Cuando haruka despertó, había tanta obscuridad que, al mirar desde la cama, apenas podía distinguir la transparente ventana de las opacas paredes del dormitorio. Se Hallaba haciendo esfuerzos para atravesar la obscuridad con sus ojos verdes. Cuando el reloj de la iglesia vecina dio cuatro campanadas que significaban otros tantos cuartos. Entonces escuchó para saber la hora.

Con gran admiración suya, la pesada campana pasó de seis campanadas a siete. y de siete a ocho y así sucesivamente hasta doce; y se detuvo. ¡Las doce! Eran más de las dos cuando se acostó. El reloj andaba mal. Algún pedazo de hielo debía haberse introducido en la máquina. ¡Las doce!

Tocó el resorte de su reloj de repetición para rectificar aquella hora equivocada. Su rápida pulsación sonó doce veces, y se detuvo.

-¡Vaya -dijo haruka- no es posible que yo haya dormido un día entero y aun parte de otra noche! A no ser que todo lo ocurrido fuera una pesadilla.

Como la idea era alarmante. Se alejó de la cama y a tientas dirigiéndose a la ventana. Tuvo necesidad de frotar el vidrio con la manga de la bata para quitar la escarcha y conseguir ver algo, aunque pudo ver muy poco. Todo lo que pudo distinguir fue que aun había espesísima niebla, que hacía un frío exagerado y que no se percibía el ruido de la gente yendo y viniendo en continua agitación, como si la noche, ahuyentando al luciente día, se hubiera posesionado del mundo.

Haruka se acostó de nuevo, y pensó, y pensó, cuanto más pensaba, se sentía más perplejo, y cuanto más se esforzaba para no pensar, más pensaba. El Espectro de setsuna le molestaba de modo extraordinario. Cuantas veces intentaba convencerse, después de reflexionar, de que todo era un sueño, su imaginación volvía, como un resorte que se deja de oprimir, a su primera posición y le presentaba el mismo problema que resolver ¿era un sueño o no?

Permaneció haruka en este estado hasta que la campana dio tres cuartos y entonces recordó, estremeciéndose, que setsuna le había anunciado una visita para cuando la campana diese la una. Determinó estar despierto hasta que pasara la hora y considerando que le era más difícil dormir que alcanzar el cielo, quizás era ésta la más prudente determinación que podía tomar.

Los quince minutos eran tan largos, que más de una vez pensó que se había adormecido sin darse cuenta y por ello no había oído el reloj. Por fin resonó en su atento oído.

¡Tin, tan!

-Y cuarto -dijo haruka, contando. ¡Tin, tan!

-Y media -dijo haruka. ¡Tin, tan!

-Menos cuarto -dijo haruka. ¡Tin, tan! .

-¡La hora señalada -dijo haruka, triunfalmente- y sin novedad!

Habló antes de que sonara la última campana, lo cual hizo dando una profunda, pesada, melancólica. La luz inundó el dormitorio al instante y se descorrieron las cortinas de su cama.

Fueron descorridas por una mano invisible. No las cortinas que tenía a los pies ni las cortinas que tenía a la espalda, sino las que tenía delante de la cara. Las cortinas se descorrieron, y Haruka se sobresalto, medio se incorporó y se halló frente a frente del sobrenatural visitante al que daban paso tan cerca de él como yo lo estoy de ustedes, y yo me encuentro espiritualmente junto a su codo.

Era una joven..., una adolecente mejor dicho. Su cabello, que le colgaba alrededor del cuello y por la espalda, era rubio como un rayo de sol, era hermosa y la piel era delicadísima. Los brazos eran largos blancos como la leche y lo mismo las manos. Las piernas y los pies que eran perfectos, los llevaba desnudos, como los miembros superiores. Vestía una túnica del blanco más puro y le ceñía la cintura una luciente faja de hermoso brillo. Empuñaba una rama fresca de verde acebo y, contrastando singularmente con este emblema del invierno, llevaba el vestido salpicado de flores estivales. Pero lo más extraño de ella era que de lo alto de su cabeza brotaba un surtidor de brillante luz clara, que todo lo hacía visible; y para ciertos momentos en que no fuese oportuno hacer uso de él, llevaba un gran apagador en forma de gorro, que entonces tenía bajo el brazo.

-¿eres el Espíritu cuya llegada me han predicho? -preguntó haruka.

-Lo soy.

La voz era suave y dulce, pero extraordinariamente baja, como si en vez de estar tan cerca de él, se hallase a gran distancia.

-¿Quién eres, pues?

