Capítulo 10: Un sueño, una realidad. La presencia de la sacerdotisa.
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"¡Oh! Indignos humanos. Ensuciasteis las puras almas de los seres del cielo. Provocasteis la ira de aquellos nacidos del sol.
Vástagos de la luna, seres eternos, con el reino se hicieron.
Sus muertes fueron la escusa hacia más allá de la eternidad.
En demonios se convirtieron.
Sus alas entregaron a la caja de Pandora. Hogar de las almas desterradas del mundo.
Con majestuosidad llegaron al reino de cristal, hogar de ángeles guardianes, el lugar donde el "Serafín" cuidaba a sus hijos desde su puesto, portador de la espada Excalibur, arma de héroes, codicia de ladrones. Con su otra mano la lanza de Gungnir, arma de Dioses, peligro en manos humanos.
Radiante se enfrentó a la nueva deidad nacida de la oscura cara de la Luna, y el Sol. Al que nombraron "Aphrodite", junto a sus hermanos asaltaron el castillo.
Todos los del castillo cayeron a los pies de las "Deidades", no tomaron cuenta de su poder sin límites. Con odio en su cara, el mayor de todos, arrojo la caja de Pandora al mundo, sumiéndolo en el caos. Se deleitó con gracia en sus ojos: el horror, el miedo, la amenazo.
Corazones encerrados, almas erradas, cuerpos vacíos. Esos son los dioses a los que brindáis piedad, clemencia. ¡Abrid los ojos! Buscad a los caballeros. Busquemos sus armas de las cuales despertaran. "
-Sacerdotisa Casandra.-Guardiana del último Serafín.
Callando sus palabras, la sacerdotisa fue encerrada en lo más profundo de una celda. Sus ojos vendados, labios sellados, pies y manos atadas. Querían que callaran de blasfemia, El miedo humano era lo…"Correcto".
Se negaron a buscar lo pedido, su salvación estaba en sus manos. Cegados por el miedo, taparon sus oídos con palabras sordos del viento.
"Humanos imperfectos, ¿Creéis en la salvación?, ¡Nadie se salvara de la furia del cielo! Pensáis en la superioridad de la mente. Abrid bien vuestros ciegos ojos, renegados a todo pensamiento. Una nueva era se alzara.
Aprendices de los pergaminos, leed, buscad, aquellos que nuestros guerreros necesitaran para alcanzar el castillo de Cristal, escondido entre el cielo y la tierra, donde la madre Luna, y el padre Sol, se juntan cada mil años.
Concebirán los cuerpos de sus hijos, caparazones donde el alma y el corazón son omniscientes en un ser divino.
¡Impedid! Su llegada, que no den a luz. No abran la caja de la destrucción. Emprended la búsqueda en un mundo lejano, los Reinos perdidos. Encontrad a la hija de la visión: Deidad de lo Frio, el clima."
Silenciaron su voz. Su lengua fue arrancada de su cuerpo, temieron por su acto. Castigaron a una sirvienta del cielo. Renacida en tierra. Muerta en los cielos.
Al día siguiente, los tres jóvenes despertaron de golpe, a la vez, curiosamente, tuvieron el mismo sueño: La sacerdotisa les había hablado, un retazo del pasado. Ahora se encaminaban a un rumbo sin dirección., dudosos de sus actos a partir de ese momento. Uno cosa clara tenían, sus corazones latían con intensidad, algo les llamaba.
-¡Hijo!-le abraza la madre preocupada por su hijo y por sus amigos-Despertarse-dejando salir lágrimas.
-Madre… ¿yo?-no sabía que preguntar.
-¿El hospital?-se preguntó mirando el lugar con extrañez-¡Ya se! Sentí un fuerte dolor de cabeza, como si una fuerza nos atravesara-intento explicarse Hiroto como podía. El italiano los miro de una manera diferente, no se sentía el mismo. ¿Algo habrá cambiado?, ni el mismo sabia contestarse, pero de algo si estaba seguro: amaba a alguien, sin llegar a verlo, ni tocarlo. Oprimió su mano contra su pecho, le dolía mucho.
Fue llevado a la casa de su buen amigo; se quiso olvidar de todo, dormir y poder ver su rostro, cosa que no podía, las flores, el fuerte sol le impedían ver su cara.
Se frustro tanto. De su cama se levantó de golpe, se miró al espejo con esperanza de ver su rostro, sabía que había echo daño.
Su abuela le había contado que en las profundidades de la tierra más allá del océano se escondía un arma poderosa, digna de un héroe, no sabía por qué se acordaba se esa historia, y menos las palabras de aquella mujer de cabellos largos de un verde oscuro, ojos vacíos llenos de dolor.
