AL ROJO VIVO. BLOG DE JOHNLOCK

18 de febrero de 2013. Al Rojo Vivo.

Me desperté envuelto en un dulce calor humano, con la deliciosa sensación de piel con piel, con un cuerpo vivo que respiraba unido al mío. En esos instantes confusos entre el sueño y la vigilia, vinieron a mi mente algunos recuerdos en casa de Sarah, pero pronto me di cuenta de que el olor de mi compañía era más fuerte, más penetrante y más atrayente. La cama olía a sexo y, entonces, el recuerdo de la noche pasada con Sherlock me impactó y me despejé del todo.

Estaba a mi lado, durmiendo apaciblemente. Me quedé extasiado contemplándole, observando su expresión mansa y calmada como la de un niño, un niño que ahora estaba tranquilo, un ángel. Tuve que detener el deseo impetuoso de tocarlo, de acariciarlo, de besarlo. No podía creer que estuviera allí, en mi cama, que hubiéramos compartido también la intimidad del sueño. Sentí una alegría desbordante, llena de mariposas en el estómago, de energía a flor de piel. Las imágenes y las sensaciones de la víspera me emocionaron, las caricias, los besos, Sherlock temblando en mis brazos, cómo temblaba… Y en ese momento recordé algo, por dios santo, si es virgen.

Me levanté de la cama y, aunque tuve cuidado, Sherlock se despertó. Me miró con ojos somnolientos, se los frotó igual que un crío. Ya no me pude reprimir y lo besé en la frente. Puso cara de sorpresa, como extrañado, y se ruborizó. Su inocencia me hizo estremecer.

- ¿Ya no te acuerdas?— le dije, sin poder evitar una sonrisa.

Él se ruborizó aún más intensamente y yo noté un cosquilleo de pura dicha por todo mi cuerpo. El hombre más inteligente, más brillante, más arrogante que yo había conocido, era también el más humano y el más cándido. Besé sus fascinantes ojos, con devoción, con la adoración que le profeso desde entonces, y rocé sus labios con los míos, tratando de expresar la ternura que me hacía sentir. Él me miró fijamente, algo pasaba por su cabeza, pero yo sólo alcanzaba a ver la luz que brillaba en su mirada.

Voy a hacer el desayuno, dúchate mientras— le dije, mientras me daba cuenta de que las sábanas estaban escandalosamente manchadas de sexo.

- John…— su voz, ronca y espesa aún por el sueño me hizo desistir de dejar la habitación.

- ¿Qué?

Extendió sus brazos hacia mí.

- Abrázame…—suplicó.

Lo hice y sentir de nuevo cómo temblaba con su cabeza en mi regazo me impresionó. No pude evitar preguntarme si Sherlock había sido amado alguna vez…

Hice el desayuno sin poderme concentrar en lo que hacía, derramé el té, se me quemaron dos tostadas, pero no me importó, era el tipo más feliz y más atontado del mundo. No sabía en qué me había metido, pero me daba igual. Algo, situado quizás en mi nuca, me recordaba que Sherlock era una persona complicada y también que era un hombre y que si íbamos a tener relaciones "sexuales" yo no tenía ni idea de cómo- bueno, sí, tenía una idea, una idea aterradora- y de ahí la siguiente duda que trataba de mitigar mi felicidad, si esas relaciones me resultarían gratas y satisfactorias o serían un desastre. Pero nada podía hacerme bajar de la nube, porque esa mañana yo tenía algo muy claro: estaba loco por él.

Y a eso tan sorprendente como maravilloso, se unía otro hecho extraordinario: que Sherlock había cruzado una frontera hasta ahora prohibida, una línea que hasta ese momento había temido. Había tomado una decisión que había evitado o postergado siempre. Que, sin duda, había sentido una motivación tan fuerte, tan poderosa como para romper sus barreras, sus defensas, como para que alguien, finalmente, se colara entre sus intereses, interfiriera con su pleno consentimiento en sus obsesiones y en sus puzles, como para que su portentoso cerebro dejara espacio a su corazón y a sus emociones. Que el apego, la confianza y el entendimiento que habíamos construido juntos habían obrado el milagro, aunque yo en ese momento no supiera aún que otras barreras también terminarían por caer…

Nada más ducharse volvió a su "ser" habitual. Con la bata encima de la ropa de estar por casa se pegó como una lapa al ordenador portátil. Llevaba el móvil de Rafael en la mano, así que me resigné y renuncié a preparar más tostadas. Le dejé la taza en la mesa y me senté a su lado a admirarle. Nunca una taza de té me había sabido tan fuerte y tan dulce.

