21 de febrero de 2013. En la boca del lobo.
Sherlock ya estaba lanzado y era inútil intentar detenerle. Ni siquiera me dio tiempo a cerrar la puerta de casa, porque ya había parado un taxi y estaba dentro, mirándome con expresión de exasperación. Fue callado todo el camino, mirando hacia la calle, pensativo, sin que yo supiera hacia dónde nos dirigíamos. Yo sentía un nudo en la boca del estómago, como si algo no encajara del todo, y su actitud ausente no hacía más que empeorarlo.
El taxi se detuvo cerca de la estación de metro de St. Paul´s y Sherlock bajó a toda velocidad, excitado ante la idea de demostrar su teoría, de comprobar que tenía razón. Caminamos durante unos diez minutos hasta llegar a una pequeña plaza en obras. El centro estaba acordonado por vallas metálicas y una enorme excavadora proyectaba sombras fantasmales a la luz de la luna, rodeada de escombros y adoquines de todos los tamaños. Pero nada entorpecía a Sherlock Holmes cuando estaba decidido a desentrañar un misterio y apartó una de las barreras a patadas. Ir tras él era mi única opción.
Yo esperaba un boquete inmenso, como un cráter, pero me encontré con lo que parecía una vieja estación de metro, con un cartel descolorido y descascarillado y dos pasamanos llenos de óxido. Las decrépitas escaleras estaban cubiertas de arena y polvo de cemento. Shelock se paró repentinamente en mitad del camino.
- ¿Llevas la linterna?
- Sí
- ¿Y la pistola?
- Sí, Sherlock, claro que llevo la pistola. ¿Dónde estamos?
- En las obras del ramal entre las estaciones de Barbican y St. Paul´s. Esta es la vieja estación de Saint Martin*, pero no está previsto que la vuelvan a abrir. —dijo. Y poniendo voz de misterio, añadió— Seguirá siendo una estación fantasma.
Tras dos tramos de angostas escalinatas, salimos a un amplísimo vestíbulo, casi tan grande como la misma plaza que cubría nuestras cabezas. Nuestros pasos resonaron en el silencio y el eco multiplicó el ruido de la grava bajo nuestros pies. Desde aquel espacio inmenso, podía verse el gigantesco tubo por el que pasarían los trenes. Estaban colocando los raíles. De las descomunales dovelas de la parte alta del túnel colgaban potentes focos que iluminaban la formidable obra de ingeniería. Sherlock me tiró del brazo.
- Hay vigilantes de seguridad—susurró—Tenemos que ir al otro lado, hacía allí—Y señaló a la derecha.
Me di cuenta entonces de que junto a las obras estaban los restos de la antigua estación, de lo que en otros tiempos había sido un andén, con los azulejos rotos, los ladrillos descarnados y el suelo ennegrecido. La poderosa luz de los focos de la nueva galería apenas llegaba hasta allí. Sherlock se dirigió a grandes zancadas hacia el final del andén espectral y atravesamos lo que me pareció la entrada a una cueva, pero que resultó ser el pasadizo que conducía a las taquillas. Tuve que sacar la linterna. De nuevo, bajamos unas escaleras tenebrosas, resbaladizas a causa de los sedimentos.
Cuando vi las taquillas tuve la sensación de haber viajado en el tiempo. Una bombilla sujeta con un cable pelado las alumbraba débilmente. El suelo estaba lleno de pequeños cascotes, de tierra oscura, de suciedad. El techo, con forma de bóveda, estaba destripado y podían verse las vigas y el armazón en carne viva. Todo estaba como quemado, cubierto de cenizas, de los años en que se había ido depositando el hollín y la contaminación. Ya no me acordaba de que, cuando era un niño, las taquillas eran como pequeñas casetas, como cabinas antiguas de teléfono, y ahí estaban, pero con los cristales rotos y tan negras que parecían hechas de carbón. Me hizo sonreír, pensando en mi infancia, el letrero que indicaba dónde había que tirar los billetes usados, ahora oxidado y retorcido, y las pequeñas puertas metálicas a media altura, que había que empujar para acceder al igual que para salir, separadas por un tosco panel.
Sherlock miró fijamente su teléfono móvil durante unos segundos y me indicó que debíamos seguir adelante. Su autosuficiencia me irritó.
- ¿Cómo sabes por dónde tenemos que ir?
