AL ROJO VIVO. BLOG DE JOHNLOCK
17 de febrero de 2013. La quemadura.
Los días siguientes fueron muy difíciles, los más difíciles que recuerdo con Sherlock. Estuve muchas veces tentado de quedarme en mi habitación, pero eso sólo hubiera servido para añadir más frío y desolación, para agrandar la brecha, así que decidí actuar como si nada hubiese ocurrido, pasando la mayor parte del tiempo en la cocina y en el salón, en ese territorio que compartíamos, aunque él pareciera una pantera enjaulada y yo me sintiera tan solo y abandonado como haciendo una guardia en el desierto.
En seguida me di cuenta de que me evitaba, de que procuraba hacer las comidas, o lo que deberían haber sido las comidas porque no probaba bocado, a deshoras, para no coincidir conmigo. Se pasaba el día con la mirada perdida, encerrado en su mente, cosa habitual en él, pero no de manera tan prolongada, no con ese enclaustramiento tan extremo. Todo lo más, se colocaba frente a la ventana y tocaba en el violín melodías tristes y melancólicas o metía el cerebro en el ordenador, tecleando compulsivamente o bramando fuera de sí porque se quedaba sin conexión o el programa se atascaba. Yo leía el periódico en el sofá o retomaba mi novela de Truman Capote, pero no me concentraba, no me enteraba de nada, porque no podía dejar de observarle por el rabillo del ojo, mientras la culpa me traspasaba como la metralla de un proyectil.
La cuerda estaba cada vez más tirante. Sherlock llamó a Lestrade. El inspector trataba de localizar al estafador, la única pista que nos quedaba, pero era difícil, había cambiado varias veces de nombre y estaba limpio, con su condena cumplida y sin nuevos cargos contra él. Mi compañero decidió pasarse por Scotland Yard dando por hecho que su inteligencia superior aceleraría las cosas. Se limitó a comentármelo, como si fuera algo mortalmente aburrido, y se marchó sin pedirme que lo acompañara, dejándome sumido en la desesperación. Yo ya no podía más, no aguantaba más tiempo la situación y no sabía cómo darle la vuelta, cómo llegar a él. No se me ocurrió otra cosa que subir a mi habitación y coger el manual de psicología que había comprado tiempo atrás, a ver si encontraba alguna pista en el análisis del síndrome de asperger.
La señora Hudson me interrumpió la lectura, apurada porque el enchufe de la lavadora le daba problemas. Fue muy gratificante ayudarla y ver su alivio cuando el trasto volvió a funcionar, pero yo me fui a hacer la compra olvidándome por completo del libro, que se quedó abierto sobre el sofá. Cuando volví, Sherlock estaba sentado en su sillón, como agarrotado, tieso, demasiado erguido y, entonces, vi que tenía el manual en las manos. Tuve que apoyarme en la pared y dejar las bolsas en el suelo. Se volvió hacía mí, los ojos celestes refulgían con el brillo del acero, tenía el ceño fruncido y las mandíbulas apretadas. Estaba furioso.
- ¿Es esto lo que me pasa? ¿Esto es lo que me hace distinto? — exclamó alterado.
Me acerqué con cautela hasta él.
- Sherlock… esto no es más que un libro de psicología, yo tengo algunos conocimientos, sólo estaba ojeándolo…
- ¿POR QUÉ? — gritó. Me miraba como si estuviera a punto de saltar sobre mí. Me sentí empapado en un sudor frío.
- No tiene importancia —dije, tratando que se calmara.
- ¿No? Y esto ¿qué es?, cociente intelectual superior a la media, exceso de atención en los detalles, perfeccionismo—hablaba muy deprisa, como escupiendo las palabras— dificultad para las relaciones sociales, interpretación literal del lenguaje, incomprensión del lenguaje no verbal ¿qué demonios es el lenguaje no verbal? Interpretación disminuida de los sentimientos propios o ajenos…—se paró en seco y me miró a los ojos, la nube de ira enturbiaba su mirada, pero pude ver trazos de dolor en ella.
- Esto es…—tragué saliva— es algo teórico, no tiene por qué aplicarse a ti…
- Es un síndrome ¿no? Una enfermedad.
