21 de febrero de 2013. Hammersmith and City.

La luz que se filtraba por la ventana me despertó. Por su intensidad, deduje que era tarde. Me hizo feliz sentir la presencia de Sherlock junto a mí y me volví hacia él, sonriéndole. Sus ojos azules y radiantes me dieron la bienvenida, pero tenían un brillo travieso y lleno de picardía que me alarmó. Antes de que me hubiese despejado del todo, se abalanzó sobre mí, como un felino hambriento que quisiera jugar con su presa. No me dio tiempo a reaccionar, aunque tampoco lo intenté. Sus manos parecían querer recorrerme entero y yo notaba el peso de su cuerpo y su erección dura, caliente y goteante, entre mis muslos. Se tiró a mi cuello, oliéndome, mordisqueando torpemente, como si dudara, como si tuviera miedo de apretar los dientes, haciéndome cosquillas.

Le rodeé con mis brazos y me deleité en la sensación que la suave piel de su espalda y de sus nalgas dejaba en las yemas de mis dedos, apretándole contra mí. Pude notar cómo la temperatura entre nosotros subía por momentos, mientras él se frotaba con desesperación y nuestras pollas se rozaban. Aquel contacto ardiente me encendió. Probó a chupar mis pezones.

- Sherlock…yo….yo no tengo tanta sensibilidad como tú…ahí. No…—balbuceé. Pero lo cierto es que su entusiasmo me tenía maravillosamente asombrado.

Quise contraatacar, pero me quedé sin respiración cuando sentí su lengua abrasadora y húmeda en mi polla. Su mano se cerró aprisionando mi erección, haciendo que un torrente de sangre hirviente se acumulara en la parte más sensible de mi anatomía. No podía creerlo y le miré, atónito. Sus ojos se clavaron en los míos, llenos de malicia, mientras su boca succionaba y jugueteaba. Sólo pude hundirme aún más en el colchón y escuchar el ritmo acelerado de mis propios jadeos. Cerré los ojos y me dejé llevar, hacía mucho, mucho tiempo que no sentía aquel calor, aquel inmenso y dulce placer que se extendía cálida y sensualmente por todos mis miembros. Aunque sus maniobras inexpertas rompían el ritmo, su extraordinaria dedicación me puso a punto de llegar al clímax.

- Sherlock…voy …a…

La cama se movió bruscamente y la lengua candente dejó de acariciar el centro de mi ser. Abrí los ojos. Sherlock se había colocado a cuatro patas y me ofrecía sus nalgas con total descaro.

- Vamos, John—murmuró. Su voz, grave y espesa, rezumaba deseo.

Inclinó su torso hacia delante, hasta apoyar la cabeza en la cama, subiendo el culo, provocándome a tomarle. Yo ya estaba ciego, borracho de pasión, temblando de ansia. Lo penetré de un golpe brutal. Él gritó de placer. Yo me estremecí hasta la médula. Esa mañana la bestia campó a sus anchas y lo follé con todas mis ganas, clavándole las uñas, perforándolo sin piedad, mientras el gemía, derritiéndose de gozo, agarrándose a las sábanas, arrugándolas entre sus dedos, babeando de puro éxtasis.

Acabamos exhaustos, con nuestros cuerpos sudorosos y calientes pegados de nuevo. Mientras me dejaba arrastrar por un sueño envolvente, pensé en la manera en la que nos habíamos acoplado, la increíble armonía entre sus deseos y los míos, cómo, sorprendentemente, nuestras relaciones sexuales eran perfectas. Todos mis antiguos temores me parecían ridículos. Sólo me quedaba un cierto lamento por no haberme atrevido antes, por no haberme arriesgado, por no haber sido capaz de tan siquiera ver cuánto lo amaba, cuánto lo deseaba. Sherlock descansaba plácidamente. Besé su rostro de ángel maduro con adoración.