- Mi red de vagabundos, John. Han estado buscando.
Dejamos atrás las taquillas y nos adentramos en otro pasaje subterráneo. Esta vez oscuro como boca de lobo. La luz de nuestras linternas reflejaba múltiples grafitis pálidos y mugrientos y en el aire se percibía un cierto olor a podredumbre, no muy fuerte, como si hubiese algo muerto no muy lejos de allí. El techo era aún más bajo y Sherlock tuvo que agacharse en algunos tramos, hasta que salimos a una sala más espaciosa, llena de basura. De ahí procedía el hedor.
La linterna de Sherlock comenzó a moverse deprisa y en todas direcciones, zumbando de un lado a otro de las paredes.
- ¿Qué pasa?—le pregunté.
- ¡Tiene que estar aquí!
- ¿El qué?
- ¡El zulo! ¿Es que no lo ves?
- ¿Qué tengo que ver, Sherlock?
Este pasaje continuaba antes, John. Conducía a una salida, pero ahora acaba aquí, porque han convertido parte de la galería en un escondite. ¡Maldita sea! Tiene que haber una forma de abrirlo.
La linterna de mi compañero volvió a girar enloquecida hasta que, súbitamente, se quedó fija en un punto, cerca de mi cabeza. No tuve tiempo de preguntarme por qué. Una voz áspera y estridente me atravesó y me erizó la piel:
- ¡No te muevas o te vuelo la tapa de los sesos!
Instintivamente, dirigí mi foco hacia el origen de la amenaza. Un individuo, casi tan alto como Sherlock, apoyaba la boca de su pistola en la sien de mi compañero y con la otra mano le sujetaba por el cuello, apretando la bufanda. Me quedé paralizado, como si me hubiese caído un rayo.
- ¡Tú! ¡Tira la linterna! ¡Levanta las manos! ¡VAMOS!
Obedecí sin pensar. Un haz de luz se proyectaba ahora desde el suelo, iluminando de forma parcial la escena. El tipo hablaba con un acento extraño, ruso o de algún país del Este.
— Ahora tú, muñeco. Tira esa maldita cosa y pon las manos sobre tu cabeza.
Entre las sombras fantasmales dibujadas por los focos, pude ver que Sherlock cumplía las órdenes. Nuestras miradas se cruzaron y le entendí perfectamente. El tipo no sabía quiénes éramos y parecía no sospechar que íbamos armados. Lo reduciríamos en cuanto tuviéramos la oportunidad. Pero no apartaba el arma de la cabeza de mi compañero. Se oyó un click y de manera instantánea, a mi espalda, sonó un estruendo metálico, como si se abriera una enorme gruta de acero.
- ¡Entrad ahí! ¡DEPRISA!
Di varios pasos hacia atrás, sin apartar la vista de Sherlock, que seguía agarrado por el tipo, con la pistola en la sien. Pisé el carril por el que se deslizaba la puerta y, nada más cruzarlo, unas intensas luces fluorescentes me deslumbraron. Por unos segundos, me pareció estar de nuevo en el laboratorio de Baskerville. Pude ver entonces al sujeto. Tenía la cara marcada de cicatrices, una nariz ganchuda y un pelo rubio, lacio y grasiento pegado al cráneo. Su mirada era afilada, como el borde de una cuchilla de afeitar.
- ¿Quiénes sois? ¿Polis? ¿Qué habéis venido a hacer aquí?
Sherlock y yo nos miramos. Teníamos que distraerlo.
- Sólo estábamos examinando el túnel. Trabajamos en la construcción del ramal, somos los ingenieros—mintió Sherlock. El tipo no pareció muy convencido. Le miró con desconfianza.
- Esto queda muy lejos de tus obras, "ingeniero"—soltó, pronunciando las palabras en tono de burla.
Estábamos en un enorme garaje en forma de túnel. Blanco, diáfano, luminoso. Un pulcro y ordenado almacén de armas, colocadas y clasificadas en estanterías de acero. Un simple vistazo, un momento en el que me aventuré a girar la cabeza, fue suficiente para darme cuenta de que no eran armas convencionales. Lo que tenían guardado allí eran armas de guerra. Ligeras, pesadas, de todo tipo. Probablemente, bombas también.
De pronto, la expresión del individuo se transformó en sorpresa.
- Eh… Yo a ti te conozco. No, no puede ser. No puedes ser el detective ése, no llevas la gorra.