- No, Sherlock, no se sabe bien qué es, no es una enfermedad
- ¡Es lo que dice aquí!
- No, no….Algunos opinan que es una enfermedad, pero, en realidad, es sólo una manera de ser… diferente.
- ¿Cómo de diferente? —sus ojos echaban chispas.
- Eres muy inteligente, tu mente está muy por encima del resto, pero en otros aspectos puedes tener… dificultades —Estaba caminando por la cuerda floja.
- ¿Por qué? ¿Porque no tengo sentimientos?— chilló ofendido.
- Yo no he dicho eso, Sherlock—todas mis alarmas se dispararon—sólo he hablado de que haces las cosas de otra manera, eso es todo.
- ¿Es porque soy virgen?—saltó.
Me quedé clavado en el sitio. Yo había pensado en eso, había considerado aquello como un verdadero síntoma, más aún después del caso de Irene Adler.
- Escúchame bien, Sherlock. A nadie le importa si eres virgen o no o si aciertas más o menos a la hora de entender a los demás, lo que sea. Tienes derecho a vivir tu vida como te dé la gana, no tienes por qué ser como el resto de la gente ¡yo no hago lo que hace todo el mundo! Tienes derecho a ser como quieras ¿entiendes?, tienes derecho a hacer lo te parezca, a ser feliz a tu manera.
Eso pareció calmarle, aún tenía el libro temblando en su regazo, pero se echó hacia atrás y se recostó en el sillón.
- Y sí…. Y si…—susurró, tan bajo que me costó oírle —nunca he podido confiar de verdad en nadie y si…sé que no me van a aceptar…El libro lo dice, habla del rechazo…
Sentí una piedra en el estómago. Me había contado algunas cosas de su infancia y de su adolescencia, como si no fueran con él, pero que eran terribles, experiencias que me hicieron comprender su afán de estar solo. Nadie, ni siquiera su familia se había dado cuenta de que era tan extraordinario como frágil.
- Nadie tiene derecho a juzgarte, Sherlock. Si tú te sientes bien, eso es lo que importa. Eres especial, excepcional. Yo te ….—un súbito sofoco me subió por la cara —aprecio tal y como eres. Y te conozco bien.
Me miró fijamente:
- ¿Al cien por cien?— su voz sonaba totalmente tranquila ahora.
- Sí. Y no es cierto que no tengas sentimientos. Lo que dice el manual es muy general, tú… Tú eres único.
Parecía que la tormenta había pasado, juntó sus manos y apoyó los dedos en los labios, pensativo.
- ¿Desde cuándo lo sabes?
- ¿El qué?
- Esto —dijo, señalando el libro.
- ¿Eso qué importa?
- ¿DESDE CUÁNDO?—gritó, se había vuelto a exaltar, yo ya no sabía qué hacer.
- Desde hace bastante tiempo, empecé a pensar en ello cuando Moriarty se dedicó a poner explosivos a la gente.
- ¿Todo este tiempo?—su grave voz había vuelto a ser pacífica.
- Sí—respondí, con el pecho oprimido por un bloque de cemento.
La llamada de Lestrade cortó la tensión, como cuando el filo del diamante penetra en el cristal. Scoltland Yard ya tenía localizado al estafador, se trataba de Manuel Salinas. Sherlock se levantó de golpe del sillón y voló a ponerse el abrigo y la bufanda. Yo le seguí con la mirada hasta que le oí decir:
- ¡Vamos, John!
Me faltó tiempo para correr detrás de él.
Fuimos hasta un pequeño locutorio en el sur de Londres. Había carteles en español y banderas de varios países de Latinoamérica. Sherlock se subió el cuello del abrigo y entró como una tromba. Tras el mostrador, nos saludó un hombre de unos treinta años, delgado, de pelo negro, ojos castaños, tez morena y aspecto agradable, era nuestro estafador. Mi compañero sacó de nuevo las fotos de los dos sacerdotes asesinados y preguntó si los conocía, si alguna vez habían estado allí. El hombre lo negó categóricamente, con tanto énfasis que me pareció que estaba mintiendo. Sherlock insistió, diciendo que le parecía raro que no los identificara, siendo dos párrocos muy conocidos de la comunidad latina de Londres. Le freímos a preguntas, intentado pillarle en alguna contradicción, pero no conseguimos sacarle nada.