Abrió los ojos y me sonrió y fue como si toda la habitación se llenara de luz.

- ¿Estás bien? —le pregunté.

- Creo que no he estado mejor en mi vida, aunque no tengo ganas de levantarme de la cama.

- No hay prisa.

- Es interesante.

- ¿El qué?

- Mi cuerpo. Pensaba que yo sólo era un cerebro, siempre consideré el resto como un mero apéndice.

- Oh, vamos, Sherlock. Eso es ridículo, suena a prejuicios de épocas pasadas.

- ¿Qué quieres decir?

- Pues que eso de que el cerebro va por un lado y el cuerpo por otro no tiene sentido. Es verdad que hay muchas frases hechas sobre eso, pero es que antes no se conocía cómo funcionaba el cerebro, Sherlock, era un misterio; pero ahora se ha avanzado mucho, hasta se pueden analizar los factores que influyen en el comportamiento humano, hay nuevas técnicas, nuevos métodos…

- ¿Y? —Hizo un puchero de desdén con la boca y estuve a punto de echarme sobre él para comerme sus labios. Ese gesto suyo era toda una provocación.

- Que el sexo también está en la mente, Sherlock.— Me miró con expresión de asombro. Era una de esas cosas en las que era muy ignorante, pero me abstuve de comentárselo—. No me mires así, ¡es verdad! ¿Sabes cuál es el órgano sexual más importante?

- Sí, los genitales, obviamente.

- No, Sherlock.—Volvió a hacer el puchero y me tuve que contener—. El cerebro. La mente. Eso es lo más importante.

- No lo entiendo.

- ¿Qué no entiendes?

- Yo no soy estúpido y, según tu teoría, si la mente es lo más sexual yo tendría que haber sido… haber sido…

- No, no lo entiendes. No se trata de que por ser más inteligente tengas más apetito sexual, sino que tu satisfacción sexual depende de tu cerebro, de tus ideas. Tu mente puede hacer que tengas el mejor o el peor sexo del mundo, a eso me refiero.

- ¿Cómo?

- Depende de muchas cosas, pero para empezar, el impulso químico de la atracción es cerebral.

- No me lo creo.

- Créetelo. ¿Sabías que hasta cuatro zonas del cerebro se activan con el sexo? Y no sólo eso, la parte del área senso-motora dedicada a los genitales es mayor que la que se dedica a otras partes del cuerpo. —Sherlock me miraba con incredulidad—. La ciencia considera que en realidad la actividad sexual humana involucra a todo el cerebro porque no es sólo algo genital, se siente placer y va unido además a las emociones. Eso, por no hablar de que las ideas que tiene uno sobre el sexo influyen muchísimo.

Mi compañero se quedó pensativo.

- Lo que he comprobado empíricamente es que mi mente está mucho más activa, más despejada, rinde mejor después de… de…

- Dilo, Sherlock, después de un buen polvo.

- Bueno, eso. Sí.

- Eso es porque tu cerebro está satisfecho, ya no tiene que dedicar energía a tus necesidades sexuales y, además, ha liberado gran cantidad de hormonas relacionadas con el placer, el bienestar y esas cosas. Y que eres muy inteligente, se nota.

Mi última frase captó todo su interés y se incorporó un poco, reposando su cabeza en la mano, con el codo apoyado en la cama.

- ¿En el sexo? ¿Se nota? ¿Cómo?

- Tengo la teoría de que la inteligencia favorece la sensualidad, además de liberar de prejuicios y mitos. Nadie te ha dicho que eres exquisita y extraordinariamente sensible ¿verdad?

- ¿Lo soy?

- Sí, Sherlock. Lo eres.

Que le halaguen es algo que siempre le satisface, sobre todo si soy yo quien lo hace, así que sonrió contento y volvió a rodearme con sus brazos, haciéndome vibrar de íntimo placer.