La sangre se me heló en las venas. Miré a Sherlock intensamente, desesperado, tratando de que no le dijera la verdad, de que el ego no le cegara. Mi compañero había abierto la boca para replicar, pero entendió mi mensaje.
- No sé de quién me está hablando. Ya se lo he dicho—añadió firmemente—Somos los ingenieros de la nueva estación.
- Ya veremos. Les vais a tener que dar las explicaciones a mis colegas. Esto les va a cabrear mucho.
Sin apartar ni un milímetro el arma de la piel de Sherlock y sin desviar ni un momento la vista de él, el tipo sacó un teléfono móvil.
Y entonces la vi.
Todo sucedió en apenas unos segundos, pero puedo recordarlo a cámara lenta, porque aquellos segundos fueron eternos.
Una serpiente negra y brillante reptaba detrás de Sherlock. Avanzaba hacia él, estaba ya muy cerca de sus piernas. Reaccioné de manera inconsciente, automática. Saqué rápidamente la pistola y disparé al bicho. Un solo tiro, porque al mismo tiempo que veía a aquella alimaña con la cabeza destrozada y pegada a una baldosa, por el rabillo del ojo, percibí que el sujeto había vuelto el arma hacia mí. Intenté esquivarlo, pero antes de caer al suelo noté que algo me abrasaba el muslo izquierdo, una quemazón desgarradora que perforó todos mis nervios, hasta caer de bruces. Aturdido por el dolor, alcancé a ver que mi compañero había aprovechado la distracción para clavarle al canalla el codo en el estómago y hacer que se doblara sobre sí mismo, para rematarlo después con un certero golpe de kárate en la nuca.
Podía sentir cómo la sangre empapaba mi pantalón y corría por detrás de la rodilla, acumulándose debajo de mi pierna herida, sin que el suplicio me diera tregua. Sherlock se abalanzó sobre mí.
- ¿ESTÁS BIEN? ¡Dime que estás bien!— Su voz era una súplica a gritos. Su cara reflejaba terror, tenía un brillo húmedo en los ojos y sus labios temblaban. Me agarró con fuerza de los brazos, como si me fuera a escapar, como si quisiera evitar que una fuerza sobrehumana me apartara de él. Se me encogió el corazón.
- No es nada, Sherlock, estoy bien—mentí. Sabía que la herida no era grave, pero existía el riesgo de que me desangrara y me estaba mareando—.Pero llama a Lestrade. Y a una ambulancia. Date prisa. Por favor…
Y perdí el conocimiento.
22 de febrero de 2013. La herida.
Recobré el sentido ya en el hospital. De lo primero que me acuerdo es de un horrible dolor de cabeza y de un desagradable sabor de boca. Antes incluso de abrir los ojos, me di cuenta de dos cosas: no sentía las piernas y mi mano izquierda estaba aprisionada. Sherlock la tenía sujeta entre las suyas. Estaba dormido, sentado de mala manera encima de una silla, junto a la cama, con su cabeza apoyada en el borde, el pelo rizado todo alborotado, los párpados hinchados y amoratados. El impulso de acariciarle fue tan grande que liberé mi mano aún a riesgo de despertarle, cosa que ocurrió. Me miró con ojos somnolientos, la luz de su mirada opaca durante unos instantes, hasta que le sonreí y se le iluminó la cara. Todas las partes de mi cuerpo que estaban conscientes se estremecieron. Hundí mis dedos en sus rizos.
- ¿Cómo estás? —me preguntó, mirándome intensamente.
- Todo lo bien que se puede estar después de una operación. Porque me han operado y me han sacado la bala ¿no?—Sherlock asintió con la cabeza, me retiró la mano de su cabello y volvió a tomármela entra las suyas—. Eso explica la jaqueca tan espantosa que tengo y que me duela la garganta como si me la hubieran raspado, es la anestesia, aún tengo las piernas dormidas. ¿Cuántas horas llevamos aquí?
- Unas diez horas—dijo, con voz de cansancio.
- ¿Diez horas?—Ahora me explicaba por qué Sherlock tenía aspecto de estar agotado. Tiré de mi cuerpo hasta quedarme sentado en la cama— ¿Has comido algo?
- No.
Lancé un suspiro de frustración.
- ¿Por qué tanto tiempo?
