AL ROJO VIVO. BLOG DE JOHNLOCK
25 de enero de 2013. Sobre el volcán.
La enfermedad de Sherlock fue un infierno. Para los dos. Yo ya estaba acostumbrado a sus arrogancias, a sus silencios, a sus cambios de humor, a sus impertinencias. Pero, en aquellas circunstancias, llegaba a ser realmente insoportable. Por el día, cuando se quedaba hecho un guiñapo en la cama, doblado sobre sí mismo, apretando los puños y los dientes por el dolor, sufría con él; cuando acababa mareado en el baño por culpa de los vómitos y la diarrea, sufría con él; pero cuando se ponía agresivo porque arrojaba sobre mí toda su frustración, tenía que respirar hondo y contar hasta diez. Se quejaba amargamente de su inactividad, de que el cuerpo no le respondía, de que la cabeza se le iba a pudrir de no poder pensar. Andaba desquiciado. Si la calentura bajaba, no paraba quieto. No podía concentrarse en nada y eso le trastornaba. Las peleas con mis pacientes de la clínica me parecían ahora una bendición.
Llegué a un acuerdo con Sarah para pasar consulta sólo dos horas. Le preparaba el desayuno, le daba la medicación y salía del piso. Respirar aire fresco me despejaba, pero una parte de mí me reprochaba dejarle solo. Cuando volvía, me podía encontrar cualquier cosa, como aquél día en que, al abrir la puerta, me tropecé con la señora Hudson llorando, había querido ayudar y había salido escaldada.
A los cuatro días del ciclo, la malaria entró en fase de descanso, así que le faltó tiempo para levantarse y ponerse con el ordenador. Ni se enteró de que yo había llegado. No llevaba más que la sábana encima y aquello me exasperó.
- Deberías darte una ducha, Sherlock.
- No.
- No creas que ya ha pasado, esto es sólo una fase. Tienes que aprovechar para comer y reponer fuerzas.
- No, ahora no. Estoy ocupado.
Decidí no hacer caso y rellenar el botiquín y la nevera, pero no pude evitar observarle desde la cocina. Por sus gestos, estaba frustrado. Caí en la cuenta de que, probablemente, acababa de comprobar que Greg no había respondido a los mensajes y por eso tenía esa cara de asombro, no se lo podía creer, no encontraba explicación. Dio un puñetazo en la mesa y la sábana se le cayó a la cintura. Me sacó de quicio. Intenté razonar con él.
- Deja eso ahora.
Me miró como si le acabara de insultar. Me estaba bien empleado.
- Sherlock, tienes que comer algo y…
Volvió a centrar toda su atención en la pantalla, no me estaba escuchando. En otras circunstancias, yo hubiese desistido, hubiese esperado a que se le pasara esa necesidad imperiosa de usar su cerebro, de entretenerse con alguna cosa nueva e interesante, pero algo temblaba ya en mi interior, algo que me pasaba totalmente desapercibido, pero que estaba empezando a despertar.
- Dúchate y vístete. No puedes estar así— le ordené.
No se inmutó, me ignoró por completo. Se había echado hacia atrás, con las manos apoyadas en los labios, las yemas de los dedos unidas, totalmente concentrado en algo, lo que fuera, yo no tenía ninguna gana de averiguarlo. Sólo quería apartar de mí la visión de su torso desnudo, de su piel blanca y lisa, de sus hombros finos y redondeados. Quería alejar de mí aquél territorio prohibido que me escandalizaba.
- Sherlock, soy tu médico. Tienes que comer algo, puedes acabar con anemia por culpa de la malaria.
No hubo respuesta. Se puso a teclear, dios sabe qué…Mi mal humor empeoró. Era como si hubiese saltado un resorte. Sentí la ira circulando a velocidad de vértigo por mis venas.
- Sherlock ¡por dios santo! ¡VÍSTETE O MÉTETE EN LA CAMA!
Conseguí llamar su atención, me miró con ese gesto suyo tan característico de estar analizando algo:
- ¿Qué te pasa, John?
No supe qué responder. Sólo fui consciente de que estaba alterado. Cogí la puerta y me marché.
