En aquel momento las campanas daban las once y tres cuartos.
La campana dio las doce.
Haruka observo a su alrededor en busca del Espectro, y ya no le vio.
Espíritu donde estas?
Todas las luces se apagaron, estaba en completa oscuridad. Las casas que momentos antes había a su alrededor no se distinguían todo estaba rodeando de niebla y sombras.
Cuando la última campanada dejó de vibrar, recordó la predicción de su socia Setsuna Meioh, y, alzando los ojos, vio un fantasma de aspecto solemne, vestido con una túnica con capucha y que iba hacia él deslizándose sobre la tierra como se desliza la bruma.
El Fantasma se aproximaba con paso lento, grave y silencioso. Cuando llegó a Haruka, éste dobló la rodilla, pues el Espíritu parecía esparcir a su alrededor, en el aire que atravesaba, tristeza y misterio.
Le envolvía una vestidura negra, que le ocultaba la cabeza, la cara y todo el cuerpo, dejando solamente visible una de sus manos extendida. Pero, además de esto, hubiera sido difícil distinguir su figura en medio de la noche y hacerla destacar de la completa obscuridad que la rodeaba.
Reconoció Haruka que el Espectro era alto y majestuoso cuando le vio a su lado, y entonces sintió que su misteriosa presencia le llenaba de un temor solemne. No supo nada más, porque el Espíritu ni hablaba ni se movía.
-¿Estoy en presencia del Espectro de la Navidad venidera? -dijo Haruka.
El Espíritu no respondió, pero continuó con la mano extendida.
-Vas a mostrarme las sombras de las cosas que no han sucedido, pero que sucederán en el tiempo venidero -continuó Haruka-, ¿no es así, Espíritu?
La parte superior de la vestidura se contrajo un instante en sus pliegues, como si el Espíritu hubiera inclinado la cabeza. Fue la sola respuesta que recibió.
Aunque habituado ya al trato de los espectros, Haruka experimentó tal miedo ante la sombra silenciosa, que le temblaron las piernas y apenas podía sostenerse en pie cuando se disponía a seguirle. El Espíritu se detuvo un momento observando su estado, como si quisiera darle tiempo para reponerse.
Pero ello fue peor para Haruka. Se Estremeció con un vago terror al pensar que tras aquella sombría mortaja estaban los ojos del Fantasma intensamente fijos en él, y que, a pesar de todos sus esfuerzos, sólo podía ver una mano espectral y una gran masa negra.
-¡Espectro del futuro -exclamó- te tengo más miedo que a ninguno de los espectros que he visto! Pero como sé que tu propósito es procurar mi bien y como espero ser un hombre diferente de lo que he sido, estoy dispuesto a acompañarte con el corazón agradecido. ¿No quieres hablarme?
Silencio. La mano seguía extendida hacia adelante.
-¡Guíame! -dijo Haruka-. ¡Guíame! La noche avanza rápidamente, y sé que es un precioso tiempo para mí. ¡Guíame, Espíritu!
El Fantasma se alejó igual que había llegado. Haruka le siguió en la sombra de su vestidura.
Se dirigieron a una parte obscura de la ciudad, donde Haruka no había entrado nunca, aunque conocía su situación y su mala fama. Los caminos eran sucios y estrechos; las tiendas y las casas, miserables; los habitantes, medio desnudos, borrachos, mal calzados, horrorosos. Calles y pasadizos sombríos, como otras tantas alcantarillas con sus olores repugnantes, sus inmundicias y sus habitantes en aquel laberinto de calles; y toda aquella parte respiraba crimen, suciedad y miseria.