Y había sido sincero, era verdad que me asombraba su sensibilidad. Ya sospechaba algo así. Que alguien tan inteligente, tan brillante como él, bien podía ser también especialmente sensitivo y sensual. Me tenía embobado, encandilado, excitado casi permanentemente. Todavía me sorprendía el hecho de que quisiera tener sexo conmigo y me resultaba absolutamente cautivador, era como degustar un licor delicioso y embriagarse con su olor a madera noble, a vainilla, a miel. Dulce, fuerte, caliente. Perderme en su aterciopelada y sedosa piel, dejarme arrastrar por su voz, por sus graves y expresivos susurros. Sentir su mirada celeste, fiera unas veces, pero otras tan sumisa, tan inocente. El contraste me volvía loco. Pero lo que me trastornaba era su rendición. Era algo que yo no podía haber previsto en alguien como él, tan dominante, tan arrogante, tan acostumbrado a liderar, tan habituado a que yo me dejara llevar por él, a que le siguiera a todas partes sin preguntar si quiera. Ahora era mi turno y él se estremecía bajo mis caricias, se retorcía debajo de mí, se pegaba ansiosamente a mi cuerpo, se estiraba todo lo largo que era, ofreciéndose, exponiéndose… Comprendí que él quería sentir, experimentar, conocer esa faceta de la vida que tenía completamente inexplorada, que confiaba en mí plenamente para tan delicado viaje y que se entregaba a mí a ciegas. Era fascinante y maravilloso. Me hacía inmensamente feliz por todo lo que implicaba tratándose de él. Aún hoy me seduce y me enloquece su deseo.

El sonido insistente y penetrante de su teléfono móvil nos arrancó del letargo perezoso en el que habíamos permanecido casi toda la mañana, abrazados y adormecidos. Era Lestrade. Había dos cadáveres frescos. Otras dos estaciones de metro, otros dos hombres muertos en una fría y lluviosa madrugada. Sherlock saltó de la cama con una energía envidiable, como si un lado mecánico se le hubiese puesto en marcha. Yo me moría por un café, fui a la cocina arrastrando las piernas, sin parar de bostezar, con medio cerebro suplicando por seguir en la cama. Él ya tenía su mente a todo gas y llamó al Inspector para pedir más detalles. Yo no tenía fuerzas ni para seguir la conversación, a duras penas conseguí despejarme.

Nos convocaron a una de las escenas del crimen. Habían hallado el cadáver junto a la boca del metro de la estación de Paddington, aún más cerca de Baker Street que el anterior. Con el trasiego de esa estación, una de las principales de todo el metro de Londres, supuse que no podía haber permanecido mucho tiempo a la intemperie sin ser descubierto. Cuando llegamos, Anderson nos miró con desprecio, plantado delante del cuerpo como si fuera un perro guardián vestido de forense. Llegué a tener la impresión de que nos iba a ladrar, pero Lestrade le echó una mirada de reproche y Anderson se apartó. Sherlock lo ignoró por completo, como siempre, como si no existiese.

Nos acercamos al difunto para una primera inspección. Lo habían movido para ponerlo a cubierto de la persistente lluvia pero, por lo demás, estaba intacto. Era un hombre joven, de unos treinta años, blanco, con pelo y barba rubios y una cicatriz muy marcada en la barbilla, delgado, pero de complexión fuerte. Comprobé, por la temperatura y la rigidez que efectivamente su fallecimiento había sido muy reciente, apenas una hora. No tenía marcas visibles de violencia. Mi compañero examinó además concienzudamente la ropa, los bolsillos y los zapatos. Sacó una caja esterilizada y unas pinzas. En ese momento, no pude ver de qué se trataba, pero Sherlock sonrió entusiasmado.