Estuvo unas dos horas sin apartarse de la máquina y sin parar de darle vueltas al teléfono, totalmente concentrado. Me dio tiempo a recoger y a darme una ducha. Ya estaba aburrido cuando su pregunta me dejó sobrecogido:

- La gente hace tonterías por amor ¿no, John?

- Sí…

- ¿Y puede alguien suicidarse por amor?

- Sí, sí, es posible, es muy extremo, muy dramático… pero sí…

- Ya veo…— dijo, sin dejar de mirar la pantalla.

- Yo conozco a alguien que fingió su suicidio por amor…─repliqué, con un nudo en la garganta.

Sherlock me miró entonces, pensativo, parpadeando mucho, como procesando la información, como sin llegar a caer en la cuenta, sin decir nada.

- Y también se puede tener que ir a terapia porque no puedes superar la muerte de alguien a quien amas— añadí, acordándome de Cassandra y dándole la razón en lo más íntimo.

Ya no me pude aguantar y lo besé en la boca, con toda mi alma.

Sherlock se quedó quieto, con los ojos cerrados, como suspendido, hasta que abrió los párpados repentinamente y sacudió la cabeza:

- No me distraigas John, tengo la mente más despejada que nunca. Mis neuronas están perfectamente afinadas.

- ¿Qué estás haciendo? — sentía verdadera curiosidad.

- He resuelto el caso. Tenemos que ir a ver a Lestrade.

Y sonrió de oreja a oreja como cuando un niño se sale con la suya y se lleva a casa una bolsa de caramelos que su madre no le quería comprar.

Cuando nos reunimos con Lestrade, el inspector llevaba los expedientes de los dos sacerdotes bajo el brazo. Sherlock se limitó a mostrarle la pantalla del teléfono de Rafael Rojas, en la que se veía un nombre y un número de teléfono:

- Éste es tu hombre, Lestrade. Aquí tienes al asesino.

Greg acercó su cara al móvil:

- ¿Diego Montana?

- Sí, él los mató.

- Es un pistolero, Sherlock, de la antigua banda de Salinas, pero no veo cómo…

- Ha sido él— dijo Sherlock tajantemente. El inspector le miró anonadado.

- Explícame cómo has llegado a esa conclusión…—dijo Lestrade, que ahora tenía una expresión de vivo interés. Yo también me preparé para escuchar las explicaciones de mi compañero, muerto de curiosidad.

- No ha sido exactamente un asesinato.

- ¿No? — preguntamos Greg y yo al unísono.

- No. Éste es el teléfono de Rafael. Lo he comprobado con la conexión por satélite y también estuvo en Callanish Stones, los mismos días en los que estuvo Ricardo. Eran pareja, tal y como dijo Rick.

Lestrade y yo le mirábamos sin pestañear.

- Hicieron un viaje a ese lugar tan romántico, a sabiendas de que era su último viaje. Ricardo estaba enfermo de sida, muy enfermo, iba a morir en poco tiempo, algunos meses quizás, unos meses que iban a ser terribles. Ricardo llamó a Salinas porque Rafael y él buscaban un sicario, un asesino a sueldo. Pusieron todas sus cosas en orden, por eso Ricardo le mandó el dinero a su madre y por eso cancelaron todos sus compromisos para después del día diez de febrero, por eso pidieron a sus allegados que rezaran por ellos… sabían que iban a morir.

- Pero… ¿Cómo iban a saberlo? —exclamó Greg— Ciertamente, contrataron a un sicario, se sentían amenazados, no sé por qué, pero …

- ¿No te han explicado nada esos dos que tienes detenidos?

- No, no ha habido manera de sacarles información —dijo Greg con resignación

- No buscaban protección, Lestrade, querían que los mataran.

- ¿Qué quieres decir? ¡Eso no tiene sentido! — replicó Greg.

- Estaban enamorados. Ricardo iba a morir y Rafael no quería quedarse solo. Pactaron morir juntos, pero no podían suicidarse. Eran sacerdotes católicos ¿recuerdas?, el suicidio es un pecado terrible para quien profesa esa religión y, además, todo el mundo se hubiese enterado de que eran pareja. Tú mismo lo dijiste ¿no? Iba a ser un gran escándalo.

El inspector ya había atado los cabos y miraba a Sherlock con los ojos muy abiertos. Yo entendí por qué Sherlock me había hecho unas preguntas muy raras sobre la fe católica.