Yo pensé que nos íbamos con las manos vacías, pero Sherlock también pensaba que el tipo nos había mentido y, ni corto ni perezoso, dio la vuelta a la manzana y buscó la parte trasera del local. Encontró que la puerta estaba abierta y ya no pude detenerle. Una vez dentro, nos escondimos detrás del tabique que daba paso a un cuarto de baño. Desde allí, vimos cómo Salinas discutía con una mujer mayor, baja y gruesa, con el pelo muy largo. Yo no entendía nada porque hablaban en español, pero la mujer gesticulaba mucho, parecía disgustada y estaba echándole la bronca al joven. Vi que Sherlock los observaba mientras asentía con la cabeza. Antes de que me diera tiempo a preguntarle si entendía lo que decían, mi compañero había sacado la pistola y apuntaba con ella al estafador:
- ¿A quién contrataron, Salinas?
El hombre miró primero la pistola, sorprendido, y luego fijó su atención en Sherlock.
- No sé de qué me está hablando.
- ¡Vamos! Ella acaba de decirte que esos dos "maricones" os han metido en un lío ¿no es así? Te acaba de preguntar si les hiciste caso, si les mandaste un escolta con armas, como te pidieron.
- Yo no hice nada de eso —el tipo no le quitaba el ojo de encima a Sherlock y yo no apartaba la vista de él, no podía fiarme de que no fuera armado—Es verdad que estuvieron aquí, preguntando, querían contratar a alguien con pistola, pero yo los despedí, no quiero problemas.
- ¡Mientes! —gritó Sherlock.
Todo ocurrió entonces muy deprisa. Oí una potente detonación y sentí cómo la bala reventaba en la pared que estaba detrás de nosotros, había estado a punto de matar a mi compañero. Sherlock se agachó, sin soltar la pistola, y los dos miramos alrededor, buscando desesperadamente el origen del disparo. La mujer había salido corriendo y el estafador había aprovechado nuestra distracción para abrir el cajón de un mueble cochambroso que había en un rincón y armarse también. Antes de que nos diera tiempo a reaccionar, el sonido de un nuevo disparo traspasó el aire y el proyectil nos pasó rozando. Tuvimos que arrastrarnos hasta parapetarnos detrás de la misma pared en la que habíamos estado escuchando a escondidas.
En medio del tiroteo, logré distinguir al autor de los primeros disparos, un tipo gordo, con la cara sudorosa y un bigote ridículo, pero con la mirada de un puma. Se hacía señas con Salinas. Sin pensármelo dos veces, le disparé, con precisión. Acerté en la mano y su pistola salió volando mientras soltaba un aullido de dolor. Sherlock se puso de pie entonces y ambos apuntamos al estafador que, con el otro en el suelo, gritando y sujetándose la mano, desistió y bajó el arma.
Lestrade no tardó en venir. Sherlock le explicó entonces con claridad lo que había oído, ya que entendía el español a la perfección, que los dos sacerdotes habían contactado con el estafador porque querían contratar a un escolta, a un sicario. El inspector se preguntó entonces si estaban siendo amenazados, así que ya tenía por dónde empezar el interrogatorio a Salinas y al otro tipo. Aprovechamos para registrar el local a fondo y no nos sorprendió encontrar varias armas, una de ellas, precisamente, una beretta semiautomática, pero lo que resultó definitivo fue descubrir allí un reproductor de video y un ordenador portátil que se correspondían con la descripción que había hecho la hermana de Ricardo. Hallamos también lo que parecía el teléfono móvil robado a Rafael Rojas.
Volvimos a casa satisfechos. Yo estaba mucho más animado, todo parecía volver a cierto grado de normalidad. Discutimos por el camino del caso, yo daba por hecho que el interrogatorio de Lestrade sacaría a la luz quién había matado a esos dos pobres hombres, pero Sherlock insistió en que aún había muchos cabos sueltos, muchas piezas que no acababan de encajar, mientras daba vueltas en la mano al móvil de Rafael.
