20 de febrero de 2013. Sherlock necesita.
Por la mañana, tal y como yo esperaba, estaba ya clavado al microscopio. Solo Dios sabe a qué hora se había levantado. Le dejé un café, pero ni pestañeó, sólo soltó un sonido grave y apenas audible, que me bastó como agradecimiento. Lo mejor que podía hacer era dejarle en paz y tomarme mi desayuno tranquilamente. Pero la paz y la tranquilidad estallaron por los aires cuando Sherlock dio un puñetazo en la mesa y se levantó bruscamente, con tanta violencia, que la silla cayó al suelo y el material de laboratorio se volcó. Soltó un grito de rabia.
- ¿Qué pasa? —le pregunté, alarmado por su ataque de frustración.
- ¡Nada! No hay nada, John. Ninguna toxina, ningún veneno, nada raro…
- Vamos, Sherlock, sabes que hay venenos muy difíciles de detectar, sobre todo si no sabemos qué andamos buscando.
Por toda respuesta, cogió el manual de St. Bart´s y lo estrelló contra la pared. Antes de que me hubiera repuesto de su escena, me espetó:
- ¡Vamos, John!
- ¿A dónde?
- ¿A dónde va a ser? —me miró todo enfadado, estaba fuera de sí— ¡Al hospital! A ver si encontramos alguna pista.
No tuve más opción que resignarme. Sherlock cruzó Saint Bartholomew a toda velocidad, como un cohete. Cuando llegué a la Morgue, me había quedado sin aliento. Inspeccionamos el cadáver otra vez, bajo la atenta mirada de Molly. Yo estaba desesperado por encontrar algo que pudiera ayudar y calmar a mi compañero. Mientras Sherlock examinaba las ropas y tomaba muestras, Molly se acercó a mí.
- Parece… diferente—susurró, con una tímida sonrisa.
- ¿Diferente?
- Sí —afirmó efusivamente con la cabeza, mirando a Sherlock. Me echó una mirada inquisitiva.
- No te entiendo, Molly.
- ¿Tiene… tiene una amiga, John?
- ¿Una amiga? ¿Por qué crees que tiene una amiga?─Me dejó pasmado.
- Porque tiene la cara mucho más relajada y está radiante, ¿no lo ves? Fíjate en su piel, está iluminada, brillante. Yo diría que ha tenido…que ha tenido…—se aclaró la garganta y vi que se había sonrojado— ¿sexo?
Oh, Dios, pensé, la intuición femenina, qué peligro. Tenía que evitar esa conversación a toda costa:
- No sé nada de eso, Molly y no creo que el aspecto de su piel sea relevante— dije, tratando de sonar convincente; pero ella insistió:
- ¿No? Está probado científicamente que las endorfinas y la oxitocina mejoran el aspecto del cutis, por eso creo que…
- ¡John! Ya tengo suficiente ¡Vamos!—La voz de Sherlock atravesó la sala como un trueno. Respiré aliviado.
Me quedé con él en el laboratorio del hospital, esperando ansioso que descubriera algo, mientras yo hojeaba el manual y repasaba mentalmente las diferentes sustancias que pueden hacer que dejes de respirar. De vez en cuando miraba a mi compañero, esperando ver en su expresión que se acercaba a la solución, pero Sherlock tomaba notas frenéticamente para romperlas después. Seguía con cara de pocos amigos y sin pronunciar una palabra, como mucho, algún gruñido de decepción. A las cuatro horas yo ya no podía más.
- ¿Has encontrado algo?
Fue como si le hubiese apretado un resorte, porque se levantó de la silla y empezó a pasearse alrededor de la mesa como un animal enjaulado.
- ¡Nada! ¡Nada!—Exclamó, moviendo mucho las manos. Tenía la mirada turbia, oscurecida. A mí se me hizo un nudo en el estómago.
- ¿En la ropa tampoco?
- En el traje no he encontrado nada, pero en los zapatos había partículas de acero, aceite industrial, arena de zirconio y algunas trazas de yeso—Volvió a sentarse, derrotado.
- ¿Y si nos vamos a casa, a descansar?
- Buena idea. Tengo que buscar en internet.
Ya en el piso, preparé unos sándwiches y me senté a leer mientras él buscaba información. El sonido del teclado, aporreado a toda velocidad por sus largos y ágiles dedos, me traspasaba, no podía concentrarme. Me sobresalté al oírle gritar:
- ¡Es una obra, John! El tipo ha estado en alguna construcción, todo encaja, el yeso, el acero, la arena, pero el aceite industrial, no. No es de motor hidráulico, ni de ningún otro ¿Qué eres? ¿Qué?