- Así que, Ricardo llama a Salinas, a quien conoce, de quien sabe que ha estado en la cárcel y que ahora hace una vida normal y tiene un negocio. Pero confía en que conozca a algún matón de su época de estafador. Salinas, cuya tienda es una tapadera, porque en realidad no ha abandonado la mala vida, le pone en contacto con un asesino a sueldo. Hacen el viaje, Rafael saca el dinero del banco para pagar el "trabajo" y el día diez de febrero, el sicario va al domicilio de Ricardo, cumple con su compromiso, revuelve un poco la casa, se lleva algunas cosas de valor y todo parece un robo. Un plan brillante, salvo que no contaban con que yo lo descubriría.

- ¡Asombroso! — exclamé, sin poderlo evitar— Eres un genio, sólo tú puede desenredar una madeja como ésta.

Sherlock me dedicó una sonrisa llena de satisfacción. Greg lo observaba pasmado; pero era cierto, había resuelto un caso complicadísimo. Ahora todo tenía sentido, todas las piezas encajaban.

- ¿Cómo…? ¿Cómo sabes que ha sido Montana?

Sherlock volvió a mostrar el teléfono.

- Siete llamadas, siete, le hizo Rafael a Montana el día diez de febrero, el día convenido para la ejecución. Detenlo, hazle la prueba de balística a su pistola, que será una beretta semiautomática y tendrás el arma homicida. El suicidio también explica que no fuera automática, no había necesidad, no iban a defenderse ni a tratar de huir.

La cara de Greg era un poema, se quedó un buen rato con la boca abierta, no pude evitar reírme por lo bajo.

Volvimos a casa de excelente humor, Sherlock se sentía liberado con la resolución del caso. Yo debatí con él los detalles, pidiéndole explicaciones de cómo había ido relacionando unas cosas con otras y expresando en voz alta mi admiración por él. Él me dedicó varias miradas profundas, penetrantes, que me sobresaltaron. Tenía una extraña sonrisa llena de picardía, como si estuviera tramando alguna travesura. Estaba feliz.

Pronto descubrí lo que se traía entre manos, sólo fue necesario que traspasáramos el umbral de casa, no me dio tiempo ni a llegar a la escalera. En el mismo recibidor, y pillándome totalmente indefenso, se abalanzó sobre mí, apretándome contra la pared, sujetándome con su propio cuerpo, caliente, duro, tembloroso. Su boca capturó mis labios llena de ansia. Fue un shock sentir sus manos palpándome el pecho.

- Sherlock ¡por dios santo! Nos va a ver la señora Hudson—exclamé escandalizado.

- Entonces, vamos a la habitación, John— susurró en mi oído. Se me puso la carne de gallina.

Me cogió de la mano y tiró de mí, obligándome a subir los escalones al ritmo de sus grandes zancadas. Yo sentía una terrible excitación, una intensa inquietud, fruto por igual del deseo encendido y del temor a lo desconocido. Me llevó a trompicones hasta su dormitorio y cerró la puerta. Yo me quedé estupefacto frente a él, viendo cómo se quitaba la chaqueta y se desabrochaba la camisa, sin apartar sus ojos de los míos, con las pupilas dilatadas, la respiración alterada y un brillo salvaje en su mirada.

Empecé a desvestirme, pero yo aún no me había quitado los pantalones y él ya estaba totalmente desnudo, tendido sobre la colcha, sin quitarme la vista de encima, sin moverse, con su pecho subiendo y bajando agitadamente. Me esperaba. Esperaba que me lanzara sobre él, que reclamara su cuerpo largo, delgado y esbelto. A pesar de mis dudas, era tan fuerte la tentación que me despojé también de todo y me metí en la cama, dispuesto a tomar posesión del territorio que se me ofrecía. Sin pensar, le cubrí con mi cuerpo y la sensación fue electrizante. Inevitablemente, nuestras pollas erectas se rozaron y los dos lanzamos al aire profundos gemidos de placer. Nunca antes había experimentado algo semejante, pero era deliciosamente perverso y exquisito.

Me besó desesperadamente, buscando mi lengua con la suya, agarrándome de la nuca, atrapándome con sus largas piernas, que enlazó en mi cintura, pegándose a mí hasta que no nos quedó libre ni un centímetro de piel. Mi raciocinio, mis temores, mis prevenciones, todo se volatilizó y nos frotamos el uno contra el otro ferozmente, perdidos en ardientes olas de placer, jadeando, gimiendo como animales, devorándonos con labios y dientes, explorándonos con las manos, oscilando el uno contra el otro, como si el centro del universo vibrara en nuestros cuerpos unidos y sudorosos.

