AL ROJO VIVO. BLOG DE JOHNLOCK

19 de febrero de 2013. Los cadáveres de arena.

Me desperté con la sensación de haberme quedado dormido en el suelo de la tienda militar de campaña, tenía todo el cuerpo dolorido, molido a agujetas, pero por dentro estaba relajado, henchido de paz y bienestar, como si flotara en una nube de placer; aún estaba lleno de las endorfinas del sexo. Me estiré perezosamente. Sherlock estaba despierto, me topé de golpe con su mirada azul y me estremecí con su belleza y con su dulzura, fue como si el propio cielo me acariciara.

- ¿Estás bien?—le pregunté.

- Sí, muy bien—me contestó, con voz de sueño.

Hice ademán de levantarme, iba a preparar el café y el desayuno, pero me agarró del brazo:

- Quédate, John.

Un poco a regañadientes, porque tenía un hambre de lobo, pero gratamente sorprendido por su demanda, volví a estirarme boca arriba en la cama y él rodó, como un gato mimoso, hacia mí, hasta quedarse pegado. Me invadió una profunda ternura cuando apoyó su cabeza en mi pecho, acurrucándose, como si quisiera hacerse un ovillo en mi piel. Hundí mis dedos en sus rizos de seda y oí un murmullo de placer.

- Si sigues acariciándome el pelo, me voy a quedar otra vez dormido….

Yo sonreí, contento. El calor de su cuerpo me arropaba, podía sentir el roce de sus labios en mi torso desnudo, el latido de su corazón, su cálido aliento, su olor… que aún exudaba notas de sexo. Estaba en la gloria. Pero una pregunta, la pregunta que me había estado haciendo desde la noche anterior, la que había arrinconado para que no entorpeciera, para que no interrumpiera, se coló en mi mente con fuerza.

- Sherlock… es la primera vez que haces algo así ¿verdad?

- Sí—dijo con desidia.

- ¿Por qué? Quiero decir… ¿Por qué no lo has hecho antes?

Fue automático. Se apartó de mí, dejándome expuesto, con la huella de su cuerpo tornándose fría, y se fue al otro lado de la cama, encogiéndose casi en posición fetal y dándome la espalda. No respondió. No me extrañó su reacción y no quise insistir. Al cabo de unos minutos, como si hubiera estado pensándolo, me soltó:

- ¿Por qué lo preguntas?

- Me gustaría saberlo—le dije, con sinceridad

- ¿Quieres saberlo?

- Me gustaría, Sherlock, de verdad.

Se volvió hacía mí, pero sin abandonar su sitio, mirándome con el ceño fruncido. Yo sabía que le estaba pidiendo demasiado, que los terrenos físico y emocional no son su área, que para él es complicado. Me arrepentí en seguida de haberle planteado esa cuestión. Seguía doblado sobre sí mismo, como a la defensiva. Su voz sonó más grave de lo normal.

- Nunca tuve interés, nunca sentí necesidad. Estaba convencido de que el sexo no era más que una pérdida absurda de tiempo y energía.

- ¿Por qué ahora, Sherlock? —El corazón me empezó a latir con fuerza.

- Es obvio, ¿no?

- No, para mí no es obvio.

- John…—Por fin, se acercó un poco más a mí, como para dar énfasis a sus palabras, pero dejando aún espacio entre nuestros cuerpos—Quería estar así contigo.

Era lo que yo quería saber, lo que necesitaba escuchar. Aún a riesgo de ser rechazado, borré la distancia que nos separaba y rodeé su cintura con mi brazo, él respondió maravillosamente, volvió a apoyarse en mí y yo noté cómo mi pulso se calmaba mientras acariciaba su espalda y me regodeaba en la suavidad de su piel.

- Fue el beso—dijo, casi susurrando.

- ¿Qué beso?

- El beso que me diste, cuando salimos de la discoteca.

- Sherlock —volví a alterarme—Siento haber actuado así, me volví loco, fue un error, una falta de respeto, yo…

- No, si está bien.

- ¿Bien?

- Sí. Fue fantástico. Genial, incluso

- ¿En serio?