- Tardaron en tener un quirófano libre y… habías perdido mucha sangre—Me echó una mirada llena de dolor que me conmovió en lo más íntimo, lo había pasado mal—Pero tuviste suerte, nuestra sangre es compatible.
- ¿Me estás diciendo que me has donado sangre?
- Sí, eso es. Ahora tienes algo mío por ahí, circulando. Pero no te hagas ilusiones, no creo que eso te haga más inteligente.
Me eché a reír y el sonrió.
- No, nadie puede competir con el intelecto superior de Sherlock Holmes. Bastante tengo con haber salido de ésta— comenté, inocentemente.
Entonces, Sherlock volvió a apretarme la mano y se la llevó a los labios. Me besó la mano, con devoción, con adoración, y a mí se me paró el corazón. Me quedé mirándolo embobado, sintiendo sus labios como si además de acariciar mi mano, me acariciaran el alma. Noté cómo las lágrimas acudían a mis ojos y tuve que luchar para reprimirlas, sofocado. Y entonces, caí en la cuenta. Fue como si un nudo se me hubiese desatado por dentro, como si me hubiese liberado de un peso del que no había sido consciente. Hasta qué punto había reprimido el deseo de que él me amara. Yo no tenía dudas de que, dijera lo que dijera sobre el amor, sobre la química, sobre la ofuscación de las emociones, él era perfectamente capaz de amar. Nadie le conoce mejor que yo. Pero yo ya estaba maravillado con su lealtad, con su apego, con su confianza, con su afecto y no aspiraba a más. Pero sus gestos, en las últimas y agitadas horas que nos había tocado vivir, habían sido elocuentes.
- Ven aquí—le dije, abriendo los brazos hacia él.
- ¿Qué?
- Yo no puedo moverme.
Frunció el ceño, como si lo encontrara raro y fastidioso. Pero a mí no me engañaba, así que seguí con los brazos abiertos. Movió la silla para acercarse aún más y dejó caer su cabeza en mi pecho, abrazándose a mi cintura.
La herida había merecido la pena. Muchas heridas habrían merecido la pena*, porque pude ver lo que Sherlock sentía realmente por mí. Ya no me importaba el dolor, ni la inmovilidad ni ninguna otra consecuencia.
La vuelta a casa fue toda una experiencia. Tuve que estar sentado durante todo un mes, incapaz de hacer nada. Fue realmente frustrante. La señora Hudson me mareaba con sus atenciones, Sherlock y Lestrade hicieron un par de trabajos por su cuenta, mientras yo me consumía sentado en el sofá viendo la tele o leyendo novelas policíacas. Pero fue emocionante ser el centro de atención de Sherlock Holmes. Nadie sabe lo mucho que lo disfruté, lo mucho que me compensó de los sinsabores de aquel encierro, lo que no quiere decir que no sea servicial ahora, pero no es lo mismo, no es propio de él estar pendientes de temas tan mundanos. Yo no estaba acostumbrado a que se ocupara de asuntos domésticos y, mucho menos, a que me hiciera la comida y me la sirviera.
Una tarde, cuando ya empezaba a valerme con la vieja muleta y daba paseos por la casa, él parecía contrariado. Hubiera jurado que le había cogido gusto a ocuparse de mí. Ese día había preparado unos filetes, le habían quedado casi crudos por dentro y quemados por fuera, pero a mí me supieron a gloria, igual que la lata de judías recalentada. Ni la Reina de Inglaterra tenía el honor de que Sherlock Holmes le sirviera el té.
- ¿Hay algo más que pueda hacer por ti? —me preguntó, antes de irse a su sillón.
- Sí. Venirte al sofá conmigo.
Sonrió de medio lado, como si le hubiese hecho gracia la idea, pero no sólo se sentó junto a mí, se acurrucó en mi regazo.
- No sé lo que habría hecho sin ti—me dijo y su voz sonó profunda y grave.
La pierna me dolía, pero yo estaba en el cielo.
24 de diciembre de 2014.
La convivencia con Sherlock no es fácil. En realidad, ninguna convivencia lo es. La convivencia es difícil para todas las parejas. Nosotros partíamos con una ventaja muy grande, habíamos logrado un entendimiento razonable, un acuerdo tácito de espacios comunes y privativos, mucho antes de tener una relación, cuando sólo éramos compañeros, y ya parecíamos un matrimonio, con sus discusiones, sus roces y sus buenos momentos. Nada ha cambiado mucho.