-hola!! Soy mina Aino mucho gusto- tomándole la mano y sacudiéndola efusivamente dedicándole una gran sonrisa, hasta que vio la cara de sorpresa de Haruka y se separo de el adoptando una pose seria - Soy el Espectro de la Navidad Pasada.

-¿Pasada hace mucho? -inquirió haruka, observándola con gran interés.- pensé que serias más alta- le dijo pedantemente.

- como!! –la joven se le acerco con su puño al aire y sus ojos destellaban fuego-como te atreves, escucha Haruka si la altura se midiera por la bondad no serias tan alto que una monta de polvo!!

Haruka la ignoro y dio un bostezo se acomodo en su cama dándole la espalda

La bondad no sirve de nada en este mundo- dijo Haruka.

Como te atreves – molesta al ser ignorada, al hablar extendió su potente mano y le cogió nuevamente por el brazo. .

-Levántate es hora de irse

- pues vete.

El puño, aunque suave como una mano femenina, no se podía resistir. Se levantó, pero advirtiendo que el Espíritu se dirigía hacia la ventana. Habría sido inútil para haruka hacerle ver que el tiempo y la hora no eran a propios para pasear, que su cama estaba caliente y el termómetro marcaba muchos grados bajo cero; que estaba muy ligeramente vestido con las pantuflas, la bata y el gorro de dormir, y que pescaría un resfriado. Mina abrió la ventana y una fuerte ráfaga entro por ella, Haruka se abrazo así mismo por el frio.

Espíritu ¿qué estás haciendo?

Vamos a visitar tu pasado.

Yo… yo no puedo salir por ahí, soy mortal y puedo caerme.

Tu agárrate a mi cintura- la joven sintió la mano del chico colocarse un poco mas debajo de esta haciendo que se pusiera roja como tomate- ¡¡te dije que de mi cintura no de mi trasero!!

Ohh lo siento- dedicándole una sonrisa coqueta que hizo poner la cara de la joven más roja si se podía.

Después que se le quito el tono rojo de las mejillas pasaron a través de la ventana y se encontraron en un amplio camino, con campos a un lado y al otro. La ciudad había se desvanecido por completo. La obscuridad y la bruma se habían desvanecido con ella, pues hacía un claro y frío día de invierno y el suelo se hallaba cubierto de nieve.

¡Dios mío! -dijo haruka, cruzando las manos y mirando a su alrededor-. En este sitio me crié. Aquí transcurrió mi infancia.

Mina lo miró con benevolencia. Notaba que mil aromas que flotaban en el aire guardaban relación con mil pensamientos, y esperanzas, y alegrías, y cuidados, por espacio de mucho, mucho tiempo olvidados.

-te tiemblan los labios -dijo Mina-. ¿Y qué es eso que tienes en la mejilla?

haruka balbuceó, que era un grano, y dijo a mina que lo condujera a donde quisiera.

-¿Recuerdas el camino? -preguntó mina.

-¿Recordarlo? -gritó haruka, con vehemencia-. Lo recorrería con los ojos cerrados.

-Es extraño que no lo hayas olvidado durante tantos años -hizo observar el Espectro-. Sigamos adelante.

Siguieron a lo largo del camino. Haruka reconocía las entradas de las casas, los postes, los árboles, hasta el pueblecito, que aparecía a lo lejos, con su puente, su iglesia y su ondulante río. Veían algunos afelpados caballitos que trotaban montados por muchachos, quienes llamaban a otros chiquillos que iban en carros del país, guiados por agricultores. Todos aquellos muchachos iban muy alegres y se aclamaban mutuamente, hasta que los campos estuvieron tan llenos de armonioso júbilo, que el aire reía al oírlo.

-No son más que sombras de las cosas pasadas-dijo mina-. No se dan cuenta de nosotros.

Los alegres viajeros se acercaban, y conforme fueron llegando, haruka los conocía y nombraba a cada uno. ¿Por qué se alegró extraordinariamente al verlos? ¿Por qué sus fríos ojos resplandecieron y su corazón brincó al verlos pasar? ¿Por qué se sintió lleno de alegría cuando los oyó desearse mutuamente felices fiestas al separarse en los atajos y en los cruces, para marchar a sus respectivas casas? ¿Qué era la Navidad para haruka?!Nada de Navidad! ¿Qué bien le había hecho a él?

-La escuela no está completamente desierta -dijo mina-. Queda en ella todavía un niño solitario, abandonado por sus amigos.

Haruka dijo que le conocía. Y sollozó.

