Despertó al dar un estrepitoso ronquido e incorporándose para coordinar sus pensamientos, no tuvo necesidad de que le advirtiesen que la campana estaba próxima a dar otra vez la una.
-porque fui tan tonto porque porque- se decía lamentándose
Vuelto a la realidad, comprendió que era el momento crítico en que debía aparecer el segundo espíritu que se le enviaba por la intervención de Setsuna. Pero hallando muy desagradable el escalofrío que experimentaba en el lecho al preguntarse cuál de las cortinas separaría el nuevo espectro, las separaría con sus propias manos y, acostándose de nuevo, atento a lo que pudiera ocurrir alrededor de la cama, pues deseaba hacer frente al Espíritu en el momento de su aparición, y no ser asaltado por sorpresa y dejarse dominar por la emoción.
Así; pues, hallándose preparado para casi todo lo que pudiera ocurrir; no lo estaba de ninguna manera para el caso de que no ocurriera nada y, por consiguiente, cuando la campana dio la una y haruka no vio aparecer ninguna sombra, fue presa de un violento temblor. Cinco minutos, diez minutos, un cuarto de hora transcurrieron y nada ocurría...
Durante todo este tiempo caían sobre la cama los rayos de una luz rojiza que lanzó vivos destellos cuando el reloj dio la hora; pero, siendo una sola luz, era más alarmante que una docena de espectros, pues haruka se sentía impotente para descifrar cuál fuera su significado; y hubo momentos en que temió experimentar un interesante caso de combustión espontánea. Sin tener el consuelo de saber de qué se trataba. Al fin empezó a pensar, como nos hubiera ocurrido en semejante caso a ti o a mí; al fin, digo, empezó a pensar que el manantial de la misteriosa luz sobrenatural podía hallarse en la habitación inmediata, de donde parecía proceder el resplandor. Esta idea se apoderó de su pensamiento, y suavemente se deslizó haruka con sus pantuflas hacia la puerta.
En el preciso momento en que su mano se posaba en la cerradura, una voz extraña lo llamó por su nombre y le invitó a entrar. El obedeció.
Era su propia habitación, acerca de esto no había la menor duda. Pero la estancia había sufrido una sorprendente transformación. Las paredes y el techo se hallaban de tal modo cubiertos de ramas y hojas, que parecía un perfecto bosque, el cual por todas partes mostraba pequeños frutos que resplandecían. Las rizadas hojas de acebo, hiedra y muérdago reflejaban la luz. Como si se hubieran esparcido multitud de pequeños espejos. Amontonados sobre el suelo, formando una especie de trono, había pavos, gansos, piezas de caza, aves caseras, suculentos trozos de carne, cochinillos, largas salchichas, pasteles, barriles de ostras, encendidas castañas, sonrosadas manzanas, jugosas naranjas, brillantes peras y tazones llenos de ponche, que obscurecían la habitación con su delicioso vapor. Cómodamente sentada sobre este lecho se hallaba una alegre muchacha de glorioso aspecto, con largo cabello color negro como una noche sin estrellas y luna, esta tenía una brillante antorcha de forma parecida al Cuerno de la Abundancia, y que la mantenía en alto para derramar su luz sobre haruka cuando éste llegó atisbando alrededor de la puerta.
-¡Entra!- exclamó el Espectro-. ¡Entra y conocerme mejor, hombre!
Haruka penetró tímidamente e inclinó la cabeza ante el Espíritu. Ya no era el terco haruka que había sido, y aunque los ojos del Espíritu eran claros y benévolos, no le agradaba encontrarse con ellos.
-hola soy Rei Hino, el Espíritu de la Navidad Presente -dijo la chica-. ¡Mirame!
Haruka la miró con todo respeto. Estaba vestida con una sencilla y larga túnica o manto rojo, con vueltas de piel blanca. Esta vestidura colgaba sobre su figura, que le hacía verse hermosa. Sus pies, que se veían por debajo de los amplios pliegues de la vestidura, también estaban desnudos. y sobre la cabeza no llevaba otra cosa que una corona de acebo, sembrada de pedacitos de hielo. Sus negros cabellos eran abundantes y sueltos, tan agradables como su rostro alegre, su mirada viva, su mano abierta, su armoniosa voz, su desenvoltura y su simpático aspecto. Ceñida a la cintura llevaba una antigua vaina de espada; pero en ella no había arma ninguna y la antigua vaina se hallaba mohosa.
-¿Nunca hasta ahora habías visto nada que se me parezca? -exclamó el Espíritu con una sonrisa picara.
-Nunca- contestó haruka.
-¿Nunca habías paseado en compañía de los más jóvenes miembros de mi familia, quiero decir (pues yo soy muy joven) – dicho esto le guiño un ojo - en estos últimos años? -prosiguió el Fantasma.
-Me parece que no -dijo haruka-. Temo que no. ¿Tienes muchos hermanos, Espíritu?
-Más de mil ochocientos -dijo Rei.
-Una tremenda familia a quien atender -murmuró haruka.
El Espectro de la Navidad Presente se levantó.
-Espíritu -dijo haruka con sumisión-, llévame a donde quieras. La última vez tuve que salir de casa a la fuerza y aprendí una lección que ahora hace su efecto. Esta noche, si tienes que enseñarme alguna cosa, permíteme que saque provecho de ella.
-¡Toca mi vestido!
haruka lo tocó apretándolo con firmeza.
Acebo, muérdago, rojos frutos, hiedra, pavos, gansos, caza. Aves, carne, cochinillos, salchichas, ostras, pasteles y ponche, todo se desvaneció instantáneamente. Lo mismo ocurrió con la habitación, el fuego, la rojiza brillantez, la noche, y ellos se hallaron en la mañana de Navidad y en las calles de la ciudad, donde como el tiempo era crudo muchas personas producían una especie de música ruda, pero alegre y no desagradable, al arrancar la nieve del pavimento en la parte correspondiente a sus domicilios y de los tejados de las casas, lo que producía una alegría loca en los muchachos al ver cómo se amontonaba cayendo sobre el piso y a veces se deshacía en el aire, produciendo pequeñas tempestades de nieve.
Pero pronto las campanas llamaron a las gentes a la iglesia o la capilla, y todos acudieron luciendo por las calles sus mejores vestidos y con la alegría en los rostros. La vista de aquellas pobres gentes de buen humor pareció interesar muchísimo al Espíritu, pues permaneció detrás de haruka a la puerta de una panadería, y levantando las tapaderas de las cazuelas, conforme pasaban por su lado los que las llevaban, rociaba las comidas con el incienso de su antorcha, que era verdaderamente extraordinaria, pues una o dos veces que se cruzaron palabras airadas entre algunos portadores de comidas por haberse empujado mutuamente, el Espíritu derramó sobre ellos algunas gotas de líquido procedente de la antorcha, e inmediatamente recobraron su buen humor, pues decían que era una vergüenza pelear el día de Navidad.
-¿Hay algún aroma peculiar en el líquido de tu antorcha con el que rocías? -preguntó haruka.
-Sí. El mío.
-¿Ejerce influencia sobre las comidas en este día? –preguntó haruka.
-En todas, sobre todo en las de los pobres.
-¿Por qué sobre todo en las de los pobres?
-Porque son los que más lo necesitan.
