10 de febrero de 2013. El caso Rojas.

Con Sherlock reconocido oficialmente con todos los honores y nuevamente nombrado "Sir", Lestrade no tenía obstáculo alguno para pedirle colaboración. Y así fue como llegó el momento que yo esperaba y que Sherlock había pedido insistentemente.

Recibimos la llamada nada más terminar de cenar. Habían encontrado dos cuerpos en la zona de Lambeth, un barrio en el que reside una importante comunidad latinoamericana. Por el camino, Sherlock me fue dando detalles. Las víctimas eran dos sacerdotes católicos, Rafael Rojas, de 37 años y Ricardo López, de 28, párrocos de dos pequeñas iglesias de la zona. Aparentemente, había sido un robo, pero la ferocidad del ataque (los habían acribillado a balazos) y la sospecha de que no podían haberse llevado un gran botín, hicieron desconfiar a Greg. Su instinto le decía que había algo raro tras los asesinatos.

Cuando llegamos al domicilio de Ricardo, Lestrade, Donovan y Anderson habían acordonado la zona y estaban entrevistando a algunos testigos. Nos encontramos los cuerpos tumbados boca arriba sobre el piso, con numerosos impactos de bala. El más joven, de tez más blanca que el otro, tenía los ojos abiertos y la cara llena de sangre. Había salpicaduras por todas partes; en la pared, de color claro, sobresalían unas espantosas manchas rojas y brillantes, frescas, aún chorreando por la superficie, como en una matanza. Todo estaba revuelto, como si hubiesen estado buscando algo. Había ropa y objetos personales desperdigados por el suelo.

- Según la hermana de Ricardo —Lestrade señaló al joven — sólo se han llevado un reproductor de vídeo y un ordenador portátil. ¿Qué opinas, Sherlock?

Mi compañero empezó a examinar los cuerpos, primero les echó un vistazo rápido, luego sacó la lupa y me llamó. Hice una primera exploración, no llevaban muertos ni una hora. Sherlock parecía haber encontrado algo interesante, se le veía concentrado, haciendo comprobaciones. Greg no le quitaba el ojo de encima.

- Gays — soltó.

Lestrade y yo respondimos al mismo tiempo:

- ¿QUÉ?

- ¿Cómo van a ser gays? No van con hábito, pero ¡por dios santo! ¡son dos sacerdotes católicos!— Exclamó el inspector.

Sherlock miró a Greg con aire de superioridad. Yo me preparé para una de sus brillantes y extraordinarias explicaciones. Y ya podía ser buena, porque su afirmación resultaba de lo más chocante.

Sin ninguna emoción en la voz, con aquella manera tan suya de hablar, técnica, fría, implacable, nos ilustró sobre los detalles: el joven tenía las cejas depiladas, el mayor, Rafael, se teñía el pelo y tenía restos de crema cosmética en la frente. Los dos se hacían la manicura─ Lestrade soltó un bufido de exasperación─ por lo que deduje que el inspector también se la hacía. Ambos eran humildes, llevaban ropa muy usada, pero de buena calidad y muy cuidada. El dobladillo de los pantalones, perfectamente planchado, era otra "marca". El joven tenía la barba rasurada a conciencia, como si le fuera la vida en ello, palabras textuales. Por si fuera poco, nos hizo prestar atención a la decoración de la casa, muy "colorista", en su opinión.

Yo no salía de mi asombro.

- Sherlock, no pueden ser gays. Son sacerdotes, ¡católicos! —remarqué—. Eso es incompatible. ¿Estás seguro?

Por la expresión de su cara, no sólo estaba seguro, es que no entendía lo de la incompatibilidad. Pero no contestó, se limitó a acercarse a uno de los cajones abiertos, que colgaba en precario equilibrio de la cómoda y sacó un paquete de preservativos y un tanga muy llamativo, de esos de leopardo. Greg y yo nos tuvimos que callar.

Ya en el depósito, tuvimos ocasión de hacer un reconocimiento más exhaustivo a los cadáveres. Rafael era un hombre sano, fuerte y robusto, bien conservado para su edad, aunque aún era joven. Todo lo más, algo de sobrepeso, localizado en el abdomen. Tres orificios de bala, dos en el pecho, uno de ellos le había atravesado el corazón y la bala había salido por la espalda, el tercero estaba localizado en una rodilla que había quedado totalmente destrozada. Por la forma de los agujeros y por las quemaduras de los bordes, le habían disparado a escasa distancia.