Traté de sonsacarle información mientras íbamos en el taxi camino de la morgue, pero sólo le saqué un "aún no estoy seguro, tengo que analizarlo", pero parecía satisfecho, como un niño planeando alguna travesura. Ya en el depósito de cadáveres de Saint Bartholomew, tuvimos ocasión de estudiar el cuerpo detenidamente. Para mi sorpresa, el muerto presentaba síntomas claros de muerte por asfixia, como la víctima de Westbourne Park. Encontré dos pinchazos minúsculos, esta vez en el tobillo izquierdo, junto con un extraño arañazo, como una raspadura, una erosión.

- ¿Has visto esto, Sherlock?

- Sí, lo he visto. —Y volvió a poner cara de satisfacción. Él ya estaba pendiente del segundo cadáver—. Ven a ver a éste.

Examiné con atención el cuerpo de un hombre de rasgos orientales, de unos cuarenta o cuarenta y cinco años, no muy alto, con ojeras profundas y labios delgados, mientras Sherlock me explicaba que también lo habían encontrado en el metro, en las escaleras de la estación de Aldgate East. Mi compañero parecía muy excitado, hablaba muy deprisa. Sherlock ya se había dado cuenta de que las muertes de los tres hombres tenían cosas en común. Me mostró la pantorrilla derecha del cadáver. Presentaba las mismas marcas, dos punciones finísimas como los causadas por una aguja y muestras claras de haber muerto por falta de oxígeno: las petequias, la lengua mordida, la cianosis… aunque más acentuada que en los otros cuerpos, la pierna estaba entumecida. No salía de mi asombro.

- Creo que ya sé qué ha causado la muerte, John; pero tengo que usar el microscopio.

- Lestrade nos está esperando, Sherlock. Va a darnos los antecedentes de estos hombres. Los está buscando, cree que son delincuentes habituales.

- Bien ¡Esto marcha!

Cuando aparecimos por la oficina de Scotland Yard, Greg sostenía en la mano una carpeta abultada. Tenía muy mala cara y no me sorprendió. Le había tocado un caso indescifrable, tres hombres muertos en circunstancias extrañas, sin que estuviera claro qué los había matado y, en principio, sin más conexión entre ellos que haber aparecido en tres estaciones de la línea Hammersmith and City. Donovan se afanaba en sacar otro montón de folios por la impresora. El inspector entregó el dossier a Sherlock que, rápidamente, lo hojeó.

- ¿Otro traficante de armas?—exclamó mi compañero con interés.

- Sí, así es. Si no fuera por esas muertes tan raras, yo diría que estamos ante el típico ajuste de cuentas.

- Puede que sólo sea cuestión de originalidad —comentó Sherlock alegremente. Greg lo miró intensamente, como si quisiera leerle la mente.

- ¿Tienes ya alguna idea? —preguntó.

- Es posible…. —Sherlock sonrió pícaramente. El inspector frunció el ceño. Yo intenté que mi compañero dejara de comportarse como un crío.

- Sherlock….

Se volvió hacia mí, dando la espalda a todos los demás. Seguía sonriendo, con un brillo juguetón en sus ojos claros. Llevaba algo escondido en la mano y, cuando la abrió para mostrarme lo que ocultaba, me quedé estupefacto, eran unas esposas. Se inclinó hacia mí y me susurró en el oído:

- ¿Conservas tu ropa de militar, John?

- Sí… aún la tengo, sí… —balbuceé, tratando de imaginar para qué la quería.

Me pilló por sorpresa. Se echó sobre mí y me besó en la boca, pegándose a mí con tanta pasión que noté cómo las esposas se clavaban entre nuestros cuerpos mientras me empujaba contra la pared. Fui levemente consciente de que estábamos delante de todo el mundo, pero salí bruscamente de mi deleite y de mi estupor cuando el potente sonido de algo pesado estrellándose contra el suelo nos sobresaltó. Sherlock se apartó y pude ver lo que había pasado. El piso estaba cubierto de folios y, a juzgar por las manos de Donovan, que parecían sostener una bandeja invisible, era ella la que los había dejado caer. Se había quedado completamente helada, lo mismo que Anderson, que no parpadeaba y mantenía en alto la mano de la que se le había escurrido una pesada grapadora. Lestrade, en cambio, parecía divertido, tenía una media sonrisa en la cara y me echó una mirada llena de complicidad. Sherlock miró a su alrededor, sin mostrar expresión alguna, a lo suyo, mientras yo apretaba los puños y las mandíbulas en un intento desesperado de no ruborizarme en plena comisaría.