Bajo lento a desayunar, su amigo le ofreció comer.
-Toma Fidio, tienes que comer-pasando su plato.
-Grazie amico Endou.-dando un bocado agradeció
-De nada-contento. Lo que paso no le inmuto en nada.
La señora, madre de Endou miro el reloj, se asustó-¡Daros prisa que llegáis tarde!-recogiendo todo, cogiendo la mochila de los chicos, acomodándoles la camisa.
-Que si mamá-saliendo de casa casi siendo echado- Cada día está más histérica-frunciendo el ceño, giro la vista hacia Fidio. -¿Te ocurre algo?
-¿Qué?-sin prestar atención a lo que decía el otro-Scusa-con la mirada baja.
-No pasa nada-caminando- ¿Sabes? Soñé con un sitio precioso-con los ojos llenos de pasión.-Era un lugar tan esplendido, donde yo jamás había visto. Estaba lleno de altos prados verdes, llenos de flores, y el viento mecía todo a su alrededor con caricias. Las montañas eran tan altas y lejanas, lo más maravilloso de ahí fue una estatua que vi de un Ángel gigantesco tallado en una piedra muy detalladamente.
Su amigo escuchaba con atención, entendía muy poco lo que quería decir, pero se hacía alguna idea.- ¿É?
-¿Eh? ¿Dices que más?-pregunto, el otro asintió con la cabeza.-Todo era de colores-rio nervioso- Lo extraño es que no había personas humanas. Si no animales, mejor dicho aves como el fénix, su graznido era melodía- envolviéndose en su mundo imaginativo.
En lo lejos se acercaba una limusina negra, en su interior se encontraban las deidades en sus cuerpos que limitaban su poder.
Dentro se mantenía una conversación.
-¿Afuro, estas mejor?-pregunto Kazemaru revisando sus asignaturas.
-Lo estoy-contesto desganado mirando por la ventanilla que estaba un poco bajada. Cerró los ojos, quería soñar con el reino de Cristal.
-No te veo convencido hermano-sin estar seguro de las palabras del chico, cerro su libro lo metió en la mochila.
-Shirou. ¿Dónde está Atsuya?-llamo a su hermano menor. La deidad del destino.
-Mi hermano, salió antes, no quiere que nosotros vayamos con alguien que no tiene poderes.-dijo con lastima en sus palabras.
-Chico tonto, es el único al que se le permite convivir con nosotros. Si se quiere rebajar, allá él.
Iban relajados en el auto. El chofer, su guardián Edgar se descuidó y dio una vuelta peligrosa, choco contra algo, una persona.
-¡Endou!-grito el muchacho, amigo de Endou, se puso pálido al ver como cayó al suelo del impacto.
Los jóvenes del coche salieron curiosos por el impacto. Furioso salió Afuro.
-¡Edgar!-pidiendo explicaciones. Detrás suyos sus demás hermanos
-Perdóneme, pero hemos herido a un joven-agachado atendiendo al chico. Su amigo miro al dueño del coche, al rubio.
(1)-¡E 'che non si guarda!-molesto hablo en italiano. El rubio hizo caso omiso a sus palabras.
-Tachimukai, ven aquí-llamo a su hermano.
-Ahora-yendo por mandato, con sus manos en la herida curo al joven. Fidio temiendo que le hagan daño agarro de los hombros al de los ojos rojos.
(2)-¡Digli di rilasciare il mio amico ora!-mirando sus hermosos orbes rojos, que tenía por ojos, le soltó callando su voz, no podía dejar de mirarlo, el otro le paso lo mismo, era como si se conociesen, y por cosa del destino pronunciaron sus nombres sin conocerse.
-Afuro-dijo Fidio inconscientemente sin despejar sus ojos de encima del otro.
-Fidio-le pasó lo mismo que al otro.
-Hermano, este chico ya está recuperándose-alzo la vista. Observo que su hermano tenia curiosidad en el chico desconocido, el desmayado se levantó con un fuerte dolor de cabeza, miro a los lados, estaba extrañado. Escucho una dulce voz.
-¿Estas mejor?-pregunto el joven de cabellos largos y azulados.
-Kazemaru…-ese nombre salió de los labios del moreno. El aludido miro mal al recién despertado.
-Vámonos chicos-dio orden, todos obedecieron, menos Afuro- Hermano muévete-le jalo del brazo obligándolo a entrar en el coche.
Ambos con melancolía, deseosos de verse se separaron. El chofer arranco el coche, dejando al mayor de todos con la duda.
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(1)¡Es que no miras!
(2)¡Dile que suelte a mi amigo, ahora!
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Capítulo 11: La clase de las artes. Zephir la tierra del Viento.