Pero, cuando inspeccioné el cuerpo del más joven, más delgado y de aspecto pálido y enfermizo, además de cuatro balazos, dos en el pecho, uno en el estómago y otro en la frente, descubrí algunos elementos extraños. Lo primero que observé fueron unas manchas muy feas en su piel, de varios tamaños, algunas bastante grandes, de un sospechoso color púrpura y rosado. Me di cuenta de que tenía algunos ganglios inflamados en las axilas y en el cuello. Entonces, me fijé en su boca y la exploré por dentro. Tenía algunas llagas y unas manchas blancas y gruesas en los labios y en la lengua que apuntaban a una candidiasis bucal, algo muy raro. Sherlock me llamó la atención sobre una lesión que presentaba en el dedo corazón de la mano derecha, una quemadura, como de cigarro, ulcerada, que parecía estar tardando en curar. A él le daba la impresión de pérdida de sensibilidad, como si se hubiese quemado fumando, sin darse cuenta.

Todos estos síntomas fueron acercándome a una idea, así que lo acabamos de desnudar. Después de que Sherlock hiciera un comentario sobre la ropa interior que, sí, era muy llamativa, muy "metrosexual", según dijo, comprobé que también tenía los ganglios de la zona genital inflamados y señales de herpes.

- Greg, creo que este hombre tiene sida. Un sida avanzado.

Volvimos a casa en un taxi, como siempre, y discutimos sobre el caso. Sherlock no comprendía que a Lestrade y a mí nos hubiesen sorprendido tanto sus deducciones. Y lo curioso es que, desde su punto de vista, enteramente racional, resultaba irrelevante que fueran o no fueran sacerdotes. Sherlock no acababa de ver la dificultad o, mejor dicho, el prejuicio, el por qué era tan insólito que un sacerdote fuera gay.

- Tú eres católico, John.

- Sí.

- Entonces, ¿puedes explicarme por qué la religión católica es incompatible con ser gay?

- No es la religión católica, Sherlock — yo me sentí incómodo, notaba su desdén, ya sabía que él rechazaba todo lo relativo a la religión, que la consideraba una fantasía, algo ilógico, absurdo —.Todas las religiones rechazan la homosexualidad, la consideran un pecado. Un pecado horrible.

- Nunca entenderé eso del pecado, me parece ridículo.

- No hace falta que lo entiendas, es cuestión de tener o no tener fe.

Me miró intensamente, como si quisiera leerme el pensamiento.

- ¿Tú tienes fe, John?

- A decir verdad, sólo a veces. Si es verdad que Dios existe, no entiendo cómo pueden pasar ciertas cosas en el mundo—Alejé rápidamente de mi mente las imágenes de las cosas espeluznantes, terribles y desgarradoras, que había presenciado en Afganistán.

Cuando llegamos a casa, era muy tarde. Yo seguía durmiendo en el sofá. Era mi manera de recordarle a Sherlock que tenía que seguir con la medicación, que no podía considerarse curado del todo hasta que pasaran unos meses, que podía tener una recaída en cualquier momento. Ahora sé que, en el fondo, no quería renunciar del todo a esos momentos de intimidad que la enfermedad había propiciado entre los dos.

Pasé mala noche, me costó coger el sueño y, en algún momento de aquél intermitente descanso, estuve de nuevo, cara a cara, con el rostro ensangrentado de Sherlock, con su cuerpo yaciendo inerte en la acera, con su piel pálida y fría, con su mirada vacía e inexpresiva. Intentaba llegar a él, pero unas sombras me lo impedían. No podía apartar mis ojos de su figura muerta, pero por más que luchaba no avanzaba, no conseguía acercarme a él y todo mi empeño era tomarle el pulso, tener esperanza. Le veía caer, lo llamaba a gritos, aún a sabiendas de que no me oía. Las sombras se abalanzaban sobre mí y yo contemplaba como él iba convirtiéndose también es un espectro, cada vez más gris, cada vez más difuminado….

Una mano en el hombro me sacó del ataque de pánico. Me encontré súbitamente empapado en sudor, presa de la angustia, el corazón me latía desesperadamente, como si quisiera salirse de mi pecho, la adrenalina corría por mis venas, con todos mis sentidos en alerta, jadeaba como si hubiese corrido durante horas. Sherlock estaba a mi lado, mirándome asustado:

- John, ¿estás bien?

Era él quien me había despertado. Me lo quedé mirando con ansia, acaricié su rostro con mis manos, temeroso aún de que no fuera real. Él se extrañó, pero no dijo nada. Intenté volver en mí, controlando mi respiración, tratando de tranquilizarme.

- Sí, he tenido una pesadilla. Siento haberte sacado de la cama.

- ¿Qué era?

- Nada, no tiene importancia.

- Estabas llamándome a gritos.

- Lo siento. Es que…—desistí de mentirle—He soñado contigo. Creí que estabas muerto. He vuelto a verte, allí, en la acera del hospital. Ha debido ser la impresión de ver a ese muchacho, el que han matado hoy.