En el fondo de aquella guarida infame había una tienda bajísima de techo, donde se compraban hierros, trapos viejos, botellas, huesos y restos de comidas. En el interior, y sobre el suelo, se amontonaban llaves enmohecidas, clavos, cadenas, platillos de balanza y toda clase de hierros inútiles. Misterios que a pocas personas hubiera agradado investigar se ocultaban bajo aquellos montones de harapos repugnantes, aquella grasa corrompida y aquellos sepulcros de huesos. Sentado en medio de sus mercancías, junto a un brasero de ladrillos viejos, un bribón de cabellos blanqueados por sus setenta años, defendido del viento exterior con una cortina compuesta de pedazos de trapo de todos colores y fumaba su pipa.
Haruka y el fantasma llegaron ante aquel hombre en el momento en que una mujer cargada con un enorme bulto y entraba en la tienda. Apenas había entrado, cuando otra mujer, cargada de igual modo, entró a continuación; seguida de cerca por un hombre vestido de negro, cuya sorpresa no fue menor al encontrarse a las dos mujeres, que la que ellas experimentaron al reconocerse una a otra. Después de un momento de muda estupefacción, de la que había participado el hombre de la pipa, soltaron los tres una carcajada.
-¿Que la sirvienta pase primero? -exclamó la que había entrado al principio-. La segunda será la planchadora y el tercero el hombre de la funeraria. Mira, viejo Joe, qué casualidad. ¡Cualquiera diría que nos habíamos citado aquí los tres!
-No pudieron haber elegido mejor sitio -dijo el viejo quitándose la pipa de la boca-. Entren a la sala. Hace mucho tiempo que tienes aquí la entrada libre, y los otros dos tampoco son personas extrañas. Esperen a que cierre la puerta de la tienda. ¡Ah, cómo cruje! No creo que haya aquí hierro más mohoso que esta puerta, así como tampoco hay aquí, estoy seguro, huesos más viejos que los míos. ¡Ja, ja! Todos nosotros estamos En armonía con nuestra profesión de acuerdo. Entren a la sala, entren a la sala.
La sala era el espacio separado de la tienda por la cortina de harapos. El viejo removió la lumbre con un pedazo de hierro y después de reavivar la humosa lámpara (pues era de noche) con el tubo de la pipa, se volvió a poner ésta en la boca.
Mientras lo hizo, la mujer que ya había hablado arrojó el bulto al suelo y se sentó en un taburete en actitud descarada, poniendo los codos sobre las rodillas y lanzando a los otros dos una mirada de desafío.
-Y bien, ¿Qué? ¿Qué hay, señora Luna? -dijo la mujer-. Cada uno tiene derecho a pensar en sí mismo. ¡El siempre lo hizo así!
-Es verdad, efectivamente –dijo luna la planchadora-. Más que él, nadie.
-¿Por qué, entonces pones esa cara, como si tuvieras miedo, mujer? Supongo que los lobos no se muerden unos a otros.
-¿Claro que no! -dijeron a la vez, la señora luna y el viejo-. Debemos esperar que sea así. -Entonces, muy bien -exclamó la mujer-.
Eso basta. ¿A quién se perjudica con insignificancias como éstas? Seguro que al muerto no.
-¡Claro que no¡ -dijo la señora Eudial riendo. -ni que necesitara conservarlas después de morir, el viejo avaro -continuó la mujer-, ¿por qué no ha hecho en vida lo que todo el mundo? No tenía más que haberse proporcionado quien le cuidara cuando la muerte se lo llevó, en vez de permanecer aislado de todos al exhalar el último suspiro.
-Nunca se dijo mayor verdad -repuso la señora luna-. Tiene lo que merece.
-Yo desearía que le ocurriera algo más -replicó la eudial- y otra cosa habría sido, pueden creerme, si me hubiera sido posible poner las manos en cosa de más valor. Abre ese bulto, Joe, y dime cuánto vale. Habla con franqueza. No tengo miedo de ser la primera, ni me importa que lo vean. Antes de encontrarnos aquí, ya sabíamos bien, que estábamos haciendo nuestro negocio. No hay nada malo en ello. Adelante Joe.
