Después de aquella noche solíamos vernos a escondidas, mentí tanto a mi padre que perdí la cuenta. Todo me parecía poco si podía estar contigo un rato, sabíamos mucho el uno del otro y nada a la vez. Me contaste que tu nombre era Tohma, tenías un hermano menor y tus padres te consideraban un vago pues a pesar de asistir a la universidad tu verdadero sueño era hacer música. Yo te hablé sobre mi padre, mi matrimonio arreglado, mis sueños de viajar al extranjero y mi desmedido amor por mi hermano menor, Eiri. Temía que si sabías más sobre mí dejarías de verme, creo que te pasaba lo mismo. Sin embargo el destino se reserva algunas sorpresas crueles.
Unos meses después de nuestro primer encuentro mi familia y yo fuimos invitados a comer en casa de mi prometido. Incluso el pequeño Eiri iba con nosotros, si no mal recuerdo Tatsuha era a penas un bebé. Sobra decir que mi entusiasmo era nulo, pasaría la tarde en sitio que más odiaba en el mundo con ese chico por el cual me difícil sentir aunque fuera un poco de simpatía. La comida pasó sin mayor novedad, yo tenía un nudo en la garganta. Te imaginaba esperándome en la librería durante horas, lidiando poco a poco con la idea que no llegaría. Sólo deseaba acabar con todo, gritar al mundo que amaba y era amada de verdad.
El señor Seguchi se levantó a penas tragó el último bocado, no sin antes deshacerse en excusas. Sus movimientos apresurados me trajeron de vuelta a la realidad. Esa horrible realidad en la que sólo conseguía añorarte. Kuasakabe me sonrió de forma tímida, casi preocupada mientras su madre lucía nerviosa. Me pregunté que pasa con ellos, en menos de unos segundos pasaron de la jovialidad a la total tensión. Todos lo notamos. Unos minutos después Seguchi-sama volvió a la mesa. El corazón me dio un vuelco cuando vi a su acompañante. Las cosas parecían estar de cabeza, parecía como si todo al mí alrededor diera vuelcos. Traté de contenerme de actuar como si nada mientras nuestro anfitrión decía:
--Este es mi hijo mayor, Seguchi Tohma.
En ese momento me sentí atrapada en una especie de sueño bizarro, entre la obscuridad y el caos el brillo de tus ojos me salvó de nuevo. No miramos a penas unos segundos pero nos entendimos sin palabras, decidimos guardar nuestro secreto un poco más. Una vez que recuperé la calma reparé en tu rostro, fue entonces cuando noté tu mejilla enrojecida, lamenté más que nunca no poder aliviarla con un beso. No sabía lo que pasaría luego, la situación era comprometida...incorrecta, estaba enamorada del hermano mayor de mi prometido.
Por alguna extraña razón simplemente mirarte, sentir esa aura dulce tan tuya siempre me tranquiliza. Aquella noche no fue la excepción, tendríamos tiempo de hablar luego, de aclarar las cosas... ¿realmente hacía falta? No me importaba si era prohibido, si estaba mal, nuestro amor me hacía sentir capaz de todo.