Era exasperante. Sherlock estaba en su medio, haciendo lo que más le gustaba, pero aún así yo sufría viendo cómo se consumía tratando de resolver el misterio a toda costa, sin comer, sin descansar. Cuando llamó Lestrade, al filo de la medianoche, fue como si nos hubieran dado otra vuelta de tuerca. Habían identificado al muerto. Al parecer, el sujeto había salido recientemente de la cárcel, después de cumplir una corta condena por la muerte de un traficante de armas. Muerto por parada respiratoria, según la autopsia. Todo apuntaba a un ajuste de cuentas, un incentivo más para mi compañero. Sherlock acabó en el sofá, mirando al techo, totalmente ido, ausente, dándole vueltas. Yo sabía que era una batalla perdida, así que subí a mi habitación para tratar de dormir un poco.
Hasta que me llegó el olor.
No soy un experto en drogas, pero puedo reconocer el aroma del hachís a distancia, por no hablar del opio, que corría por Afganistán con más abundancia aún que la pólvora. Fue como si me hubieran dado un golpe en la cabeza, sentí un arrebato de rabia y estuve a punto de bajar a toda prisa por la escalera, furioso, dispuesto a encararme con él, pero tuve la serenidad suficiente como para darme cuenta de que era mejor que lo pillara in fraganti, sin darle ocasión a que me mintiera.
El salón estaba completamente a oscuras, sólo se veía la diminuta brasa del porro y el olor a hierba era insoportable. Me deslicé sigilosamente hasta la llave de la luz. Y allí estaba, sentado en cuclillas en su sillón, hecho un ovillo y con aquella cosa humeante entre los dedos. Me miró horrorizado.
- ¿Qué estás haciendo, Sherlock?—Quise gritarle, pero la angustia que me producía verlo en ese estado me lo impidió. Él trató de recomponerse y su voz sonó de lo más natural, como si aquello fuera cosa de todos los días.
- Necesito relajarme, John. Sosegar mi mente.
- ¡Deja eso ahora mismo!
Me miró con el ceño fruncido, como si yo estuviera loco, pero yo sabía que estaba fingiendo, que se encontraba mal. En dos zancadas me planté delante de él y, entonces, me tropecé con una caja tirada en el suelo. Era pequeña, alargada, de madera decorada, como un incensario, con tres compartimentos reducidos. Me quedé helado cuando vi una bolsita de polvo blanco.
- Y esto ¿Qué es? ¿Cocaína?—Sentí tal opresión en el pecho que me costaba respirar.
Él me observaba, como analizándome, tratando de encontrar la estrategia para salir airoso, sin mover un músculo de la cara, controlando sus expresiones para no delatarse. Pero yo ya le conocía muy bien.
- ¿Desde cuándo tienes esto? ¿Lo has tenido escondido? ¿Lo trajiste de tu viaje? —Tuve que contenerme para no chillarle, la indignación me dominaba. Él seguía con su actitud calmada.
- ¿Y eso qué importa?—Tuvo la desfachatez de darle otra calada al canuto. Yo apreté los dientes instintivamente, tanto, que las mandíbulas se me resintieron. Me metí las manos en los bolsillos, me sentía capaz de darle un puñetazo en cualquier momento.
- Importa, Sherlock, porque me has estado engañando. Y no es la primera vez ¿verdad? Sabes que esto no es bueno y que no me gusta que lo hagas.
- Sí, lo sé; pero lo necesito, John—Me miró con cara de niño arrepentido, con esa expresión infantil de "lo he hecho sin querer" y, en un instante, me dejó desarmado.
- ¿Lo necesitas?—No pude evitar decirlo con ironía y chasqueé la lengua, lleno de frustración.
- Tú no lo entiendes. Necesito apaciguar mi mente, hacer que pare.
Su voz sonó firme, con convicción, estaba siendo sincero, trataba de hacérmelo entender, pero yo ya sabía que era cierto, que había momentos en los que parecía que su cerebro iba a comérselo vivo. Sólo pude suspirar y tratar de calmarme, hasta que chupó otra vez aquella cosa y el tufo me dio en la cara.
- Tiene que haber otra manera, Sherlock, esto sólo puede hacerte más daño.
- No la hay.
