AL ROJO VIVO. BLOG DE JOHNLOCK
12 de febrero de 2013. Atomic.
Me levanté tarde. El día anterior había sido muy agitado y nos habíamos acostado a las tantas. Había intentado explicarle a Sherlock los prejuicios que, en general, había sobre la homosexualidad y que, sobre todo en algunas partes, tenían que ver con la religión, aunque no necesariamente. No era un tema lógico, ni científico, ni nada por el estilo, así que sabía que tenía la batalla perdida, pero he de decir en su favor que puso atención a mis comentarios y concluimos que, aunque en nuestro país había un alto grado de tolerancia y comprensión, no era así ni en otras partes del mundo ni para la mayoría de la gente.
Me lo encontré, en bata y pijama, en su sillón, ensimismado, perdido en sus elucubraciones. Eso explicaba que no me hubiese despertado a pesar de tenerlo en el salón. Desayuné, sin interrumpirlo y, cuando salí de la ducha, se decidió a hablar:
- Lestrade está investigando al estafador.
- ¿Algo interesante?
- Aún no lo sabemos. La última vez que lo detuvieron llevaba un arma corta, pero no coincide con las pruebas de balística. Los mataron con una pistola, una beretta semiautomática.
- ¿Semiautomática? No puede ser, eso hubiera dado tiempo a las víctimas. Les dispararon siete veces. Al menos uno de ellos hubiera podido huir.
- Tal vez alguien los retenía, John, y no tenemos por qué suponer que sólo fue un atacante, aunque sólo haya un arma implicada.
- No, eso es cierto.
Vimos la noticia en la televisión. Había sido un robo, la versión oficial y por el momento la única. Para hacerlo más creíble, aumentaron la lista de objetos robados. Vimos a la madre de Ricardo y a la hermana de Rafael llorando desconsoladas. Salieron varios feligreses elogiando la labor de los sacerdotes, muy queridos por la comunidad, hacían labores de caridad y ayudaban a todo el que podían. Se me hizo un nudo en la garganta. Sherlock miraba la pantalla sin ver, seguía pensativo, se pasaba los dedos por los labios.
- ¿Y si fue por venganza?— comentó.
- ¿El tipo ése? ¿Cómo se llamaba? ¿Ricky? ¿El que dejó un mensaje amenazante?
- Sí. Ricardo le debía dinero. Y no sólo eso. Es el dueño de una discoteca.
- ¿Y? —pregunté.
- Una discoteca gay, John.
- Ah —Yo no veía a dónde quería llegar.
- Pudo ser por la deuda, pero ¿y si tiene que ver con el sida? ¿y si Ricardo contagió a alguien y ese alguien se ha querido vengar y lo de Rafael fue simplemente porque estaba con él en ese momento?
- Mm… Puede ser, sí.
- Esta noche vamos a ir allí, a ver qué podemos averiguar.
- ¿Qué? —Me quedé de una pieza, estaba loco si pensaba que me iba a meter en una discoteca de ambiente— No, no, Sherlock, ni hablar. Que se encargue Lestrade.
- ¿Qué te pasa?
- ¿Que qué me pasa? Sólo falta que nos vean en una discoteca gay, ya no habrá manera de parar las habladurías.
- No entiendo por qué te molesta.
- Es igual. No pienso ir—dije tajantemente.
- Muy bien. Entonces, iré solo.
Eso era mucho peor. Me ponía entre la espada y la pared. No estaba dispuesto a dejarle correr con todos los riesgos.
- Está bien. Tú ganas.
Sonrió complacido, la misma sonrisa que se dibuja en la cara de un niño de ocho años al que le acaban de dar un juguete nuevo. En lo que a mí respecta, siempre se sale con la suya.
Aparecimos a las diez en la discoteca, estaba en una de las zonas más pijas de Londres, lo cual me sorprendió. Yo esperaba que ese tipo de sitios estuviera en los suburbios, en algún lugar del extrarradio, pero no, me equivoqué. Tenía unas enormes letras luminosas, "Rickys", con los colores del arco iris, muy apropiado, pensé, nadie puede llevarse a engaño. Por si fuera poco, los dos matones de la puerta tenían una pinta de lo más estrafalario, iban medio desnudos, no llevaban puesto más que un pantalón de cuero negro y un chaleco del mismo material, luciendo músculos y tatuajes, y unos pendientes enormes en las orejas que hicieron que me acordara de Connie Prince. Por un momento, creí que iba a ser divertido. No tenía ni idea de lo que se avecinaba. Desde fuera, se oía una música atronadora.