- Estoy aquí, John —susurró y su voz grave me pareció teñida de ternura. Se levantó y se fue hacia la cocina— ¿Quieres un té?

- ¿Vas a preparar té? ¿Tú? ¿A estas horas?

- ¿Y por qué no? —Le miré atónito. Estaba despejado, como a plena luz del día, como si todo fuera normal.

Me pasé las manos por la cara. Respiré profundamente aliviado, mi pulso se estaba estabilizando y la presión del pecho había aflojado. Me dejé caer sobre el brazo del sofá. Pero aún tenía el miedo impreso en el cuerpo, no podía dejar de contemplarle. Cuando se acercó con la taza en la mano, un recuerdo más agradable me vino a la mente.

- No estará drogado.

- ¿El qué?— frunció el ceño.

- El té.

- ¿Por qué iba a estar drogado?

- La última vez que me hiciste un café me pusiste azúcar pensando que era un potente alucinógeno.

La cara que puso me compensó todo el malestar. Se quedó mirándome todo ofendido.

- Es una broma, Sherlock. No pienso de verdad que le hayas puesto nada al té.

- Ahora que lo dices, hace mucho que no hago experimentos contigo.

Me eché a reír.

11 de febrero de 2013. El rompecabezas.

Tuve que pasarme por el hospital. Estaba decidido a dejar mi trabajo de médico y a dedicarme a colaborar con Sherlock y con Scotland Yard, pero no me parecía prudente aún despedirme del todo, así que le conté a Sarah que estaba cansado y que me tomaba unas vacaciones. Ella no se creyó nada de lo que le dije.

- ¿Has vuelto con él?— Estaba enfadada. Tenía la frente arrugada y un brillo duro en los ojos.

- Sí.

- Ya sabía que esto iba a pasar —Hizo una mueca de disgusto—John, aquí tienes un buen trabajo, un trabajo estable. Debe ser muy emocionante ir por ahí, corriendo aventuras con Sherlock Holmes, persiguiendo criminales y todo eso; pero aquí tienes un futuro —Yo la escuchaba educadamente, un tanto molesto por el tono airado de su voz y su expresión de fastidio—Además, no esperes que se te acerque una mujer mientras estés con él.

Eso me dejó fuera de juego:

- ¿Qué quieres decir?

- ¿Aún me lo preguntas?

- Sí, claro que te lo pregunto—Estaba haciéndome una idea de lo que quería decir y ahora era yo el que se estaba cabreando.

- Todo el mundo piensa que sois pareja, John

- Oh, vamos, eso no son más que habladurías de los periódicos, Sarah, ¿no creerás….?—Otra vez, la misma historia, era exasperante.

- Vosotros sabréis si son chismorreos o no—Firmó el papel y me lo pasó, de malas maneras.

No iba a dejar que me amargara el día, pero lo cierto es que me dejó mal sabor de boca. Había salido con ella, habíamos dormido juntos, era la última persona de la que me esperaba un golpe bajo como ése. Increíble. Humillante. Pero me había firmado el parte. Podía irse al infierno. Yo tenía ahora un mes por delante, un caso extraño y a mi compañero en casa. Hice unas compras por el camino.

Cuando entré en el apartamento, Sherlock estaba literalmente "conectado" al portátil y, por su cara de concentración, me pareció que ya estaba haciendo cábalas sobre el caso. Dejé las bolsas en la mesa de la cocina y abrí la nevera. Y, entonces, oí los jadeos. Me quedé pegado a la bandeja de las bebidas. Eran gemidos, gemidos de placer, entremezclados con las palabras espesas y excitadas del sexo. La botella de leche se agitó entre mis manos.

- ¿Estás….? ¿Estás viendo vídeos… porno?

Le miré, estupefacto. Él seguía observando la pantalla, sin mover una ceja, sin pestañear, con las manos unidas y apoyadas en sus labios, los ojos entrecerrados, analizando, como si fuera el apareamiento de la mosca de la fruta o algo así, como cuando disecciona bacterias bajo el microscopio. No me atreví a acercarme, a romper su meditación, pero escuché con un poco más de atención y se me erizaron los pelos de la nuca: los gemidos, los susurros y las palabras soeces eran masculinos, todos. El envase se me escurrió de las manos. El sonido del cristal haciéndose añicos sobre el suelo de la cocina y la humedad en el bajo de los pantalones me hicieron reaccionar, pero me temblaba todo el cuerpo.

- Sherlock…¿Estás viendo porno gay?

