AL ROJO VIVO. BLOG DE JOHNLOCK
17 de enero de 2013. De vuelta a casa
Mi estúpida cita con Cassandra no ayudó a mejorar mi estado de ánimo. Tenía que esforzarme todos los días, a todas horas, para ser educado, para no mostrar mi irritación cuando una paciente obesa se quejaba de que su marido roncaba, cuando una madre histérica hacía un drama del catarro de su hijo o cuando un niño berreaba desconsolado destrozándome los tímpanos porque le había puesto una vacuna. Era como si me hubiese cambiado la piel. Como si ya nada fuera capaz de conmoverme. Había visto demasiadas cosas terribles, demasiadas. Sarah tenía mucha paciencia conmigo y trataba, a menudo, de levantarme el ánimo, pero sus intentos eran patéticos, sólo conseguían hacerme sentir raro y fuera de lugar.
Pero necesitaba el trabajo, necesitaba el dinero y necesitaba tener algún tipo de vida. Ya no había lugar para las aventuras, las emociones fuertes, el riesgo, las carreras, las noches en blanco resolviendo misterios. Lestrade me llamaba de vez en cuando. Es un tipo sincero y directo, una buena persona, pero hablar con él de Sherlock me removía en lo más hondo. Ninguno de los dos entendía el suicidio. Era una pieza que no acababa de encajar. De Mycroft, simplemente, no tuve noticias. Sólo le vi en el funeral y a distancia. No tuvo los huevos de estar junto al féretro de su hermano. Un frío bastardo, eso es lo que es. Se sentía culpable, no me cabía la menor duda. Tendría que haberle escupido en la cara, allí mismo. Ojalá lo hubiese hecho.
Así que mi vida se limitaba a ir y venir del hospital, a tomar el té con la señora Hudson, a la que tengo un gran cariño, a ver la televisión, a leer novela negra, a ser posible con crímenes raros, y a mis "charlas" con Sherlock Holmes.
Aquella tarde llovía, como llueve en otoño, a mares. Como se suele decir, "caían perros y gatos" de los tejados. El sonido de la lluvia rompía el silencio y yo lo agradecía, me relajaba. Eché más leña a la chimenea y me senté en el sillón a leer "A sangre fría" de Truman Capote.
El apacible sonido del agua, golpeando y deslizándose por el cristal, se interrumpió bruscamente. Oí el chasquido metálico de una llave abriendo una cerradura. Muy cerca. El pomo de la puerta del piso estaba girando. El pulso se me aceleró. Pensé en la señora Hudson, pero ella sabía que yo estaba en casa y era incapaz de entrar a escondidas.
A través del cristal esmerilado que separaba la pequeña entrada del salón, vi una figura alta y delgada. La seguridad, el aplomo con el que abría la puerta, me hizo saltar del sillón. Fui a por la pistola, pero no llegué. Era él. Fue como si un rayo me cayera encima. Se me puso la carne de gallina. Estaba viendo visiones. Tanta soledad no era buena.
Me lo quedé mirando fijamente, como a un espejismo. Me froté los ojos. Durante unos segundos, mi mente enloqueció, tenía aquél espectro frente a mí, pero el ruido de la cerradura me había parecido real. Los oídos empezaron a zumbarme, la sangre me golpeaba las sienes.
- John…
Su voz me atravesó como una descarga eléctrica. Llevaba un abrigo negro, estaba muy pálido, muy delgado. Los pómulos y la barbilla más afilados que nunca, los ojos marcados por unas oscuras y profundas ojeras. Le vi dar un paso hacia mí, sin dejar de mirarme, sin apartar sus ojos transparentes de los míos. Pero no podía moverme, estaba paralizado. Una corriente de calor me subió por el cuerpo para bajar después convertida en un torrente de agua fría. Las piernas me temblaban. Me sentí desfallecer, se me nublaba la vista…
- John…
Intenté respirar.
- Sherlock… ¿Eres tú?— Conseguí hablar.