Antes de que me diera cuenta, Sherlock ya había entrado. Admiro su valor, pero su imprudencia puede ser aterradora, tuve que ir detrás de él. La oscuridad me cegó en un primer momento. Sonaba "Atomic" de Blondie, a todo volumen. La discoteca estaba a rebosar y noté cierta tensión en el ambiente, algo fuerte y agresivo, una concentración explosiva de testosterona que no había experimentado ni en el frente de batalla. Eché un vistazo a mi alrededor, sólo había hombres, hombres de diferentes edades, de todos los colores, con toda clase de vestimentas, algunas realmente extravagantes como las de los porteros. Me pareció distinguir a un par de mujeres, pero no eran más que muchachos maquillados y con el pelo teñido de colores chillones.
Sherlock se abría camino hacia la barra, con paso decidido, con el cuello del abrigo levantado y las manos en los bolsillos. Llamaba la atención, muchas miradas estaban fijas en él. Tuve que apartar a empujones a unos cuantos tipos que bailaban en la pista para alcanzarle. De pronto, cuando me quedaba poco para llegar a él, Sherlock se paró en seco. Un tipo alto, rubio, fornido, con una camiseta de tirantes, le había interceptado el paso y lo miraba sin pestañear. El individuo se pasó la lengua por los labios y movió las caderas. Sherlock tenía los labios apretados, contrariado, y estaba claro que no entendía el lenguaje corporal de aquel sujeto. El fulano se inclinó hacia él, como para decirle algo al oído, y tuvo la osadía de cogerle del brazo. Sherlock lo apartó bruscamente. Temí que se iniciara una pelea y me pegué a mi compañero.
- Está conmigo— exclamé.
El tipo me miró despectivamente de arriba abajo y luego volvió a echarle el ojo a Sherlock. Entendí perfectamente que yo le parecía poca cosa para el detective consultor, pero se alejó. Mi compañero se dio cuenta entonces de que yo había aparecido:
- ¿Dónde estabas?—me preguntó.
No me molesté en contestar, sólo pude hacer un gesto de resignación. A duras penas, logramos avanzar. Parecíamos haber despertado mucha curiosidad. Encontraban a Sherlock muy atractivo, porque el tipo de la camiseta no fue el único que se le insinuó, aunque ya era sólo con las miradas, guardando distancias. Sólo yo me percataba de ellas, él permanecía ajeno a todo el interés que bullía a su alrededor.
Ya en el mostrador, Sherlock sacó la tarjeta de Scotland Yard y, sin más preámbulos, preguntó por el tal Ricky a un chico que no tendría ni veinte años. Me quedé pasmado al ver que llevaba los labios pintados y máscara en las pestañas. Se me estaba revolviendo el estómago. Al menos, el tal Ricky apareció. Era un individuo de unos cuarenta años, rechoncho y medio calvo. Parecía de lo más normal. Sherlock sacó las fotos de las víctimas.
La música nos obligó a hablar a gritos, pero logramos interrogarlo. Su actitud fue colaboradora, a pesar del tono durísimo que Sherlock empleó con él puesto que sospechaba que podía ser el asesino. Pero la manera en que contestó a las preguntas nos hizo cambiar de idea. Sólo ver la cara que puso cuando le dije que estaban muertos fue muy elocuente. Lo que descubrimos fue impactante. Los dos párrocos eran clientes habituales de aquel antro, al que iban casi todos los fines de semana. Se negaba a creer que fueran sacerdotes, así que era evidente que llevaban una doble vida. Estaba convencido de que Ricardo no tenía ningún amante y afirmó rotundamente que los dos religiosos eran pareja desde hacía varios años, aunque, por lo que él sabía, no vivían juntos para guardar las apariencias. Cuando le acusé de la amenaza que había dejado a Ricardo en su teléfono móvil, sacó una factura. Era cierto, desde hacía meses le debía el dinero de varias prendas que le había traído por encargo del continente. Juró y juró que lo de la amenaza no era más que un intento de presionarle para que le pagara y me pareció sincero.
Satisfechos con la información obtenida, aunque sin descartarlo como sospechoso del todo, lo dejamos con su tarea. Cuando nos dimos la vuelta desde el mostrador, con la intención de salir de aquel tugurio, percibí el ambiente mucho más enrarecido. El local estaba aún más lleno. Había más hombres bailando en la pista, la música estaba insoportablemente alta, el humo del tabaco y, dios sabe qué más, espesaba la atmósfera y el nivel de testosterona había alcanzado un nivel realmente alarmante. El ritual de depredadores y presas buscándose en celo impregnaba el aire.
Nos movimos con dificultad hacia la salida, abriendo hueco entre la masa de cuerpos sudorosos, esquivando las miradas descaradas y provocadoras, hasta que el tío de los tirantes volvió a aparecer acompañado de dos mamarrachos vestidos de motoristas. Se notaba de lejos que tenían ganas de pelea, apreté los puños y las mandíbulas. Oí perfectamente cómo el de la camiseta le decía a Sherlock:
- Eres demasiado bonito para estar con ése.