No me contestó. Ni siquiera me oía. Ni siquiera se había enterado de que se había roto la botella. Un súbito arrebato de ira me subió por la cara, ahora tenía que limpiar el suelo y seguir escuchando obscenidades. Era mucho mejor abrir el refrigerador y encontrarme una cabeza cortada, definitivamente. Pasé la fregona como pude y a punto estuve de tirar también el cubo y encharcar el suelo. Tuve que hiperventilar, agaché la cabeza y apoyé las manos en las rodillas, me palpitaba una vena en la sien. No era fácil concentrarse en recoger todo aquello y en vaciar las bolsas mientras uno oía cosas como "fóllame", "qué rico" "sigue así", aderezado por toda clase de ruidos sudorosos y jadeantes. No sabía si estaba más indignado o más sorprendido. No me explicaba ese repentino interés. ¿Era parte de su manera de enfocar el caso? ¿Estaba haciendo averiguaciones? Él parecía una estatua de sal, inmóvil. Inútil preguntar. Me apresuré a terminar cuanto antes. No aguantaba ni un segundo más. Cuando ya estaba a punto de salir por la puerta, a los cuarenta minutos aproximadamente, se percató de que estaba allí.

- ¿Dónde vas?

- ¡A la calle! —grité —Necesito que me dé el aire.

Di cuatro vueltas a la manzana, no acaba de entender qué me ponía tan frenético, pero estaba fuera de mis casillas. Volví con los nervios a flor de piel, rezando para que hubiese cambiado de actividad. Tuve suerte, cuando entré en el salón seguía con el ordenador, pero ya no se oía nada malsonante y jugueteaba con un teléfono móvil. La llamada de Lestrade rompió la tensión.

Cuando llegamos a la comisaría, vi a Greg nervioso, pasándose las manos por la cabeza, con cara de preocupación. Pronto supimos por qué.

El resultado de las entrevistas a familiares y testigos no sólo no daba pistas, sino que desconcertaba aún más: un sobrino le había pedido al mayor que oficiara un bautizo y, cuando le dijo que era en febrero, Rafael le contestó que "para esa época no estaba disponible" y eso no era todo, al parecer, había estado rogando a sus allegados que rezaran por él. El más joven, en la semana anterior a su muerte, había pasado el poco dinero que tenía y unas acciones a su madre. Y yo tenía razón, estaba enfermo de sida. También habían averiguado, a través del banco, que el mayor había sacado unas dos mil quinientas libras esterlinas de su cuenta tres días antes de los asesinatos. Tal vez ésa era la razón del crimen, pero lo que no acababa de encajar era el testimonio de varios feligreses que afirmaban que los dos párrocos habían cancelado expresamente todos sus compromisos para después del día diez de febrero, es decir, la fecha de su muerte, como si ya conocieran el fatal desenlace.

Sherlock me dejó boquiabierto con sus noticias, como siempre. El teléfono móvil era el del más joven, el de Rafael no lo habían encontrado. Yo comenté que tal vez no tuviera ninguno, pero mi compañero lo afirmó rotundamente, su número estaba en el móvil de Ricardo. Sherlock había triangulado la señal del teléfono por satélite y había descubierto varias cosas: que el teléfono había estado en una zona de Escocia en las dos semanas anteriores, durante varios días, y que dos números resultaban sospechosos, el de un tal Mario Millán, nombre que le recordaba a un viejo conocido de la policía, un estafador de poca monta, y el de un tipo llamado Ricky Montana, del que constaba un mensaje amenazante por el pago de una deuda.

Aprovechando los medios y las bases de datos de la oficina de Scotland Yard, comprobamos que Ricardo había estado, efectivamente, en Escocia, concretamente, en Edimburgo, Inverness y en la isla de Lewis, en Callanish Stones. Donovan saltó como una escopeta al oír el último nombre.

- Parece que tenemos otra parejita friki— dijo con sorna.

Greg se me adelantó.

- ¿Por qué dices eso?

- Bueno, Callanish Stones es un círculo de piedras, más antiguo que Stonehenge, dicen. Es famoso porque las parejas van allí a jurarse amor eterno.

Sherlock la observó con interés. Ella nos miró de arriba abajo, con una sonrisilla que me resultó de lo más desagradable.

Lestrade se derrumbó en el sillón, parecía cansado:

- Esto se está complicando. Escuchadme bien —dijo, dirigiéndose a Sherlock y a mí —Ni una palabra de esto a nadie. Hay que evitar a toda costa cualquier filtración a la prensa.

- ¿Por qué? ¿Qué tiene este caso de especial? —Preguntó Sherlock. Siempre en su mundo. A veces, es de lo más inocente. El inspector entró al trapo.

- ¿Por qué? Porque toda la comunidad latina y las familias se nos pueden echar encima si hacemos la más mínima sugerencia de que las víctimas eran gays, Sherlock. Puede ser un escándalo mayúsculo.

- No entiendo qué tiene eso de particular.

- Déjalo, Sherlock —Intervine—Ya te daré más explicaciones.

- A ver qué le digo a la hermana de Rafael….—Greg me echó una mirada desoladora. No quise estar en su pellejo.