Pero la galantería de sus amigos no lo permitió, y el hombre del traje negro, rompiendo el fuego, mostró su botín. No era considerable: un sello o dos, un lapicero, dos botones de manga, un alfiler de poco valor, y nada más. Todas esas cosas fueron examinadas separadamente y avaluadas por el viejo, que escribió con tiza en la pared las cantidades que estaba dispuesto a dar por cada una, haciendo la suma cuando vio que no había ningún otro objeto.
-Esta es tu cuenta artemis --dijo- y no daría un penique más, aunque me quemaran a fuego lento por no darlo. ¿Quién sigue?
Seguía la señora luna. Sábanas y toallas, servilletas, un traje usado, dos antiguas cucharillas de plata, unas pinzas para azúcar y algunas botas. Su cuenta le fue hecha igualmente en la pared.
-Siempre doy demasiado a las señoras. Es uno de mis puntos débiles, y de ese modo me arruino -dijo el viejo-. Aquí está tu cuenta. Si me pides un penique más, o discutes la cantidad, puedo arrepentirme de mi esplendidez y rebajar medía corona.
-Y ahora deshace mi bulto, Joe -dijo Eudial.
Joe se puso de rodillas para abrirlo con más facilidad, y después de deshacer un gran número de nudos; sacó una pesada pieza de tela obscura.
-¿Cómo llamás a esto? -dijo-. Cortinas de alcoba.
-¿Ah! -respondió la mujer riendo e inclinándose sobre sus brazos cruzados-. ¡Cortinas de alcoba!
-No es posible que las hayas quitado con anillas y todo, estando todavía el sobre cama -dijo el viejo.
-Pues sí -replicó la Eudial tranquilamente-. ¿Por qué no? En verdad te aseguro, Joe, que cuando tengo a mi alcance alguna cosa, no retiraré de ella la mano por consideración a un hombre como ése. Ahora, no dejes caer el aceite sobre las mantas.
-¿Las mantas de él? -preguntó Joe.
-¿De quién crees que iban a ser? -replicó la mujer-. Me atrevo a decir que no se enfriará por no tenerlas.
- no habrá muerto de enfermedad contagiosa. ¿Verdad? -dijo el viejo suspendiendo la tarea y alzando los ojos.
-No tengas miedo -replicó Eudial-. No me agradaba su compañía, y menos estaría a su lado si hubiera habido el menor peligro. ¿Ah! Puedes ver esa camisa hasta que te duelan los ojos, y no veras en ella ni un agujero ni un zurcido. Esa es la mejor que tenía y es una buena camisa. A no ser por mí, la habrían derrochado.
-¿A qué llamas derrochar una camisa? -preguntó Joe.
-Quiero decir que, seguramente, le habrían enterrado con ella -replicó la mujer riendo-Alguien fue lo bastante imbécil para hacerlo, pero yo se la quité otra vez.
Haruka escuchaba este diálogo con horror. Parecían un par de buitres alrededor de su presa a la escasa luz de la lámpara del viejo, le producían una sensación de odio y de disgusto, pensó que en cualquier estarían regateando el precio del propio cadáver.
-¡Ja, ja! -rió la misma mujer cuando Joe, sacando un pañuelo de franela lleno de dinero, contó en el suelo la cantidad que correspondía a cada uno-. No termino mal, ¿ves? Durante su vida ahuyentó a todos de su lado para dejarnos ganancias después de muerto. ¡Ja, ja, ja !
-¿Espíritu? -dijo Haruka, estremeciéndose de píes a cabeza-. Ya veo, ya veo. El caso de ese desgraciado puede ser el mío. A eso conduce una vida como la mía. ¡Dios misericordioso! ¿Qué es esto?
Retrocedió lleno de terror, pues la escena había cambiado y Haruka casi tocaba una cama: una cama desnuda, sin cortinas, sobre la cual, cubierto por un trapo, estaba algo.