Le contemplé un instante, se había estirado del todo y había echado la cabeza hacia atrás, con su cuello blanco y esbelto expuesto, indefenso. Y, entonces, la idea surgió con todo su poder de seducción. Recuerdo que sentí un latigazo de excitación que recorrió todos los poros de mi piel.
- ¿Quieres relajarte?
- Sí, eso es.
- Y por relajarte entiendes dejar de pensar.
- Obvio.
- ¿Puede ser también perder el control?
- Eso mismo.
- Bien. Pues entonces vamos a la cama. Mejor a tu habitación, es más grande.
Me miró con cara de asombro y no pude reprimir una sonrisa.
- ¿Para qué?
- Ya lo verás, pero tienes que apagar esa mierda.
La intriga fue suficiente para que se levantara y se viniera conmigo al dormitorio, ahora me asombra lo inocente que podía llegar a ser entonces. La temperatura de la habitación era agradable y pronto tendríamos mucho calor. Encendí la lamparita de la mesilla y su luz, tenue y cálida, envolvió suavemente el ambiente.
- Siéntate y desnúdate.
- ¿Sexo?
- Exacto, Sherlock, sexo.
No le quise dar la oportunidad de dudar, ni de rebatir, ni de poner pegas, así que, en cuanto se colocó en el borde de la cama, le besé en la boca, apasionadamente, capturando sus labios en un único ataque, invadiéndole con mi lengua, buscando la suya ávidamente, jugando con ella, sin tocarle, sin mover mis manos, dejándole unido a mí sólo por el beso, notando con satisfacción cómo respondía, como su cuerpo buscaba el mío. Me aparté bruscamente, a conciencia.
- Te he dicho que te desnudes, Sherlock. Y quiero que lo hagas despacio, lentamente. Quiero ver cómo se descubre tu piel, cómo me ofreces tu cuerpo poco a poco.
Puso cara de total desconcierto. No estaba acostumbrado a que yo le diera órdenes, a que nadie le diera órdenes, a que nadie tomara el control. Todo lo más, a mi labor de zapador*, tratando a base de insistencia y paciencia que me hiciera caso, pero ahora todo tenía que ser "lo que yo quería", él tenía que quedar anulado, tenía que dejar de pensar, dejarse hacer, como cuando las drogas se apoderaban de su voluntad. Yo contaba con que pusiera resistencia, pero no perdía nada por intentarlo.
Tal vez fuera por el efecto del hachís, pero en aquella primera ocasión, observé fascinado cómo, obedientemente, se iba desabrochando uno a uno los botones de la camisa, sin apartar su mirada de la mía, con los ojos brillantes y las mejillas enrojecidas. Sus dedos temblaban ligeramente. Tuve que hacer un enorme esfuerzo para mantenerme de pie, junto a la cama, imperturbable, firme, para no rendirme, para no seguir adorándole, como siempre. Puse mis manos detrás de mi espalda.
Aguantó menos de lo que yo esperaba, en cuanto se quitó la camisa, me echó los brazos, tratando de alcanzarme, yo di un paso atrás.
- ¡John!—Sherlock no entendía nada. Yo empezaba a disfrutar con la situación.
- No voy a tocarte hasta que estés completamente desnudo.
Una sonrisa llena de picardía se dibujó en su rostro:
- ¿Es un juego?
- Algo así, sí.
La idea le agradó y, para mi sorpresa, se quitó el resto de la ropa con toda la malicia de la que era capaz, sin quitarme la vista de encima, con una actitud que encontré terriblemente provocadora, difícil de resistir, como si me estuviese poniendo a prueba. Pero él no contaba con mis años de disciplina en el ejército.
Se quitó el cinturón sin prisa, pausadamente, pero, en su ingenuidad, lo dejó caer lejos de él y aquello me dio una idea perversa. Se despojó de los zapatos y tuvo la sorprendente previsión de quitarse los calcetines antes que los pantalones. Para cuando llegó a los calzoncillos, la lentitud con la que hizo deslizar la tela por sus larguísimas piernas hizo flaquear mi decisión, sobre todo cuando me encontré con que su excitación ya era más que evidente.
- Túmbate en la cama. Boca abajo.
Ahora que se lo tomaba como una diversión, realmente entretenido, se dio prisa en hacer lo que se le pedía. Yo tampoco perdí un momento. Cogí su cinturón y me eché en la cama, sentándome encima de él, sobre sus nalgas, aprisionando sus piernas entre las mías y agarrándole de los brazos, practicando una maniobra infalible de inmovilización.
