allí. Un fuerte chapoteo y unas risas lo sacan de su ensimismado vagabundear y al levantar la cabeza se encuentra en uno de los pasillos exteriores, con amplios ventanales a los terrenos de Hogwarts.
Se acerca para sentir el aire frío de Diciembre y escucha las voces que llegan desde la orilla del lago.
—¡Menudo chapuzón! —ríe alguien con cierta maldad— ¿Está buena el agua?
—¡Payasos! —grita una voz que no le es desconocida. Cuando se asoma ve a Ginny Weasley metiéndose con decisión en el lago, avanzando hacia un borrón negro y rubio que parece tener problemas para mantenerse a flote—. ¡Luna...!
La voz se pierde y Draco ve como las dos chicas consiguen llegar a la orilla, aunque la rubia parece inconsciente. Weasley trata de reanimarla y finalmente le practica la respiración artificial hasta que la otra empieza a escupir agua.
Se quedan sentadas para recuperar el aliento y Weasley saca la varita, disponiéndose a formular un conjuro. Pero tiene que detenerse al oir un grito y Draco ve llegar a Snape con ese paso rápido y patético que le caracteriza. Es cierto que parece un cuervo con esa vieja túnica y la capa anticuada sobre los hombros. Le dice algo a Weasley y se da media vuelta con aire satisfecho, dejando a la niña con los puños apretados y cara de odio.
¿Se atreverá a hechizarlo por la espalda? —sonríe Draco para sus adentros.
Todavía empapada, Weasley ayuda a levantarse a la otra muchacha, "lunática" ha oido que la llaman, nunca le ha despertado interés ni para humillarla. Juntas, se dirigen a la entrada del pasillo. Se queda mirando el lugar por el que han desaparecido y se da cuenta de que el camino hacia la torre Gryffindor pasa justo por este pasillo. Conoce bien la ubicación y las rutas hacia cada una de las Salas Comunes. De improviso, una idea divertida, de esas a las que hace mucho tiempo tuvo que renunciar, se hace un hueco en su mente atribulada.
Olvidando momentáneamente el armario que tiene que arreglar. Busca un aula vacía y se esconde, dejando la puerta entreabierta. Apunta la varita hacia su garganta y formula un hechizo. Si la habilidad para el chisme de Pansy es tan afilada como su lengua viperina, debe confiar en que el nuevo novio de la pequeña comadreja es ese sangresucia negro de voz estridente. Ya oye el inconfundible sonido de unas botas mojadas y ve llegar a Weasely con la túnica brillante de agua.
—¡Pst! ¡Ginny! —la muchacha se detiene al creer escuchar la voz de su novio llamándola desde un aula oscura—. ¡Ven!
—¿Dean?
—¡Sí! Vamos, ven aquí —continua Draco conteniendo una carcajada. Se aleja de la puerta cuando la muchacha se acerca y empieza a conjurar una enorme masa de agua, que se va nutriendo de la humedad del ambiente, a la altura del dintel. Ahora ya no se acuerda de la calavera que todavía le arde en el brazo. Por un momento vuelve a ser el niño que se divertía a costa de los demás.
—Dean, ¿qué demo...? —la interrumpe el ruido de un par de litros de agua fría cayendo sobre su cabeza. Todavía más empapada, empieza a toser y a escupir y grita con voz ahogada— ¿¡Qué...!?
—¡Congelatus! —ataca Draco levantando la varita. El agua alrededor de los pies de Weasley se hiela y la niña, al dar un paso a ciegas, pierde el equilibrio. Verla caer consigue borrar de su mente la misión, que deja de pesar sobre sus hombros.
No es tan estimulante como meterse con Potter, hay que reconocerlo, pero sólo de pensar la cara que pondrá el cabeza rajada cuando se entere de lo que le ha hecho a su querida comadreja... Sin embargo, Draco paga caro el despiste momentáneo ya que la pelirroja se levanta enfurecida, le lanza un ¡Expelliarmus! certero y se lanza contra él con los puños por delante.
—¡Me las vas a pagar todas juntas, Malfoy!
Le alcanza con los nudillos en el pómulo derecho pero no de lleno, puesto que la ropa mojada le resta libertad de movimiento. El dolor no es divertido, pero también le da motivos para dejar de pensar en esos ojos de serpiente clavados en los suyos. Consigue inmovilizar a Weasley agarrándole por las muñecas, pero eso no le salva de sus patadas, tirones y empujones.
—¡Suéltame!
—Ni hablar... no eres... —se interrumpe al recibir un rodillazo en el estómago— más que una... sucia traidora...
Acaban rodando entre los pupitres y Draco nota la túnica mojada y fría de Weasley pegándose a la suya. El cabello rojo y empapado le azota la cara y, a pesar de la rabia, no deja de notar un perfume dulce y sutil. Se aparta bruscamente de su contrincante, hincando las rodillas para levantarse, pero ella no tiene intención de dejarle ir.
La pelirroja se arrodilla también y, durante apenas un segundo, Draco no puede evitar fijarse en la ropa pegada sobre su cuerpo dejando ver las suaves y redondeadas formas de la adolescente. El pelo forma mechones compactos y oscurecidos por el agua, deja ver las orejas enrojecidas y le cae por los hombros y el cuello en dirección al pecho.
Cuando ella se lanza de nuevo al ataque, él siente un impulso muy distinto a devolverle los golpes. Vuelve a sujetarle las manos y algo debe brillar en sus ojos porque Weasley se queda paralizada un momento, sorprendida. Casi inconscientemente, cediendo a un deseo oscuro e imperioso, atrae a la chica y suelta una de sus manos para rodear su cintura. Ella aun no ha conseguido sobreponerse y se deja arrastrar.
Sus labios se unen en un beso extraño y cada uno toma conciencia del cuerpo del otro, separados solo por unos milímetros de tela. Por un momento, una sensación ardiente y vibrante toma el control de ambos y lo que antes era furia se transforma en lujuria cuando los dos se entregan a un violento duelo de besos y caricias.
Ginny no puede evitar recorrer con los dedos la nuca del rubio, notando el tacto suave de su cabello, mientras Draco empieza a descender, beso a beso, por el cuello de la muchacha que se abraza a él con más fuerza. Pero cuando ambos toman la túnica del otro para reducir las distancias, algo hace click y Ginny se retira con expresión horrorizada.
Se miran, ella se levanta rápidamente y se dirige a la puerta, tambaleándose. Él la ve darse la vuelta y lanzarle una mirada que dice, entre otras cosas, "ni una palabra". Por toda respuesta se lleva la manga de la túnica a la boca con gesto asqueado y Weasley abandona la estancia.
Draco retira la manga y se toca los labios, todavía calientes con el recuerdo de los otros. Su mente empieza a despejarse poco a poco mientras el odio, el miedo y la ansiedad regresan intentando borrar todo rastro de lo que hasta hace poco tenía el control total de su cuerpo. Sin embargo, él decide resistirse, preguntándose qué hubiese ocurrido después si todo hubiera sido distinto. En su imaginación, ve el cuerpo desnudo de Ginny bajo el suyo, su cabello extendido en el suelo y siente sus manos apretando su espalda.
En el aula vacía, Draco se abandona de nuevo a la lujuria, esta vez en solitario.
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