Souichiro Nagi aporreaba la puerta sin descanso, con toda la fuerza que la incredulidad le permitía sacar de sus brazos.

Aya suspiró, otra vez, cansada del estruendo que armaba el rubio cerca de ella. -No va a abrirnos, ya te lo he dicho, no lo hará hasta que note nuestras energías combativas. -Repitió ella.

Souichiro la miró encolerizado y gritó blasfemias hasta casi perder la voz. Aya, que se había tapado los oídos le miró con el ceño fruncido y bufó.

Pero no la pagues conmigo, ¿Quieres?, no soy yo quien te ha encerrado en el dojo. -Prostestó la menor.

-Tu hermana está loca, yo no quiero entrenar para esto. -Se quejó el chico.

-No, no está loca. Sólo te está probando. -Replicó levantándose del suelo y yendo al centro del recinto. Se giró y miró fijamente al muchacho, que había seguido su movimiento en silencio.

-Vamos, ponte en guardia, si queremos salir hay que luchar-. Dijo Aya poniéndose en posición de combate.

-Que no quiero, no le veo sentido a esto. ¿Además qué probaría yo luchando contigo? Si tu hermana ha cogido manía a que venga cada día que venga y me lo diga a la cara.

En ese momento Aya atacó al chico, estampándole contra la pared suavemente pero con firmeza. Sonriendo con sorna y preguntando: -¿Qué pasa Sou? ¿Tienes miedo de que una chica te venza porque sea más fuerte que tú?-.

-No es eso, Natsume, es que no quiero hacerte daño. -El joven la miró a los ojos y Aya sólo pudo apartarse con brusquedad de él y apretando los puños se alejó hasta el otro extremo del dojo y se sentó en el suelo de nuevo con la cabeza baja. Se mantuvo callada y tensa, sin mirarle. Pero Souichiro pudo notar el temblor de sus hombros. Quiso preguntarle qué le pasaba pero la risa histérica de ella lo dejó clavado en su sitio y dando un salto de sorpresa.

Esperando a que se calmara se fue acercando despacio a ella, y antes de poder dar dos zancadas seguidas un manotazo en el suelo de la joven lo hizo permancer quieto donde estaba.

-Que no me quieres hacer daño, dices... Que no me quieres hacer daño... QUE NO ME QUIERES HACER DAÑO! -Gritó con una profunda agonía en la voz.

-Dices que no me quieres hacer daño pero pareces empeñado en ello, porque vienes aquí cada miserable día a restregarte contra Maya y a dejarle bien claro a todo el mundo lo mucho que te gusta mi hermana, ¡Y LO POCO QUE SOY YO PARA TI, SOUICHIRO NAGI! ¿Pues sabes algo? ¡ESO DUELE! Y DUELE TANTO QUE CADA DÍA ME MUERO UN POCO MÁS, PERO A TI POCO PUEDE IMPORTARTE, QUE VIENES CON LA EXCUSA DE ENTRENAR Y LO ÚNICO QUE DESEAS ES PEGARTE A MI HERMANA Y LLENARLA DE BABAS Y ADORACIÓN. ¡NI SIQUIERA LE DAS UN POCO DE IMPORTANCIA AL ESTILO NATUSME QUE ES ALGO SAGRADO QUE TE ESTÁ INTENTANDO ENSEÑAR CADA MINUTO ENTRE TONTEO Y TONTEO! ¡¿Y TÚ NO ME QUIERES HACER DAÑO? -Gritó la joven encolerizada.

Souichiro la miró de hito en hito viendo que las pupilas empezanban a enrojecer, los ojos anegados en lágrimas y las mejillas llenas de ellas. Ella se había arrodillado y se dejó caer sobre sus gemelos para taparse la cara y seguir gimoteando, llorando y temblando terriblemente. Abruptamente paró, se puso de pie, sorbiéndose la nariz y restregándose con la manga la cara para secar todo rastro de lágrimas. Regresó a la puerta que su hermana había cerrado con llave y con su sable rompió la cerradura y la puerta completa saliendo así del entrenamiento y de su confinamiento con Souichiro Nagi.

A medio camino de la casa de detuvo y murmuró: -Ni se te ocurra volver a hacer esto, porque ten por seguro que te lo haré pagar, déjame en paz de una buena vez-. Y siguió con su camino.

Maya Natsume vio el brillo rojo de los ojos de su hermana y tragó saliva.