- ¡John! ¿Qué haces?
Me incliné sobre él, atrapándolo aún más con mi propio peso, y le até las manos por encima de la cabeza, aprovechando una de las barras del cabecero. Él se removió bajo mi cuerpo. El baile acababa de comenzar.
- ¡Suéltame, John! ¡Suéltame!
Era el momento de la guerra psicológica. Acerqué mis labios a su oído, pronunciado lenta y marcadamente las palabras:
- No tengo intención de hacerte daño, si eso es lo que temes, pero ahora puedo hacer contigo lo que quiera. Todo lo que quiera. Todo —susurré.
Me levanté de golpe y la cama subió de nivel bruscamente. Tenía que buscar la vaselina y el aceite de baño, pero salí de la habitación sin darle explicaciones. Le oí llamarme a gritos mientras abría el botiquín, parecía realmente alarmado. Yo me lo estaba pasando bien. Era como una pequeña venganza por todos los apuros que me había hecho pasar, por todos y cada uno de los días en que me había hecho sentir roto y desolado, en los que me había hecho creer que estaba muerto. Cuando volví al dormitorio, luchaba contra la ligadura. Dudé un momento, tuve miedo de estar equivocándome, pero aún así decidí dar un paso más antes de desistir. Me agaché al lado de la cama para que pudiera verme la cara:
- No, no, Sherlock. No te estás portando bien. No has entendido nada. Tienes que hacer todo lo que yo te diga o, de lo contrario, te dejaré aquí, atado, desnudo, y me iré a mi cuarto, arriba.
Por toda respuesta, aflojó los brazos y se hundió un poco más en el colchón. Era la señal que yo necesitaba. Me metí de nuevo en el lecho, con cuidado de no rozarle y empecé a quitarme la ropa. Él ya no se movía, parecía haber aceptado las reglas. Dejé caer los zapatos al suelo, a propósito, para que hicieran ruido, y le pasé ligeramente mi camisa por la espalda. Quería que fuera consciente de que me estaba desnudando, sin que él pudiera verme, sin que pudiera tocarme, totalmente a mi merced.
- ¿No es esto lo que quieres? ¿Perder el control?
- John…no…—gruñó en voz baja.
Ahora tenía que entrar en acción, unos minutos más así y se estaría empezando a cansar y aburrir. Impregné mis manos con el aceite, calentándolo un poco, y comencé a frotarle la espalda, masajeándola con suavidad. Soltó un gemido agudo, su ansiedad era evidente.
- Relájate, Sherlock. Soy yo quien está al mando.
Hundí mis dedos en sus hombros, presionando, y noté que estaba lleno de contracturas. Me aventuré por su cuello y los nudos se hicieron palpables bajo mis yemas, todo su torso estaba rígido y retorcido de tensión. El trapecio estaba tan tirante que había rotado ligeramente algunas vértebras del cuello. Sin embargo, hasta cierto punto, era lógico, casi inevitable. Sherlock centraba todo su ser en su mente, sin prestar atención a su cuerpo, y su organismo se defendía de esa manera, contrayéndose, rebelándose contra la falta de atención. A pesar del cuidado que puse al meter el pulgar para distender el deltoides, gritó.
- ¡John! ¡Duele!
Puse mucho más aceite en mis manos y tracé círculos calmantes sobre su piel.
- Shhhh, tranquilo, sé lo que hago. Te dolerá un poco, pero voy a quitarte toda la tensión. Tú sólo tienes que relajarte. Haz lo que te digo—le susurré.
Se dejó hacer y, con paciencia, conseguí que los músculos de su espalda volvieran a estar en su sitio. Mientras los trabajaba, mientras deshacía los nudos con cuidado, Sherlock soltaba pequeños gruñidos de placer que se alternaban con algunos bufidos de dolor cuando mis dedos apretaban con fuerza un punto conflictivo, pero no hubo una sola protesta, un solo amago de cambiar de postura. Y me maravilló su entrega. Yo ya sabía llevarle a mi terreno, sabía que confiaba plenamente en mí, aunque no siempre lo pareciera, pero ahora lo tenía debajo de mí, tranquilo, confiado. No había otras cosas en las que pensar, otras cosas interesantes qué hacer, sólo mis manos aflojando y calmando su cuerpo, liberándolo del estrés y de la ansiedad.