Así pues, los días eran una guerra, pero yo, secretamente, aguardaba las noches. Eran mi refugio, mi trinchera. Porque, con el crepúsculo, el hombre arrogante e implacable se daba por vencido, agotado y exhausto, de su particular batalla contra la claustrofobia física y mental, acababa derrotado en su estéril rebeldía y así, doblegado al fin, dejaba paso al niño que no quería quedarse solo, que me llamaba para pedirme agua y atenciones en mitad de la noche.
Yo acudía a su lado, le ayudaba a tomar la medicación, lo calmaba, y me quedaba junto a él hasta que bajaba la fiebre, hasta que su rostro se relajaba, hasta que el dolor soltaba las garras de su cuerpo y cesaban los violentos escalofríos.
Sólo sus jadeos, su respiración entrecortada, rompían el silencio. Sólo la tenue luz de la calle, que se filtraba a través de de las cortinas entreabiertas, era testigo de nuestra intimidad. Sólo las miradas bastaban para comunicarnos.
En una de esas vigilias, mientras comprobaba la temperatura con la mano en su frente, hundí mis dedos en su cabello, acariciando inconscientemente la suavidad de sus rizos. Sus ojos, fijos en mí, brillaron con sorpresa, pero fue un instante fugaz, como el destello de una estrella, para cerrar después los párpados, en señal de aceptación:
- Eres bueno conmigo, John— susurró.
Yo sonreí. En mi interior, vibró algo difuso, una sensación alojada en alguna parte recóndita de mi alma, agazapada en algún pliegue oculto de mi piel, escondida en un rincón oscuro de mi mente, algo que no tenía nombre, que no podía ponerse aún en palabras, que apenas se atrevía a formar un pensamiento: daría mi vida por ti.
La recuperación fue lenta y dolorosa, tal y como yo había previsto. Los episodios de dolor y fiebre agudos se intercalaron con periodos de descanso, en los que su comportamiento y actitud empeoraban terriblemente. Yo entendía que aquél encierro, en todos los sentidos, era una tortura para alguien tan activo y dinámico como él, por no hablar de su asombrosa mente, que no podía dejar de funcionar a toda velocidad, pero podía llegar a ser desesperante. Y cuando se paseaba medio desnudo por la casa, me volvía loco. A pesar de todo, con paciencia y mano izquierda, conseguía que se calmara y que pasara algunos ratos tranquilo, leyendo o tocando el violín.
Que llamara a Lestrade, mientras yo estaba en la clínica, era inevitable. Que Greg fingiera completa sorpresa y que jurara que no había recibido ningún mensaje resultó necesario. Tuve que aguantarme la risa cuando Sherlock me lo contó. Un buen tipo, Greg, noble como pocos. Lestrade recibió con gran satisfacción la nota oficial, publicada en todos los diarios y difundida en la tele, en la que se desvelaba la verdad del caso Moriarty y el gran servicio que Sherlock Holmes había hecho a su país y a medio mundo. Yo también estaba agradecido de que se aclararan las cosas, pero preocupado por el posible acoso de la prensa. Sherlock no prestó a aquello la más mínima atención.
Fue un enorme alivio verlo casi restablecido y, sobre todo, verlo comer con apetito, algo totalmente inusual en él. La enfermedad le había dejado desfallecido y, por una vez, sus instintos se impusieron. Su cuerpo necesitaba urgentemente alimento y tenía hambre a todas horas. Eso sí, había que despegarlo del microscopio y dejar que comiera conectado al portátil o al teléfono. Huelga decir que la señora Hudson se esforzó todo lo que pudo. Ella, como yo, le perdonaba todo. Yo creo que siente algo realmente maternal por él.
Me reincorporé a mi trabajo de médico a tiempo completo; pero notaba como un pequeño nudo en la boca del estómago y un cosquilleo en las extremidades: añoraba los días de intrigas y acción y la mera posibilidad de que volvieran me excitaba. Sarah de dio cuenta de que yo seguía teniendo la cabeza en otra parte, así que, cuando se enteró de todo lo relativo a Sherlock, dio por hecho que yo dejaría de pasar consulta tarde o temprano y sentí un súbito cariño por ella.