La pasión por nuestro trabajo nos une, más de lo que puede parecer a simple vista. No es sólo el común amor al riesgo, a la aventura, el que a los dos nos parezca importante lo que hacemos, que nos sintamos satisfechos (yo más que él) de ayudar a los demás quitando de las calles a tipos indeseables y el que nos guste resolver enigmas y misterios (a él más que a mí), son las intensas experiencias que hemos vivido, que vivimos juntos, algunas realmente al límite.
Es cierto que esa misma inclinación por el peligro, por involucrarnos en los asuntos de la policía, fue lo primero que nos unió, lo que nos llevó a una relación de conveniencia. Pero después, llegaron la complicidad, el respeto, el entendimiento, la aceptación y el afecto. Y la simbiosis. Con aquel punto de inflexión que fue su falso suicidio. Aquel hecho dramático que me hizo ver que le amaba, que le hizo ver hasta qué punto yo le importaba. Después de eso, sólo tuvimos que dejar que las cosas fluyeran espontáneamente para llegar a la unión carnal y sentimental. No hemos querido celebrar una unión civil, no nos hace falta. Tenemos nuestras miradas, nuestra piel, nuestras manos, nuestras palabras, nuestros silencios, para estar unidos.
Y nuestros juegos íntimos. Sencillos y llenos de ternura la mayoría de las veces. Peligrosos y excitantes en algunas ocasiones.
Ayer fue uno de esos días en que los que nos toca estar encerrados en casa. Un día frío, lluvioso, lleno de tedio, sin trabajo a la vista. De esos días en los que Sherlock llega a ponerse insoportable y en los que tengo que contar hasta mil para que no me rebose su aburrimiento. Un día ideal para entretenernos de manera trasgresora al anochecer, al amparo de la oscuridad, entre las sombras de nuestro estado de ánimo.
No hizo falta pacto previo, ni siquiera una palabra. Bastó con que le mirara y que a él le brillaran los ojos. Me puse el uniforme despacio, lentamente, saboreando de antemano su nerviosismo. Y cargué la pistola.
Las botas del ejército hicieron que los peldaños de la escalera temblaran a mi paso, resonando sobre su superficie, poderosas y firmes. Cuando entré en el salón, me lo encontré casi a oscuras, con tan sólo el resplandor de las llamas oscilando en las paredes. Sherlock estaba en bata y pijama, tirado sobre su sillón, el del armazón de barras metálicas, el mismo al que le he atado otras veces. Pero ayer yo tenía otros planes. No se volvió hacia mí, como si no me hubiese oído entrar, como si estuviera a millas de allí. El juego había comenzado. Un par de pasos, aparentemente inadvertidos, y mi revólver estaba en su cabeza.
- Quieto, soldado. Estás capturado.
Me miró fingiendo asombro y levantó las manos despacio.
- No estoy armado, Capitán.
- Solo y desarmado. ¿Qué pretendías viniendo aquí? ¿Convertirte en mi prisionero?
- Yo… —Me miró con complicidad. Una leve sonrisa asomó por la comisura de su boca.
- ¡Al suelo! Vamos, soldado, quiero ver que te arrastras como una sabandija.
Sherlock se bajó del sillón y se sentó en la alfombra. Yo seguía apuntándole firmemente con la pistola.
- Vamos a ver qué eres capaz de hacer ahora que estás cautivo, soldado—dije, masticando las palabras, imitando a los bastardos que he conocido en la guerra— ¡Desnúdate!
Sherlock levantó la mirada, desafiante. Sus ojos parecían los de una pantera, dijeron sin palabras lo que yo ya sabía, que podía atacarme, que era perfectamente capaz de lanzarse sobre mí y desarmarme con un solo movimiento. Pero comenzó a quitarse la ropa. Yo le observé complacido, disfrutando del espectáculo. Arrojó las prendas lejos de él y volvió a clavar en mí sus ojos claros, expectante. Me acerqué a él y coloqué la boca del cañón a centímetros de su cara.
- Chúpame las botas—escupí.
Mi compañero apretó los labios y torció la boca. Eso no le gusta en absoluto, no quería hacerlo. Pero, para mi asombro, bajó la cabeza y se colocó a cuatro patas, levantando el culo mientras lamía el burdo cuero negro.
- Prueba superada, prisionero.