Llegó un momento en que mis palmas moldeaban un torso y un cuello en perfectas condiciones, un Sherlock completamente relajado, con los párpados entrecerrados y la respiración más profunda de lo normal. Llegaba la segunda parte de mi plan. Le quité la atadura y se sobresaltó.
- Date la vuelta—le ordené con tono firme.
Mansamente, mirándome con expresión de estar medio dormido, me complació y volvió a ponerse en mis manos. Qué incauto, pensé y me relamí de anticipación pensando en lo que le tenía preparado, en las exquisitas torturas que había estado maquinando mientras le acariciaba. Iba a emplearme a fondo, iba a intentar que la experiencia fuese tan intensa que ninguna de esas porquerías volviera a apartarlo de mí.
No se esperaba que volviera a atarlo, le pillé por sorpresa y me gané una mirada de confusión y de alarma, pero no le dejé hablar. Yo ya estaba ansioso por dar rienda suelta a mi excitación y lo besé desesperadamente, notando cómo todo su cuerpo se estremecía. Después, luchando por controlar mis instintos, conteniendo el deseo, comencé a rozar su rostro con mis labios, a depositar pequeños besos por su frente, por sus párpados, por sus magníficos pómulos, evitando la boca. Él se tensó, tirando del cinturón que aprisionaba sus muñecas. Pero no le iba a servir de nada. Esa noche yo iba a hacerle el amor a fuego lento. Puse las palmas de mis manos sobre su pecho y su impaciencia se desbordó. Estiró el cuello tratando de besarme, pero me aparté:
- John ¡Basta! ¡Suéltame!
No le respondí, simplemente, me levanté de la cama. Él pensó por un momento que me iba a marchar.
- ¿Dónde vas? ¿No pensarás dejarme así? ¡John!
Encontré el cinturón de su bata. Y, por la cara de horror que puso, se dio perfecta cuenta de que iba a vendarle los ojos. Aguanté estoicamente las patadas que dio contra el colchón, revolviéndose como una anguila.
- No, Sherlock. Tienes que dejarme hacer, tienes que dejar de pensar. Ahora sólo vale sentir.
La idea pareció entrar en su cabeza, porque volvió a quedarse quieto. Respiraba deprisa, alterado, mordiéndose los labios. Esperé un minuto, a que se apaciguara, antes de volver a tocarle y, esta vez sí le besé en la boca. Estaba completamente a mi merced.
Asalté su cuello como un animal en celo, deteniéndome en cada uno de los pequeños lunares, chupándolos, alentado por sus constantes jadeos, devorando suavemente el pulso de sus arterias, respirando su excitación, aspirando el arrebatador olor de su piel. Recorrí sus labios con mi lengua y se abrieron para mí, pero me tentó aún más esa pequeña cicatriz que tiene en la comisura y que me vuelve loco, y la pellizqué a placer con mis dientes.
Acaricié suavemente uno de sus sensibles pezones y exhaló inmediatamente un prolongado gemido. No me pude resistir a la tentación, consciente de que él ya no podía prever mis actos, y de la caricia pasé al mordisco voraz, engullendo las sensitivas aureolas, marcándolas despiadadamente, deleitándome con sus gritos ahogados y con sus sacudidas.
Yo no quería claudicar, no quería dejarme vencer por el deseo que me trastornaba, y miré el trazo viscoso y trasparente que había dejado en su piel. Despacio, animado por sus jadeos, fui lamiendo cada imperfección, cada marca, cada pliegue, dejando que se estremeciera, que temblara. Avanzando lentamente, llegué a su ombligo y me paré a explorarlo, a sabiendas de que para él, era una nueva sensación.
Durante unos minutos, sólo sus suspiros y su respiración agitada y profunda vibraban en la penumbra de la habitación. Como si el tiempo se hubiese detenido, como si el espacio se hubiese volatilizado y sólo existiera aquella conexión entre los dos, sólo su rendición y mi entrega.
Me tumbé encima de él, ávido de su piel, y sentí en mi estómago la humedad y la dureza de su miembro. Ya no sentía rechazo, sino una extraña excitación, porque toda aquella turgencia, toda aquella fogosidad era por mí. Le separé con suavidad las piernas y descendí hasta su pubis, inhalando su olor fuerte, su esencia agridulce. Toda mi obsesión era hacerle disfrutar, así que vencí mis reticencias y me metí su polla en la boca.