Cuando subíamos al piso, me di cuenta de que Sherlock cojeaba.
- ¿Qué te pasa en el pie? ¿Estás bien?
- No es nada, me duele un poco, creo que una de las balas me rozó el zapato.
- Déjame que te lo vea.
Nos quitamos los abrigos y se sentó en el sillón. Le pedí que se descalzara. No quiso hacerme caso y tuve que insistir. La bala le había rozado, sin penetrar, pero lo suficiente para hacer una quemadura. Se quejó en cuanto le toqué.
- ¿Quieres estarte quieto? Hay que desinfectar la herida.
Me miró con el ceño fruncido, como un niño enfadado, pero apoyó el pie en mis rodillas para que le pudiera hacer la cura. Le puse un poco de pomada y se lo vendé.
- Procura no moverte durante un buen rato, hasta que la crema haga efecto. Voy a hacer la cena.
Fue la primera comida que hicimos realmente juntos después de varios días, aunque él apenas la probó y estuvo callado todo el tiempo. Seguía dando vueltas al caso, de vez en cuando miraba el teléfono de Rafael, yo estaba seguro de que se moría por investigarlo. No tenía ni idea de que había otra cosa en su cabeza.
Preparé dos vasos con whisky y le ofrecí uno, nos los habíamos ganado después de haber salido airosos de una situación tan peligrosa. Nos los tomamos en silencio, junto a la chimenea, cada uno en su sillón. Cuando lo terminé, me llegó el momento de ir a la cama. Estaba a punto de salir del salón cuando sus palabras me dejaron petrificado junto a la puerta:
- Bésame, John.
Me giré lentamente hacia él, no podía ser, había oído mal.
- Bésame— repitió y su voz sonó grave y suave como un ronroneo.
Se me aceleró el pulso. Me planté frente a él, hecho un manojo de nervios. Él parecía relajado.
- ¿Es un experimento?— susurré, con un hilo de voz.
- Sí, claro — Me respondió, mirándome por fin a la cara. Los ojos le brillaban.
- ¿Quieres…? —Tuve que hacer un esfuerzo para no atragantarme— ¿Quieres que te bese?
- Sí, John ¡vamos! —dijo impaciente y movió las manos como invitándome a que me acercara.
No podía creerlo, pero él me miraba expectante, realmente quería que le besara. Me incliné sobre él, despacio, pensando que se arrepentiría en cualquier momento, pero cuando mis labios tocaron los suyos, el sedoso contacto me hizo estremecer. Impulsivamente, profundicé el beso y él respondió abriendo tímidamente su boca, dejándose invadir, explorar, poco a poco. Cuando nuestras lenguas, calientes y ansiosas, se enlazaron, me sentí atravesado como por una descarga eléctrica, por un latigazo de deseo que fue directo a mis genitales. Mi mente se nubló. Temí que la bestia volviera a despertar y me separé de él para tomar aliento. Sólo la expresión de su cara era suficiente para hacerme perder la cabeza, sus ojos transparentes deslumbraban, sus mejillas estaban encendidas y sus labios habían enrojecido. Traté de recuperar el juicio.
- ¿Qué tal el experimento?
- Bien —.carraspeó—Bien— Se acomodó en el sillón y se quedó mirando fijamente a la chimenea.
Entendí que había sido suficiente, que no debía tentar mi suerte, así que le di las buenas noches. Él no apartó su mirada del fuego.
Ya en mi habitación, me senté en el borde de la cama y me llevé la mano a los labios, maravillado y desconcertado al mismo tiempo. Aún sentía el bombeo de la excitación en mis venas y en la entrepierna. Traté de calmarme, de mantener la cabeza fría. Con Sherlock es muy difícil saber a qué atenerse, su mente es un misterio, no funciona como la del resto de los mortales y sus emociones tampoco. Supe que tardaría en conciliar el sueño, así que intenté pensar en el caso, mirando al techo, en cualquier cosa menos en lo que acababa de ocurrir.