Me dedicó una sonrisa burlona, como jactándose de haber sido capaz, de haberme sorprendido. Sherlock estaba disfrutando del juego. Fue fascinante verlo así, desnudo y expuesto, salvo por su mirada felina, mientras yo permanecía totalmente vestido. Y armado.
A un enemigo apresado le pueden esperar toda clase de humillaciones. Me bajé la cremallera del pantalón y me coloqué frente a él. Lo agarré del pelo, con cuidado de no tirar demasiado, y froté mi polla contra sus labios. La pantera volvió a mirarme retadora.
- ¿Tengo que decirte que es lo que quiero que hagas, soldado?
Gateó hacia atrás, hizo una mueca de desprecio, pero sus ojos estaban llenos de malicia. Puse el arma en su frente.
- ¿A qué esperas?—Le pregunté, con voz melosa.
No me esperaba que volviera a sonreír, como bromeando de lo patético de su situación. Se metió la polla en la boca, muy en su papel, con cara de asco, como si supiera a rayos, pero en menos de dos segundos la había agarrado y me estaba haciendo una mamada espectacular.
- ¡Basta! Es suficiente—Le grité.
Lo empujé con el pie hasta hacerle caer de lado sobre el suelo y puse la bota sobre su abdomen, apretando suavemente. Él se encogió sobre sí mismo, jadeando. El revólver no dejó de encañonarle ni un segundo.
- ¡Siéntate! —Señalé con la pistola su sillón. Él obedeció rápidamente, ansioso— ¡Las manos por encima de tu cabeza, los talones apoyados en los extremos del asiento! ¡Vamos! ¡YA!.
Sus jadeos se hicieron más profundos, mientras yo permanecía tranquilo, pendiente del siguiente paso. Cruzó las muñecas sobre el borde del respaldo, esperando.
- No, Sherlock. No va a haber ligaduras hoy. No te lo voy a poner fácil.
- Pero…—Por su rostro pasó una genuina expresión de desconcierto.
- No te he dado permiso para hablar—Le solté. Y de una zancada me planté pegado al sillón. Apreté la pistola contra su garganta—. No va a ser necesario que te ate ¿Verdad?—Moví el percutor hasta hacer girar el tambor y sonó el click de la bala colocándose en la recámara.
Nos gusta el peligro.
El revólver estaba cargado.
Él pensaba que con balas de verdad.
Yo sabía que sólo había una y de fogueo.
Vi cómo todo su cuerpo se tensaba. Miró la pistola de reojo y dejó escapar un siseo entre sus dientes apretados, su labio superior se curvó ligeramente hacia arriba, su polla dio un respingo de excitación.
- No se te ocurra hacer ni un solo movimiento en falso—Le incrusté el punto de mira en el cuello.
Me abrasó con los ojos, su pecho subía y bajaba. Clavó las yemas de los dedos en el respaldo del sillón y abrió mucho más las piernas. Era mío.
Decidido, le puse el arma en los labios:
- Chupa la pistola, chúpala. Quiero verla reluciente de tu saliva.
Sherlock abrió la boca y le introduje la mitad del cañón. Una sombra de temor cruzó sus ojos, que no se apartaban de mi cara, y vi su lengua, roja y brillante, lamiendo el metal. Mi polla se retorció. Cuando me pareció que ya había chupado lo suficiente, pasé la chorreante boca del revólver por sus pezones rosados, rozándolos ásperamente, arañándolos con los bordes pulidos del arma. Se pusieron erectos, se endurecieron igual que mi miembro.
El cañón aún estaba impregnado de saliva y lo deslicé por su vientre, que ahora palpitaba. Sherlock se estremecía ya de impaciencia, pero yo acababa de empezar el ritual. Arrastré el arma por su ombligo hasta su pubis, por el suave camino marcado por su vello pálido y delicado. Con un movimiento brusco, me agaché y le metí la pistola entre las piernas, empujándola contra su perineo, muy cerca de su entrada, obligándole a dar un bote. Soltó un gemido y su respiración se acaloró aún más. Le miré con cautela, pendiente de su reacción, pero sus ojos brillaban en la penumbra de la habitación y se mordía los labios, entre el temor y la excitación. La adrenalina circulaba desbocada por sus venas. Su polla estaba dura como una roca y había empezado a gotear.
Solté la empuñadura y deje caer el revólver sobre su regazo. Me lanzó una mirada de interrogación.