- Bueno, obviando que no sabía qué hacer ni qué querías y que tuve realmente miedo de que te fueras, que no he podido dejar de pensar en ti y en la idea de que tuviéramos contacto físico. Y no simple contacto físico. En algo como estar unido a ti. Porque ¿sabes?, mi cuerpo reaccionó, me traicionó, me dejó totalmente confundido. Nunca había experimentado una necesidad tan fuerte, tan imperiosa, tan agobiante, si exceptuamos las drogas, claro está. Fue impactante. Casi no he podido dedicar mi mente a otra cosa, me ha costado mucho concentrarme en mi trabajo. Así que tenía que resolverlo, tenía que llegar hasta el final—Soltó todo la parrafada de corrido, con la voz más despierta.

Una manera muy Sherlock de plantear las cosas, como un reto, como un enigma, pensé, pero me halagaba sobremanera haber provocado semejante necesidad, era como hacer brotar agua en el desierto. Siguiendo su idea del reto, le pregunté con ironía:

- Y… ¿qué tal la experiencia?

- Sorprendente.

- ¿Ah, sí? ¿sorprendente? ¿Por qué?

- Porque yo creía que esto del sexo era sólo ejercicio, John—Parecía exasperado, como si alguna pieza no le encajara.

- Y ahora ¿qué piensas?

- No lo sé —subió la voz, irritado—No es lo que yo pensaba. Es diferente, algo más, pero no sé cómo definirlo.

Sólo algo así es capaz de dejar sin conclusiones a Sherlock Holmes, así que acudí en su ayuda, con palabras claras y directas.

- El sexo sólo por placer se parece mucho al ejercicio, sí, un ejercicio gratificante, pero el sexo con amor es completamente distinto.

Apartó su cabeza de mi pecho para clavarme su interrogativa mirada azul en los ojos:

- ¿Amor?

- Sí, amor, Sherlock. Estoy enamorado de ti. Te quiero—le confesé, notando cómo la sangre se aceleraba en mis venas.

- El amor es química, John.

Entonces fui yo el que se sintió irritado y exasperado.

- ¡Claro que es química! ¡Y las conexiones neuronales con las que haces tus análisis y tus deducciones también funcionan con química! Y hay algo que no tienes en cuenta: el amor es también un proceso mental, Sherlock. Eres muy inteligente, no creerás en esa idea fantasiosa y primitiva de que el amor y los sentimientos están en el corazón. El corazón no es más que un músculo, un músculo que bombea la sangre. Están en la mente, son química, química mental, como analizar, estudiar, memorizar, otro tipo de conexiones neuronales. Es más, está demostrado que el amor facilita esas conexiones neuronales.

Por un momento, mientras notaba cómo se me había agitado la respiración, temí haber ido demasiado lejos, temí otra espantada hacia el lado contrario del lecho. Pero me pilló por sorpresa, me miraba intensamente, como fascinado.

- Así que… ¿estás enamorado de mí?

- Sí.

- Nunca…nunca nadie…—Se removió encima de mí y desvió la mirada, parpadeando de esa manera tan suya cuando no entiende algo, cuando le cuesta definir las emociones.

- Sherlock, sé que eres una persona complicada, difícil y extraordinariamente brillante, pero yo te quiero, te quiero tal y como eres.

Respiré profundamente para tranquilizarme, pero me sentí enormemente reconfortado cuando volvió a dejarse caer, uniendo su piel a la mía hasta hacerlas indistinguibles, buscando de nuevo mis caricias. Yo ya no tenía ganas de hacer el desayuno, sólo quería sentirle abrazado a mí.

Al final, con mucha desgana, nos levantamos de la cama. Desde la cocina, vi cómo daba un respingo al sentarse en la silla.

- ¿Te duele?—le pregunté.

- Un poco—Me respondió con la mirada fija en la pantalla, ya había puesto en marcha el portátil.

- Hace falta practicar más—le dije, mientras le ponía el café en la mesa, junto al ordenador, a propósito.

Apartó los ojos del aparato, un milagro, y me dedicó una sonrisa de niño travieso. Yo me sentí inmensamente feliz. Me senté en el sillón a leer los periódicos, pero no pude evitar contemplarle. Tenía el pelo revuelto, el pijama y la bata puestos de mala manera, un rubor juvenil en las mejillas y se pasaba los dedos por los labios, concentrado en la página web.

Cuando volví de la compra y de recoger los trajes del tinte, me lo encontré tirado en el sofá, con cara de aburrimiento. Me saltaron las alarmas.

- ¿Nada en la web?