Al cabo de un rato, unos pasos subiendo las escaleras me sobresaltaron. Unos pasos que yo conocía. Era él. Entró en la habitación. Se había puesto el pijama y ahora estaba allí, en mi espacio privado, a un paso de mi lecho, buscándome. Me miraba intensamente, con la expresión en el rostro de un niño perdido:
- Quiero más…
Era imposible resistirse. Una intensa ola de calor sacudió mis miembros. Me incorporé y le hice sitio, indicándole con la mano el lado de la cama en el que se podía sentar.
- Ven…
Sus ojos no se apartaban de los míos, me decían sin palabras que me deseaba, que me necesitaba. Tuve que hacer un esfuerzo titánico por dominarme. A pesar de las palpitaciones, a pesar de la agitación que se había apoderado de mí, era consciente de la situación. Quería hacerlo bien. Sentía que tenerlo allí era tener algo sumamente delicado y valioso. Se recostó sobre el cabecero, quedando a mi merced. Le acaricié con toda la ternura de la que soy capaz, deslizando mis dedos por su bellísimo rostro y por sus suaves cabellos. Besé con devoción sus párpados, esa mirada celeste que adoro. Pude sentir su respiración entrecortada. No se movía, pero me dejaba hacer.
Pronto nuestras bocas se fundieron en un beso líquido y caliente. Me sorprendió su receptividad, su entrega. Empezó a reaccionar y sus dedos, largos y fríos, rodearon mi nuca. Ese gesto me envalentonó y lo besé con delirio, desatándome poco a poco, aún con temor. Aventuré mis manos por debajo de su camiseta y él gimió en mi boca. Creí morir de placer al sentir la suavidad de su piel perfecta y cremosa. Él empezó a tiritar y se apretó contra mí.
Yo estaba perdiendo la razón y, sin pensarlo dos veces, le quité la prenda. Ver expuesto ante mí su torso blanco y firme, como si fuera de mármol, liso y espléndido, fue demasiada tentación. Un pulso salvaje corría por mi sangre y me lanzaba a tomar posesión de la carne que se me ofrecía. La mirada de Sherlock era pura invitación, pura provocación, y me abalancé sobre él reclamando su largo y hermoso cuello.
Él se estiró como un gato debajo de mí, facilitándome el acceso. Mis manos recorrían su cuerpo mientras lamía su garganta y él temblaba. Temblaba entre mis brazos, gemía sin parar, de manera cada vez más profunda, más escandalosa. Me dejé llevar y recorrí con mi boca y con mi lengua su pecho, mientras su espalda se curvaba, con la piel erizada, con la respiración sofocada. Mordisqueé un pezón y gritó y se retorció de tal modo que tuve que sujetarle de la cintura. Yo me derretía, traspasado por su exquisita sensibilidad. Sentía que toda la sangre se había concentrado en mis genitales. Iba a estallar. Aún así, no quise renunciar tan pronto al festín y seguí devorándolo lentamente, saboreándolo, vibrando con sus escalofríos, con sus espasmos de placer, mientras sus ojos me abrasaban.
Pero llegó un momento en que la excitación era insoportable, casi dolorosa, y exigía mi atención. Era evidente también que Sherlock estaba ardiendo, no había más que ver el bulto que sobresalía de su pijama y la mancha de líquido preseminal en la tela. Yo entonces no tenía ni idea de qué hacer, mi confusión era total. Sólo se me ocurrió desnudarme de cintura para arriba y ayudarlo a sentarse sobre la cama. Lo abracé por detrás, pegando mi pecho a su espalda. Fue una delicia sentir su calor sobre mi piel.
El deseo era irrefrenable. Instintivamente, le mordí en el cuello y él se encendió aún más. Desesperado, lo animé a tocarse. Él se bajó los pantalones y cogió su miembro, sin dejar de estremecerse con mis caricias. Era una locura, una dulce y gozosa locura. Yo me pegué a él hasta lo imposible, jadeando, incapaz de contener la pasión que me desbordaba. Y así, nos masturbamos juntos, sin que él pudiera parar de temblar, sin que yo pudiera dejar de follar su boca con mis dientes y mi lengua. Acabamos rendidos, pero satisfechos, y el sueño nos venció en unos minutos. Fue una de las experiencias sexuales más arrebatadoras de mi vida.