Después de un minuto de completo silencio, en el que pareció que el tiempo se había congelado, todos reaccionaron a la vez y se pusieron a recoger los folios y a organizar los expedientes de las dos víctimas. Sherlock los recogió con avidez.

- Necesito unas esposas, Lestrade —soltó.

Yo me quedé petrificado, notando como el rubor me subía por la cara y sin atreverme a decir nada, no fuera a ser peor.

- Ya te he dado unas ¿Para qué las quieres?

- Ehh… Para un hobby. Necesito otro par.

Yo no sabía dónde meterme. Greg le miró con suspicacia, pero le dio otras esposas que sacó del cajón.

- ¡Vamos, John!

De camino a la calle, ya no puede más y le increpé.

- ¿Vas a decirme para qué quieres las esposas?

- Tengo que pensar, John. Tengo que analizar las nuevas pistas, encajar todas las piezas…

¿Y eso qué tiene que ver? ¿Es que vas a atarte al microscopio?

Detuvo sus zancadas bruscamente y faltó poco para que me estampara contra él. Se volvió hacia mí con una media sonrisa llena de lujuria en la cara. Sus ojos brillaban con tanta intensidad que me parecieron transparentes.

- Tiene que ver. Necesito relajarme, John —susurró, con esa voz grave y melosa que pone cuando está mimoso.

A mí se me hizo la luz de repente y me recorrió de arriba abajo una descarga de excitación.

- Muy bien, Sherlock. Entonces, dame las esposas. Las llevaré yo.

Se le dibujó una sonrisa de felicidad y yo estuve a punto de derretirme. Ya en el taxi, me di cuenta de que teníamos una actividad sexual frenética, como si quisiéramos recuperar el tiempo perdido. Por Dios Santo-pensé-es más joven que yo y está en una excelente forma física, va a acabar conmigo. Pero era imposible resistirse. Estuvimos todo el camino de vuelta a casa riéndonos tontamente, como dos adolescentes, intentando no llamar demasiado la atención del conductor.

Nada más entrar en nuestro apartamento, me soltó:

- Ponte la ropa militar John, yo voy a calentar el risotto.

Me quedé mirándole embobado, no conseguía entender ese interés por mi uniforme.

- ¿No estás impaciente por hacer esos análisis?—le pregunté.

- Ehh…. No. Ya sé cuál es la causa de esas muertes y sólo me queda descifrar el lugar donde se han producido. Me vendrá bien despejarme— contestó con firmeza. Me quedó claro que había tomado la decisión de estrenar las esposas y ya nada iba a hacerle cambiar de idea.

- Despejarte…. ¿aún más?

- ¿Qué quieres decir con "aún más"?—Me miró con recelo, con las manos apoyadas en las caderas.

- Voy por la ropa.

Le hice caso y subí a mi habitación. Recordaba haber guardado un uniforme sin estrenar en el altillo del armario. Me estaba un poco holgado, pero para jugar con mi compañero me valía de sobra. Cuando bajé al salón, Sherlock Holmes, el Detective Consultor, había puesto la mesa y estaba colocando los platos de arroz con setas. Cuando vi la botella de vino tinto mi impresión fue aún mayor. Al verme vestido de militar, me miró de arriba abajo con la sonrisa de pillo en la cara, estaba encantado. Yo sentí cómo se me erizaba la piel de agitación. Me senté a comer sin poder dejar de mirarlo, era toda una novedad observarlo en esa actitud doméstica, pero me emocionó aún más verlo comer con apetito en medio de un caso.