- Sí, soy yo – Su voz era firme. Me sonrió.
Yo seguía pegado al suelo, mirándolo atónito, sin dar crédito, no lograba distinguir si aquello era o no era real.
- Pero… ¿cómo?
Empezó a pasearse por el salón, se quitó los guantes y los tiró encima del sofá, miraba a un lado y a otro de la sala, observando cada detalle, sin dejar de sonreír. Sus ojos se detuvieron en el violín.
- ¡Fantástico!
- ¿Qué?
- Veo que también está la calavera. ¿Y mi equipo de laboratorio?— preguntó
- Está…en esas cajas de ahí.
- ¡Excelente!
Se quitó el abrigo y lo dejó en una de las sillas de la cocina. Yo me había apoyado en el brazo de uno de los sillones, totalmente confundido. Pero, entonces, abrió la nevera.
- ¿Hay algo de comer? ¡Me muero de hambre!
Aquello consiguió sacarme de mi estupor. Me acerqué a él, despacio, aún con el espanto en el cuerpo.
- Sherlock….
- Sí…
Abrió varios cajones del refrigerador, buscando, hasta que sacó el sándwich que me había preparado para cenar.
- Eres tú — dije, sin aliento
- Pues claro, John— Y se puso a comer, con la mayor naturalidad del mundo.
- Estás vivo— susurré.
- Obviamente—Lo dijo con una inocencia tal que me dejó completamente desarmado
Estaba a unos centímetros de mí, podía sentirle respirar, oír como masticaba
- Yo… yo te vi caer… te vi… te vi estampado contra el suelo—. Las horrendas imágenes volvieron a pasar ante mí.
- Fue un truco, John. Te lo dije, un truco de magia
Extendí mi mano hacia él, hasta tocarle el brazo. Lo agarré de la muñeca para tomarle el pulso.
- ¿Qué haces? —Me preguntó.
Su piel estaba caliente. Sentí el latido. Y entonces, creí, creí de verdad. Quise gritar, quise saltar, quise correr… volar… Él me miraba con sorpresa. Lo contemplé extasiado, embriagado de alegría, hasta que sus palabras me llegaron a la conciencia:
- ¿Qué quieres decir con "un truco"?
- ¿Puedo tomar un poco de té?
Oh, Dios. Era exasperante, como siempre.
- Esa tetera está aún caliente, puedes servirte. ¿Vas a explicarme qué ha pasado?
Se apoyó en la encimera, con la taza en la mano, removiendo el azúcar con la cuchara, como si todo fuera normal, como si habláramos de ayer.
- Fingí mi muerte, John. Lo preparé todo.
- ¿El qué? — No salía de mi asombro.
- Todo. El escenario, la caída, la sangre. Lo organicé con Molly y con mi red de vagabundos.
- ¿Molly? ¿Molly ha sabido todo este tiempo que estabas vivo?
- Sí, obviamente.
Mi radiante contento se diluyó en una monstruosa sensación de estupefacción. Primero me quedé anonadado, como entumecido. Él se tomaba el té.
- ¿Alguien más?
- Bueno, no me quedó más remedio que contárselo a Mycroft, pero de eso no hace mucho.
Un impulso animal, lleno de rabia y frustración, se apoderó de mí antes de que pudiera controlarlo, de que fuera consciente si quiera. Le di un puñetazo con todas mis fuerzas, con toda mi alma. Cayó como una marioneta contra el suelo de la cocina, todo lo largo que era. Me miró, totalmente desconcertado, con la mano en la nariz, que había empezado a sangrar. Me eché encima de él, como un loco, arrodillándome en el suelo. Le cogí de la camisa y lo zarandeé:
- ¿POR QUÉ? ¿Por qué no me has dicho nada? ¿Cómo has podido hacerme creer todo este tiempo que estabas muerto? ¡CABRÓN!