Apenas pude percibir el sabor acre y áspero, porque todo su cuerpo se convulsionó y aulló de placer. La euforia que sentí fue indescriptible, era la primera vez que él lo experimentaba. Puse todo mi empeño en proyectar mis propios deseos en él, en hacerlo tal y como a mí me gustaba, en sacar ventaja de mi experiencia. Apretaba su erección con mi mano y succionaba el glande, lamiendo su parte más sensible, mezclando mi saliva con su humedad. Mis esfuerzos se vieron recompensados, porque empezó a susurrar cosas incoherentes, balbuceando mi nombre, tiritando de arriba abajo, haciéndome sentir poderoso, dueño de todo lo que él sentía en ese momento.
Pero, pronto, no me fue suficiente, yo estaba a punto de explotar y, lanzado por un impulso salvaje, salté de la cama y busqué a tientas la vaselina, sin más idea en la mente que follarle, incapaz ya de dominar a la bestia. Cuando introduje dos dedos cuidadosamente lubricados dentro de su orificio y toqué su próstata, dio tal respingo que se habría caído de la cama de no haber sido por el cinturón.
Fui cruel, lo sé, porque no contento con verle en ese estado, decidí estimularle al mismo tiempo con mis dedos y con mi boca, centrando en ello todos mis sentidos, insistiendo una y otra vez, chupando glotonamente, bombeando su interior, perforándole, socavándole, provocándole espasmos exquisitos y totalmente nuevos para él. Y me solacé en ver y en sentir cómo su hermoso y delgado cuerpo se contorsionaba, cómo se estremecía, cómo gritaba mi nombre, con su rostro transformado por el placer, con sus labios entreabiertos en un rictus de pura lujuria, tirando inconscientemente de las ataduras, completamente enloquecido, moviendo la cabeza de un lado para otro, sin ningún control.
Hasta que aquella visión, la más sensual y erótica que había contemplado nunca, me dejó sin razón y me lancé sobre él, subiendo sus piernas sobre mis hombros, sin que él supiera siquiera lo que estaba pasando. No pude refrenarme y lo penetré de una única y brutal estocada, hasta hundirme enteramente en él. Su pecho se elevó y exhaló un gruñido animal y ronco y le arranqué la venda. Me miró, pero sus ojos estaban desenfocados, oscurecidos por sus pupilas completamente dilatadas.
- Ahora ya no piensas, ya no puedes pensar, Sherlock—murmuré.
Le follé sin contemplaciones, empujando su cuerpo a mi antojo, moviéndolo como si fuera un fardo. Sherlock ya no tenía voluntad, sus dedos arañaban el cabecero de la cama y sus ojos se quedaban en blanco. Yo notaba su polla erecta entre nuestros cuerpos y me pegaba aún más a él, deliberadamente, con la poca orientación que me quedaba en medio de mi locura, mientras él emitía unos sonidos agudos y sofocados cada vez que yo golpeaba aquél punto extraordinariamente sensible.
Cuando sentí que estaba a punto de estallar, que mi sistema nervioso era ya incapaz de soportar más estímulos, me separé de su piel sudorosa y caliente y le agarré de la polla, masturbándolo, incrementando sus sensaciones, aguijoneando su gozo, en una carrera ciega y voluptuosa hacia el orgasmo. Traté de coordinarme con él, dominándome, atento a sus profundos gemidos que se mezclaban con mis jadeos, pero todo mi ser explotó inconteniblemente, rindiéndose por completo a la pasión, al placer de penetrarlo, a la delicia de verlo disfrutar así, al delirio de escuchar sus susurros enajenados y abandonados.
Me corrí como un animal, me vertí en él tan brutalmente que mi miembro quedó agotado y dolorido. Él lo hizo inmediatamente después, bajo mi peso, entre mis manos, que aún se aferraban a su cadera y a su polla, y ocurrió de tal manera que, en un primer momento, me asusté, porque contemplé inerme, incapaz de reaccionar, cómo todo su cuerpo se agitaba, cómo se curvaba su espalda, cómo sucumbía a una oleada de fuertes espasmos, en su pecho, en sus brazos, en su pelvis, en sus piernas, con la mirada perdida, mientras su polla palpitaba entre mis dedos, mientras eyaculaba a borbotones hirvientes, mientras un sonido ronco, largo y estrangulado raspaba su garganta.
* zapador: ilitar perteneciente o encuadrado en unidades básicas del arma de ingenieros. De zapar: trabajar con la pala, excavar, cavar.