- No. Te. Muevas—bufé.
Me quité las botas y la ropa, mientras Sherlock permanecía inmóvil, con las manos aferradas al respaldo del sillón, mirándome fijamente, con los pies apoyados en ambos lados del asiento, con las piernas dobladas y la polla enhiesta, como un mástil. La pistola se mecía sobre su ombligo, al compás de su respiración profunda y alterada. Desvié la vista a propósito, dándole la espalda, entreteniéndome en apartar las botas y los pantalones. El prisionero tenía una oportunidad de escapar y hasta de cambiar las tornas.
Me volví lentamente, pero no se había movido. Seguía observándome con sus ojos de gato, turbado, jadeando, consumido por el deseo. Se me hizo la boca agua.
Sin dejar de contemplar su cuerpo anhelante, recogí la pistola y la desmonté con dos hábiles maniobras.
- ¿Qué haces?—preguntó sorprendido.
Y entonces mostré mis cartas:
- Nada de pistolas, Sherlock, nada de cuerdas o cinturones, sólo tú y yo. Sólo mi voz y tus deseos.
Me abalancé sobre él cubriéndolo con mi cuerpo y, por fin, lo besé en la boca, dando rienda suelta a la calentura que me abrasaba. Nuestras pollas se rozaron y ambos gemimos de placer. Él se revolvió debajo de mí.
- Te he dicho que no te muevas—Le susurré, con voz amenazante.
Parpadeó confundido.
- Esta noche — volví a besarlo con pasión— sólo estarás atado por mi voz y será suficiente para que hagas lo que yo te diga.
Sus ojos refulgieron como las brasas ardientes de la chimenea.
- Echa el cuello hacia atrás— Le ordené.
Cerró los ojos, en un gesto de total entrega que conozco muy bien, pero que nunca ha dejado de trastornarme, y me ofreció su garganta mansamente. Era como tener una presa que suplicara ser devorada y le mordí con todas mis fuerzas, hasta hacerle gritar, gozando con sus estremecimientos. Después, pude comerme a placer sus dulces pezones y clavar mis dientes en sus hombros redondos y menudos como blancas manzanas, mientras temblaba y se estiraba debajo de mí. Nuestras pollas mojadas se frotaban aprisionadas entre nuestros cuerpos pegados. Hizo ademán de mover las manos para abrazarme.
- Vuelve a poner los brazos sobre tu cabeza. Ahora mismo—mascullé.
Acató la orden sin resistencia alguna y me regaló una mirada chispeante llena de lascivia. Yo apreté las mandíbulas, enajenado por un impulso salvaje. Agarré con fuerza sus caderas para elevarle el culo y le clavé la polla, deslizándome dentro de su cuerpo en un solo movimiento, ciego pero certero.
Fue un acto de posesión pura y dura. Shelock gritaba, poco importaba si era de placer o de dolor, porque en él ambas cosas se fusionan en una línea oscura y confusa, en una frontera ambigua, en el lugar en el que él alcanza el clímax de la manera más arrebatadora, más aguda, más profunda, en el mismo lugar en el que yo le reclamo, en el que yo me fundo con él, en el que somos uno, rodeados por el sonido obsceno de carne contra carne, absortos en nuestros gemidos y susurros, adheridos piel con piel, atados lengua con lengua, vibrando al unísono, hasta desbordarnos empapados en saliva, sudor y semen.
Mañana es navidad y tenemos que ir a comer a casa de Mycroft y su marido. Menos mal que Sherlock llevará puesta la bufanda.
*La verdadera estación abandonada de Saint Martin -a la que corresponde parte de la descripción que se hace aquí- existe, pero está en Paris.
* "La herida mereció la pena. Muchas heridas hubieran merecido la pena…" Cita tomada de la escena original de Conan Doyle en Los Tres Garrideb, en la que Watson resulta herido y ve cómo Holmes se descompone. El texto original es:
"Bien valía la pena recibir una herida, muchas heridas, para descubrir la profunda lealtad y el amor que se ocultaban tras aquella fría máscara. Sus ojos claros y duros se empañaron durante unos momentos y vi temblar aquellos labios tan firmes. Por primera y única vez pude comprobar que aquel gran cerebro poseía también un gran corazón. Aquel instante revelador fue la culminación de todos mis años de humilde y esforzado servicio."