- No.

Me metí en su habitación a colocarle la ropa, mientras contaba hasta diez, se avecinaba un día difícil. Afortunadamente, Lestrade no tardó ni una hora en llamar. Me sentí culpable de alegrarme de esas llamadas, había muerto alguien y de mala manera, pero Sherlock tenía trabajo. ¿Cómo dice la señora Hudson? Que "no es decente". La verdad es que me consolé en cuanto caí en la cuenta de que esas muertes se producirían de todas formas y que lo que hacíamos, y hacemos, es detener al culpable, así que, en realidad, salvamos muchas vidas.

En cuanto llegamos a Scotland Yard, el inspector nos mostró el cadáver de un hombre de unos cincuenta y cinco años, con poco pelo, barba canosa y una enorme barriga.

- Lo encontraron esta mañana, a las siete, junto a la estación de metro de Westbourne Park.

- Eso está a tres estaciones de Baker Street —comenté.

Greg me dedicó una mirada de aprensión, pero no dijo nada. Sherlock ya había sacado la lupa y estaba examinando el cuerpo desnudo.

- ¿Qué opinas, John?

Observé de cerca al difunto y no aprecié ninguna señal de violencia, casi hasta parecía dormido. Por la rigidez, llevaba apenas unas horas muerto. No había señales, ni roces, ni moratones, nada a simple vista. Hasta que vi que tenía unas diminutas petequias* en los párpados, un síntoma de asfixia. Entonces, me fijé mejor y me di cuenta de que presentaba unas ligeras marcas de cianosis* en las manos y en los pies, así que comprobé su lengua y, efectivamente, estaba mordida.

- Este hombre ha muerto de asfixia.

- Eso es lo que ha dicho Anderson—dijo el inspector. Vi cómo Sherlock hacía inmediatamente una mueca de asco—Que o era un infarto o que era ahogamiento.

- Definitivamente, asfixia, Greg, no tengo duda, aunque habrá que esperar a la autopsia, como siempre.

- Ya, pero, si no es un ataque al corazón, ¿cómo ha muerto? Quiero decir… la falta de aire ha tenido que ser causada por algo. Éste no se ha ahogado en su vómito—Greg estaba perdido, nos miraba con cara de confusión.

- Tienes razón—respondí—Hay dos tipos de asfixias: mecánicas, o sea, estrangulación, atragantamiento, ahorcamiento… o químicas, si están causadas por gases tóxicos.

- ¿Y por veneno?—dijo Sherlock. Levanté la vista y le vi con la lupa en la mano, escudriñando con atención el cadáver.

- ¿Veneno?—Me acerqué a él.

- ¿No has visto estas marcas?

Me fijé en la muñeca izquierda del muerto. Sherlock tenía razón, como siempre, me pareció oírle decir aquello de "tú ves, pero no observas". El cadáver presentaba dos agujeros minúsculos, como los que deja una aguja hipodérmica. Notaba la mirada de mi compañero clavada en la nuca, estaba impaciente.

- Bueno, un veneno inyectado puede provocar que el cuerpo no sea capaz de oxigenarse, sí. Hay algunas toxinas que producen ese efecto.

La cara de Sherlock se iluminó. Ya tenía un puzle que resolver. Estuvo muy callado durante toda la vuelta en taxi a casa, pero no quise interrumpir sus pensamientos. Nada más llegar, sacó las muestras de sangre y se acopló al microscopio, así que no me molesté en prepararle la cena. Después de comer algo, me senté frente a él a consultar el manual de venenos y tóxicos que había mangado de St. Bart´s.

No estaba dispuesto a que se pasara la noche apalancado en la mesa de la cocina, estudiando los fluidos del individuo, no lo íbamos a resucitar por quedarnos sin dormir, pero me costó una buena pelea que se metiera en la cama. Tuve que hacer acopio de toda mi paciencia para enfrentarme a sus negativas, no quería que lo molestara, no quería escucharme, no queríamoverse de la silla. Fue terrible. Eso, sin contar con que yo no sabía en qué habitación tenía que dormir. Decidí subir al piso de arriba y dejarle a solas con sus cavilaciones.

*cianosis: coloración azulada de la piel por falta de oxígeno.

*petequias: lesiones pequeñas, de color rojo, minúsculas, pequeños derrames vasculares ocasionados por la ruptura de un capilar.