- Se me hace raro verte comer en plena investigación— le dije, sin poderme contener.

- Tengo hambre.

Aquella afirmación tan pura, tan simple, me hizo reír:

- Claro—comenté.

Él se puso serio. Sabía que había algo más, una segunda intención y que a menos que yo se lo explicara expresamente, se le escaparía.

- ¿Qué es lo que ves tan "claro"?—preguntó, parpadeando deprisa de repente.

- Es el sexo, Sherlock— le dije, sin poder reprimir una sonrisa—. Ahora comes mucho mejor.

- Mm….esto está buenísimo. — Se relamió y yo seguí con la mirada su lengua juguetona, deseando vivamente enlazarla con la mía—. Ya me he dado cuenta de que como más ahora, John. Pásame esa copa de vino ¿quieres?

- ¿Vino también? Se te ha abierto la conexión al placer, Sherlock. Al placer carnal, al placer sensual… Disfrutas de la comida, de la bebida, de… todo. —Mi compañero me miraba sin pestañear, atento a mis palabras, como a la defensiva. Él quería seguir siendo un ser enteramente cerebral, como si eso fuera el colmo de la perfección—. No me cabe duda de que tu mente va a estar mucho más aguda y acelerada con todas esas hormonas circulando por ahí. —Sherlock abrió mucho los ojos.

- ¿Mi mente?

- Sí, tu mente, Sherlock.

- Tienes razón. Creo que no voy a necesitar la cocaína.

- ¡Sherlock!—Así que el muy bandido no se había deshecho de ella. Algunas veces era realmente exasperante. Ante mi furia repentina, él se limitó a sonreír haciéndose el inocente.

Después de comer le seguí a la cama, dispuesto a jugar a la guerra. Estuve a punto de perder el uniforme en el primer combate, pero fui lo suficientemente hábil como para ponerle las esposas antes de que me desnudara del todo. El sonido metálico de las anillas cerrándose alrededor de sus muñecas lo excitó salvajemente y sus ojos echaron chispas, su cuerpo se curvó invitándome, reclamándome. Y, para mí, no hay nada en el mundo tan subyugante. Mis manos y mi boca se perdieron en él, memorizando sus contornos, saboreando su piel, dejando marcas en el camino. Cuando llegó el momento, hice valer mi conquista y me apoderé de él, gozándolo, tal y como él me suplicaba entre gemidos, hasta hacerle gritar de placer, hasta derramarme entero en sus dulces y cálidas entrañas.

Una siesta reparadora, la mejor que había tenido en mi vida hasta ese momento, nos dejó nuevos. Me levanté relajado, feliz. Sherlock estaba resplandeciente. Nos duchamos juntos, con aquel ardor adolescente a flor de piel, retozando en el agua, aún ávidos de caricias y besos, incansables de aquella íntima felicidad.

La hora del trabajo se presentó así con mejor cara y nos pilló llenos de energía. Fuimos a toda prisa a Saint Bart´s, mi compañero ya estaba hiperactivo e impaciente por resolver el puzle. Al fin pude ver el misterioso contenido de la cajita esterilizada, Sherlock lo sacó con unas pinzas finísimas y, antes de ponerlo en el microscopio, me lo mostró, parecían escamas.

- ¿Qué te parece? —me preguntó.

- Son escamas, unas escamas de colores. ¿De serpiente?

- Estoy seguro, John.

Entonces, caí en la cuenta.

- ¡Una mordedura de serpiente!—exclamé—. Eso explicaría esas punciones tan minúsculas y tan profundas

- Ahora tenemos que averiguar la especie a la que pertenece y el tipo de veneno. Encontré estas escamas en el cadáver de Paddington, pero seguro que el veneno está aún en los otros dos cuerpos.