Asomó los ojos azules por el quicio de la puerta y le vió paralizado en medio del dojo con la postura de alguien que ha intentado moverse y le han dejado petrificado. Había oído los gritos de su hermana, había oído los gritos del muchacho, pero sobre todo había sentido la agonía, el agobio, el dolor y todos y cada uno de los sentimientos negativos que iban dirigidos para ella por parte de su hermana, para él y para la propia Aya. No temblaba porque no era una persona que mostrase con su cuerpo lo que sentía por dentro, pero sus células clamaban por un calmante, nunca se había dado cuenta de lo mucho que sufría su hermana. Sabía lo que la pequeña sentía por el muchacho rubio pero no podía evitar que su lago egocéntrico se hinchase de orgullo cada vez que miraba al rubio babear por ella. Se iba un poco más contenta, con el ego henchido, satisfecha de ser irresistible y nunca miraba a su alrededor cuando eso pasaba.

Nunca miraba a Aya.

Se mordió el labio y le llamó captando así la atención del chico y concluyó ahí mismo su sesión de entrenamiento de hoy, y diaria. Le dijo que viniese con el mismo horario que los demás y que no protestara en absoluto porque lo mandaba a su casa de una patada.

Suspirando se fue de vuelta a la casa y dejando al muchacho con una postura no muy diferente a la que tenía antes de irrumpir en sus pensamientos, desapareció dentro de la casa.


Se sentía culpable.

No era que no se sintiera así antes pero ahora que no sólo los ojos de ella le decían lo mal que lo estaba pasando, Souichiro se sentía terriblemente culpable.

Nunca pensó que Aya, la dulce e ingenua Natsume, pudiera guardar tanto dolor dentro de sí. Quería pedirle disculpas, pero a la vez sabía que si hacía eso, si era amable con ella tarde o temprano volvería a él, a pensar que tiene posibilidades de algo con él (pese a que salvo las dos veces que se ha quedado paralizado por sus besos, nunca le ha dado muestras de tener ninguna oportunidad de nada con él), a quererle, a perdonarle (ahora era consciente del daño que le hacía si querer). Pero quizá si lo dejaba pasar, ella volvería igual sólo que confinando en su interior un sentimiento incómodo, dolor o rencor, que a la larga sería peor y terminaría pagando caro uno de los dos o ambos. Y tampoco deseaba eso. ¿Pero y si era al revés? ¿Y si se alejara definitivamente, sin solucionar nada dejando detrás una nube de pesar llena de remordimientos? ¿Conseguiría alguno de los dos ser feliz, olvidar, hacer como si nada hubiera pasado? ¿Salir adelante? Lo dudaba mucho, ese arrepentimiento le seguiría de por vida. Ya sabía lo que era el resentimiento, el no poder compartir espacio con una persona porque todo entre ambos está roto, estropeado y dolorosamente irreparable. Compartiendo un ambiente tan denso e irrespirable que se hace pesado en la garganta, los pulmones, las fosas nasales y el cerebro. Que duele en el corazón y quema en el alma.

Entonces se dió cuenta. No quería romper ese extraño vínculo que tenía con Aya, porque no le molestaba que ella le quisiera, al revés, era... Bonito, reconfortante. Que alguien le quisiera tanto, tanto, pese a creer que no había nadie que pudiera hacerlo ya que ni se quería él mismo, le hacía balancearse en un mar de dudas, avances y retrocesos que no llegaba a comprender. Pero no le disgustaba en absoluto. Ni siquiera al principio le disgustaba. Ella era buena y sincera. Algo bruta e impulsiva. Pero no había nadie mejor para querer a otro ser humano que Aya, y estaba seguro de que eso nunca cambiaría porque ella era buena en esencia.

Puede que se quejara mucho de ella, pero no se arrepentía de que siguiera a su lado. Lo cierto es que desde hacía meses le gustaba verla entrenar con toda su fuerza, su concentración y su mirada seria, dura. Por eso no le hablaba cuando intentaba ir a su vera camino a su casa, porque descubrió que entrenaba mejor (aunque fuera debido a su sufrimiento y eso era lo malo) y a él le gustaba verla así. Decidido, tomó la determinación de ir a buscarla, a pedirle disculpas, a decirle la verdad (al menos en cuanto al motivo de mantenerse alejado de ella, que entrenaba mejor y a él le gustaba que lo hiciera así, pero pensaba decirle que NO le gustaba herirla). Porque aunque ignorarla entraba en sus planes, realmente odiaba hacerla daño.

Irguiéndose se giró completamente dirección a la casa Natsume dispuesto a arreglar las cosas.