Mi compañero se quedó mirando al tipo fijamente, de manera orgullosa y desafiante. Vi por el rabillo del ojo cómo en la cara de Sherlock se dibujaba una media sonrisa, como si fuera un niño maquinando una travesura. Yo estaba dispuesto a liarme a puñetazos con quien se me pusiera por delante.
No tuve tiempo de reaccionar, estaba en tensión, preparado para cualquier cosa, pero no para eso. Sherlock se inclinó hacia mí y, antes de que yo pudiera percatarme de sus intenciones, me besó. En los labios. Fue un simple roce, una caricia, suave y ligeramente húmeda. Me quedé aturdido y le miré estupefacto, completamente anonadado. Él seguía sonriendo satisfecho. Me cogió de la mano y tiró de mí hasta que mis piernas se despegaron del suelo.
El imbécil de la camiseta pareció entender el mensaje y él y sus dos gallitos de poca monta se apartaron. Pero el mal ya estaba hecho. Sherlock se dirigía a grandes zancadas hacia la salida del garito arrastrándome de la mano con él, mientras yo, a cada paso, sentía que la sangre me hervía en las venas, que una bestia acababa de despertar en mi pecho, que un deseo desconocido y enloquecedor me cegaba.
El frío de la calle hizo más patente que yo estaba ardiendo, seguíamos cogidos de la mano, me miró divertido, a punto de echarse a reír. Y todo explotó por los aires. Le empujé con todas mis fuerzas contra el muro de ladrillo del local, pillándolo por sorpresa, y lo besé apasionadamente, dominado por una furia salvaje. Intenté desesperadamente que abriera sus labios hasta que, ante la brutalidad del ataque, cedió. El animal en el que me había convertido lo agarraba ferozmente de la nuca y del cuello del abrigo, reclamando su boca violentamente, poseyéndolo. Todo el deseo reprimido, todas las negaciones, todas las tentaciones castradas, estallaron de una sola vez, con la potencia destructora de una bomba.
Pero en algún rincón de mi cerebro aún quedaba algo de cordura y sentí su cuerpo rígido entre mis manos, la tensión de su piel bajo la ropa, el rechazo físico. Volví en mí y me aparté, aún confuso, aún con la bestia corriendo en mi sangre. Pero su mirada me estrelló de golpe contra la realidad. Estaba apoyado en la pared, respirando agitadamente, su pecho subía y bajaba, con la sorpresa y la incomprensión pintadas en su cara y un brillo, como de dolor, en los ojos. Fue como si me atravesara con un cuchillo. Me separé varios pasos de él, notando cómo me iba quedando helado y entumecido por momentos.
Sherlock miró al suelo, como avergonzado. Yo no podía hablar, no podía moverme. Así que, cuando echó a caminar calle arriba, sin mirar atrás, sólo pude observar cómo se alejaba. Le vi acelerar el paso, buscando un taxi. Empezó a llover.
No recuerdo cuanto tiempo estuve mirando la calle por la que él se había marchado, como si su sombra aún estuviese cerca. Acabé sentado en el suelo, empapándome, con la cabeza apoyada en las rodillas. Una vez consciente, una vez recuperado el sentido, no podía entender lo que había ocurrido, por qué había sido capaz de hacer una cosa así. Cómo era posible que yo, conociéndole como le conocía, hubiese cometido semejante error. Cómo había podido tomar su beso en la discoteca como una provocación o como una invitación, cuando no había sido otra cosa que una de sus chiquilladas, uno de sus juegos, cuando yo sabía mejor que nadie lo torpe e inocente que podía llegar a ser con ciertas cosas. Cómo había caído yo en semejante trampa.
En el por qué no quise pensar, pero ya no podía seguir mintiéndome, acaba de sentir por él una atracción voraz que me había abrasado. Pero no era el momento, otro pensamiento devastador me carcomía las entrañas y me ofuscaba la mente: qué iba a pasar, qué pensaría ahora él de mí, si estaría furioso, si querría dejar de ser mi amigo. No podía soportar la idea de que me rechazara, de que no quisiera saber más de mí. Me quedé tirado en la acera, dejando que las dudas me desgarraran.
No tenía valor para volver al piso, ni fuerzas. Sólo quería que me tragase la tierra, desparecer; pero no tenía dónde ir y estaba tiritando de frío, calado hasta los huesos. Acabé metiéndome en un bar de mala muerte. Me bebería unas cuantas copas, las suficientes como para calmarme, como para atontar el sufrimiento, y me iría a casa tarde, cuando él ya estuviese dormido, entraría en mi casa como lo que era, un traidor.
No tengo costumbre de beber, así que me costó acertar con la llave en la cerradura, pero me despejé rápido en cuanto llegué al descansillo, la luz del salón estaba encendida. Me fui derecho a la escalera, camino de mi habitación, tratando de no hacer ruido, pero fue inútil:
- ¿John?
