AL ROJO VIVO. BLOG DE JOHNLOCK

20 de enero de 2013. La fiebre

Sólo habían pasado tres días desde su vuelta y mi vida era otra vez un caos. Darle la noticia a la señora Hudson, de manera que no le diera un ataque al corazón, fue toda una experiencia y de lo más original, porque, como médico, si te ves en una situación así, lo normal es que comuniques un fallecimiento. Pero que tu mejor amigo vuelva de entre los muertos no le pasa a nadie, a menos que tengas por amigo a Sherlock Holmes, claro. Que tu mejor amigo te vuelva loco con sus necesidades y sus exigencias tampoco es lo habitual. Y que tú te desvivas por él, no es lo que se suele hacer, aunque la inmensa alegría y la enorme satisfacción que sentía de verlo otra vez allí, tirado en el sofá, contándome sus hazañas, rumiando sus pensamientos o enchufado al ordenador, me llenaba de euforia. Hasta ese momento, había llevado una vida ordenada – sí, extremadamente ordenada - y tranquila – mortalmente tranquila; pero, rápidamente, dejé de ser dueño de mi tiempo y de mis espacios.

- Necesito que vayas a ver a Mycroft.

- Tengo que ir a trabajar a la consulta, Sherlock, deberías ir tú.

- No pienso ir a pedirle nada a mi hermano

- ¿Por qué?

- Porque ahora te tengo a ti.

Así fue como acabé llamando a Sarah y contándole una mentira para ausentarme de la clínica. Al menos, no tuve muchas dificultades para concertar una cita con Mycroft. Sherlock se había pasado los tres días sacando papeles de una maleta, ordenándolos y escribiendo en el portátil. Me pasó una carpeta.

- ¿Qué es todo esto?

- Información sobre lo que he estado haciendo este último año.

Le eché un vistazo. Había numerosos informes escritos en varios idiomas, mapas, lápices de memoria, fotos… Muchos de los papeles tenían membretes oficiales.

- ¿Es documentación sobre los tipos que has ayudado a detener?

- Sí. Están todos menos uno.

- ¿Cuál?

- Bioko, un general de Guinea. Moriarty le ayudó a planificar un golpe de Estado. Tuve que matarlo en legítima defensa; si me llegan a capturar, no salgo vivo de allí. Mycroft ya está al corriente de eso.

No me hacía ninguna gracia ver al cabrón de Mycroft, a él y a su "permanente preocupación" por su hermano. Me lo debió de notar en la cara en cuanto entré en su despacho, porque cuando se levantó del sillón para saludarme estaba rígido, como si le hubiesen metido un palo por el culo.

- ¿Deseando volver al campo de batalla, Capitán Watson?

Apreté los dientes y agarré con tanta fuerza la carpeta que los bordes se me clavaron en las palmas de las manos. Me senté en la silla frente a su mesa.

- ¿Por qué no me lo dijiste, Mycroft? ¿Por qué me has ocultado que Sherlock estaba vivo?

Me miró de arriba abajo, como con condescendencia, con sus ojos fríos como el filo de un diamante y esa mueca hipócrita que él cree que es una sonrisa.

- Por expreso deseo de mi hermano, John —se quedó mirándome unos segundos, como regodeándose en mi reacción— Interesante… ¿no crees?

- ¿Qué quieres decir?— lo de "interesante" me había dejado desconcertado.

- Que tengo la impresión de que eres la única persona que consigue… como decirlo … "distraer" a mi hermano de sus proyectos — después, como tratando de acortar distancias entre nosotros, se inclinó hacia delante—. Estoy convencido de que Sherlock quería protegerte, John.

- Ya —yo también lo pensaba, pero no iba a compartirlo con él, así que cambié de tema y puse la carpeta sobre la mesa— Éste es el dossier con la documentación. Sherlock quiere que desde el Ministerio se haga una declaración oficial.

- Entiendo.

Su parsimonia acabó de exasperarme:

- ¿Entiendes? —apreté los puños por debajo de la mesa— ¿Vas a limpiar el nombre de tu hermano o no?

Su sonrisa cínica se hizo mucho más amplia, parecía divertido.

- Calma, John— me respondió, despacio, con aquella flema pija y educada—. Claro que voy a hacerlo; es más, voy a ocuparme del asunto personalmente. No tienes de qué preocuparte.

Cogió la carpeta y comenzó a hojear los papeles. Tuve la sensación de que ya conocía de sobra el contenido, como supe después. En seguida, cerró el dossier y se levantó invitándome a marchar. Cuando yo ya estaba a punto de salir por la puerta, comentó:

- Es conmovedor.

Me di la vuelta con el picaporte aún en la mano.

- ¿El qué?