Los sollozos de Aya no estaban en ninguna parte, y eso le dificultaba encontrarla, sólo notaba un aura que asustaba. Sentía irritación por no poder empatizar con ella. Por no poder encontrarla.

-¿Dónde estás, dónde?

De pronto una silla pasó volando delante de sus narices y allí, a su izquierda, la vió. Emanando ese peligro asesino de cuando sus ojos estaba tan rojos que parecían rubíes, casi se podía ver un halo negro alrededor de ella y su expresión era de absoluto sadismo. Entonces, mirando fijamente su cara a la vez que se acercaba a ella despacio extendió los brazos y dijo su nombre.

No reaccionaba.

No estaba presente. Ese demonio heredado, esa maldición familiar la tenía completamente dominada. Y eso le asustó.

Salvando la distancia en lo que se podría llamar una rápida y corta carrera y se plantó delante de ella. Sujetando la cara de Aya con ambas manos la obligó a mirarle:

-¡Aya, Aya! ¡Ey!-. Acariciando con sus pulgares las mejillas de ella con suavidad, secando rastros húmedos de lágrimas que evidentemente había derramado, mientras el resto de sus dedos se sujetaban en su cuello, chocando las yemas de ambas manos en la nuca de la chica. Estaba muy tensa... La agitó suavemente mientras seguía llamándola hasta que parpadeó y con los ojos aún teñidos de rojo enfocó la mirada miel del muchacho. Su pelo, que hasta ese entonces se había estado manteniendo elevado por la fuerza de su aura cayó a plomo, despeinado por delante de su cara y hombros.

-¿Souichiro? -Preguntó desorientada. Inmediatamente sus ojos se colmaron de lágrimas de incomprensión, de la vergüenza por la escena reciente en el dojo con él y del dolor de recordar. Se tapó la cara con las manos y lloró en voz alta, no le gustaba, se sentía débil. Pero ya no tenía fuerzas ni para aguantar. Le daba igual que la vieran, sólo quería liberarse, deshacerse de su dolor.

-Ey, ey, no llores. Todo estará bien. -Le dijo sonriéndole con dulzura, con tranquilidad. -No llores Aya. ¿Cómo te encuentras? -Preguntó retirándole el pelo de la cara hasta pasárselo con sus dedos por detrás de las orejas acariaciando levemente su piel. Imperceptible, distraídamente, sin intención. Pero ese sutil roce fue suficiente para hacerla temblar.

- Avergonzada por lo de antes, y un poco confundida... ¿Qué ha pasado? Hay una silla destrozada en el pasillo, he... ¿He hecho algo malo?-.

No le contestó, con las manos sobre los hombros femeninos Souichiro giró su cabeza y vió la silla. Volvió a girarse hacia ella y apretó sus brazos en torno a sus hombros agachando su cabeza hasta hundirla en el cuello de ella al tiempo que le susurraba "perdóname, perdóname".

Aya, llorando de nuevo, le abrazó de vuelta y suspiró cerrando sus ojos.


Se separaron y ella, encantadoramente sonrojada y con sus manos alrededor de la cintura masculina sonrió levemente.

Él tenía mala cara, estaba sintiéndose terriblemente mal y empeoraba por momentos. Era tan buena, tan dulce, encantadora e ingenua. ¿Por qué le quería a él? ¿No veía que no era nadie, ni nada bueno para ella? Sólo un gamberro de poca monta que entrenaba para luchar mejor.

Pero ella veía algo bueno en él. Ella veía bondad en su corazón, e incluso en sus peleas. Porque peleaba defendiendo cosas que le importaban. Una vez se lo había dicho. "Eres bueno, yo sé que lo eres" y le había sonreído. No le había besado como cuando luchó en quella azotea y se preocupó por ella. Ni como cuando cayó en las duchas del instituto y ella se le declaró después de robarle su primer beso. Y pese a esperarlo, prepararse para recibir un beso (como cada vez que tenían cercanía) ella simplemente había sonreído brillantemente, cegadora como el sol y se había alejado después de decirle que era bueno.

No lo negaba. Era atractiva, hermosa, fuerte, inteligente, independiente, había algo en ella especial, que llamaba la atención... En definitiva sí le gustaba, y bastante. Pero venía Maya y su mundo se iba lejos, a soñar con ella, a vivir por ella. A desearla a ella. Y juraba que ella se dejaba adorar, porque si bien nunca le dejaba ir más allá, tampoco le paraba los pies.