Pero no reaccionó. Me miraba con el ceño fruncido, como analizándome, tratando de encontrar un sentido que no lograba descifrar. Me consumía la impotencia. Me arrastré por el suelo, apartándome de él y fue como si todo aquel año de frío y amargura reventara. No pude contenerme y me eché a llorar. Noté que me cogía del brazo, pero lo rechacé violentamente, no podía tolerar que me tocara.
- John — Era un gemido — Creí que te alegrarías de verme. No entiendo…—Su voz, grave y rota, parecía llena de tristeza. Se me clavó como una puñalada en el corazón.
Yo todavía sentía la ira, pero me sequé las lágrimas y le miré a la cara. Sus ojos brillaban húmedos en la tenue luz de la cocina.
- No. No lo entiendes. He…—Era difícil de expresar. Era arriesgado tratar de explicárselo, pero, a menos que fuera claro y directo, no lo entendería—He sufrido, Sherlock. He sufrido porque estabas muerto.
- No dejaste de creer en mí.
- No.
- Tuve que hacerlo, John. No tuve elección— Había dolor en su voz.
No pude soportarlo más. Me levanté y saqué el botiquín. El se quedó sentado en el suelo.
- Cuéntame qué pasó, Sherlock—le dije, despacio, pronunciando marcadamente las sílabas.
- Me cité con Moriarty en la azotea del hospital. Él estaba allí, conmigo. Yo ya tenía un plan preparado, sabía que el último acto de su juego para destruirme era mi suicidio. Hice que te alejaras y pedí ayuda a Molly y a mi red de vagabundos. Traté de evitar llegar hasta el final, pero no pude. Moriarty tenía a tres asesinos apuntándoos a la señora Hudson, a Lestrade y … a ti. Y si no me veían caer, dispararían. Yo no lo maté, John, Moriarty se metió la pistola en la boca. Nadie podía ya parar a los sicarios.
- Dios mío…— murmuré— ¿Y después?
- ¿Después…?
- Sí, después. Después de lo que fuera tu plan, de que los sicarios y yo y todo el mundo te viera caer— Estaba fuera de mí, indignado, dolido, oh sí, profundamente dolido— ¿Por qué, Sherlock? ¿Por qué todo un año? ¡un año! ¡por Dios bendito! Sin decirme nada, mientras tu hermano y Molly sabían que estabas vivo.
Le vi tragar saliva. Se sujetaba la nariz hinchada y ensangrentada. No se me escapó su expresión de aflicción y desconcierto. Conocía muy bien sus gestos. Empapé el algodón y empecé a limpiarle la cara. Me dejó hacerlo.
- Tenía cosas que hacer. Solo.
Claro. Bien, muy bien, Sherlock. Tú solo.
- Sí…— Susurró — Te mentí, a propósito—nuestras miradas se cruzaron y ya no se apartaron—Era muy arriesgado, muy peligroso. No quería que me siguieras. No contaba con poder volver, John.
Fue como si mi corazón se hubiese saltado un latido. La furia se había esfumado y algo cálido y tembloroso se deslizó por mi estómago. Estaba allí, estaba vivo. Estaba en casa.
Acabamos los dos sentados en los sillones de siempre. No recuerdo durante cuánto tiempo estuve escuchándole, absorto, colgando de sus palabras, pendiente de sus movimientos, asombrado, admirado, pero, sobre todo, profundamente aliviado. A medida que avanzaba en su extraordinario relato, más agradecido, más reconfortado estaba de tenerlo frente a mí. Supe, por fin, cuál había sido ese inteligente y arriesgado plan. Un plan que sólo podía habérsele ocurrido a él. Sólo Sherlock Holmes podía haberse adelantado a una mente tan brillante y retorcida como la de Moriarty. Y todas las piezas me encajaron por fin.