- Tu devoción por Sherlock. Eres duro y exigente con todo el mundo, incluido tú mismo, pero a él se lo consientes todo ¿no es así? A veces pienso que hay algo más.

Aquello me sentó como un puñetazo en el hígado:

- ¡Insinúalo! Insinúalo, Mycroft, y te juro que no me contendré las ganas de partirte la cara. Llevo queriéndolo hacer desde que le vendiste a Moriarty la historia de tu hermano.

- Oh, vamos John. Es sólo una broma—su voz sonó tranquila, calmada, y le creí. Pero su mirada era seria, sus ojos me examinaron otra vez como los de un analista a través de un microscopio.

Inesperadamente, había perdido los estribos. Y es que yo estaba ciego. Muy ciego.

Aproveché la vuelta a casa para hacer la compra. Había hecho grandes planes llenos de risotto, ensaladas y pavo al curry para el fin de semana. Sherlock apenas había probado bocado y me estaba empezando a preocupar. Pero me encontré una desagradable sorpresa. Nada más entrar, noté que pasaba algo raro. Estaba en el sofá, dormido, pero su respiración era mucho más agitada de lo normal y tenía las mejillas teñidas de un rojo intenso, demasiado intenso. Cuando me acerqué, comprobé que estaba ardiendo.

Le toqué la frente y quemaba. Intenté despertarlo, pero no reaccionó y ahí fue cuando me asusté. Tenía gotas de sudor por toda la cara, el cabello estaba húmedo y la camisa empapada. La fiebre era altísima. Saqué desesperado el botiquín, dejando esparcido por la cocina todo lo que se interponía entre el termómetro y mis manos. Marcó cuarenta grados. Me quedé sentado de culo junto al sofá. El pulso estaba desbocado. Entonces, vi una pequeña mancha de vómito en la bata, sanguinolenta. En mi mente se formó una palabra, Guinea, y otra, terrible, apareció después: malaria. Tenía que actuar y rápido. Llamé a una ambulancia. El teléfono móvil me temblaba en las manos. Mi voz me hizo darme cuenta de que me había puesto histérico.

Traté de reanimarlo, le golpeé suavemente en la cara y lo zarandeé de los hombros, gritando su nombre. Tras unos momentos de pánico, abrió los ojos.

- Sherlock, hay que llevarte al hospital.

Se incorporó de golpe, quedándose sentado y mirándome como si le acabara de ofender:

- ¡NO!

Yo no me explicaba de dónde estaba sacando las fuerzas. Vi cómo se echaba mano al estómago, parecía a punto de vomitar otra vez.

- ¡No! ¡Nada de hospitales! No quiero ir a un hospital…

Me lo iba a poner difícil, muy difícil.

- Pero… ¿tú has visto como estás? Sherlock, déjate de tonterías, hay que llevarte al hospital—Era increíble, pero estaba forcejeando con él para que volviera a tumbarse; era como lidiar con un niño.

- ¡No! ¡Déjame! ¡Déjame en paz!— bramó, de manera autoritaria.

- ¿Cuándo estuviste en Guinea?

- ¿A qué viene esa pregunta? —respiraba con dificultad, jadeaba, pero no estaba por la labor de hacerme caso.

- Sherlock —intenté calmarme—, soy médico, médico militar, sé de enfermedades tropicales. Por favor, contesta a mi pregunta, ¿cuánto tiempo hace que estuviste en Guinea?

Había conseguido llamar su atención. Por fin.

- Algo más de dos semanas. ¿Por qué?

- Creo que puede ser malaria, esa zona es endémica. ¿Te tomaste el tratamiento preventivo?

- ¿Qué tratamiento preventivo?

- No importa. Métete en la cama, voy a darte algo para la fiebre. Te sentirás mejor.

- Tengo náuseas, me duele… me duele el estómago.

- ¿Has vomitado?

- Sí

- ¿Diarrea?

- Sí

- ¿Con sangre?

- No sé, tenía todo un horrible color oscuro.

- Sangre. ¿Dolores musculares?

- Sí…La cabeza… parece que me va a explotar, no soporto el dolor…

Era un cuadro de malaria, no me cabía duda. Lo ayudé a llegar a la cama. Se encogió sobre sí mismo, en posición fetal. Él se ahogaba en la fiebre. A mí me parecía tener hielo en las venas. Tenía que averiguar urgentemente qué tipo de malaria era, su gravedad; al menos, conocía la zona de procedencia y apuntaba a la menos complicada.

- Si no quieres ir a un hospital, tienes que dejar que te haga un análisis de sangre.

Me miró con los ojos vidriosos por la calentura, con expresión de incredulidad. Intentó protestar, pero se dejó caer a plomo sobre el colchón.

- Haz lo que tengas que hacer.