- Es… sorprendente. Sí, el veneno de serpiente puede causar asfixia… pero no puede ser una serpiente de Europa, Sherlock, tiene que ser una serpiente africana o asiática… —El manual de tóxicos me vino inmediatamente a la mente.

- Ahora lo veremos, John.

- ¿Sabías que la aguja hipodérmica se inventó por imitación de los colmillos de las serpientes venenosas?

Mi compañero observó la escama bajo el microscopio. Era de un color azabache intenso, salvo por el borde, en el que destacaba un amarillo brillante. La base de datos empezó a buscar a toda velocidad la correspondencia entre la muestra y la especie a la que pertenecía. En menos de un minuto, un resultado apareció en la pantalla: notechis escutatus o serpiente tigre de Australia.

Era una de las serpientes más venenosas del mundo, de aproximadamente un metro y veinte centímetros de longitud, de color variable, pero con unas características bandas de color amarillo. El veneno —recordé— producía dolor, hinchazón, necrosis, hipotensión, entumecimiento, parálisis de los músculos respiratorios y la muerte, debido a una potente neurotoxina, la notexina.

- Tiene que haber sido una serpiente de ésas, Sherlock, el veneno produce mareos y zumbidos, la víctima tiene rápidamente dificultad para respirar y sus pulmones y su diafragma se paralizan.

Sherlock me miró con un brillo de entendimiento en sus ojos celestes.

- ¿Cuánto tarda en hacer efecto?

- No mucho. Depende de la cantidad de veneno inoculada y de la zona… una hora, varias, media hora…

- Eso explica cómo encontraron a las víctimas…

- Querrás decir dónde.

- Viene a ser lo mismo, John. Huían, iban en metro, por la línea de Hammersmith and City, pero no llegaron a su destino.

Por Dios santo, una serpiente de Australia era el arma homicida. Hemos tenido casos raros, muy raros, pero aquél no se me olvidará nunca. Tuvimos suerte y los cadáveres aún no habían llegado a la sala de autopsias. Molly, con la amabilidad y la complicidad de siempre, nos permitió que extrajésemos sangre de los otros dos y, efectivamente, el análisis en el laboratorio detectó la notexina.

Sherlock ya estaba totalmente centrado en el caso, con los cinco sentidos, casi me parecía oír el sonido de su portentoso cerebro en marcha. Volvimos a casa a toda prisa, mi compañero estaba impaciente por terminar de atar los cabos de aquel caso tan especial.

Lo primero que hizo fue extender un plano del metro de Londres. Pasó el dedo por el trazado de la línea de Hammersmith and City, señalándome las estaciones en las que habían sido encontrados los cuerpos.

- Tiene que estar cerca, muy cerca de aquí… —murmuró.

- ¿El qué?

- La escena del crimen, John. El lugar dónde está el arma homicida, el sitio de dónde huían las víctimas.

- ¿Qué te hace pensar que está cerca?

- Mira bien —me dijo y volvió a apuntar al mapa—. Encontré arena ¿recuerdas? Y materiales propios de una obra y un aceite industrial imposible de clasificar, pero que se corresponde con el que se usa para los raíles ferroviarios. Tiene que haber una estación fantasma, John. Una estación en obras. Ahí es dónde están.

Sin darme tiempo a replicar, se sentó con el ordenador portátil. Vi cómo se conectaba a la base de datos del Ayuntamiento de Londres con la contraseña de Scotland Yard. No tardó nada en encontrar lo que buscaba. Saltó de su sillón como si le hubiesen pinchado con alfileres.

—¡Vamos!

Cogí el teléfono para llamar a Lestrade, pero mi compañero me lo quitó de la mano.

- ¡No hay tiempo!

- Pero… Sherlock, no sabemos lo que nos vamos a encontrar.

- No tenemos pruebas suficientes. Aún…

Y así fue cómo nos presentamos solos a investigar el lugar de los crímenes, a pesar de que ya me dio muy mala espina….