No recuerdo cómo ocurrió, pero en un momento determinado, él se revolvió debajo de mí y acabó encima, sentado a horcajadas sobre mi pelvis. Un potente escalofrío me recorrió de arriba abajo cuando sentí sus nalgas sobre mi pene. Su mirada decidida me atravesó. Yo me quedé desorientado, él tiritaba como una hoja, pero quería algo, lo veía en su cara, pero yo no sabía qué. Hasta que me cogió la polla y elevó un poco el culo. Me quedé de una pieza cuando me di cuenta de que trataba de introducírsela por el ano.

- ¡Sherlock! Sherlock, ¡Para!— le dije, totalmente alarmado.

Se quedó rígido, mirándome muy serio, con cara de preocupación.

- ¿Estás bien? — me preguntó.

- Sí, sí. ¿Qué quieres hacer?

- Quiero que… —vi cómo tragaba saliva— que me folles. Es la mejor parte. Lo sé. Lo he visto— dijo, totalmente convencido. Entonces, me acordé de los videos, de los videos de porno gay— ¿Tú no quieres? — Su voz denotaba decepción. Era tan inocente.

La sola idea de tenerlo así, de penetrarlo, de hacerlo mío, era enloquecedora, ahora era yo el que temblaba. Me incorporé para abrazarlo con todas mis fuerzas.

- Que si quiero, Sherlock… oh, Dios, Dios, que si quiero…. Claro que quiero.

- Entonces… ¿Qué pasa?— El pobre estaba desconcertado.

- Hay que hacerlo bien ¿entiendes?, con cuidado.

- ¿Cuidado?

- Sí, Sherlock, necesitamos lubricante.

- ¿Lubricante? ¿Para qué? —Puso cara de no entender nada. De no haber estado tan excitado, tan encendido ante la idea de poseerle, me hubiera echado a reír.

- En esos videos que has visto ¿no se ponían algo? ¿un gel? ¿una crema?

- Mmm…No— se quedó pensativo, la misma cara de estar resolviendo un enigma, pero desnudo, sentado encima de mí y con mis brazos rodeándole la cintura. Era increíble.

- Entonces es que se saltan esa parte.

- ¿Qué parte?

- La preparación, Sherlock —frunció el ceño, tuve la impresión de que creía que le estaba tomando el pelo, así que me esforcé en explicárselo— La penetración anal requiere paciencia, preparar el cuerpo antes, usar un lubricante. Tenemos vaselina en el botiquín, puede valer.

- ¿De verdad es necesario?

- Sí. ¿Confías en mí, Sherlock? —le miré a los ojos—Te recuerdo que yo soy el médico

- Está bien.

- Entonces quédate aquí y espera un momento, no tardaré nada.

Salí corriendo a la cocina, tiritando de nervios. Cogí la vaselina con manos temblorosas, totalmente turbado y exaltado. Cuando volví a la habitación, se había tapado con las sábanas y temí que su entusiasmo se hubiera venido abajo. Me metí en la cama dispuesto a ponerle a punto otra vez; pero bastó un beso profundo y ardiente para que se volviera a pegar a mí con impaciencia.

- Date la vuelta— le indiqué.

- ¿Qué? — me miró extrañado.

- Que te pongas boca abajo y separes un poco las piernas, voy a aplicarte el lubricante.

Puso los ojos en blanco y bufó entre dientes, la paciencia nunca ha sido una de sus virtudes.

- Hazme caso, por favor —insistí—te va a gustar, te lo prometo.

A regañadientes, se tumbó sobre el colchón. Maravillado, acaricié sus estrechas y prominentes nalgas y noté que se relajaba. Besé con fervor su espalda y empecé a pasar mis dedos suave y lentamente por su raja, rozando ligeramente sus testículos, haciéndole gemir levemente. Ahora, pienso en cómo fui capaz de hacerle el amor aquella primera vez, en cómo sucedió todo entre nosotros de esa manera, tan natural, tan espontánea, tan armoniosa. Y me doy cuenta de que el amor no entiende de límites ni de fronteras, somos nosotros, con nuestras ideas preconcebidas, con nuestros prejuicios, con nuestros rígidos patrones, los que lo complicamos todo. No era la primera vez que yo practicaba un coito anal, pero era la primera vez que lo hacía completamente enamorado. Que Sherlock fuera un hombre era irrelevante. Era Sherlock y eso era lo único que importaba.

Como si fuera lo más normal del mundo, introduje un dedo lleno de vaselina en su orificio, con cuidado, con mimo. Él se hundió un poco más en la cama, pero me dejó hacer. Acaricié su interior, buscando a propósito su próstata, sabiendo perfectamente lo que hacía. Y es que hay muchos momentos en la vida en los que uno se alegra sinceramente de ser médico. No me costó, por tanto, dar con el punto en cuestión y fue muy gratificante oír que soltaba un grito sofocado y notar que daba un respingo en la cama.