Recordaba perfectamente mi frustración tras salir de la casa de aquella periodista ambiciosa y rastrera, el momento en el que él me había dejado tirado en medio de la calle: "no, yo solo". Fue en ese preciso instante cuando él se dio cuenta de que Moriarty quería su suicidio, cuando decidió que se anticiparía a sus movimientos, a la última jugada. Sherlock fue consciente de que su vida corría peligro. Y, como siempre, por su cuenta, decidió por mí. Que el ataque a la señora Hudson fue un montaje fue una de las tantas confesiones de aquella noche, confesiones, todas ellas, que me emocionaron profundamente, que me hicieron perdonarle su comportamiento, soberbio y arrogante, una vez más. Que me confirmaron lo que ya sabía, que es el mejor ser humano que he conocido.
El plan del falso suicidio era aún más sorprendente por su sencillez. Primero, se aseguró de que Moriarty fuera a su terreno, a un lugar controlado por él. Después, sólo tuvo que contar con algunos de sus fieles vagabundos, que se colocaron en la calle, ocupando los bancos o fingiendo esperar en la parada del autobús. Arrancó a Moriarty un momento de tregua y dio con el teléfono móvil la señal de inicio. Un camión de basura taparía la visión de la acera. Yo estuve a punto de dar al traste con todo, no debía estar allí, pero ya había previsto esa eventualidad. Por eso me pidió que me mantuviera en la otra calle, por eso me entretuvo con la llamada de teléfono, dando tiempo a sus compinches para que se colocaran en el sitio en el que iba a caer. Me removí en mi asiento y estuve a punto de protestar, de gritarle, pero su mirada me silenció.
Cuando se tiró, no lo hizo realmente al vacío, no iba a estrellarse contra el suelo. Sus cómplices estaban preparados para amortiguar la caída y evitar el desastre. El único que podía desmantelar todo aquello era yo, así que aquella bicicleta que me atropelló no había sido un infortunado incidente, sino algo hecho a propósito, para que no viera cómo lo tendían en la acera. Después, el equipo de Molly entró en escena. Un falso equipo de paramédicos salió diligentemente del hospital y, antes de que yo me hubiera vuelto a poner de pie, ya le habían cubierto de sangre. Y para hacer todo más real, más macabro, Sherlock había cortado la circulación de su brazo derecho con la misma pelota de goma con la que le había visto juguetear unas horas antes. Quiso engañarme y lo consiguió. Para evitar cualquier fallo en el plan, sus colaboradores tenían instrucciones de apartarme de él a toda costa. Y así, se lo llevaron al hospital a toda prisa. Molly se ocupó de todos los papeles y, no sólo de eso, prestó un falso cuerpo para el fingido entierro.
Tuve que hacer acopio de toda mi paciencia, de toda mi templanza para no saltar sobre él cuando me hizo recordar aquellos terribles momentos; aún así, no pude callarme y le solté todas las preguntas que me atormentaban. Aún no me había explicado el por qué de haberme mentido de ese modo, el por qué pretender ante mí que era un farsante, el por qué mantenerme en la idea de que había muerto. Pero Sherlock estaba dispuesto a contar todo con detalle, con su portentosa memoria y, para tratarse de él, de un modo turbadoramente emocional.
Moriarty se había pegado un tiro en la azotea, algo con lo que él no había contado y que le impresionó sobremanera, pero la muerte del canalla no era suficiente. Sherlock Holmes había sido destruido, centímetro a centímetro, y tenía que llevar a cabo su reconstrucción. Para eso, sólo había un camino, el más difícil, el más expuesto: localizar los principales tentáculos de Moriarty y cortarlos de raíz. Destrozar su tela de araña. La tarea era formidable y extremadamente peligrosa. Había recorrido medio mundo, había conseguido sobrevivir gracias a su astucia y a su frialdad y a la ayuda inestimable de Mycroft, y ahora estaba en condiciones de limpiar su nombre.
- Me hubiera sido muy útil contar con tu ayuda, John, pero era mejor tenerte aquí, a salvo.
- ¿Por qué?
- Eres mi amigo. Tu presencia me hubiese distraído de mi misión. Habría estado mucho más preocupado de que no te pasara nada.