Dejaron el camino real, entrando en una conocida calle, y pronto llegaron a una casa de toscos ladrillos rojos. Era una casa amplia, las espaciosas dependencias se usaban poco, sus paredes estaban húmedas y mohosas, sus ventanas rotas y sus puertas podridas. Las gallinas cloqueaban y se pavoneaban en las cuadras y las cocheras, y los cobertizos se hallaban asolados por las hierbas. Ni había en el interior más huellas de su antiguo estado; pues, al entrar en el sombrío zaguán, y al mirar a través de las puertas de muchas habitaciones, se las veía pobremente amuebladas, frías y solitarias.

Atravesaron Mina y Haruka la sala y dirigiéndose a una puerta de la parte trasera de la casa. Se Mostraba abierta ante ellos y descubría una habitación larga; desnuda y melancólica, a cuya desnudez contribuían hileras de bancos y mesas, en una de las cuales se hallaba un niño solitario, leyendo cerca de un poco de lumbre. Haruka se sentó en un banco y lloró al verse retratado en aquel niño, olvidado, abandonado, como acostumbró a verse en su infancia.

Ni un eco latente en la casa, ni un chillido o un rumor de pelea entre los ratones detrás de las paredes, ni un suspiro entre las ramas sin hojas de un álamo, ni un chasquido de la lumbre, que al caer sobre el corazón de haruka con suavizadora influencia, dieran libre paso a sus lágrimas.

El Espíritu le tocó en un brazo y señaló hacia su imagen infantil atenta a la lectura. Después, con una rapidez de transición muy extraña en su carácter habitual, dijo lleno de piedad por la imagen de sí mismo: "¡Pobre muchacho!", y volvió a llorar.

-Quisiera... -murmuró, llevándose la mano al bolsillo y mirando a su alrededor, después de enjugarse los ojos con la manga- pero es demasiado tarde.

-¿De qué se trata? -preguntó el Espíritu.

-De nada -dijo Haruka.- De nada. Había en mi puerta, la última noche un muchacho cantando una canción de Navidad y me agradaría haberle dado alguna cosa eso es todo.

El Espectro sonrió pensativamente y agitó una mano, al mismo tiempo que decía:

-Veamos otra Navidad.

A estas palabras, la figura infantil de haruka creció y la habitación se hizo algo más obscura y más sucia. Se contrajeron los entrepaños, se agrietaron las ventanas, desprendiéndose del techo fragmentos de yeso y en su lugar aparecieron las vigas desnudas; pero haruka no supo acerca de cómo ocurrió todo esto más de lo que ustedes saben. Solamente supo que todo había ocurrido así, sin violencia, que él se hallaba allí, otra vez solitario, pues todos los demás muchachos ya se habían marchado a sus casas para celebrar aquellos alegres días de fiesta.

Ahora no estaba leyendo. Sino paseando arriba y abajo desesperadamente. Haruka miró a mina y moviendo tristemente la cabeza, lanzó una ojeada ansiosa hacia la puerta.

Esta se abrió, y una niña mucho más joven que el muchacho, se precipitó dentro y, rodeándole el cuello con los brazos y besándole repetidas veces, se dirigió a él llamándole "hermano querido".

-He venido para llevarte a casa, hermano querido -dijo la niña, palmoteando e inclinándose a fuerza de reír-, ¡Para llevarte a casa, a casa, a casa!

-¿A casa, pequeña? -replicó el muchacho.

-¡Sí! -dijo la niña, rebosando alegría-. A casa, para que estés con nosotros siempre, siempre. Papá es mucho más cariñoso que nunca y nuestra casa se parece al cielo. Me habló tan dulcemente una noche cuando iba a acostarme, que no tuve miedo de pedirle una vez más que te permitiera volver a casa: me dijo que sí y me envió en un coche a buscarte. Tú serás un hombre -dijo la niña, abriendo mucho los ojos- y nunca volverás aquí; por lo pronto, vamos a estar juntos todos los días de Navidad y a pasar las horas más alegres del mundo.

-Eres ya una mujer, pequeña Fanny -exclamó el muchacho.

Ella se echó a reír, tratando de acariciarle la cabeza pero como era muy pequeña y no alcanzaba, se echó a reír de nuevo y le abrazó; poniéndose en las puntas de los pies. Luego empezó a tirar de él, con afán infantil, hacía la puerta y él, nada disgustado por ello, la acompañaba.

-Siempre fue una criatura delicada, a quien el simple aliento puede marchitar -dijo el Espectro- pero tenía un gran corazón.

-Sí que lo tenía -gritó haruka-. Tienes razón. No se puede negar, Espíritu. ¡Dios la cuide!

-Murió siendo mujer -dijo mina- y creo que tuvo hijos.

-Una niña -replicó Haruka.

-Cierto -dijo el Espectro-. i tu sobrina!

Haruka parecía intranquilo, y contestó brevemente:

-Sí.