Estaba sentado en su sillón, totalmente vestido y, a juzgar por el olor, había estado fumando. Parecía concentrado en sus pensamientos, mirando hacia la cocina, como si yo no estuviese allí. Yo no quería pasar por ese trago, pero tenía que afrontarlo, crucé el umbral y me acerqué a él.
- Sherlock…yo…—tuve que esforzarme para que no me temblara la voz, bastante tenía con que me temblaran las manos—Lo siento, no sé qué ha pasado, no quería…yo siento mucho lo que he hecho, no …
- ¿Vas a marcharte? —seguía sin mirarme.
- ¿Qué?
- ¿Vas a irte, John?
Fue como si acabara de pisar una mina.
- ¿Tú quieres que me vaya?
- No
Súbitamente, volví a respirar.
- ¿Quieres que me quede?
- Sí, John— susurró y entonces se volvió hacia mí, mirándome a los ojos. En los suyos había una preocupación que me estremeció el alma.
- Si tú quieres, me quedo. Me quedo contigo.
Volvió a girar la cabeza con la mirada perdida frente a él, con las manos unidas y apoyadas en sus labios, esos labios que yo había besado sin permiso.
- Buenas noches, John.
Subí a la habitación arrastrando los pies como si llevara a cuestas un cargamento de plomo. Me tiré sobre la cama, sin ni siquiera deshacerla. El alcohol enturbiaba mis sentidos, aflojaba mis miembros, pero dentro de mí había una herida abierta y lacerante. Me había asomado al abismo, me había situado al borde del precipicio, a punto de caer. Ya le había perdido una vez y la idea de perderle de nuevo era insufrible. La herida escocía y supuraba angustia a borbotones.
Di muchas vueltas en la cama a su pregunta, a su temor manifiesto a que yo me marchara, algo a lo que me agarré desesperadamente. Yo no podía saber qué le estaba pasando por la cabeza, pero, al menos, él no estaba tan dolido, tan enfadado conmigo como para querer perderme de vista. Había una luz en la negra oscuridad.
Pero estaba aquel deseo inexplicable, aquella fuerza que me arrastraba hacia él contra mi voluntad, hasta el extremo de haber dinamitado mi cordura, mi prudencia, mi templanza. No lo entendía. O no quería entenderlo. Yo no era homosexual ¡por dios santo! Había convivido con otros hombres muy de cerca, días, semanas, meses, atrincherados sin salir de la base, compartiendo comidas, guardias, sufrimiento, tensión y duchas. Había presenciado, incluso, escarceos entre algunos de ellos, como cuando descubrí al sargento Wood restregándose contra el capitán Fisher detrás de un blindado. No me sorprendió, pero me produjo cierta repulsión. Que me ocurriera algo así ahora era inconcebible. Pero estaba ahí y ya no podía negarlo, me perdía en sus ojos, deseaba su boca, anhelaba su piel, admiraba sus manos.
Sí, había admiración, una enorme admiración. Desde el principio, había sentido un cosquilleo en el estómago, un escalofrío de fascinación que me había hecho apegarme a él. Y no sólo era eso. A medida que había ido conociéndole mejor, había crecido en mí el instinto de protección, porque ese hombre extraordinario, arrogante, que se sentía superior en inteligencia a todos, y con razón, tenía un lado frágil. Poseía cualidades únicas, pero esos talentos superdotados tenían su precio. Y me necesitaba. Precisaba de alguien que lo ayudara, que lo guiara en sus carencias y yo le adoraba por eso, porque le complementaba, porque sacaba lo mejor de mí. Porque él era el cerebro pero yo era el corazón. Poco a poco, al apego se unió la ternura, cuando descubrí ese lado infantil e inocente, cuando comprendí que aunque en algunos momentos llegara a parecer frío e inhumano, que por más que dijera racionalmente una cosa, sus actos le contradecían, hablaban de un modo enteramente diferente, mostraban a alguien bueno y capaz de amar, aunque él mismo no lo entendiera.
Así, fui sumando, analizando despacio todo lo que él producía en mí, todo lo que me unía a él, iluminado en mitad de la noche por ese deseo suyo de que permaneciera a su lado. Nadie provocaba en mí tantas emociones ni tan intensas. Qué tenía que ver eso con ser o no ser gay, era Sherlock ¿no? Alguien único, alguien que no es de este mundo. Y yo me moría por él. Sólo el agotamiento me hizo dormir, agobiado por el arrepentimiento, acalorado por la vergüenza de haberle fallado, pero aliviado por una tibia esperanza, dispuesto a coger aquél deseo perturbador y arrinconarlo, domarlo, asfixiarlo, tapiarlo donde fuera para que no le hiciera daño, para que no nos hiciera daño, para que no rompiera lo que habíamos construido.