Le tomé la muestra de sangre, no sin soportar algunos aspavientos, y despedí a la ambulancia. Lo dejé con la señora Hudson y me fui, con el corazón en un puño, a Sant Bartholomew. Cuando puse el pie en el hospital, me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no veía a Molly, pero no era el momento de explicaciones, así que le pedí ayuda para realizar el análisis diciéndole que era una urgencia. Más adelante, ella me contó que me vio tan alterado que se asustó. Pero hubo suerte. Respiré aliviado cuando comprobé que la variante no era grave y que la densidad de los parásitos no era muy alta. Sólo necesitaba algunos cuidados para ponerse bien. Cogí, sin pedirle permiso a nadie, la cloroquina y la sulfadoxina y salí de allí. El dolor del pecho me acababa de desaparecer y la sangre me había vuelto a circular.

La señora Hudson me abrió la puerta muy nerviosa, hablando atropelladamente, unos balbuceos en los que entendí algo de que Sherlock no la había dejado entrar. Subí los escalones de dos en dos, oía sus gritos desde el recibidor:

- ¡JOHN! ¡JOHN!

Se me cayó el alma a los pies. La habitación olía a sangre. Estaba hecho una pena. Temblaba espantosamente de arriba abajo, en plena fase de escalofríos. Tenía la ropa empapada, la colcha, las sábanas, todo estaba revuelto. La puerta del baño estaba abierta y se veían manchas oscuras en el suelo.

- ¿Dónde estabas? Llevo llamándote más de una hora— a pesar del tono imperativo, su voz sonaba desfallecida.

- En el hospital, haciendo el análisis.

- No me dejes solo, no me dejes solo…—su desesperación me conmovió en lo más íntimo.

Pareció relajarse, pero se retorcía sobre sí mismo, tiritando de frío, estaba en la etapa más aguda.

- ¿Te duele?

- Creo que las costillas me van a reventar de dentro afuera. ¡Dame algo, John! ¡Lo que sea!

- Te daré algo para el dolor. Ya sé lo que tienes. He conseguido la medicación. Estarás así unas dos semanas, con periodos agudos y periodos de descanso. Vas a tener que guardar cama.

No protestó, ni se movió siquiera. Sí, estaba realmente mal.

Le atendí lo mejor que pude, se tomó las medicinas sin rechistar y lo envolví en un par de mantas, a sabiendas de que el acceso febril no tardaría en aparecer. No tenía ganas de cenar y no contaba con que él quisiera comer en aquél estado. Agotado, pero mucho más tranquilo, pensé en ver un rato la tele. Y vi su portátil encendido. Me quedé de una pieza. Había mandado dos mensajes a Lestrade.

La sola idea de una llamada reclamándole para un caso me descompuso, un enigma en su camino y ya me podía despedir de que colaborase en su recuperación. Llamé a Greg al instante. Estaba como yo el primer día, cuando apareció de la nada, totalmente alucinado. No sé cuántas veces me preguntó si yo lo sabía, si estaba al corriente de que todo había sido falso, perdí la cuenta, pero recuerdo perfectamente que me dieron ganas de estrangularle con el cable del teléfono, no quería creerme. Pero en lo referente al estado de Sherlock fue de lo más racional. Le pedí que no llamara, que no apareciera, que se olvidara de él hasta que yo le avisara. Fue un descanso.

No tuve valor para irme a la habitación de arriba y dejarlo allí, así que me acosté en el sofá. Me quedé dormido de puro cansancio, la tensión nerviosa me había dejado rendido, pero fue como si una parte de mi cerebro se hubiese quedado en alerta. Le oí llamarme en mitad de la noche, un murmullo débil y extenuado.

Ahora, se abrasaba de calor, la ropa estaba esparcida por el suelo, la colcha arrojada sobre la silla, sólo tenía una sábana húmeda y arrugada alrededor de la cintura.

- John… Tengo mucha sed—nunca antes había oído ese tono de súplica en su voz, me estremecí.

Volé a la cocina a por agua. Tuve que ayudarle a incorporarse, podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo. Bebió con avidez, la fiebre y la diarrea lo estaban deshidratando. Me aseguré de que tomara la mayor cantidad de líquido posible.

Cuando terminó de beber, se removió en la cama y me agarró de la muñeca. Aún puedo recordar la imagen, envuelta en la vaporosa luz que se filtraba desde el salón: los negros rizos mojados, su piel blanca como la nieve, sus labios entreabiertos, jadeando suavemente, los ojos brillantes y cristalinos, su pecho de adolescente desnudo y cubierto de sudor, subiendo y bajando de manera agitada, el cuerpo abandonado, el susurro:

- Quédate cerca…

Hermoso. Frágil. Vulnerable.

Me llevó mucho tiempo conciliar el sueño.