- ¿Te gusta?

- Oh, John ¡Sí!

La sensación de satisfacción que me invadió fue indescriptible. Animado, probé con dos dedos, incrementando el esmero, temeroso de hacerle daño, pero percibí que había relajado los músculos. Volví a tocar la zona sensible, golpeándola con toda la suavidad que me era posible, y una poderosa corriente de excitación me sacudió cuando su cuerpo reaccionó y aprisionó mis dedos, dejándome a punto de explotar. Tuve que armarme de paciencia para seguir acariciándole, para seguir preparándole, mientras él gemía ya descontroladamente, hasta que, bruscamente, se incorporó y se quedó sentado, abrasándome con la mirada, con las mejillas ardiendo y los labios rojos, como una bacante enardecida.

Me agarró sin contemplaciones y me empujó contra el colchón para volverse a sentar encima de mí, frotando sus nalgas frenéticamente contra mi polla. Yo perdí totalmente la cabeza, le sujeté de las menudas caderas e, instintivamente, puse la punta de mi pene en su orificio y empecé a presionar. Él respondió inclinándose sobre mí, aferrándose a mis brazos con sus manos crispadas. Lenta y temerosamente, entré del todo en él y una oleada de calor atravesó cada partícula de mi cuerpo, embargándome de puro placer. Sherlock tenía los ojos cerrados y los labios apretados, como si estuviera haciendo un esfuerzo.

- ¿Te duele? — me preocupaba profundamente hacerle daño.

- Me…me… escuece…—dijo. Estaba temblando de nuevo.

- Vamos a dejarlo, Sherlock, voy a salir…—No podía soportar la idea de que estuviera sufriendo.

- ¡NO!

- ¿Estás bien?

- Sí, estoy bien, estoy bien—me respondió, con la voz apagada. Yo notaba cómo se estremecía— Es sólo que quema… un poco; pero siento…también siento placer…

Eso me incitó.

- Levántate un poco…—Necesitaba un poco de espacio para penetrarlo apropiadamente.

Despegó un poco sus nalgas y le agarré con fuerza. No era una postura muy cómoda, pero era la mejor para él, dadas las circunstancias. Me moví dentro de él, suave pero firmemente, y fui recompensado: abrió mucho los ojos, se removió sobre mí y gritó:

- ¡SÍ!

Comencé a follarlo, pero sin dejarme llevar por completo, sin atreverme a soltar a la bestia, que rugía en mi interior luchando por liberarse. Sherlock hacía unos ruidos deliciosos, turbadores, y movía las caderas, acompasándolas con mis pollazos; pero podía ver también un rictus de dolor en su cara. Decidí que a grandes males, grandes remedios y le cogí la polla para masturbarle, algo de lo que nunca me hubiese creído capaz. Él aulló de placer al contacto y me atravesó con su mirada, quemándome con los ojos. Ahora estaba disfrutando de verdad. A mí se me acabó la paciencia, la prudencia, la razón, todo. Me sobrecogía el gozo de estar dentro de él, de sentir su calor, su dulce presión, su cuerpo estrecho y apretado. Nos enzarzamos en una especie de danza, de combate, jadeando, sudando, gimiendo ruidosamente, ardientemente. Yo clavaba mi polla en su cuerpo y hundía mis uñas en sus nalgas y él perforaba mis hombros con las yemas de sus dedos, cabalgando sobre mí, mientras se retorcía como una serpiente de ojos azules y centelleantes.

Me volví completamente loco y busqué apasionadamente su boca y, cuando la encontré, fue como fundirme con él, como estar unido a él en lo más íntimo, como si además de fusionar nuestros cuerpos, tocáramos nuestras almas. Nunca me había sentido tan vinculado a nadie en mi vida. Fue él el primero en llegar al orgasmo, convulsionándose, exhalando de su garganta un sonido sensual y profundo, dejando un rastro caliente y viscoso sobre mi vientre, salpicándome por todas partes. La bestia quedó entonces libre y le tomé como a un muñeco, rendido y entregado y, en dos golpes, me derramé dentro de él, dejándome embargar por un placer arrollador. Acabamos exhaustos por la batalla, llenando la habitación con nuestra respiración entrecortada, inundándola con un penetrante olor a sexo, a sexo viril, a puro sexo, a sexo al rojo vivo, desatado y arrebatado, libre y sincero.