No quería herir a Aya, pero tan confundido como estaba con esas dos hermanas... ¿Qué hacer? No estaba enamorado de Maya, era simple atracción física, pura, bestial y salvaje. Con Aya todo era más dulce, tranquilo y tierno.

Suspirando, le devolvió la leve sonrisa a la joven Natsume y le acarició la mejilla con suavidad antes de alejarse. Las manos de ella, apoyadas en su cintura, le dejaron ir, los dedos resbalando por su camiseta mientras daba media vuelta. Entonces le paró. Sujetando los costados de su prenda le paró y se pegó a él. Abrazando su espalda y apoyando la cabeza contra su omóplato izquierdo.

La notó suspirar, y él, congelado como estaba en su sitio relajó los brazos y dejó caer las manos a los costados (que había dejado tensas en el aire por la sorpresa). Se sentía bien en ese momento, a gusto. Ese calorcito era agradable y muy a su pesar (por la contradicción de dejarla o no ir), se relajó, suspiró y encontró las manos de ella, entrelazadas sobre sus abdominales para cubrirlas con las suyas. Mejoró la postura echando la cabeza hacia atrás y su nuca se apoyó sobre la cabeza femenina. Cerró los ojos y se dejó abrazar.

Al cabo de un rato levant la cabeza de nuevo y aflojó el agarre de la chica lo suficiente para darse la vuelta y mirarla fijamente a los ojos. Notaba el pulso acelerado (el suyo propio y el de ella, que era corroborado con un fuerte rubor) y su respiración se hizo fuerte y pesada, rápida. Volvió a colocar ambas manos alrededor del cuello de ella, apoyando los pulgares en la garganta y chocando los dedos en la nuca, el pelo le hacía cosquillas en las yemas de los dedos.

Acarició su largo cuello suavamente una, dos, tres veces antes de que ella cerrara sus ojos y suspirase temblorosamente. Las manos de ella se aferraron con fuerza a su camiseta otra vez y gimió flojo al notar que el joven movía sus dedos por sus puntos débiles. La quijada, debajo y detrás de las orejas, donde latía el pulso... Y su labio inferior.

La vió abrir la boca y oyó jadear de sorpresa abriendo los ojos de golpe mientras él seguía presionando su dedo contra el labio.

Deseó besarla. Era lógico. Al fin y al cabo le debía un beso, ¿No?. Por esa vez que se lo esperaba y nunca llegó.


Abrió los ojos y jadeó al notar que Souichiro no aflojaba la presión de su dedo en el labio, sino que se hacía más poderosa y lo que vió la hizo estremecerse. Surpimiendo un quejido de pasión se mordió el labio chocando sus dientes contra el dedo masculino.

Le observó mientras él miraba hacia abajo, a su boca. Sus respiraciones ahora eran profundas, espesas, fuertes. Excitadas.

Souichiro liberó su labio de la presión de sus dientes con su dedo y la volvió a mirar a los ojos. Ella vió fuego, deseo, anhelo en su mirada ámbar.

Deseó besarle.

Inconscientemente se acercó a él, apretándole, apretándose contra su cuerpo. Sintiendo el calor que emanaba.

Entonces pasó. Arrastró las manos otra vez hasta su nuca y la acercó a él fuerte, rápida y salvajemente. Y sin dudar un segundo estrelló su boca con todas sus ganas contra la de ella. Sujetando su cara con firmeza la probó, una y otra vez en fuertes pero cortos besos, él con los ojos cerrados (abriéndolos cada vez que se separaba y volviéndolos a cerrar en cada nuevo beso) y ella abiertos de la impresión.


¡Taráaaaaaaan! He tardado mucho y además ya sé que dije que si no obtenía reviews el segundo capítulo sería una nota anunciando el cese de este fic. Pero me he inspirado y he pensado que ya que la pareja esta es la que hace inspirarme, pues en vez de arriesgarme a cambiar de pareja (y de anime/manga) para tener lectores, mejor sigo con ellos y si me gusta la adaptaré ^^ de momento se queda aquí. Además soy muy impaciente y no he podido evitar poner ya un beso que había pensado que fuera un par de capítulos más adelante. Escribo cosas cortitas y lo sé, pero me cuesta escribir capítulos muy largos y si lo hago termino haciéndome un lío U_u

De momento Gracias por el Favoritos que he recibido! No me lo esperaba, sinceramente, y me gustó mucho ver la notificación, así que a JoxerCole Turner ¡Gracias! ^^

Hasta más ver! :D